Capítulo 3
Cenizas
La expresión de Indra denotaba asombro y confusión. La revelación de Shura resonaba en sus oídos y le provocaba una abrumadora mezcla de emociones.
- La montaña… - musitó incrédula.
Lexa asintió. – Debemos partir ahora mismo -.
- Pero, Heda ¿y si el enemigo no ha sido completamente aniquilado? ¿Y si…? -
Lexa clavó sus ojos en su general.
- ¿Estás cuestionando mis órdenes, Indra? – Interrumpió en voz baja pero en tono intimidante.
Indra irguió los hombros y alzó la mandíbula.
-No, Heda-
- Bien. – Lexa se levantó de su trono y se acercó a ella. – Nos iremos de inmediato, falta poco para el amanecer y la noche es nuestra aliada.-
Indra la miró dubitativa. Tal vez "la sombra" tenía razón en creer que el peligro había sido eliminado, pero le era difícil creerlo del todo. Ella no tenía tanta fe en los Skaikru como Heda parecía tenerla. Las únicas rescatables de ese puñado de blandengues eran Clarke y Octavia, y esta última la había decepcionado profundamente en esos túneles.
Además, tampoco entendía el por qué la comandante había roto el acuerdo y enviado a un espía de vuelta a Mount Weather. Algo aquí no encajaba y le incomodaba pensar que pasar tanto tiempo con los Skaikru, principalmente con aquella mujer de cabellos dorados, había ofuscado el juicio de su líder. Sin embargo, órdenes eran órdenes.
- No veo la necesidad de que usted tome riesgos, Heda. Tres de nuestros guerreros y yo podemos encargarnos de esto. – comentó Indra.
La comandante exhaló con fuerza, mostrando su molestia.
- Tengo que verlo con mis propios ojos, Indra y no quiero gastar más aliento en explicaciones que no tengo por qué dar a nadie.
La general advirtió que estaba cruzando una delgada línea, cualquiera que esta fuera. Resignada, sólo asintió.
- Trae a Lincoln y a Johr. Shura vendrá también con nosotros.
La consternación de Indra se agravó al oír el nombre de Lincoln. Esto iba a ser incómodo. Tragó saliva y se preparó para confesar la mala noticia:
- Lincoln ha huido, Heda.
Lexa frunció el ceño. - ¿Y puedes decirme cómo ocurrió eso?-
- No lo sabemos con certeza. Estaba atado a un árbol y después se desvaneció.
Indra sabía que podía atragantarse con esa mentira, pero dudaba que su comandante fuera a averiguar la verdad, a menos que contara los cuchillos y las dagas de todos sus guerreros para darse cuenta de que faltaba uno.
Lexa dio un giro sobre sus talones, llevó sus manos hacia atrás y sostuvo sus muñecas cerca de su espalda baja.
Por supuesto.
Debía haberlo sabido. Lincoln haría hasta lo imposible por regresar con su amada Skaikru, sin importarle las consecuencias. Algunas personas aún podían darse el lujo de elegir entre el deber y el amor, incluso si eso significaba la vida o la muerte.
La comandante dio unos cortos pasos hacia la mesa y suspiró.
- No hay tiempo para eso ahora. Ya decidiré después el destino de ese Natrona. – Lexa volteó a ver a Indra de nuevo – Xana irá entonces. Su destreza con el arco podría sernos útil. –
- Sí, Heda –
- Vete. Los estaré esperando en la frontera norte del campamento.
Indra salió de ahí con la garganta seca y la mente atribulada.
Shura iba a la delantera, unos cuantos metros enfrente de la pequeña comitiva. Xana, una joven esbelta y de cabellos rojizos, sostenía su arco con firmeza mientras avanzaba casi a la par que "la sombra". Lexa e Indra iban caminando de prisa, casi hombro con hombro, y Johr, un voluminoso guerrero armado con un mazo iba en la retaguardia, mirando para todos lados al caminar. Su formidable musculatura y estatura compensaba su lentitud. Cualquiera habría podido confundirlo con un Pauna en esas tinieblas.
Lexa y su séquito habían logrado alejarse del campamento sin levantar sospechas gracias a una fortuita coartada. Según su versión, irían en búsqueda de Lincoln para recapturarlo y castigarlo por su desobediencia.
