Este fic es una versión alternativa del sexto libro de la saga. Fue escrito antes de la publicación de "El príncipe mestizo", por lo que sólo tiene en cuenta lo sucedido en la saga hasta el quinto libro, "La Orden del Fénix".
Call me Tris: ¡Muchas gracias por tu review! Seguiremos publicando la historia hasta el final, a pesar de los retrasos. Y si estás aquí por Harry y Ginny, sólo podemos decirte que... todavía queda algo, así que no te vayas muy lejos... ¡Un beso y hasta la próxima!
32
El punto débil de Harry
Harry jamás había experimentado algo tan extraño. Aquello no se parecía en absoluto a los viajes a través de la chimenea mediante los polvos flu. Una vez cruzado el umbral del portal, una luz cegadora los rodeó por completo y Harry fue incapaz de mantener los ojos abiertos. Su cuerpo chocaba constantemente con el de Ginny, pues ambos permanecían encerrados aún en aquella extraña burbuja.
El viaje duro tan sólo unos pocos segundos, que para Harry resultaron interminables. Cuando por fin dio de bruces contra el frío suelo, cayó en la cuenta de que el hechizo al que Macnair los había sometido había finalizado: la burbuja que segundos antes había impedido la huida de Harry y Ginny había desaparecido.
Harry se puso en pie rápidamente con la varita en alto, dispuesto a defenderse, pero Macnair ya había contado con ello.
-¡Expelliarmus! –exclamó el mortífago apuntando con la varita de Hermione a los dos jóvenes, cuyas varitas escaparon de sus manos para ir a parar a las de Macnair-. El amo se sentirá orgulloso de mi trabajo... –masculló con una sonrisa torcida dibujada en sus finos labios-. Y pensar que tan sólo debía matar a ese estúpido gigante... ¡Ahora tendré el honor de entregarle a Harry Potter en persona...!
Harry miró a su alrededor. Se encontraban en la sala circular del Departamento de Misterios, donde todas las puertas que los rodeaban estaban cerradas, por lo que la huida resultaba imposible sin que Macnair se interpusiera en su camino. El mortífago detectó la mirada de Harry, que estudiaba sus posibilidades, y dijo amenazadoramente:
-Será mejor que no intentes nada, Potter, o tu amiguita pagará las consecuencias –la varita de Macnair apuntó al pecho de Ginny, que se encontraba junto a Harry, y éste se interpuso entre la chica y el mortífago instintivamente-. No se os ocurra moveros. El amo te quiere vivo, Potter, pero si tratas de huir, no dudaré en matar a la chica.
Harry no necesitó escucharlo dos veces. Sabía que aquel hombre cumpliría su amenaza si era preciso. Macnair guardó las varitas de Harry y Ginny en uno de sus bolsillos. A continuación, se remangó la túnica y la Marca Tenebrosa que todos los mortífagos tenían grabada en el antebrazo quedó visible. Tanto Harry como Ginny observaban atentamente los movimientos de su captor. Macnair apretó con fuerza la calavera que ocupaba su antebrazo. A continuación, cerró con fuerza el puño de la mano izquierda, donde la Marca adquiría un color más oscuro por momentos, y entornó los ojos. Harry se preguntó si sentiría dolor, el suficiente como para tratar de escapar sin que pudiera impedirlo. Pero entonces detuvo sus pensamientos. No era su vida sólo la que estaba en juego, sino también la de Ginny; no podía arriesgarse a tanto. Fuera lo que fuese lo que Voldemort quería de él, tal vez cediese a la petición de dejar libre a Ginny a cambio de su colaboración. Mientras aquella idea cruzaba su mente, Harry se dio cuenta de que Macnair estaba hablando solo:
-Amo... tengo noticias, mi señor –murmuró con regocijo el hombre mientras continuaba apretando su antebrazo con la mano derecha y unas perlas de sudor caían por su frente.
Entonces Harry lo comprendió. Igual que Voldemort tenía el poder de reunir a sus servidores con tan sólo tocar la Marca Tenebrosa de cualquiera de ellos, los mortífagos también podían ponerse en contacto con su amo telepáticamente mediante su propia Marca.
-No, amo, no me ha sido posible acabar con la vida del gigante... He fallado en la misión que me encomendasteis, pero... ¡Oh, no, mi señor! –de pronto, y sin previo aviso, Macnair se arrodilló en el suelo y aferró su cabeza con ambas manos, al tiempo que una expresión de profundo dolor surcaba su rostro-. ¡No lo entendéis, amo...! ¡Él está aquí...! ¡Él...! –el mortífago se convulsionó en el suelo y la varita de Hermione se le resbaló entre los dedos. Acto seguido, mientras continuaba retorciéndose de dolor, las varitas de Harry y Ginny rodaron fuera del bolsillo de su túnica.
Harry no aguardó un segundo más. Era entonces o nunca. Se agachó a recoger sus varitas y agarró fuertemente de la mano a Ginny.
-¡Corre! –gritó antes de abrir la primera puerta que se encontraba frente a él. Cuando ambos cruzaron el umbral y la puerta se cerró a sus espaldas, escucharon claramente cómo giraba la sala circular.
