Este fic es una versión alternativa del sexto libro de la saga. Fue escrito antes de la publicación de "El príncipe mestizo", por lo que sólo tiene en cuenta lo sucedido en la saga hasta el quinto libro, "La Orden del Fénix".
27
La muerte acecha de nuevo
Fue como si el tiempo se detuviera. Harry observó cómo Hermione se arrodillaba con presteza junto al chico y alargaba una mano temblorosa para volver el cuerpo hasta dejarlo boca arriba.
Viktor Krum yacía en el frío suelo de piedra, sin vida.
En el mismo momento en el que Harry distinguió el rostro del búlgaro, que observaba el vacío con ojos inexpresivos, se oyeron pasos apresurados y todos los presentes, incluido Voldemort, que hasta el momento había permanecido como mero espectador, se volvieron hacia la entrada de la cámara.
Varias personas corrían hacia ellos. Los mortífagos dieron la voz de alarma y se dispusieron para un nuevo ataque. Harry se volvió un instante para ver la expresión de Voldemort y se percató de que éste observaba algo con el rostro lívido. El muchacho siguió su mirada y distinguió a Dumbledore entre los integrantes de la Orden, que habían irrumpido en la cámara de los secretos.
-¡Harry, salid de aquí inmediatamente! –dijo un mago al pasar a su lado. Harry creyó reconocer a Lupin.
Sin embargo, antes de acatar aquella orden, el joven observó la escena y vio cómo Dumbledore se acercaba sereno a Voldemort; ambos blandían las varitas en la mano. Observaba absorto aquel duelo de miradas, cuando sintió que una mano se posaba en su hombro y se giró sobresaltado. Era Ron.
-¿Qué ha pasado? –le preguntó el pelirrojo posando la mirada en la pelea entre los mortífagos y los componentes de la Orden.
-Muchas cosas –contestó simplemente Harry-. ¿Tú estás bien?
-Sí, ¿y tú? –su amigo asintió levemente con la cabeza y Ron dejó de pasarse los dedos entre el pelo en una zona en la que el cabello aparecía apelmazado por la sangre. Posiblemente el pelo ocultaba una contusión. Acto seguido señaló hacia la entrada de la cámara-: Tenemos que largarnos.
Los dos se acercaron a Hermione, que no levantó la mirada. La joven se había apartado un par de metros del cuerpo inerte de Viktor Krum, retrocediendo por el suelo, y lo observaba con estupefacción y horror, sin querer aceptar lo que veían sus ojos. Harry sintió que un escalofrío le recorría la espalda al ver de cerca a Krum. A su lado, sintió que Ron contenía la respiración, impactado.
-Hermione... –susurró Ron sintiéndose aturdido.
La joven les miró sin reconocerles, sin que su mente hubiera asimilado todo lo ocurrido. De repente, su subconsciente la devolvió brutalmente a la realidad y estalló en sollozos.
-Tenemos que salir de aquí –añadió Harry.
Ella se puso en pie como una autómata y se restregó los ojos:
-No podemos dejarle aquí, está... está...
Desde donde el resto de los magos luchaban, pudieron oír una voz que les imprecaba:
-¡Harry, marchaos de aquí! ¡Rápido!
Harry agarró a Hermione por el brazo y tiró de ella, que no parecía muy dispuesta a marcharse, pero sabiendo que no tenía alternativa, terminó por aceptarlo. Los tres amigos echaron a correr hacia la salida y unos cuantos rayos aturdidores pasaron sobre sus cabezas, posiblemente lanzados por los mortífagos que habían visto cómo escapaban.
No se detuvieron hasta que llegaron al largo túnel y doblaron una esquina, desde donde no se podía ver la entrada de la cámara. Parapetándose tras la pared del túnel, Harry asomó la cabeza para ver si alguien les había seguido. A su lado, Hermione no podía evitar que sus hombros se convulsionaran al intentar detener el llanto. Harry se volvió y la observó un segundo antes de cruzar una mirada preocupada con Ron.
