Este fic es una versión alternativa del sexto libro de la saga. Fue escrito antes de la publicación de "El príncipe mestizo", por lo que sólo tiene en cuenta lo sucedido en la saga hasta el quinto libro, "La Orden del Fénix".


35

El enfrentamiento

Harry cayó al suelo a causa de la explosión y, aturdido, se incorporó del suelo con cierta dificultad. Entre la humareda se dibujó la larga silueta de Lord Voldemort, que cruzaba el umbral de la puerta apuntando directamente al corazón de Harry con la varita, seguido por varias figuras enmascaradas. Su rostro mostraba una furia desbordante y sus pupilas parecían arder de ira.

-¿Cuál es el maldito poder que tú posees y yo no, Potter? –bramó Voldemort, fuera de sí.

Harry sintió cómo la sangre se agolpaba en su cerebro, buscando una respuesta factible. De inmediato, sintió un dolor penetrante en la frente, era la cicatriz que le ardía; Voldemort jamás había estado tan furioso en su presencia, tal vez sí en sus sueños, pero nunca frente a él.

-¿Qué significa esa sala llena de Amortentia? –exclamó Voldemort con una expresión que mezclaba la rabia con la desesperación.

-Sé lo mismo que tú –masculló Harry mientras su adversario lo miraba con ojos desorbitados-. ¿O acaso crees que yo puedo saber por qué el Ministerio se dedica a almacenar decenas de litros de Amortentia?

Voldemort alzó la varita con rapidez apuntando a Harry, que le imitó con presteza. Él sabía que cualquier respuesta que le ofreciera a su oponente, no sería de su agrado. Intuía (o más bien sabía, aunque no podía explicar cómo) que si Voldemort no había sido capaz de abrir aquella puerta, eso sólo podía significar que nunca había recibido verdadero afecto, al igual que tampoco lo había prodigado. Ni amistad, ni compañerismo, ni cariño, ni amor de ningún tipo… Sólo ambición, tiranía, miedo y odio. Tal vez Harry nunca llegara a saber lo que era sentirse protegido entre los brazos de una madre, pero sí conocía lo que era una amistad incondicional como la de Ron o Hermione, lo que suponía ser parte de una familia, aunque no compartiera lazos de sangre con los Weasley, y por mucho que hubiera tratado de esconderlo, también sabía lo que significaba Ginny para él. Y eso Voldemort nunca lo comprendería. Sin embargo, había algo que Harry no entendía… ¿Por qué los mortífagos tampoco habían sido capaces de abrir la puerta?

La voz fría de Voldemort interrumpió sus pensamientos.

-¿Cuál es el misterioso poder que posee Harry Potter? –la punta de la varita de Voldemort seguía apuntando a Harry.

-¿No has encontrado la respuesta a tu pregunta en esa sala? Lástima…

-No tientes a la suerte, Potter. Dime ahora de qué se trata o…

-¿O qué? ¿Me matarás? ¿Sin saber si corres algún riesgo? No creo que te atrevas –masculló Harry, envalentonado.

Acto seguido, únicamente escuchó un gruñido y percibió un haz de luz azul antes de verse lanzado por los aires.

-Temerario, Harry… ¿Acaso has olvidado con quién estás tratando?

Harry se puso en pie con rapidez, aliviado al ver que su varita seguía entre sus dedos.

-No, no lo he olvidado, y tú tampoco. Soy el único capaz de derrotarte, el único con posibilidades de destruirte...

Harry sabía que más tarde podría arrepentirse de lo que hacía. Tratar con alguien como Lord Voldemort no era ningún juego y provocarle como él lo estaba haciendo era un atrevimiento que podía costarle la vida. Pero, por alguna extraña razón, se sentía seguro, porque sabía que no había otra cosa que pudiera hacer allí, rodeado de mortífagos y a punto de enfrentarse en un duelo con Voldemort. Y si tenía que morir, entonces lo haría con la cabeza bien alta y sin pizca de temor en sus ojos. Aunque antes trataría de llevarse consigo a su eterno enemigo.

-El hecho de que una profecía diga que eres el elegido, no significa que seas invencible, Potter. Sigo siendo el mago más grande de todos los tiempos –dijo Voldemort con un tono de voz impregnado de arrogancia y seguridad.

-Tú tampoco eres invencible –respondió Harry-. Y en cuanto a lo de ser el mago más grande de todos los tiempos... Ya sabes lo que opino respecto a eso.

