Este fic es una versión alternativa del sexto libro de la saga. Fue escrito antes de la publicación de "El príncipe mestizo", por lo que sólo tiene en cuenta lo sucedido en la saga hasta el quinto libro, "La Orden del Fénix".
El fic ya se acerca al final; el próximo capítulo será el último.
36
En la enfermería
Harry salió del despacho de Dumbledore con la sensación de no haber descansado durante varios días. Tras los acontecimientos vividos aquella noche, se sentía agotado y le había supuesto un esfuerzo físico enorme abandonar la comodidad de la mullida butaca en el despacho del director, donde podría haberse quedado dormido. Claro que, pensándolo mejor, dudaba que pudiese cerrar los ojos sin que las múltiples escenas de todo cuanto había vivido esa noche acudieran a su mente: un nuevo enfrentamiento con Voldemort, las voces tras el velo, aquella enigmática puerta en el Departamento de Misterios, volver a poner de nuevo a sus amigos en peligro, ver a Voldemort amenazando con matar a Ginny... Nadie que estuviera cerca de Harry parecía encontrarse a salvo y ya se había convertido en una costumbre el hecho de que todos ellos se vieran directamente implicados. No sólo Ron y Hermione, que eran las dos personas con las que lo compartía prácticamente todo, sino también Ginny, Neville y Luna.
Sin apenas darse cuenta, ya había llegado a la enfermería. Anduvo pesadamente hasta traspasar el umbral de la puerta y sintió que no podría dar un paso más. Cuando se adentró en la sala de curas, divisó la cabellera roja de Ron, que acostado en una cama y con aspecto abatido, charlaba con Luna. A su lado, Ginny dormía plácidamente, o eso parecía, y Harry tuvo el impulso de acercarse a su cama y contemplarla mientras descansaba. Buscó con la mirada a Hermione, pero no había ni rastro de ella, aunque al que sí vio fue a Neville, que dormía en una cama enfrente de Ron y Ginny. Siguió caminando y entonces descubrió un biombo, detrás del cual se movía una figura rechoncha sobre un paciente inmóvil: la señora Pomfrey debía de estar atendiendo a Hermione en aquellos momentos.
Harry se acercó hasta Ron y Luna y preguntó:
-¿Cómo estáis?
-Bien –respondió escuetamente Ron-. Yo ni siquiera debería quedarme en la enfermería, estoy perfectamente, pero ya conoces a Pomfrey... –murmuró señalando con la cabeza a la enfermera-. Se ha empeñado en que pase aquí la noche...
-Vamos, Ron, una noche de reposo aquí no te vendrá nada mal –opinó Luna en tono afable-. ¿Cómo estás tú, Harry? –preguntó dirigiendo la mirada al aludido desde los pies de la cama de Ron.
-Bien. Agotado, ya sabes… –Harry sólo aludió a su estado físico. En cuanto a su estado anímico... Nunca lograba olvidar un encuentro con Voldemort-. Nada que una noche de sueño no pueda curar.
Luna le dedicó una pequeña sonrisa y consultó su reloj:
-Será mejor que me vaya; se hace tarde y debo volver a mi dormitorio. Buenas noche, chicos –se despidió poniéndose en pie.
-¿Es que no vas a pasar la noche aquí?
-No, yo he salido ilesa de todo esto –contestó con una triste sonrisa-. Mañana vendré a veros sin falta.
Harry y Ron observaron cómo Luna se alejaba y desaparecía tras las puertas de la enfermería.
-¿Cómo se encuentra Ginny? –preguntó Harry a Ron en un susurro, pues no estaba del todo seguro de que la muchacha estuviera profundamente dormida.
-Está bien. La herida de la cabeza tenía muy mal aspecto, pero se supone que durante la noche se curará del todo gracias a las pociones que ha tomado. Ahora sólo necesita reposo. Descansará varias horas seguidas porque Pomfrey la obligó a tomar una poción para dormir sin soñar.
-¿La obligó? –repitió Harry, extrañado.
-Al principio se negó. Quería esperar a que volvieras del despacho de Dumbledore para hablar contigo; para asegurarse de que estabas bien. Ya sabes cómo es cuando se le mete algo en la cabeza... –comentó Ron observando a su hermana y a Harry se le encogió el corazón-. Pero entre Luna y Pomfrey han logrado convencerla. Se ha quedado más tranquila cuando ha sabido que estabas sano y salvo; es que Lupin ha pasado por aquí –aclaró.
-Sí, lo sé. He venido con Remus desde el Ministerio.
-Entonces… Sabes lo de Tonks, ¿verdad? –dijo Ron con un deje de tristeza en la voz.
Harry asintió en silencio.
-Lupin nos lo ha contado. Hermione es la única que no lo sabe todavía.
Harry desvió la vista hacia el biombo tras el cual se encontraba su amiga y cuando volvió a mirar a Ron, pregunto:
-¿Cómo está?
Ron no contestó enseguida, sino que, igual que había hecho Harry, sus ojos se fijaron en el biombo con una mirada que dejaba al descubierto todo lo que sentía.
-Hermione... ella... –susurró Ron con voz ronca-. Los mortífagos la sometieron a la maldición cruciatus... varias veces... –mientras hablaba, estrujaba las sábanas entre los dedos-. Pomfrey ha dicho que se recuperará en un par de días, si sigue las indicaciones y descansa todo lo que debe… Necesita reposo y mucha calma. Pero, ya sabes… Los exámenes están a la vuelta de la esquina y no creo que dé su brazo a torcer hasta que Pomfrey le permita seguir estudiando, aunque sea en la cama... –Ron dibujó una sonrisa torcida en sus labios-. Saldrá de la enfermería en pocos días.
Con la mirada perdida en el biombo que ocultaba a Hermione, Harry pensó detenidamente en lo ocurrido entre su amiga y Ron en el Departamento de Misterios y llegó a la conclusión de que no sería él quien sacara a relucir el tema. Sabía que Ron eludiría cualquier alusión a aquel beso, pero tarde o temprano las cosas entre Hermione y él tendrían que aclararse.
La voz de Ron trajo de vuelta a Harry.
-Creo que Ginny me odia.
-¿Qué? –preguntó Harry sin comprender a qué se refería. Observaba a Ron con el ceño fruncido, y éste a su vez tenía los ojos clavados en su hermana.
Ron giró el cuello para volver a mirar a Harry y respondió con expresión sombría:
-Está furiosa conmigo por habérmela llevado a la fuerza. Y por haber permitido que tú te quedaras.
-Ron, hiciste lo que tenías que hacer…
-Ginny no lo ve de esa manera.
-Estaba gravemente herida. Sé que ella es fuerte, valiente y una bruja extraordinaria, pero en aquellos momentos no estaba en condiciones de pelear –replicó Harry con vehemencia.
