Capítulo 10
Semillas de Paz
El chasquido de las cuatro armas automáticas se escuchó al unísono.
- ¡Largo de aquí! ¡No son bienvenidos! – vociferó uno de los guardias detrás de la cerca apuntando a la líder de los jinetes que se acercaban a los límites de Arkadia.
El alba apenas despuntaba. Los colores azules del cielo iban retrayéndose lentamente para abrir paso a un tímido amarillo que anunciaba el regreso del sol.
Podría haber sido un día prometedor de no haber sido por la tensión que imperaba en el aire frío de la mañana.
Indra observó estoica a los hombres armados a través del alambrado. No estaba sorprendida por ese cáustico recibimiento; de hecho, estaba preparada incluso para que abrieran fuego contra ella y contra sus dos acompañantes. Sería lógico, después de todo. Nadie podría culparlos.
- ¡Venimos en son de paz! – dijo ésta alzando la voz. – Traigo una carta de Heda y una dádiva para los Skaikru. –
- ¡Última advertencia! – gritó otro de los guardias. - ¡Largo o nuestro regalo para ustedes será una bala entre los ojos! –
Indra tomó aire fastidiada y clavó su mirada en el más próximo a la entrada del campamento.
- No nos marcharemos hasta cumplir con las órdenes de Heda. – le dijo a regaña dientes. No quería estar aquí. Podría haber estado en Polis entrenando a sus guerreros, incluso escuchando los repetitivos sermones de Titus en las asambleas. Cualquier lugar era más apetecible que el campamento de los Skaikru, quienes, en su opinión, solían ser una decepción constante.
- ¿Qué ocurre aquí? – se oyó a la retaguardia de los hombres que sostenían las armas.
Kane se abrió paso entre ellos y no pudo evitar arquear las cejas en visible expresión de asombro. – Indra. –
La mujer inclinó levemente la cara en señal de saludo.
- Kane.
La gente no demoró en arremolinarse a espaldas del canciller. Algunos cuchicheándose entre ellos, otros devorándolos con la mirada; unos cuantos maldiciendo a los Trikru en voz baja y los más valientes, los pocos, comenzaron a gritarles traidores, canallas, infames y otras palabras nada amigables.
Indra y sus guerreros hacían caso omiso y únicamente prestaban atención a Marcus Kane.
El bullicio atrajo a más gente, entre ellos Abby, quien era seguida por Bellamy.
Éste se infiltró entre quienes estaban al frente y se acercó peligrosamente a la cerca. Sus puños estaban apretados y sus ojos irradiaban chispas de rabia.
- ¡¿Qué mierda hacen aquí?! ¿Cómo tienen el descaro de mostrar sus caras en este lugar?! – imprecó iracundo.
Kane y Abby se acercaron a él. El canciller colocó su mano derecha en el hombro de Bellamy en un ingenuo intento por calmarlo. – Hey, Bellamy. Tranquilo. –
- ¿Y bien? - preguntó Abby. -¿Qué desean, Trikru? –
Indra sacó de entre sus ropas un pergamino, lo puso en alto y dijo:
- Es una tregua formada por los embajadores de los 12 clanes y por Heda misma.
- ¡¿Sabes dónde le puedes decir a tu comandante que se puede meter ese…?!
- - ¡Bellamy! – lo interrumpieron Abby y Kane agarrándolo por los brazos, temiendo que fuera a cometer una tontería.
- ¡Basta, Bellamy! – le ordenó el canciller. - Escuchemos lo que tengan que decir. –
El joven Skaikru miró a Indra, escupió al suelo y se marchó rumbo a la nave. Sabía que si se quedaba no podría garantizar el controlarse. En su camino golpeó los hombros de Octavia y de Lincoln quienes se apresuraban a averiguar qué acontecía.
- Bell, ¿qué? – alcanzó a preguntar Octavia confundida.
- Esos malditos están aquí… - contestó su hermano sin detenerse. Tenía que alejarse de inmediato.
Lincoln y Octavia se miraron con curiosidad y después avanzaron hacia la entrada, posicionándose al lado de Abby.
Indra notó su presencia y dirigió una mirada indescifrable a Lincoln para después posar sus ojos momentáneamente sobre Octavia.
- Heda me ha pedido que les entregue este pacto de paz junto con esto. –
La guerrera movió la cabeza indicando los caballos detrás de ella. Cada uno cargaba unos sacos completamente llenos.
Los dos jinetes descendieron, desamarraron los cuatro costales y los situaron con cuidado a un par de metros de la entrada.
Los guardias se movieron inquietos y llevaron la mira de sus armas a la altura de sus caras.
- ¡Bajen las armas! – gritó Kane.
Cuando sus hombres acataron las órdenes, Kane dio un paso al frente, observando a los terrícolas.
- ¿Qué es eso? – preguntó.
- Son semillas. – contestó Indra secamente.
Abby y Kane compartieron miradas.
