Capítulo 9
Salvaje
Clarke no perdía de vista a su presa.
La joven se sostenía del tronco de un árbol con sus pies firmes sobre una gruesa rama a un par de metros sobre el suelo. Las caídas habían quedado atrás. Por fin, creía, había perfeccionado el arte de trepar y equilibrarse en las alturas. No podía ufanarse de lo mismo respecto a la pesca, pensó, observando a un conejo aproximándose a la trampa que había construido un día antes. La cortada en su pie aún punzaba. Había logrado transformar su daga temporalmente en una lanza, atándola al extremo de una gran vara y había pretendido pescar así, sumergiendo el arma a diestra y siniestra en el agua mientras peces la rodeaban. ¿El resultado? Una herida en uno de sus tobillos y algunos peces danzando alrededor, seguramente burlándose de ella en su propio lenguaje.
Por eso estaba ahí, tratando de tener éxito en otro tipo de cacería que no incluyera acercar una hoja afilada a su cuerpo.
Cinco días habían pasado desde que había conseguido la daga y se había encariñado profundamente con ella, tanto así que había decidido resguardar su pistola en un lugar cerca de la cueva, enterrada y cubierta por algunas rocas. Esa arma ya no era Clarke, no quería ser representada por ella. La daga se había transformado en parte de sí misma, de esta nueva persona que se iba forjando a medida que pasaba el tiempo en la espesura.
Y precisamente gracias a su nueva adquisición había logrado construir una especie de jaula de palos y pedazos de cuerda. Era esta invención la que estaba a prueba esa mañana.
"Vamos, amiguito" pensó Clarke con impaciencia mientras el animal lucía indeciso acerca de tomar o no las hojas y raíces de su predilección que se hallaban estratégicamente acomodadas dentro de la jaula. Ésta estaba elevada y apenas sostenida por una frágil estaca de madera que, de ser rozada, caería y atraparía a la presa. Claro, eso en teoría, pero en la práctica, quién sabe. Clarke estaba ansiosa por descubrir si su ingenio era de fiar o no.
-¡Sí! – proclamó la joven victoriosa al ver que la trampa había funcionado, capturando a la desprevenida criatura.
Clarke descendió del árbol visiblemente entusiasmada y corrió hasta su futura comida.
Justo cuando estaba por agarrar la jaula, un gruñido atrás de ella la sobresaltó.
Giró su rostro hacia el origen del amenazador ruido y su sangre se congeló.
Un lobo yacía a unos cuantos metros de ella, con el lomo erizado y mostrando sus incisivos a modo de advertencia. Estaba estático pero por su postura mostraba toda la intención de abalanzarse sobre Clarke en cualquier momento.
Pánico. El pánico se apoderó de Clarke; la adrenalina fluía a marejadas por todo su cuerpo. Su cerebro no procesaba pensamientos coherentes. Su instinto la apremiaba a correr y trepar el árbol más cercano pero el miedo la atenazaba y sus extremidades parecían no querer cooperar.
El depredador intensificó sus gruñidos. Una pata se movió frente a la otra y Clarke sólo podía sentir esos ojos feroces atravesándola.
La joven Skaikru tragó saliva y su mano derecha se movió temblando lentamente hacia su cinturón, en busca de la daga.
El lobo percibió ese tenue movimiento y reaccionó de inmediato arremetiendo contra ella.
Clarke hizo acopio de todos sus músculos para voltear su cuerpo y encararlo al mismo tiempo en el que sacaba su daga y posicionaba la hoja en dirección del animal. Éste la derribó al suelo con sus patas delanteras pero no alcanzó a morderla pues la daga se había encajado a un lado de su cuello. El lobo aulló de dolor y se apartó un poco, aturdido por la herida.
Clarke estaba desarmada en el suelo ahora, a merced de la bestia que le dedicaba una mirada mortífera.
"¡Demonios!" Pensó, deseando haber traído su pistola consigo aquel día.
Las manos de la joven palparon la tierra a su alrededor en busca de algo que pudiera utilizar para defenderse, algo, lo que fuera. Sus ojos estaban fijos en el animal que se revolvía incómodo frente a ella.
Su mano izquierda se topó con la fría superficie de una roca que era del tamaño justo para causar daño. Clarke la agarró con fuerza como pudo. Sus extremidades temblaban sin control, por un instante había olvidado cómo respirar.
