Capítulo 6
Indomable
- ¡Mierda! – imprecó Clarke cayendo de bruces contra el suelo por tercera vez esa mañana. Alzó la cara batida de lodo y observó cómo el conejo se alejaba de ella saltando entre la maleza. El diminuto animal se detuvo por un segundo y volteó a verla.
Clarke juró que se burlaba de su cuestionable agilidad.
- ¡¿Es en serio?! – exclamó la joven, apoyándose en sus adoloridas extremidades para levantarse.
¿Qué tan difícil podía ser atrapar un conejo? Se había preguntado unas horas antes. Y ahí estaba la respuesta.
Sus manos, brazos, rodillas y piernas estaban repletos de raspones y moretones. Su orgullo, o lo que quedaba de él, estaba más arañado todavía.
Dos días enteros sin comida y escasas horas de sueño.
Clarke cayó en cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cómo arreglárselas para sobrevivir a la intemperie. Tenía una pistola, claro, pero sólo una imbécil se pondría a disparar a comida potencial en el bosque a diestra y siniestra sin atraer la atención de terrícolas o de quienquiera que estuviera lo suficientemente cerca para oír las detonaciones. Y si de algo estaba segura es que no deseaba que uno de los suyos la encontrara. No estaba lista y no sabía cuándo lo estaría.
El conejo se perdió de vista y Clarke gruñó fastidiada.
Bueno, por lo menos tenía agua de río para beber.
Su estómago pareció no estar de acuerdo con eso y se contorsionó de dolor, emitiendo un estruendoso ruido que podría haberse escuchado kilómetros a la redonda.
Tenía que comer algo, lo que fuera.
No le quedaban muchas ganas de buscar frutos secos gracias a la amarga experiencia con la intoxicación que había tenido con sus compañeros y lo que menos necesitaba ahora era sufrir alucinaciones con tal de tener algo que sus intestinos pudieran digerir.
Había divisado algunas ardillas aquí y allá esa mañana, pero todas habían sido demasiado astutas quedándose fuera de su alcance entre las ramas más altas. Además, dudaba que lanzarles piedras hasta lo alto surtiera algún efecto. Y pensar en tratar de atrapar animales más voluminosos era descabellado si no poseía ninguna espada o daga.
Clarke suspiró e intentó remover el lodo de su faz con una de sus mangas.
Si tan sólo supiera qué plantas o raíces eran comestibles, así podría mitigar un poco el malestar y recobrar sus fuerzas.
De repente tuvo una idea.
Si no podía confiar en su propia elección de yerbas y frutos, los animales sabían por instinto qué consumir, ¿no?
Con eso en mente, se dio a la tarea de ir hacia los sitios en los que el escurridizo conejo había estado comiendo. Se puso de cuclillas y arrancó las plantas que tenían signos de haber sido mordisqueadas.
Hizo un gesto de desagrado al olerlas, pero no podía darse el lujo de ser exigente. No ante las circunstancias. Se metió un puñado de ellas a la boca y masticó.
Para su fortuna, el sabor no era desagradable; de hecho, no sabían casi a nada más que por la leve sensación de frescura que le dejaban. Acabaría en los huesos probablemente pero con aliento decente.
Recogió unas cuantas más y decidió que lo más adecuado sería poner mayor atención a la naturaleza y dejar que ésta le mostrara el modo para poder sobrevivir. Así que, por mucho que le doliera su orgullo, y su estómago, tendría que aprender a ser paciente y a observar.
Clarke echó un vistazo a lo que yacía en la palma de su mano.
Unas cuantas castañas, algunos frutos que asemejaban los de una foto de un libro que apenas podía recordar, semillas y hojas.
No era mucho lo que había recolectado en un par de horas, pero era algo. Los animalillos del bosque habían probado su valía al indicarle lo que podía ser consumido sin mayor preocupación. Había pasado un rato siguiendo a una solitaria ardilla que se abastecía como para alimentar a un ejército y también se había topado con el mismo conejo de esa mañana.
Todo su cuerpo estaba adolorido y sentía cómo su energía iba drenándose. Ahora se hallaba sentada sobre un tronco caído, en medio de la nada, contemplando su cosecha del día.