Cuando creyó escuchar un chasquido a su espalda, Harry se apresuró a mirar por el túnel, pero no había nadie. Detrás de él pudo escuchar los susurros de Ron y la respiración entrecortada de Hermione, que tartamudeaba.
-No debió haberlo hecho. Ni... ni si... ni siquiera tenía porqué estar aquí... ¿por qué lo hizo?
Harry se giró y vio que Hermione había hundido el rostro en el pecho de Ron. Por encima de la cabeza castaña de la chica, su amigo miraba a Harry con expresión aterrada, como si no supiese qué hacer.
-¿Por qué? –repetía ella-. ¿Por qué lo hizo?
Ron tomó aliento antes de decir:
-Porque te quería –Hermione volvió a sollozar y Ron la estrechó contra él con más fuerza.
Permanecieron en silencio durante unos minutos hasta que escucharon unos pasos apresurados que resonaban en la cámara. Harry pudo distinguir los rostros de Lupin, Tonks, la profesora McGonagall y Dumbledore, entre otros.
-¿Estáis bien? –pregunto Lupin, el primero en llegar sin resuello hasta ellos.
-Sí, estamos todos bien. Bueno, en realidad... –Harry hizo un gesto con la cabeza señalando a Hermione, que seguía abrazada a Ron.
-Sí, sí... ya lo sé –Lupin suspiró-. En fin, salgamos de aquí.
Mientras recorrían el túnel, como si de una extraña y silenciosa comitiva se tratara, Harry se dio cuenta de que entre los integrantes de la Orden, flotaban a ras del suelo varios cuerpos, posiblemente transportados mediante el encantamiento mobilicorpus. Harry reconoció entre ellos a un par de mortífagos, que tenían todo el aspecto de estar desmayados.
Cuando finalmente llegaron a la entrada del túnel, Harry se preguntó por primera vez cómo subirían de nuevo hasta el castillo, porque era imposible ascender por el tobogán. La ocasión en la que había bajado a la cámara con Ron y el profesor Lockhart para buscar a Ginny, los cuatro habían subido gracias a Fawkes, el fénix de Dumbledore. Sin embargo, en aquellos momentos eran cerca de una veintena de personas.
Como si hubiera leído sus pensamientos y fuera a darle una respuesta, Dumbledore sacó del bolsillo de su túnica lo que a simple vista parecía un yo-yo y se lo ofreció. Harry le miró sin comprender
-Esto es un traslador que os llevará hasta el castillo –explicó el director-. No es muy grande, por lo que no podemos subir todos a la vez –dijo sacando más yo-yos y señalando con un dedo a los tres jóvenes-. Subiréis vosotros tres acompañados por Remus y la profesora McGonagall. Quiero que el señor Weasley y la señorita Granger vuelvan de inmediato a su sala común, pero tú, Harry, debes ir a mi despacho; espérame allí –Dumbledore se volvió hacia el grupo de adultos-: Minerva, que todos los alumnos vayan a sus salas comunes mientras registramos todo el castillo.
Los cinco primeros se adelantaron y tocaron con un dedo el yo-yo que Harry tenía en la palma de la mano. Al cabo de unos instantes, Harry sintió aquel tirón en el ombligo que ya le resultaba familiar. Después de atravesar un torbellino de colores, sus pies tocaron una superficie sólida y estable y, por primera vez, consiguió aterrizar sin caerse al suelo.
Miró a su alrededor tratando de ubicarse y, al ver la gárgola que había a su lado, supo que se hallaban frente al despacho del director.
-Bueno –empezó Ron, dubitativo-, nosotros vamos a la torre de Gryffindor. Nos vemos allí, ¿de acuerdo?
Harry asintió levemente con la cabeza.
-Luego hablamos –musitó en dirección a sus amigos.
Le bastó un segundo para darse cuenta de que Ron no sabía qué hacer con aquella Hermione llorosa y todavía impactada, pero el pelirrojo, a pesar de que la situación parecía desbordarle, se acercó a ella.
-Hermione... –la llamó con suavidad.
Caminando despacio, los dos jóvenes se alejaron por el pasillo y, a lo lejos, Harry pudo contemplar, sorprendido, como Hermione cogía con fuerza de la mano a Ron, y como éste, pillado por sorpresa, tensaba los hombros.
