Capítulo 15

Lluvia

El camino hacia la cueva fue eterno a pesar de que no estaban lejos de ahí. Aunque la lluvia arreciaba, no se apresuraron, ninguna de las dos deseó hacerlo. Probablemente era reconfortante andar así, dejando que el agua se derrama sobre ellas, bañándolas. A Clarke le gustaba esa sensación, la lluvia la reconfortaba, como si cada gota pudiera llevarse consigo las impurezas de su alma y de su cuerpo. En la soledad de sus días en el bosque se había encariñado con ese elemento de la naturaleza.

Lexa, por su parte, siempre se había sentido fascinada por la lluvia. Había una mágica melancolía en ella; le traía muchos recuerdos, recuerdos de su infancia, recuerdos de tiempos en los que la muerte aún le era ajena. Sin embargo, hoy, esa cascada del cielo no le brindaba ningún consuelo. Mientras caminaba atrás de Clarke, las palabras de aquella joven resonaban en su mente.

No puedes; jamás podrás.

Sólo el universo, Dios, los Dioses, lo que fuera que allá estuviera manejando los hilos del destino, sabían cuán devastada se sentía por dentro. La opresión en su pecho le dificultaba respirar; sus pies se sentían pesados, como si enormes grilletes de hierro estuvieran atados en ellos y cada paso fuera físicamente imposible.

Podría llorar si no fuera tan orgullosa, tan exigente consigo misma.

Podría llorar si se diera el permiso para hacerlo…

Podría llorar porque sus lágrimas se camuflarían con las gotas de lluvia.

Después de unos minutos, se sorprendió haciéndolo de todos modos.

No hizo ruido alguno, ningún sollozo brotó de su boca, sin embargo, la sal se mezcló con el agua fresca irremediablemente.

Justo cuando Lexa logró divisar la entrada a la caverna se forzó a recobrar la compostura.

Ella era Heda y la comandante no tenía tiempo ni derecho a llorar.


Clarke fue la primera en acceder a la cueva. Se quedó detenida en medio del lugar unos segundos sin saber qué hacer, dándole la espalda a Lexa.

Debería echarla.

Debería pedirle que se fuera para jamás volver.

Debería…

- Haré una fogata, – anunció la comandante observando las ropas empapadas de la joven y su cabello goteando. – Considera cambiar de atuendo, Clarke; lo último que necesitas es arriesgarte a enfermarte ahora. –

Ésta no dijo nada. Las palabras la eludían.

En silencio, caminó unos pasos hacia un baúl oxidado al fondo de la cueva y lo abrió.

Lo único que le quedaban eran los ya casi harapos de su atuendo original.

Observó la playera limpia, pero desgastada y esos pantalones que seguramente le quedarían nadando por la pérdida de peso.

Lexa notó que Clarke estaba revisando sus pertenencias, así que se dirigió a la pila de leños y ramas secas que había encontrado un día atrás bajo la mesa y recogió algunos. Después posicionó su cuerpo de tal manera que, en cuclillas, le diera la espalda a Clarke para darle la privacidad que necesitaba y ella pudiera cambiarse de ropa.

Clarke viró su cara hacia donde se hallaba la comandante y se dio cuenta de que no podía verla, así que empezó a quitarse las prendas una a una, temblando de frío.

Lexa no demoró mucho en encender las primeras flamas y reacomodó las pieles en el suelo para que Clarke pudiera recostarse en ellas y estar cómoda.

- Cuando estés lista, Clarke. – dijo con voz suave, reincorporándose – Hay que procurar tu herida. –

Clarke la estaba observando. Observaba su silueta oscura y húmeda mientras proyecciones amarillas pálidas decoraban las paredes de roca al compás de las llamas que iban ardiendo más y más cada vez.

Ahí, ya vestida con sus antiguas ropas, seguía sin comprender por qué no echaba a Lexa aún, por qué estaba tan petrificada ante la presencia de esa guerrera que le había arrebatado todo.

Dio un paso, y luego otro. Su cuerpo rogaba por un poco de calor y la fogata prometía deshacerse del escalofrío que la recorría.