Con una destreza digna del mejor duelista, Voldemort apuntó a Harry con su varita y lanzó un rayo de color púrpura. Pero todo cuanto consiguió fue abrir un agujero humeante en la pared opuesta, ya que Harry había esquivado la maldición muy ágilmente rodando por el suelo. Se puso en pie con rapidez y comprobó que tras él dos mortífagos le cerraban el camino, mientras el resto estaban situados en torno a su amo. Pero Harry sabía que no intervendrían a menos que Voldemort así lo ordenase, y estaba bastante seguro de que eso no iba a suceder, porque quería ocuparse él mismo, demostrar que un mago adolescente, un niño en comparación con él, no era ninguna amenaza.

Harry debía provocarlo, enfurecerlo, hasta el punto de hacerle perder los nervios, porque sólo así se dejaría llevar por la ira y no podría manejar la situación con la frialdad a la que estaba acostumbrado. Y era de suma importancia, pues Harry sabía que cegado por la rabia, uno cometía los peores errores, y lo que más le convenía era que Voldemort no estuviera en posesión de todas sus facultades si quería tener una oportunidad frente a él.

Voldemort lo observó con odio y esbozó una sonrisa espeluznante.

-¿Es lo único que vas a hacer? ¿Esquivar todos mis hechizos? –lanzó una carcajada fría echando la cabeza hacia atrás-. No estamos jugando al quidditch, Potter.

Harry se irguió en toda su estatura y dijo con la mayor malicia de la que fue capaz:

-Por supuesto que no, no estamos aquí para jugar al quidditch. Estamos aquí para pelear... para batirnos en duelo... para acabar el uno con el otro. Pero no puedes hacerlo solo, necesitas a todo un ejército de mortífagos, ¿verdad? Siempre ha sido así. Nunca has prescindido de tu escolta para asesinar, torturar, aterrorizar... En el fondo debes de saber que no eres capaz de hacer gran cosa tú solo...

Antes de que pudiera pronunciar una palabra más, Voldemort volvió a lanzarle otro rayo desde la punta de su varita, esta vez de color negro. Pero una vez más, Harry se hizo a un lado y la maldición le dio de lleno a uno de los mortífagos que cerraban el círculo alrededor de ambos contendientes. Harry giró la cabeza y vio cómo al hombre que había sido derribado lo sacudían unas terribles convulsiones, como si estuviera bajo los efectos de un ataque epiléptico. Apartó la mirada y observó a Voldemort a la espera de un nuevo contraataque.

-Ten cuidado con lo que dices, Potter, ese podrías haber sido tú –espetó Voldemort señalando al enmascarado que yacía en el suelo-. Eres tan valiente que resultas estúpido.

-¿En serio? ¿Te resulto estúpido? Bueno, al menos yo no he empleado meses y meses en algo que ha resultado ser un fiasco. Eso sí que es patético.

Por tercera vez, Voldemort lanzó un rayo de color plateado, pero en esta ocasión Harry no se movió de su sitio, sino que le hizo frente lanzando a su vez un haz de luz azul. Ambas maldiciones chocaron una con otra en el aire sin que ninguna de las dos diera contra el oponente al que iban dirigidas. Harry sabía, y Voldemort también, lo que ocurriría a continuación: priori incantatem.

Tan pronto como ambos rayos de luz se encontraron, las dos varitas comenzaron a vibrar y Harry aferró con fuerza la suya. Repentinamente, en el punto en el que ambos haces de luz habían chocado, empezó a surgir un rayo de luz de color dorado que conectaba las dos varitas. Pero antes de que nada más pudiese ocurrir, antes incluso de lo que Harry esperaba, la conexión se rompió. Voldemort, que observaba con los ojos muy abiertos lo que sucedía, había soltado bruscamente la varita que sujetaba con ambas manos. Ésta dio contra el suelo produciendo un ruido sordo y rodó fuera del alcance de Voldemort. Todos los presentes observaban la escena en completo silencio, un silencio sepulcral y aplastante, tanto, que Harry era capaz de oír los latidos desbocados de su corazón.

Voldemort parecía estar a punto de dar un paso adelante para recoger su varita, cuando, sin darle tiempo a mover un pie, Harry le apuntó decidido con su propia varita. Pero Voldemort trastabilló y evitó que el rayo de luz rojo diera de lleno en su pecho. Sin embargo, pudo sentir una quemazón en la mejilla derecha. Se llevó una mano a la cara con rapidez y palpó con sus dedos blancos el lugar donde sentía el escozor. Voldemort contempló con asombro su mano extendida en el aire. Una mano extremadamente larga y delgada, y… cubierta de sangre, de su sangre.

