Capítulo 11

Abismo y olvido

Indra y sus dos guerreros entraron a la sala del trono interrumpiendo la reunión que se había alargado de manera insufrible.

Lexa los observó y sus ojos se iluminaron por un instante mientras dejaba escapar un discreto suspiro. Ahora tenía una excusa políticamente correcta para dar por terminada esta sesión con algunos de los representantes de los clanes que no paraban de quejarse y de parlotear sobre rumores relacionados con los Skaikru.

- Heda – pronunció Indra, inclinándose ante ella junto con sus acompañantes, ignorando a los presentes por completo.

- Hemos terminado por hoy, – indicó la comandante a su gente postrada en su trono – reanudaremos esta discusión mañana a primera hora. –

Lexa recorrió a los asistentes con la mirada asegurándose de que su escrutinio no dejaba a ninguno ellos de lado y dijo:

- Espero que traigan hechos a esta sala y no chismes sin fundamento. No toleraré más historias ficticias que me hagan perder el tiempo. Su lengua está en juego. –

Algunos de los representantes tragaron saliva ante la poco sutil amenaza.

Hombres y mujeres por igual hicieron una reverencia y sin decir más se retiraron. La enorme puerta se cerró tras ellos y Lexa sintió que el aire viciado iba colándose por las ventanas.

- ¿Qué noticias me traes, Indra? – preguntó la comandante, reclinándose en su trono.

La guerrera tensó la mandíbula. Esto no iba a ser agradable. Más valía hacerlo así, sin más preámbulo.

- Los Skaikru han solicitado que se modifique una de las condiciones de la tregua, Heda. –

- ¿Cuál? – inquirió Lexa sin lucir sorprendida. Por supuesto que esto era de esperarse. Sin embargo, valió la pena intentarlo.

- Mount Weather.

Lexa asió los extremos de los descansa brazos del trono con más fuerza.

- No estuvieron de acuerdo con alejarse de esas instalaciones permanentemente. – dijo. Era una pregunta, aunque conllevara una afirmación disfrazada.

- Sha, Heda.

La comandante se levantó y dio unos cuantos pasos en dirección opuesta a sus guerreros. Estaba de frente al balcón, el paisaje de Polis, de bosques interminables y montañas se alzaba ante ella, pero no lo veía.

Ella sabía que era una condición casi inaceptable. Los Skaikru difícilmente se olvidarían del refugio de Mount Weather. Demasiada tecnología, habitaciones más confortables, armas letales a su disposición… Y esto último era lo que tenía a su gente inquieta y elaborando suposiciones; muchas de ellas ridículas y basadas en lo que ellos mismos harían o querrían hacer de haber sido abandonados a su suerte.

- ¿Qué proponen? – preguntó Lexa colocando sus manos atrás de su cuerpo. No se molestó en voltear a verlos.

- La sanadora Skaikru solicita permiso para usar las instalaciones médicas de Mount Weather cuando sea estrictamente necesario – dijo Indra. – También desean tener acceso al equipo y máquinas en caso de que su estación requiera reparaciones o mejoras. A cambio de esto, ellos prometen no alojarse en las instalaciones y desactivar cualquier armamento latente. –

- ¿Desactivar? – preguntó la comandante. Esta vez sí viró su rostro para observarlos. – No es suficiente. –

Indra únicamente permaneció en silencio.

- Clarke y los Skaikru deben comprender que nuestra gente nunca estará tranquila con la existencia de tales armas. – Añadió Lexa. – Ella debería entender mejor que nadie que para poder coexistir necesitamos la destrucción de esa amenaza. –

Indra bajó la mirada por un momento. Aquí venía la otra parte de la revelación y tenía la certeza de que su comandante la detestaría.

- Heda, Clarke no tomó parte en esta decisión.

Los ojos de Lexa la miraron con intensidad, aguardando una explicación.

- Se ha ido. Nadie sabe dónde está. – concluyó Indra.

Si Lexa fuera una persona común y corriente, sus guerreros habrían podido ver la angustia en su rostro mientras sus hombros caían al mismo tiempo que su corazón se encogía. Pero ella era todo menos una persona promedio y era buena, muy buena ocultando sus emociones, poniéndose máscaras inamovibles. Y esta vez no sería la excepción.