Al menos el Natrona serviría de algo.
No demoraron mucho en arribar a su destino. La comandante podía percatarse de que el silencio era casi absoluto de no ser por el aullido del viento entre las hojas y algún ave nocturna cantando a lo lejos.
Shura se detuvo abruptamente al estar a pocos metros del claro que rodeaba la entrada de Mount Weather. Volteó a ver a su comandante y alzó su mano derecha en señal de alto total. Cuando sus camaradas se quedaron agazapados entre los árboles, él avanzó con sigilo, cerciorándose de que eran los únicos seres en los alrededores.
Xana tensó su arco y apuntó en dirección a su compañero, lista para disparar si era necesario.
Los pies de Shura se deslizaron por la hierba, entre las flores que dormían y se extendían por el lugar.
Nada.
La colosal puerta permanecía abierta.
Caminó despacio pero con mayor seguridad hasta ella y se asomó, permaneciendo expectante, tratando de escuchar algo, lo que fuera.
Cuando no lo consiguió, volteó hacia atrás y volvió a alzar su mano, esta vez haciendo la seña de avanzar.
Xana y los demás procedieron con cautela. Heda asía la empuñadura de su espada con una mano, y con la otra rozaba apenas una de las dagas ocultas en su pierna, a la altura del muslo.
Indra sacó su espada y no dejaba de mover su cabeza de lado a lado, esperando lo peor. Por su parte, Johr simplemente marchaba con pesadez, confiando en que pasara lo que pasara, lo más seguro era que aplastara algunos cráneos, o muchos, si tenía suerte.
Cuando todos se hallaban en el umbral, Shura miró a su comandante y ésta asintió.
El joven guerrero se internó en las penumbras, solo. Al cabo de un par de minutos, se oyó un débil silbido, muy similar al trinar de los pájaros con la llegada del amanecer.
Lexa volteó a ver a Johr y éste sacó una rama gruesa y seca con una de las puntas envuelta en tela embarrada de un líquido negro. Xana se acercó a él y con dos piedras que había sacado de una bolsa atada a su cintura, hizo fricción entre ellas encima del extremo ennegrecido y las chispas encendieron una llama. Su antorcha estaba lista.
La comandante la tomó con la mano izquierda e hizo un ademán de que la siguieran.
La luz era suficiente para alumbrar varios metros a la redonda.
Lexa había memorizado el plano de Mount Weather que Clarke le había entregado, así que no irían totalmente a ciegas.
A medida que se iban adentrando a la montaña, el aire se iba tornando más denso, más cargado de un olor metálico, agrio. Era un olor familiar, demasiado familiar. El aroma de sangre y muerte.
Al llegar a la primera cámara, los guerreros dieron un respingo cuando las luces se encendieron automáticamente.
Indra gruñó para sus adentros y Johr torció los labios dibujando una sobria sonrisa.
Lexa pasó entonces la antorcha al guerrero más macizo, el cual abrió su gabardina de cuero y la apagó cubriéndola y frotándola contra su cuerpo. Así nada más.
El elevador estaba a unos pasos de ellos. La comandante sabía que esto tomaría tiempo. Debían recorrer los diferentes niveles. Quería hacerlo. Ninguno de sus guerreros había puesto un pie ahí y salido con vida o ileso. El lugar le causaba tanta repulsión como curiosidad y presentía que no era la única.
Sangre. Charcos de sangre y rastros de ella por doquier. Algunas gotas más abundantes que otras dejaban entrever la dirección en la que los heridos se habían movido.
Los guardias de la montaña masacrados. Algunos con heridas punzocortantes, otros con la piel corroída y quemada. La expresión de dolor y de terror en sus rostros atestiguaba su violento final.
La comandante los observaba y no sentía ni un atisbo de compasión por ellos.
"Jus drein jus daun"
La sangre pide más sangre.
Justicia.
En cada llaga, en cada herida y cada mueca contorsionada de dolor, Heda sólo veía justicia.
Una quemadura, una gota de sangre por cada una de las miles de muertes de los suyos.
Tantos años de tortura y la comandante no había tenido el placer de ser ella quien guiara a sus guerreros para cobrar esa deuda.
