Capítulo 12
Vigilia
Esta no era ella.
Ella no perdía el sueño tantas noches continuas. Ella no sucumbía a la ansiedad que de vez en cuando recorría sus manos en forma de insistente hormigueo.
Este manojo de insomnio, de tristeza y de preocupación no era ella.
Lexa había logrado dormir solamente una hora, a mitad de la noche, y se había despertado súbitamente por una extraña sensación en su pecho. La imagen vívida de Clarke observándola con desprecio le había arrebatado esos minutos de descanso.
Era como si pudiera sentir su odio en carne viva, aún en la distancia, y eso le revolvía el estómago y le vaciaba el alma.
La comandante se había dado por vencida en su intento por dormir. No podría cerrar los ojos el resto de la noche, lo sabía. De todos modos, faltaba poco para el amanecer y había decidido dejar sus aposentos a primera hora del día. Tenía un plan, un plan totalmente descabellado, pero su desesperación no le daba tregua y tenía que hacer algo pronto.
Así que dejó a un lado su reloj biológico e ignoró el agotamiento de su cuerpo, y ahí estaba, inmóvil en su balcón, contemplando las estrellas.
Era masoquismo puro estar ahí, cobijada bajo los astros, preguntándose si Clarke también las estaría mirando en esos instantes. Preguntándose cómo era posible que una mujer del cielo, una mujer estrella, hubiera puesto su mundo de cabeza de esa manera.
Se había jurado jamás volver a caer en ese limbo, entre el deber y el anhelo, pero aquella promesa se había convertido en arena en el viento.
Debió estar mejor preparada, debió reconocer las señales cuando estas se hicieron presentes.
Debió saber que al abrirse la entrada de su tienda y asomarse esa joven de cabellos de oro el destino la alcanzaría y la forzaría a cuestionarse, incluso cuestionarse quien era ella misma, como si todo lo que ella creía, sentía y pensaba de repente hubiera colisionado y se hubiera hecho trizas.
Debió ser más sabia, más cauta… Pero no pudo.
Esos ojos azul océano, profundos e inevitables se habían clavado en ella y habían penetrado hasta su alma, alcanzando rincones prohibidos, olvidados.
La comandante suspiró.
El frío de la noche erizaba su piel cubierta sólo por un ligero camisón negro, pero no le importaba. Esa gélida caricia la mantenía alerta; era un recordatorio de que aún estaba viva, aunque su corazón estuviera tan roto.
Tenía que encontrarla. Tenía que hallar a Clarke.
Con toda seguridad ella no querría ser encontrada, sin embargo, no había otra alternativa.
Shura, "la sombra" se había presentado ante ella esa tarde y la había puesto al tanto sobre los movimientos del clan Azgeda.
Las sospechas de Lexa no habían sido infundadas. Los Azgeda habían enviado ya caza recompensas a los bosques en búsqueda de Clarke.
Aún no sabían que ella había elegido desterrarse, lo cual le daba cierta ventaja a la comandante y le permitiría ganar tiempo. Esos mercenarios estarían entonces rondando el campamento Arkadia, pero no demorarían en darse cuenta de que Clark no estaba ahí, o Wanheda, como ellos la llamaban.
Clarke estaba en peligro. Ahora más que antes.
Los Azgeda habían sido los primeros, pero no serían los únicos. Cualquiera podría en algún momento sentirse lo suficientemente osado para ir a reclamar el poder de Wanheda y no había ninguna ley que pudiera impedirlo. Era la tradición.
Entre esa amenaza y la tensa mediación con los Skaikru y los clanes, Lexa podía casi ver cómo su alianza se iba desmoronando.
La comandante dejó de admirar el cielo y se enfocó en el bosque, en dirección a donde se hallaba Arkadia.
Apenas había regresado de las negociaciones con Kane el día anterior. El tratado no había sido firmado, únicamente habían resuelto una "paz" temporal, un cese a la agresión entre terrícolas y Skaikru hasta que se llegara un acuerdo sólido entre ellos… O hasta que alguien rompiera con la tregua, pensó Lexa, lo cual no era improbable dadas las circunstancias.