Harry respiraba entrecortadamente, con su varita en alto y en posición de ataque. Escudriñó a Voldemort, expectante. Pero éste no parecía prestar atención a nada, ni siquiera a las voces de los mortífagos, que trataban en vano de atraer su atención, dispuestos a tomar parte en el duelo con sólo una orden por parte de su amo. Algunos incluso blandían sus varitas con firmeza.

Por primera vez, Harry observó una mueca de desconcierto en el rostro de Lord Voldemort. La sangre no paraba de manar de la herida, que no tenía buen aspecto. Un reguero rojo resbalaba lentamente por la pechera de su túnica negra y se había formado un pequeño charco en el suelo.

Y si tras aquellos tensos segundos Voldemort se disponía a dar alguna orden, fue algo que nunca se supo, porque en aquel mismo instante una de las puertas de la sala se abrió de par en par con brusquedad, dejando paso a una multitud de personas que Harry conocía muy bien. Bill Weasley, Emmeline Vance, Remus Lupin, Nymphadora Tonks, Kingsley Shacklebolt y Hestia Jones acababan de aparecer en la sala. Pero lo que hizo que un repentino silencio se extendiera entre los mortífagos y que la cara de Voldemort se contrajera en una mueca de sorpresa fue la presencia de Albus Dumbledore liderando el grupo.

Aprovechando la confusión del momento, Voldemort ya se había encargado de recuperar su varita y los mortífagos no tardaron en romper la formación para prepararse ante la incursión del ejército de la Orden.

Al instante y sin perder un segundo, Voldemort reanudó el duelo y Harry logró esquivar con agilidad el ataque.

-Dumbledore no podrá salvarte siempre, Potter –siseó Voldemort impregnando de odio cada palabra.

Pero en el momento en el que Harry se disponía a responder a sus embates, Dumbledore se interpuso entre él y Voldemort y dio comienzo un duelo de magnitudes extraordinarias.

-Eres tú el que no podrá salvarse siempre, Tom –dijo Dumbledore con una voz asombrosamente serena.

Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Voldemort al escuchar a Dumbledore, y sus rasgos parecieron aún más siniestros.

La velocidad y la maestría con la que ambos magos lanzaban y desviaban los hechizos era impresionante. La mirada de Voldemort destilaba un odio intenso; la de Dumbledore era calmada y decidida. Harry observaba el combate como hipnotizado, cuando alguien lo agarró fuertemente de la manga de la túnica y lo empujó contra la pared. Al levantar la vista, se encontró cara a cara con Remus:

-¡Sal de aquí, Harry!

Al segundo siguiente, Lupin estaba enzarzado en un duelo con un mortífago corpulento. Pero Harry no tenía intención alguna de abandonar el lugar. Se repitió a sí mismo una y otra vez que no podía marcharse y dejar que otros pelearan por él. No podía esconderse como un niño asustado. Debía luchar.

Lupin consiguió aturdir a su oponente y regresó junto a Harry:

-¡Por última vez, Harry, sal de aquí inmediatamente!

-¡No puedo! Voldemort está aquí… No puedo irme y dejaros...

-¡No! ¡Márchate! ¡Márchate ahora mismo!

-Pero...

-Harry –la mirada de Lupin bastó para acallarlo-, éste no es el momento. Aún no ha llegado la hora. Ponte a salvo.

Un grito llamó la atención de ambos, que giraron la cabeza en la misma dirección. La túnica de Hestia Jones ardía en llamas de color púrpura y estaba teniendo serios problemas para extinguir el fuego. Remus corrió en su ayuda y pocos segundos después consiguió hacer desaparecer las llamas, aunque por la expresión de Hestia quedaba claro que había sufrido un daño considerable.

De repente, Harry se dio cuenta de que si la Orden había aparecido allí, debía de ser porque Hermione y Luna habían conseguido ponerse en contacto con ellos. ¿Habrían encontrado Ron y Ginny la salida? ¿Y Neville? ¿Dónde se encontraría en aquellos momentos?

Apartando aquellos angustiosos pensamientos de su cabeza, Harry se lanzó a toda velocidad a respaldar a Bill, que estaba teniendo dificultades para contener a un mortífago que había perdido la máscara durante la lucha. Harry lo reconoció como Dolohov. Cuando éste por fin cayó inconsciente al suelo, Bill se volvió hacia Harry y preguntó con urgencia:

-¿Dónde están Ron y Ginny?

-Se fueron a buscar ayuda.

Harry no podía explicarle a Bill en esos momentos que Ginny estaba herida y que él había conseguido convencer a Ron de que la sacara de allí. No podía decirle que el único motivo por el que Ron no había arrastrado a Harry consigo también era que sabía que él era el único que tenía posibilidades de sobrevivir a Voldemort.