Estaba segura de que la sangre había cesado de correr por sus venas y que el órgano en su pecho había dejado de latir por unos segundos. Se sentía en caída libre, caía. Sólo caía.

Clarke se había ido. Clarke se ha ido. Es todo lo que su mente podía registrar, lo que su mente repetía una y otra vez.

Lo peor era que ella sabía por qué, ella entendía por qué. Ella misma le había dado motivos para querer desaparecer. Ella había sido el principio de esa serie de eventos que habían empujado a Clarke a desear perderse.

El dolor era insoportable. Lágrimas se enfilaban detrás de sus ojos buscando una salida pero la comandante era implacable. No. No les daría permiso para correr libremente.

Lexa hizo caso omiso del nudo en su garganta y se obligó a hablar:

- Entonces esta negociación promete ser agobiante. – dijo llanamente.

El cansancio la golpeó de repente. Era un cansancio de días, de noches sin dormir, de horas que parecían años. Todo ese cúmulo de emociones y sentimientos se lanzaron sobre ella ahí mismo y respirar le era laborioso. Sus rodillas se sentían frágiles, sin embargo, permanecería de pie, como siempre.

- El canciller Kane desea reunirse con usted cuanto antes para poder "limar asperezas" según sus palabras – indicó Indra. Lo había notado. Era casi imperceptible, ese cambio en su comandante, ese sobresalto, pero la conocía lo suficiente como para saber que algo en ella se había sacudido. Era imperativo enfocarla en lo que era más urgente.

Lexa asintió. Estaba dándoles la espalda de nuevo.

- En dos días partimos hacia Arkadia.

- Sha, Heda.

Silencio. No hubo ni una orden, ni una palabra, ni siquiera un "bants" que exigiera su salida del salón del trono.

Indra lanzó una inquisitiva mirada a su comandante. Lo único que podía ver era su recta postura, sus puños apretados a ambos lados de su cuerpo y su capa ondeando suavemente por la ráfaga de viento que se colaba por la pared semidestruida atrás del trono.

Era la quietud antes de la tormenta, pensó la guerrera. No, más bien, era el ojo del huracán. Esa calma mortecina rodeada de caos y ruinas revoloteando por los aires. Si pudiera atravesar su comandante con la mirada, ese sería el panorama dentro de ella en ese justo momento.

No había mucho qué hacer, sólo darle espacio.

Indra no era hábil con las palabras, mucho menos con temas relacionados con sentimientos, estos la eludían; eran un recuerdo lejano de otra vida que ya no era la suya. Así que hizo lo mejor que podía hacer: miró a sus guerreros postrados el lado de ella y con un movimiento de la cabeza les indicó que tenían que marcharse.

No se despidieron e Indra sabía que dadas las circunstancias eso no importaría.

Tenía razón.

Las puertas se cerraron con un ruido metálico y Lexa expulsó el poco aire que se había aventurado a su pecho.

El suelo bajo sus pies se humedeció cuando dos gotas cayeron.

Estaba llorando y la comandante no parecía poder evitarlo.

Seguía cayendo, precipitándose a un abismo sin fin.

Clark había desaparecido. Clarke había abandonado a su gente para cumplir una penitencia que creía merecer. Se había ido en un intento de llevarse el dolor consigo para que nadie más tuviera que atravesar ese infierno con ella.

Lexa miró las nubes y exhaló un sollozo.

De no haberla dejado, esto no estaría pasando. De no haberle dado la espalda en la montaña, Clarke estaría en Arkadia con la gente que tanto amaba, sonriendo con sus amigos, forjándose una nueva vida. Quizás hasta habría visitado Polis, quizás estaría ahí, a su lado contemplando ese mismo paisaje… Y ella misma, Lexa, no se sentiría como el ser humano más infame de la tierra. No estaría tan rota, tan perdida.

- Lo siento… - murmuró con sus ojos impregnados de lágrimas recorriendo los bosques. – Lo siento…-

¿Dónde estás, Clarke?


- ¡Lexa, no! –

Clarke despertó de repente aventando la piel de oso a un lado, peligrosamente cerca del fuego.

