Los personajes de INUYASHA no me pertenecen sino a RUMIKO TAKAHASHI

Esta obra pertenece a KIM LAWRENCE, ha sido adaptada y modificada por mí.

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Los personajes utilizados pueden contener Ooc.

Los personajes son todos humanos, la trama se ubica en un universo alternativo.

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(ESTE CAPÍTULO TIENE UN PEQUEÑO, BIEN PEQUEÑO LEMON)

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Capítulo 5

Kagome POV

Kagome se negó a representar el papel de trágica mártir, miró furiosa su propio reflejo en el espejo del vestíbulo y trató de tranquilizarse. Su padre estaba haciendo los habituales comentarios sobre lo guapa que estaba la novia, pero ella no podía prestar atención a sus palabras.

Estaba castamente hermosa envuelta en kilómetros de seda. El corpiño del vestido tenía perlas incrustadas y la falda, con la cola, acentuaba la diminuta cintura y la curva de las caderas y los muslos. Le sorprendía la extravagancia de su hermana, teniendo en cuenta que nunca había tenido la intención de ponerse ese vestido.

El viaje en limusina le pareció durar una eternidad. Bajo el velo que le cubría el rostro, se sintió tensa.

Media hora más tarde, mientras repetía las palabras adecuadas, su furia se incremento. Cuando llegó el momento en que el símbolo de su unión se deslizó por el dedo, Kagome miró por fin al hombre que estaba a su lado. Notó tirantez en los contornos de su boca y vio su imagen reflejada en esos ojos dorados, él estaba soportando algo desagradable por fuerzas mayores. Un día le haría tanto daño como Sesshomaru le estaba haciendo a ella, se juró a sí misma.

-¿Ya has hecho las maletas?

Sesshomaru no había llamado a la puerta y ella se lo hizo saber. La recepción, en casa de la madre de Sesshomaru, había sido una tortura que la había dejado con los nervios destrozados.

-Encantador, una novia tímida.

Kagome se dio la vuelta y se cubrió bien con la bata que llevaba encima del picardías. Los ojos de Sesshomaru le recorrieron el cuerpo.

-La novia de sustitución -le corrigió ella-, un hecho que parece no dar fin a la especulación. La mitad de los invitados creen que Kikyo está ausente porque tiene el corazón destrozado, debido a que su propia hermana le ha robado el novio.

-Saldremos en las columnas de los cotilleos, pero no en la primera página. No exageres tu importancia, querida.

-Muy reconfortante -le espetó ella-. Y no me llames querida.

Kagome agarró un cepillo y comenzó a cepillarse los cabellos con violencia.

-Intenta verlo de esta manera: estamos añadiendo color a la mundana vida de alguna gente.

-Resulta que a mí me gusta la vida mundana -Kagome se dio media vuelta, sentada en el taburete, y clavó los ojos en la imagen de él en el espejo.

Sesshomaru se aflojó la corbata tranquilamente.

-¿Has hecho las maletas? -repitió él.

-¿Las maletas? ¿Qué quieres decir con eso de si he hecho las maletas?

-Que si has metido la ropa adecuada para nuestra luna de miel.

-¿Estás bromeando? -Kagome lanzó una incrédula carcajada-. ¿No te parece ya suficiente hipocresía?

-Tu hermana insistió mucho en ello, todo tenía que hacerse ostentosamente. En fin, supongo que me imaginaba languideciendo yo solo en una playa. ¿Le ha agradado saber que iba a tener compañía?

-No se lo he dicho -admitió Kagome.

Sesshomaru arqueó una ceja.

-Qué noble por tu parte.

-Mi hermana no podía hacer gran cosa, ¿me equivoco? No me ha parecido bien amargarle el comienzo de su matrimonio. Sesshomaru, no es posible que esperes que vaya de viaje de luna de miel.

-Eso es justamente lo que espero.

-No utilices ese tono autoritario de señor todopoderoso conmigo.

¿Quién se creía que era?

