Capítulo 13
Fragmentos de Esperanza
Su corazón había dejado de latir por un instante.
Todo su cuerpo se paralizó. No, no sólo él, sino todo a su alrededor. Las hojas de los árboles no parecían moverse más ante el viento. No escuchaba el trinar de los pájaros ni el fluir del arroyo cerca de ahí.
No había nada más que ella. Ella.
Tuvo que exigirse a recordar cómo respirar de nuevo para recobrar el aliento.
Aspiró, aspiró lo más hondo que pudo y dolía. Cómo dolía.
Dolía verla. Pero era un dolor que la revivía, que la traía de vuelta a una existencia que poco entendía ya.
Era un morir y renacer al unísono.
Ahí estaba, a unos cuantos metros de ella. Podía acercarse, pero jamás alcanzarla, lo sabía.
Sus manos se aferraron al tronco del árbol con más fuerza.
Era demasiado. Los recuerdos arremetieron contra ella uno tras otro, sin piedad. Ella estaba en cada uno de ellos, inamovible, certera, insistente. Hermosa.
Lexa alzó el rostro al pedazo de cielo que se dejaba ver entre las hojas y ramas. Fue una súplica silenciosa a la nada.
Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. No. Quería hacerlo.
Había venido hasta ahí por ella y no daría marcha atrás.
Clarke se hallaba ahí, a unos cuantos metros, recolectando raíces y frutos. No tenía idea de que era observada desde lo alto de uno de los pinos. No tenía idea de que ese alguien la contemplaba como quien mira la creación más sublime del universo.
Tendría que bajar del árbol y…
¿Y qué?
Lexa consideró sus opciones. Todas, de algún modo, acababan en desastre.
Había trazado este plan hasta el momento en el que la encontraba; había pensado en las palabras, en el inevitable rechazo, en las palabras hirientes, en la ira. Sin embargo, estar ahí era un giro completamente distinto a la historia mental que se había forjado.
El embate de emociones que la joven Skaikru le provocaba era abrumador.
Tal vez lo mejor sería hacerlo rápido, como cauterizar una herida con fuego. Poner la daga a rojo vivo sobre ella sin siquiera darse tiempo para oponer resistencia.
Descendería y caminaría hacia Clarke con paso seguro, sin importar que su cuerpo temblara ante su proximidad.
Después de meditarlo unos minutos, la comandante Trikru estaba a punto de llevar a cabo su cometido cuando un gruñido ella llamó su atención.
Justo al pie de un árbol cerca de Clarke se hallaba un puma y éste la observaba fijamente.
Lexa volcó su mirada asustada en Clarke para cerciorarse de que ella había descubierto al felino también.
La joven Skaikru estaba congelada y permanecía inmóvil en dirección al animal.
No, no, Clarke, aléjate lentamente pensó Lexa contemplando impávida la escena. No podría llegar a tiempo, no podría…
El corazón de Clarke bombeaba sangre vertiginosamente. La adrenalina se extendía por cada fibra de su cuerpo como olas.
No otra vez.
No podía ser presa de otro animal. Esto no podía estar pasando de nuevo.
Clarke empezó a mover su mano derecha muy lentamente, pretendiendo llevarla hacia la empuñadura de la espada sujeta a su espalda mientras su mano izquierda se deslizaba despacio hacia su cinturón en busca de su daga. Esperaba poder agarrar alguna de las dos antes de que el felino decidiera saltar hacia ella.
El puma pareció percibir sus intenciones y se abalanzó hacia ella soltando un agudo siseo.
Clarke dio un paso hacia atrás logrando sacar su daga justo antes de que el animal la impactara con una de sus garras en el hombro izquierdo.
- ¡Clarke! –
La joven del cielo cayó al suelo y su cabeza se impactó con fuerza contra una roca, desorientándola en el acto.
El puma se vino abajo junto con ella. La daga estaba clavada en su pecho, sin embargo, eso no evitó que intentara clavar sus colmillos en su cuello.
Otro cuchillo en la base de su cráneo lo detuvo antes de que pudiera lograrlo.
Lexa mantuvo la presión en el arma hasta que se cercioró de que el animal hubiera muerto.
Cuando el cuerpo inanimado del felino se hubo desvanecido por completo, la comandante lo empujó a un lado y se apresuró a sostener a Clarke entre sus brazos, colocando una mano debajo de su cuello, alzando su cabeza con cuidado.
- Clarke…
El azul celeste se encontró con el eterno verde de esos ojos por un instante y después una cortina negra descendió entre ellos.