Pero aquella escueta explicación no bastó para aliviar la preocupación de Bill, que quedaba reflejada en su expresión.

-Seguro que han conseguido encontrar la salida, Bill –dijo Harry intentando convencerse a sí mismo también de que aquello era cierto.

Un rayo azul pasó rozando a Bill, que agarró con fuerza del brazo a Harry y juntos se resguardaron a toda prisa tras una estantería.

-Maldita sea… -masculló por lo bajo el pelirrojo mirando por entre las baldas cómo se desarrollaba la batalla. Después volvió su atención a Harry-. Puede que mi padre haya encontrado a Ron y Ginny…

-¿Tu padre está aquí?

Bill asintió antes de desviar de nuevo la vista para comprobar que los miembros de la Orden podían arreglárselas sin él.

-Cuando llegamos al Departamento de Misterios nos dividimos para buscaros –explicó Bill. Su atención regresó a la lucha que se desarrollaba a unos metros.

Repentinamente, Harry cayó en la cuenta de que la Orden no sabía aún que Mundungus era un traidor que trabajaba para Voldemort.

-¡Bill! –exclamó Harry al tiempo que clavaba los dedos con fuerza en el antebrazo del pelirrojo-. ¡Mundungus! Mundungus es…

-Lo sabemos, Harry –respondió Bill con expresión sombría-. Ya sabemos que Mundungus nos ha traicionado.

-Pero, ¿cómo…?

-Nos lo hemos encontrado cuando intentaba salir de aquí. Y ha sido como sumar dos más dos… Mundungus no estaba en Grimmauld Place cuando recibimos el aviso. Y nadie se ha puesto en contacto con él… Así que… ¿Qué hacía aquí? No había otra explicación posible… Alastor lo ha dejado hecho una porquería y muy bien atado dentro de un armario en una de las salas –explicó Bill a toda prisa. Después su mirada se centró de nuevo en la batalla que tenía lugar a tan sólo unos metros-. Parece que Dumbledore tiene a Quien-tú-sabes bajo control… Quédate aquí, Harry.

Y sin añadir nada más, Bill salió de detrás de la estantería para volver a tomar parte en el combate.

Quédate aquí, Harry… ¿Bill pretendía que Harry se quedara escondido detrás de la maldita estantería? ¿En serio?

Con sumo cuidado, Harry asomó primero la cabeza y después parte del cuerpo para poder ver mejor. En el centro de la sala Voldemort y Dumbledore se batían en una encarnizada batalla. No había ni un segundo de descanso entre dos de los magos más poderosos de todos los tiempos; no había tregua… Dumbledore era capaz de contener la magia negra de Voldemort y de responder con golpes certeros. Golpes que a su vez Voldemort detenía y esquivaba.

Harry se fijó entonces en los demás. Los miembros de la Orden parecían tener bajo control la situación y mantenían a raya a los mortífagos. Y fue entonces, al pasear la mirada entre las figuras enmascaradas, cuando sintió que había algo que no encajaba. Tuvo la extraña sensación de que faltaba algo… Alguien más bien… De pronto, como si hubiese recibido una bofetada, Harry se dio cuenta de que Bellatrix, que nunca llevaba la cara cubierta por una máscara, no se encontraba allí. Un escalofrío recorrió su espalda al imaginarse lo que podía estar ocurriendo en aquellos momentos en cualquier otra sala del Departamento de Misterios. ¿Y si Ron y Ginny no habían llegado hasta la salida sin encontrarse con Bellatrix? ¿Y Neville? ¿Dónde diablos se había metido Neville?

Harry blandió la varita con fuerza y se dispuso a tomar parte en la lucha. Mientras peleaba codo con codo junto a Tonks, no dejaba de pensar en Bellatrix. Tenía unas ganas tremendas de salir en su busca, pero no podía marcharse de allí.

Harry y Tonks consiguieron dejar inconsciente al mortífago contra el que luchaban combinando a la vez sendos hechizos aturdidores, de modo que el enmascarado no pudo esquivar ambos al mismo tiempo. Harry desvió la vista del cuerpo tendido en el suelo y observó el rostro lívido de Voldemort, cuya piel era tan pálida que no parecía posible que fuera otra cosa más que un cadáver que acabara de salir de su tumba; incluso le pareció que su piel estaba más blanca que de costumbre, salvo en la mejilla herida, donde se tornaba de un color violáceo, rodeando el profundo corte que aún no dejaba de sangrar.