-En estos momentos, soy el señor de lo que veo -observó Sesshomaru con una tranquilidad insoportable-. Y espero que cumplas con tus obligaciones, Kagome. Tu hermana eligió casarse de blanco, y tú has ido de blanco... una elección acertada. Ella aceptó languidecer al sol y llevar en su vientre a mi hijo.

La última frase la hizo palidecer. -No soporto tomar el sol.

-Estoy seguro de que se nos ocurrirá algo... lo que hace la gente en una luna de miel.

-En mi opinión, eres vulgar y desagradable.

La sonrisa de Sesshomaru fue maliciosa y única. «Necesito que me regulen las hormonas», decidió Kagome con desesperación cuando comenzó a sentir un extraño ardor en el bajo vientre.

-Como suponía que no habrías hecho las maletas, he mandado a una de mis sirvientas a que las hicieran por ti.

Un ahogado sonido se escapó de la garganta de Kagome.

-¿Cómo te has atrevido?

-¿Has estado alguna vez en las Bahamas? -preguntó Sesshomaru con vago interés-. Teníamos antepasados allí. -En ese caso, creo que no me van a gustar. -Así me gusta, una mujer de mentalidad abierta.

Una sirvienta apareció en el momento en que Kagome, lanzó el primer misil contra Sesshomaru. El cepillo dio a la criada en la cabeza.

La risueña disculpa de Sesshomaru transformó la mirada incrédula de la joven en una de adoración. Kagome le lanzó una mirada asesina cuando Sesshomaru dijo que a su esposa le gustaba el juego duro.

-Puedo arreglármelas yo sola, gracias -le dijo a la joven cuando ésta le explicó a qué había ido.

-Dile a mi madre que yo también ayudaré -dijo Sesshomaru a la criada en retirada.

Después, se agachó para recoger el vestido de novia que estaba en el suelo y comentó:

-Me parece que lo has roto al quitártelo.

-Me han dado ganas de cortarlo en tiritas -admitió ella-, pero he pensado que era mejor llevarlo a una tienda de caridad.

-Creo que descubrirías que, en las tiendas de caridad, la demanda de trajes de novia de diseño es muy limitada.

-No me sirve de nada un traje de novia de diseño. -¿Es eso una promesa de amor eterno? Enternecedor.

Kagome se encontró con los burlones ojos de Sesshomaru en el espejo y apretó los labios.

-Estaba pensando en una subasta, a veces las hacen para sacar fondos con fines benéficos, a los ricos se les da así oportunidad de sentirse benevolentes.

-¿Va la señora Taisho a dedicarse a las obras de caridad?

-Digan lo que digan los periódicos jamás seré la señora Taisho -Kagome se llevó la mano al corazón y sus ojos echaron chispas-.Aquí dentro, jamás.

-Debes tener una anatomía única si tienes tu nombre marcado en algún sitio de la cavidad torácica. ¿O estás refiriéndote al espíritu? Si ese es el caso, no te preocupes, no me interesa eso.

La confirmación verbal de lo que Kagome sabía de antemano le hirió más de lo que imaginaba, pero... ¿por qué? Ignoró la pregunta y alzó la barbilla.

-Claro, supongo que eso no tiene valor de mercado. -El valor de algo es relativo. Pero tienes razón, ninguna mujer se merece la angustia que conllevan los encuentros de corazón a corazón.

El cinismo de Sesshomaru era tal que repugnó a Kagome. -¿Ni siquiera Kagura?

El rostro de Sesshomaru ensombreció al instante. -¿Qué es lo que sabes sobre Kagura?

Sesshomaru dio un paso amenazante hacia ella, pero no la tocó. Su expresión era dura y sus ojos mostraron desagrado y acusación. Las palabras de ella le habían puesto a la defensiva, ¿por qué? ¿Acaso ella ni siquiera podía pronunciar el nombre de la santa esposa?

-Sé que era tu mujer.

Él la contempló con brutal objetividad durante un segundo; después, pareció relajarse ligeramente.