-Lo sé. Y en el fondo seguro que ella también lo sabe, pero es demasiado cabezota, ya te lo he dicho…
Harry sonrió apenas sin ganas y añadió:
-Se le pasará. No va a estar enfadada con nosotros eternamente.
-¿Con nosotros? No, contigo no. Ginny sólo está furiosa conmigo. Contigo la cosa es diferente.
-¿A qué te refieres?
Ron resopló con fuerza y se pasó una mano por los ojos antes de continuar:
-Harry, Ginny me ha bombardeado a preguntas. Preguntas que no he podido contestar, obviamente. Porque todas están relacionadas contigo, con Voldemort, con el Departamento de Misterios… Y por consiguiente, con la profecía. Sabes que mi hermana no es ninguna tonta, ni una ingenua… Lo que dijiste en el Ministerio antes de que me llevara a Ginny… ¿Lo recuerdas? Bueno, pues ella se acuerda perfectamente, a pesar del golpe en la cabeza, y no ha dejado de darle vueltas. Te digo todo esto para prevenirte: Ginny está decidida a saber qué está pasando. En cuanto tenga ocasión, va a someterte a un interrogatorio.
Harry suspiro profundamente, sintiéndose aún peor, si es que era posible… Explicarle a Ginny todo acerca de la profecía supondría involucrarla demasiado en algo de lo que en realidad trataba de alejarla. La verdad era que no tenía ni la menor idea de lo que debía hacer cuando Ginny comenzara a hacerle preguntas…
Harry trató de aparcar ese tema en algún rincón de su cabeza y desvió la mirada hacia Neville.
-¿Cómo está él?
-No lo sé… No ha dicho ni una palabra desde que llegamos… Ha estado rarísimo –respondió Ron con el ceño fruncido-. Pomfrey le ha dado a él también la poción para dormir sin soñar. De hecho, yo también tengo que tomármela… -señaló un vaso que había sobre la mesita de noche y volvió a mirar a Neville-. No sé qué es lo que debe de haber ocurrido en el Departamento de Misterios...
Harry dirigió la vista hacia los amplios ventanales y contempló la calma de la noche afuera, como cualquier día próximo al verano. Aquella quietud y el buen tiempo no concordaban con los sombríos acontecimientos recién vividos. Harry salió de sus ensoñaciones cuando la señora Pomfrey se acercó a su lado para atenderlo y alargarle un pijama.
-0o0o0o0o0o0o0o0o0-
Harry durmió hasta tarde a la mañana siguiente. Aquella poción para dormir sin soñar había hecho efecto y había logrado evadir las pesadillas. Pero tras despertar, la abrumadora verdad de lo ocurrido cayó sobre él con la fuerza de una apisonadora. Sentía los párpados pesados y le costó un buen rato desperezarse por completo. Cuando logró alcanzar sus gafas a tientas en la mesita y se las puso, descubrió que Ron no estaba en su cama, al contrario que Ginny, que saboreaba una tostada con mermelada recostada sobre varios almohadones en la cama de al lado.
-Buenos días –dijo la pelirroja nada más ver que su amigo ya había despertado. Le dirigió una cálida sonrisa y Harry pensó que no había mejor forma de comenzar el día.
-Buenos días –respondió Harry devolviéndole una pequeña sonrisa.
-¿Cómo te encuentras? –quiso saber Ginny, que ya había retirado la bandeja del desayuno.
Harry se acomodó en su cama y no pudo evitar una mueca de dolor al sentir todo su cuerpo magullado:
-Estoy bien.
-No sé por qué no te creo –dijo Ginny, sarcástica.
-¿Tú...?
-Estoy perfectamente –respondió Ginny adelantándose a su pregunta. Volvió a sonreír y añadió-: Sé que Pomfrey me regañará por esto, pero no puedo estar un segundo más acostada en esta cama –al instante hizo a un lado las mantas y se puso en pie.
-¿Dónde está Ron? –preguntó Harry.
-A él sí le han dejado salir de la enfermería. ¡Qué injusticia! –dijo Ginny mientras se acercaba a Harry-. Supongo que estará desayunando en el Gran Comedor.
-¿Y Hermione? –preguntó Harry al comprobar que el biombo de la noche anterior había desaparecido.
-Está en la habitación contigua. Pomfrey no le deja recibir visitas por ahora –respondió Ginny con fastidio.
-Neville aún no ha despertado… –comentó Harry observando a su amigo, que roncaba ligeramente en la cama de enfrente.
-No –Ginny dirigió entonces la mirada hacia Neville-. Supongo que él también debió de tomar la poción para no soñar, como todos, ¿verdad? –dijo volviendo a fijar la vista en Harry, que asintió en silencio.
Harry volvió a hundir la cabeza entre las almohadas y cerró los ojos, cansado. Ni siquiera tenía ganas de desayunar… De pronto, sintió cómo el colchón de su cama se hundía a su derecha y abrió los ojos de golpe. Ginny se había sentado a su lado y le observaba con una seriedad que no iba para nada con ella. Sus ojos castaños le miraban tan fijamente que daba la impresión de que estaba tratando de leer sus pensamientos.
Y entonces Harry recordó la conversación de la noche anterior con Ron y supo con certeza lo que se avecinaba.
O no.
Porque contra todo pronóstico, Ginny se inclinó hacia adelante, colocó una mano cálida sobre el cuello de Harry y sin dudar ni un sólo segundo, le besó. Un beso intenso, apasionado, tierno, enloquecedor… Un beso perfecto. Al menos eso pensó Harry cuando se vieron obligados a romper el contacto para tomar aire.
Las respiraciones agitadas de ambos se mezclaban en los escasos centímetros que separaban sus labios. Harry fue consciente de repente de que su mano descansaba sobre la nuca de Ginny, hundida en su sedoso cabello pelirrojo.
-No quiero que seamos sólo amigos, Harry –susurró Ginny con voz trémula-. Creía que eso era lo que quería… Pero estaba equivocada. Anoche, cuando Ron me llevó con él y pensé que quizá no volvería a verte… Lo supe.
Una sensación muy cálida y agradable se extendió con rapidez por el pecho de Harry, y su mano viajó desde el fragante cabello de Ginny hasta su mejilla, disfrutando del suave contacto de su piel.
-Siento haber tardado tanto en entenderlo, Harry. O mejor dicho, en aceptarlo. Supongo que… me agobié. Pensaba que tenía claro que entre nosotros sólo existía una amistad, y de repente me besaste y… y… No sé… Lo único en lo que pensaba era en que nuestra amistad era más importante que cualquier otra cosa y no quería arriesgarla… -Ginny suspiró y dibujó un mohín de disculpa-. Creo que no me estoy explicando demasiado bien…
-En realidad, sí.
Y Harry volvió a unir sus labios con los de Ginny en un beso suave y lento que quiso que durara eternamente. Le pareció increíble que después de haber estado completamente convencido durante semanas de que no tenía la menor oportunidad de atraer la atención de Ginny, estuviese besándola de nuevo en esos momentos.