La segunda acometida no demoró. El lobo se arrojó contra Clarke y ésta intentó impactarlo con la piedra aún en su mano, pero el animal volteó sus fauces hacia ese antebrazo y clavó sus colmillos en él, impidiendo el golpe y provocando que la joven gritara de dolor.
Hasta ahí había llegado, ese sería su fin. Ese fue el primer pensamiento que cruzó por su mente al mismo tiempo en el que sentía cómo su piel y su carne eran desgarradas.
Los rostros de su madre y amigos circularon por su mente a una velocidad vertiginosa. Una cara teñida con pintura de guerra se coló entre ellos...
De pronto, un aullido agudo y la bestia sobre ella yacía exánime sobre su cuerpo.
Le tomó varios segundos a Clarke darse cuenta de que el lobo ya no respiraba. Una lanza lo había atravesado por un costado.
La joven se olvidó por un instante del dolor lacerante en su antebrazo y su mirada se desplazó hacia la dirección en la que dicha arma había provenido.
- Tú no eres una terrícola. - Señaló la mujer que se hallaba a unos metros de ella. - Y te falta mucha práctica para llegar a serlo-.
Clarke parpadeó al verla, sorprendida, pero volvió a respirar y con la exhalación el dolor se tornó insoportable. Sus caderas y piernas se retorcieron con fuerza para quitarse de encima el cadáver del animal mientras su mano derecha hacía presión entre el codo y el músculo del antebrazo izquierdo para intentar frenar la hemorragia.
La forastera se aproximó a ella rápidamente y trató de ayudarla a incorporarse, pero Clarke se apartó bruscamente, logrando pararse por sí sola, aunque tambaleando.
La mujer resopló y arqueó la comisura de sus labios con ligereza.
- Ai laik Niylah – dijo. - Yo soy... -
- Sé lo que significa – la interrumpió la voz trémula de Clarke.
-¿En yu laik...? - preguntó la terrícola.
La joven Skaikru dedujo que Niylah preguntaba su nombre, sin embargo, no tenía ganas de responder. Tampoco quería revelar su identidad. Sería dichosa, o algo así, si pudiera pasar el resto de su vida siendo una incógnita. Anónima.
-No importa quién sea. Puedes llamarme como quieras. – Respondió finalmente entre dientes, casi atragantándose por el dolor.
- Bien. Te llamaré entonces Skaigada, que significa "niña del cielo". Podré nombrarte de otro modo si lo ameritas – dijo Niylah sonriendo.
Clarke quiso protestar pero una punzada la hizo gruñir de dolor.
- Me temo que no tenemos mucho tiempo para seguir conversando, Skaigada. - expresó la terrícola - Si no cerramos esa herida, acabarás como este lobo -.
La joven Skaikru quería decir que se las arreglaría sola, que no necesitaba ayuda de nadie, mucho menos de una terrícola; pero ponderó esas palabras y las encontró ridículas dadas las circunstancias. Esa mujer le había salvado la vida y Clarke no estaba en posición para desairar la muy necesitada asistencia. Empezaba a sentirse más débil y con nauseas conforme pasaba el tiempo. De verdad no era momento para ser terca y dejar que el pasado interfiriera.
Niylah hizo un segundo intento por aproximarse a ella y esta vez no halló resistencia alguna, sólo una expresión con cierta desconfianza mezclada con una mueca de dolor.
La terrícola arrancó una tira de tela de la parte del dobladillo de su blusa y tomó el brazo herido de Clarke, aguardando su consentimiento.
La joven simplemente asintió en silencio y Niylah vendó su antebrazo con el retazo de tela, aplicando presión con ésta y haciendo un apretado nudo en la coyuntura. Clarke apretó los dientes durante el proceso y el sudor cubrió su frente por el esfuerzo.
- Te llevaré a mi casa - indicó Niylah rodeando su cintura con uno de sus brazos para mantenerla firme – no está lejos y ahí podremos tratar la herida. -
- Mi daga... - farfulló Clarke con un hilo de voz.
La mujer viró su vista hacia el lobo y vio dicho objeto enterrado en el pelaje. Se separó de Clarke y se inclinó para arrancarla de un solo jalón.
