Capítulo 16
Al Descubierto
Antes de que sus párpados se abrieran su sentido del olfato ya se había desperezado. Podía sentir la saliva acumulándose en su boca ante el penetrante olor que la rodeaba.
Lentamente, los ojos de la comandante comenzaron a abrirse al mismo tiempo en el que sus entrañas se agitaban ante el tentador aroma a comida.
Entonces recordó dónde estaba. Fue entonces que su cuerpo se sobresaltó al comprender que se había quedado dormida cuando sus intenciones habían sido ser la centinela de la joven Skaikru durante la noche. Una misión infructuosa, era obvio.
- No es mucho, pero es lo que pude conseguir con un brazo famélico y el otro casi inutilizado. – pronunció Clarke, advirtiendo el súbito movimiento frente a ella que le avisaba que Lexa había despertado.
La guerrera Trikru se percató del origen del delicioso olor:
Frente a ella se hallaban dos pescados ensartados en dos varas, sumergidos en las llamas de la fogata y también había algunos frutos dispersos sobre las pieles.
- Clarke, no debiste. Yo podría haber…-
- No me gusta sentirme inservible. – la interrumpió Clarke, moviendo las varas para voltear los pescados y asarlos del otro lado. – Además…- alzó su vista hacia la comandante, inspeccionando su rostro compungido. – Pareces un mapache… -
Lexa frunció el ceño sin entender.
Clarke entornó los ojos.
- Porque estás fatigada y tienes ojeras. – aclaró.
- Oh. –
La joven Skaikru apretó los labios y se reprendió a si misma por haber hecho ese comentario. Había sido un chascarrillo, pero de pronto sintió que no debía permitirse reestablecer una conexión tan familiar con Lexa. No después de su historial. No así, no tan fácilmente. Pero se le había escapado como si fuese lo más natural del mundo. Era posible que, aunque no deseara admitirlo, Lexa tuviera un efecto ineludible en ella.
- ¿Cuándo fue la última vez que probaste alimento y dormiste realmente? – preguntó, sin voltear a ver a la comandante.
- No lo sé con certeza, pero no planeo morir de inanición, Clarke y mi cuerpo está acostumbrado a la vigilia.
- Por supuesto… - murmuró la joven, recordando quién era la mujer a quien se estaba dirigiendo. Debía estar acostumbrada a una vida rígida y llena de retos que la llevaban al extremo. Eso había forjado a esa guerrera inquebrantable.
Lexa movió su cuello de un lado a otro antes de incorporarse y caminar hacia el fuego. Apenas había amanecido, podía percatarse de ello por la luz que se colaba al interior de la cueva y esa familiar fragancia a rocío abrazado a la maleza y las hojas de los pinos. Era casi imperceptible debido al olor del desayuno, pero ahí estaba. Ella era hija del bosque y conocía todos sus secretos.
- Buena pesca. – comentó la comandante viendo que el tamaño de los pescados no era ordinario.
- Gracias. – dijo Clarke y su boca permaneció entreabierta, titubeando entre comentarle cómo había logrado finalmente aprender a atrapar peces después de innumerables intentos penosos y una que otra herida en sus pies; sin embargo, no era apropiada tanta charla, no todavía. No era como si de repente pudieran enterrar todo lo acontecido y fingir que las cosas estaban bien entre ellas… ¿O sí?
- Creo que están listos. – dijo la joven eligiendo irse por el camino más seguro y evitando una conversación.
Lexa asintió y se sentó cerca de la fogata, tomando una de las ramas por un extremo y acercando el pescado hacia ella. Lo inspeccionó a detalle aparentemente; en realidad, lo veía, pero no estaba ahí, presente.
Le quedaba un día. Un día para convencer a Clarke de que irse con ella era lo más adecuado. Por si fuera poco, aún no habían hablado sobre Arkadia, sobre el frágil acuerdo, sobre las tensas relaciones con los Skaikru. Eran temas espinosos, pero tendrían que tratarlos y a estas alturas podía apostar que Clarke no se sentiría cómoda al hacerlo.