-Harry… -susurró Ginny contra sus labios, separándose de él como si le costara un gran esfuerzo-. Tengo tantas preguntas…
Fue como si la burbuja en la que Harry se encontraba, entre caricias y besos, estallara de repente. Y entonces el peso de la realidad, de su realidad, le sobrevino como una enorme losa. Porque así era precisamente como se sentía, como si llevase sobre sus espaldas una carga muy pesada.
La verdad era que había demasiados secretos entre Harry y Ginny, y aunque él deseaba ser sincero y compartirlos con ella, una vocecita en su cabeza le ordenaba que se callara, que no la mezclara en todo aquello. Voldemort había amenazado con matar a Ginny la noche anterior y Harry no estaba dispuesto a permitir que algo parecido pudiera volver a ocurrir, ni remotamente.
Ginny se dio cuenta de inmediato de la expresión tensa de Harry; a fin de cuentas, lo conocía demasiado bien. Entrelazó su mano con la de él y dijo apenas en un murmullo:
-Puedes confiar en mí.
-Por supuesto que sé que puedo confiar en ti… -respondió Harry al instante-. Pero a veces es mejor no saber ciertas cosas, por el bien de uno mismo.
Ginny suspiró profundamente sin apartar los ojos de Harry, al contrario que él, que tenía la vista clavada en sus manos entrelazadas.
-Cuéntame qué es lo que está pasando. Sea lo que sea, no voy a salir corriendo –insistió Ginny con voz calmada.
Eso era precisamente lo que Harry deseaba: que saliera corriendo sin mirar atrás. Era demasiado complicado, pero sobre todo, era demasiado peligroso. Ginny desconocía por completo cuál era su destino. No podía ni llegar a imaginar que el chico que tenía frente a ella, aquel que prácticamente formaba parte de su familia, era el único mago capaz de derrotar a Voldemort.
Harry volvió a fijar sus ojos en los de Ginny y cuando trató de soltar su mano, ella se lo impidió.
-No lo hagas, Harry. No me apartes –dijo Ginny con decisión, como si pudiera saber lo que estaba pasando por su cabeza.
-Voldemort pudo matarte.
-Pudo matarnos a todos.
-Él sabe lo que significas para mí… Lo sabe… -replicó Harry con vehemencia-. No puedo…
-Si ya lo sabe, entonces, ¿qué sentido tiene que me dejes fuera, que me apartes de ti?
Harry abrió la boca para responder, pero no supo qué decir.
-Somos más fuertes juntos. No dejes que él nos separe… Ya ha hecho demasiado daño. No permitas que maneje tu vida también.
Las palabras de Ginny se abrieron camino entre todas las dudas y miedos que albergaba Harry y llegaron hasta su corazón, entibiándolo. Ella tenía razón, no podía darle a Voldemort el poder de gobernar su vida, bastante se había llevado ya… Y alejar a Ginny de su lado, cuando ya era más que evidente lo que sentía por ella, tampoco serviría de nada.
Harry pensó en lo terriblemente mal que habían ido las cosas cuando Dumbledore había optado por ocultarle la existencia de la profecía. La verdad era preferible. Y Ginny se merecía la verdad.
Harry comenzó a hablar y no paró hasta que por fin se sinceró por completo: acerca de la profecía, de las largas conversaciones con Dumbledore en su despacho y el motivo que había llevado a Voldemort hasta el Ministerio la noche anterior. Cuando terminó, Ginny seguía sentada a su lado en la cama, y su mano aún sostenía con firmeza la de Harry.
-Esa es toda la verdad. Ginny… -murmuró Harry a pesar del nudo que notaba en la garganta-. Confío ciegamente en ti, créeme, pero… No quería involucrarte en todo esto… Es demasiado…
Antes de que Harry pudiera continuar, Ginny acabó con la distancia que los separaba y lo calló con un beso suave.
-Harry, tienes que dejar de pensar que esta guerra es sólo tuya. Voldemort pretende destruirlo todo a su paso otra vez… Y evitarlo no es sólo tu responsabilidad –dijo Ginny con una sonrisa triste-. Vas a derrotar a Voldemort. Sé que lo harás. Y no vas a hacerlo solo.
La seguridad en la voz de Ginny fue como un bálsamo para Harry, que sintió un alivio inmenso después de compartir con ella aquello que más lo atormentaba. Una emoción que no recordaba haber sentido jamás se instaló en su pecho. Entonces, Harry apartó la colcha a un lado, saltó fuera de la cama ante la interrogante mirada de Ginny y acto seguido le tomó ambas manos para tirar de ella y obligarla a ponerse en pie. Un segundo después, ya la había envuelto en sus brazos y la estaba besando como si le fuera la vida en ello. Era demasiado bueno para ser real, pensaba Harry al recibir de vuelta los besos y las caricias de Ginny.
De pronto, un carraspeo rompió la magia del momento. Harry y Ginny se separaron al instante y las tres figuras que acababan de entrar en la sala atrajeron su atención de inmediato. Luna exhibía una sonrisa relajada, la señora Pomfrey fruncía los labios mientras un ligero rubor se extendía por sus mejillas y por último estaba Ron, que tenía las cejas enarcadas, los ojos bien abiertos y la orejas coloradas.
-Veo que ya se encuentran mucho mejor –comentó la señora Pomfrey con todo el sarcasmo del que fue capaz.
Harry sentía que la cara le ardía y cuando miró de reojo a Ginny, comprobó que un ligero rubor cubría sus mejillas también.
La señora Pomfrey se giró hacia Luna y Ron, quien seguía con la misma expresión de aturdimiento, y dijo:
-Pueden quedarse aquí un rato, pero la señorita Granger no está en condiciones de recibir visitas aún. Así que prohibido pasar a la otra sala –entonces volvió a mirar a Harry y añadió-. Un elfo le subirá el desayuno de las cocinas, señor Potter.
Por toda respuesta, Harry simplemente asintió, aún avergonzado por la interrupción de la señora Pomfrey. Y de Luna y Ron, claro.
-Entonces… ¿Ahora vosotros dos estáis juntos? –preguntó Luna con toda naturalidad mientras colocaba una silla frente a la cama de Harry (sin pararse a pensar que tal vez esa cuestión podía incomodar a alguno de los allí presentes, o a todos).
Tras escuchar aquella pregunta, los ojos de Harry se fijaron automáticamente en Ginny y un segundo después en Ron, que aún no había abierto la boca. Aunque desde luego, era buena señal que su expresión de sorpresa se hubiera suavizado y no se hubiera convertido en una de homicida. Harry sabía que contaba con la aprobación de Ron, pero seguía siendo su hermana pequeña de todas formas.
