Hola a todos una vez más!!!! Bueno, ahora q empiezan las navidades esperamos poder actualizar más seguido, aunque... con eso de se supone q tenemos q estudiar... pero ganas de eso hay pocas... se hará lo q se pueda, xD

Disclaimer: todo de Rowling, blabla...

Respuertas a los reviews al concluir el capítulo!!!


21

Caza de ashwinders

Tras la actuación de Gryffindor en el desastroso partido contra Slytherin, los entrenamientos de quidditch se habían vuelto vitales para el equipo. Además, Harry tenía la convicción de que mientras Ron y Ginny mantuvieron la mente ocupada en el quidditch, tal vez las cosas resultasen más fáciles. Cuando Harry se había sentido preocupado o incluso agobiado por sus problemas, las duras sesiones de entrenamiento lo agotaban de sobremanera, con lo que, además de preocuparse por sus tareas escolares, no disponía de tiempo para nada más y lograba dormirse de inmediato por el agotamiento; de modo que sus quebraderos de cabeza podían quedar relegados a un segundo plano. Lo mismo ocurría con los hermanos Weasley: tras tres sesiones de entrenamiento semanales, las tareas y ensayos pendientes y sus empeños por averiguar los planes de la Orden y la identidad oculta del traidor, Ron conciliaba el sueño en cuanto se recostaba en su cama de dosel. Harry suponía que lo mismo debía ocurrir con Ginny, que últimamente pasaba mucho más tiempo con Ron, y por tanto con Hermione y el propio Harry, que trataba de no parecer demasiado agitado o inquieto con su presencia.

Aquella tarde, a punto de despedir el mes de febrero, el tiempo había sido de ayuda en el entrenamiento. El partido contra Hufflepuff se disputaría a mediados de junio, por lo que las condiciones meteorológicas no serían problema. Aún así, Harry no quería confiarse demasiado y por ello entrenaban incluso bajo la lluvia. Y después de todo, parecía que Ron y Ginny, quizá sintiéndose culpables de la derrota de su equipo, se esforzaban por volver a recuperar su habitual buen juego en el campo.

El entrenamiento culminó cuando Harry atrapó por enésima vez la dorada snitch y pensó que por el momento era suficiente. Tampoco era necesario agotar a los jugadores porque aún faltaban meses para el partido, pero Harry no podía dejar de recordar que la Copa de Quidditch estaba en juego. Todo dependía de aquel último partido. Y, sin embargo, a veces pensaba que con todo lo que se les estaba echando encima, el quidditch había perdido parte de su importancia para convertirse en un simple método de evasión.

Mientras Ron ayudaba a Harry a recoger el equipo, el resto de los jugadores regresó al castillo. Ambos recorrían el mismo camino minutos después. Se adentraron corriendo en el hall del castillo, ya que lo que hasta hacía poco había sido una fina lluvia, se había convertido en un fuerte aguacero, y los dos chicos estaban empapados.

-No tienes ni idea de cuánto me apetece tomarme un chocolate caliente ahora mismo –dijo Harry cuando comenzaban a subir las escaleras de mármol.

-¿Y por qué no vamos a las cocinas? –propuso Ron. A decir verdad, él también tenía hambre.

Dieron media vuelta y entraron por un pasillo decorado únicamente con bodegones. Se pararon frente a uno de los cuadros y Harry le hizo cosquillas a una pera, que rió y se convirtió en un pomo. Abrieron la puerta y entraron en las cocinas.

Al instante, un elfo domestico acudió corriendo hacia los chicos y abrazó con entusiasmo a Harry.

-¡Harry Potter, señor¡Dobby tenía muchas ganas de verlo!

-Hola, Dobby –saludó Harry.

-¡Harry Potter está empapado! –dijo el elfo cuando al fin hubo soltado a Harry- ¡Vengan, señor y amigo de Harry Potter, siéntense junto al fuego!

Dobby les ofreció unas cómodas butacas frente a la chimenea y rápidamente cuatro elfos trajeron bebidas calientes y comida para Harry y Ron.

-¿Cómo se les ocurre salir afuera con esta lluvia? –exclamó Dobby.

Harry lo miró fijamente. En aquella ocasión Dobby vestía el jersey rojo que Ron le había regalado dos años atrás, un pantalón al que había dado varias vueltas a las perneras para que le quedase a la medida, un gorro tejido por Hermione, a juego con una bufanda y unos guantes de diferente color, y un calcetín rosa y otro amarillo lima.

-Estábamos entrenando al quidditch –explicó Ron-. Nuestro próximo partido es contra Hufflepuff y tenemos que prepararnos mucho si queremos remontar en el marcador.

-Pero seguro que el equipo de Hufflepuff no es tan bueno como el de los señores –apuntó Dobby con admiración.

-Bueno... –respondió el pelirrojo, halagado-. Pero necesitamos muchos puntos para alcanzar al equipo de Slytherin y así poder bajarle los humos al cretino de Malfoy...

Dobby se puso rígido al oír aquel apellido. Antes de trabajar en Hogwarts, el elfo había servido a los Malfoy, de los que Harry lo había liberado.

-Vamos, Dobby, ya no eres su esclavo. No tienes por qué asustarte de los Malfoy –dijo Harry sirviéndose más chocolate-. Además, como son magos tenebrosos jamás vendrían a Hogwarts, de modo que aquí estás a salvo.

-El señor tiene razón, son... son magos malos –susurró Dobby, tembloroso-. Poseen objetos oscuros y ahora que El-que-no-debe-ser-nombrado ha vuelto...

Dobby calló, se levantó y cogió una jarra dispuesto a golpearse con ella en la cabeza. Rápidamente, Harry se la quitó de las manos, impidiendo que se lesionara y lo obligó a tomar asiento.

-Ahora que Voldemort ha vuelto... ¿Qué? –preguntó ansioso.

-Señor, no pronuncie ese nombre... –rogó el elfo temeroso, temblando de pies a cabeza.

-¡Dobby!

-Ahora que Quien-usted-sabe ha vuelto, los amos lo apoyarán incondicionalmente para que logre recuperar el poder que ostentaba hace más de quince años, Dobby está seguro de ello –el elfo estaba realmente asustado, pero prosiguió-: El amo siempre lo decía: El-que-no-debe-ser-nombrado regresaría al poder y él estaría a su lado, aunque no quisiese arriesgarse por el momento, sin ser necesario aún, pues no deseaba poner en peligro su excelente reputación. Tenía miedo de lo que Él estuviera dispuesto a hacer, puesto que el amo lo había abandonado tras su caída, pero volvería a su lado –Harry comprendió que Dobby se refería a Lucius Malfoy-. Y... contarían de nuevo con la ayuda del traidor, para así, conseguir la información necesaria y destruir finalmente al niño que vivió... –terminó el elfo mirando con preocupación a Harry.