Jamás pensó que extrañaría la comida del Arca. Las raciones no eran abundantes, más bien frugales, pero en comparación a esto…
El Arca.
Clarke se preguntó si alguna vez había existido esa estación espacial realmente. Parecía que habían pasado décadas desde la última vez que había estado ahí, en esa celda decorada por sus dibujos, entre esas cuatro paredes de acero que habían sido su lienzo en las que había plasmado su idea de libertad y de belleza de un mundo que nunca creyó llegar a conocer. Y sin embargo, ahí estaba. En esa tierra. Sintiéndose más miserable que dentro de esa carcaza de metal.
Recordó aquél día, cuando sus pies pisaron ese suelo por vez primera y todo a su alrededor lucía deslumbrante y prometedor. Verde por doquier, infinitas posibilidades, libertad en el aire.
Se dejó caer entre las hojas y recargó su espalda en el tronco.
Daría todo por dar marcha atrás y estar en el espacio, presa de nuevo, pero a salvo. A salvo de terrícolas, a salvo de la fatalidad; a salvo de sí misma y de lo que había hecho.
Su rostro se oscureció y sintió de nuevo la humedad apoderándose de sus ojos. Apretó su comida del día en su puño y miró hacia arriba, hacia el cielo que se dejaba ver entre las ramas y hojas de los árboles.
Esto no era lo que ella esperaba. No era lo que ella había imaginado.
El regreso a "casa" estaba manchado de tanto dolor.
Sus dibujos allá arriba habían estado llenos de vida, de la vida que había visualizado entre árboles, montañas, lagos, ríos...
Y no la veía, ya no era capaz de verla. Se encontraba ahí, respirando el aroma a madera, a flores silvestres, a remanentes de lluvia, pero no sentía la vida surcando ese espacio. Nada tenía sentido.
Volvió a mirar el contenido de su mano. Era curioso estar en desacuerdo con su instinto de supervivencia. Tener que esforzarse por vivir aunque ese mismo acto, en ese instante, careciera de significado.
Clarke suspiró y se forzó a comer.
Tenía que hacerlo, ¿cierto?, tenía que mantenerse a flote si quería regresar con su gente algún día.
Algún día en el que no se sintiera como polvo arrastrado en una ráfaga de viento. Algún día en el que pudiera verlos a los ojos sin sentirse sofocada por la culpa.
Sí. Tal vez en un día lejano ella podría volver a sentirse humana. Tal vez…
El céfiro de la tarde mecía sus cabellos y calmaba sus ánimos mientras Lexa se perdía en el paisaje que se extendía ante ella. Edificios desgastados, columnas partidas, casas agrietadas de techos colapsados, otras viviendas más sencillas pero en condiciones para albergar a los habitantes.
Las antiguas construcciones eran parches de cemento y ladrillos distribuidos al azar entre los árboles que las guarecían. Y más allá, una inmensa muralla que los rodeaba como protección, y detrás, más bosque, valles, grandiosas montañas y el cielo que se teñía de rojo a la llegada del atardecer.
Delgadas columnas de humo brotaban de algunas de las casas; era la hora de encender chimeneas para preparar la cena o sólo para hacer su noche más cálida.
Polis.
La capital de los terrícolas, su hogar.
La comandante aspiró hondo, agradecida de poder disfrutar un poco de aire fresco después de haber pasado gran parte de la mañana visitando a su gente liberada de Mounth Weather para cerciorarse de su bienestar y luego de una tortuosa reunión dulce-amarga que había convocado con sus trikru.
Aún se percataba de la tensión en sus hombros y en su mandíbula al haber tenido que escuchar la opinión, críticas y alguna que otra alabanza de todos los líderes de los 12 clanes en la sala del trono.
Le fastidiaba la política y por más que trataba siempre de ser diplomática, porque su cargo lo exigía, en ocasiones no podía ser tolerante a la estupidez de algunos de los miembros del concejo.
Todo había marchado bien hasta que algunos de ellos expresaron su preocupación por la "muy probable" venganza de los Skaikru por la ruptura de la alianza. Y las cosas empeoraron aún más cuando el líder Azgeda volvió a proclamar el nombre "Wanheda", haciendo alusión a Clarke y a su hazaña.