En cuanto a Ginny… Después de aquel beso furtivo en el campo de quidditch y todo el malentendido posterior, había tenido más de una conversación (desagradable) con Ron tratando de arreglarlo, y por eso sabía que su hermano veía a Harry como la mejor opción (o más bien, la única) para ella. Aunque estaba bastante segura de que encontrarles a ambos besándose de esa manera no era algo que Ron pudiera considerar agradable…
La repentina pregunta de Luna, que había pillado desprevenidos a Harry y a Ginny, estaba en el aire, y tras unos segundos de silencio que habían enrarecido aquel momento tan especial entre ambos, uno de los dos respondió sin asomo de dudas:
-Sí –fue la respuesta clara y directa de Harry.
Había sido Luna quien había formulado la pregunta, pero Harry no la miraba a ella, sino a Ron. Con una renovada sensación de seguridad, Harry tomó la mano de Ginny, que le sonrió con dulzura.
Mientras, Ron seguía callado mirando a su hermana y a su mejor amigo de hito en hito, como si le costase procesar lo que acababa de ver.
-Te parece bien… ¿no? –preguntó Harry, dubitativo, sintiendo como se desinflaba poco a poco su seguridad.
Ron, tal vez notando la ansiedad de Harry, le dirigió a su amigo una discreta sonrisa al tiempo que cabeceaba en señal de aceptación.
-Me parece bien… Pero eso no significa que me apetezca ver "eso" –respondió Ron mordazmente refiriéndose claramente al beso que habían interrumpido.
Harry sintió sus mejillas arder de nuevo y Ginny no pudo evitar lanzarle a su hermano una mirada exasperada antes de decir:
-Te recuerdo que tú besaste a Hermione delante de todos en el Departamento de Misterios.
Automáticamente la cara de Ron (incluidas sus orejas) se tornó de un color rojo intenso.
-Es cierto –afirmó Luna desde la silla que ocupaba frente a la cama de Harry. Sacó una bolsa de caramelos del interior de su túnica y se la ofreció a Ron, que la observó con el ceño fruncido sin responder-. Además, ¿qué tiene de malo?
Ron bufó exasperado, e ignorando a Luna, colocó una silla a su lado y tomó asiento sin ninguna intención de seguir con aquella conversación. En ese mismo instante, un elfo apareció en la entrada de la enfermería llevando una bandeja con el desayuno de Harry, lo dejó sobre la mesita de noche y desapareció enseguida tras hacer una reverencia.
-¿Sabéis algo de Hermione? Algo más aparte de que no podemos entrar a verla, quiero decir –preguntó Ron (claramente molesto con las normas de la señora Pomfrey), mientras Harry se sentaba en su cama y colocaba con cuidado la bandeja sobre sus piernas.
-Pomfrey me ha dicho antes que seguramente se pasará todo el día dormida, por la medicación –respondió Ginny acomodándose junto a Harry-. Por eso no podemos pasar a verla. Ya sabes, pensará que vamos a armar un alboroto… Como si fuéramos unos críos… -dijo con evidente hastío-. Pomfrey no parecía preocupada, así que seguro que Hermione se recupera pronto.
En ese momento, Neville bostezó sonoramente en su cama.
-Al fin amaneces –comentó Ron con sorna.
Neville tardó pocos segundos en recorrer la distancia que los separaba y acomodarse en la cama que Ron había ocupado la noche anterior, junto a la de Harry.
-¿Cómo estás? –preguntó Ginny.
Neville se encogió de hombros por toda respuesta y después pasando la vista de Harry y Ginny a los recién llegados, comentó:
-Veo que vosotros estáis bien ¿Y Hermione? –Neville trató de buscar a la chica con la mirada, sin encontrarla.
-Necesita reposo, pero se recuperará –contestó Ginny para alivio de Neville-. ¿Cómo están las cosas en la escuela? –preguntó entonces dirigiéndose a su hermano y a Luna, los únicos que habían abandonado la enfermería.
Los aludidos cruzaron una rápida mirada antes de contestar.
-Dumbledore se ha dirigido a todos los alumnos esta mañana después del desayuno –dijo Ron.
-Así que toda la escuela está al corriente sobre lo ocurrido anoche en el Ministerio –explicó Luna, tomando parte en la conversación-. Además... Dumbledore acaba de dar la noticia sobre lo ocurrido con Tonks... –murmuró con un tono de voz muy diferente al habitual-. Los de Slytherin son unos auténticos idiotas... –añadió después con dureza.
-Idiotas es poco... –masculló Ron de mal humor-. Ya los conocéis... Y como saben que anoche los mortífagos volvieron a hacer de las suyas, hay quienes se creen los amos del mundo... Son unos... –Ron dijo algo que hizo que Luna abriera mucho los ojos.
-¿Cómo se lo han tomado en general? –preguntó Harry.
-Ha habido de todo –respondió Ron con pesadumbre. A continuación, se encogió de hombros-. Pero, mira... Se nota que Tonks gustaba a la mayoría de los estudiantes y por otro lado, la noticia les ha pillado por sorpresa, claro...
-Como a todos... –susurró Ginny, muy apenada.
Ron y Luna continuaron hablando, pero Harry ya no seguía atento la conversación, había dejado de escuchar para volver a recrear en su mente de nuevo lo ocurrido la noche anterior. Una vez más, las cosas no podían haber salido peor. Tonks había muerto y quién sabe cuántos mortífagos campaban a sus anchas por ahí, junto a Lord Voldemort. Harry se preguntó cuándo terminaría todo aquello: el miedo, las muertes sin sentido... Y una vez más obtuvo la respuesta por sí mismo: sólo cuando él estuviera listo para enfrentar a aquel mago al que tantos temían, se acabaría el miedo y se pondría fin a las muertes. Mientras tanto, personas como Tonks, Sirius, Viktor Krum y Charlie continuarían pagando las consecuencias de no estar dispuestos a pasarse al lado oscuro.
Oía las voces de sus amigos a su lado, pero no prestaba atención a lo que decían. No pudo evitar sentirse culpable. Culpable por arrastrar siempre a la gente que le importaba al peligro. Si la Orden no hubiera llegado a tiempo... Aquello hizo que Harry reparara por primera vez en cómo habían aparecido los miembros de la Orden tan repentinamente en el Ministerio.
-¿Alguno de vosotros sabe cómo llegó la Orden al Departamento de Misterios?
Fue Luna quien respondió a aquella pregunta:
-Hermione y yo nos encargamos de eso. Verás –Luna se acomodó en su silla como si se preparara para relatar una larga historia-, después de que Ron y tú os marcharais, saqué a Hermione del Departamento de Misterios. A decir verdad, no nos fue difícil dar con la salida... Cuando por fin dejamos atrás la sala circular, fuimos hasta el Atrio de entrada. Ya sabéis que hay un montón de chimeneas a ambos lados de La Fuente de los Hermanos Mágicos, esa fuente que muestra a un centauro, un mago... –todos asintieron en señal de comprensión, por lo que Luna se ahorró más explicaciones-. Bueno... ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! La cuestión es que Hermione me dijo que ya sabía a quién debíamos acudir y la única manera de hacerlo era a través de la chimenea mediante los polvos flu. Como ella se encontraba tan débil, yo me comuniqué con el profesor Lupin.