- Jus drein jus daun – murmuró Indra con cólera en sus ojos.
- ¡Jus drein jus daun! – dijeron al unísono los demás, a excepción de Lexa.
Ella se encontraba ensimismada en cientos de pensamientos que le llegaban como olas, uno tras otro. Imágenes de sus hombres y mujeres quemados vivos en la niebla ácida. Los niños… Niños que jugaban en las praderas y saltaban entre las raíces de los árboles, cayendo muertos al no tener la rapidez para escapar del velo venenoso.
Guerreros atravesados por balas; guerreros perdiendo la conciencia al inhalar el gas rojizo que los hacía blanco fácil para ser capturados y usados como bolsas de sangre denigradas.
Cuerpos calcinados y mutilados regados por Tondc. Su pueblo, sus clanes destrozados, ciegos, sordos, con caras derretidas. Caballos en llamas, corceles despedazados, ancianos llorando a sus nietos asesinados mientras los sostenían entre sus brazos.
Sus guerreros vueltos monstruos insaciables por la droga de los hombres de la montaña, mordiendo a otros, arrancándoles los tendones a jirones, devorando jóvenes que lanzaban alaridos hasta que una muerte poco piadosa se los llevaba.
La comandante torció los labios sintiendo que décadas de barbarie se anidaban en su pecho.
Justicia. Al fin.
Jaulas vacías. Cientos de ellas. Manchas de color marrón las adornaban. La sangre seca se mezclaba con uñas arrancadas, con sudor, con lágrimas.
La comandante y sus guerreros se quedaron en silencio en medio de la gran bóveda.
Habían llegado a la tumba de sus hermanos y hermanas, de sus ancestros.
El sepulcro de su gente. Su gente.
Ninguna Heda había sido capaz de acabar con esa carnicería.
Lexa repasó la enorme cámara de torturas con los ojos. Jamás la olvidaría.
Podía sentir las almas de los caídos en cada centímetro de la habitación.
Quería dejar escapar un "lo siento", pero no lo hizo. Apretó los puños. Sólo eso.
- La tumba maldita – murmuró Xana con enojo.
La comandante dio la media vuelta y salió de ahí. El dolor la atragantaba.
Al llegar al quinto nivel bajo tierra, el hedor a muerte se intensificó.
Caminaron más despacio, el aire se sentía espeso y podían jurar que las paredes estaban teñidas de lamentos.
La comandante fue la primera en asomarse al gran comedor. Su boca quedó entre abierta.
Decenas de hombres y mujeres vestidos de civiles yacían muertos en sus sillas, en el piso, debajo de las mesas. El lugar estaba tapizado de cadáveres ulcerados.
También había niños.
"Hay gente en la montaña que nos ha ayudado, niños que no tienen nada que ver con esta guerra".
Lexa podía recordar esas palabras nítidamente. Era el plan que ella misma y Clark habían maquinado.
Debían salvar a esos niños. Debían haber protegido a algunas de esas personas que habían arriesgado sus vidas por hacer lo justo.
La comandante contempló el cuerpo de un niño que estaba al lado de una pelota.
Su corazón se encogió.
De repente, el peso de lo acontecido la golpeó como un misil.
Esto también era su creación.
Esos pequeños cuerpos inertes eran suyos. Sus matanzas. Sus fantasmas.
Lexa cerró los ojos combatiendo el pesar que se esparcía por sus venas.
Su gente estaba a salvo, pero ella jamás lo estaría. Ya no.
Esa marca de muerte no estaría tatuada en su espalda como era la costumbre de su gente. Esa marca estaría tatuada en su corazón. Y era grande, profunda.
Abrió los ojos ante la comprensión de esa masacre. Por un instante supo lo que Clarke tuvo que hacer para salvar a su gente. Por un instante la claridad se clavó en su corazón como una daga ardiente.
Clarke se había visto forzada a sacrificarlo todo con tal de rescatar a los suyos. Había hecho lo impensable, lo más aborrecible. Se había vuelto como ella, como Lexa.
"Naciste para esto, justo como yo"
La comandante se sintió caer al vacío.
No sólo había destruido la confianza de Clarke, sino a ella.
A ella.
