Capítulo 17

Entre Hierbas y Susurros

Clarke miró estupefacta a la comandante que se sostenía apenas con una rodilla en el suelo. Estaba segura de que Lexa estaba padeciendo un dolor indescriptible, sin embargo, no había quejas escapando de sus labios. Los únicos indicios de su tormento eran las gotas de sudor que cubrían su frente y resbalaban por su rostro, y el sutil movimiento de su quijada que se tensaba en lapsos indefinidos.

Veneno.

La joven Skaikru estaba petrificada; no había una línea congruente de pensamiento en su cabeza. ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer? Recordaba que Lexa había utilizado su ración de hierbas en la cueva para curar su herida. Podría buscar los ingredientes, si los conociera, podría llevarla hasta Arkadia lo cual tomaría medio día de camino, podría…

- Clarke. Está bien, no te preocupes. – Dijo Lexa percibiendo su incertidumbre. Hilos de sangre escurrían de sus heridas lenta pero constantemente. -Pasará lo que tenga que pasar. -

Clarke la observó con incredulidad.

- ¿Cómo puedes estar tan tranquila? ¿Estás dispuesta a rendirte, es eso lo que implicas, Lexa? –

Ahí estaba de nuevo, la contracción en su quijada. Clarke podía imaginar los dientes de la comandante apretándose con tal fuerza que podrían quebrarse en cualquier momento.

- Sólo… Aguanta. – Pidió la joven, saliendo disparada hacia el cuerpo del arquero. Registró su vestimenta, sus bolsillos, hasta sus botas y no consiguió hallar ningún otro frasco. Levantó el que se había llevado a sus ensangrentados labios y lo revisó. Quizás podían quedar algunas gotas, algo.

Nada. Estaba vacío.

Con velocidad se dirigió al cuerpo del hombre que había fingido intentar violar a la mujer Azgeda. Hizo lo mismo. Palpó sus ropas, hurgó en sus bolsillos y la búsqueda fue infructífera también.

- Clarke… - llamó Lexa. Su voz se escuchaba entrecortada, pero serena. Sus ojos no dejaban de seguir la ansiosa pesquisa de la joven. – Es inútil… Los arqueros son los encargados de cargar el antídoto por ser los que están más fuera del alcance de sus adversarios… Si él no tiene otra dosis, dudo que los otros la traigan. –

Eso no la detuvo. En un segundo ya estaba inclinada sobre el cadáver faltante de la agria mujer que la había sujetado.

Nada.

Clarke resopló molesta. Hasta bajo estas circunstancias Lexa odiaba que Lexa tuviera la razón.

Se llevó una mano a su cabello, peinándolo hacia atrás con sus dedos, retirándolo de su cara. Estaba al borde de caer en la desesperación; sin embargo, no permitiría que Lexa la viera en un estado parecido al de una niña asustada que acaba de perderse en el bosque al anochecer.

- Puedo ir a buscar los ingredientes. – Pronunció, volteando a ver a Lexa.

- Cada clan usa su propia combinación de veneno y es cambiada a menudo. Propósitos de guerra por si llegara a necesitarse… - Lexa desvió su mirada y la fijó en un punto al frente de ella. – Me temo que tendríamos que adivinar y… No hay tiempo para eso. –

No me queda tiempo para eso. Pensó realmente. Conociendo a la Nación del Hielo y su afición por el sadismo, disponía de un par de horas si tenía suerte.

El efecto del veneno ya había iniciado. Lexa podía sentir un hormigueo abrasador expandiéndose por todo su cuerpo. Su sangre hervía y la empezaba a perder la sensibilidad en sus dedos y en sus pies. Un par de horas podría ser un cálculo errado, lo presentía.

Clarke regresó junto a ella de inmediato. Una idea comenzaba a manifestarse en su cabeza.

- Entonces vendrás conmigo. – Dijo con determinación. Se agachó para ayudarle a levantarse, pero una mano se posó en sobre la suya y la detuvo.

- No. Lo mejor que puedes hacer es dejarme. –

Los ojos de la joven Skaikru se abrieron de par en par. - ¿Estás bromeando, Lexa? -

- No, Clarke. Debes irte. Los Azgeda ya han llegado hasta estos lares, no sabemos si pueden haber más cerca de aquí. Déjame y regresa a Arkadia, ahí estarás más segura…-

Clarke miró la mano de la comandante, sintiendo su calor. Si ese era un intento para reconfortarla, estaba fallando miserablemente. Solamente la había vuelto más consciente de su temor a una sentencia de muerte sobre ella.