Voldemort ni siquiera le había dado a su fiel siervo la oportunidad de explicarse antes de castigarlo por su incompetencia a la hora de llevar a cabo la misión en el Bosque Prohibido, y aquello había sido una suerte para Harry y Ginny, que aprovechando la ocasión, habían logrado huir. Harry le entregó entonces su varita a Ginny y guardó la de Hermione en el bolsillo de su túnica.
-¿Qué hacemos de nuevo aquí? –preguntó Ginny-. ¿Por qué ese mortífago nos ha traído hasta el Departamento de Misterios?
Harry no pudo responder a ninguna de sus preguntas, porque él mismo desconocía las razones que habían impulsado a Macnair a actuar de ese modo.
-No lo sé, pero tenemos que encontrar la salida cuanto antes...
Sin soltar la mano de Ginny, Harry inspeccionó la sala con la mirada. Un momento después supo con certeza donde se hallaban, pues ya había visitado aquella habitación el curso pasado y reconoció de inmediato el enorme tanque de cristal que ocupaba un gran espacio justo en medio de la habitación. En efecto, aquel era el tanque donde decenas de cerebros flotaban en un líquido verdoso. No pudo evitar recordar el incidente que Ron había protagonizado con uno de aquellos cerebros.
Al otro lado de la habitación había más puertas y Harry pensó que deberían probar suerte con una de ellas. Harry y Ginny caminaron junto a la enorme pecera y llegaron al otro extremo de la sala.
-¿Por cuál crees que deberíamos pasar? –preguntó Ginny observando con atención cada una de las puertas.
-Supongo que no importa mucho, teniendo en cuenta que no tenemos ni idea de cuál es el camino correcto –respondió Harry-. Pero debemos darnos prisa, Macnair puede aparecer aquí en cualquier momento y me da la impresión de que no vendrá solo...
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Ginny.
-De acuerdo –la chica se encogió de hombros y empujó la puerta más cercana.
Sin embargo, aquella no fue una buena elección. De pronto, milésimas de segundo después de haber abierto la puerta, un grito agudo y lastimero rasgó el aire y Ginny cerró rápidamente la puerta.
-¿Qué demonios ha sido eso? –preguntó Harry alejándose de aquella puerta. Se maldijo a sí mismo; posiblemente aquel grito se habría escuchado en todo el Departamento de Misterios y encontrarlos resultaría más fácil, pues su posición había quedado delatada.
-No tengo ni idea. La habitación estaba completamente a oscuras –dijo Ginny-. ¿Sigues pensando que no importa qué puerta elegir?
Sin decir una palabra, Harry hizo una señal a Ginny para que lo siguiera y empujó otra puerta con cautela. Al no escuchar nada al otro lado, cruzó el umbral sin miedo y pudo comprobar que aquella sala estaba vacía, en todos los aspectos, pues no sólo no había nadie allí esperándolos para atacarlos, sino que no había en ella ningún tipo de mueble, objeto o artefacto mágico. La sala estaba completamente desierta. En las paredes, sin embargo, había más puertas, al igual que en el resto de las habitaciones.
-Qué raro... –murmuró Ginny.
Ambos cruzaron la sala en dos zancadas y Harry observó el techo de aquella habitación, o mejor dicho, lo que fuera que hubiese allí arriba, pues lo único que alcanzaba a ver era una fulgurante luz que emanaba de las profundidades del techo que él ni siquiera distinguía. Pequeños destellos se reflejaban a lo largo de las paredes y se extrañó de no haber reparado en ello nada más entrar. Harry recordó entonces el techo encantado el Gran Comedor de Hogwarts, que imitaba el cielo del exterior. Aquello era algo parecido y distinto al mismo tiempo, ya que a pesar de que aparentemente allí no había techo, no era el cielo lo que se podía observar en él.
De pronto, la centelleante luz que iluminaba la habitación perdió toda su intensidad inicial, hasta convertirse en una luz tenue y unos nubarrones oscuros se mezclaron con los brillantes destellos que se arremolinaban en lo alto de la sala.
-Nos volvemos a encontrar, Harry Potter –susurró una voz sibilante a espaldas de Harry y Ginny.
Dando un respingo, ambos giraron sobre sus talones y lo que vieron tras de sí hizo que se les encogiera el corazón. Allí, parados frente a ellos a unos escasos pasos, había al menos diez hombres con el rostro enmascarado, una sola mujer que no se había molestado en cubrir su cara, y liderando a todo su ejército se encontraba él, observando fijamente a Harry con una mirada acerada.
Lord Voldemort contemplaba con desprecio a su enemigo.
Ginny ahogó un su garganta una especie de sonido estrangulado y apretó con fuerza el brazo de Harry. Éste se acercó más a la chica en un acto reflejo, y se percató de que era la primera vez que Ginny veía cara a cara a Voldemort.
-Y por lo que veo... no has venido solo, Potter –Voldemort observó detenidamente a Ginny, tal vez evaluando la posibilidad de utilizarla para inclinar la balanza a su favor.