-¿El traidor? –preguntó Ron dejando a un lado su bollo de mantequilla e intercambiando una mirada con Harry, recordando la visión de éste-. ¿Qué traidor?

-El traidor de la última vez, señor, el traidor del profesor Dumbledore.

-¿Qué más, Dobby? –inquirió Harry al ver que el elfo callaba-. ¿Quién era ese traidor?

-Dobby no sabe absolutamente nada acerca del traidor, Harry Potter. Dobby escuchaba poco, el señor no quería que lo hiciera. Dobby no debía hacerlo, señor, pero Dobby oía cosas...

-¿No se te ocurre nada más que puedas decirnos sobre todo eso? –preguntó Ron con el ceño fruncido. Pero el elfo negó tristemente con la cabeza.

Mientras Ron meditaba acerca de lo que Dobby acababa de revelar, a la vez que comía un relámpago de chocolate con desgana, Harry observó al elfo y fue como si una luz se encendiera en su cabeza. La mención del traidor había supuesto que el nombre de Snape acudiera a la mente de Harry, sin saber cuál había sido la razón... En realidad, se dijo a sí mismo, no era del todo cierto, pues al escuchar la palabra "traidor", Harry no había podido evitar pensar en el profesor de Pociones. El caso es que, de un modo u otro, Harry había acabado por rememorar el último recuerdo que había tenido la oportunidad de presenciar en la mente de Snape durante la clase de Oclumancia hacia más de tres semanas, y al fin había encontrado la manera de llevar a cabo sus planes... Al fin tendría la oportunidad de mantener aquella charla que tanto necesitaba...

-Dobby... –dijo Harry, constatando que Ron estaba demasiado ocupado analizando con una sonrisa algo burlona uno de los gorros de lana de Dobby que había tejido Hermione y seguro de que éste no escucharía absolutamente nada-. Dobby¿crees que podrías conseguir un puñado de polvos flu? Es algo importante, si pudieras...

-Por supuesto, señor –dijo Dobby, encantado de poder serle de utilidad a Harry-. Dobby promete conseguir los polvos flu para el señor Harry Potter. Apenas haya encontrado los polvos, se los haré llegar, señor.

Más tranquilo, y percibiendo que Ron se había puesto en pie al tiempo que rechazaba los ofrecimientos de los elfos domésticos, que insistían en que el pelirrojo aceptara varios pasteles para el camino de vuelta, Harry cambió de tema:

-¿Cómo está Winky?

-¡Oh! Winky está mejor, Harry Potter. Ya no bebe tanta cerveza de mantequilla. Winky se está haciendo a la idea de que ahora Hogwarts es su hogar y el profesor Dumbledore su nuevo amo.

-Me alegro por ella, Dobby –dijo Harry mientras él y Ron caminaban hacia la salida.

-¿Harry Potter volverá a visitar a Dobby, o puede Dobby visitar a Harry Potter en la sala común de Gryffindor? –preguntó el elfo ilusionado, con ojos brillantes.

-Claro, Dobby, cuando quieras.

Así, Harry y Ron regresaron a la sala común, donde los esperaba Hermione.

-¿Dónde os habíais metido? Ginny y el resto del equipo llegaron hace rato...

-Hemos estado en las cocinas –contestó Ron-. Dobby estaba allí y adivina lo que nos ha contado...

Harry ya no hacía caso de la conversación: mientras Ron ponía al corriente a Hermione sobre la información que habían recibido de Dobby acerca del traidor, Harry pensaba en la misión que había encomendado al elfo doméstico y supo con certeza que pronto habría resuelto todas sus dudas en lo referente a aquella confusa tarde en las mazmorras.

---000---

Lo primero que vio Harry a la mañana siguiente cuando despertó, fue una pequeña bolsita de cuero sobre su mesita de noche. Tras ponerse las gafas, la cogió entre sus manos y la abrió con sumo cuidado. Estupendo, pensó Harry contento, Dobby había cumplido su promesa.

Mientras Harry anudaba su corbata frente al espejo, pensó aliviado que aquella noche todo se aclararía. El recuerdo que había visto en la mente de Snape aún rondaba por su cabeza durante cada clase de Pociones, y especialmente de Oclumancia, a pesar de que Snape no parecía tener ninguna intención de mencionar el tema y de que otro tipo de pormenores lo habían mantenido ocupado en las últimas tres semanas, como el descubrimiento de un traidor entre los miembros de la Orden y el reciente ataque a Hogsmeade, cuya historia aún se oía por los corredores de Hogwarts.

Así que la perspectiva de poder librarse de aquel quebradero de cabeza aquella misma noche le animó y le inquietó al mismo tiempo. Y es que era realmente difícil concentrarse en las clases de Pociones, teniendo en cuenta que era el propio Snape quien las impartía; y no fue diferente en la clase del viernes a mediodía. Cada vez que el desagradable profesor de Pociones se aproximaba al caldero de Harry, éste no podía dejar de pensar en el intercambio de advertencias que había presenciado aquella tarde sumergido en los pensamientos de Snape, y algunas frases volvían a su mente una y otra vez.

-Confío en que los intereses de la Orden se antepongan a los conflictos personales.

Pero¿a qué intereses personales se refería Dumbledore?

-No puedo creer que, entre todas las personas, seas tú quien diga eso después de lo que ocurrió.

-Eso ya no tiene importancia.

-Para mí, sigue teniendo importancia.

Pero¿qué demonios había querido decir su padre con aquello¿Qué había sucedido entre sus padres y Snape, que Lily Potter estuviera decidida a olvidar? Harry se relajó mientras añadía las patas de araña a la poción, sabiendo que aquella noche lo entendería todo...

Pero curiosamente, cuando algo se espera con verdaderas ansias, el tiempo parece transcurrir más despacio. Cuando llegó la hora de la comida, Harry ya se encontraba totalmente desesperado por que llegara el momento de mantener aquella conversación tan esperada. Incluso Hermione llegó a sospechar que algo ocurría, puesto que la pierna de Harry había adquirido un irritante tic con el que conseguía hacer temblar toda la mesa de Gryffindor en el Gran Comedor.

Afortunadamente, la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas de la tarde resultó tan entretenida que a Harry se le pasó volando.

Para aquella clase, Hagrid había contado con la ayuda del pequeño profesor de Encantamientos. Cuando los alumnos llegaron a la explanada donde se impartía la clase, se reunieron en torno a un fuego, que al parecer llevaba un buen rato encendido, a juzgar por la chamuscada madera sobre la que ardía. Por otro lado, Harry pudo notar que el profesor Flitwick parecía encantado con su participación en la clase de Hagrid.