- No voy a dejarte. – Declaró con cierta dureza en sus palabras. – No lo hice antes cuando enfrentamos al Pauna, y no pienso hacerlo ahora. –

- Esta vez es diferente…-

- ¿Diferente cómo? –

- En aquél entonces confiabas en mí… Aún no te había decepcionado… - Lexa esbozó una sonrisa triste, frágil – La vida tiene una manera irónica de compensar las cosas…-

Clarke no podía creer lo que escuchaba. Tampoco podía creer que su instinto primordial fuera rechazar esa petición, hacer oído sordo a esas palabras y proteger a la comandante a como diera lugar.

Meneando la cabeza en claro repudio a esa idea, Clarke se liberó de la mano de Lexa, clavó una recia mirada en ella y le dijo entre dientes:

- No voy a escucharte, Lexa. Voy a asumir que el dolor y el veneno están nublando tu juicio, así que ignoraré tus palabras y no moverás un dedo hasta que haga lo que tenga que hacer, ¿entendido? –

La comandante abrió los ojos de par en par y estaba a punto de protestar cuando Clarke se alejó de ella súbitamente.

La joven Skaikru estaba furiosa; sus puños apretados al lado de su cuerpo lo denotaban. Caminó unos pasos hacia el cuerpo de la guerrera Azgeda, desencajando la espada de su cuello, provocando que más sangre chorreara de la fatal herida. Luego hizo lo mismo con el enorme hombre, recuperando la otra espada y finalmente fue hacia el arquero en el suelo y arrancó la lanza de su estómago; todo esto mientras su mente repasaba lo absurdo de la noción de abandonar a la comandante.

Se acercó a ella, enfundó las dos espadas con cuidado en el carcaj en la espalda de Lexa y la miró directamente a los ojos:

- No lo haré. No te dejaré. – Las palabras salieron con contundencia. Sin pedir permiso siquiera, Clarke la sujetó de la cintura por su lado intacto y la levantó, pasando su brazo por su hombro y detrás de su cabeza para sujetarla. – Ni creas que alguien más me quitará la oportunidad de acabar con tu vida yo misma. Así que ahórrate tus palabras Lexa. Vendrás conmigo aunque tenga que arrastrarte. –

El cuerpo de Lexa se contorsionó de dolor. A duras penas podía sentir sus rodillas, sus piernas. Pero Clarke era obstinada y la sostenía con firmeza.

La joven Skaikru empezó a caminar hacia el lado opuesto del sendero hacia la cueva, apoyándose en la lanza que mantenía en su mano desocupada. Podía notar que Lexa no tenía la fuerza suficiente para aliviar parte de su peso.

Lexa quería objetar, quería hacerla entrar en razón y darle la oportunidad de resguardarse, pero le faltaba el aliento. Además, de nada le serviría. Clarke ya lo había decidido por ambas y sencillamente no tenía la energía para contrariarla más.

- ¿Adónde vamos? – logró preguntar mientras hacía lo posible por no desfallecer. Sus músculos comenzaban a acalambrarse, sus articulaciones se estaban entumeciendo y su saliva se estaba volviendo más espesa.

- Al único lugar en el que conozco en el que podríamos hallar lo que necesitas. –

Tenía días que no recorría ese trecho. Días que no se había atrevido a acercarse. No después de haberse escabullido como una sigilosa ladrona a mitad de la noche.

Resiste, Lexa. No te mueras, por favor…


Su respiración había dejado de ser errática y ahora era uniforme. Clarke esperaba que eso fuera una buena señal. Sin embargo, de repente las facciones de Lexa se contraían y sus manos y labios temblaban, producto de la lucha que su sistema y sus células enfrentaban en contra del líquido letal que con toda seguridad ya había recorrido todo su torrente sanguíneo.

En esos instantes, Clarke sentía el impulso de acercarse más a ella. Incluso esta última vez que vio a la comandante sacudirse notablemente, su mano había salido disparada para sostener la mano de Lexa que se hallaba más próxima a ella, pero se frenó a unos milímetros antes de alcanzarla, así que simplemente se retrajo y se quedó inmóvil, sentada en una silla al lado de la cama.