La desaparición de Clarke estaba causando estragos también en la toma de decisiones de la gente del cielo. Lo quisieran aceptar o no, su ausencia pesaba. Ella era su guía, aunque algunos odiaran reconocerlo.
Clarke sabía lo que tenía que hacerse a cada momento. Seguía a su corazón sin permitir que su mente se nublara. Tomaba las riendas del destino de todos por amor a ellos y estaba dispuesta a cualquier cosa para salvaguardar la integridad de su gente.
Para Lexa, Clarke era la líder perfecta.
No lo había creído antes cuando confundió su nobleza con debilidad… Sin embargo, Clarke le enseñó, más bien, le recordó que se podía cuidar a otros sin tener que sacrificar la esencia misma que los hacía humanos.
Su gente la echaba de menos. No lo habían expresado en esa última reunión, ni Kane, ni Abby, pero las palabras habían sobrado.
La comandante podía rememorar claramente ese encuentro en un campamento provisional a poco menos de un kilómetro de Arkadia un día atrás.
Kane y Abby habían ingresado a su tienda de campaña, dejando a Octavia y a Bellamy afuera, a una distancia prudente.
La expresión agobiada de la doctora fue lo primero que Lexa había notado. Ojeras pronunciadas ensombrecían sus ojos y estos eran pozos oscuros llenos de ira contra ella y de aflicción por la partida de su hija.
Lexa podía sentir esa mirada pesada sobre ella en todo momento durante la plática y la había abrumado, aunque no lo hubiese demostrado.
Esos ojos opacos le reclamaban incesantes:
"Tú me arrebataste a Clarke, tú la empujaste lejos de nosotros"
¿Cómo negarlo? ¿Cómo no sentir aversión contra ella misma sabiendo que Clarke estaba perdida en todos los sentidos posibles?
Y la estocada final había ocurrido al terminar la reunión.
Antes de salir, Abby había volteado a verla por última vez antes de atravesar el umbral y esos ojos no sólo tenían coraje en ellos, Lexa pudo vislumbrar algo más, una súplica, un ruego silencioso:
"Tú contribuiste a esto, arréglalo"
Sí. Sin reparar en los medios para llegar a ese fin, la comandante la encontraría.
Lexa removería el mundo entero para hallar a Clarke y la llevaría a casa, con su gente; y después habría guerra contra la nación del hielo, los Azgeda, y si tenía que aniquilar a cada uno de esos guerreros para proteger a la joven del cielo, también lo haría.
Podría soportar que Clarke la odiara el resto de su vida si ella estaba bien, completa, viva.
Lexa apretó los puños y alzó el rostro hacia el firmamento.
- Volveremos a encontrarnos Clarke…-
Su sobresalto impulsó su cuerpo y la forzó a sentarse. Los latidos de su corazón cimbraban todo su cuerpo cubierto en sudor.
Clarke tomó una bocanada de aire.
No, no; no otra vez, pensó.
Miró a un lado suyo, a la figura descansando bajo pieles de animales.
Nylah le daba la espalda. Su silueta apenas se movía en cada respiración y parecía dormir plácidamente.
Clarke liberó un ligero suspiro al ver ese esbelto dorso adornado con tatuajes tribales.
No se sentía mejor. Las pesadillas no se habían ido. Ella no se había esfumado.
La sensación de otros labios sobre los suyos no había podido liberarla del recuerdo de aquellos que repasaba una y otra vez en sus sueños.
Había intentado sentir algo más que culpa, dolor y letargo emocional. Había querido sumergirse en un mar de sensaciones físicas y no pensar, sólo sentir. Sin embargo, ahí estaba, desnuda en plena noche con un bombardeo de imágenes imparables y con la aprehensión en su pecho, la misma de siempre.