-Como veréis, hoy contamos con la presencia de un invitado –explicó Hagrid señalando al profesor Flitwick-. He optado por recurrir a vuestro profesor de Encantamientos con el objetivo de que nos ayude con la lección de hoy y... eh... unos encantamientos que necesitaremos.

El profesor Flitwick, a su lado, asintió, al tiempo que se frotaba las manos con regocijo.

Sin embargo, los alumnos aún no comprendían qué pintaba en todo aquello la hoguera, cuyas llamas mágicas alcanzaban la altura de más de un metro, hasta que Hagrid explicó que las criaturas que estudiarían aquel mismo día surgirían del mismísimo fuego. Al parecer, si un fuego mágico se dejaba arder demasiado tiempo sin control, como en el caso de la utilización de los polvos flu, unas pequeñas serpientes nacían de las llamas de la hoguera, conocidas como ashwinders.

A Harry aquello le pareció poco creíble, hasta que pudo ver como un par de serpientes delgadas de color verde pálido y ojos de un rojo resplandeciente reptaban alejándose de las brasas, dejando tras de sí un rastro de cenizas.

-¿Las veis? –dijo Hagrid señalando otro par de ellas-. Tenéis que tener especial cuidado con ellas. Normalmente huyen de la hoguera en busca de un lugar sombrío donde depositar sus huevos. Tan sólo viven una hora, así que deben ser muy rápidas.

Unos minutos más tarde, algunas de las ashwinders ya habían puesto algunos huevos de color rojo brillante, tras lo cual las pequeñas serpientes se desintegraban dejando atrás un montoncito de polvo. En cuestión de minutos, algunas hierbas secas comenzaron a arder violentamente, provocado por los huevos de ashwinder.

-¡Es ahora cuando entra en acción el profesor Flitwick! –gritó Hagrid para hacerse oír entre los alumnos que se apartaban de los distintos fuegos que se habían originado.

Harry comprendió entonces el porqué de la presencia del profesor Fltiwick: el profesor se encargó de apagar todas las llamas en cuestión de segundos con un hechizo congelador.

-Es lo único que funciona con las ashwinders. Gracias a este hechizo –explicó el profesor Flitwick- podéis congelar los huevos de las ashwinder, muy valiosos a la hora de elaborar una poción amorosa –dijo a la vez que miraba de un modo un tanto peculiar a las chicas en particular.

-Sí, bueno... también son útiles para bajar la fiebre –dijo Hagrid tratando de atraer de nuevo la atención de las chicas, que lanzaban risitas insulsas-. Y recordad que debéis controlar minuciosamente cualquier fuego mágico que encendáis, de lo contrario, surgirán varias ashwinders, que no tendrán problema en pasar desapercibidas y originar un incendio gracias a sus huevos. Pero si de todas formas, cometéis la imprudencia de no controlar un fuego mágico y creéis que varias ashwinders andan sueltas, lo mejor que podéis hacer es seguir su rastro y congelar los huevos.

Durante el resto de la clase, los alumnos practicaron el hechizo congelador con la intervención del profesor Flitwick. Pero Harry, que tenía la cabeza en otra parte, no consiguió muy buenos resultados.

Aquella misma noche, Harry se levantó en silencio de su cama de dosel y cogió de su baúl la capa de invisibilidad, no sin antes comprobar que sus compañeros de dormitorio estaban completamente dormidos. Se puso la bata sobre el pijama, cogió la bolsa de cuero que contenía los polvos flu y bajó a la sala común intentando hacer el menor ruido posible. Una vez abajo, atravesó el retrato de la Señora Gorda y se cubrió con la capa.

Había decidido utilizar la Sala de los Menesteres para aquella ocasión, ya que cualquier alumno podía bajar a la sala común a las tantas de la madrugada y descubrirlo. Sin embargo, en el antiguo cuartel del ED nadie lo molestaría.

Cuando hubo llegado junto al tapiz de Barnabás el Chiflado, cerró los ojos y se paseó frente a aquel tramo de pared deseando encontrar al otro lado una chimenea que poder utilizar. Cuando abrió los ojos descubrió una puerta de madera desgastada. La abrió y se encontró en una sala de piedra, pequeña, con tan sólo un par de butacas, y al frente, también de piedra maciza, había una chimenea. Se arrodilló, decidido, frente a ella, y directamente vació el contenido de la bolsa sobre la madera quemada que había dentro de la chimenea, introdujo la cabeza en ella y dijo con voz clara:

-¡Número 12 de Grimmauld Place!

La cabeza de Harry comenzó a girar en un remolino de colores, a pesar de que sus rodillas permanecían firmemente apoyadas en la alfombra de la sala. Harry cerró los ojos en un intento por disminuir el mareo que le provocaba utilizar los polvos flu, hasta que el calor y las cenizas dejaron de golpear su cara y supo que el viaje a través de la chimenea había concluido. Abrió los ojos y vio ante sí la cocina del cuartel general de la Orden. Estaba a oscuras y no había nadie allí. Harry había reparado en la posibilidad de que algo así ocurriese, ya que no se trataba de una hora muy apropiada para mantener una conversación mediante la Red Flu, pero a pesar de todo, necesitaba ver al profesor Lupin.

Desde que aquella idea había tomado forma en su cabeza semanas atrás, no había dejado de pensar en ello, y cuando al fin había conseguido lo que necesitaba para ponerse en contacto con él, no iba a darse por vencido tan fácilmente. Harry deseaba que aquella fuese una charla privada, pero si debía ponerse a gritar hasta que alguien acudiese a la cocina, lo haría sin dudarlo.

-¿Hay alguien ahí? –preguntó con cautela.

No obtuvo respuesta.

-Soy Harry¿alguien puede oírme? –alzó su tono de voz, pero no ocurrió nada.

Se acabó. ¡Al cuerno con la prudencia!

-¡Profesor Lupin! –vociferó Harry-. ¡Profesor Lupin, soy yo, Harry!

Harry oyó pasos. A continuación, se escucharon los gritos de la señora Black en toda la casa (y probablemente en todo el vecindario), pero rápidamente alguien consiguió acallarlos. De pronto, la cocina dejó de estar en penumbra para ser iluminada por una repentina luz que al principio hizo daño a Harry en los ojos, acostumbrado para entonces a la oscuridad. El profesor Lupin había aparecido en la cocina repentinamente. Llevaba una vieja túnica negra y parecía desconcertado al ver la cabeza de Harry flotando en la chimenea a altas horas de la noche.

-¡Harry¿Ha ocurrido algo? –preguntó alarmado, arrodillándose frente al muchacho.

-No... Espero no molestarle... En realidad no es nada importante... –dijo Harry.

-Oh, no te preocupes, estaba de guardia. A estas horas no hay nadie en el cuartel, pero espero la visita de algunos integrantes de la Orden. Hasta entonces me vendrá bien un poco de distracción –explicó Lupin con una sonrisa cansada.

