Capítulo 8

Tumbas y Espadas

La luz de la luna llena colmaba el bosque de proyecciones espectrales entre los troncos y la maleza. Noche sin nubes y de estrellas expectantes que asomaban sus rayos guiando los pasos de creaturas nocturnas y de una silueta que no lo era tanto.

Clarke había decidido aprovechar la oportunidad del resplandor plateado que alumbraba las veredas para salir en búsqueda de algún arma y de utensilios que le sirvieran para poder cazar decentemente… O tan sólo cazar.

Estaba harta de sobrevivir a base de frutos y hierbas y en tres días no había habido ningún animal salvaje que le convidara de sus sobras. Así que llegó a la determinación de que tendría que tomar riesgos para no sentirse tan inútil en la espesura.

Se había aventurado a alejarse del confort de su cueva para recorrer más terreno rumbo a lugares que simplemente no tenía ganas de volver a pisar. Y ahí fue cuando tuvo la idea de regresar a donde su nave había caído, la nave de los cien elegidos.

No podía ir ahí durante el día, lo sabía. La probabilidad de que su gente la fuera a buscar ahí en cualquier momento era muy palpable. Sin embargo, era el único paraje que podría proveerle de lo que requería para sobrevivir. Entre los esqueletos calcinados, las cenizas y los restos humanos, debía haber armas desperdigadas, olvidadas, tal vez hasta enterradas bajo capas de tierra.

Si era honesta consigo misma, no deseaba estar ahí, no de nuevo. Demasiados recuerdos, y con los que cargaba bastaba. Pero el hambre era amiga de la desesperación y era ahora o nunca.

La joven Skaikru se movía sigilosamente en su andar. Sus pasos ya no eran toscos como los que solía dar. No estaba segura de si eso era porque en verdad estaba aprendiendo a adaptarse al ritmo del bosque o porque había perdido peso y consecuentemente caminaba con mayor ligereza.

Si llegaba a escuchar algún ruido amenazador, pensó, tendría que trepar a los árboles de inmediato. También ya podía hacerlo, no con tanta gracia como con la que se movía en tierra, pero lo conseguía. Le había tomado muchos ensayos y muchas caídas. Su trasero adolorido era prueba de ello.

No conocía la senda precisa hacia la nave abandonada, pero la ubicación de Mount Weather era su punto de referencia.

Un par de horas transcurrieron y sus alrededores empezaron a serle familiares. Estaba cerca.

Nadie podría haber advertido que era ella, Clarke, aún y si la hubieran visto vagando entre las sombras. Estaba cubierta de lodo y de algunas hierbas. Justo como Anya le había enseñado en su huida de la montaña. Si no quería ser detectada, bastaba con que se intentara ocultar detrás de un arbusto o de un árbol y su camuflaje haría el resto. O por lo menos eso creía. Esperaba no tener que averiguarlo.

Y otra vez, la suerte le sonreía.

Podía divisar a la distancia el contorno de la barricada que ella y sus compañeros habían construido meses atrás. Y más allá, el elevado perfil de la nave.

Se fue acercando con lentitud, tratando de escuchar algo forastero, algo más que el canto de los insectos y los murmullos de las hojas.

Nada.

A medida que acortaba el trecho hacia su destino, su sangre comenzó a helarse.

Estaba rodeada de tumbas. Tumbas que eran su creación también. No podía verlas, pero ahí estaban, inquietas e implorando ser recordadas.

Carroñeros, terrícolas y más adelante, la de algunos de sus compañeros… La de Wells.

Clarke sintió la aprehensión en su pecho. No quería ni siquiera adivinar el número de personas que habían perecido a su paso. Y ahí estaba, en el principio de la lastimosa odisea.

Habría sido más fácil que su nave se estrellara en un planeta inhabitable, pensó. Al abrirse las compuertas, todo habría acabado.

Sí, habría sido una despedida breve, dolorosa, pero justa quizás. Hasta ese momento, el ser humano, su propia raza, sólo había demostrado lo destructiva que seguía siendo incluso después de un cataclismo nuclear. Lección no aprendida.

Su cuerpo parecía rebelarse contra ella al titubear en su caminar. De pronto sus piernas se sentían más torpes y pesadas.