-Deja que se vaya –dijo Harry como si hubiera leído el pensamiento del Señor Tenebroso-. Ella no tiene nada que ver en esto. Es algo entre tú y yo –Harry se había adelantado hasta colocarse justamente delante de Ginny como un escudo humano-. Y ya sabes a lo que me refiero.
Ginny miraba confusa la nuca de Harry, que era lo único que atinaba a ver, pues él no permitía que diera un solo paso.
Voldemort entornó los ojos maliciosamente. Todos los mortífagos mantenían las varitas en alto, a la espera de las órdenes de su amo. Harry también estaba preparado para un ataque.
-Vaya, vaya, Potter... Parece que no has cambiado desde nuestro último encuentro –comentó Voldemort-. ¿Aún te crees un héroe? ¿Qué me dices de Sirius Black? –la expresión de Harry se ensombreció y Voldemort supo que había metido el dedo en la llaga-. A él no pudiste salvarle... Y tampoco podrás salvar siempre a tus amigos...
-¿Qué pretendes? ¿Por qué Macnair nos ha traído hasta aquí de nuevo? –inquirió Harry.
-Veo que no pierdes tu tiempo. Prefieres ir directo al grano –comentó Voldemort con un destello de satisfacción en los ojos.
-Deja que se marche. Permite que ella se vaya y te aseguro que no intentaré escapar... –dijo Harry. Necesitaba que Voldemort liberara a Ginny. Si ella moría por su culpa, jamás se lo perdonaría. Más tarde hallaría la manera de escapar de aquella peliaguda situación.
-No... Creo que no lo haré –dijo Voldemort con una mueca pensativa-. Resultará más divertido si tu amiga se queda con nosotros, ¿no crees? Además, sabes que no estás en condiciones de negociar.
Harry temía que Voldemort utilizara a Ginny en su contra. Si la chica corría peligro, él no dudaría en colaborar con Voldemort para salvar su vida, se vería totalmente vulnerable y eso era algo que no ayudaba a calmarlo en absoluto.
-Terminaré por acabar contigo, Harry Potter –dijo Voldemort jugueteando con su varita entre sus finos dedos-. No tienes nada que hacer contra mí, ya deberías saberlo; a pesar de que hayas escapado de mis manos en contadas ocasiones. Pura suerte... Pero antes de tener el placer de matarte, necesito que me hagas un último favor.
Harry lo miró incrédulo. No podía haber oído bien. ¿Voldemort necesitaba su ayuda? ¿Y acaso pensaba que iba a resultar tan fácil, sin haber luchado antes?
-Hay una puerta en el Departamento de Misterios... Una puerta que me interesa muchísimo... –dijo Voldemort.
-La profecía se destruyó. Si piensas que... –comenzó Harry, pero su enemigo lo interrumpió.
-Por supuesto que no hablo de la profecía. Ahora ya no la necesito... Ese es un problema que ya me he encargado de resolver, pequeño Harry –explicó Voldemort. ¿Qué había querido decir? Acaso... No era posible. El contenido de la profecía era secreto-. Se trata de otra puerta... Una puerta que tú vas a abrir para mí...
-No sé de qué estás hablando –masculló Harry, sin saber qué decir y buscando ansiosamente en su cabeza alguna manera de escapar de aquella situación.
-Ya lo creo que lo sabes –Voldemort apenas sonrió-. Inconscientemente, pero lo sabes. Es algo que te persigue por las noches, en tus sueños. O mejor dicho, es algo que ocupa mi mente y que tú has visto. Percibo tu presencia en mi mente cuando te adentras sin control en mis pensamientos. Pero eso resultó ser provechoso para mis propios intereses en el pasado… –añadió con burla.
Harry se percató de que Voldemort hablaba de aquella puerta con la que había soñado repetidas veces, y que en un principio él había pensado que era un simple reflejo de lo ocurrido el año anterior.
-¿Y de qué te sirvo yo?
-Ya te lo he dicho: vas a abrirla para mí.
-No pienso hacerlo. Además, ¿por qué no la abres tú mismo?
Voldemort sufrió en imperceptible espasmo, y los dedos de sus manos se crisparon en un ademán convulsivo que hizo recordar a Harry aquel dolor súbito y punzante que había sentido en las manos varias semanas atrás. Comprendió entonces que Voldemort era incapaz de abrir aquella puerta sin su ayuda, y al mismo tiempo entendió que no había nada que le asegurara que él mismo no sufriría ningún daño al intentar atravesarla.
-No puedes abrirla –susurró Harry en dirección a su enemigo-. No puedes hacerlo y necesitas mi ayuda. Conseguiste colarte en el Departamento de Misterios para tratar de encontrar el modo de abrirla, por eso veías en sueños la puerta con tanta insistencia... Lo intentaste y te causó dolor…
Unos pocos murmullos ahogados recorrieron el grupo de mortífagos y Ginny musitó asustada:
-Harry, no le provoques.
Pero Harry quiso llegar más lejos:
-Necesitas mi ayuda, ¿no es cierto?