- Wanheda…- murmuró Lexa mirando en dirección a donde sabía se hallaba Arkadia, escondida en el bosque.
Clarke lo detestaría. Detestaría ese sobrenombre con todo su ser. Lo sabía.
Le costaba imaginar a la joven Skaikru escuchando ser llamada así y sentirse orgullosa de ello. Se asquearía, su alma se retorcería de tristeza, de coraje.
Ella jamás habría deseado ser la comandante de la muerte. No ella. No alguien que veneraba tanto la vida y que se esforzaba tanto por hacer lo correcto.
Sin embargo, para sus guerreros, esa palabra sembraba respeto en ellos, incluso miedo. Hacía años que nadie había sido "galardonado" con ese título. Había sido una superstición terrícola enraizada en la psique de su gente y que gradualmente se convirtió en leyenda.
Y era peligroso. Lexa lo presentía.
Bastaba con que una persona, la menos indicada y mejor posicionada, quisiera hacerse del poder de esa creencia y lo usara para tomar ventaja. Y eso significaría aniquilar a Clarke y…
La comandante apretó los puños y una funesta sensación atenazó su pecho.
Golpes en su puerta frenaron sus pensamientos.
- ¡Min op! – indicó Lexa virando su cara hacia donde el ruido provenía. Ya sabía quién podría ser a esas horas, pues sólo alguien se atrevería a interrumpir su deseo de soledad.
La puerta se abrió y la comandante comprobó que había acertado y volvió su vista hacia el horizonte que ya había adquirido una tonalidad azul pálido.
El hombre entró a la habitación de Lexa y se dirigió a ella con pasos cortos pero veloces.
- ¿A qué se debe esta intromisión, Titus? Creí haber sido clara al pedir que me dejaran sola por hoy – dijo Lexa molesta.
- Necesitamos hablar sobre lo ocurrido – respondió éste, colocándose a su lado en el balcón.
Titus era el consejero de la comandante, su sombra en Polis. Él iba a donde quiera que ella se dirigiese dentro de esa ciudad amurallada y si bien Lexa le tenía cariño (que no admitiría abiertamente frente a los demás) en ocasiones le era incómodo tenerlo pegado en todo momento, y más ahora.
El susodicho era más alto que ella, mucho mayor, probablemente más que lo que aparentaba. De cabeza rapada en su totalidad y tatuada con un sinfín de símbolos relacionados con su cultura y tradiciones. De facciones muy masculinas, rayando en lo burdo y una nariz que simplemente no pasaba desapercibida.
- Necesitas hablar de lo ocurrido, Titus – corrigió Lexa, dándole a entender que no era algo que a ella le apeteciera hacer.
- Hago mi trabajo, Heda – dijo su consejero al notar que no había mucha disposición de escucharlo.
Lexa reprimió un suspiro.
– Habla pues –.
- No debemos de fiarnos de los Skaikru, Heda. - comenzó a decir Titus, observándola seriamente. - El concejo está inquieto por las posibles represalias después de lo que pasó en Mount Weather -.
La comandante permaneció mirando a la distancia, sin decir nada.
- Sé que usted dijo que no tendríamos de qué preocuparnos, - prosiguió el hombre - pero ¿cómo puede asegurarlo? ¿Cómo puede tener la certeza de que no buscarán venganza por esa afrenta?
Porque Clarke no es así, pensó Lexa. Clarke no era una persona sedienta de venganza; era una mujer de corazón noble que siempre intentaba ahorrarle dolor a los demás aunque eso significara el suyo. No podía imaginársela maquinando un ataque que costaría las vidas de las personas que tanto luchaba por proteger. Ella no lo permitiría. Pero claro, Lexa no podía decir esto, no podía revelar que su confianza se basaba en la líder de los Skaikru que hacía cimbrar su pecho, así que sólo dijo:
- La certeza es una falacia, Titus. Sin embargo, dudo mucho que la gente de Arkadia se arriesgue a perder más vidas de las que ya ha sacrificado. Me queda claro que su objetivo primordial es su supervivencia.
- La cual podría estar garantizada ahora que han conquistado Mount Weather – señaló Titus, - son más poderosos ahora que se han usurpado el arsenal y la tecnología de la montaña. Si así lo decidieran, podrían mermar nuestros números o acabar con nosotros -.