De pronto, un grito rasgó el aire. Rodolphus Lestrange, contra quien Remus y Bill peleaban, salió despedido hacia la pared y acto seguido resbaló hasta al suelo, en un lio de piernas y brazos. Aquel era el último mortífago que quedaba en pie. Voldemort estaba solo en esos momentos y era plenamente consciente de ello. La Orden había conseguido neutralizar a su ejército y aunque él tratara a toda costa de quitar de en medio a Dumbledore para llegar hasta Harry, los intentos de Voldemort eran en vano.

Mientras los miembros de la Orden se ocupaban de encadenar a los mortífagos, Remus se acercó hasta Harry.

-Tengo que sacarte de aquí.

Lupin apresó por el hombro a Harry con fuerza y lo arrastró consigo a través de la puerta que daba a la sala circular, sin darle oportunidad de oponerse. Antes de que la puerta se cerrara a sus espaldas, escucharon el rugido furioso de Voldemort; una vez más, Harry había conseguido escapar. Y no sólo eso, en aquella ocasión Harry había logrado herirlo.

Tras salir de la sala circular al pasillo iluminado con antorchas, Lupin seguía sujetando con firmeza a Harry, que tuvo que usar todas sus fuerzas para frenarle.

-¡No! ¡No puedo marcharme sin los demás!

Remus miró con gesto impaciente a Harry.

-Hermione y Luna están a salvo…

-Eso ya me lo he imaginado al veros aparecer a vosotros, pero, ¿y Ginny, Ron y Neville?

Lupin enmudeció, porque evidentemente no tenía respuesta para aquella pregunta.

-Harry, es muy posible que les hayan encontrado… Alastor, Arthur o…

-¿Muy posible? No voy a…

Harry no pudo terminar porque un grito proveniente del fondo del pasillo, cerca de los elevadores, le interrumpió:

-¡Remus! ¡Harry!

Los dos se giraron y vieron acercándose corriendo a Arthur. A Harry le urgía saber si el señor Weasley había encontrado a sus amigos, y sin siquiera darle tiempo a tomar aire cuando llegó frente a ellos sin resuello, le preguntó:

-¿Y Ginny, Ron y Neville? ¿Los ha visto señor Weasley?

Arthur asintió dando profundas bocanadas de aire.

-Yo los he llevado personalmente hasta Hogwarts, Harry. Están bien. Ahora mismo vengo de allí.

Harry soltó todo el aire que había estado reteniendo sin ser consciente de ello. Se sintió tan aliviado que tuvo verdaderas ganas de abrazar al señor Weasley.

-Ya lo has oído. Nos vamos –el tono de voz de Lupin no admitía réplicas. A continuación se volvió hacia Arthur-. Cuando nos hemos ido no quedaba ni un mortífago en pie y Dumbledore estaba peleando contra Voldemort.

El señor Weasley palideció al oír lo último.

-Un momento… -dijo Harry de pronto al darse cuenta del motivo principal de su preocupación-. Bellatrix no estaba en la sala.

-Alastor se encontró con ella –respondió el señor Weasley-. Con ella y con Neville.

A Harry le dio un vuelco el estómago.

-Neville está bien, Harry, te lo aseguro. Pero desgraciadamente a Alastor se le escapó Bellatrix… -dijo el señor Weasley contrariado-. No perdáis más tiempo aquí. Nos vemos luego, Remus.

Y sin más dilación, Arthur corrió hacia la puerta que daba paso al Departamento de Misterios. Lupin tomó del brazo a Harry y emprendió la carrera hasta el elevador. Cuando llegaron al Atrio desierto, pasaron de largo por delante de las chimeneas hasta llegar a la puerta de una cabina telefónica al fondo del enorme vestíbulo. Lupin abrió la puerta y dejó pasar a Harry, que recordó perfectamente la primera vez que llegó al Ministerio junto al señor Weasley en aquella misma cabina.

Cuando salieron al exterior la noche ya caía sobre Londres.

-Vamos a desaparecernos –dijo Lupin y ante el ceño fruncido de Harry, aclaró-. Aparición conjunta. Sólo tienes que agarrarte a mi brazo.

Harry asintió y sin más preámbulos se enganchó del brazo de Lupin. Segundos después, sintió una opresión en todo su cuerpo, y aunque trató de abrir los ojos, fue incapaz. Cuando notó el suelo firme bajo sus pies, se tambaleó, pero gracias a que aún se encontraba junto a Lupin, éste lo sujetó impidiendo que cayera al suelo. Harry sacudió la cabeza para librarse de la horrible sensación de embotamiento y entonces supo que se encontraban al otro lado de las verjas de Hogwarts, fuera de los terrenos del colegio.

-¿Cómo vamos a pasar al otro lado? –preguntó Harry.

-Voy a avisar a la profesora McGonagall mediante mi patronus.