Sin embargo, Voldemort sólo esbozó una sonrisa torcida, que no era otra cosa que una mueca de rabia contenida. Harry apretó con fuerza su varita al mismo tiempo que Voldemort blandía la suya y abría la boca para pronunciar un hechizo, cuando algo inesperado sucedió. De pronto, Harry se vio suspendido en el aire y dando vueltas, de modo que no pudo distinguir nada a su alrededor. Un momento después, cayó al suelo bruscamente y se puso en pie con rapidez. Aún sostenía la varita entre sus dedos y miró a su alrededor con ansiedad. Ginny no se encontraba muy lejos de allí; corrió hacia ella, la ayudó a ponerse en pie y a continuación dirigió la vista hacia el otro extremo de la habitación, donde algunos mortífagos aún yacían en el suelo tratando de incorporarse torpemente. ¿Acaso aquella habitación era la misma en la que Ron, Ginny y Luna se habían encontrado casi un año atrás, donde las personas podían flotar en la oscuridad, rodeadas de planetas? Pero aquella sala no era oscura y tampoco había ningún planeta. Lo único cierto era que durante unos segundos todos habían flotado en el aire.
Repentinamente, Harry reparó en algo que no había visto antes. En mitad de la sala, suspendido desde lo alto de la estancia, una especie de velo trasparente y turbio que ondeaba como si una brisa lo azotara suavemente dividía en dos la habitación: en un lado se encontraban Voldemort y sus mortífagos, y separados de ellos por aquella extraña sustancia, estaban Harry y Ginny, en el otro extremo. El chico levantó la cabeza y volvió a fijar la vista en el techo. Sobre las cabezas de los mortífagos se cernía una oscuridad casi envolvente, mientras que Harry y Ginny se encontraban bajo una claridad casi cegadora. Era como si aquel extraño firmamento también se hubiera dividido en dos: por un lado estaban las sombras y por otro la luz. Y entonces una extraña pero lógica idea le vino a la mente a Harry:
-Esta habitación separa el bien del mal –murmuró quedamente. Ginny lo miró sobrecogida.
Al otro lado de aquella sustancia, Voldemort daba órdenes a sus servidores:
-No os quedéis ahí parados como idiotas. ¡Haced algo!
Uno de los mortífagos corrió hacia la sustancia con intención de traspasarla, pero chocó contra ella y fue impulsado hacia atrás por una fuerza invisible hasta dar contra la pared con un ruido sordo. El enmascarado quedó tendido en el suelo, inconsciente. Mientras tanto, otro mortífago lanzó un rayo rojo en dirección a Harry, que se disponía a utilizar el encantamiento protector. Pero no fue necesario, pues el hechizo rebotó contra aquella extraña sustancia y dio de lleno a uno de los enmascarados, que cayó desmayado al suelo. Harry comprendió que nada ni nadie lograrían traspasar aquella sustancia y pensó aliviado que por el momento estaban a salvo.
Decidido a abandonar aquella estancia y escapar por fin, Harry dirigió una última mirada a Voldemort, que lo observaba a su vez con una expresión de frustración dibujada en su rostro. Sin embargo, Harry no pudo apartar la vista de los ojos rojizos de Voldemort, que comenzó a penetrar en su mente sin que pudiera impedirlo. Sintió un dolor punzante en la cabeza y un torbellino de imágenes acudieron a su cabeza, imágenes que pertenecían a su pasado: el día de su ingreso en Hogwarts, su encuentro con Tom Riddle en la cámara secreta en su segundo año, su primer enfrentamiento con Voldemort... Podía escuchar la voz de Ginny a su lado, como si proviniese de un lugar lejano. Su cerebro no parecía responder a sus órdenes. Trataba de utilizar la Oclumancia, pero el poder que su contrincante ejercía sobre él era demasiado fuerte. Aún percibía la voz de Ginny... Harry se había arrodillado en el suelo y sujetaba su cabeza con ambas manos, como si de ese modo expulsar a Voldemort de su mente resultara más fácil. Sentía los brazos de Ginny rodeándolo... Ginny... Ginny... De repente, una imagen nítida que jamás olvidaría se desarrolló en su mente con lentitud, como si Voldemort la hubiera escogido expresamente entre todas las demás y se mostrara muy interesado en ella. Harry y Ginny charlaban en el campo de quidditch al anochecer y... ¡No! No permitiría que él viera aquel recuerdo. Sólo les pertenecía a ellos, a nadie más. Pero fue inútil. La escena de aquel beso con Ginny siguió desarrollándose con total claridad en su mente.
Harry se armó de fuerzas y finalmente logró repeler a Voldemort. Tenía el rostro cubierto de sudor y arrodillada junto a él estaba Ginny.
-Harry… ¿Te encuentras bien? ¿Me oyes? –la chica sujetaba a Harry por los hombros con ambas manos y sus voz sonaba preocupada.
Poco a poco, Harry levantó la cabeza y enfocó el rostro de su amiga. Asintió levemente en respuesta a su pregunta y Ginny suspiró aliviada:
-¡Gracias a Merlín! Creí que... ¿Seguro que te encuentras bien? Estás muy pálido...