La urgencia de levantarse y salir corriendo la apremiaba, así que comenzó a deslizarse fuera de la cama despacio, procurando no despertar a Nylah. Lo último que necesitaba era dar explicaciones y definitivamente no estaba lista para admitir que la había utilizado, que se había aprovechado de una atracción efímera para eludir su bagaje de fantasmas.
Recogió su ropa y se vistió con rapidez.
Antes de salir del cuarto, lanzó una mirada fugaz a la mujer Trikru que aún yacía dormida.
No era su intención herirla. Tendría que ser clara con ella la próxima vez que se vieran, pero esperaba que su huida en medio de la noche fuera un indicio suficientemente obvio para evitar complicaciones.
Quería susurrar un lo siento, pero Clarke optó por dar la media vuelta, tomar sus cosas y marcharse.
La puerta se cerró tras de sí y la joven Skaikru pudo vislumbrar el pálido azul esparciéndose por el cielo. El amanecer estaba por hacerse presente, pero ella se sentía terriblemente ausente.
Aspiró hondo el aroma a pino y a follaje empapado de rocío e inició su viaje de regreso a su refugio. Sin embargo, el resplandor humedecido de unos ojos verdes suplicantes la acompañó a cada paso sin que ella pudiera impedirlo.
Sus pisadas casi imperceptibles eran sólo captadas por los diminutos insectos en la tierra que corrían asustados ante la vibración de esas suelas impactando las hojas caídas.
Iba dando largas zancadas con rumbo fijo.
Shura se había rehusado a llevar un caballo consigo. Estaba más que acostumbrado a ser uno con el bosque, de hecho, disfrutaba más que ningún otro terrícola el dar prolongados paseos aquí y allá cuando no tenía misiones qué emprender. Cargaba una mochila ligera con agua en una cantimplora, hogazas de pan y tiras de carne seca. También había empacado una cuerda, los indispensables ungüentos y antídotos para cualquier veneno conocido entre su gente y una cobija liviana.
No tenía idea de con qué se cruzaría en su camino, así que llevaba su espada y arco bien sujetados a su espalda y dos dagas a ambos lados de su cinturón.
Estaba emocionado. Era la primera vez que tenía una encomienda de ese estilo: hallar a una joven Skaikru de cabellos de oro que podía estar a decenas de kilómetros de ahí y que no deseaba ser encontrada. Y para empeorar las cosas, no sería el único buscándola. Era una competencia encarnizada para asegurar esa presa y los Azgeda no eran oponentes torpes. La mayoría de esos caza recompensas estaban estrictamente adiestrados para atrapar a los blancos más difíciles y pendencieros bajo las circunstancias más adversas.
"La sombra" sonrió mientras saltaba grácilmente por encima de un tronco caído. Le gustaban los retos y este prometía mucho.
Su comandante le había ordenado salir cuanto antes a pocos minutos de haber amanecido aquel día. Y como esa última vez en Mount Weather, debía mantener en secreto esta tarea.
"Explora los parajes lejos del campo Arkadia y de Mount Weather" le había dicho su Heda trazando una ruta con sus manos sobre un mapa. "Clarke intentará apartarse lo más posible de Polis y de esas dos ubicaciones".
En vista de ello, Shura sabía perfectamente hacia dónde dirigirse.
Él la encontraría, tenía una corazonada. En cuanto lo hiciera, la vigilaría para conocer el paradero en el que se albergaba y regresaría a informarle a su comandante.
No sabía por qué Heda no le había pedido traer a la mujer directamente a Polis. Por supuesto que podría hacerlo. Shura había creado una sustancia que dejaría fuera de combate a cualquiera por varias horas y bien podría emplearla para dejar inconsciente a su objetivo y cargarla o arrastrarla hasta la capital. Sin embargo, sus órdenes eran precisas, aunque desconcertantes para él y las acataría al pie de la letra.
Tenía permiso para matar a sus contrincantes de la nación del hielo si tenía la fortuna (según él) de toparse con ellos. "La sombra" volvió a sonreír, esta vez de manera petulante.
Esto ciertamente iba a ser interesante.