-Verá... yo... necesitaba hablar con usted, profesor Lupin –balbuceó Harry sin saber cómo enfocar el asunto.

-Remus –le corrigió Lupin-. Ya te dije que puedes recurrir a mí para lo que sea. ¿De qué se trata?

-Pues... se trata de mis padres... –dijo Harry-. Y... de Snape.

Lupin, que había asentido en señal de comprensión ante la primera revelación, frunció el ceño frente a la segunda, que no esperaba para nada.

-Continúa –le instó a seguir Lupin.

-Bueno... –Harry no sabía cómo comenzar-. El caso es que hace unas tres semanas, más o menos, yo estaba en clase de Oclumancia con Snape y...

Harry habló durante casi diez minutos, sin parar, relatando al profesor todo cuanto recordaba, hasta el mínimo detalle. Cuando acabó, Lupin lo miraba fijamente:

-¿Cómo es posible que Snape te permitiera observar sus recuerdos sin oponer resistencia? –preguntó extrañado.

-Yo tampoco me lo explico –contestó Harry-. No es la primera vez que ocurre: el año pasado, cuando utilicé un encantamiento protector para defenderme de su control sobre mí, pude ver algunos de sus recuerdos, pero Snape me frenó casi al instante...

Lupin se rascó la barbilla, pensativo:

-Sí, bueno, puede ser una reacción bastante común en la legeremancia… A veces se pueden ver los recuerdos del otro durante unos segundos, pero lo que me has contado es un recuerdo completo… De todos modos, no es eso lo que te ha traído hasta aquí¿verdad? –inquirió Lupin tras unos minutos de silencio.

-No... yo... me preguntaba si... –balbuceó Harry.

-Estás confuso por lo que viste y esperabas que yo pudiera explicártelo –afirmó Lupin.

Harry asintió levemente.

-Mi padre no parecía muy contento con que Snape entrara a formar parte de la Orden... Le dijo algo que no llegué a entender. Me preguntaba si tú podrías explicármelo.

-Bueno, yo no asistí a esa reunión¿sabes? Aquella noche había luna llena y... –Lupin hizo un gesto evasivo con la mano-. En fin... De todos modos, Sirius me puso al corriente de los acontecimientos.

-Y¿ Dumbledore confiaba en Snape? –preguntó Harry, escéptico.

-Confiaba y confía, Harry. Puede parecer increíble, pero Dumbledore siempre ha tenido un sexto sentido para este tipo de asuntos, y si realmente él confía en Snape, no encuentro motivo para que nosotros no debamos hacerlo.

-Ya... pero... ¿No crees que es pedir demasiado que todos confíen ciegamente en su palabra¿Dumbledore nunca llegó a aportar ninguna prueba a favor de Snape? –preguntó Harry, que comenzaba a notar calambres en las rodillas.

-No... La verdad es que siempre ha guardado para sí las razones que lo impulsaron a creer en la inocencia de Snape... Por otra parte, confiar en un ex-mortífago no es algo fácil, pero aún así... Dumbledore tiene sus razones, o tal vez sólo sean intuiciones y presentimientos, pero... Sea como sea, tener a Snape de nuestro lado nos ha dado muchas ventajas y él está arriesgando demasiado, de modo que no veo razón para desconfiar de él –terminó Lupin.

-Salvo que tiempo atrás trabajara al servicio de Voldemort. Y que parece ser que un traidor le está tomando el pelo a Dumbledore –soltó Harry sin pensar.

-Sí... Bueno... –Lupin le miró entrecerrando los ojos-: Ya me comentó Dumbledore que habías tenido otra visión… No deberías hablar de ellas tan a la ligera, Harry... –Lupin suspiró ante la mirada implacable del joven-. Tal vez jamás podamos estar totalmente seguros al cien por cien de la lealtad de Snape, pero la misma situación puede darse con cualquier otro miembro.

-Tal vez, pero Snape... –murmuró Harry.

-¿Sabes? En eso te pareces mucho a tu padre –comentó Lupin. Harry no pudo evitar sonreír-. James tampoco llegó a confiar nunca en Snape, al contrario que tu madre, Lily...

-Sí... –Harry recordó entonces el verdadero motivo que lo había empujado a adentrarse en la chimenea-. En cuanto a mi madre... ¿Qué fue lo que hizo Snape que mi padre no pudo olvidar? Mi madre, en cambio, parecía dispuesta a no volver a mencionar el asunto.

-Sí... bueno... verás, Harry... –Lupin se mesó las manos, incómodo-. No estoy seguro de que contarte lo que sucedió sea lo más conveniente, teniendo en cuenta que aún continúas manteniendo contacto con Snape y vuestra relación no es demasiado amistosa precisamente. De modo que como lo último que quiero es empeorar las cosas...

-Pero... –objetó Harry-. He llegado hasta aquí con la única intención de buscar respuestas, después de esperar semanas y... ¿ahora no vas a contarme lo que sucedió? –preguntó decepcionado.

Lupin no dijo nada, solamente esquivó la mirada de Harry y se mantuvo pensativo y taciturno durante unos segundos, antes de volver a dirigir la vista al fuego.

-¿Y bien? –apremió Harry, esperanzado. No estaba dispuesto a marcharse de allí sin haber obtenido respuestas. Deseaba saber lo que había ocurrido con todas sus fuerzas.

-No creo que sea buena idea que lo sepas. Supongo que... –comenzó Lupin con cautela. Después su rostro pareció relajarse y miró a Harry directamente a los ojos-. Bien... supongo que no ocurrirá nada si te pongo al corriente de ello, a pesar de que se trata de información confidencial de la Orden.

Harry escuchaba atentamente. No había esperado conseguir información sobre los asuntos de la Orden de primera mano.

-Digamos que... entre tu madre y Snape... hubo un desagradable incidente, llamémoslo así.

-¿A qué te refieres? –preguntó Harry.

-Lo que trato de decir es que cuando Snape entró aquella tarde en el despacho, todos los miembros de la Orden sabían ya que él había sido, o era, un mortífago que trabajaba para Voldemort –dijo finalmente Lupin con voz monótona, como si una vez que se había decidido a contarlo quisiera hacerlo rápido y distante-. Meses atrás, algunos miembros de la Orden mantuvimos un enfrentamiento contra varios integrantes de las filas de Voldemort. El caso es que Lily logró desenmascarar a uno de ellos, y se trataba ni más ni menos que de Snape.

-¡¿Qué?! –exclamó Harry, sorprendido. A pesar de que le había dado mil vueltas a aquel asunto y había pensado mucho en lo que realmente debía haber sucedido, jamás hubiese imaginado algo así.

Remus lo miró sobresaltado, pero el muchacho le pidió que continuara mientras notaba que las manos le temblaban por el nerviosismo. Antes de decidirse a continuar, Remus pareció reacio por unos instantes.