Lexa llevaba un par de horas inconsciente. Clarke apenas había logrado ver en la distancia su destino cuando la comandante perdió el conocimiento y se desvaneció en sus brazos. La rubia hizo acopio de toda su voluntad y de sus músculos para arrastrarla hasta la puerta de la casa, y a partir de ahí las cosas se habían acelerado y salido de control.

- Su cuerpo está librando la batalla decisiva justo ahora. – Habló Nylah en voz baja, al otro lado de la cama donde yacía Lexa. Sus ojos se posaron en Clarke. – No te preocupes, ella es nuestra Heda y no hay mujer más fuerte que ella en estas tierras. –

La joven Skaikru no hizo comentario alguno, sólo asintió ligeramente con la cabeza.

Clarke no se había movido de ahí desde que entre ella y Nylah habían acomodado a Lexa sobre las pieles en la cama, justo después de haberle arrancado las flechas, limpiado sus heridas y haberle dado lo que Nylah creía sería el antídoto al veneno Azgeda.

Ante el sucesivo silencio de la joven, Nylah salió del cuarto y Clarke pudo escuchar sus pasos alejándose hasta que el único ruido en la habitación era su propio palpitar.

Unos instantes más tarde, su anfitriona regresó y se colocó al lado de ella, ofreciéndole un plato con algunos frutos y tiras de carne seca.

- Toma. Debes comer algo. No creas que no me he dado cuenta de que has perdido peso. –

Clarke echó un vistazo a la comida para después dedicarle a la mujer una rápida mirada de desinterés. – Mochof, Nylah, pero no tengo apetito. –

- Lo dejaré cerca, por si cambias de parecer. – dijo Nylah, poniendo el plato sobre un mueble al alcance de la rubia.

Ahí estaba de nuevo, ese movimiento de cabeza de Clarke y nada más brotó de su boca.

La mujer de los bosques alternaba su mirada entre Clarke y la comandante. Su mente estaba hilando y entretejiendo ideas, pistas, rumores. Jamás se habría imaginado que la mujer más importante, su Heda, se hallaría ahí, tendida en su cama, balanceándose entre la vida y la muerte.

Lo único que sabía era que la comandante había protegido a la joven Skaikru, y eso era más que suficiente para dejarla perpleja y con miles de preguntas rondando en su cabeza.

- Debes de ser de suma importancia para nuestra comandante. – comentó Nylah con curiosidad. – Ella siempre se ha preocupado por el bienestar de su gente, pero ¿arriesgar su vida por alguien que cayó del cielo y que vino a perturbar la frágil paz recién obtenida? Eso es difícil de creer. –

Clarke inhaló lentamente ante esas palabras. Sí. Lexa había sido intrépida. Intrépidamente estúpida al ponerse en peligro por ella. Por alguien que horas atrás había pretendido verla muerta; por alguien que efectivamente, había llegado a la tierra a complicarlo todo y que ni siquiera había elegido hacerlo.

- Wanheda. – Pronunció Nylah, y eso fue lo que finalmente sacó a Clarke de su abstracción y la hizo observarla con amenazantes. – Tú debes ser a quien la gente llama Wanheda. –

- No te atrevas a llamarme así. – La voz de Clarke era casi un susurro, pero estaba impregnada de coraje, de aversión.

Nylah abrió la boca para decir algo más, pero la joven Skaikru se levantó de repente y comenzó a caminar hacia la salida.

- Necesito aire fresco. – dijo ésta, alejándose con rapidez.

No había siquiera llegado a la puerta cuando una mano sujetó su muñeca izquierda.

- No. No es una buena idea que te expongas allá afuera dadas las circunstancias. – Dijo Nylah. Su preocupación era real y su tono lo demostraba.

Clarke se zafó de su agarre con cierta brusquedad para después permanecer ahí, encarando la puerta cerrada, con los hombros caídos, sintiéndose como un animal encerrado que únicamente anhelaba salir corriendo de ahí y perderse. De nuevo.

- Ahora comprendo el porqué de tu silencio; el porqué de tu hermetismo… Wan… Quien quiera que seas. –

- Clarke. Me llamo Clarke. – la joven Skaikru reveló su nombre con renuencia. No quería que Nylah se refiriera a ella de otra forma. No quería escuchar su infantil apodo y mucho menos ese otro nombre que hacía que su sangre hirviera.