- ¡Clarke! - pronunció Lexa con temor en su voz.
Sus dedos el pulso de la joven a un lado de su cuello. Ahí estaba.
Lexa la observó con detenimiento. Preocupación y fascinación se mezclaban en sus pupilas.
Su mano libre se posó sobre una de las mejillas de la joven inconsciente y la acarició con suavidad.
- Estoy aquí, Clarke. – le susurró, sintiendo que las lágrimas se aglomeraban detrás de sus ojos. – Te mantendré a salvo, lo prometo…-
La temperatura de la cueva había aumentado considerablemente a pesar de que afuera una lluvia torrencial se había desatado unas horas antes.
Lexa escudriñó el escondite centímetro a centímetro.
Clarke no había perdido el tiempo. El lugar estaba rebosante de todo lo que podía necesitar para sobrevivir.
Lo había hecho bien.
Semanas después de Mount Weather, la joven Skaikru se había construido una vida nueva en los bosques.
Las diversas pieles animales, la carne almacenada en sal, las hierbas secas medicinales y uno que otro libro aquí y allá eran testigos de la capacidad de adaptación de aquella chica.
Lexa no sentía asombro, sino reverencia.
Clarke era capaz de eso y más.
La comandante añadió otro leño al fuego y después se acomodó al lado de la joven que yacía aún desvanecida entre pieles.
Estaba mucho más delgada de como la recordaba. Sus facciones se habían endurecido. El color de su cabello era diferente: un rojo oscuro, casi café, como el de la sangre seca.
Vestía ropas de terrícola y sus armas eran de buena calidad, hechas por herreros Trikru.
Lexa se preguntó cómo las habría obtenido. Por lo visto, Clarke debía tener algún contacto con alguien de su gente, pues había cosas en esa caverna que no podía haber conseguido con facilidad y de algún modo la imagen de Clarke robando no encajaba ni le apetecía.
Lexa decidió que cualquiera que fuera la historia detrás de esos artículos en ese momento era relevante, así que prosiguió haciendo lo que había iniciado antes de que sus pensamientos divagaran.
Mojó el pedazo de tela en el agua tibia dentro de un cuenco y lavó la herida en el hombro de la joven.
El trapo rozaba la zona afectada y sus alrededores con sumo cuidado. Lexa había tenido que rasgar la camisa de Clarke aún más de lo que las zarpas del puma lo habían hecho para poder curarla.
Por fortuna la herida no era de gravedad. Únicamente había que mantenerla limpia y aplicarle algún ungüento, cuyos ingredientes la comandante agradecía que estuvieran ahí a la mano, colocados dentro de unos frascos al fondo de la cueva.
Después de terminar de cubrir la lesión, Lexa salió unos minutos de la cueva para vaciar el agua, rellenar el recipiente y lavar la tela que estaba usando.
El paño recorrió sutilmente el rostro de la joven, removiendo la tierra y la suciedad de éste mientras la comandante iba absorbiendo cada milímetro, cada poro, cada trazo. Todo iba grabándose en su memoria, guardándose en su alma en caso de que un día, tal vez pronto, no pudiera verla más.
Su cuello, sus brazos y manos también fueron procurados con minucioso cariño.
De todos los lugares en el mundo, Lexa habría escogido estar ahí una y mil veces, a pesar de las circunstancias, a pesar de todo. Ahí estaba Clarke y era todo lo que importaba.
Al concluir, la joven Trikru cubrió el cuerpo de Clarke con una de las pieles, mojó otro trozo de tela y lo colocó sobre su frente. Luego, se apartó un poco de ella y recargó su espalda contra la pared de piedra, sin dejar de vigilar a la joven ni un segundo.
Dos días. Shura había demorado dos días en hallarla y no bien había terminado de relatarle su ubicación, la comandante ya estaba lista para partir.
Titus la había acosado con una serie de preguntas a las que su Heda sólo había respondido con un lacónico: vamos por Wanheda, Polis se queda en tu resguardo y eso es todo lo que debes saber.
Ante la protesta, la comandante había alzado su mano y con eso bastó.
Indra, Johr y Xana ya la aguardaban en la planta baja de su torre.
Habían acampado a tres kilómetros de ahí en medio de un claro y la comandante les había ordenado permanecer en sus puestos hasta su regreso.
Volveré en tres días, les había dicho. Indra insistió en acompañarla, pero su ímpetu se estrelló contra la determinación de su Heda de continuar el viaje sola.
Le quedaban dos días y medio.
Lexa suspiró.