-No sé cómo lo logró tu madre, pero es muy difícil desenmascarar a un mortífago. Y Snape no tuvo más remedio que aturdirla para evitar que diera la voz de alarma. Fue una cuestión de mala suerte que tu madre quedara herida por eso… Una mala caída, creo… pero no parecía que hubiese sido intencionado. Supongo que por aquel entonces Snape ya debía tener serias dudas sobre su propia lealtad a Voldemort, porque si no lo más probable es que hubiera matado a Lily... –Lupin no pareció darse del respingo que dio Harry ante aquellas palabras, y el joven se obligó a mantener el silencio-. Desconozco cómo llegó a enterarse James de algo así. Al haber quedado al descubierto la identidad de un mortífago, el deber de Lily era informar de ello a la Orden; sin embargo, trató de evitar por todos los medios que tu padre supiera algo al respecto, obviamente con la intención de eludir situaciones como la que presenciaste... Creo que ella también sabía de alguna forma que Snape no había intentado herirla realmente.

-Y... después de lo que pasó... ¿Dumbledore le permitió entrar en la Orden? –preguntó Harry sin poder creer aún lo que oía.

-Así es. Al parecer, Snape comprendió que había tomado el camino equivocado y quiso enmendar su error sirviendo a la Orden. Según sus palabras, él nunca trató de herir gravemente a Lily, pero tampoco podía permitir que ella lo capturara, así que intentó terminar con el enfrentamiento del mejor modo posible. Un desmaius no tiene por qué ser un hechizo grave… De esa manera, el incidente quedó zanjado entre Lily y Snape. Lo de tu padre ya fue otro asunto; supongo que James jamás olvidó lo sucedido. Como imaginarás, la situación entre ambos empeoró y se tornó casi imposible, pero... Bueno... Lily era la única capaz de calmar a James –Lupin esbozó una sonrisa al recordar aquello.

Harry se mantuvo en silencio, observando el suelo de la cocina:

-Ron y Hermione no saben nada acerca de lo ocurrido en clase de Oclumancia –confesó de repente en voz baja-. Ni siquiera saben que el curso pasado me adentré en el pensadero de Snape... Nunca he hablado con ellos sobre mis padres –finalmente se decidió a levantar la mirada y mirar a los ojos de Lupin, que parpadeaba levemente como si acabara de volver al presente después de viajar por su memoria-. Supongo que... no sé...

-Entiendo –dijo Lupin-. No tienes necesidad de explicarte, lo comprendo. Así que si alguna vez quieres volver a charlar sobre tus padres, no tienes más que decírmelo. Pero aún así, creo que debes olvidar todo ese asunto que viste en la mente de Snape… No necesitas saberlo todo, Harry… Aunque no sepas lo que ocurrió antes de aquella reunión, debería bastarte con saber que tu madre ya lo había olvidado.

-Sí, pero… –Harry miró extrañado a Lupin y estaba a punto de decirle que ahora que sí sabía lo que había ocurrido no podría olvidarlo, cuando sintió un cosquilleo en la mano derecha.

-¿Qué ocurre? –preguntó Lupin al ver que Harry movía la cabeza dentro del fuego de la chimenea con gesto contrariado.

-No lo sé... creo que... pero no puede ser...

-¿Hay alguien contigo o...?

-Debo irme. ¡Adiós! –dijo Harry antes de aferrarse con fuerza al suelo de la sala donde permanecía su cuerpo y sacar la cabeza fuera de la chimenea.

Harry se puso en pie inmediatamente y comprobó que estaba solo en la Sala de los Menesteres. Entonces... ¿qué había sido aquel extraño cosquilleo en su mano? Dirigió la vista hacia el suelo y lo que descubrió hizo que su boca se abriera de par en par, sabiendo que probablemente se encontraba en un buen lío. Allí, en el suelo, junto a la chimenea y a lo largo de toda la habitación, había diseminadas varias pequeñas serpientes de color verde. Se trataban de ashwinders, las criaturas que había estudiado aquel mismo día en clase de Hagrid. Recordaba que las ashwinders nacían a partir de fuegos mágicos que ardían sin control, pero... ¿tanto tiempo había durado su conversación con Lupin?

-¡Maldita sea! –murmuró Harry al ver como un tapiz que había colgado de la pared comenzaba a arder. Rápidamente, se acercó hasta el incendio y lo apagó con un chorro de agua que lanzó de su varita.

De inmediato, Harry se dispuso a buscar los huevos de ashwinder, que habían sido la causa del fuego. La mayoría de ellos podían verse cerca de la chimenea, pero también los había junto a la salida y... un momento... Harry abrió la puerta de la sala y descubrió apesadumbrado que varias ashwinders habían pasado bajo el hueco de la puerta, con lo que el pasillo del séptimo piso se hallaba infestado de aquellas serpientes y sus huevos de color rojo.

Harry volvió a cerrar la puerta y trató de tranquilizarse, pero... ¿Cómo podía calmarse si todo Hogwarts estaba a punto de arder en llamas por su culpa? Las ashwinders desaparecerían al cabo de una hora, pero no sus huevos. Sabía que la única manera de acabar con ellos era mediante un hechizo congelador, pero sus resultados en clase de Cuidado de Criaturas Mágicas no habían sido muy buenos. Harry maldijo por lo bajo, pensando que debería haber puesto más empeño en aquella clase, en lugar de pensar en la conversación de aquella noche. Pero ya no había vuelta atrás, y debía hacer algo inmediatamente, se dijo a sí mismo tras apagar el fuego que había prendido una de las butacas.

Trató en vano de llevar a cabo el hechizo congelador, pero no dio resultado: lo único que consiguió fue hacer aparecer unas chispas rojas en la punta de su varita.

Definitivamente, había llegado la hora de tomar medidas drásticas. Salió de nuevo de la Sala de los Menesteres y reparó en el jarrón que había junto a la puerta: era un jarrón enorme, casi tan alto como él. Parecía realmente valioso, pero... Estaba claro que no había otra solución. Sin dudarlo, Harry empujó el pesado jarrón, que se hizo añicos contra el suelo provocando un gran estruendo. Aquello sería suficiente para atraer la atención de Filch y que éste buscara la ayuda de algún profesor. Entró rápidamente en la sala y cogió su capa de invisibilidad. Tras constatar que no se había olvidado nada allí dentro, abandonó la estancia a toda prisa, dejando la puerta abierta de par en par, con la intención de que Filch reparara en que no sólo el pasillo estaba repleto de ashwinders. Cuando bajaba las escaleras de dos en dos cubierto con la capa, escuchó la voz de Filch que, sin duda, al oír aquel alboroto, había acudido rápidamente al pasillo del séptimo piso:

-Dumbledore tendrá que atender a razones cuando vea el destrozo que ha organizado Peeves, Señora Norris. ¡Un jarrón tan valioso...! Pero... ¿qué demonios...?