- Clarke… - Nylah pronunció esa palabra con sumo cuidado, dándose cuenta de que después de muchas semanas, al fin podía poner nombre a esa cara que ya le era conocida y aun así tan ajena. – No era mi intención incomodarte. –

- Wanheda. Tu gente me llama así y no tienen idea de cómo desearía jamás haberme merecido ese sobrenombre. –

Nylah no estaba al tanto de la dolorosa travesía de Clarke, de la historia detrás de esas amargas palabras, del sinuoso camino que la joven del espacio había tenido que recorrer para llegar ahí. Sin embargo, lo único que sí sabía, porque podía percibirlo, era que aquella chica estaba marcada de más heridas que las que podían descubrirse a simple vista. Su corazón se encogió ante esa revelación.

- Para mí eres y siempre serás la chica del cielo con un corazón cálido e indomable, Clarke. –

- Y para el resto del mundo seré quien siembra muerte a su paso…- dijo Clarke con pesar, volteando a verla. – Soy un monstruo. Un intento fallido de ser humano…-

La mujer Trikru asintió, pues no podía pensar en nada más qué decir para reconfortarla. Si bien ella misma se sentía agradecida por lo que Clarke y su gente habían hecho, era claro que el peso de esas acciones era insoportable. Podía vislumbrarlo en esos ojos azules que en ese momento lucían tan vulnerables y llenos de sueños rotos.

- No para Heda. – Nylah viró su cara hacia la comandante que aún yacía en la misma posición, desvanecida. Su mirada recayó en Clarke un par de segundos después, estudiándola. – Ella pudo matarte. Heda pudo haber reclamado tu poder y en vez de ello eligió protegerte… ¿Sabes lo que eso significa? –

Clarke también echó un vistazo a Lexa. La muy familiar culpa se enrolló en su corazón, aprisionándolo. No supo qué contestar. No quería si quiera pensar en eso.

- Significa que tú eres o representas algo mucho más grande que la muerte misma. Significa que ella ve en ti algo tan importante que fue capaz de arriesgar su sola existencia y todo lo que ha logrado por mantenerte a salvo. Te escogió a ti por sobre nosotros… Su gente. –

Su aliento se atascó en su pecho y estaba segura de que su corazón había dejado de latir por unos segundos. Las lágrimas se enfilaban para salir, pero Clarke hico acopio de toda su voluntad para frenarlas.

No había ponderado ese panorama de ese modo porque no había querido darle vueltas a lo ocurrido, pero escuchar esa conclusión de los labios de Nylah había desatado en ella emociones con las que no quería lidiar, ni ahora, ni nunca.

- Hay algo en ti, Clarke que hace que la gente haga cosas… extrañas… - dijo Nylah, proyectando una pequeña sonrisa. – Sabes entrar al corazón sin pedir permiso siquiera…-

Clarke estaba a punto de rebatirla, cuando en la periferia de su visión un movimiento captó su atención y la hizo salir disparada en dirección a la comandante.

Lexa yacía aún en cama, pero era obvio que no planeaba quedarse ahí más tiempo. Sus piernas ya estaban al borde del colchón, a unos centímetros de tocar el suelo.

- ¿Qué demonios crees que estás haciendo, Lexa? – preguntó Clarke, ubicándose frente a ella como un rayo.

- ¿En dónde estamos, Clarke? – Lexa siguió intentando levantarse, reclinando su cuerpo hacia adelante, pero se topó con una mano firme en su hombro, deteniéndola.

- Estamos a salvo, Lexa. ¿Podrías por favor dejar de moverte y volver a acostarte? Estás herida y necesitas reposo. –

- Yo seguiría el consejo de Clarke, si fuera usted, Heda. –

Ante la misteriosa voz, Lexa cesó su obstinación y permaneció inmóvil, escudriñando a la mujer parada al lado de Clarke.

Nylah nunca había estado así de cerca de la comandante. Incluso en ese frágil estado físico, las facciones de Heda y su presencia eran simplemente avasallantes. Principalmente esos enormes ojos verdes, fieros, imponentes, profundos.