Clarke se detuvo frente a la entrada principal, rodeada de troncos y palos ennegrecidos e inhaló profundo, cerrando los ojos. Podía hacerlo. Debía hacerlo. Era enfrentar aquel lugar trágico o buscar armas por otros rumbos, cerca de los terrícolas… Cerca de…

Abrió los ojos y había resolución en ellos.

Esta era su única opción.

"Vamos, Clarke", se dijo avanzando hacia la nave, haciendo un esfuerzo por ignorar los cráneos y los pocos huesos que quedaban esparcidos a su alrededor. La tierra ya los había reclamado cubriendo parte de ellos con hierba y musgo.

Entró a la nave al fin pero eso no le trajo alivio. El espacio metálico estaba también impregnado de escenas de tortura, de muerte y de sangre.

Clarke sintió que las imágenes llegaban a ella en estampida y sus ojos se llenaron de lágrimas. La penumbra sería casi total de no ser por la luz de la luna que irrumpía por la entrada y por el agujero que Murphy había creado en un lado de la estructura en la planta superior.

Allí, frente a ella, había estado Raven a punto de morir. Más allá aún colgaban cinturones que Murphy había usado para tratar de ahorcar a Bellamy. A su alrededor aún podía ver las imágenes de sus compañeros muriendo por el arma biológica de los Terrícolas.

La nave gritaba horrores y Clarke los escuchaba con nitidez.

Volvió a tomar aire, pero éste parecía no llegar a sus pulmones. No había modo de detener esas imágenes, así que tuvo se apresuró a tomar las cosas que creía podrían servirle. Su mente no iba a cooperar, pero podía obligar a su cuerpo a hacerlo.

Agarró los cinturones que pudo y subió al segundo nivel.

Al pasar por la escotilla, más recuerdos acudieron a ella.

Lincoln siendo torturado, Finn atravesado con una punta de lanza, Jasper malherido. La cercanía de un final a manos de los Terrícolas y de… su comandante.

Apretó los dientes y se dirigió hacia donde habían tenido a Lincoln amarrado. Usaría esas mismas cuerdas.

Fue veloz en tomar lo que necesitaba y antes de descender dedicó una última mirada a ese espacio. Podría resguardarse esa noche ahí, tal vez debería, pero no. Sería abrumador, sofocante. No podía permitirse más heridas, tenía suficientes.

Con un nudo en la garganta, descendió por la escalera, se acomodó lo que había tomado por encima de un hombro y salió de ahí deprisa.

Quería largarse ya. Esto le estaba costando más de lo que había anticipado, el corazón le latía con fuerza y respiraba con dificultad. Estaba al borde del llanto pero se mordía los labios para no dejarlo salir.

Un arma. Tenía que hallar un arma entre los escombros y entonces podría salir corriendo de ahí.

Sin analizarlo mucho, casi por instinto, sus pasos se dirigieron hacia uno de los costados de la nave, pasando la muralla de madera quemada.

"¿Qué demonios estás haciendo, Clarke?" Pensó al caer en cuenta de qué rumbo estaba tomando.

En unos segundos su corazón dio un salto.

Una decena de montículos de tierra se irguieron ante ella. Sus primeros compañeros caídos yacían ahí, unos metros bajo tierra.

Clarke sintió que su saliva se tornaba espesa y le costaba tragarla.

Observó las tumbas con melancolía y retraimiento, como si posar sus ojos en ellas le trajera deshonra.

Pasó frente cada una de ellas recapitulando lo ocurrido, recordando a cada uno de los miembros de la tripulación que se encontraba enterrado en esos sepulcros.

Hizo un alto frente al último cúmulo de tierra.

Wells. Era la tumba de Wells.

Ya no pudo retener las lágrimas, simplemente cayeron al suelo, mezclándose con la hierba.

Nunca antes lo había extrañado tanto como en esos momentos. Su mejor amigo, su cómplice, su protector hasta el final. Y qué final tan cruel, haber sido asesinado por una niña de 12 años.

Clarke resopló ante ese pensamiento. El simbolismo en ese espeluznante acto era sobrecogedor. Una niña del cielo cortando el cuello de Wells era la metáfora perfecta de la oscuridad que había traído consigo.