Su corazón latía de manera vertiginosa, podía sentirlo palpitando también en sus sienes y en su garganta.

Algunas de las ramas que se consumían en la fogata crujieron y atrajeron su atención a las llamas.

Clarke frunció el ceño y apretó los dientes.

Estaba frustrada, irritada y totalmente abrumada.

Por fin había logrado conciliar el sueño después de muchos intentos en vano y ahora esto.

- Maldita seas… - musitó a la nada.

No estaba del todo consciente de si esas palabras iban dirigidas a la mujer que acechaba sus sueños o a ella misma, por continuar teniéndolos. Tal vez eran para ambas, más para sí misma por ser haber sido tan ingenua, tan idiota.

La joven se echó hacia atrás, cayendo sobre las pieles que daban un grato sostén a su cuerpo.

Sus ojos de posaron en el techo de su nuevo refugio.

Era una caverna mucho más espaciosa que la anterior, localizada detrás de una caída de agua. De fácil acceso para quien estaba familiarizado con esos lares, pero oculta para quienes pasearan errantes por ahí.

Nylah le había aconsejado "mudarse" a esa cueva; según ella, estaría más cómoda y segura. Además, estaría más cerca de su casa-comercio si llegaba a necesitarla.

Se habían vuelto, ¿qué? ¿amigas?

No. Clarke no se permitía involucrarse más de lo debido y tampoco le permitía a la joven Trikru aproximarse demasiado. Tenía la impresión de que nunca le otorgaría ese privilegio a nadie más de ahora en adelante.

Socias. Ese parecía ser el término más adecuado para la relación que habían forjado.

Esas pieles, una espada, ungüentos, algunas redes tejidas a mano y lecciones de caza y herbolaria eran algunas de las ventajas de tal asociación para Clarke. Su espalda y su trasero estaban profundamente agradecidos por ello; ya no tenía que dormir a ras del suelo para despertar con las extremidades adoloridas.

También se había vuelto diestra en atrapar animales más grandes que un conejo y en la pesca.

Nylah se beneficiaba de ese pacto cada vez que Clarke le llevaba una presa para compartir la carne, así como plantas, insectos y hierbas que necesitaba para preparar diferentes medicinas, pócimas y antídotos que los terrícolas solicitaban. La joven caída del cielo se había convertido en su proveedora y Nylah disfrutaba poder tener más tiempo libre en vez de salir a cazar o a buscar suministros. No tenía que ensuciarse las manos ya, literalmente.

Clarke suspiró con amargura.

Su vida iba tornándose menos inclemente, o por lo menos eso quería creer, excepto por las pesadillas y por esos momentos de introspección que inevitablemente acababan en dolorosos recuerdos y arrepentimientos. Pero estos se habían vuelto más espaciados, más soportables… Claro, de no ser por este particular tipo de sueño que revolvía sus entrañas.

La comandante.

Clarke cerró los ojos y suspiró de nuevo.

No alcanzaba a comprender por qué su mente insistía en atormentarla así.

Lexa no valía la pena.

No…

La joven se levantó, resignada. Estaba demasiado inquieta para tratar de dormir por décima vez aquella noche.

Tomó un recipiente lleno de agua (cortesía de Nylah también) y la arrojó sobre las brasas que se estaban ya extinguiendo. Caminó hacia la esquina más alejada de la entrada de su cueva y recogió un bulto amarrado con cuerdas (regalo de Nylah, por supuesto).

Tendría que aprovechar su insomnio. Llevaría ese paquete a la mujer Trikru. Pensaba hacerlo a primera hora mañana, pero en vista del éxito obtenido, lo haría de una buena vez. Así quizás una caminata nocturna podría ayudarla a despejar su mente y dejar de pensar estupideces.

Ajustó ese envoltorio a su espalda con las bandas de cinturones que había sacado de la nave y salió de la caverna, pasando entre el flujo de agua y una gran roca que cubría parte de la entrada.

La luna menguante no brindaba mucha luz, pero a Clarke no le importaba. Ya conocía el camino hacia el negocio de Nylah al derecho y al revés.