-Prefiero que no hables de ella. ¿Ha quedado claro? -era una velada amenaza.

-Debía ser una santa para casarse contigo -respondió ella sonriendo.

El hombre de hierro tenía un punto vulnerable, y Kagome iba a descubrir, de una forma u otra, cuál era, exactamente.

«¿Incluso si te duele?», se preguntó a sí misma. ¿Por qué tenía que dolerle? Kagura Taisho no significa nada para mí, pero es la única persona a la que Sesshomaru parece haber querido más que a sí mismo. ». ¿Era también el caso cuando estaba viva?

-¿Cómo murió? -le preguntó Kagome.

Sintió esos dedos en la garganta como si quisiera ahogarla.

-Estás aquí para compartir una parte muy limitada de mi vida, Kagome. No te metas en asuntos que no te conciernen o puede que la curiosidad te cueste caro -Sesshomaru alzó las manos y su boca sensual se curvó desdeñosamente-. Tenemos que tomar un avión.

Kagome oyó un portazo y cerró los ojos. Al menos, Sesshomaru había perdido el interés por desnudarla, lo que debería hacerla sentirse aliviada... Pero, ¿era así? Cuando se contestó a sí misma esa pregunta el horror la hizo lanzar un gemido.

El vuelo a Nassau fue tranquilo y sin sobresaltos. Kagome fingió dormir y, al parecer, Sesshomaru no tenía más ganas de conversar que ella. La idea le resultó deprimente y se maldijo a sí misma por su perversidad. El odio y una fuerte atracción física era una mezcla difícil en un matrimonio. Matrimonio... la señora Taisho... Salió del estado comatoso, abrió los ojos y fue a quitarse el anillo de bodas.

-Déjatelo puesto, de lo contrario, la gente va a creer que mantenemos relaciones ilícitas.

-Creía que estabas por encima de lo que la gente pensase.

-Estoy procurando consolidar nuestro matrimonio. -Estás creando una ilusión -le acusó ella amargamente-. ¿Por qué tantas molestias?

-Me gustaría crear el ambiente adecuado en el que puedan criarse nuestros hijos.

-Estás adelantando acontecimientos, ¿no te parece?

Kagome hizo un considerable esfuerzo por rechazar imágenes de niños con ojos dorados y cabellos platinados que acudieron a su mente. Nunca jugaría a las familias felices con ese hombre, tenía que encontrar la forma de escapar.

-Nunca me han acusado de inoportuno.

Aunque superficialmente inocentes, las palabras adquirieron un significado completamente distinto al ir acompañadas de una pesada caída de párpados. Kagome se sintió enrojecer de pies a cabeza, y el color se avivó cuando él sonrió, un sonido bajo e increíblemente sensual.

Una súbita actividad les indicó que había llegado la hora de desembarcar, y Kagome sintió que las piernas le flojeaban.

A pesar de ser ya tarde, le sorprendieron el calor y la luz. El fino tejido del traje era adecuado para Londres; pero allí, se sintió con exceso de ropa.

-¿Está lejos el hotel? -preguntó Kagome sintiéndose como una hoja de lechuga frita al cabo de dos minutos.

-¿El hotel? - No vamos a hospedarnos en un hotel. -¿Qué vamos a hacer entonces, acampar en la playa? -le espetó ella.

-No, en Sarisa. -¿Tu barco?

-Mi isla.

Kagome se quedó boquiabierta. -¿Que tienes una isla? -Una muy pequeña.

Tenía que ser piloto, por supuesto, pensó Kagome una hora más tarde cuando despegaron de la pista del aeropuerto Piper Navajo.

-¿Cómo está de lejos Sa ... ? -Sarisa. Está al sur de Eluthera y al este de Exuma. -Lo que no me dice absolutamente nada. -No tardaremos mucho en llegar, Kagome; tranquilízate, cielo. La gente de por aquí no lleva prisa nunca.

La vista, maravillosa, se aproximaba a la idea que la mayoría de la gente, tenía del paraíso; pero en esos momentos, la capacidad de Kagome para apreciarla era limitada. Cuanto más se acercaban a su destino, más nerviosa se encontraba.