Wells, el más noble, el más pacífico y racional de todos ellos, había sido brutalmente ejecutado por alguien que se suponía no debía tener ni una pizca de malicia en su ser.

Clarke quería decirle tantas cosas pero no sabía por dónde empezar y un "lo siento" no era suficiente. Un "lo siento" ya no abarcaba el mar de sentimientos que corroían su pecho. Además, estaba harta de esas dos palabras. Más que harta. Esas dos palabras las sentía día y noche, una y otra vez. La acechaban en su mente y en sus sueños. Y así se sentía, como si por cada maldito paso que diera tuviera que proferir esas palabras. Como si su existir fuera un constante disculparse por ese solo hecho: existir.

Así que no las dijo. Las tenía colgadas en su boca, pero no se atrevió a pronunciarlas.

Estaba segura de que si Wells no hubiera muerto, habría odiado cada segundo de la lucha por su supervivencia. Él jamás habría podido soportar la estela de violencia que llevaban consigo. Se habría roto en mil pedazos, justo como ella… Y ella habría aborrecido ver cómo la humanidad se drenaba de su cuerpo poco a poco e irremediablemente.

- Deseo que hayas encontrado paz y amor donde quiera que estés, - musitó Clarke, sintiendo cómo las palabras le quemaban la garganta.

La joven plantó un beso en sus dedos y se agachó para colocar su mano sobre la tierra de la tumba.

A punto de dar la media vuelta para marcharse, algo captó su mirada. Allí, a unos metros detrás de la hilera de tumbas se asomaba un resplandor entre las hojas de un helecho.

La joven se limpió las lágrimas y caminó hacia la luz.

Poniéndose de cuclillas, apartó las hojas y se pasmó ante el descubrimiento.

Era una daga.

Estaba semienterrada y parte del arma reflejaba el fulgor de la luna.

Clarke removió la tierra y la sacó de ahí, sosteniéndola en la palma de sus manos.

Se levantó y volteó a ver la tumba de Wells.

- Gracias… - dijo, sintiendo que el espíritu de su amigo estaba allí, apoyándola, como siempre lo había estado.

Una leve brisa la rodeó y Clarke creyó sentir la calidez de la sonrisa de Wells en el abrazo del céfiro.

- Que volvamos a encontrarnos… Algún día.- Murmuró Clarke al viento con cariño antes de internarse en el bosque y dejarse envolver por el silencio nocturno.

El suelo bajo sus pies se vuelve ablanda y se disuelve, y ella jura que flota, que vuela.

Su cuerpo tiembla, desde los dedos de los pies hasta su boca. Sus manos son electricidad pura y ella se pierde, se derrite ante el vaivén de emociones que apenas puede contener.

Los labios entre los suyos son tímidos y saben a claridad, a despertar.

- Clarke… - susurra, rozando la mejilla de la joven con sus dedos.

El grito de la joven Skaikru al será arrebatada de ella la sacude súbitamente.

- ¡Clarke! – grita Lexa con desesperación mientras observa cómo la oscuridad la atrapa y la aleja de ella.

Una risa malévola se hace presente y nubla los espacios. La comandante corre hacia Clarke tratando de alcanzarla y de sostener la mano que la busca, pero en un abrir y cerrar de ojos ha desaparecido y en su lugar emerge la esbelta figura de una mujer de ojos color azul hielo. Su mirada la atraviesa, la congela con la fuerza de una tormenta invernal imparable.

Lexa siente que su corazón se detiene.

- No… ¡No!

- ¡No!

Lexa despertó por su propio alarido irrumpiendo la quietud de su habitación.

Su frente y cuerpo empapados en sudor. Su corazón era un tambor de guerra vibrando entre sus costillas y extendiendo su trepidación hasta su cabeza.

Se levantó bruscamente, esquivando con dificultad los muebles en dirección hacia el balcón. Aire, necesitaba aire.

Su respiración estaba agitada y no podía dejar de temblar.

Miró las estrellas sobre ella, sintiéndose pequeña, encogida.

Esos ojos… Esa carcajada…

La peor de sus pesadillas había regresado.

- No… - musitó, y había miedo en esa solitaria sílaba.

Una ráfaga de viento frío se abalanzó a ella.

Lexa cerró los ojos.

Azgeda.

Clarke.