Iba ahí una vez cada dos o tres días, dependiendo de lo que la mujer Trikru requiriera o si Clarke tenía algo interesante qué intercambiar.

Le tomaría un poco menos de una hora llegar ahí, una hora tal vez si no apresuraba el paso, y honestamente esa noche no tenía fuerzas para trasladarse a zancadas. Su cuerpo se sentía desganado, hacía juego con sus emociones conflictuadas. Así que se movía a paso lento, concentrándose en los ruidos nocturnos, en el arrullo de las aguas del río y en el viento que soplaba entre las copas de los árboles.

El aire fresco la reconfortaba. Tal vez altas dosis de éste y algún día su mente y su alma encontrarían el olvido que tanto anhelaba.


Los pedazos de metal chocaron unos contra otros y un tintineo metálico se difuminó por la habitación cuando una ráfaga de viento se coló por la puerta que segundos más tarde se cerró.

La luz de las velas estratégicamente distribuidas iluminaba el espacio, creando sombras fantasmagóricas entre los artículos, productos y cachivaches que se hallaban colocados en varios estantes y muebles.

Nylah sonrió al ver a su visitante.

- ¡Heya, Skaigada! - saludó la mujer detrás de un mostrador de madera. - ¿Qué haces aquí a estas estas horas? –

Clarke se encogió de hombros.

- Mala noche. No preguntes. – dijo ésta aventando su carga al suelo.

- Ok… -

Nylah tomó el paquete sin cuestionar. Ya estaba acostumbrada a la barrera invisible que la joven Skaikru había erigido ante ella. Nunca había platicado mucho, y los efímeros momentos en el que parecía deseosa de hablar eran charlas relacionadas con comida, medicinas caseras, costumbres terrícolas y sus clases de Trigedasleng, el idioma de las tribus.

La mujer posicionó la mercancía sobre una mesa y empezó a revisarla.

- Mochof – dijo – ya no me quedaban algas rojas de río y mi provisión de musgo azul se agotó hoy. –

- Traje también algunos deshechos de una de las naves. – indicó Clarke. – supongo podrían ser útiles para algún coleccionista o algún inventor loco de tu tribu. –

Nylah rio con suavidad.

- Supongo…-

- ¿Y bien? – preguntó Nylah. - ¿Qué va a ser esta vez? ¿Gustas una pócima para dormir y remover esas ojeras de mapache? –

Ante esta última pregunta, la mujer le dedicó una sonrisa socarrona.

Clarke entornó los ojos y le dio le espalda. Su atención se centró en los objetos de la tienda. Había muchos de ellos y nunca eran los mismos debido a que el comercio era basado en el intercambio. El dinero había desaparecido junto con la civilización del consumismo extremo, hacía 97 años.

Dio unos pasos analizando lo podría requerir, que en realidad no era mucho.

Esa poción no sonaba tan mal después de todo, pero su ego no le permitía admitir que la burla de Nylah había acertado en el blanco.

La comerciante observó a la joven Skaikru detenidamente. El tiempo pasaba y no conseguía averiguar más de ella y eso empezaba a ser una espina clavada que le causaba una mezcla de cosquilleo y molestia. También, desde hacía unos días, había notado que, a pesar de su humor agrio y distante, no era de mal ver. De hecho, tenía cierto magnetismo y eso volvía su cosquilleo más insoportable aún.

Era una lástima que aquella joven no sonriera. Esa debía ser una sonrisa memorable.

- Creo que necesito un cambio. – indicó Clarke interrumpiendo las divagaciones de Nylah, quien pestañeó rápidamente al sobresaltarse.

- ¿Un cambio? -

Clarke agarró un mechón de sus cabellos y preguntó:

- ¿Tienes algo que pueda teñir esto? –

Nylah arqueó una ceja.

- ¿Estás segura? Esa cabellera dorada es parte de tu encanto… - expresó la mujer Trikru mirándola juguetonamente.

Clarke hizo caso omiso al no tan sutil coqueteo y entornó los ojos, de nuevo.

- No me interesa tener encanto. ¿Tienes algo para pintar mi cabello o no? –

Nylah se dio cuenta que su poder de convencimiento se quedaba corto con ella, así que se dio a la tarea de buscar un objeto en la parte trasera de la tienda.