Lexa estaba sintiendo el sabor de la derrota sin siquiera intentarlo todavía. Quizás porque Clarke había probado ser más o tan necia como ella misma y también por el hecho de que se había vuelto auto suficiente y eso la empoderaba y se aferraría a ello antes de permitirse esconderse del peligro circundante.
Clarke notó la larga pausa de la comandante.
- Deberías comer; y no te atrevas a decir que no tienes hambre porque el rugir de nuestros estómagos fue lo que me impidió seguir durmiendo. –
Un espejismo de sonrisa adornó los labios de Lexa y la joven Skaikru no pudo evitar mirarla fijamente.
Después de soplar un poco, Lexa tomó un bocado.
Sabía a gloria.
Evocó la pregunta de Clarke al dar la segunda mordida. ¿Cuánto tiempo había pasado sin probar alimento? No lo recordaba.
Clarke clavó sus dientes en su porción y empezó a comer, aunque no fue tan pulcra con sus modales como Lexa. Sencillamente estaba desesperada por meter algo a su estómago, así que no demoró mucho en dejar limpio el esqueleto del pescado, mientras la comandante se tomaba su tiempo, aparentemente más entretenida con el fuego que con saciar su hambre.
Lexa notó la rapidez con la que Clarke había devorado su presa y le ofreció parte de su comida:
- Toma, Clarke. Necesitas reponer energía. –
- Pero…
- Con algunos de los frutos que trajiste para mí es más que suficiente. – declaró Lexa. – Mi gente y yo estamos acostumbrados a racionar las porciones. –
La joven Skaikru asintió y aceptó gustosa, quizás demasiado gustosa, el ofrecimiento.
Lexa ocultó una tibia sonrisa al voltear su cara hacia el resto de la comida que se hallaba a un lado de ella.
Por unos minutos estuvieron así, comiendo en silencio, hasta que la comandante se levantó y le sirvió a Clarke agua en un vaso.
- Iré por más. – anunció, tomando la jarra y llevándosela con ella.
Clarke movió la cabeza en señal de consentimiento y observó a Lexa salir rápidamente de la cueva.
Ante su ausencia, dejó brotar un suspiro.
Recuerdos de esa madrugada inundaron su mente.
Había despertado por hambre, sí, pero también por un sueño. El mismo sueño que la había acechado docenas de noches. Ese beso.
Sólo que esta vez, el beso no se transformaba en alaridos y sangre. Era ese beso cálido, esos ojos suplicantes y atemorizados, tan llenos de sentimientos que no alcanzaba a comprender.
Y al abrir los ojos la vio. Ella estaba ahí, rendida ante el cansancio, con su cabeza inclinada y apoyada sobre uno de sus hombros, luciendo tranquila, en paz.
La contempló dormir por lo que pareció una eternidad, repasando una y otra vez lo que habían charlado esa noche, repasando una y otra vez cómo se habían conocido, lo que habían enfrentado juntas, sus pasos por los senderos de la montaña, sus decisiones de muerte.
Ahí, en ese espacio pequeño, la comandante no parecía temible. Tenía un rostro angelical, una figura esbelta y bella, muy a pesar de esas líneas de fatiga y de expresión estoica que tantas veces había proclamado tener frente a su gente.
Ahí, ella era Lexa y era simplemente humana. Hermosamente humana.
Mierda, pensó.
No debería estar teniendo esa clase de pensamientos. No debería haber pasado la madrugada delineando sus facciones con los ojos; no debería si quiera pensar que la belleza de la comandante era casi etérea y mucho menos sentir un cosquilleo urgente en sus manos que la incitaba a buscar algo con qué pintar y trazar ese perfil, esos ojos, esos labios.
No. No debería estar sintiendo tantas cosas que la estaban colapsando desde adentro, pero ahí estaban.
Maldición, Griffin. Ubícate.
Afuera, Lexa tomó una gran bocanada de aire. La esencia a pino y a hierba fresca se adentraba en sus pulmones y se esparcía por su sangre, rejuveneciéndola.
Tener algo en el estómago ayudaba también.
Sus extremidades habían estado entumidas por horas y podía sentir que sus músculos exigían ejercicio. No había entrenado en días y su cuerpo estaba pidiendo más movimiento, más acción.
Podría haber llenado la jarra con el agua de la cascada, pero decidió caminar un poco más, sólo unos metros para ver su reflejo en un lado del rio.