Harry volvió a asentir y Ginny lo ayudó a ponerse en pie. Miró por última vez a Voldemort a través de la sustancia transparente que los separaba y percibió una expresión de satisfacción en su rostro. Acto seguido, el mago fijó su mirada en Ginny y su semblante adquirió una mueca perversa y cruel que a Harry no le agradó en absoluto. Voldemort sólo había necesitado un instante para comprender lo que él había intentado ocultar durante los últimos meses. Recordó entonces las palabras de Snape: "Los débiles que muestran sus emociones y sentimientos no tienen nada que hacer frente al Señor Tenebroso".
Sin que Voldemort pudiera impedirlo, Harry y Ginny abandonaron por fin aquella sala frente a las miradas de contrariedad de los mortífagos.
Al otro lado de la puerta encontraron algo que los dejó sin aliento. La estancia no era muy grande y lo único que había en ella era una enorme jaula de barrotes muy gruesos, que daba la impresión de ser indestructible y resistente a cualquier tipo de manipulación. Y realmente fue un alivio que la jaula pareciese tan segura, pues dentro de ella dormitaba una de las bestias más peligrosas que podían encontrarse sobre la faz de la tierra. Su cuerpo de león contrastaba con su cabeza de hombre, y su cola de escorpión era un arma mortífera. Todo ello hacía de la mantícora una criatura única y ancestral que todo mago temía. Harry sabía que la sola picadura de su aguijón de escorpión bastaría para causar una muerte instantánea, a menos que la bestia prefiriera devorar a su presa lentamente.
-Eso es... eso es... –tartamudeó Ginny con un hilo de voz. Ninguno de los dos había sido capaz de dar un paso tras descubrir el contenido de aquella sala.
-Sí, Ginny... Eso es una mantícora –murmuró Harry sin apartar la vista de su deforme cabeza de hombre.
-Creo que deberíamos salir de aquí... por si acaso se despierta y... bueno... las cosas se ponen feas –propuso Ginny acertadamente.
-Buena idea.
Eligiendo al azar otra de las tantas puertas, se dispusieron a cruzarla, pero Ginny detuvo a Harry, interponiéndose entre su amigo y la puerta negra:
-¿Cómo sabemos que al otro lado no se encuentran todos esos mortífagos y Quien-tú-sabes? –preguntó en un susurró para no ser oída en caso de que verdaderamente Voldemort y sus secuaces se encontraran tras aquella puerta, o quizá para no despertar a la mantícora de su letargo.
-No podemos saberlo, corremos ese riesgo –contestó Harry-. Debemos...
-Entonces... ¿Hasta cuando tenemos que seguir abriendo puertas? –dijo Ginny, nerviosa, sin poder ocultar su preocupación y desasosiego-. ¿Hasta que Voldemort nos encuentre y...?
-Has pronunciado su nombre –murmuró Harry interrumpiendo a Ginny y mirándola impresionado-. Has pronunciado el nombre de Voldemort.
Cuando la chica se percató de lo que había hecho, abrió mucho los ojos y susurró:
-No... No me he dado cuenta...
-Escucha, Ginny –comenzó Harry con calma-. Debemos seguir probando puertas hasta que volvamos a encontrarnos en la sala circular. Entonces, dar con la salida será pan comido. Vamos a salir de ésta, ni que fuera la primera vez –dijo con ironía, tratando de infundir ánimos a Ginny, que esbozó una sonrisa-. No te preocupes...
-¿Que no me preocupe? –repitió ella con incredulidad-. Acabo de ver con mis propios ojos a Vol... Voldemort –balbuceó-, ¿y quieres que no me preocupe?
-Ya... Es mucho pedir, ¿no? –respondió Harry con una sonrisa torcida.
-Un poco...
Se miraron el uno al otro durante unos segundos y Harry fijó la vista en los labios de Ginny instintivamente. Desvió la mirada con rapidez y carraspeó antes de decir con decisión:
-Debemos continuar adelante.
-De acuerdo, pero si en la siguiente sala nos encontramos con una mantícora a la que todavía no le hayan comprado su jaula, te...
Harry cubrió la boca de Ginny con una mano, impidiendo que continuara hablando y con la otra apartó a la chica de la puerta negra que minutos antes habían estado a punto de cruzar.
-Creo que he oído voces al otro lado –murmuró Harry retirando poco a poco su mano de la boca de Ginny.
-¿Voces? Entonces estamos de acuerdo en que atravesar esa puerta no es la mejor opción, ¿no?
Pero Harry, por el contrario, se aproximó lentamente a aquella puerta y pegó el oído contra ella con sumo cuidado, tratando de escuchar el murmullo procedente de la habitación contigua con mayor claridad.
-Harry... no creo que sea buena idea... –opinó Ginny, que hablaba en susurros.
Sin embargo, Harry trataba de distinguir aquellas voces con tanta concentración que la muchacha dudaba que la hubiera escuchado siquiera.
-Harry... vámonos antes de que... –insistió Ginny.
-No son mortífagos quienes hablan al otro lado... ni Voldemort –la interrumpió Harry.
-Entonces...