Clarke tenía que volver en sí. Lo haría. Cuanto antes mejor.
Si en un par de horas no veía una reacción favorable, tendría que llevarla de vuelta a Arkadia, con su madre, para que le brindaran asistencia médica que la gente Trikru no podía ofrecer. Sin embargo, confiaba en que fuera una contusión sin serias consecuencias, así que le daría la oportunidad de recuperarse por sí misma.
Las facciones de Lexa se relajaron.
Incluso así, postrada en un letargo, Clarke era lo más bello que había visto en su vida.
Si tan sólo las cosas fueran diferentes… Si tan sólo ninguna cargara el peso de sus respectivos mundos sobre sus hombros…
La comandante se sorprendió preguntándose si existían otras vidas.
Creía recordar que un siglo atrás algunas personas creían en que las almas atravesaban diversas existencias a lo largo de los siglos.
Era absurdo. Sonaba absurdo, pero no podía explicar lo que sentía por aquella joven tendida al lado de la fogata, no sin considerar que sus almas ya hubieran estado conectadas desde mucho antes.
La sentía, la sentía profundamente y eso la aterraba. Y ella, Heda, no podía darse el lujo de sentir miedo. No podía darse el lujo de sentir nada que no fuera lealtad y devoción por su propia gente.
Un suave quejido la sacudió de sus cavilaciones.
Los párpados de Clarke se apretaron y hubo un gesto de dolor en su faz.
Lexa se apresuró a regresar a su lado, poniéndose en cuclillas a la altura de su cabeza.
- ¿Clarke? - preguntó en voz baja, colocando una de sus manos en el antebrazo de la joven.
- No... No... - murmuró la joven Skaikru sumida en lo que aparentaba ser reminiscencias del día o alguna pesadilla.
La comandante acarició su antebrazo con las yemas de sus dedos, intentando confortarla.
- Calma, Clarke... Todo estará bien. - le dijo con suavidad.
Ojos azules se entreabrieron lentamente y Lexa se retrajo un poco, expectante. Una ola de júbilo vestido de ansiedad la atravesó de pies a cabeza al encontrarse con ese azul etéreo en el que danzaba el reflejo del fuego.
Clarke pestañeó una, dos, tres veces. La fatiga abrió paso a la incredulidad en su mirada, y después, casi instantáneamente, al asombro. Un asombro teñido de indignación, de enojo.
La joven herida se impulsó hacia atrás, ignorando el súbito dolor en su hombro y las punzadas en su nuca.
- ¿Tú? - preguntó con desdén. - ¡¿Qué demonios haces aquí?! -
Heda. Lexa cedió y Heda tomó control. Necesitaba ser impenetrable, necesitaba ser irrompible.
- Calma, Clarke. - dijo la joven Trikru permaneciendo en cuclillas a su lado. La expresión en su cara ilegible. - Tienes que descansar, estás herida. -
La joven frunció el ceño. Su boca permanecía entreabierta mientras sus ojos estaban clavados en Lexa, en un intento fútil por desgarrarla, destrozarla tan sólo con el poder de su intención. Su mente estaba revuelta; no lograba recordar cómo había llegado hasta ahí, ni qué había pasado, ni por qué estaba sintiendo esa punzada en su hombro. Y su cabeza parecía cargar un tambor a la mitad de su cráneo. Sin embargo, todo esto no era tan abrumador como el tenerla de frente. Ella, ahí, contemplándola como si fuera un cervatillo herido e indefenso.
Clarke hizo un esfuerzo por recordar. Echó un vistazo a su hombro vendado y después su mirada recayó en la comandante que guardaba silencio y una distancia prudente de ella.
- ¡Vete, comandante! O juro que si no lo haces...- advirtió, reuniendo la poca energía que tenía para incorporarse y consiguiéndolo, a medias.
Sus piernas le fallaron al momento en el que una oleada de dolor martilleó su cabeza y cayó al suelo apenas sosteniéndose con una rodilla.
Lexa no titubeó y se arrojó hacia ella para sostenerla.
- Clarke, por favor, podrías tener una contusión. -
De un manotazo, Clarke se zafó del agarre de Lexa pero su cuerpo sucumbió al cansancio y acabó sentada sobre las pieles de nuevo. Llevó las manos a su cabeza, como queriendo arrancarse el dolor con los dedos. El físico y el emocional.
Esto era demasiado para ella.
Lexa inhaló profundo y se levantó.