Un mapache, pensó, inspeccionando su faz.
Sus labios formaron una sonrisa casi imperceptible.
Clarke había intentado bromear con ella. ¿Debería considerar aquello como una señal?
Nadie bromeaba con Heda. No desde hacía tiempo. Anya se había atrevido a hacerlo en contadas ocasiones entre sus entrenamientos. Costia lo había hecho, por supuesto. Habían sido adolescentes en plena pubertad, enamoradas, sin mucho de qué preocuparse, justo antes de ser nombrada comandante. Después el deber fue transformando sus vidas hasta llevarlas a ese oscuro lugar y engullirlas por completo, dejándola sola y con el corazón hecho trizas.
Y ahí estaba la joven Skaikru, con su osadía impertinente, midiendo las aguas con ella y lanzando un comentario inocente e infantil.
Tal vez había esperanza de recomponer lo que se había desbaratado. Tal vez la luz de Clarke era tan brillante que era capaz de sacarlas a ambas de ese abismo y podrían empezar de nuevo.
Lexa se quitó los guantes y sumergió sus manos en las aguas para tomar un poco del líquido y luego mojar su rostro y lavarlo.
Tenía que dejar de pensar tonterías, se dijo a sí misma. Ese comentario no tendría por qué significar nada más que una forma de romper la tensión entre ellas.
Volvió a ponerse los guantes, llenó el recipiente y se encaminó hacia su escondite.
Un día. Únicamente un día.
Intentó no mirarla detenidamente mucho tiempo, pero cuando Clarke volteó a verla ahí parada, se dio cuenta de que no lo había conseguido.
Simplemente era difícil que el aliento no se quedara atascado en su pecho al tenerla frente.
Como sea, la comandante retomó su compostura de inmediato y entró, pasando al lado de ella para tomar el vaso que estaba sobre el suelo cerca de la joven. Lo llenó y se lo ofreció.
- Gracias. – dijo Clarke, tomándolo con ambas manos.
- ¿Cómo está tu hombro? – preguntó Lexa, examinando dicha parte con la mirada.
- Mucho mejor. El dolor es más soportable. – contestó la joven y bebió un sorbo.
- Me alegra.
Lexa colocó la jarra sobre la mesa y volvió a ponerse a un costado de Clarke.
- He postergado esta conversación suficiente. – comentó la comandante, clavando sus ojos en la chica que la miraba con una incógnita plagada en sus iris color zafiro. – tenemos que hablar sobre tu gente y la mía, Clarke. –
Los hombros de la joven se aflojaron en señal de resignación y de repente el suelo frente a ella parecía más interesante que lo que Lexa pudiera decir.
- Lo sé… - musitó Clarke. La falta de ganas se notaba en su tono.
- Fui a negociar con ellos hace unos días.
La declaración la hizo virar su cara y mirarla, sorprendida. Como impulsada por el peso de la revelación, Clarke se levantó como pudo y dio unos pasos al lado contrario del que se hallaba la comandante, pasando su mano derecha por sus cabellos como si intentara mantenerlos en su cabeza.
Ante su intranquilidad, Lexa prosiguió:
- Hablé con Kane. Abby estaba ahí. – Lexa siguió a la joven con la mirada, midiendo su reacción. Ante su silencio, continuó. – Sobra decir que la reunión no marchó como se esperaba… Te necesitan, Clarke. –
La joven se detuvo y sus ojos estudiaron la expresión ecuánime de la guerrera.
- ¿Me necesitan? – preguntó con incredulidad. – Lo dudo mucho. La gente de Arkadia tiene a Kane, a mi madre, a Bellamy y ellos van a asegurarse de que esto resulte, de una forma u otra. –
- De una forma u otra… - repitió la comandante, tratando de que Clarke comprendiera lo que esas palabras podían implicar.
- Kane no es un inepto, él sabrá qué determinaciones tomar para…
- Con todo respeto, Clarke, Kane no es tú. – la interrumpió Lexa. – Es un hombre tenaz y hace lo que puede para estar centrado, es cierto, pero no es suficiente. Ninguno de ellos tiene lo que se requiere para sobrevivir aquí en estas tierras sin provocar una catástrofe tarde o temprano. –
- ¿Y yo sí? – debatió Clarke. No podía sentirse menos indigna en esos momentos.