De camino a la sala común, Harry estaba totalmente seguro de que Filch había reparado en la presencia de los huevos de ashwinder.

Mientras se acostaba en su cama de dosel, Harry pensó que jamás volvería a utilizar aquellos dichosos polvos, y sintió un retorcijón al pensar en la manera tan cobarde en la que se había dado a la fuga.

---000---

A la mañana siguiente, fue el primero en despertar. Se miró en el espejo y vio su propio rostro devolviéndole la mirada desde la superficie. Estaba ojeroso y no tenía buen aspecto, pero después de todo no era de extrañar, teniendo en cuenta que había trasnochado, aunque aquello era mejor que arder vivo en la Sala de los Menesteres.

Bajó al Gran Comedor y lo encontró casi vacío; entonces recordó que era sábado. Se sentó en la mesa de Gryffindor y se sirvió unas tostadas, a la vez que una lechuza aterrizaba frente a él. Resultaba un tanto extrañó, ya que el correo llegaba más tarde habitualmente y él no solía recibir cartas. Dejó el desayuno a un lado y cogió el rollo de pergamino del pico del ave, que en lugar de emprender el vuelo, se acomodó junto a la jarra de zumo de calabaza. Sorprendido, vio que era de Lupin:

Harry:

Espero que nuestra charla nocturna no te provocara problemas. Desapareciste tan repentinamente de la chimenea que no tuve oportunidad de preguntarte qué fue lo que sucedió. El correo vía lechuza siempre resulta más seguro¿no crees? Puedes escribirme cuando quieras, siempre y cuando no sea algo comprometido que pueda ser interceptado. Y, como te dije anoche, te recomiendo que olvides "la razón" de tu visita y que no intentes continuar investigándolo.

Un abrazo,

Lupin

Harry sacó una pluma estrujada del bolsillo de sus pantalones y escribió la respuesta a la carta en la parte trasera del pergamino, relatando el incidente con las ashwinders, aunque sin mucho detalle, pues no quería preocupar a Lupin. La lechuza ya se había marchado cuando Ron y Hermione llegaron al Gran Comedor.

-Qué madrugador –comentó Hermione mientras tomaba asiento frente a Harry.

-¿Lo has oído? –preguntó Ron a Harry, visiblemente divertido.

-¿Oír qué? –inquirió Harry, confundido.

-No se habla de otra cosa, el rumor se ha extendido por toda la escuela –dijo Ron a punto de echarse a reír.

-¡No tiene gracia, Ron! –lo regañó Hermione.

-¡Sí que la tiene! –dijo Ron cuando al fin no pudo contenerse más y soltó una carcajada.

Harry miraba alternativamente a Ron y Hermione con aire confuso:

-¿Vais a decirme de una vez por todas qué es lo que ha ocurrido? –preguntó Harry llevándose el vaso de zumo a la boca.

-Al parecer –comenzó Hermione-, anoche alguien utilizó indebidamente los polvos flu y se produjo un incendio en el séptimo piso.

Harry escupió por toda la mesa, incluyendo el rostro de Hermione, el zumo de calabaza.

-¡¿Qué?! –exclamó. No pensaba que aquel incidente trascendiera de ese modo- Lo siento –murmuró en dirección a Hermione.

-Sí –dijo Ron-. Lo más raro de todo es que el incendio se originó en la Sala de los Menesteres, y se supone que sólo quienes tomamos parte en las reuniones del ED sabemos de su existencia... bueno... sin contar a la Brigada Inquisitorial de Umbridge...

-Filch descubrió el fuego y los huevos de ashwinder que habían salido de él, y aviso rápidamente a la señora Pomfrey –continuó explicando Hermione-. Todavía sigue buscando por el castillo algún huevo que pueda originar un nuevo incendio.

-Y la enfermería está muy concurrida –comentó Ron mientras comía una tostada.

-¿Hubo algún herido? –preguntó Harry, alarmado.

-Que va –Hermione deshecho el comentario con un gesto de la mano-. Lo que ocurre es que los huevos de ashwinder son el ingrediente principal de los filtros amorosos, y ahora acaba de iniciarse un mercado negro de pociones amorosas en Hogwarts... Aunque no veo qué interés pueda tener... –comentó con desdén.

-La señora Pomfrey guarda los huevos en la enfermería porque, como ya sabes, también son muy útiles contra los accesos de fiebre –continuó Ron-. El problema es que ahora los estudiantes tratan de colarse dentro de la enfermería para hacerse con un puñado de huevos. He oído que Eddie Carmichael está dispuesto a pagar un galeón por cada cinco huevos de ashwinder. Supongo que la poción que pueda elaborar con ellos llegará a adquirir un precio mucho más alto...

-Así que los prefectos tenemos que hacer turnos de vigilancia para que nadie pueda colarse dentro mientras la señora Pomfrey no está –dijo Hermione-. La profesora McGonagall acaba de reunir a todos los prefectos, así es como nos hemos enterado.

-Sí, además los prefectos tenemos que colocar un anuncio en el tablón de la sala común –explicó Ron.

-¿Qué tipo de anuncio? –preguntó Harry.

-"La utilización de los polvos flu queda totalmente prohibida" –citó Ron.

-Parece ser que en la Sala de los Menesteres se encontró una bolsita de polvos flu. Así fue como supieron lo que había ocurrido exactamente –terminó Hermione.

Harry, que hasta el momento había escuchado el relato impresionado, tuvo el impulso de golpearse la cabeza contra la mesa del Gran Comedor. ¿Cómo había podido ser tan estúpido de olvidarse la bolsa que Dobby le había proporcionado, y que contenía los polvos flu, en la Sala de los Menesteres?

Poco a poco, los alumnos abandonaban el comedor, y Harry oía a los más osados planear distintas estrategias para pasar frente a la barrera de vigilancia que constituían los prefectos.

Harry, Ron y Hermione pasaron el resto del día en la sala común. Mientras terminaba su redacción de Encantamientos, Harry no dejaba de dirigir miradas angustiosas al hueco del retrato, pensando que en cualquier momento aparecería la profesora McGonagall para acusarlo por su grave falta.

A media tarde, Ron propuso bajar a las cocinas, argumentando que hacer la tarea de Binns le abría el apetito. Hermione estuvo de acuerdo, ya que le parecía una buena oportunidad para observar la actual situación de los elfos domésticos.

Así es que bajaron hasta el vestíbulo, y una vez allí, siguieron el camino que conducía a las cocinas. Hicieron cosquillas a la pera de un cuadro en particular y se adentraron en el lugar de trabajo de los elfos. Dobby corrió a saludar a Harry, como era costumbre:

-¡Harry Potter ha venido de nuevo a visitar a Dobby¡Dobby le da las gracias, señor! –exclamó efusivamente.