- ¿Y qué quiere su comandante a cambio? – cuestionó Abby. – Dudo que esto sea un acto sólo de buena voluntad. –
- Hay tres peticiones. – dijo Indra. – La primera es que Clarke de los Skaikru sea la que reciba y firme la tregua. Las otras dos están estipuladas en este documento. –
Abby agachó la cabeza por un instante. Al erguir su cara, la expresión de tristeza no pasó desapercibida ante la guerrera Trikru.
- Me temo que la primera petición no podrá ser satisfecha, - comentó el canciller. – pero si este pacto es de tal relevancia, yo mismo lo recibiré y daré respuesta después de consultarlo con el concejo. –
Indra frunció el ceño y sus ojos se posaron sobre la multitud, buscando.
- ¿Dónde está Clarke Skaikru? – preguntó al no divisarla entre los curiosos. Ella ya debería estar ahí, lanzándoles sus reclamos y mandándolos por donde habían venido sin chistar.
Kane contempló a Abby cuyo semblante era sombrío. La mujer no soportó más, dio la media vuelta y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
- Se ha ido. Clarke se ha marchado. – Intervino Octavia, aproximándose a la reja.
Indra miró a Octavia, desconcertada.
- Esto también es su culpa, - continuó la joven con resentimiento en su voz. – díganle a la natrona, a Heda la traidora, que esto también es su creación, junto con los cientos de vidas que quedaron sepultadas en Mount Weather. –
Lincoln se colocó al lado de Octavia y agarró su antebrazo derecho en afán de brindarle consuelo y quizás también conseguir que tuviera precaución con sus palabras.
Los rasgos de Indra se tornaron más rígidos, si es que eso era posible. Aquellas palabras harían merecedora a Octavia de un castigo ejemplar. Podría retarla y darle una reprimenda sangrienta, sin embargo, Heda la había enviado para pacificar, no para agravar la situación que pendía de un hilo. Así que tendría que pasarlas por alto. Esta vez, únicamente esta vez.
- Heda ste nou a natrona… - Siseó Indra con voz amenazante. – Su deber es con su gente, con nuestra gente. Hizo lo que una verdadera líder haría ante las fauces de la muerte: elegir a los suyos por encima de todo. –
Octavia estaba a punto de responderle cuando Lincoln la detuvo apretando su brazo con más firmeza. – Octavia, no. No compliques más las cosas. –
La joven apretó los dientes e inhaló profundo. También optó por retirarse y seguir los pasos de su hermano hacia el refugio de su estación.
- Ofrecería una disculpa, Indra, - dijo Kane tratando de suavizar la tensión. – Pero estamos en una posición difícil y comprometida por lo que pasó en la montaña. La confianza se ha roto y tomará tiempo enmendarla, si es que ese día llega. Lo único que puedo ofrecerte ahora es mi disposición de recibir ese documento, leerlo detenidamente y darles una respuesta mañana mismo. –
Clarke no estaba. Indra no podía cumplir con su encomienda, no como su Heda había exigido. Esto iba a afectarla, lo sabía. Su comandante no había vuelto a ser la misma desde esa noche en Mount Weather. Fingía frialdad y auto control, pero ella veía esa grieta en su armadura. Indra podía sentir esas invisibles olas destructoras expandiéndose dentro de su Heda, empeñándose en desmoronarla y ella las resistía por ellos, por su pueblo. Sólo por ellos.
Indra desmontó y a paso firme se acercó hacia la entrada de Arkadia.
Kane hizo un ademán hacia los guardias para que abrieran la puerta.
La guerrera Trikru cruzó el umbral una vez que el obstáculo había sido removido.
Esto era mejor que nada. Entregar la tregua a los Skaikru era la decisión más sabia, a pesar de que Clarke no fuera quien lo recibiera.
Alargó su brazo y tendió el pergamino al canciller, quien lo tomó sin quitar la mirada de Indra.
- Las semillas – indicó Indra. – Aligerarán su estancia y les proveerán de sustento, así como de la oportunidad de alimentar a los animales de granja que les proporcionaremos si aceptan el pacto. –
- Gracias. – dijo Kane, - mañana a primera hora les notificaremos nuestra decisión. –
Indra retrocedió unos pasos.
- Mañana será. – dijo, dio la media vuelta, montó en su corcel y se alejó junto con sus guerreros hasta perderse de vista.
Kane les pidió a sus hombres que recogieran los sacos de semillas y los colocaran a la entrada de la nave. Más tarde se harían un espacio para distribuirlas y preparar la tierra para sembrarlas.
Ahora lo más urgente.
Averiguar lo que ese papel implicaba y analizarlo con cautela.
El canciller dedicó una última mirada al bosque y suspiró.
La incertidumbre le carcomía los huesos. Cualquier cosa podía pasar.
Tal vez Bellamy había tenido razón cuando sugirió mudarse al interior de Mount Weather. Allí estarían mejor protegidos.
Tal vez.