-Parece... pero no es posible... –dijo Harry con el ceño fruncido-. No tiene sentido...
-¿Se puede saber qué está pasando? –preguntó Ginny, exasperada.
-Son ellos –dijo Harry con determinación, irguiéndose y dispuesto a abrir aquella puerta.
-¡No, Harry! No sabes lo que... –Ginny trató de detenerlo, pero ya era demasiado tarde: Harry había cruzado el umbral.
Casi al instante, cuatro personas apuntaron a Harry y a Ginny con las varitas, preparados para lanzar cualquier tipo de maldición a los recién llegados. Pero tras darse cuenta de quiénes eran, bajaron las varitas aliviados.
-¡Por fin os encontramos! –exclamó Hermione dejando escapar un resoplido.
-¿Y Macnair? ¿Cómo habéis escapado? ¿Estáis bien? –Ron formuló todas aquellas preguntas en un tiempo récord.
-Resumiendo: la manera en que escapamos de Macnair no es lo más importante en estos momentos, sino que ahora hay al menos unos diez mortífagos en el Departamento de Misterios y... no están solos –soltó Harry a toda velocidad.
-¿A qué te refieres? –inquirió Neville, que se encontraba junto a Ron.
-Voldemort está aquí –dijo Harry temiendo la reacción de sus amigos.
-¿Lo habéis visto? –preguntó Luna con una expresión de terror en el rostro, muy poco habitual en ella, mientras Neville trataba de ahogar un sonoro gemido. Ginny asintió en repuesta a la pregunta.
-Toma, Hermione –Harry le alargó a su amiga su varita, la misma que Macnair le había arrebatado-. Pero, ¿de dónde demonios la has sacado? –preguntó observando con extrañeza la varita que Hermione sujetaba con firmeza y que, desde luego, no era la suya.
-No pensarías que iba a venir hasta aquí sin varita, ¿verdad? Así que tuve que... –Hermione se sonrojó y, avergonzada, balbuceó unas palabras que Harry no alcanzó a entender.
-¿Qué?
-Se la ha confiscado a un alumno de segundo –respondió Ron con una sonrisa, y Harry supo que debía de estar divirtiéndose a costa de Hermione.
-¡Pienso devolvérsela, eh! –exclamó la chica, indignada-. No es como si fuera a quedármela o...
-Y vosotros, ¿qué hacéis aquí? –en esta ocasión era Harry quien debía hacer las preguntas. Miraba alternativamente a Ron y Hermione, pero sobre todo a Neville y Luna, cuya presencia en el Departamento de Misterios era del todo ilógica.
-Es una historia larga de explicar y ahora no disponemos del tiempo suficiente –dijo Hermione con rapidez-. Basta con decir que no conseguimos avisar a nadie de la Orden y tuvimos que venir nosotros mismos.
-Pues eso ha sido una locura –afirmó Harry-. No tendríais que estar aquí, no deberíais haber venido. Corréis grave peligro...
-Y vosotros no, ¿verdad? –comentó Ron irónicamente- Si pensabas que iba a dejar que mi hermana y mi mejor amigo...
-Os lo agradezco, pero no podéis exponeros de esa manera –Harry interrumpió a Ron-. ¿Es que no lo entendéis? Él está aquí y... –Hermione, Ron y Neville, los únicos conocedores de la profecía que unía a Harry y Voldemort, comprendieron el sentido de las palabras de su amigo.
-De todos modos, eso ya no importa –sentenció Hermione, decidida-. Ahora que estamos aquí, no hay nada que puedas hacer, Harry. Así que será mejor que nos pongamos manos a la obra para buscar la salida.
Harry asintió en señal de acuerdo. Después de todo, aquel no era el lugar más oportuno para discutir sobre si habían actuado acertadamente o no, y mucho menos el momento adecuado. Cuando Harry desvió la vista de los ojos de Hermione, reparó por primera vez en la sala y no tardó en reconocerla. Era una habitación rectangular y débilmente iluminada. El centro de la estancia estaba hundido, formando algo parecido a un foso y en el centro, sobre la tarima, se alzaba un arco de piedra, rodeado de gradas. El velo negro que ondeaba suavemente colgado del arco trajo a Harry un recuerdo a la memoria, un recuerdo que desearía poder borrar: casi un año atrás, Sirius había caído a través de ese velo, desapareciendo para siempre. Harry clavó los ojos en aquella andrajosa tela vaporosa de color negro y Hermione detectó su mirada:
-No podemos quedarnos aquí por más tiempo, no sería prudente. Debemos continuar –dijo inquieta.
Pero Harry no la escuchaba. Aquel velo era mucho más interesante... Entonces, ¿por qué abandonar la sala? No... Debía averiguar el misterio que entrañaba el arco... Tenía que hacerlo... Durante tanto tiempo había pensado y vuelto a pensar en aquel extraño velo negro, y ahora que había regresado al Departamento de Misterios, ¿cómo dejar escapar la oportunidad de desentrañar el enigma que se escondía tras él? Harry pasó frente a Hermione sin tan siquiera escuchar sus advertencias y bajó un par de bancos de las gradas. Era como si el arco atrajera a Harry irremediablemente.