Se volvió hacia los dos adultos y se fijó en la profesora McGonagall, que observaba con ojos brillantes cómo se alejaban Ron y Hermione. El rictus severo que solía marcar el rostro de la mujer había desaparecido para dar paso a una expresión de profunda tristeza.
Como si se hubiera percatado de que Harry la observaba, la profesora clavó sus ojos en los de él.
-Potter, ya has oído al profesor Dumbledore. Tal vez tarde un poco, pero no te muevas de su despacho.
Sin más palabras, la bruja dio media vuelta y caminó con paso resuelto por el corredor en dirección a las escaleras principales.
Se habían quedado solos Lupin y él. El amigo de su padre miró la fea gárgola y después se volvió hacia Harry:
-Bien, será mejor que subamos.
-¿Tú también vienes? –preguntó el chico, sorprendido.
-Sí, claro –Lupin esbozó una sonrisa que no expresaba ni una pizca de alegría.
Después, dirigiéndose a la gárgola, pronuncio la contraseña, quedando al descubierto la escalera que llevaba al despacho. Con un gesto Remus indicó a Harry que subiera él primero.
El despacho de Dumbledore ya le resultaba conocido por la cantidad de veces que había estado en él. Todos aquellos artilugios mágicos, el Sombrero Seleccionador, la espada de Godric Gryffindor... Todo le traía a la memoria un pasado reciente y lejano al mismo tiempo. Su mirada vagó por los retratos de las paredes, que mostraban a los antiguos directores de Hogwarts, hasta que sus ojos distinguieron un rostro que le recordaba al de un ser querido. Phineas Nigellus dormía plácidamente.
El repentino recuerdo de Sirius pareció despertarle y le devolvió bruscamente a la realidad. Harry había vivido lo sucedido en la cámara con una frialdad impropia en él, como si estuviera tan acostumbrado a que su vida estuviera repleta de sobresaltos y dolor, que ya nada podría llegar a asombrarle. Sin embargo, la compresión de lo que verdaderamente había ocurrido llegó de golpe y con toda su intensidad.
A su mente viajaron imágenes de lo ocurrido en su último encuentro con Lord Voldemort: los momentos en los que vio aquellos torrentes de chispas verdes dirigirse hacia sus mejores amigos; Krum interponiéndose entre la maldición asesina y Hermione; el rostro de Hermione surcado por las lagrimas...
Como si su cerebro estuviera atando cabos por sí solo, de repente, vislumbró el cuerpo de Neville sacudido por la maldición cruciatus en el Departamento de Misterios y el cadáver de Cedric Diggory a los pies de una lápida que mostraba el nombre de Tom Riddle...
Sintió una rabia y un odio como sólo había experimentado en situaciones similares, cuando la impotencia le hacia sentir como un inútil ante todo lo que sucedía a su alrededor. Las sensaciones se agolpaban en su interior, confundiéndole y agobiándole. Hubiese querido gritar hasta quedarse sin voz.
Sabía que Lupin estaba observándole, pero el chico rehuyó sus ojos, aunque podía imaginar con facilidad la expresión de preocupación del que había sido su profesor. Harry le agradeció para sus adentros que en aquel momento no dijera nada.
Dándole la espalda, el muchacho paseó por el despacho, intentando poner en orden todas sus ideas, aunque la tensión que acumulaba se percibía en los músculos de su cuello.
Inmerso en sus pensamientos, había perdido la noción del tiempo cuando oyó detrás de él el chasquido de la puerta al abrirse. Se giró con rapidez y vio cómo Dumbledore entraba en la estancia.
Harry sintió que el mundo se le venia encima al verle cansado y con aspecto preocupado. El director les hizo un gesto señalando unos sillones y él tomó asiento al otro lado del escritorio. Durante unos instantes, Dumbledore se apoyó en el respaldo de su asiento con las manos colocadas en el regazo y observó el techo del despacho con aparente interés. Finalmente, se incorporó y miró a Harry directamente a los ojos. Por primera vez desde que conocía a Dumbledore, Harry sintió un escalofrío al devolverle la mirada.