Lupin extendió la varita y conjuró un patronus con forma de lobo que cruzó la verja y desapareció en la lejanía.

-Harry, ¿cómo habéis acabado en el Departamento de Misterios? –preguntó Remus observándole con seriedad.

De modo que mientras esperaban a la profesora McGonagall, Harry puso al corriente a Remus sobre todo lo ocurrido aquella noche, empezando por el encuentro con Macnair en el Bosque Prohibido.

-Vaya… -murmuró Remus cuando Harry por fin acabó su relato-. Una noche bastante intensa, desde luego… ¿Te das cuenta de que has conseguido herir a Voldemort?

Harry abrió la boca para responder pero en realidad no sabía qué decir. De pronto, en la oscuridad de la noche distinguieron una silueta a pocos metros. Pudieron reconocer el rostro de la profesora McGonagall cuando estuvo frente a ellos al otro lado de la verja. Extendió la varita, murmuró unas palabras y acto seguido la enorme reja comenzó a abrirse lentamente.

-Buenas noches, Minerva.

-Buenas noches, Remus. ¿Cómo…?

Un ruido a espaldas de Harry y Lupin sobresaltó a todos, que apuntaron en la misma dirección con sus varitas.

-Soy Albus.

El director se acercó hasta la verja abierta desde donde Minerva, Lupin y Harry lo habían apuntado con sus varitas hasta hacia un segundo.

-¿Cómo ha ido todo? –preguntó Lupin con cierta tensión en la voz.

-Los aurores van a trasladar a los mortífagos a prisión bajo la supervisión de Alastor. Bellatrix ha conseguido escapar con Voldemort y me temo que traigo muy malas noticias… -el tono de voz de Dumbledore denotaba un abatimiento que auguraba lo peor- Tonks ha muerto. Voldemort la ha asesinado.

La profesora McGonagall ahogó un gemido y se cubrió la boca con la mano. Harry, por el contrario, se sentía incapaz de emitir ningún sonido. De repente, tenía la boca completamente seca y el nudo que atravesaba su garganta le causaba hasta dolor. Tonks ha muerto… Harry no le encontraba sentido a lo que estaba ocurriendo. Hacia menos de una hora que la había visto, había luchado junto a ella… Y de pronto… ¿estaba muerta? Era como estar viviendo una realidad paralela.

-¿Cómo…? –la voz de Remus sonaba como ahogada y no fue capaz de decir nada más.

-Bellatrix entró de repente en la sala lanzando maldiciones en todas direcciones y nos pilló a todos por sorpresa. Voldemort aprovechó el caos para escapar, pero antes de marcharse… -explicó Dumbledore con aire abatido dejando en el aire la última frase.

Fue como si un manto invisible de angustia y desesperanza se hubiera extendido entre los presentes. Sin decir absolutamente nada, Dumbledore apuntó con su varita a la verja para cerrarla y se puso en marcha hacia el castillo, seguido por Harry, Remus y McGonagall.

Los cuatro caminaban en silencio por los terrenos rodeados por la oscuridad de la noche. Dumbledore y McGonagall precedían la marcha, con paso ligero y sin pausa, como si quisieran llegar al castillo lo antes posible. Aunque Harry caminaba junto a Lupin, su cerebro, su mente, estaban muy lejos de allí. Si la Orden no hubiese acudido al Departamento de Misterios a recatarles, Tonks seguiría viva. La culpa era un peso enorme que se instalaba en el estómago y que no se iba nunca. De repente, Harry sintió la calidez de una mano que se posó en su nuca con suavidad.

-Métetelo en la cabeza, Harry. Tú no eres culpable de nada. Sólo Voldemort es responsable de lo ocurrido. Siempre es él –murmuró Remus como si fuera capaz de leer los pensamientos de Harry, que asintió sin ganas con la cabeza.

Demasiado bien conocía Remus a Harry como para saber que se auto flagelaría por lo sucedido en el Ministerio.

Cruzaron los jardines, pasaron junto al lago y por fin traspasaron las puertas de roble sin mediar palabra. Cuando subían la escalinata de mármol, Dumbledore habló por fin:

-Remus, deberías ir a la enfermería, Poppy le echará un vistazo a ese corte –señaló una herida en la frente de Lupin y prosiguió-: Harry, tú y yo tenemos una charla pendiente.

-Te acompañaré a la enfermería, Remus –dijo la profesora McGonagall.

De repente, Harry cayó en la cuenta de que allí era donde seguramente se encontrarían sus amigos.

-Profesora McGonagall… ¿Cómo están todos?