No sabía si Heda observaba así a todos quienes se cruzaban su camino o si esa mirada era producto de las circunstancias. Como fuera, era intimidante y eso la hizo tragar saliva junto con sus palabras.

Lexa entonces buscó en los ojos de Clarke alguna explicación.

- Está bien. Es una amiga y confío en ella. – reveló la joven Skaikru, entendiendo la pregunta muda de Lexa. – Estamos en su casa en medio del bosque. –

La comandante volvió a recorrer a Nylah con los ojos y luego de unos instantes, asintió una vez, absorbiendo la aclaración.

- Ahora, ¿vas a permitirle a tu cuerpo reponerse en buenos términos o tendré que pedirle a Nylah que me dé una cuerda para atarte a la cama? – La determinación en el rostro de Clarke era tan absoluta que Lexa tuvo que reprimir una especie de gruñido por tal osadía.

Nylah, por su parte, observaba la interacción con la mandíbula prácticamente en el suelo. Si alguien más se atreviera a hablarle así a Heda, su lengua sería arrancada en un santiamén y su mera existencia sería extinguida por una espada rabiosa atravesada en su garganta.

Había algo indescriptible entre las dos, entre Lexa y Clarke, que electrificaba todo a su alrededor.

Clarke recapacitó su proceder. No estaban solas y muy probablemente no era una buena idea hablarle así a la gran comandante frente a otras personas, frente a su gente.

- ¿Por favor, comandante? – preguntó tentativamente, controlando las ganas de empujarla de una vez por todas contra la blanda superficie de las pieles en la cama.

Lexa no dijo nada. Tuvo que ceder en cuanto su cuerpo fue atacado por un agudo dolor y un extraño mareo nubló su mente.

Clarke notó el cuerpo de Lexa sobresaltándose, así que la ayudó a recostarse lentamente.

- ¿Lexa? – preguntó, consternada.

La comandante quiso hablar, pero ningún sonido salió de su boca. Su cuerpo estaba siendo atravesado por mil cuchillos cuyas hojas ardían.

Nylah se apresuró a tomar un pequeño frasco que había dejado cerca de la cama, sobre la mesa de noche.

- Heda necesita otra dosis del antídoto. – Declaró la mujer, abriendo el recipiente. – Me temo que el tiempo que pasó desde que fue envenenada hasta que la tratamos fue demasiado…-

Clarke movió la cabeza a modo de asimilación. Un nudo áspero se ancló en su garganta al darse cuenta de que lo peor aún no había pasado.

Nylah procedió a darle la amarga mezcla a la comandante. Se inclinó hacia ella, posicionó el frasco en los labios de Lexa y le pidió que abriera la boca para que el líquido se vertiera en ella.

La comandante apenas si pudo entre abrir sus labios. Tan pronto como el antídoto llegó a su garganta, comenzó a toser fuertemente.

Clarke se acercó a ella y puso sus manos en sus hombros, evitando la herida en uno de ellos.

- Lexa, estarás bien… Tienes que estarlo… -

Sus palabras llevaban un mensaje doble. Eran para Lexa, sí, pero también eran para ella misma. Buscaba reafirmarse, consolarse, esperanzarse. Clarke simplemente no podía imaginar que esa fiera mujer pudiera ser vencida por una sustancia extraña. No. Lexa no podía ser vencida por nada, era una noción absurda, risible, inaceptable.

Poco a poco, la tos cedió y Lexa pudo dejar caer todo su peso sobre la cama, agotada y con su cuerpo cubierto en sudor. Mantenía los ojos cerrados porque estaba haciendo un esfuerzo sobre humano por controlar su cuerpo, por domar sus músculos y mantenerlos quietos aún y cuando estos se rebelaban y querían temblar sin parar.

Nylah se acercó a Clarke y colocó su mano izquierda sobre el hombro derecho de la joven en un intento por apaciguarla.

- Heda saldrá de esto, Clarke. Lo sé. No hay mujer, no hay ser humano tan fuerte como ella.-

La joven Skaikru asintió. Era lo único que podía hacer. Asentir. Confiar. No quería hablar porque temía que en cualquier momento su voz le fallara.

Tomó asiento de nuevo y acercó la silla a la cama unos centímetros más.

Nylah dio unos pasos hacia atrás, no queriendo irrumpir ese espacio que envolvía a las dos mujeres frente a ella. Un espacio invisible, magnético.