-¿Cómo supiste lo que iba a ocurrir en la cámara, Harry? –preguntó directamente el director.
El muchacho se sorprendió. A su lado, Lupin, que había esperado la pregunta, se irguió en el sillón.
-Fue por... fue por el sueño.
-Sin embargo, cuando me lo contaste el otro día no recordabas casi nada de él –puntualizó Dumbledore.
Harry enrojeció ligeramente.
-Lo sé –repuso-. Pero de repente fue como si las piezas encajaran –Harry se percató de que no le había contado nada de lo que había descubierto a Dumbledore y le entró prisa por explicarlo todo de golpe-: La bruja de la que hablaban es la profesora Trelawney. Voldemort la necesita para conocer la profecía completa; de algún modo ha tenido que enterarse de que fue ella quien la formuló. Los dos hombres le observaron en silencio. Después de unos segundos, Lupin abrió la boca:
-Harry, no estamos seguros de que...
Ante un gesto del director, Lupin se quedó en silencio.
-Lo cierto –empezó Dumbledore- es que creo que te acercas bastante a la realidad –se quitó las gafas para pasarse la mano por los ojos en un gesto que delataba fatiga-. Todo apunta a que ha habido una filtración, aunque honestamente, os diré que no sé quién puede ser ni cómo ha llegado a enterarse. Y también creo que has acertado en la razón por la que Voldemort quería entrar en Hogwarts: quiere la profecía.
-Pero Sybill no le servirá de nada –objetó Lupin-, ella no lo recuerda.
-Sí, pero él no lo sabe.
-Hay otra cosa que no entiendo –murmuró Harry.
-¿Sólo una? Es una suerte –Dumbledore esbozó algo parecido a una sonrisa.
-Bueno... abajo, en la cámara, Voldemort les dijo a los mortífagos que mataran a todos excepto a mí. ¿Por qué? No tiene sentido, a él le interesa acabar conmigo, ¿no es cierto? Entonces pensé que tal vez quisiera hacerlo él mismo, pero se quedó mirando como si nada de aquello tuviera que ver con él. Podría haberme matado y no aprovechó la oportunidad.
-¿No te has preguntado por qué Voldemort desea saber lo que dice la profecía con tanta insistencia? En cierto modo, Voldemort te teme, Harry.
El muchacho permaneció muy quieto y en silencio, esperando una explicación para aquella sorprendente revelación. Lupin también aguardaba.
-Falló una vez, cuando apenas eras un bebé aparentemente indefenso, y no puede permitirse fallar otra vez más. Han pasado los años, tú has ganado en experiencia y sabiduría y, sorprendentemente, has logrado frustrar sus planes en más de una ocasión. Voldemort sabe que eres el único que puede destruirle y eso le provoca cierta inseguridad, porque a pesar de estar rodeado de mortífagos, sabe que es vulnerable a ti. Ahora tiene que conseguir la profecía, porque no quiere arriesgarse a que en ella se desvele alguna otra información sobre ti que, de no conocerla, pudiera resultar fatal para él. De modo que, hasta que no sepa exactamente lo que significa cada una de las palabras de la profecía... –Dumbledore hizo un gesto con las manos-. Supongo que su mayor preocupación es saber cuál es ese poder que tú tienes y que él desconoce.
Harry movió la cabeza en un gesto afirmativo, recapacitando sobre lo que acababa de oír. Súbitamente, el director volvió a hablar:
-¿Por qué no avisaste a nadie de la Orden al saber lo que ocurriría?
-Sabía que estaban todos fuera.
-El profesor Snape estaba aquí. Podías haberle avisado a él.
Harry apretó la mandíbula con obstinación y mantuvo la vista fija en los ojos azules de Dumbledore, que, al comprender los pensamientos del joven, soltó un suspiro de hastío y cansancio.
-De acuerdo, no voy a entrar en ese tema. Prefiero hablar de que no sé si eres del todo consciente de lo que ha ocurrido esta noche.
Sin poder contenerse, Harry enarcó las cejas; él había estado allí, ¿no? ¿Acaso no se lo acababa de contar?