Al cabo de unos minutos, reapareció ante Clarke, sosteniendo un frasco que contenía una sustancia parda, viscosa.

- Esto podría funcionar. – dijo, entregándole el recipiente de vidrio. – Si yo fuera tú, no me arriesgaría a abrir los ojos mientras la aplico al cabello. Ah, y me mantendría alejada del agua. –

Clarke tomó el frasco y lo dejó sobre el mostrador.

- ¿Puedo echar un vistazo al resto de la tienda? – preguntó.

Nylah asintió.

La joven Skaikru se dirigió entonces hacia donde Nylah había estado unos instantes antes. Había distintas piezas de indumentaria, cascos, algunas armas, botas y joyería hecha de dientes y huesos de animales y de metales trabajados.

Sus manos agarraron una gabardina negra de cuero cuya parte frontal era más corta que la parte de atrás.

- Te quedaría bien, Skaigada. ¿Por qué no te la pruebas? – comentó Nylah parada al lado de ella.

El cuerpo de Clarke se puso rígido. Ese estilo de vestimenta se parecía a lo que la comandante solía portar.

- No lo creo. – respondió, regresando el atuendo a su lugar.

Acto seguido, examinó los pares de botas que estaban en estantes y eligió unas que eran de su talla. Botas negras. Ese era el color preponderante entre los terrícolas y no entendía realmente por qué, pero le daba igual.

Sobre una cómoda encontró varios frascos y tomó el más pequeño.

- ¿Qué es esto? – preguntó, llevándoselo a la altura de su cara y más cerca de la luz de una vela.

- Pintura de guerra.

Tres inofensivas palabras que la hicieron viajar en el tiempo y la arrojaron a la cima de Mount Weather.

Una cara decorada con pintura, manchada de sangre. Ojos verdes con pupilas dilatadas que ultrajaban su alma.

Que volvamos a encontrarnos

Clarke apretó el envase de vidrio con todas sus fuerzas sin siquiera estar consciente de lo que hacía.

Tal vez se había vuelto más fornida, o tal vez el material no era tan resistente; como sea, el frasco se rompió entre sus dedos y la joven gimió de dolor, dejando caer los pedazos ennegrecidos al suelo.

- ¡Skaigada! – exclamó Nylah tomando su mano inmediatamente para revisarla.

Clarke intentó apartarse, pero la comerciante asió su mano con firmeza.

- Te la descontaré de tu siguiente entrega – le dijo medio sonriendo. Arrancó uno de los pedazos de vidrio y lo puso sobre un estante.

La joven Skaikru hizo una ligera mueca de dolor y observó las cortadas y los vidrios enterrados en la palma de su mano y en sus dedos.

Había perdido los estribos sin siquiera percatarse. Su odio por Lexa había permeado hasta su inconsciente y se había enraizado en su ser. No era posible que una simple tintura hubiera causado tal ridículo percance. Eso y su insomnio… Y cómo dejar a un lado todas esas ocasiones en las que al practicar con su daga y con su espada invocaba el rostro de la comandante para que la sangre le hirviera y su ataque fuera más agresivo, más contundente.

- Ven, tenemos que lavar las heridas. – le indicó Nylah jalándola hacia sus aposentos.

Clarke no respondió, ni siquiera protestó. Estaba absorta en sus pensamientos, viendo cómo fluía la sangre, preguntándose cuánto daño más le haría el recuerdo de Lexa.

La mujer Trikru guio a Clarke al pie de su cama.

- Toma asiento. Iré por un poco de agua y pomada. – dijo, alejándose de ella.

Clarke alzó la mirada y la clavó en la espalda de Nylah.

Estaba enojada, furiosa. Probablemente era la acumulación de recuerdos que no cesaban; probablemente eran esos sueños recurrentes que la despertaban todas las noches; probablemente eran esas emociones a flor de piel que simplemente no lograba controlar, mucho menos erradicar. Muy probablemente era ese sentimiento que no se atrevía a enfrentar, atravesándola ahí, justo en su corazón. Un sentimiento indescifrable, demasiado confuso para comprenderlo y tampoco no estaba segura de desear hacerlo.