Sin decir una sola palabra, la joven Skaikru se sentó sobre las pieles, lo más cerca del fuego que podía.

Lexa se apartó para juntar los ingredientes de los frascos y mezclarlos, creando una pasta que no era un aroma agradable, pero que su gente apreciaba por su rápido efecto cicatrizante.

- Me temo que esto es lo único que quedaba de tus reservas, Clarke. – Dijo la comandante colocando los frascos vacíos sobre la mesa.

La aludida no contestó. Sus ojos estaban fijos sobre las llamas que danzaban y hacían que las ramas crujieran de tanto en tanto.

Lexa titubeó un instante al ver la tensión acrecentándose en la postura de Clarke. Su espalda estaba rígida y podía ver los tendones de su cuello sobresalir en su perfil.

Un suspiro se ahogó en su garganta y sintió el dolor de la cortada que había sido infligida la noche anterior. Breve recordatorio del resentimiento que esa chica guardaba contra ella.

A pesar de que sus rodillas temblaban sin quererlo, Lexa se aproximó a Clarke y se arrodilló a su lado.

Sin tan sólo no fuera tan hermosa, pensó mirándola, esto sería muchísimo más sencillo.

- Beja… - susurró la comandante.

La voz cálida de Lexa sacó a Clarke de su ensimismamiento. Beja. Por favor.

Ojos azules se encontraron con los verdes y estos se dirigieron brevemente al hombro cuya tela que lo cubría ya mostraba una mancha roja que se estaba extendiendo.

A regañadientes, Clarke jaló el cuello de su playera y bajó la tela con cuidado por su hombro. No tuvo que estirarla demasiado ya que los botones desabrochados y los kilos de menos hacían que su indumentaria lo suficientemente holgada para dejar la herida completamente al descubierto.

Como sea, Lexa no pudo evitar sentir ríos de ansiedad atravesándola al ver esa piel blanca, inmaculada y casi perfecta de no ser por esos rasguños que no habían tenido el tiempo de cerrarse.

- Yo podría hacerlo. – protestó Clarke, desviando la mirada de nuevo hacia el fuego.

- Lo sé. Y sería interesante averiguar cómo te vendarías el hombro después sin arruinar la curación. – dijo Lexa llanamente.

La joven soltó un suspiro, resignada.

- Va a arder un poco. – advirtió la comandante y sus dedos cubiertos de fétido ungüento comenzaron la tarea de cubrir el área afectada.

Clarke se sobresaltó ante el contacto. No sabía qué había provocado esa reacción dejando rastros de piel de gallina por todo su cuerpo. Tenía que ser, por supuesto, el efecto del bálsamo que causaba escozor en la herida. Sí, eso debía ser, porque definitivamente no podía ser el roce de esos dedos, de esa mano y el aroma impregnado de lluvia y pino en la mujer a su lado.

Su corazón latía a mil por hora, como si hubiera acabado de correr huyendo despavorida del Pauna. Pedía al universo que por favor Lexa no pudiera percibirlo, que ninguna palpitación fuera lo suficientemente estridente para llegar a los oídos de la comandante.

Clarke se revolvió, incómoda.

Lexa cesó lo que estaba haciendo por un momento.

- ¿Te he lastimado, Clarke? - preguntó con sincera preocupación.

La joven resopló ante la ironía de la pregunta.

- Hoy no. – respondió agriamente.

Lexa retuvo el aliento y sintió de nuevo una punzada de dolor en su cuello, como si con esas palabras Clarke hubiera reabierto la herida.

Fingió. Se obligó a fingir que carecía de emociones. Le salía a la perfección, siempre.

No dijo nada y prosiguió curando esas marcas rojizas que iban tornándose borgoña.

Una parte de Clarke se reprendió por lo que había dicho; sin embargo, su mente estaba ávida por seguir escupiendo veneno contra ella, recordándole una y otra vez el sabor amargo de esa despedida en Mount Weather y el terror de la culpa al ver cuerpos diseminados en ese salón. El problema era que su corazón parecía no estar de acuerdo del todo. Algo en ella estaba luchando por detener sus embates y eso la estaba contrariando mucho, demasiado.