-No digas más –dijo Ginny, comprendiendo al fin-. Número 12 de Grimmauld Place, ¿no es así?
-Exactamente –reafirmó Luna-. Yo no tenía ni idea de lo que era, pero Hermione estaba segura de que allí encontraríamos la ayuda que necesitábamos. Y tenía razón.
-¿Qué pasó después? –preguntó Neville con curiosidad.
-Llegó muchísima gente a través de la chimenea y bajaron a toda prisa hacia el Departamento de Misterios. A Hermione y a mí nos escoltó hasta Hogwarts un hombre muy amable, Dedalus Diggle. ¿Lo conocéis?
Harry, Ron y Ginny asintieron.
-Nos desaparecimos con el señor Diggle y aparecimos al otro lado de la verja de entrada al castillo justo cuando Dumbledore salía. Nos dejó pasar y el salió hacia el Ministerio. El resto ya lo sabéis.
De pronto, Harry cayó en la cuenta de que aún había cosas que él no tenía ni idea de cómo habían sucedido, por lo que las preguntas se agolparon en su boca:
-¿Cómo llegasteis vosotros dos hasta el Departamento de Misterios? –preguntó señalando a Luna y a Neville-. Se suponía que sólo Ron y Hermione podían saber lo ocurrido en el bosque y tú habías ido al castillo en busca de ayuda –dijo mirando al pelirrojo.
-Sí, pero no pude encontrar a nadie allí –contestó Ron-. Por más que busqué, no había ni rastro de Tonks, Dumbledore o McGonagall.
-¿Ninguno de los tres estaba en el castillo? –se extrañó Harry. Ron negó con la cabeza.
-Cuando estaba a punto de salir de nuevo hacia el bosque, me encontré con Luna y Neville en el vestíbulo y... bueno... insistieron en acompañarme –explicó Ron.
-Pero... ¿Por qué Tonks, McGonagall y Dumbledore no estaban en Hogwarts? –preguntó Harry de nuevo.
-Muy simple –respondió Ron-. Cuando Hagrid fue atacado por Macnair, regresó de inmediato al castillo para poner sobre aviso a Dumbledore de que un mortífago se había internado en el bosque. Por eso Hagrid no estaba en su cabaña cuando pasamos por allí. Cuando Dumbledore se enteró, viajó a Grimmauld Place para informar a la Orden de que Voldemort iba tras Grawp, y de que podía acercarse peligrosamente a Hogwarts. Mientras tanto, Hagrid, McGonagall y Tonks fueron al Bosque Prohibido, con la intención de capturar a Macnair, si es que aún andaba por los alrededores.
-¿Tonks, McGonagall y Hagrid volvieron a internarse en el bosque? –repitió Harry-. ¿Y nosotros no los vimos?
-Así es. Para cuando Hagrid regresó con Tonks y McGonagall, nosotros ya nos habíamos alejado demasiado del linde del bosque, así que a menos que hubieran tomado el mismo sendero... Ya se habían adentrado en el bosque y Dumbledore estaba de camino a Grimmauld Place cuando yo los busqué en el castillo. Después de reunirse con la Orden, Dumbledore volvió a Hogwarts, pero para entonces nosotros ya no estábamos aquí…
-Qué mala suerte... –murmuró Ginny con fastidio.
-Pues sí, porque estoy seguro de que si hubiera salido un par de minutos antes hacia el castillo, nos habríamos cruzado en el camino... –comentó Ron, apesadumbrado.
-¿Y como demonios llegasteis hasta el Departamento de Misterios? –preguntó Harry, mirando alternativamente a Ron, Luna y Neville.
-Utilizamos vuestras escobas, Harry. Fue una suerte que las llevarais con vosotros después de que acabara el partido de quidditch, porque de lo contrario tendríamos que haber volado hasta Londres sobre los thestrals –respondió Neville con una mueca de disgusto-. Ron y yo montamos en su escoba, Hermione en la de Ginny y Luna en la Saeta de Fuego.
-Sí, y al llegar al Ministerio las dejamos en el Atrio –explicó Luna-. Después Hermione y yo las trajimos de vuelta a Hogwarts. ¡La Saeta de Fuego es increíble, Harry! –exclamó extasiada con ojos brillantes-. Tiene una precisión y un equilibrio impresionantes, además del frenado automático y… ¿Qué me dices de las velocidades que alcanza y la aceleración en pocos segundos? ¡Vaya, nunca llegué a pensar que montar en escoba pudiese ser tan alucinante! ¿Crees que pueda volver a dar una vuelta en tu Saeta alguna vez?
Harry asintió mientras todos sonreían ante el exagerado entusiasmo de Luna.
-0o0o0o0o0o0o0o0o0-
Aquella misma tarde llegaron a la enfermería las primeras visitas. Nadie hizo preguntas incómodas o quiso saber más de lo debido, aunque Harry sintió que era observado con curiosidad. A pesar de todo, pasó un buen rato con Dean y Seamus, que fueron los encargados de hacerles llegar múltiples tarjetas que les deseaban una pronta recuperación: de Parvati, Lavender, Colin… y prácticamente de toda la casa de Gryffindor; incluso había un buen montón de tarjetas de los antiguos miembros del Ejercito de Dumbledore.
Esa misma noche, Hermione pasó a ocupar una cama junto a sus amigos, abandonando su estancia en la habitación individual donde había permanecido hasta el momento. Claro que antes todos debieron prometer que no la molestarían y la dejarían descansar. No muy convencida, la señora Pomfrey ayudó a Hermione a trasladarse y Harry vio por primera vez a su amiga tras haberla dejado junto a Luna en el Departamento de Misterios. Aunque aún estaba un poco pálida, se veía mucho mejor y Harry estaba seguro de que en pocos días podría dejar la enfermería.
Ginny, por otro lado, fue dada de alta aquella tarde, poco antes de que Hermione se reencontrara con sus amigos. En cuanto a Neville y Harry, no tardarían en regresar a su dormitorio en la torre de Gryffindor.
-0o0o0o0o0o0o0o0o0-
Un ruido despertó a Harry en mitad de la noche. Rápidamente se recostó en su cama y se puso las gafas, tratando de vislumbrar en la oscuridad la causa de aquel estruendo.
-Lo siento.
Harry dirigió la vista a su derecha y descubrió a Neville de pie junto a su cama, con una mueca de disculpa en el rostro, la jarra de agua en una mano y el vaso en el suelo, hecho añicos.