-¿Lo oís? –preguntó Harry en voz alta-. Esas voces...
Los murmullos procedentes del interior llegaban con claridad a oídos de Harry.
-Yo las oigo... –dijo Luna, que había seguido a Harry.
Harry continuó bajando los bancos y cada vez se encontraba más cerca del arco.
-Las oigo... –susurró de pronto Hermione, incrédula, tal vez barajando la posibilidad de estar perdiendo la cordura. Acompañaba a Luna en el camino hacia la tarima, donde ya se encontraba Harry.
-¿Es que os habéis vuelto todos locos? –exclamó Ron, que junto a Neville y Ginny se encontraba al borde del primer banco de las gradas-. ¿Queréis dejar esa cortina vieja de una buena vez y volver aquí arriba? –imprecó el pelirrojo.
-Pero, esas voces... –insistió Harry.
-¿Qué significa esto, Harry? –inquirió Neville, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos, concentrado, pues él también percibía los susurros.
-Pero, ¿de qué demonios estáis hablando? –dijo Ron con exasperación-. ¡Maldita sea, Harry! Ahí no hay nada de nuestra incumbencia –en vista de que su amigo lo ignoraba por completo, se dirigió a su amiga-. Hermione, vamos, no me digas que...
-¿Qué significa esto? –desde el pie de la tarima, Hermione formuló la pregunta al aire.
-No tengo la menor idea... –murmuró Luna, junto a Harry. Éste rodeaba el arco y lo inspeccionaba muy interesado y extrañado a la vez.
-¡Harry! Vámonos de aquí, esto no me gusta un pelo... –Ron parecía nervioso, como si intuyera que se encontraban en una situación peligrosa.
-Necesito saber de dónde provienen esas voces... Quiénes son... –dijo Harry, abstraído, sin apartar la vista del arco.
-Harry, nosotros no podemos oírlas... –dijo Ginny-. Ron y yo no oímos absolutamente nada...
Ron trató de nuevo en vano de llamar la atención de sus amigos:
-De acuerdo, me parece estupendo. ¡Genial! –exclamó el pelirrojo perdiendo la paciencia-. Vosotros seguid mirando ese dichoso arco como idiotas, mientras un grupo de mortífagos nos busca. ¡Cuando Voldemort aparezca por aquí, espero que él también se quede embobado observando ese maldito arco, porque si no estamos listos! –dijo de mal genio.
-Harry, ya basta –ordenó Ginny, que se aproximaba al arco.
Hermione y Luna se mostraban únicamente como meras espectadoras, pero Harry se había acercado demasiado al arco y aquello nos les gustó en absoluto a Ron, Ginny y Neville, que estaban cada vez más nerviosos.
Pero ya nada impediría a Harry descubrir qué escondía aquel arco tras el velo. Tal vez... tal vez pudiera ver de nuevo a Sirius... Harry dejó de caminar lentamente alrededor del arco y se paró frente al velo. Deseaba rozarlo con los dedos, tan sólo para sentir su tacto. A pesar de que ondeaba débilmente, Harry no pudo notar la brisa a su alrededor, aunque se encontrara a escasos centímetros del velo. Alargó una mano pero lo pensó mejor: ¿para qué conformarse con tocarlo si podía ver lo qué había al otro lado?
-Harry, ¿qué haces? –dijeron Ginny y Ron al unísono. La muchacha casi había llegado al pie de la tarima.
Pero Harry ya había tomado una determinación. Dio un paso más y hundió el rostro en el velo, cuyo tacto era frío y suave.
-¡Harry, no! –gritó alguien muy cerca de él, cuyo cuerpo aún se encontraba en la tarima.
Lo siguiente que sintió fue un tirón muy fuerte y un momento después se encontraba arrodillado en el suelo, por segunda vez aquella noche.
-¿En qué estabas pensando?
Alguien agarraba a Harry del brazo y apretaba más de la cuenta. Éste levantó la cabeza y vio frente a sí a la persona que lo había sacado del arco. Luna lo miraba horrorizada, con una expresión de susto y angustia grabada en el rostro. Casi no parecía la misma.
-Harry, ¿estás bien? –Ginny había llegado junto a Harry y entre ella y Luna lo ayudaron a ponerse en pie. El chico asintió levemente-. ¡Cómo se te ocurre tratar de traspasar el velo! –le gritó tras constatar que se encontraba bien-. ¿Es que no recuerdas lo que ocurrió el año pasado cuando...? –Ginny, cuyos ojos brillaban intensamente, no fue capaz de terminar la frase-. ¡Podrías haber muerto...!
Harry dirigió la vista a su alrededor. Hermione, abajo, junto a la tarima, mantenía los ojos muy abiertos y observaba a Harry con miedo. No parecía capaz de mover un sólo dedo. Ron, a medio camino entre el arco y la parte más alta de las gradas, estaba muy pálido, y detrás de él, Neville no parecía estar mejor.