-Hola, Dobby –dijo Harry.

-Dobby se pregunta si los polvos flu que consiguió para Harry Potter le fueron de ayuda, señor –dijo Dobby inoportunamente.

Hermione, que se encontraba junto a Harry, abrió desmesuradamente los ojos y le dirigió una mirada de reproche que el chico no creyó soportar. Por otro lado, Ron, muy ocupado devorando un pastelillo, se atragantó y varios elfos tuvieron que socorrerlo.

-¡Fuiste tú! –exclamó Hermione, aún con la boca abierta.

-¿Te has vuelto loco¿Qué pretendías? –dijo Ron, ya recuperado.

Harry se giró en dirección a Dobby y se dispuso a despedirse:

-Dobby, tenemos que irnos.

-Gracias, Harry Potter –respondió el elfo, que no se había percatado de su metedura de pata-. ¡Hasta la vista, señor!

Una vez fuera de las cocinas, Hermione volvió a estallar:

-Harry¿qué demonios hacías tú a altas horas de la madrugada en la Sala de los Menesteres y utilizando los polvos flu?

Harry pensó que no había otra alternativa que decir la verdad:

-Veréis... yo... hablaba con Lupin –dijo finalmente.

-¿Con Lupin? –repitió Ron, extrañado-. ¿Ha pasado algo que no nos hayas...?

-No ha pasado absolutamente nada –contestó Harry-. Sólo... quería hablar con él sobre... mis padres –balbuceó.

-Oh, de acuerdo –musitó Ron, sin saber qué decir exactamente.

-De todas formas –objetó Hermione cuando ya se encontraban en el vestíbulo-, fue muy imprudente de tu parte, las consecuencias podrían haber sido fatales. ¡Incendiar la Sala de los Menesteres!

-No es necesario que me lo recuerdes –espetó Harry-. Ya me siento suficientemente culpable sin tu ayuda.

-La próxima vez que vayas a cometer una locura de ese estilo, avísanos, por favor –dijo Hermione con sarcasmo.

-No fue premeditado... De repente... ¡Fue un desastre, lo sé! –dijo Harry, junto a la escalinata de mármol.

-Nosotros podríamos haberte ayudado, sólo tenías que pedirlo –declaró Ron.

Harry se encogió de hombros.

-¿Ayudarle? –exclamó Hermione-. Yo no pienso ayudar a nadie ni tomar parte en ningún incendio, lo que Harry ha hecho es...

Pero Harry interrumpió a Hermione propinándole un pisotón cuando se percató no solamente de que no estaban solos en el vestíbulo, sino que Draco Malfoy parecía seguir la conversación muy interesado. ¿Cuánto habría escuchado el Slytherin?

-¡Auch! –Hermione ahogó un gemido-. ¿Qué demonios te ocurre?

Harry hizo una seña para que sus amigos lo siguieran hasta la sala común y una vez dentro les explicó sus sospechas:

-Creo que Malfoy nos estaba escuchando.

-¿Qué? –atinó a decir Ron-. Genial. Las desgracias nunca llegan solas.

-¿Estás seguro? –preguntó Hermione, alarmada-. Tal vez...

-No lo sé... Parecía estar escuchando, pero...

-No te preocupes –dijo Ron-. No creo que supiera de qué hablábamos.

-Sí, Ron tiene razón. Y la profesora McGonagall no tiene ni idea de quién ha podido ser, así que puedes estar tranquilo.

-Por cierto¿qué hiciste cuando te diste cuenta de que las ashwinders habían surgido del fuego? –preguntó Ron curioso.

-Bueno... apagué los fuegos que habían comenzado a arder por la sala y luego traté de llevar a cabo el hechizo congelador, pero no dio buen resultado, así que... Tenía que llamar la atención de Filch como fuera y rompí un jarrón enorme que...

-¡También fuiste tú! –gritó Hermione mientras Ron se desternillaba de risa-. ¡No lo puedo creer! La profesora McGonagall estaba furiosa y daba por sentado que había sido Peeves. ¿Tú sabes lo que has hecho? Ese jarrón era una pieza artesanal del siglo XII, espero que tenga arreglo... ¡Ay, Harry! Dos faltas graves en una sola noche...

-¿Dos? –repitió Ron con una ceja alzada-. Si no me equivoco, fueron al menos tres: además de provocar un incendio y hacer añicos un jarrón valiosísimo, anduvo por el castillo de noche y sin el permiso de ningún profesor. ¿Sabes, Harry? Tienes suerte de que Hermione y yo seamos tus amigos y no te restemos puntos... –dijo con sarcasmo.

-Supongo que sólo puedo decir "gracias" –respondió Harry torciendo la boca.

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Harry maldijo por lo bajo mientras abandonaba las lóbregas mazmorras y cruzaba el vestíbulo en dirección a la biblioteca. Snape les había cargado de deberes aquella primera hora del lunes y Harry sabía que debería emplear horas y horas aquella tarde encerrado en la biblioteca en busca de algún libro que le sirviera para hacer el trabajo.

Cuando cruzaba el umbral de la sala de estudios, pensó que se reuniría con Ron y Hermione en la siguiente clase y aprovecharía el descanso para adelantar sus tareas. A decir verdad, había tenido que reunir toda su fuerza de voluntad para no salir a los terrenos, pero allí estaba finalmente. Dejó sus libros en una mesa y se dispuso a buscar algún dato de utilidad sobre las pociones curativas en la sección de Pociones.

Cuando ya creía haber dado con el libro adecuado, escuchó una desagradable voz a sus espaldas:

-Vaya, vaya... ¿a quién tenemos aquí? –aquella voz que arrastraba las palabras era inconfundible.

Harry giró sobre sus talones y se encontró con el rostro puntiagudo de Malfoy. Parecía contento por alguna desconocida razón.

-No creo que ese libro te sirva –dijo Draco señalando el libro que Harry había estado a punto de coger-. Creo que te vendría mejor éste otro –el Slytherin paseó frente a las estanterías ante la mirada de incomprensión de Harry, cogió un libro y se lo alargó al chico.

Harry alcanzó el libro, desconfiado, y leyó el título: Los distintos fuegos mágicos para elaborar cada poción. Harry, a quien toda la sangre le había bajado a los pies de golpe, enrojeció violentamente, consciente de la clara indirecta. No había duda: Malfoy había escuchado más de la cuenta.