-Siento haberte despertado, Harry –dijo Neville mientras recogía del suelo con cuidado todos los cristales y los tiraba a la papelera.
-No importa –respondió Harry. Al otro lado de Neville, Hermione dormía profundamente; gracias a la medicación, sin lugar a dudas.
Neville volvió a acostarse en su cama y observó el patio a través del ventanal de la enfermería, como si estuviera absorto en sus pensamientos.
Harry se hundió de nuevo entre sus mullidas almohadas, y volver a quedarse dormido envuelto por el confort y el calor de su cama habría sido muy fácil de no ser porque el comportamiento de Neville le inquietaba bastante. Harry abrió la boca dispuesto a soltar todas las preguntas que rondaban por su mente, pero la cerró un segundo después al no saber si hacía bien o mal en interrogar a su amigo acerca de lo ocurrido en el Departamento de Misterios. Escrutó el rostro de Neville en busca de una señal que le asegurara que el chico se encontraba preparado para hablar sobre ello, y en ese momento a Harry le habría gustado poder practicar la Legeremancia con su compañero de cuarto.
Seguro de que no descansaría en condiciones en toda la noche hasta saber qué le pasaba a Neville, Harry volvió a incorporarse en su cama y, decidido, observando fijamente a su amigo, soltó:
-¿Hay algo de lo que quieras hablar, Neville?
El chico parecía estar en una especie de trance, porque reaccionó segundos después, parpadeó un par de veces y miró a Harry con el ceño levemente fruncido:
-¿Eh? Disculpa, ¿qué decías?
Harry fue más directo entonces y preguntó:
-¿Qué te ocurrió en el Ministerio?
A la luz de la luna, a Harry le pareció ver que Neville palidecía levemente, sin embargo, la expresión de su rostro era inescrutable. El chico apartó la mirada de su compañero de cuarto y la fijó en el ventanal de enfrente, como si no hubiese escuchado la pregunta. Aquel silencio estaba acabando con los nervios de Harry, pero no podía obligar a su amigo a relatar su historia.
-Soy un cobarde, Harry –susurró Neville en un murmullo ahogado, sin dejar de mirar al frente.
Harry frunció el ceño, esperando que Neville añadiese algo más, pero no parecía estar dispuesto a decir nada en absoluto.
-Neville –dijo Harry con cautela-, ¿qué quieres decir con...?
-La tuve delante de mí, pude hacer algo, y no moví ni un dedo, no hice nada, absolutamente nada –entonces, por primera vez desde que había comenzado con aquella conversación, Neville miró a Harry a los ojos-. Soy un maldito cobarde.
Harry parpadeó varias veces. Frente a él se encontraba una persona totalmente distinta a la que había conocido. Ya no quedaba apenas rastro del que parecía ser uno de los chicos más inocentes de la escuela, ni el tímido compañero de dormitorio. No. Aquel era un Neville muy diferente, un Neville dolido, rabioso, lleno de odio. Y por raro que pareciese, Harry tuvo la sensación de que aquella rabia no iba dirigida a Bellatrix Lestrange, sino a sí mismo. Neville se culpaba a sí mismo, pero ¿de qué?
-Neville... yo no creo que tú seas un...
-Eso no lo sabes, tú no estabas allí –respondió el chico de manera brusca, apartando de nuevo la vista de su amigo.
Harry enarcó las cejas, asombrado. Nunca antes había conocido aquella faceta de Neville, pero debía saber qué había sucedido, aunque se arriesgara a recibir un comentario cortante por su parte.
-¿Qué... qué ocurrió? ¿Qué paso después de que te marcharas tras ella?
Neville tragó saliva y entornó los ojos. Volvió el rostro hacia Harry y por fin se dispuso a hablar:
-Ginny, Hermione y yo abrimos puerta tras puerta buscando la sala circular. No recuerdo en cuantas habitaciones diferentes estuvimos antes de que ocurriera... antes de que... –Neville calló durante unos segundos, pero continuó el relato. Parecía que una vez empezado, no terminaría hasta llegar al final-. Entramos en una sala y antes de que nos diéramos cuenta, varios mortífagos aparecieron por otra de las tantas puertas que nos rodeaban. Ginny, Hermione y yo luchamos contra ellos. Y de pronto la vi. No llevaba máscara. Allí estaba Bellatrix Lestrange, peleando contra Ginny; pero, de repente, dejó de atacarla, como si hubiese perdido el interés, y otro mortífago ocupó su lugar. Bellatrix salió corriendo por otra de las puertas, y creo que sé por qué. En aquella sala no estabas tú; te estaba buscando a ti, Harry. Estoy seguro de que la única orden que Quien-tú-sabes les dio fue que te atraparan a ti. Les daba igual lo que ocurriese con nosotros mientras no nos interpusiésemos en su camino.
-Entonces tú...
-No sé lo que me pasó –dijo Neville con el entrecejo fruncido, como si aún no pudiese explicarse el curso que habían tomado los acontecimientos-. Vi cómo escapaba de nuevo y sentí un nudo en la garganta. Sentí rabia y... –entonces desvió los ojos de Harry y fijó la vista en el edredón-. A veces me pregunto cómo serían las cosas si mis padres no estuvieran en San Mungo, si aquella noche cuatro mortífagos no los hubiesen torturado hasta la locura... Supongo que tú también lo haces, que te preguntarás cómo habría sido conocer a tus padres...
-Sí... a veces... lo hago –musitó Harry.
-No pude evitarlo. Lo hice sin pensar. Vi cómo se marchaba y decidí seguirla, sin pensármelo dos veces.
-Lo entiendo.
-¡No! –exclamó Neville, repentinamente exaltado-. ¡No debí hacerlo! Dejé a Ginny y a Hermione solas… Yo pensé que ellas podrían... pensé que... Cuando me fui, parecía que tenían todo bajo control, no creí que... No quedaban más que dos mortífagos en pie y... –Neville sólo acertó a balbucear.
-Pensaste que no corrían peligro. Sé lo que quieres decir.
-Y me equivoqué. Mira lo que pasó después. Si ellas hubiesen... Si ellas... –dijo Neville con voz trémula y ahogada.
-Ginny y Hermione están bien. No debes culparte por eso.
Neville cerró los ojos con fuerza y apretó los puños.
-¿Qué ocurrió después? –preguntó Harry.
Neville suspiró, abrió de nuevo los ojos y los dirigió lentamente hacia Harry, como si le costase un gran esfuerzo.
-La seguí, pero ella era demasiado rápida y le perdí el rastro. Crucé varias habitaciones y nada. Era como si hubiese desaparecido. Y de pronto, cuando ya daba por hecho que no daría con ella y que me había perdido por completo, choqué con alguien.
-¿Chocaste con alguien? –repitió Harry, extrañado.