Después de unos minutos que parecieron una eternidad, la comandante habló en un murmullo:

- Indra… Debo… Regresar. –

Clarke se aproximó hacia ella, reclinando su cuerpo en su dirección. - ¿Indra? ¿Qué quieres decir, Lexa? –

Nylah no perdió tiempo y llenó un vaso con agua, el cual le dio a Clarke para que pudiera ayudar a Heda a beberla.

Clarke lo tomó y con su otra mano, sostuvo el cuello de Lexa suavemente para mantener su cabeza erguida y que ésta pudiera tomar pequeños sorbos del líquido.

La comandante apenas si tomó escasos dos tragos y se recostó nuevamente, con su faz adornada de un gesto de dolor.

- Indra y los otros me esperan… - Lexa habló, pero no podía formular enunciados completos. – Prometí volver… mañana a primera hora. –

- ¿Dónde? – preguntó Clarke. Quizás podría ir a buscarlos y traerlos hasta donde su comandante los esperaba.

- Una hora… de la cueva. Al oeste. –

Como un resorte, la joven Skaikru se levantó, dispuesta a marcharse en su búsqueda, pero una mano fría la detuvo, sujetándola de la muñeca.

- No, Clarke… - Los ojos vidriosos de Lexa la observaban con insistencia y preocupación. – Azgeda…-

- Indra necesita saber lo que ocurrió, Lexa. – Clarke la miró suplicante, permitiéndose sentir esos dedos sobre su piel, causando ráfagas de electricidad en su sangre.

La comandante hizo el intento por levantar la parte superior de su cuerpo, en obvia señal de obstinación por ser ella quien se diera a la encomienda.

Clarke la contempló incrédula y tuvo que detenerla otra vez.

- Lexa, te juro que si no te quedas quieta…-

- Yo iré. –

Lexa y Clarke voltearon en dirección a Nylah, quien sostuvo la mirada de la comandante con determinación.

- Ninguna de ustedes está en condiciones para adentrarse en el bosque. – Dijo la mujer, acercándose a Clarke para agarrar el vaso que aún sostenía en su otra mano y después rellenarlo. Se quedó unos segundos ahí, dándoles la espalda y luego se movió hacia el lado opuesto de la cama, ofreciéndole a Heda más de beber. – Yo puedo ir por su séquito, comandante. Soy la mercader de estos bosques y a nadie le sorprenderá verme reuniendo ingredientes o husmeando los alrededores, incluso en plena noche. –

Lexa aceptó un trago más de agua. Parecía tener arena pegada en su garganta.

Clarke no supo qué decir. Nylah tenía razón. Era la opción más viable, aunque eso no significaba que debía gustarle involucrarla aún más.

- Nylah, ¿estás segura? – preguntó la joven Skaikru, dubitativa.

- Haría cualquier cosa por mi Heda y… por una querida amiga. – Contestó la mujer, son dejar de mirar a la comandante, quien, a su vez, no apartaba sus ojos de ella.

Pasaron unos segundos y la comandante finalmente terminó su silencioso dictamen.

- Mochof, Nylah Kom Trikru. No olvidaré esta muestra de lealtad. –

La mujer sonrió e inclinó la cabeza, para después hacerse de algunas cosas para su viaje.

- Regresaré en unas cuantas horas, poco antes de la media noche. – declaró, a punto de salir de la habitación. – Clarke, cierra la tienda por dentro en cuanto me vaya. Mi padre está en Polis, así que no habrá interrupciones. Cuando oscurezca no enciendas las velas para que los viajeros crean que no hay nadie y no las molesten. –

- Sí, lo haré. – dijo Clarke.

En cuanto Nylah dejó el cuarto, Clarke se levantó y le dio alcance justo antes de que abriera la puerta para irse.