-Tranquilo, Potter –ella debió de notar la ansiedad en la voz de Harry porque le dirigió una minúscula sonrisa tranquilizadora-. Van a pasar la noche en la enfermería, pero ninguno se encuentra en estado grave. Se recuperarán enseguida.

Harry asintió en silencio y cuando llegaron al piso donde estaba ubicada la enfermería, Lupin palmeó con suavidad su espalda en señal de apoyo y después se fue con McGonagall.

Cuando Harry y Dumbledore llegaron frente a la gárgola, el director pronunció la contraseña y ambos ascendieron hasta la puerta de roble que resguardaba el despacho. Una vez dentro, tomaron asiento en sus habituales sitios: Dumbledore en su alta silla detrás del escritorio y Harry al otro lado de la mesa. Y fue entonces, al encontrarse uno frente al otro, cuando Harry pudo apreciar que el director exhibía una expresión fatigada y un tanto débil.

-Bien, Harry –comenzó Dumbledore-, sé cómo debes de sentirte en estos momentos, y por mucho que quieras olvidar lo ocurrido, he de pedirte que revivas todo cuanto ha sucedido esta noche. Desde el momento en que dejaste Hogwarts hasta que te encontramos en el Departamento de Misterios.

Harry tomó aire y se preparó para relatar al director lo vivido aquella noche. Todo había comenzado tras la final de quidditch, cuando visitaban a Hagrid y por casualidad se habían encontrado con Mcnair, cuya misión era acabar con la vida de Grawp. Recordó cómo él y Ginny habían llegado al Departamento de Misterios, su enfrentamiento contra los mortífagos y el propio Voldemort, la repentina aparición de Ron, Hermione, Neville y Luna (detalle que no pudo explicar a Dumbledore, pues él ni siquiera sabía cómo habían llegado hasta allí)... Recordó, una a una, todas las vivencias de aquella noche, y cuando llegó a la parte en la que la traición de Dung había quedado al descubierto, no pudo evitar hundir con fuerza los dedos en los reposabrazos de la butaca de pura rabia.

-Siempre es duro y muy desagradable descubrir que un amigo que considerabas leal te ha clavado un puñal por la espalda –dijo Dumbledore con tristeza-. Siempre lo es –se recostó en su butaca y continuó-: Las lealtades del ser humano flaquean ante las tentaciones, como el poder... Y en el caso de Mundungus, la protección que Voldemort le prometió fue más que suficiente para él. Por eso, Harry, debes recordar, como ya te dije una vez, que el camino más fácil no es siempre el correcto.

-Voldemort conoce ahora la profecía completa, profesor –respondió Harry, apesadumbrado-. Hace meses que conoce su contenido...

-No debes dejar que te domine el abatimiento, Harry. Sí, Voldemort conoce la profecía… Ese era un riesgo que ha existido siempre, y no cambia las cosas: sigues y seguirás siendo el único con poder suficiente para destruirle –explicó Dumbledore, que tenía puestos sus ojos azules en los de Harry-. Por fin ha descubierto que posees un poder que nunca llegará a conquistar. No puede soñar siquiera con conocerlo. Voldemort no imagina ni por un instante que ese poder del que hablamos es el amor que anida en tu interior, en tu corazón… En tu alma, Harry. Si supiera de qué se trata, estoy seguro de que no se habría tomado tantas molestias para llegar hasta esa puerta en el Departamento de Misterios, porque mientras que para ti es la fuerza que te ayuda a seguir adelante, para él no es más que un signo de debilidad, que ofusca a las personas y las hace tomar decisiones que él considera estúpidas. Pero, lo que aún no puedo explicarme, Harry, es por qué no acudiste a mí cuando los sueños en el Departamento de Misterios volvieron a perseguirte. Porque supongo que volvieron, ¿no? –dijo Dumbledore acomodándose en su silla y posando su mentón sobre sus manos entrelazadas.

-Yo... no pensé que... –balbuceó Harry, un tanto avergonzado. Se aclaró la garganta y prosiguió-: En realidad, di por hecho que tenía que ver con la profecía, y como esta vez yo no pensaba caer en la misma trampa... –el tono de su voz fue disminuyendo a cada palabra, hasta extinguirse por completo. No podía escapar al sentimiento de culpa cada vez que pensaba que un año atrás se había dejado engañar por su enemigo, cayendo en una artimaña muy bien urdida.

-Entiendo.