-Sí. Crucé una puerta detrás de otra; iba a toda velocidad, sin fijarme siquiera por dónde pasaba. Y de repente, cuando abrí una puerta más, choqué con Bellatrix, que corría en dirección contraria. Supongo que ella tenía bastante prisa por dar contigo o lo que fuera que debía hacer, porque no le dio tiempo a esquivarme. Cayó al suelo y su varita rodó fuera de su alcance. Yo me mantuve en pie, con la varita en alto.
Llegado este punto, Harry se mantenía expectante y Neville parecía reacio a continuar, pero a pesar de todo, lo hizo:
-Ella estaba allí, frente a mí, desarmada, y era mi oportunidad. Le apunté con la varita, pero no pude hacer nada, no podía moverme; fue como si me hubiese quedado petrificado. Minutos antes estaba dispuesto a acabar con ella, y de pronto no podía hacerlo. Ella se dio cuenta, supo que yo dudaba… Supo que no me atrevía a torturarla... Habló sobre mis padres, sobre aquella noche y... –Neville se quedó en silencio, y Harry no tuvo palabras de aliento para su amigo, porque él sabía muy bien lo que se sentía cuando el asesino de tus padres hablaba de ellos con toda tranquilidad, como si no tuviera ninguna importancia-. Y tenía razón...
-¿Qué? ¿De qué hablas?
-Dijo que mis padres habían sido muy valientes. Dijo que habían soportado todo tipo de hechizos hasta el final, hasta que dejaron de responder a sus torturas, hasta que perdieron la cordura... Pero yo... Yo ni siquiera podía sujetar con firmeza la varita sin que me temblara la mano...
Ahora Harry ya sabía por qué Neville se sentía molesto consigo mismo, más que molesto, se sentía decepcionado, cobarde, como él mismo había dicho. Y si Harry no se equivocaba, incluso estaría pensando que había defraudado a sus padres.
-Entonces ella aprovechó mis dudas para recoger su varita y atacarme. Afortunadamente, Moody llegó a tiempo para impedirlo, pero Bellatrix huyó.
Harry no supo qué decir, solamente esperó a que su amigo continuara.
-La odio… La odio con todas mis fuerzas, y a pesar de todo no fui capaz de hacerle el daño que ella les hizo a mis padres... –dijo Neville con voz grave.
-Neville...
-Mi cerebro me gritaba que hiciera algo, ¡lo que fuera! Algo... –Neville estaba absorto, sumergido en sus pensamientos, y no parecía prestar atención a Harry-. De todas formas, aunque lo hubiera intentado no creo que hubiera sido capaz de hacerle ningún daño; como si yo fuera capaz de llevar a cabo la maldición cruciatus –dijo el chico con amargura-. Seguro que mis padres...
-Tus padres tampoco lo habrían hecho, Neville –lo interrumpió Harry-. Ellos tampoco habrían usado esa maldición con Bellatrix desarmada. Y el hecho de no poder llevar a cabo una cruciatus no tiene nada que ver con lo poderoso que sea un mago.
-¿Qué quieres decir? –preguntó Neville, confundido.
-Que tú no eres como Bellatrix Lestrange. Tú no eres un asesino... –Harry había conseguido captar toda la atención de Neville-. El año pasado, cuando mató a Sirius, fui tras ella...
-Sí, lo recuerdo... –murmuró Neville.
-Bien, pues... Estaba furioso; más que furioso... estaba... –Harry tragó en seco.
-Lo sé.
-Le lancé una cruciatus –dijo Harry, alto y claro.
-Tú... ¿lo dices en serio? –susurró Neville con sorpresa-. ¿Y... cómo fue?
-No fue, simplemente –soltó Harry con amargura-. Ella acababa de matar a Sirius y yo no fui capaz de vengar su muerte. Eso fue lo que pensé. No pude hacerle daño, la maldición sólo la derribó. No le causó ningún dolor, solamente porque yo no deseaba torturarla en realidad. La rabia no era suficiente... Tienes que sentirla, tienes que disfrutar causando dolor, tienes que desearlo de verdad... Eso fue lo que dijo ella... –terminó Harry con voz queda.
-Vaya... –fue lo único que pudo decir Neville en respuesta-. Así que técnicamente...
-Técnicamente, a menos que te complazca y te deleites con el dolor ajeno, no, nunca podrás ejecutar una cruciatus –explicó Harry.
Los dos chicos guardaron silencio durante unos instantes, un silencio cómodo para ambos después de aquellas confesiones.
-Ha escapado de nuevo –dijo Neville de pronto con tono derrotado.
-Sí, pero tarde o temprano acabarán atrapándola, y entonces tendrá lo que se merece; entonces pagará por todo lo que ha hecho... –contestó Harry con la mandíbula tensa por la rabia.
-Tal vez, pero no seré yo quien le haga pagar por todo el daño que nos ha hecho. No seré yo... –susurró Neville, pensativo-. Tú al menos podrás hacer algo… Mucho más que algo, a decir verdad... Tú derrotarás a Quien-tú-sabes. Le vencerás y harás justicia por todas las personas a las que se ha llevado por delante…
Y Harry supo, que con profecía o sin ella, deseaba ser él quien acabara de una vez por todas con Voldemort. Lo único que quería era destruirlo para sentir que el sacrificio de sus padres había valido la pena.
-0o0o0o0o0o0o0o0o0-
La señora Pomfrey les dio el alta a Neville y a Harry al día siguiente durante la tarde. Ambos estaban a punto de salir de la enfermería cuando se cruzaron con Ron, que llegaba justo en ese momento.
-¿Ya volvéis a la torre? ¡Estupendo! –exclamó el pelirrojo alcanzando una rana de chocolate de una cesta repleta que llevaba Neville debajo del brazo. Después echó una ojeada por encima del hombro de Harry, hacia el interior de la enfermería.
-Hermione está dormida –dijo Neville interpretando con acierto la reacción de Ron.
-¿Eh? –Ron dejó de observar la habitación-. Ya, sí… Bueno, no importa… Os veo más tarde, ¿vale?
Neville abrió la boca para decir algo, pero Harry le pisó el pie con disimulo y añadió:
-Claro, nos vemos luego en la cena.
-Sí… en la cena –musitó Ron, sin hacerles mucho caso y manoseando la rana de chocolate entre las manos, como si no supiera qué hacer con ella.
Harry y Neville intercambiaron una mirada cómplice antes de empezar a alejarse de la enfermería, dejando a su amigo en la puerta.
Tras unos segundos de indecisión, Ron cruzó el umbral, pero acto seguido una mano le agarró del brazo:
-¿Qué haces de nuevo por aquí? –era la señora Pomfrey.
-Yo…
-Ah, sí, la señorita Granger –la mujer hizo un gesto con la cabeza, como si de repente lo comprendiera-. Lo siento, pero está dormida.
-No la despertaré –susurró Ron, en voz tan baja que parecía dispuesto a demostrar que era capaz de ser de lo más silencioso.