- Tú eres el balance perfecto entre razón y corazón, Clarke. Tú eres la promesa de un nuevo mañana.
Los ojos de Lexa irradiaban confianza absoluta. Más que eso, adoración, y Clarke habría podido ver eso si no hubiera estado enfocada únicamente en absorber lo que la comandante había dicho.
- Aunque a algunos les cueste aceptarlo, te necesitan, todos ellos. Están aquí, vivos, por ti. Gracias a ti. La gran mayoría cree en ti, Clarke. – Lexa tragó saliva. – Yo creo en ti. –
La joven tomó aire y le dio la espalda. Sus ojos estaban fijos en la pared grisácea frente a ella. Cataratas de emociones y sentimientos fluían por ella. Era imposible no ser un puñado de contrariedad ante Lexa. Cada vez que hablaba, de algún misterioso modo, las palabras eran precisas, contundentes, atravesaban su alma y se anidaban en ella.
- Así que sí has venido por política. – dijo la joven, intentando convencerse de que sí, esta era la motivación real de la presencia de la comandante. – Al final has venido a buscarme porque, desde tu perspectiva, es lo que conviene a los intereses de nuestra gente. –
- Como comandante sí, Clarke. Esa es la razón.
La joven permaneció callada. Ya antes había confrontado a Lexa sobre sus intenciones y habían entrado a un torbellino emocional extenuante. Escuchar que debía regresar para arreglarle la vida a todos, con Trikru incluídos, le molestaba, hasta cierto punto le dolía. ¿Y si todo este tiempo esas muestras de humanidad de Lexa habían sido un ardid para empujarla hacia este momento?
Lexa pareció leer sus pensamientos y se apresuró a decir:
- Lo que te dije antes es cierto, Clarke. Me importas, estoy aquí por quién eres y porque el amor hacia tu gente es equiparable al mío por mi pueblo. Estoy aquí porque te veo y me inspiras a creer que hay otros caminos… Otras maneras de hacer las cosas, otras perspectivas menos inclementes, más humanas.
Clarke cesó de ver la pared y su rostro viró hacia la comandante, observándola.
- Estoy aquí porque eres lo que nuestra gente necesita para dejar de sobrevivir y realmente vivir…-
Tú eres lo que necesito para realmente vivir.
Lexa sintió que su alma se estaba confesando con esas palabras. Se sintió total y absolutamente vulnerable, temiendo que Clarke la descifrara y se diera cuenta de que temblaba, de que lo que sentía por ella rebasaba los límites de la cordura, de la razón. Sus ojos brillaban por las lágrimas que estaba combatiendo con todas sus fuerzas.
Clarke se sumergió en aquella verde pradera de sus ojos y tuvo que recordarse que debía respirar. Ella se consideraba un monstruo, una asesina despiadada. La gente la había apodado Wanheda, la comandante de la muerte. Había pasado noches y días enteros sintiéndose el ser más despreciable del universo, recordando cómo hasta sus amigos y su madre objetaban su proceder y la acababan culpando por todo lo que resultaba mal, y sin embargo, ahí estaba, frente a la mujer más temible de esos bosques quien la miraba como si ella fuera lo más puro y bello sobre la faz de la tierra.
Sentía lo que Lexa había expresado hasta la última célula de su cuerpo, reverberando en cada rincón, sacudiendo su alma. Y quería creerle, en verdad quería creerle.
Era como el planeta hubiera dejado de girar y ella cayera en un vacío en Lexa era lo único que la sostenía en un verde efímero y lleno de devoción.
No podía soportar más esas pupilas atravesándola. Meneó la cabeza con la vista en el suelo.
- He matado a cientos, Lexa… Yo… No puedo… Aún no estoy lista…-
- Puedo verte, Clarke. Puedo ver quién eres realmente. – Lexa no supo cómo, pero sus pies se movieron hacia ella por voluntad propia. – No eres un monstruo, Clarke. No lo eres. –
El suspiro que Clarke liberó fue casi un sollozo. Si no lo era, ¿cómo podía dejar de sentirse uno?