La comandante suspiró. No quería seguir esa línea de pensamiento; se rehusaba a creer que Clarke y sus compañeros aprovecharían las armas de Mount Weather para lograr su supremacía y liquidar a su pueblo. Pero sabía que no tenía elementos suficientes para convencer a los 12 clanes de ello y una simple corazonada no era evidencia admisible.
- Meditaré tus palabras, Titus, aún si las probabilidades son casi nulas – dijo la comandante con cierta resignación.
El hombre la observó detenidamente con extrañeza en los ojos, como si la comandante ante él no fuera la misma mujer implacable y feroz de antaño.
- Los Skaikru no ameritan la fe que parece tener en ellos, Heda – se aventuró a decir Titus.
Lexa fijó su vista en el horizonte ahora incrustado de estrellas.
No, no tenía fe en todos ellos, sólo en Clarke. Sólo en ella; en la pureza de su alma y en su infranqueable afán de paz. Sin importar que para Lexa, esa paz fuera una utopía, un anhelo desconocido en esas tierras labradas de despojos radioactivos y de interminables disputas.
"Confío en ti, Clarke"
Cómo laceraba ese recuerdo. Su fe en Clarke seguía aún intacta.
Qué ironía más abrumadora el darse cuenta de que, después de lo acontecido, la fe de Clarke en ella se había hecho trizas. Y le dolía, le dolía profundamente, más de lo que se atrevería a aceptar.
- Me niego a regir los doce clanes bajo un sentido de fatalidad sobre el futuro. - Dijo Lexa.
- Su deber como Heda es estar preparada para el peor de los escenarios...
- ¡Sé perfectamente cuál es mi deber como Heda, Titus! - exclamó la comandante con exasperación, sus ojos lanzaban llamas sobre él - ¡Y estoy tan consciente de ello que MI deber fue el motivo por el cual acepté el trato con los hombres de la montaña y le di la espalda a Clarke y a los Skaikru!-
Lexa le dio la espalda a su consejero para esconder la agonía de esa memoria plasmada en su rostro.
- Ver a MIS guerreros caer como moscas uno a uno ante la lluvia de balas de esos hombres fue lo que me obligó a romper mi promesa con los Skaikru. Y ahora, gracias a que hice lo que tenía que hacer, estamos aquí en esta encrucijada discutiendo esta maraña de suposiciones mientras me quieres aleccionar sobre cómo salvaguardar a mi gente debería ser mi prioridad...
Titus agachó la mirada.
- Lo lamento, Heda...
La comandante ni siquiera volteó a verlo. Estaba ardiendo por dentro; la furia se arrastraba por sus venas a pesar de que muy en el fondo sabía que Titus sólo estaba cumpliendo con su labor. Pero era demasiado. Su gente especulando sobre la venganza Skaikru era un sutil disfraz para incitar un ataque sobre ellos y esa sola idea le era insoportable. Antes habría sido sencillo aniquilarlos por una remota posibilidad de riesgo, pero hoy…
Ya los había traicionado, dejándolos a su suerte y provocando un daño irreparable.
¿De verdad tenía que considerar ahora el exterminarlos sólo por si acaso?
- Vete, Titus. – ordenó la comandante intentando reprimir su enojo. – Necesito estar sola, tengo mucho qué pensar. –
- Sí, Heda. –
Titus se encaminó hacia la puerta pero justo antes de poner la mano en la perilla, miró a Lexa con inquietud. Presentía que sería un tema delicado, pero estaba obligado a mencionarlo:
- ¿Y Wanheda? – preguntó incómodo.
Al escuchar esa palabra, la comandante sintió como si un puño invisible la golpeara en el estómago y la dejara sin aire.
- Clarke. – corrigió Lexa. – Su nombre es Clarke -.
- Ya no. No entre los Azgeda y muy pronto entre cada uno de los doce clanes, Heda.
Lexa alzó su cara a los astros que se cernían sobre ella. Quizás estos le ayudarían a encontrar las respuestas, el camino…
- Yo me encargaré de ella. – dijo finalmente.
La comandante escuchó el ruido de la puerta al cerrarse y sintió la oscuridad de la noche serpenteando en su habitación y cubriéndola por completo.