Harry recordó algo importante entonces:

-Señor, Voldemort intentó abrir esa puerta hace meses, pero no lo consiguió y además sufrió un daño terrible... un daño que yo pude sentir en sueños... Y comprendo que eso se debe simplemente a que es incapaz de amar, incapaz de albergar un sentimiento puro en su alma. Pero lo que no logro entender es... –Harry frunció el ceño y se sentó en el borde de su silla, acortando distancias entre el profesor y él-. ¿Por qué los mortífagos tampoco pudieron abrirla? Quiero decir que... ellos no son como Voldemort. No del todo…

-Veo que no has apreciado el poder de esa sala en su totalidad –respondió el director-. Y no te culpo por ello, en absoluto, pues el alma es una esencia difícil de comprender. El alma... – Dumbledore suspiró -. Hay pensadores que opinan que el alma no es más que una entelequia, un modo un tanto poético de denominar nuestros sentimientos. Otros, sin embargo, lo toman como un cúmulo de energía, la energía vital del ser humano, el núcleo de todo su ser, su razón de existir, pues se cree que todos nacemos por un motivo, para alcanzar una meta y cumplir con una misión en la vida.

-¿Cómo si todos tuviéramos nuestro sitio en el mundo? ¿Como si todo estuviera predispuesto para que cada cual ocupara su lugar?

-Así es, Harry. Exactamente como en una partida de ajedrez. Claro que sólo hablo de teorías, de las ideas de filósofos que entregaron su vida al estudio de esta ciencia. Sin embargo, tal vez no estemos solamente frente a ideas sin bases sólidas.

-¿A qué se refiere, profesor?

-Lo que quiero decir, Harry, es que el alma es uno de los aspectos más misteriosos que existen, y qué mejor lugar para estudiarlo que el mismo Departamento de Misterios. Y esa sala, precisamente, tiene un vínculo muy estrecho con el alma. No se trata sólo de la capacidad de amar, aunque en parte, también tiene mucho que ver...

-No lo comprendo, señor...

-Harry, tan sólo un ser humano con el alma pura, intacta e inmaculada será capaz de abrir esa puerta. Estamos hablando de algo que no podemos ver, ni tocar, y por eso sé que es difícil de entender, pero debes abrir tu mente para lograr comprenderlo. Es posible que todos esos mortífagos tengan personas a quienes amar, familias, pero también es verdad que sus almas están corrompidas, desgarradas, rotas...

-¿Cómo se rompe el alma, señor? –Harry formuló la pregunta consciente de lo raro que debía de sonar.

-Destruyendo otra alma, Harry. Terminando con la vida de otro ser humano. Por eso ninguno de los servidores de Voldemort es capaz de abrir esa puerta, porque están corrompidos por la maldad, la traición, la sed de poder... pero sobre todo, porque su alma está totalmente dañada y envenenada por las muertes que han infligido a personas inocentes.

-Entonces... lo que quiere decir, señor, es que nadie que haya matado a otra persona será capaz de abrir esa puerta, ¿no es así?

Dumbledore asintió en silencio.

-El alma es fuerte e inflexible si los sentimientos que alberga son puros, pero es también una esencia frágil que debemos cuidar de emociones perversas y deshonestas.

Harry observó el fénix del director, en su habitual percha dorada, mientras todas aquellas ideas desfilaban por su mente, al tiempo que las digería y las aceptaba.

-Lo ocurrido esta noche en el Ministerio ha sido algo terrible –tras estas palabras, Dumbledore parecía incluso más viejo y a la luz de las velas del despacho, sus arrugas se intensificaron-. La trágica muerte de Nymphadora Tonks es un duro golpe más asestado por Lord Voldemort. Pero confío, Harry, todos lo hacemos, en que existirá el día en que esto acabe.

-¿Y cuándo llegará ese día? –Harry no pudo evitar saltar en su silla, cansado, frustrado y sintiéndose impotente por todo lo que debía hacer pero aún no podía-. ¿Cuándo sabré que estoy listo para enfrentarme a él? No puedo... Señor, no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo los demás se interponen entre Voldemort y yo, cómo arriesgan sus vidas por mí, esperando que llegue el momento indicado, esperando...

-Lo entiendo, Harry. Créeme, lo entiendo –Dumbledore apoyó ambos brazos en su escritorio de roble y se remangó la túnica-. Pero como ya te dije una vez, no sólo deseamos que lo destruyas, sino que vivas para contarlo. Y para eso, la paciencia y la prudencia son las mejores aliadas, aunque sé que pedirle eso a un adolescente inquieto es casi perder el tiempo –sonrió con pesadez y prosiguió-: Sin embargo, Harry, no dudes en que el día se acerca. Esta noche has logrado debilitar a Voldemort, herirlo. Tal vez antes de lo que piensas estés preparado para enfrentar tu destino, tu futuro y tu triunfo.

Harry asintió lentamente con la vista fija en los ojos azules de Dumbledore.