Ese había sido el propósito de su partida, hallar solaz y no lo había logrado… No se había acercado a ese atisbo de alivio hasta ese instante en el que Lexa la hacía sentir comprendida y aceptada incluso estando sumida en su más profunda oscuridad.
Un metro de distancia. Lexa se encontraba cerca de ella, contemplándola, respirándola.
- El mundo que sueñas puede existir si tú estás en él, Clarke. Ayúdame a construirlo…-
Clarke alzó el rostro bañado en lágrimas y entreabrió los labios queriendo decir algo, pero un alarido aterrador resonó entre las paredes de la cueva y ambas mujeres se quedaron perplejas.
La comandante reaccionó en un segundo, tomó sus espadas que estaban colocadas en el piso donde había dormido y se apresuró a salir, no sin antes voltear a ver a Clarke quien lucía desencajada y aún sorprendida:
- ¡No te muevas de aquí, Clarke! –
- ¡SIS AU! –
La comandante podía escuchar el grito de ayuda de una mujer cerca, demasiado cerca.
Sabía que lo último que Clarke y ella necesitaban era revelar su paradero, pero el instinto de proteger a los demás era mayor que la incertidumbre del riesgo, así que sus pies aceleraron, dirigiéndose al origen de la llamada de auxilio.
En la cueva, Clarke echó un vistazo a su hombro y gruñó entre dientes, frustrada. Sin reparar en la petición de Lexa y en su condición física, buscó y tomó su lanza, levantó la daga que aún yacía cerca de la fogata, y salió de ahí apresurada sin importarle qué podría toparse en el camino. Alguien necesitaba ayuda y no permitiría que Lexa fuera sola.
Es Heda, sabe cómo cuidarse. La voz en su cabeza quería disuadirla de perseguir a la guerrera, pero algo en su interior, menos racional, llevaba las riendas y no podía dejar de correr tras ella.
- ¡AYUDA! –
Al cabo de un par de minutos, la comandante se topó frente a frente con la causa del tumulto:
Un hombre musculoso yacía sobre una mujer que se sacudía, forcejeando con uñas y dientes, tratando de quitárselo de encima.
- ¡HOD OP! – ordenó Lexa a unos metros de la escena. Sus ojos irradiaban fuego, los tendones de su cuello mostraban la rabia que estaba sintiendo al atestiguar tal bajeza. Sacó sus espadas de sus fundas y dio unos pasos con postura amenazante.
El extraño alzó su cara y sus los ojos querían salirse de sus órbitas.
- Jok… - exclamó. No esperaba esto. No esperaba la presencia de Heda en esos lares. Podía sentir su sangre helándose ante ella. ¿Qué demonios hacía ahí?
La mujer dejó de moverse y girando su cabeza lo más que pudo se percató de quién había captado la atención de su agresor. Ella también empalideció.
- Breik em au. – Ordenó la comandante. No era un grito, era un mandato en voz serena, la calma antes de una inclemente tormenta.
- ¡Lexa! –
El llamado de Clarke la tomó por sorpresa, pero no volteó hacia ella, no podía bajar la guardia ante aquel hombre.
- Set Daun, Klrak. – pronunció Lexa. Ella no tenía por qué estar ahí a sus espaldas. ¿Por qué no se había quedado en la cueva como se lo había pedido?
La respuesta era obvia. Era Clarke.
Todo pasó de repente, en un flashazo.
El hombre se había erguido velozmente y de entre sus ropas había extraído una daga que voló por los aires en dirección a la comandante. En un reflejo inusitado, ésta blandió una de sus espadas y desvió el arma, arrojándola lejos de ahí hacia un costado.
Extrañamente, el hombre esbozó una sonrisa burlona.
Algo está mal. Pensó Lexa, sintiéndose perturbada. Y entonces las vio.
Las cicatrices adornando la cara del fornido forastero.
Azgeda.
- ¡Corre, Clarke! ¡Es una trampa! – vociferó Lexa adoptando una posición de combate mientras su mirada escudriñaba los alrededores de arriba abajo. Su intuición le decía que no estaban solos.