Sus ojos viajaron de las flamas hacia la mano que la estaba tocando. Después siguieron el antebrazo y el brazo cubiertos de ropajes húmedos y oscuros, pasando por su clavícula y aún en ascenso. De pronto se detuvieron, tropezándose con esa marca de color café que la daga había dejado en ese cuello que podía ser perfecto pero que, gracias a ella, no lo era esa noche.

Clarke tragó saliva. Podría haberle quitado la vida. Había sido un arranque, un impulso incontenible de furia que la había vuelto irreconocible para sí misma.

Podría haberla matado de no ser por esas palabras acompañadas por esa mirada llena de derrota que nunca pensó vería en la mujer más temida y recia de esos bosques.

Sus ojos continuaron la travesía y luego se enfocó en ese rostro con expresión impenetrable.

Fue entonces que reparó en el cansancio de esas facciones, en el contorno ensombrecido de esos ojos que hablaba de tiempo sin dormir, tal vez días. La comisura de los labios ligeramente caída y esos hermosos pómulos que destacaban aún más de lo que podía recordar probablemente por una alimentación deficiente.

Quería entender. Quería hallarle algún sentido a todo lo ocurrido; comprender esa avalancha de eventos que la había traído hasta ahí, hasta ese lugar recóndito en el que se hallaba ante la persona que más odiaba, después de ella misma.

La odiaba tanto… Estaba exhausta de sentir tanto.

Clarke alzó su mano derecha y agarró la muñeca de la mano que Lexa estaba usando para terminar de curarla, deteniéndola.

Lexa miró esos dedos que la sujetaban y luego la miró a ella, perpleja.

- ¿Por qué? – preguntó Clarke. Era un hilo de voz que temblaba. - ¿Por qué, Lexa? –

La comandante vislumbró ese dolor infinito en los pozos azules que la contemplaban intensamente haciéndola sentir expuesta. Estaban rebosantes de tristeza. Le estaban rompiendo lo poco que quedaba de su corazón.

Sabía bien a qué se refería la joven Skaikru.

Se zafó despacio de ella y sostuvo su mirada humedecida por las lágrimas que deseaban salir.

- Porque soy lo que soy, Clarke. – respondió la comandante. Su tono era tranquilo, con un dejo de pesar. – Soy Heda de los doce clanes he hice el juramento de proteger y procurar por mi gente a pesar de todo y por encima de todo. –

- Teníamos un acuerdo… Podríamos haber derrotado a los hombres de la montaña juntas… Podríamos haber…- Clarke no terminó el enunciado, las palabras se ahogaron en su garganta.

- Teníamos un pacto, es cierto. Y mi intención era honrarlo… - Lexa suspiró antes de continuar. – Mis guerreros estaban muriendo, Clarke. Vi como caían uno tras otro bajo esa lluvia de balas al pie de la montaña. Cuando me separé de ti para encararlos, otra docena de mi gente murió antes de poder llegar a ellos y sus municiones aún no se agotaban. Encañonaron a mis gonas al lado mío, nos rodearon con sus armas. Fue entonces que hablaron de un trato. Y lo tomé, Clarke. Lo tomé porque era lo correcto para mi gente, porque evitaría más muertes de los míos; porque mis pies estaban pisando el charco de sangre de la gente que juré cuidar con mi vida… Lo tomé porque vi desde esa cima los cuerpos sin vida de muchos otros de mis guerreros alrededor tuyo… -

Lexa volvió a tomar aire e intentó transmitir de la mejor manera posible lo de verdad sentía.

- Lo tomé porque te vi a ti y sentí tu fuerza, Clarke; vi esa voluntad férrea y sabía que, contra todas las predicciones, hallarías la forma de vencer sin tenerme como aliada. Me rehusé a llegar a Polis cargando más cuerpos y presenciando más almas rotas al notificarles a sus seres amados que una vez más yo, su Heda, les había fallado. –

Las lágrimas finalmente se abrieron paso, acariciando las mejillas de Clarke en su descenso. Iba a decir algo, pero sus labios temblaban y no podía hacer sonido alguno.