-Muchas gracias –dijo con sarcasmo a la vez que le devolvía bruscamente el libro a Malfoy-. Pero lo cierto es que el que necesito es precisamente uno de la Sección Prohibida, falta en la biblioteca desde principios de curso¿te suena? –masculló clavando la mirada en los ojos grises de Malfoy. Observó como sus mejillas pálidas enrojecían ante la alusión al libro robado. Harry cogió el volumen que había encontrado para hacer su trabajo de Pociones y pasó junto a él sin siquiera mirarlo. Pero no había dado ni dos pasos, cuando, aún hallándose ocultos por las estanterías, Draco habló de nuevo, esta vez de un modo muy cortante:

-Es inútil que finjas no saber de lo que hablo. Sé perfectamente que fuiste tú el que provocó el incendio en el séptimo piso. ¿Sabes? Para hacer una acusación hacen falta pruebas y… deja que piense… Oh, sí –Draco esbozó una sonrisa desagradable-: tú no las tienes.

Harry se quedó estático, con los pies fijados al suelo, sin poder mover un músculo. Lentamente, se dio la vuelta y observó al Slytherin con intenso odio.

-¿Qué es lo que pretendes exactamente, Malfoy? –dijo fríamente.

El chico rubio se disponía a contestar cuando alguien apareció tras Harry y acaparó la mirada de Draco, cuyo rostro adquirió un tono pálido.

-Malfoy –dijo aquella voz con total desagrado a espaldas de Harry.

Harry giró el rostro y pudo ver a Ginny, casi irreconocible: la chica dirigía una dura y sombría mirada a Malfoy y su pose denotaba determinación y orgullo. Harry podría jurar que Ginny había estado escuchando detrás de las estanterías. Al paso que iba, al final del día lo sabría todo Hogwarts. Pero... algo no terminaba de encajar en todo aquello. Resultaba extraño que Malfoy vacilara de ese modo frente a Ginny y la chica se comportara de una forma tan... ¿intimidante?

-¿Es mi imaginación, Draco –pronunció su nombre lentamente con un tono de visible disgusto-, o tratas de amenazar a Harry?

Malfoy parecía apurado, mientras Ginny lo miraba ceñuda. A pesar de que Harry no sabía qué era lo que estaba ocurriendo, resultaba divertido ver a su peor enemigo en aquella situación. Malfoy enrojeció aún más y apretó la mandibula con rabia:

-No... yo... no.

-Eso está mejor –sentenció Ginny.

Malfoy ya se iba cuando la pelirroja volvió a hablar:

-No me gustaría saber que chantajeas a Harry, de lo contrario... Tú ya me entiendes.

Draco Malfoy entornó los ojos antes de marcharse con paso decidido.

-¿Qué significa eso? –preguntó Harry impresionado.

-Mmm... Nada –contestó Ginny inocentemente y risueña.

-¿Nada? –repitió Harry incrédulo-. ¿Eres tú la que acaba de amenzar a Malfoy o han sido alucinaciones mías?

Ginny no pudo evitar sonreír abiertamente.

-Bueno... está bien. Digamos que... descubrí algo que a Malfoy no le conviene que se sepa... al menos por ahora –explicó Ginny.

-¿Algo cómo qué? –Harry enarcó las cejas-. ¿Qué fue lo que hizo? –preguntó intrigado.

-No puedo decirlo –contestó Ginny-. Se trata de un pacto.

-¡Pero si es Malfoy! –exclamó Harry-. ¿Por qué no acudiste a algún profesor?

-¿Acudir a un profesor¡Ay, Harry, todavía tienes mucho que aprender¿No crees que es más interesante y provechoso ejercer cierto control sobre ese arrogante Slytherin? –señaló el camino por el que Malfoy había desaparecido-. Tú mismo acabas de comprobarlo –Ginny parecía divertida y observaba atentamente a Harry, que tenía la mandíbula desencajada-. Además, no creo que se trate de nada peligroso, ni mucho menos.

La chica dio media vuelta con intención de marcharse, pero lo pensó mejor y volvió a mirar a Harry.

-Y no te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo –tras guiñarle un ojo en señal de complicidad, caminó hacia la salida de la biblioteca, dejando a Harry totalmente desorientado.

Lo que acababa de presenciar había sido algo único. Lamentaba que Ron y Hermione se hubiesen perdido semejante espectáculo. ¡La cara que había puesto Malfoy había sido indescriptible! Una acuciante pregunta se presentó en la mente de Harry entonces¿tendría aquello algo que ver con el robo del libro de la Sección Prohibida hacía ya meses? Parecía que Malfoy andaba metido en algo y resultaba imposible precisar el qué: el libro de Las misteriosas energías secretas, aquella escapada a altas horas de la madrugada por el castillo poco después, y ahora esto... Sin embargo, Ginny había asegurado que dudaba que se tratara de algo peligroso, pero... ¿y si se equivocaba?

Por otro lado, la actuación de la muchacha había sido magnífica; de no ser por ella, no quería ni imaginar el vil chantaje al que Malfoy lo hubiera sometido. Crecer con seis hermanos había dado sus frutos, pensó Harry. Definitivamente, adoraba a esa chica.


Y bien que os ha parecido? Por fin queda resuelto el misterio de Snape, aunque lo de Draco ahí sigue, dándole a Harry quebraderos de cabeza, y Ginny y su girl power... y... Lupin no parecía un poco raro durante la charla con Harry?

Próximo capítulo: La segunda oportunidad de Snape. Nos os lo perdáis!!!

Respuestas a los reviews:

lordaeglos: hola!!!! pues si, binns es un entrometido d elos pies a la cabeza, pero bueno, si en vida era un soso, tampoco se puede esperar mucho más después de muerto... en cuanto a ron y hermy, ya sabemos q entre esos dos la cosa siempre se queda en el "casi" y nos dejan con la miel en los labios, a ver cómo evoluciona la relación. muchos besos y hasta que nos leamos!!!

saiyuri11: hola!!! bueno, no hemos podido actualizar todo lo rápido q hemos querido, pero por fin esta aquí el cap. ojalá que te haya gustado. a ver si si el cap 22 está listo antes de la semana q viene... muchos besos!!!!

lordgrond: hola!!! nos arrodillamos ante ti las tres para pedirte perdón por la tardanza (sobre todo tridjia, q más q arrodillada ya está directamente tirada en el suelo, jajaja, q exageradas, no?) y esperamos que este capi te compense. a ver si sacamos más tiempo y para antes de una semana tenemos el siguiente cap, q tenemos ganas de q avance la historia y surja más tensión todavía, que la habrá... muchos besos y hasta el próximo cap!!!!

camii17: hola!!!! pues sí, la verdad es q binns, merece azkaban por lo q hizo, pero eso nos plantea otra cuestión, pueden los fantasmas ir a la prisión? buena pregunta... en fin, chorradas aparte, nos alegra que te hayas animado a dejarnos un review, porque eso siempre anima a seguir con la historia, y nos gustaría seguir leyendo tu opinión. besos!!!!