- Nylah… - la joven quería decirle que lamentaba la distancia que había puesto entre las dos desde aquella noche; quería decirle que no había deseado malbaratar su amistad ni ser una ingrata con ella. Sin embargo, esperaba que ella lo supiera o por lo menos pudiera discernirlo en su mirada. – Gracias…-

La mujer Trikru le dedicó una sonrisa. – De nada, Clarke. Y por cierto, pude haberle añadido algunas hierbas al agua. Heda necesita descansar y ese brebaje le ayudará a hacerlo, ya que por voluntad propia creo que será casi imposible. –

Clarke dibujó una media sonrisa. – Cuídate y buen viaje, Nylah. –

La puerta se cerró y Clarke echó el cerrojo asegurándose de que una entrada furtiva fuera imposible. De repente se sintió extenuada y recargó su frente en la madera vieja de la puerta. El agobio la embargaba de la cabeza a los pies. No había querido demostrarlo frente a Nylah, mucho menos frente a Lexa, pero los acontecimientos del día (de hecho, de esos últimos días) tenían su mente echa jirones. Y su corazón no estaba en mejores condiciones.

Así que se tomó un momento para reponerse, para rearmarse y regresar a esa habitación en la que se hallaba la mujer que desbarataba todos sus esquemas.

Al cabo de un par de minutos, Clarke se impulsó con las manos tomó aire y se encaminó al cuarto, decidida a aparentar que todo estaba en orden, aunque no fuera así.

Al ingresar, lo primero que notó fue que los ojos de Lexa estaban cerrados y su respiración era más calmada. Lo que sea que Nylah había puesto en el agua, aparentemente estaba funcionando de maravilla.

Clarke sintió cierto consuelo al saber que no tendría que lidiar con la terquedad de la comandante por lo menos por un rato más. Con esa sensación, se permitió sentarse de nuevo al lado de ella, contemplándola con detenimiento.

- El agua… Clarke. – El susurro de Lexa la sobresaltó, a pesar de que era un hilo de voz suave que brotó sin la intención de molestar. – Una… artimaña. -

La joven Skaikru retuvo su labio inferior entre sus dientes. Claro que Lexa debía haberse dado cuenta de que el agua había sido manipulada.

- Lo siento, necesitas reposar, Lexa. – dijo Clarke, sintiendo una ligera aprehensión por sedar a la comandante sin su consentimiento. – Nylah lo hizo por tu propio bien. –

Manteniendo los ojos cerrados, Lexa emitió una exhalación que sonó más que nada a un gruñido de desagrado.

La comisura de los labios de Clarke se alzó suavemente. No cabía duda que en ese estado Lexa se asemejaba a una pequeña niña a la que se le había prohibido usar su juguete favorito. Y no cabía duda alguna de que uno de esos juguetes favoritos era mantener el control a toda costa, lo cual le sería imposible dadas las circunstancias.

- ¿Tu hombro? – preguntó Lexa en un murmullo.

Clarke meneó la cabeza, incrédula. A pesar de haber estado al borde de la muerte, Lexa aún se preocupaba más por su bienestar, no por el de ella misma. Y a pesar de estar sedada, su voluntad la mantenía aún semiconsciente.

- Limpio y atendido. – contestó echando un vistazo al nuevo vendaje que Nylah le había colocado. – Ahora, ¿podrías ahorrar energías y descansar? Me estás provocando dolor de cabeza. – Esta última frase la dijo en un tono bromista, sin embargo, había una dulzura escondida en esas líneas.

La comandante emitió un suspiro y sus facciones se relajaron unos instantes después. No tenía caso oponer resistencia. Le gustara o no, esas hierbas -drogas- en su sistema la estaban haciendo sentir ligera, en calma; el dolor ya no era insistente, llegaba a ella en olas moderadas que su cuerpo podía enfrentar con cierta facilidad. Además, desde que había encontrado a Clarke, el descanso le había sido demasiado ajeno. Tal vez lo más adecuado era simplemente soltarse y esperar el arribo de Indra y de sus guerreros. Su cuerpo demandaba una breve siesta, una pausa.

Luego de ese somero intercambio de palabras, Clarke se hundió más en la silla, percatándose de que una invisible bandera blanca se había erigido entre ella y la comandante.

Lexa respiraba tranquilamente; las manos al lado de su cuerpo ya no estaban tensas en forma de puños; no había tendones visibles en su cuello. Aparentemente, por fin se había rendido ante el sueño.

Junto con ese descubrimiento, Clarke también se dio cuenta de que la luz de día también ya estaba apagándose. Poco a poco las sombras comenzaron a reclamar el lugar, extendiéndose despacio por la habitación hasta que ver los detalles de lo que la rodeaba se convirtió en una faena imposible.