- Prometieron no derramar ni una gota de sangre más. – explicó Lexa. – Prometieron liberar a los cautivos y jamás volver a poner un dedo encima de mi pueblo, de mis clanes. A cambio, sólo debía darme la vuelta y dejar que las cosas tomaran su curso… -

- Y nos sacrificaste… - musitó Clarke. Dos gotas cayendo sobre la tela de sus pantalones al decir esto.

- Sí. Lo hice. Hice lo que tenía que hacer, Clarke. Tú habrías hecho lo mismo.

- No… - la joven menó la cabeza, llorando. – No, Lexa. Habría encontrado otro camino, habría…

- Habrías atestiguado a más de los tuyos caer uno tras otro a tu lado mientras buscabas otras alternativas.

Se estaba esforzando por entender; se estaba esforzando por asimilar lo que Lexa le estaba diciendo, pero no podía. No era capaz de absorber el mensaje, se le escurría de las manos porque todo lo que veía en su mente eran cuerpos, cuerpos y más cuerpos.

Clarke se rindió al llanto, no pudo contenerlo más.

- Nos dejaste ahí, Lexa, nos abandonaste y no sabes lo que tuve que hacer… ¡No tienes idea de lo que tuve que hacer para salvar a mi gente! –

La comandante se dio cuenta de que presenciar el dolor de Clarke era más de lo que podía soportar. Se estaba viniendo abajo junto con ella, se estaba hundiendo con ella.

- Sí, lo sé, Clarke. – murmuró.

- ¡No! – vociferó la joven con su faz empapada de lágrimas y cerrando los puños. - ¡No lo sabes! -

- ¡Estuve ahí, Clarke! – habló la comandante en voz alta.

Los ojos de la chica se abrieron de par en par por unos segundos, antes de fruncir el ceño, confundida.

- Estuve ahí… - repitió Lexa, bajando el volumen de su voz a su tono habitual.

- ¿Qué? –

- Regresé a la montaña y entré. – Lexa tragó saliva y su cuello se tensó. – Entonces los vi… Vi a toda esa gente y vi…-

- Los niños…

Clarke agachó la cabeza, sollozando.

- Maté a unos niños, Lexa… Yo los maté… Jalé una palanca y arrasé con todos, hasta con quienes nos habían ayudado… Y esos… Esos niños inocentes… Yo…-

La joven temblaba y lloraba con fuerza. Lexa la observaba y sentía ganas de volver el estómago, sentía una aprehensión en el pecho que no la dejaba respirar. Era como si su alma misma hubiera atravesado el umbral del dolor y lo hubiera extendido infinitamente dentro de su ser.

Entonces hizo lo más imprudente y absurdo que podía hacer.

Se acercó a Clarke y puso su mano izquierda sobre su hombro derecho, apenas tocándolo. Al no haber reacción de ella, dejó su mano firmemente ahí, esperando un rechazo, un empujón.

Nada.

El cuerpo de Clarke se movía al compás de su llanto.

Y la abrazó. La abrazó fuerte, evitando el apretar su otro lastimado.

No hubo resistencia. La joven no se apartó.

Al principio sus extremidades y su pecho se habían tensado, pero unos instantes después se relajaron, cediendo y dejándose llevar, dejándose ir.

Clarke era como una presa desbordándose y los brazos de Lexa intentaban contenerla sin frenar las intentas emociones que habían anhelado fluir después de tanto tiempo.

Permanecieron así por varios minutos. Aferrada la una a la otra, compartiendo esa nefasta sombra que estaban seguras nunca se desvanecería del todo.

Cuando Clarke dejó de temblar, Lexa se inclinó hacia enfrente, empujándola con sus brazos suavemente hacia atrás para que la joven se recostara.

Clarke estaba extenuada; sus fuerzas habían menguado. El liberar ese llanto la había dejado drenada, así que no protestó ni renegó. Simplemente aflojó su cuerpo y su mirada se aparcó en el techo de la cueva, mientras las últimas lágrimas se escurrían.