-Toma. - le dijo ofreciéndosela, no sin antes limpiar la sangre de la hoja frotándola contra su pantalón. - Si sobrevives tal vez te enseñe cómo usarla debidamente. -
Clarke la tomó y la colocó en su cintura, ajustándola detrás del cinturón.
Niylah la observó con curiosidad antes de volver a sujetarla por la cintura.
¿Qué hacía una Skaikru sola en el bosque con un arma de terrícola que apenas sabía blandir? Nunca antes había conocido a una persona del cielo. Había escuchado sobre ellos, claro, y más últimamente debido a su victoria contra los hombres de la montaña. Los había imaginado un poco más altos, más diestros, incluso con ropaje más elegante. Sin embargo, ahí estaba una de ellos, de estatura unos centímetros más baja que la suya, delgada, ojerosa y hecha un desastre.
De haber sido alguien más quien hallara a la joven Skaikru, muy probablemente la habría dejado a su suerte, la cual habría sido fatal por lo que había atestiguado; pero Niylah era una mujer pacífica y gentil, evitaba la violencia y el tumulto tanto como la vida se lo permitía.
-Tuviste suerte de que fuera pasando por ahí. - habló la terrícola apresurando el paso y medio empujando a la joven con su brazo para que hiciera lo mismo.
Clarke no pronunció palabra alguna. Estaba mareada ya y hacía acopio de sus fuerzas para mover sus piernas y mantenerse lo más lúcida posible, aunque tampoco le apetecía una plática.
Niylah decidió ahorrar saliva.
Este cruce de caminos con esa misteriosa chica prometía ser por demás interesante.
Su cuerpo se sentía pesado, como si cada uno de sus huesos se hubiera desintegrado y los músculos estuvieran adheridos a la superficie sobre la cual se encontraba tumbada. Desparramada sería una mejor descripción.
Percibía sonidos a lo lejos pero no los distinguía. Estaban amortiguados por el adormecimiento de sus sentidos.
Sus párpados vacilaron antes de abrirse de par en par y la suave luz del amanecer que se escurría por una ventana la obligó a cerrarlos de nuevo.
Intentó mover los dedos de las manos y el dolor la arrasó otra vez. No era tan terrible como antes, pero sí conseguía doblegarla. Tal sensación la trajo de vuelta a la realidad, despertándola y afinando su oído.
Dos personas, un hombre y una mujer, estaban discutiendo en algún lugar de la casa, lo suficientemente cerca de ella para que identificara una que otra palabra enfatizada. Intercalaban el idioma nativo y el idioma de la gente del cielo, principalmente el hombre, cuya intención quizás era que Clark se percatara de la polémica.
"Skaikru"
"Peligrosa"
"Herida"
"Un día"
"Sólo uno"
Estaban hablando de ella, por supuesto.
Finalmente Clarke logró abrir los ojos y parpadeó hasta que sus pupilas se aclimataron a la luz.
Su boca estaba seca y un sabor amargo se adhería a su paladar y a su lengua.
Hizo lo posible por recordar lo que había ocurrido. Le costaba trabajo a su cerebro hacer las conexiones necesarias para llevar a cabo tal propósito. Estaba demasiado fatigada.
Una casa en medio de la nada; un cuarto lleno de cachivaches y demás artefactos; una habitación con chimenea; un brebaje nauseabundo; fuego... Fuego en su piel. Y luego oscuridad.
Movió su cuerpo a modo de quedar en posición lateral, acostada sobre su lado derecho y entonces se percató de las suaves y cálidas pieles bajo ella.
Suspiró.
Hacía tiempo que no dormía en una cama, mucho menos tan cómoda como esa.
Tendría que cazar unos cinco lobos para poder imitar aquella tersura y darle a su espalda un mejor descanso.
Clarke resopló ante el pensamiento. Claro. Como si ella hubiera matado al animal.
De no ser por Niylah, su cuerpo estaría descansando dentro de las entrañas de la bestia en vez de estar ahí sin deseos de levantarse jamás.
- Despertaste. - Dijo la terrícola ingresando en la habitación justo en ese momento. - Creí que estarías inconsciente un buen rato más. -
Oh sí. Eso era lo que había pasado, recordó Clarke mirando su antebrazo vendado y expirando un olor a hierbas a través de la tela.
Niylah había cerrado las heridas más profundas cauterizándolas con hierro al rojo vivo y simplemente su cuerpo y mente habían colapsado.