-No... no entiendo lo que me ha pasado... Yo... lo siento... –balbuceó Harry. Ginny apretó con fuerza los labios y los músculos de la mandíbula se le tensaron. Agarró a Harry de la mano, conduciéndolo fuera de la tarima y lejos del arco, como si temiera que pudiera cometer otra imprudencia si lo soltaba.
-Ha sido todo tan extraño... –dijo Luna, aún muy asustada-. Era como si aquellas voces nos arrastraran, nos llamaran...
-¿Qué decían? –preguntó Ron.
-No lo sé, eran sólo murmullos... pero era... muy inquietante –contestó Hermione, hablando por primera vez.
-Parecía que estuvierais hipnotizados... –comentó Ron.
Harry miraba al vacío, como si después de todo lo ocurrido aún no hubiera reaccionado. La imagen de lo que había visto y oído detrás del arco invadía por completo su mente. Habían sido tan sólo unas milésimas de segundo, pero estaba seguro de lo que había detrás del velo... Si lo que buscaba eran respuestas, ya las tenía. Podrías haber muerto... Las palabras de Ginny resonaban en su cabeza, como un eco. ¿Y de haber sido así... qué habría sentido? ¿Qué habría ocurrido si hubiese traspasado el velo por completo? Tal vez el nudo que sentía en la boca del estomago, los pensamientos que tanto lo atormentaban y los recuerdos dolorosos desaparecieran. Pero allí de pie, lejos del velo y con la mano de Ginny aún entrelazada con la suya, no se arrepentía de que Luna lo hubiera sacado a tiempo.
-Lo mejor que podemos hacer es marcharnos de aquí –dijo Hermione recobrando el aplomo y haciendo que Harry despertara de sus ensoñaciones.
Cuando se disponían a dejar atrás la habitación, escucharon un ruido tras ellos. Los seis se giraron al mismo tiempo y vieron a cinco enmascarados que habían entrado en la sala por una de las numerosas puertas.
-¡Ahí están! –gritó uno de los mortífagos-. Pero... ¿Qué...? –Harry reconoció la voz de Macnair, que no contaba con que Ron, Hermione, Neville y Luna se presentaran en el Departamento de Misterios. Pero una vez que el mortífago se recuperó de la sorpresa, azuzó a sus compañeros para que apresaran a los chicos.
-¡Vámonos! ¡Rápido! –alentó Harry abriendo la puerta más cercana. Sus amigos pasaron frente a él, y tras cerrar la puerta a sus espaldas, le lanzó el hechizo fermaportus.
Siguieron corriendo por el pasillo, que, en vez de ser recto, tenía forma de zigzag, pero sin ninguna puerta a los lados. Tras ellos, oyeron de nuevo a los mortífagos corriendo.
Harry estaba comenzando a cansarse de huir, cuando llegaron al final del pasillo.
Desembocaba en una habitación triangular cuyo techo se perdía en la oscuridad y lo único que llenaba el vacío eran una serie de escaleras de mano, que como extrañas columnas se sostenían en vertical. Al final de cada una de ellas, en el techo, parecían divisarse unas trampillas que serían la única oportunidad de Harry y los demás para escapar de sus perseguidores.
-Hay que subir por aquí –dijo el muchacho recorriendo la habitación revestida de madera observando las escaleras. Cada una de ellas era diferente: más gruesa, más fina; de madera, metal, cuerda…
Ginny pasó junto a él y de un salto se encaramó en una de las escaleras, tras lo cual sonrió con ánimo a Harry, que agradeció la confianza que la pelirroja tenía en él. Uno a uno, los demás también fueron encaramándose a las escaleras. Estaban lo suficientemente cerca unas de otras como para poder pasar a la contigua de un sólo salto. Los chicos estaban muy cerca del techo cuando vieron que los mortífagos aparecían en la sala.
-¡Vamos, por aquí! –dijo Harry cuando llegó a lo alto de la escalera y abrió la trampilla. Sacando la cabeza, vio que daba a un cuartucho vacío con una sola y sucia puerta.
Los mortífagos habían comenzado a subir también por las escaleras a toda prisa. Al percatarse de que los chicos estaban a punto de conseguir escapar, sacaron sus varitas y comenzaron a lanzarles hechizos.
-Vamos, Neville –apremió Harry a su compañero, que era el último que quedaba por abandonar la escalera. El chico agarró la mano que Harry le tendía y consiguió salir por la trampilla justo un segundo antes de que un rayo rojo pasara por donde antes había estado su pie.
Ron, que había estado sujetando la portezuela, la cerró con un sonoro golpe.
-Fer… Fermaportus –dijo Hermione jadeando-. Esto ya no les detiene lo suficiente.
-Al menos les retrasa –contestó Harry, sintiendo que aquella huida no acabaría en ningún momento.
Cuando el último de ellos salió de aquel cuarto, oyeron un estruendo a sus espaldas. Los mortífagos les seguían muy de cerca.
Aclaración:
-La habitación del arco que está en el Departamento de Misterios aparece en La Orden del Fénix, en el capítulo 34 (página 796 y 797 de la primera edición de la editorial Salamandra, España). Después, en el capítulo 38, Harry y Luna hablan sobre ello (página 886 de la primera edición de la editorial Salamandra, España).