En un respetuoso silencio, Lexa determinó continuar con la tarea de curar su hombro y lo hizo, sin que Clarke se moviera siquiera. Al haber cubierto la herida con el ungüento, buscó con la mirada algo que pudiera usar como vendaje y no tardó en encontrarlo.

Recogió la blusa que Clarke había portado antes y que había sido rasgada por las garras del felino. Estaba mojada por la lluvia, pero serviría. Dudaba que Clarke quisiera ponérsela de nuevo dada las condiciones. De todas maneras, tendría la cortesía de preguntar.

Se acercó a ella con la prenda en mano y la posicionó cerca de la joven, donde pudiera verla.

- ¿Puedo? Necesito una venda. –

Clarke tan sólo movió la cabeza en señal consentimiento.

Acto seguido, la comandante tomó una de sus dagas escondidas en su pantalón a la altura de su muslo y procedió a rasgar la tela, dándole la forma precisa que necesitaba. Después, exprimió con fuerza ese pedazo en sus manos hasta cerciorarse de que no se pudiera sentir la humedad en él.

Habiendo hecho esto, se arrodilló junto a Clarke y con sumo cuidado fue colocándole el vendaje, alzando la parte superior del cuerpo de la joven con delicadeza y pasando parte de la tela alrededor de su cuello para afianzarlo.

La comandante se levantó entonces, sin pronunciar palabra, y se recargó en la pared más cercana, dejándose caer para quedar sentada, sin dejar de mirar a la joven Skaikru.

Ella también estaba agotada. Había perdido la cuenta de cuántas horas llevaba sin dormir, sin comer.

Sus brazos guardaban la sensación de haber sostenido a Clarke y era abrumador y bello, aunque esos momentos hayan estado tan manchados de miseria y remordimiento.

Tenía que dormir. Su cuerpo lo exigía a gritos, pero estaba aguardando a que Clarke lo hiciera primero.

- Estás empapada. – pronunció Clarke, aún tumbada con la vista al techo.

La observación agarró desprevenida a Lexa.

No quiso decir nada al respecto. No le importaba su estado actual.

Pasó un rato y de repente Clarke se incorporó pesadamente arrastrando una de las pieles y caminó hacia la guerrera que la miraba sorprendida.

- Toma. – dijo, ofreciéndole la piel de ciervo.

Lexa la agarró sin saber cómo interpretar lo que la mirada de Clarke estaba reflejando.

- Gracias…-

Clarke asintió y le dio la espalda. A medio paso se detuvo.

- ¿Alguna vez has…?

Lexa aguardó que la chica pudiera formular la pregunta.

Clarke pareció tomar aire para armarse de valor y lo intentó otra vez.

- ¿Alguna vez has tomado la vida de un niño? –

- Sí. –

Clarke exhaló y se quedó inmóvil.

- Convertirme en Heda requirió que matara a mis Natblida, mis compañeros de sangre negra. – confesó Lexa. Sus palabras sonaban claras y firmes, pero era obvio que no había orgullo en ellas, sólo una triste aceptación. – Crecí con ellos. Aprendí con ellos. Padecí con ellos. Eran mi familia y yo los maté. –

La joven Skaikru volteó a verla. Sus facciones denotaban una sombría incredulidad.

- ¿Por qué? – preguntó, la aversión en su tono era evidente.

- Porque nuestras tradiciones así lo dictan. Los Natblida combaten a muerte y el que quede de pie es el elegido para ser Heda. –

- ¿Cuántos años tenías cuando eso ocurrió? –

- Dieciséis. –

Clarke no podía creer lo que estaba escuchando. No podía imaginar a una Lexa tan joven asesinando a niños, arremetiendo contra ellos con su espada, aniquilando a su propia familia.

La comandante se paró y se colocó frente a ella, soltando la piel que cayó al suelo al lado de ella.