Fue entonces que la joven se inclinó hacia el cuerpo de Lexa y sus ojos se enfocaron en ella, ajustándose a la poca luz de la luna que penetraba por una ventana al otro lado del cuarto.

La oscura marca en el cuello de la comandante la impregnó de tristeza. Sus dedos la alcanzaron, rozándola con cuidado con sus yemas. Ella había hecho eso. Ella había profanado esa piel bajo ese perfil y ese rostro etéreos.

¿Y cómo había reaccionado Lexa?

La había dejado hacerlo, la había dejado herirla, ¿y después? Había arriesgado su vida por ella.

No únicamente eso. Lexa había puesto en peligro todo lo que ella había logrado hasta ahora. Su muerte habría significado el desmoronamiento de la coalición, la perturbación de la tambaleante paz en esas tierras y la aniquilación segura de su propia gente, de los Skaikru.

Clarke retrajo su mano, sintiendo un alud de emociones indiscernible.

Ella pudo matarte. Heda pudo haber reclamado tu poder.

Sí, eso habría sido más fácil. Lexa habría podido matarla, evitando así innumerables conflictos y sinsabores.

Lexa pudo haber acabado con su vida y en cambio, la ayudó a conservarla exponiendo la suya.

Ese pensamiento causó una sacudida en su corazón. Clarke podía sentir una grieta expandiéndose en él, abriéndose, como la superficie de la tierra lacerándose ante un terremoto.

Entre esas hendiduras, el odio que la había consumido contra Lexa se escapaba como vapor que acababa yéndose en forma de suspiro y lo único que permanecía era un deseo inexplicable de permanecer cerca de ella, de volver a ver esos majestuosos ojos verdes y escuchar esa voz que pronunciaba su nombre como nadie más lo hacía.

Sus dedos temblaron, pero, aun así, tomaron la mano de Lexa que yacía inerme sobre las pieles.

La comandante evocaba en ella lo más oscuro y lo más luminoso; lo más mundano y lo más celestial, y eso la aterraba; eso la dejaba flotando en un mar tempestuoso aferrada tan solo de una tabla que representaba su instinto de supervivencia, nada más.

Lexa, aún dormida, acomodó su cabeza sobre la almohada, girando su cara hacia Clarke.

La joven Skaikru la observó con tristeza, lidiando una batalla interna que no sabía si sería capaz de ganar.

Sus ojos se posaron en los labios de Lexa, envalentonados porque no había quién la reprendiera por ello, y oh… No debió hacerlo porque imágenes del pasado, sensaciones del ayer la sobrecogieron.

Esos labios… Ese beso.

Mentiría si tuviera que decir que ese beso no significó nada. Mentiría si tuviera que decir que había deseado que Lexa la esperara, porque en efecto, en aquél entonces no estaba lista, su corazón estaba en duelo y en reconstrucción; sin embargo, ese beso súbito y tan lleno de todo la había dejado flotando, volando entre nubes y estrellas. Le había costado el esfuerzo en conjunto de cada una de sus células para detener aquella dulce embestida de esos suaves labios.

Si tan sólo pudiese borrar lo que ocurrió después. Sin tan sólo Lexa no hubiera tenido que jugar el papel de Heda, si tan solo Lexa no fuera Heda… Ser Heda la condenaba a hacer lo correcto para su pueblo sin importar si eso era moralmente cuestionable para otros, específicamente para la gente del cielo.

Aun así…

Heda era la que estaba ahí, tendida en una cama, envenenada y herida por salvar a una persona que nunca había jurado proteger.

Su dedo pulgar se deslizó por la parte posterior de la mano de Lexa, formando pequeños círculos contra su piel.

- Gracias, Lexa. – murmuró Clarke, mirándola con reverencia. – Gracias, Heda… -

Entre la oscuridad y un extraño vaivén de calor en su interior, Lexa sintió una tersa e insistente caricia sobre su mano derecha. No podía confiar en sus demás sentidos adormecidos, pero ese roce, ese toque, lo sentía en cada rincón de su ser.

Clarke.

Clarke estaba sosteniendo su mano. Y ese gesto, ese cálido contacto, lo era todo cuando ella ya se había resignado a recibir nada.

Lexa no sabía si tenía el comando de su cuerpo bajo ese estupor; de todos modos, sonreía, su alma sonreía finalmente mientras esa caricia la inflamaba de esperanza.