Sentía que su sangre bullía. La tensión en su cuerpo bien podía quebrar cada uno de sus huesos.

Por un breve instante, tuvo la idea de pedirle a Nylah que salieran a tomar aire libre y practicar con sus armas para así liberar parte de ese coraje, pero la comerciante no era una luchadora aguerrida, sabía lo necesario y nada más. En ese estado, Clarke podría partirla en dos sin problema alguno.

Clarke se sobresaltó al sentir la tibieza de una mano en su antebrazo y el calor de un paño húmedo limpiando sus dedos.

Nylah había regresado y estaba en cuclillas justo frente a ella.

- Deberías tener más cuidado, Skaigada – habló la mujer – esas manos me son útiles. -

Clarke carraspeó. Este jugueteo se estaba volviendo más insistente y aunado con la tensión…Bueno.

El fortuito hecho de que en esa postura el escote de Nylah fuera sumamente revelador tampoco facilitaba las cosas.

La joven Skaikru tragó saliva.

La mujer Trikru era atractiva. De cabello rubio, ojos almendrados y traviesos, facciones finas, labios delgados; cuerpo esbelto y aparentemente dispuesta a todo.

Era la primera vez que Clarke reparaba en estos detalles y su mente comenzaba a darle sermones sobre la terrible idea que sería enredarse con ella; sin embargo, su cuerpo no parecía estar de acuerdo porque podía sentir su temperatura ascendiendo.

Nylah terminó de remover los fragmentos y aplicó un ungüento para acelerar la cicatrización. Luego vendó su mano con un jirón de tela y encontró los ojos de la joven.

- A este paso tú misma acabarás con mis ingredientes de sanación, Skaigada – comentó con esa típica sonrisa.

Clarke quería replicar algo pero la ansiedad no la dejaba elaborar pensamientos coherentes.

El cuarto olía a incienso y a cera derretida. El colchón era cómodo, las pieles sobre él sedosas y acogedoras y la mujer frente a ella podía bien ser el distractor más exquisito que tenía cerca.

No debía caer en la tentación, pero quería hacerlo, necesitaba hacerlo.

Sus ojos se posaron en los labios de Nylah por un segundo y después descendieron por su mentón, cuello y se atrevieron a bajar unos centímetros más.

La mujer Trikru no perdió detalle de lo que Clarke hacía y se sintió confundida, placenteramente confundida. Su sonrisa se acentuó.

- Es obvio que estás muy tensa, Skaigada. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti? – Preguntó, deslizando una de sus manos por el antebrazo de la joven.

Y hasta ahí llegó su auto control.

Clarke sintió esa caricia como una explosión sobre su piel.

- Sha, Nylah. – contestó, agarrando la solapa del chaleco de pieles de Nylah y jalándola hacia ella.

El beso fue inclemente, hambriento; la mujer Trikru tuvo que arrodillarse para no perder el equilibrio. Estaba totalmente estupefacta ante aquel arrebato, pero no opuso resistencia.

La intensidad del beso escaló con rapidez y Nylah se impulsó hacia adelante para poder pararse y empujar a la joven sobre la cama con su propio cuerpo.

Clarke rompió el contacto de sus labios por un segundo en busca de aire y observó a la mujer que se hallaba encima de ella, quitándose los ropajes que cubrían su torso.

Era una idea terrible, peligrosa, pero las punzadas en su mano herida la convencieron de fluir.

Nylah se inclinó hacia ella y capturó sus labios con los suyos con fuerza.

Sí, era una idea terrible, pero ya no podía más. Clarke suplicaba por un momento de alivio, un instante en el que pudiera desaparecer, desvanecerse.

Ojos verdes se hicieron presentes en su mente y Clarke mordió el hombro que se hallaba cerca de su boca.

Hoy no, esa noche no.

Esa noche Clarke ardería en el fuego de sus instintos y arrasaría con ellos. Se abandonaría a esa pasión sin importarle nada.

La joven se aferró al cuerpo de Nylah y clavó sus uñas en su espalda.

El olvido. Ese olvido esquivo se doblegaría ante ella.

Ya mañana volvería a aprender a fingir.