- Nací para esto, Clarke. – dijo con convicción, mirándola con profundidad. – Este es mi llamado. Acabé con la vida de mis siete hermanos y hermanas del cónclave y sellé mi juramento con su sangre. Así que te entiendo, Clarke Kom Skaikru. Sé lo que significa extinguir la vida de unos niños que soñaban con un futuro más prometedor. Hice lo que tenía que hacer en aquél entonces, así como lo hice en Mount Weather. Mi gente es mi vida, lo que mi corazón sienta no tiene cabida en este camino. –

Clarke quedó sin habla. La comprensión de las costumbres y visión del mundo de Lexa la eludía. Lo único que empezaba a volverse claro era el peso que Lexa cargaba en sus hombros. El peso del mundo, de su mundo. Podía ver en esos ojos verdes una fortaleza inaudita obtenida a través de experiencias desgarradoras que no sabía si algún día podría llegar a entender.

- Aprendí que el corazón sólo sirve para bombear sangre. Con la muerte de Costia confirmé esa cruda verdad. Ser Heda es servir a la gente en cuerpo y alma y tomar las decisiones más brutales para salvaguardar el orden y la integridad de mi pueblo. – Lexa dio un paso corto hacia el frente, acercándose a la joven. – Como Heda, abandonarte en esa montaña fue necesario. Como Lexa, acepté pagar el precio y este ha sido muy, muy alto. Más de lo que esperaba. –

Clarke se quedó nadando en esos ojos llenos de mucho, llenos de todo.

No podía si quiera imaginar la severidad de la vida que Lexa había tenido hasta ahora. No podía imaginar todo lo que había detrás, todas las cicatrices, los recuerdos, las heridas.

¿Odiaba a Heda, a Lexa o a ambas? ¿Qué parte de ella la había traicionado, la mujer o la guerrera?

De pronto se sintió más cansada. Su mente giraba y no podía más.

Dio la media vuelta, dispuesta a rendirse ante el sueño, pero antes, hizo una pregunta más:

- ¿El olvido llega algún día? –

- No. Pero con el tiempo te acostumbras al dolor de tus heridas y aprendes a vivir con las atrocidades que has cometido porque eso es lo que hacemos los líderes, Clarke. Tomamos decisiones que matan nuestra alma para que nuestra gente viva. –

La respuesta sacó el aire de sus pulmones y encogió su corazón.

Entonces era inevitable sentirse rota. Entonces esas grietas en el alma se quedarían ahí, alargándose, creciendo y no habría nada que las pudiera borrar, aunque lo deseara.

Pensó en su madre herida, con su cuerpo ensangrentado por las perforaciones en su piel, pero viva. Pensó en Raven y en su pierna, pero sonriendo aún gracias a ese humor ácido característico de ella. Pensó en Octavia y sus ojos repletos de amor por Lincoln, feliz por poder abrazarlo una vez más. Y así, uno a uno, los rostros de su gente fueron acudiendo a su mente.

Estaban vivos. Tenían otra oportunidad que ella había pagado con su alma.

Tal vez Lexa tenía razón. Tal vez ella, una simple chica que amaba pintar, había sido la elegida para hacer lo que nadie más podría hacer.

Clarke suspiró y se dejó caer entre las pieles, cubriéndose con algunas de ellas.

Dirigió una última mirada a la entrada de la cueva, advirtiendo que la luz que penetraba por ese hueco era ya pálida. El ocaso estaba llegando, el tiempo había pasado en un abrir y cerrar de ojos, sin embargo, lo había sentido arrastrándose ante esa mar de emociones y confesiones.

Su estómago dolía por la falta de alimento, pero era más apremiante descansar. Sus párpados se sentían pesados, tan pesados.

Lexa volvió a acomodarse en el suelo, con la espalda contra el muro. Tomó la piel de ciervo, se llevó las rodillas hacia el pecho y las cubrió. Tenía frío, pero no deseaba perturbar el espacio en el que Clarke se hallaba, así que esa capa de pelaje tendría que bastar.

- Buenas noches, Lexa.

La comandante se asombró ante aquellas inesperadas palabras que se esparcieron por la caverna como olas. De pronto el hielo que sentía en su ser disminuyó.

- Buenas noches, Clarke… -