- No te dejaré sola, Lex…
El enunciado interrumpido de la joven y el ruido de algo golpeando el suelo hizo que el hombre soltara una carcajada.
- Demasiado tarde… Heda…- dijo con la voz repleta de una sádica satisfacción.
Lexa tragó saliva. Mucho antes de voltear a ver atrás, ya sabía lo que encontraría.
La mujer que minutos antes había suplicado por auxilio, ahora se hallaba detrás de Clarke y sostenía una daga a la altura de su cuello. Había miedo en los ojos de esa mujer y su mano temblaba, sin embargo, su intención era clara.
- ¡Shuda daun! ¡Nau! – exigió el hombre. – Quiero ver esas espadas sobre el suelo, Heda…-
- No, Lexa, no lo hagas… - dijo Clarke con ojos llenos de convicción. Al contrario de su captora, no había rastros de miedo en su expresión. Lucía impasible a pesar de las circunstancias. Su lanza a un lado de ella, sobre la hierba.
- ¡Shop of! – siseó la mujer atrás de ella y apretó el filo de la daga a su cuello.
De haber sido alguien más, la comandante no habría dudado ni un segundo en arremeter contra cada uno de ellos. De haber sido alguien más, ya habría lanzado sus espadas en ambas direcciones, clavándolas en los rostros de esos maleantes. Pero era Clarke y no tenía modo de saber si había otros Azgeda acechándolos, listos para atacarlas desde los flancos o escondidos entre los árboles.
Tenía que pensar en algo y pronto.
- La gran y noble Wanheda… - pronunció socarronamente la guerrera Azgeda al oído de Clarke. – Presentíamos que andabas cerca y simplemente no pudiste resistirte al escuchar a una pobre alma en problemas. –
- Aunque debo admitir que no esperábamos que la gran comandante nos honrara con su presencia… - añadió el corpulento hombre, acercándose hacia Lexa con lentitud. – Ha sido una muy inusitada casualidad, pero estén seguras que le sacaremos provecho. –
- La reina estará más que complacida cuando le entreguemos a la omnipotente Wanheda y la cabeza de Heda como obsequio. - declaró la mujer de la Nación del Hielo.
Lexa sintió un nudo en la boca del estómago mientras un casi olvidado temblor recorría sus venas, contrayendo sus músculos. Su respiración agitada iba aunada con el intenso palpitar de su corazón. Era una emoción primitiva que la había acechado en muy contadas ocasiones en su vida.
Jamás creyó que volvería a sentirla. Jamás pensó que volvería hallarse cara a cara con el miedo. Ese miedo infranqueable que quebranta voluntades ante lo inevitable, ante la funesta certeza de que lo peor está por ocurrir y que un capricho del destino está a punto de arrebatarte lo que más anhelas, aunque no sea del todo tuyo.
Y no era el temor al final de su propia existencia, sino al no ser capaz de protegerla a ella.
A Clarke.
Cientos de imágenes de un futuro probable la asaltaron en un instante. La joven Skaikru arrodillada ante Nia, golpeada, torturada, encadenada y cubierta de sangre.
La imagen de la cabeza de Costia en una charola regresó a ella y en un segundo esas facciones se transformaban y eran unos ojos azules opacos que no veían ya ni lo harían nunca más.
Temblaba, Heda temblaba, pero reunió todas sus fuerzas e invocó toda su voluntad para que aquellos bastardos no lo notaran.
Hoy no. Hoy no es el día, se dijo mentalmente. Debía proteger a Clarke a toda costa. Tenía que.
A escasos tres metros de ella, el hombre habló. Su sonrisa era perpetua:
- ¿Unas últimas palabras, querida comandante? –
Lexa viró su rostro hacia atrás suavemente, buscando la mirada de Clarke.
- Lexa…-
Su nombre en los labios de la joven Skaikru la estremeció. No. No hoy, ni nunca.
- Creo en ti, Clarke…-
Como si se hubieran sincronizado telepáticamente, o impulsadas por un nexo mucho más portentoso, Lexa y Clarke arremetieron contra sus atacantes.