-Me refiero –continuó el director- a que tu actitud no ha sido tan prudente como debería haberlo sido.
-¿Y qué quería que hiciera? –exclamó Harry perdiendo la paciencia-. Todos ustedes estaban lejos del colegio y no había tiempo para pensar nada mejor...
Dumbledore levantó una mano para que Harry se detuviera:
-No me estás entendiendo, Harry. No estoy diciendo que reaccionaras mal al pensar que Voldemort podía entrar en Hogwarts. Lo que quiero que comprendas es que no puedes pretender solucionar todos los problemas, porque hay algunos que están fuera de tu alcance.
El muchacho creyó entender lo que el director trataba de decir y enrojeció violentamente:
-Yo no quiero hacerme el héroe –masculló, azorado.
-Eso ya lo sé –al oír las palabras de Dumbledore Harry se relajó un poco-. No me gusta tener que decirte lo que tienes o no tienes que hacer, pero debo pedirte que si vuelves a encontrarte en una situación parecida a la de hoy, no intervengas.
-¿Qué no intervenga? ¿Pretende que me quede mirando mientras...? –Harry se quedó desconcertado-. Pero... eso sería... una cobardía, y yo no soy ningún cobarde –añadió con firmeza.
-Eso también lo sé. Pero lo que te pido no es ninguna cobardía: a veces es mejor retirarse a tiempo antes de hacer frente al enemigo.
Harry miró a Lupin, que estaba sentado a su lado y vio que éste asentía levemente con la cabeza, solemne.
-No lo entiendo –soltó Harry-. Se supone que tengo que enfrentarme a Voldemort y... ¿ahora me dicen que no intervenga?
-Exacto –afirmó Dumbledore. Harry parpadeó un par de veces, con una expresión de asombro en el rostro-. Tú mismo acabas de darte la respuesta.
Harry intentó atar cabos, pero sentía que algo se le escapaba. De repente, se dio cuenta de que Lupin estaba hablando:
-Harry, sabes que en algún momento tendrás que enfrentarte a Voldemort. Y aunque queramos que él desaparezca lo antes posible, lo cierto es que aún no estás preparado. De modo que tienes que pensar que pesa sobre ti una gran responsabilidad.
El chico asintió imperceptiblemente con la cabeza: empezaba a conocer la magnitud de lo que ocurría.
-No es sólo eso, Remus –añadió Dumbledore-: además de que Harry es el elegido para derrotar a Voldemort, no debe poner en peligro su vida –el director miró por encima de sus gafas de media luna al muchacho-. Por si no te habías dado cuenta, Harry, queremos que salgas con vida de todo esto.
Harry volvió a asentir con la cabeza y se quedó en silencio, sin saber qué decir. Finalmente, sólo musitó una palabra:
-Comprendo.
Dumbledore asintió con la cabeza, como si aquella hubiera sido la respuesta que esperaba.
-Bien, entonces eso es todo. Será mejor que regreses a la torre de Gryffindor, supongo que querrás reunirte con Ron y Hermione –por tercera vez, Harry asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta de la estancia. Detrás de él, el director continuaba hablando-. Remus, si no te importa, ve a avisar al profesor Snape y dile que traiga veritaserum, el más potente que tenga. Os esperaré aquí mientras le envío una lechuza a Eliadora para contarle lo sucedido y...
Tras cerrar la puerta al salir, Harry bajó las escaleras de caracol hasta llegar a la gárgola que custodiaba la entrada al despacho y en aquel momento se le antojó más fea que de costumbre. Recorrió los pasillos pensando en la conversación que acababa de mantener con Dumbledore y Remus, hasta que, casi sin darse cuenta, llegó al retrato de la Señora Gorda. Cuando alzó la vista del suelo para darle la contraseña, se dio cuenta de que junto a la retratada había una bruja de rostro arrugado. Harry sabía que era Violeta, una amiga cotilla de la Señora Gorda, cuyo cuadro estaba en una sala contigua al Gran Comedor. Harry supuso que Violeta debía de haberse enterado de algún modo de lo ocurrido y había corrido a contárselo a su amiga.