- Traeré un poco de agua, - anunció, caminando hacia la mesa rústica y tomando un vaso de madera que yacía ahí. - te hará sentir mejor. -
El rostro de Clarke seguía hundido entre la palma de sus manos. En lo hondo de su ser, rogaba que esto fuera otra pesadilla. Rogaba que esto no fuera verdad, que esos pasos que escuchaba alejarse fueran producto de un delirio y que jamás volvería a escuchar de regreso en ese espacio, en ese refugio, su refugio. Había estado tan cerca de sentirse segura en los confines de esa cueva, y ahora...
La tormenta no había amainado aún. El cielo seguía desplomándose. Sin embargo, la comandante salió de la caverna sin prisa, dejando que las gotas la bañaran, traspasaran su ropa y la refrescaran.
Cerró los ojos y alzó su faz al cielo. Sus lágrimas se confundieron con el mismo llanto de las nubes.
Después de un instante que ella consideró debilidad, prosiguió con su tarea. Del techo de la cueva caían chorros de lluvia. Enjuagó el vaso en uno de ellos y aguardó unos segundos a que se llenara para después volver al resguardo de aquel lugar en el que sabía no era bienvenida.
Lo primero que captó su atención fue que Clarke ya no estaba donde la había dejado y su corazón dio un brinco, pero antes de que su voz consternada se diseminara por la caverna, fue empujada violentamente contra la pared.
El vaso acabó en el suelo.
El azul iracundo de un par de ojos la dejó sin habla. El filo de una daga a mitad de su garganta la sobresaltó. Frío, el metal era terriblemente frío en contraste con esa mirada de fuego devastador que Clarke le propinaba.
La joven Skaikru respiraba con dificultad y todo su cuerpo temblaba, pero al parecer, no podía importarle menos. Ni su herida, ni el dolor punzante en su cabeza, ni las nauseas, ni el agotamiento eran suficientes para controlar la ira que estaba apoderándose de cada uno de sus poros. Sostenía el arma con determinación y ésta comenzaba a cortar la piel que apresaba lentamente.
Lexa no se movió. Podía hacerlo, por supuesto que podía. Tenía la capacidad de liberarse y contraatacar. Tenía la fuerza y la agilidad para diezmar a Clarke ahí mismo y mandarla al suelo sin problema alguno, pero no lo haría. No quería moverse. Si este era el precio a pagar por lo que había hecho, lo aceptaría. Lo aceptaría porque venía de ella.
Así que esperó.
Podía sentir que su carne era lacerada pero no se comparaba con la aflicción que cargaba su alma.
Clarke escudriñó esos ojos de bosque frente a ella. ¿Por qué no la amenazaban? ¿Por qué no la desafiaban?
¿Por qué estaban tan llenos de tristeza y de resignación?
Apretó más fuerte. Gruñió entre dientes buscando una reacción, buscando pelea.
Sería tan fácil vengarse; tomar la vida de la comandante como tributo a los cientos que fueron masacrados en Tondc, en Mount Weather. Tan, tan sencillo...
- Lo siento, Clarke - murmuró Lexa, sosteniéndole la mirada. Voz calmada, hasta dulce quizás. - Nunca fue mi intención convertirte en esto... -
Esto.
Clarke miró la daga que poco a poco se iba tiñendo de sangre.
Esto.
Sus ojos ascendieron con lentitud hasta detenerse en oscuras pupilas revestidas de humedad.
Las fuerzas la abandonaron de repente.
Lexa tomó la muñeca de Clarke y guió la mano que empuñaba la daga hacia su pecho con suma facilidad. Dirigió la punta de la daga hacia su corazón y la sostuvo ahí.
- Hazlo, Clarke. - le dijo. - Si eso es lo que quieres, si eso es lo que te traerá paz, hazlo. Sólo te pido que lo hagas así, como nosotros, directo al corazón. De todos modos no me sirve ya. -
La joven Skaikru quedó boquiabierta. Lo que quedaba de ella se vino abajo, pedazo a pedazo ante esas palabras.
Las lágrimas brotaron sin poderlas detener. Soltó la daga y el ruido metálico fue su rendición.
No, ella no podía ser esto. Ella no podía causar más dolor.
Ni siquiera a ella, a quien había aniquilado la última pizca de esperanza en su ser.
Clarke dio la media vuelta totalmente abatida y se dispuso a alejarse, llorando, pero su cuerpo no respondió más.
Lexa alcanzó a sostenerla en sus brazos justo antes de que se desvaneciera.
Mientras tanto, afuera, la lluvia se apaciguaba, dejando su aroma en la tierra junto con promesas de un nuevo amanecer.