Sesshomaru le lanzó una mirada de soslayo.

-¿Cómo es que te has hecho con una isla? -preguntó Kagome con curiosidad.

-Me la dejó un tío abuelo que no tenía hijos y no se llevaba demasiado bien con el resto de la familia. Era el hermano de mi abuelo. Mi abuelo heredó las propiedades de la familia y, con ellas, el resto de las ataduras; pero el tío Totosai hizo fortuna y se compró Sarisa con un dinero de dudosa procedencia. Digamos que Sarisa es el resultado de una juventud malempleada.

-Supongo que es una cuestión genética -comentó ella apoyando la barbilla en una mano.

-Vino aquí en los años veinte y, para hacerte el cuento corto, amasó su fortuna llevando alcohol a los Estados Unidos en la época de la prohibición.

-¿No era eso ilegal?

-Sólo en los Estados Unidos -respondió Sesshomaru con sonrisa de pirata, todo encanto y peligro-. No fue un caso aislado ni, raro, Kagome, mucha gente hizo fortuna así.

Aunque Kagome estaba acostumbrada a viajar, el aterrizaje le hizo contener la respiración. Cuando el avión agitó una amplia expansión de arena a su paso, Kagome sintió como si fueran a acabar en el océano.

-Bienvenida al paraíso -dijo Sesshomaru al entrar en contacto con la tierra.

Un coche les estaba esperando y tenía aire acondicionado. La luz estaba dando paso a las sombras y a Kagome la vista le pareció vaga.

Sesshomaru iba sentado con el desgarbado hombre que había ido a recogerles y conversaban en voz baja, excluyéndola completamente. Saltó en el asiento mientras recorrían un camino de tierra y no paró hasta alcanzar su destino.

Salió del vehículo y se quedó perpleja. -No puedo creerlo.

Una mansión de estilo colonial de color rosa se alzaba en medio de un bosque subtropical.

-Transportaron la casa aquí desde Virginia, piedra por piedra; lo hizo una familia loyalista que se afincó aquí, en la isla -le explicó Sesshomaru al observar su reacción-. Vinieron aquí con los esclavos para reconstruir su plantación de algodón.

Encantada por la inesperada visión, Kagome sonrió. -¿Lo consiguieron?

-No. Sarisa está compuesta fundamentalmente de piedra caliza, así que la plantación fracasó. Cuando Totosai compró la isla, tuvo que reconstruir la casa, estaba casi en ruinas. ¿Eres una romántica, Kagome? -preguntó Sesshomaru al ver las emociones que la expresión de ella reflejaba-. No sé si lo sabrás, pero la gente que no consigue adaptarse a las nuevas situaciones suele fracasar. Intentar revivir el pasado es una equivocación.

-Tanto esfuerzo perdido -observó ella tristemente, aún sobrecogida por la empresa que aquellos emigrantes emprendieron-. Debió ser una pena.

-No deberían darte pena, Kagome; si la leyenda local es cierta, esa familia acabó haciendo fortuna con el contrabando de armas durante la guerra civil americana y dejaron Sarisa.

-Este lugar parece atraer a los piratas -observó Kagome secamente.

Sesshomaru le dedicó una sonrisa enigmática y abrió la puerta. Kagome pasó por delante de él y entró en la casa. El vestíbulo, de suelos de madera y paredes blancas, era una galería, todas las puertas de cristales estaban abiertas al exterior; la casa tenía mucha luz, era fresca y fragante. Salpicaduras de colores adornaban las paredes, la calidad de las obras de arte le hizo agrandar los ojos. ¿Lo había coleccionado Sesshomaru o su tío?

Una mujer rolliza y de baja estatura apareció y rodeó la cintura de Sesshomaru con los brazos.

-Ya era hora de que trajeras a tu mujer.

La recién llegada abrazó con todas sus fuerzas a Kagome y sonrió brillantemente.