-Titillandus –dijo Harry con voz átona, esperando que no le preguntaran nada.
-¿Es verdad lo que me ha dicho Violeta?
Harry frunció ligeramente el ceño: no le apetecía hablar de lo ocurrido. Decidió ignorarlas.
-Titillandus –repitió secamente.
Las dos mujeres del cuadro se miraron entre sí y, por un instante, pareció que Violeta iba a decir algo, pero la Señora Gorda la silenció haciendo un gesto con la cabeza y el retrato se desplazó ante los ojos de Harry.
Sabía que era tarde, pero no esperaba que la sala común estuviera desierta. Supuso que la profesora McGonagall había hecho que todos se acostaran, aunque en ocasiones similares los alumnos solían quedarse en la sala común comentando lo sucedido. Aunque pensándolo bien, recapacitó Harry, en Hogwarts nunca ha habido una situación similar a esta.
Comenzó a subir las escaleras hacia los dormitorios, cuando escuchó una voz a sus espaldas:
-¿Vas a acostarte?
Harry se volvió, sorprendido:
-No te había visto –se acercó a Ron, que estaba sentado en un sillón frente a la chimenea con los antebrazos apoyados en las piernas, y se dejó caer en una butaca cercana-. ¿Dónde está Hermione?
Ron tardó un poco en responder. Apoyó la espalda contra el respaldo y dejó los brazos colgando con desgana en los reposabrazos.
-Ha bajado a la enfermería –Harry no dijo nada y escuchó expectante-. No se encontraba bien. No me ha dejado acompañarla –susurró.
Los dos se quedaron en silencio, decididos a esperar a Hermione. Ninguno tenía ganas de hablar en aquel momento.
Pudieron oír cómo el reloj de la sala común daba las doce y la una. Cuando dio la una y media, Ron se puso en pie con impaciencia y comenzó a pasear por la sala común, con las manos hundidas en los bolsillos.
Finalmente, poco antes de las dos, el retrato que hacía las veces de entrada a la torre se entornó ligeramente y los dos chicos vislumbraron un par de sombras y escucharon unos susurros:
-...Y ya sabes, si mañana te encuentras igual, pásate por la enfermería y te daré otra dosis de poción para no soñar. Aunque no conviene abusar de este remedio, pero... En fin, buenas noches.
-Buenas noches, Madame Pomfrey.
Cerrando el retrato tras entrar, Hermione se encontró frente a los dos muchachos, que la observaron sin saber qué hacer o qué decir.
-¿Qué tal estáis? –preguntó ella con una voz aparentemente tranquila y relajada.
-¿Qué tal estás tú? –preguntó a su vez Harry.
-Bien, estoy bien –aseguró Hermione con una sonrisa triste-. He tomado una de esas pociones que hacen que no sueñes y ahora será mejor que me vaya a dormir, porque me muero de sueño –parecía que la chica estaba aletargada, porque cada vez le costaba más pronunciar las palabras y los ojos se le cerraban. Su boca se abrió en un sonoro bostezo-. Nos vemos mañana.
Hermione desapareció escaleras arriba y Harry le dirigió a Ron una mirada inquieta:
-¿No te ha parecido que estaba... rara? Parecía que no supiera lo que ocurría realmente –murmuró, preocupado.
Para sorpresa de Harry, Ron se encogió de hombros:
-Seguramente le hayan suministrado un tranquilizante o un sedante muy fuerte –dijo el pelirrojo al mismo tiempo que removía la leña entre las llamas de la chimenea con el atizador-. Resulta extraño.
-¿El qué? –preguntó Harry, sin saber a qué se refería su amigo.
-Que Voldemort haya entrado en Hogwarts. Resulta extraño y... también inquietante –Harry se encogió de hombros sin mirar a su amigo a los ojos: en aquel momento no le apetecía hablar de la profecía, pero aun así las palabras que Dumbledore le había dirigido unas horas antes resonaron en su cabeza-. En fin... –continuó Ron sacudiéndose las cenizas que habían caído en las perneras de su pantalón-. Nosotros también deberíamos acostarnos.