La comandante lanzó con su mano izquierda una de sus espadas contra el hombre, clavándola en su pecho y atravesándolo. Al mismo tiempo, Clarke dio una patada con su talón derecho a la espinilla de la chica mientras con su mano izquierda alejaba el antebrazo de ésta y lograba zafarse del alcance de la daga, moviendo su cuerpo hacia un lado, logrando poner suficiente distancia como para que la otra espada de Lexa se clavara en la garganta de la mujer Azgeda, matándola prácticamente al instante.
Lexa estaba a punto de dirigirse hacia Clarke cuando en la periferia de su visión captó movimiento en uno de los árboles.
En un impulso se abalanzó hacia la joven.
- ¡Clarke, cuidado! –
El cuerpo de la comandante la alcanzó justo antes de que una flecha la impactara. Lexa entrecerró los dientes ante el dolor y los brazos de Clarke la sostuvieron con firmeza.
- ¿Lexa, qué…? – la joven no había comprendido lo que había pasado hasta que vio la saeta incrustada en el omóplato derecho de Lexa.
- En los árboles… - musitó la comandante, haciendo lo posible por soportar la punzada de la herida, reusándose a moverse, escudando a Clarke.
Antes de que pudiera reaccionar, el sonido del aire partiéndose llegó hasta sus oídos, y el terror invadió a Clarke cuando una segunda flecha rasgó y penetró la carne de la comandante a la altura de las costillas.
Impulsada por la adrenalina y muy a pesar de la protesta de Lexa, la joven Skaikru depositó a la comandante en el suelo, quien cayó de rodillas, y tomó la lanza a su disposición.
Sus ojos peinaron el follaje y las ramas con desesperación y lo encontraron.
Un hombre yacía ahí, apoyado en un tronco en lo alto, tensando su arco para volver a disparar.
No lo pensó dos veces, no le importó fallar, no le importó nada más que impedir ese ataque.
La lanza voló por los aires, precisa, sin misericordia.
El guerrero Azgeda disparó la flecha que salió desviada por el contacto inminente del arma contra su estómago.
Con un ruido seco, su cuerpo cayó al suelo de costado.
Creyendo que el peligro había pasado, Clarke volcó toda su atención a la comandante, que yacía aún de rodillas, pero que ahora miraba en dirección al arquero cuya sangre se esparcía por las hojas caídas.
- ¡Lexa…! –
La comandante respiraba rápida y superficialmente. El dolor en su costado derecho era casi insoportable; aspirar oxígeno hacía que la flecha clavada entre sus costillas arremetiera contra ella aún más.
Clarke examinó las heridas. Ninguna flecha la había atravesado por completo, pero no tenía forma de saber si la que se hallaba en su parte inferior la había perforado y rozado su hígado, lo cual era una noción que se negaba a considerar.
- Rompe las flechas, Clarke… - pidió Lexa, jadeando.
- Lexa… -
- ¡Hazlo! No te preocupes por mí. –
Era el proceder acertado, estaba consciente de ello, sin embargo, provocarle dolor a la comandante ya no era parte de su plan. Tal vez nunca lo había sido realmente. Así que resignada, la joven tomó el extremo de la flecha insertada en sus costillas, sabiendo que esa dolería más.
- Lo siento… - murmuró, junto antes de partirla a la mitad.
Lexa gruñó y cerró los ojos. Su frente brillaba por el sudor que la cubría.
Sin perder más tiempo, Clarke tomó la otra saeta e hizo lo mismo.
Otro gruñido brotó de la comandante.
Un ruido parecido a una risa entrecortada captó la atención de ambas y las sobresaltó.
El arquero estaba aún con vida y un intento patético de carcajada se ahogaba con la sangre que gorgoteaba de su boca. Una de sus manos hurgó entre sus ropas y sacó un pequeño frasco, con sus dedos ensangrentados logró remover la tapa con un chasquido y lo llevó hacia su boca:
- Salud… comandante… - alcanzó a decir en voz alta. Tragó con dificultad su contenido y su cabeza se desplomó en la hierba.
Clarke frunció el ceño, desconcertada y volteó a ver a Lexa en búsqueda de una explicación de lo que acababan de atestiguar.
La comandante palideció aún más cuando la comprensión la golpeó como un rayo.
- Las flechas, Clarke… Están envenenadas… Y ese…Ese era el antídoto…-