- ¿Cuánto tiempo? - preguntó Clarke. Su voz era rasposa y tenue por la falta de hidratación.
La terrícola tomó una jarra de madera sobre un mueble frente a la cama y vertió un poco de agua en un vaso. - Una tarde y toda la noche - respondió, dirigiéndose hacia ella y ofreciéndole el líquido.
Clarke se impulsó hacia delante para sentarse en la cama y agarró el vaso, bebiendo hasta la última gota con avidez.
-¿Cómo te sientes, Skaigada? - cuestionó la mujer, sentándose también al borde de la cama, no muy cerca de ella.
Clarke miró el fondo del vaso. - Sobreviviré. - contestó sin mirarla. - Y no me gusta ese apodo. -
Niylah sonrió. - Si me dijeras tu nombre, no lo usaría. -
Clarke permaneció callada y alzó el vaso, haciendo un ademán con la cabeza, mirando el objeto en su mano. - Beja. -
Niylah arqueó una ceja, intrigada.
-Así que hablas nuestro idioma – dijo, retirándole el vaso e incorporándose para rellenarlo.
-Un par de palabras - respondió Clarke, encogiéndose de hombros.
-¿Cómo aprendiste? - Niylah volvió a sentarse en el mismo lugar, le dio el vaso, y la observó con atención.
Clarke apretó los dientes considerando su contestación. Esos eran recuerdos que de ningún modo quería traer de vuelta. No quería evocar esa voz, esas palabras acentuadas por el verde profundo de unos ojos que no podían dejar de mirarla fijamente.
Optó por tomar el agua para tragarse el bulto en su garganta y dejar el vaso vacío.
-Uno de los tuyos me enseñó - dijo finalmente, enfocándose en Lincoln, el enamorado de Octavia.
-Veo que olvidó enseñarte cómo cazar y cómo defenderte - comentó Niylah sonriendo socarronamente.
-No hubo tiempo para eso – dijo la joven con sequedad.
-Yo podría enseñarte.
Clarke la observó con incredulidad.
- ¿Y por qué querrías hacer eso? - preguntó intrigada.
Niylah se incorporó, retiró el vaso de la mano de Clarke y lo dejó sobre el mueble donde se hallaba la jarra.
-Por agradecimiento - respondió llanamente.
La joven Skaikru frunció el ceño absolutamente confundida.
-¿Agradecimiento? - repitió, sin entender nada.
Niylah se acercó a ella y sus facciones cobraron seriedad.
-Tu gente venció a los hombres de la montaña y acabó con un siglo de tortura y matanzas. Gracias a ustedes somos libres. - la voz de Niylah se suavizó. - Ustedes vengaron la muerte de miles de mis hermanos y hermanas y también la de mi madre...-
Clarke sintió que el vacío en su estómago se acrecentaba y devoraba sus entrañas. El sabor amargo en su boca se intensificó al mismo tiempo en que su corazón parecía apretujarse y bloquear la circulación de su sangre.
Ahí estaban de nuevo, los fantasmas, los cuerpos inertes; los futuros truncados de los niños que yacían tendidos en el suelo.
La expresión en su rostro se tornó sombría y los ojos empezaron a arderle por las ganas contenidas de llorar.
Niylah notó el cambio drástico en las facciones de la joven, quien ahora sujetaba las pieles sobre la cama tan fuerte que sus nudillos lucían blancos.
- ¿Skaigada? - preguntó con consternación.
Clarke sacudió la cabeza y miró el suelo.
-Gracias por todo, Niylah. Debo irme. - dijo, moviendo sus piernas hacia el borde de la cama para pararse.
La terrícola se apresuró a detenerla, poniendo una de sus manos en el hombro de la joven y sosteniéndola con firmeza.
-Es una mala idea. Debes descansar - aconsejó, mirándola directamente a los ojos.
Clarke enfrentó esa mirada y la sostuvo. Por un segundo creyó ver una sincera consternación en ella.