-Señor Sesshomaru, su mujer parece estar agotada. ¿Qué le ha estado haciendo?

-Ha sido un viaje largo... un día largo -Kagome dijo con una sonrisa de disculpa.

-Kagome, ésta es Kaede. Ella cuida de Sarisa.

La cara de Kaede mostró preocupación.

-Que su marido la lleve a su habitación, yo haré que le suban comida allí. Señor Sesshomaru, esta chica necesita descansar, así que métase las manos en los bolsillos -la profunda y gutural carcajada reverberó en el techo.

-Estoy totalmente de acuerdo con usted -dijo Kagome en el momento en que empezó a subir la escalinata al lado de Sesshomaru.

-¿Has representado el papel de mujer agotada para darle pena a Kaede? -preguntó él. Pareces haber vuelto a encontrar tus garras con gran rapidez.

-Me ha sorprendido que alguien se preocupara por mi bienestar contestó ella sarcásticamente.

Con la espalda rígida, Kagome entró en la habitación que Sesshomaru le indicó.

Respiró profundamente. Flores de todas formas y colores adornaban una multitud de jarrones. El perfume era sobrecogedor, al igual que la vista que se veía a través de las puertas que daban a una terraza. El sol se estaba poniendo en el horizonte y el mar tenía tonos rojizos. Kagome se quedó inmóvil unos momentos en silenciosa admiración.

Desvió la mirada hacia la enorme cama que dominaba el dormitorio y arqueó las cejas en dirección al hombre que guardaba silencio a su lado. De repente, le pareció como si se estuviera hundiendo en la profundidad dorada de sus extraordinarios ojos.

Los ojos de Sesshomaru tocaron las oscuras ojeras de Kagome antes de mirar hacia otro lado.

-Tienes un aspecto deplorable. -Gracias.

Sesshomaru se dio media vuelta y, al momento, desapareció-. Kagome fue al cuarto de baño para quitarse la arrugada ropa y se dio una cálida y revitalizante ducha. Se encontraba en una situación absurda, fatalmente atraída por un hombre que era su marido. Cada vez que lo miraba era consciente de su deseo insatisfecho, y eso la confundía.

Si ese cruel manipulador se diera cuenta de lo que le afectaba, lo utilizaría para sus propios fines. No había ningún sentimiento de ternura en él, aunque no había ocultado que la deseaba físicamente; como persona, no significaba nada para él.

Kagome se puso un camisón de algodón que acababa de sacar de la maleta y se deslizó entre las frescas sábanas. Cuando Kaede llegó con una bandeja, ella ya estaba dormida.

Se despertó desorientada y con miedo. Cuando se sentó en la cama, encontró una mirada dorada que confirmó sus temores. ¿Cuánto tiempo llevaba observándola Sesshomaru? Se estremeció, la situación parecía simbolizar su nueva vulnerabilidad. La luna iluminaba la habitación y daba a los platinos cabellos de Sesshomaru un reflejo brillante, como el fulgor de las estrellas. La mirada de él era indescifrable.

-¿Qué hora es?

-La una de la madrugada.

Kagome se aclaró la garganta.

-Me he dormido -dijo innecesariamente.

-Kaede ha dejado comida fría en la cocina, iré a por ella si te apetece tomar algo.

Kagome sintió el aire fresco y, simultáneamente, los ojos de Sesshomaru le tocaron la piel.

Llevaba sólo el fino camisón de algodón y, a la luz de la luna, era casi transparente, el casi era lo más excitante, pensó Sesshomaru mientras volvía a clavar los ojos en el rostro de su esposa. Los pechos eran llenos y altos, pegados al tejido, y vio que los rosados pezones se erguían bajo su mirada.

-Sólo quiero algo de beber, tengo la garganta seca.

Kagome estaba casi sofocada, ¿la habían mirado así alguna vez con anterioridad? De ser así, nunca lo había notado. No tenía defensas contra el torbellino de sensaciones que se agolpaban en lo más profundo de sí.