El rostro de la enfermera se dulcificó un instante, pero acto seguido volvió a mostrarse severa:
-Está bien, pasa. Pero ni se te ocurra hacer ruido, ¿de acuerdo?
-Sí, señora.
-Si para las seis aún sigue dormida, despiértala y recuérdale que tiene que tomarse la poción que hay sobre la mesita. Que no se te olvide.
-No, señora
-Y si se despierta antes y le duele algo, avísame de inmediato, ¿entendido?
-Sí, señora.
-Y… ¡haz el favor de limpiarte esas manos! –espetó la señora Pomfrey tendiéndole al pelirrojo un pañuelo inmaculadamente blanco.
Ron se miró las manos y se percató de que la rana de chocolate se le había derretido en la palma, manchándole los dedos.
-Sí, señora –musitó Ron tomando el pañuelo.
Se acercó lentamente a la cama mientras la señora Pomfrey iba de un lado para otro, colocando una jarra de agua en la mesita de noche que había junto a la cama de Hermione, recolocando con esmero el ramo de flores que alguien había enviado a la chica y descorriendo algunas de las cortinas para que la luz vespertina inundara la estancia.
-Bueno –le dijo la señora Pomfrey a Ron-, yo voy a ir a los invernaderos a recoger… No importa. Recuerda lo que te he dicho. Vuelvo en unos minutos.
Ron acercó una silla a la cama de su amiga y observó cómo la enfermera desaparecía por la puerta. Después contempló a Hermione, que estaba completamente dormida, con el cabello despeinado y esparcido por la almohada y una expresión de tranquilidad en el rostro.
De pronto se sentía como un idiota, sin saber realmente qué hacía allí o a qué había ido. Al ver que Harry y Neville abandonaban la enfermería, había pensado que aquella sería la ocasión perfecta para hablar con Hermione a solas. Tenía que explicarle lo que había ocurrido en el Departamento de Misterios, ella debía de pensar que… No quería ni imaginarse lo que ella debía de pensar. Había sido una estupidez por su parte dejarse llevar de aquella manera.
Y, sin embargo, no se arrepentía de lo ocurrido. El simple recuerdo de aquel beso hacía que el estómago se le encogiera. Con timidez, acarició la mano de Hermione que más cerca tenía. Todo aquello le había pillado desprevenido. Nunca habría imaginado que terminaría viendo de aquel modo a su amiga… Pero lo cierto era que le encantaba cuando se decidía a romper las normas por una causa justa; le gustaba hacer que se enfadara para que mostrara aquel carácter fuerte y aquella obstinación con la que discutía hasta desarmarlo por completo y dejarlo sin argumentos.
El único problema era que ahora no se sentía capaz de volver a mirar a su amiga a los ojos. Se puso en pie y, aun sabiendo que tendría que enfrentar aquella situación antes o después y que se estaba comportando como un cobarde, soltó la mano de Hermione con reticencia y dio media vuelta para marcharse.
-Hmmm... –bostezó una voz somnolienta detrás de él-. ¿Ron? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están los demás? ¡Vaya! ¿Es ya tan tarde? –exclamó Hermione mirando el reloj de la mesita de noche.
Ron se volvió, lamentando no haber sido más rápido, y vio cómo Hermione se desperezaba despreocupadamente. Él, sin saber qué decir, optó por responder a todas las preguntas:
-Sí; no sé, pasaba por aquí y… Les han dado el alta; sí, has estado durmiendo toda la tarde.
Hermione le miró sorprendida y Ron se dio cuenta, demasiado tarde, de que habían sido preguntas retóricas y que ella no esperaba respuesta alguna. Un silencio incómodo se adueñó de la habitación.
-Yo... –empezó el chico. Habría sido muy fácil decir "Yo ya me iba", pero las palabras que salieron de su boca no podían ser más distintas-: ¿Qué tal estás?
Hermione se encogió de hombros:
-Va mejor. Dentro de poco estaré bien –Ron volvió a sentarse en la silla-. Y, ¿qué tal tu mano? –añadió ella.
Ron alzó la mano, mostrándole el vendaje.
-Está prácticamente curada. Me vino muy bien que me pusieras aquellas hojas en la quemadura.
Aquel fue el detonante para que ambos recordaran lo que había ocurrido en el Departamento de Misterios.
-Ron, tenemos que hablar de… lo que ocurrió –musitó Hermione, cuyas mejillas se habían ruborizado levemente.
-Sí, yo también quería… aclarar todo ese asunto.
-¿Ese… asunto? –inquirió ella, sorprendida.
-Bueno, sí, claro –se aturulló Ron-. Siento haberte… haberte…
-¿Besado? –terminó por él en voz baja Hermione.
-Eso, sí. Ya sé que fue un error y todo eso…
-¿Un error? –Hermione frunció el ceño, pero el pelirrojo ni se enteró, demasiado ocupado en observar las puntas de sus zapatos.
-Sí, ya sabes... –algo en la súbita frialdad de la voz de la chica le hizo echarse atrás, aunque ni tan siquiera alzó la mirada para verla-. Las circunstancias… Supongo que fue el momento lo que hizo que…
-¿Las circunstancias? –Hermione parecía molesta-. Un segundo, Ron, ¿por qué lo hiciste? Y piensa la respuesta antes de soltar lo primero que se te pase por la cabeza, por favor.
Aquella era una pregunta trampa, pensó Ron, de esas en las que cualquiera de las contestaciones tiene algún fallo. Todas menos una, claro. Aunque Ronald Weasley no tuvo suerte en aquella ocasión:
-No sé… ¿Me apeteció?
Hermione parpadeó indignada:
-¿Qué te… que te apeteció?
Ron pareció darse cuenta de que se había equivocado.
-Sí, bueno, tú estabas llorando, ¿no? Estabas asustada, yo pensé que…
-¿Qué pensaste? Cielos, Ron, ¿acaso vas besando a todas las chicas a las que ves llorar? ¿Te parece un buen método para consolar a la gente? –Hermione agarró la almohada y le dio un par de golpes rabiosos para darle forma-. ¡Oh, Ron, eres un desastre!
El pelirrojo torció el gesto:
-Y, ¿qué querías que te dijera? Ya sé que fue una metedura de pata monumental. Lo siento, ¿vale? Ya sé que te pilló por sorpresa y que hubieras preferido que no pasara, pero olvídalo y punto. Soy así de estúpido, ¿no?
-No sabes hasta qué punto –masculló Hermione entre dientes-. Y ten por seguro que lo voy a olvidar.
-Genial –musitó Ron, entristecido. ¿Por qué siempre le salía todo al revés?-. ¡Ah! ¡Que no se te olvide tomar no sé qué mejunje a las seis! –no recibió respuesta alguna-. Creo que… será mejor que me vaya.
-Sí, será lo mejor.
-Hasta luego.
Y salió de la enfermería sin obtener contestación.