-No tenemos que hablar de Mount Weather si no lo deseas, - prosiguió Niylah – pero debo insistir que permanezcas aquí un día más. Esa mordida en tu brazo necesita supervisión, medicina y cuidados que estoy segura tú no podrás proveer. -
Clarke apretó la mandíbula y suspiró, resignada. Ella tenía razón. Niylah podría ser una total extraña, pero la forma en que había atendido su herida era prueba de que sabía lo que estaba haciendo. Al llegar a su casa, o tienda o lo que fuera, había notado la impresionante colección de hierbas y especias que estaban distribuidas atrás del mostrador, algunas de las cuales habían acabado sobre su antebrazo en forma de un aromático ungüento que calmaba su dolor considerablemente.
Por esto, sólo por esto, bajó la guardia, tragó saliva y se sentó en la cama, recargando su espalda contra la cabecera.
-Bien. Tú ganas – dijo Clarke a regañadientes. - 24 horas y me iré. Además, alcancé a escuchar que discutías con alguien hace rato y ese hombre no sonaba contento con mi presencia aquí. -
Niylah volvió a sentarse al pie de la cama, ya más relajada. Esbozó una sonrisa.
-Oh, sí. Mi padre. - comentó con los labios formando una disimulada sonrisa. - No hay de qué preocuparse, Skaigada. Puede ser testarudo y receloso, principalmente con gente que... - Niylah sostuvo su mano frente a ella, señalando a Clarke.
La joven Skaikru arqueó una ceja.
-¿Gente que...? - cuestionó curiosa.
-Gente que cae del cielo y causan revuelo a su paso. - concluyó la terrícola.
-Tu padre es un hombre inteligente. - dijo Clarke - Si yo fuera él, me sacaría cuanto antes de aquí. -
Niylah la miró entretenida.
-No te considero un peligro, joven Skaikru.
Clarke respiró profundo. Si esa Niylah supiera. Si pudiera ver a través de ella y leer su mente, explorar sus recuerdos, entonces se tragaría esas palabras.
-No me conoces, mujer Trikru. -
Niylah la observó con detenimiento. Conforme los minutos pasaban, se sentía aún más intrigada por esa joven. Era evidente que ocultaba algo. Era evidente también que la mención de los hombres de la montaña la había puesto a la defensiva y le había calado en lo profundo. A pesar de ello, no le infundía miedo, sino todo lo contrario: hasta cierto punto, se compadecía de ella. Se veía tan agobiada, tan abrumada por un bagaje indescifrable, que lo único que Niylah deseaba era ofrecerle su compañía si la joven Skaikru así se lo permitía.
-Estás en lo cierto, Skaigada. No te conozco. - dijo Niylah enfrentando su mirada – Sin embargo, correré el riesgo. -
La terrícola se levantó, volvió a llenar el vaso con agua pero esta vez agregó una pizca de hierbas molidas que sacó de una pequeña bolsa que colgaba de su cinturón.
-Bebe esto. - le indicó a Clarke, colocándose al lado de la cama cerca de ella.
-¿Qué es? - preguntó la joven, tomando el vaso e inmediatamente llevándoselo al rostro, oliendo el contenido.
-Es brebaje que te hará descansar y ayudará a tu cuerpo a sanar más rápidamente.
Clarke titubeó. El aroma no era del todo placentero.
-Son solamente plantas medicinales, Skaigada. - dijo Niylah percatándose de su gesto de desagrado. - Prometo que el ingrediente clave no son heces de caballo. -
Clarke puso cara de fastidio y entornó los ojos, acto seguido tragó el líquido tan velozmente que no tuvo tiempo de apreciar el verdadero sabor.
Niylah le sonrió, retirándole el vaso.
-Bien. Ahora duerme. En cuanto despiertes habrá comida esperándote en la mesa.
Clarke asintió y se acomodó entre las pieles.
Niylah dio media vuelta y estaba a punto de salir de la habitación cuando escuchó la voz de la joven:
-Mochof, Niylah.
-Pro, Skaigada.
El cuarto quedó en silencio y Clarke se enfocó en el techo construido de madera. Su mente renegaba por estar ahí y se decía una y otra vez que aún estaba a tiempo de pararse y huir, pero su cuerpo parecía discrepar ante su súbita relajación. Comenzaba a sentirse ligera, tranquila, en paz, y eso era insólito.
¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido así?
Su mente viajó en el tiempo y encontró la respuesta: cuando se había intoxicado con las nueces y en su alucinación había sido abrazada por su padre.
Los labios de Clarke dibujaron una sonrisa justo antes de que la joven sucumbiera ante el arrullo de la pócima que se esparcía por sus venas.