-Hay un poco de zumo aquí -Sesshomaru se estiró y retiró una jarra que había encima de una mesilla de noche.

Kagome contempló los músculos de aquellos brazos al alzar la jarra. Un quedo sonido escapó de sus labios y Sesshomaru la miró con expresión interrogante.

-Espero no haberle dado demasiados problemas a Kaede -dijo Kagome para cubrir la incómoda situación.

-Kaede es muy extremista; si le gustas, nada le molestará. Pero si no le gustas... -Sesshomaru encogió- los hombros expresivamente.

-¿Vive aquí en la casa?

-Tiene una casita aquí al lado, así que estamos solos.

La rica textura de la voz de Sesshomaru le hizo llevarse la mano a la garganta, ningún hombre tenía derecho a ser tan sensual.

-Es una casa demasiado grande para una mujer sola, espero que alguien la ayude a limpiar -la carcajada de Kagome fue estridente y poco natural.

Un dedo en sus labios la acalló con gesto incitante.

-Kaede tiene un montón de ayuda y carta blanca aquí en Sarisa. Era mucho más que el ama de llaves del tío Totosai.

Sesshomaru hizo una pausa para que Kagome asimilara el significado de sus palabras.

-Si ella me lo hubiera permitido, le habría cedido este lugar; tiene mucho más derecho que yo a él. Pero no quiso ni oír hablar de ello. Le gustan las cosas tal y como están, y yo me he limitado a respetar sus deseos. Lo único que echa en falta son niños, quizá sea por eso por lo que te ha recibido con los brazos abiertos.

La alusión al objetivo principal de su alianza le erizó la piel y el calor se la quemó. Había evitado pensar en ello; pero ahora que Sesshomaru había mencionado a los niños, la parte de la ecuación que los hacía posibles se negó a ser arrinconada en su mente.

Aceptó la bebida evitando el contacto con los dedos de Sesshomaru.

-Creo que deberíamos establecer unas reglas -dijo ella, pero un temblor le recorrió el cuerpo.

-¿Qué estás diciendo? -preguntó Sesshomaru con interés, pero una sonrisa depredadora y cínica iluminó sus ojos cuando le quitó el vaso de las manos-. Me deseas, Kagome.

Kagome contuvo la respiración tras tal afirmación; la confianza de Sesshomaru en sí mismo debía haberla encolerizado, pero el cuerpo le picaba por todas partes.

-¿Por qué ese horror? -preguntó él bruscamente-. -No deberíamos alegrarnos de que, al menos, disfrutemos de armonía química?

-Por favor, Sesshomaru... por favor -pero los temblores de su cuerpo eran ya visibles.

-¿Por qué te empeñas en negar lo evidente? -continuó él, ignorando el ruego; de hecho, parecía haberle disgustado-. Te deseo desde la primera vez que te toqué.

Era una cuestión de supervivencia, quiso decirle Kagome. Tenía que negar lo que sentía, era demasiado, y cuando Sesshomaru se diera cuenta, como acabaría ocurriendo, la echaría de su lado o, peor aún, se burlaría de ella. Sesshomaru no tenía lugar en su vida para el amor... ¡amor! ¿En qué estaba pensando?

Kagome levantó las piernas y puso los pies en el suelo con un repentino deseo de escapar, de huir de él y de sus propios pensamientos.

Sesshomaru le puso una mano en el pecho y la obligó a echarse. Comenzó a acariciarle las costillas al tiempo que se inclinaba sobre ella.

-¿Adónde querías ir?

Kagome sintió el aliento de Sesshomaru en la piel y olió el aroma de su cuerpo.

-No puedes obligarme...

-¡Obligarte! Te sentirías mucho más feliz si fuera ese el caso, ¿verdad? -dijo Sesshomaru en tono de acusación-. Lo que te molesta de verdad es que jamás ocurrirá eso. Estás empeñada en representar el papel de mártir, sólo te falta decirme que eres completamente inocente. ¿En serio crees que me vas a convencer con esa mirada de dolor? Tu deseo es tan profundo como el mío.

-No por ti...

-En ese caso, vas a odiar esto -murmuró Sesshomaru con voz gutural.

Con una mano le subió el camisón por las caderas, por encima del vientre, y lo dejó a la altura de los pechos. El sexo de Kagome tembló y se hinchó bajo la presión de la mano de él.

Toda la resistencia de Kagome se disolvió en una corriente sobrecogedora de intensa excitación.

-¿Odias esto?

Había acabado de quitarle la innecesaria prenda y clavó los ojos en la brillante palidez de la piel de Kagome bañada, por la luna. La imagen de sus delgadas curvas brilló, y los ojos de Sesshomaru parecieron casi salvajes. Kagome dejó de ser una estatua para convertirse en un cuerpo de carne y hueso, cálido y receptivo, esperándole. Sesshomaru luchó por controlar la pasión que amenazaba con desbordarse.

-No, no lo odio.

Sesshomaru sonrió triunfalmente.

Kagome sintió aquellos labios en uno de sus sensibles pechos, moviéndose inevitablemente hacia el endurecido pezón. El cuerpo le tembló espasmódicamente cuando los dientes y la lengua de Sesshomaru ejecutaron una dolorosa magia. Un torrente de voluptuoso placer la invadió cuando Sesshomaru trató de forma similar al otro pecho.

Con devastadora habilidad, los dedos y la boca de Sesshomaru le recorrieron el cuerpo entero. Cuando por fin exigió su boca, Kagome estaba desesperada por saborearle.

-Muy bien, cielo -murmuró Sesshomaru con voz ronca mientras la animaba a deslizar las manos por debajo de su camisa, a abrazar la dureza de su torso.

A Kagome le pareció hundirse en una vorágine de pura sensualidad.

Sesshomaru la ayudó a que le quitara la camisa mientras sus ojos no la abandonaban ni un momento. El resto de la ropa siguió a la camisa con demasiada lentitud, con demasiado erotismo. Sesshomaru era realmente glorioso, cada línea de su cuerpo exudaba poder. La dejaba sin respiración. Al ver el miembro erecto Kagome no se vio reducida a la modestia virginal; por el contrario, sintió puro placer de verlo. Sesshomaru era increíblemente hermoso. Quería tocarle.

-Estoy contenta.

¿Había dicho eso de verdad? Se preguntó Kagome. Pero dejó de importarle al reanudar su exploración sensual. Lo único que importaba era tocar esa piel y oír los roncos gemidos de placer que escapaban de los labios de Sesshomaru.

Dio la bienvenida a la intimidad de las nuevas caricias que Sesshomaru le administró, pero también aumentó su frustración; quería más, mucho más...

Cuando Sesshomaru penetró ese cálido cuerpo, el grito de sorpresa y dolor dulce que Kagome sintió provocó otro grito de respuesta por parte de él... ¿Enfado? ¿Triunfo? No estaba en condiciones de analizar nada, se dejaba llevar a ese ritmo que le llenaba la mente y el cuerpo. El rápido e inesperado espasmo que la tomó por sorpresa fue absolutamente indescriptible, enloquecedor. Jadeando y temblando, Kagome fue tranquilizándose mientras él se apartaba de ella.

Tumbada boca arriba, Kagome se llevó una mano al rostro y se tocó las mejillas, estaban basadas en lágrimas que aún desbordaban sus ojos. Sesshomaru estaba tumbado a su lado, muy quieto. Por fin, Kagome hizo un esfuerzo y volvió la cabeza para mirarlo.

Sesshomaru tenía un brazo sobre los ojos. En ese momento, debería haber sido capaz de enterrarle de nuevo dentro de sí y permitir que la poseyese, deleitándose en su recién descubierta sensualidad. Una profunda tristeza la invadió al darse cuenta de que no gozaba de la intimidad con él que anhelaba.

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P.D: Agradecería su apoyo y si no fuera molestia algunos review.

Gracias de antemano por darse un tiempo en leer esta historia.