Capítulo 18
Bajo Tierra
Una voz a lo lejos resonó en su cabeza, jalándola como si fuese una cuerda invisible hacia la realidad que asemejaba un recuerdo distante.
La voz era firme, fiera; demasiado familiar.
Los párpados de Lexa se apretaron y temblaron. Los sentía pesados, tan pesados.
Sus dedos fueron más rápidos al obedecer su voluntad y se flexionaban con ánimos de aferrarse a las pieles debajo de ellos. Su cuerpo se sentía entumido y adolorido, pero esa insistente voz se tornó más agresiva y Lexa no tuvo más remedio que volver en sí, oponiéndose a su cansancio.
- Exijo una explicación, Wanheda.- El término fue casi escupido como veneno. Indra se hallaba frente a frente con Clarke y sus ojos negros brillaban amenazantes; la luz de las velas que Niylah había encendido a su regreso les permitía a los presentes ver esa llamarada de cólera en el rostro de la general.
La joven Skaikru tragó saliva. Indra no era una mujer de impulsos controlados. En cualquier momento podría saltarle a la yugular sin titubear. Como sea, eso no la hizo retroceder, a esas alturas Clarke dudaba que algo o alguien pudiera amedrentarla con facilidad.
- Azgeda. – Reveló la joven rubia, sosteniendo su mirada. – Fue una trampa. Lex…Heda me protegió pero dos flechas la alcanzaron. -
Si Clarke creía que el fuego en los ojos de Indra había llegado a arder a su máximo esplendor, se había equivocado por completo.
Ante la breve explicación, las facciones de la guerrera se volvieron más recias, su expresión más voraz. Incluso parecía que la comisura de sus labios temblaba, preparándose para soltar un gruñido.
Atrás de ella, Johr, Xana y Niylah se mantenían expectantes. La mercader era la única que se notaba nerviosa, vacilante. No estaba acostumbrada a tal despliegue de adrenalina bajo su techo y su instinto le gritaba que debía apartarse, pero tampoco deseaba dejar a Clarke a merced de la guerrera que lucía como si fuera a arrancarle la cabeza de un mordisco.
- Ustedes los Skaikru no son han traído a estas tierras más que problemas. – dijo Indra entre dientes. – Y ahora tú has puesto en peligro a nuestra Heda. Debí clavarte mi daga cuando pude, oh gran Wanheda…
- ¡Em pleni!
Todas las miradas recayeron en el origen de esa voz.
Lexa había logrado sentarse y recargar la parte superior de su cuerpo en la cabecera de la cama y sus ojos no dejaban nada a la imaginación. El fuego que había ardido en los de Indra era una chispa tímida en comparación al fulgor en los de la comandante.
- Bak yu op, Indra, ¡nau! – Lexa ordenó. Su voz era más áspera de lo normal, sin embargo, no dejaba de ser fuerte, incuestionable.
Indra apretó la mandíbula y sus dientes rechinaron. Se demoró unos segundos en obedecer, pero al final dio dos pasos hacia atrás sin dejar de observar intensamente a Clarke.
- Jomp em op en yu jomp ai op… - Le recordó Lexa, también entre dientes.
Clarke frunció el ceño. Ya había escuchado esas palabras antes de la boca de la comandante, pero hasta ahora había logrado comprender su significado gracias a esas clases con Niylah. 'Si la atacas a ella, me atacas a mí.'
Indra tomó aire. Debía enfocarse en su comandante y controlar su ira contra la joven Skaikru, aunque fuera por una noche. No le era fácil. La gente del cielo estaba complicando las cosas y habían irrumpido en un proceso de paz que les había costado años lograr.
- ¿Ha yu, Heda? – preguntó la general, virando su rostro hacia ella. Su cuerpo aún estaba tenso y Lexa sabía que así permanecería siempre que hubiera un Skaikru cerca.
- Estoy bien. – Contestó Lexa. – Gracias a los cuidados de Clarke y de Niylah. –
Indra alzó su barbilla e intentó aparentar agradecimiento ante ellas, pero falló miserablemente. Su disgusto, por llamarlo de algún modo, era evidente.
- Bien. Entonces podemos partir de inmediato. – dijo Indra, ignorando la expresión estupefacta de Clarke a su lado y acercándose a la cama donde su Heda estaba postrada.
- ¡De ninguna manera! – Clarke intervino, poniéndose entre la general y la comandante. – Le…Heda no está en condiciones para viajar en estos momentos. –
Los ojos de Indra lanzaron dagas a la joven Skaikru. - ¿Quién eres tú para decidir lo que Heda debe o no debe hacer, niña irreverente? –
Clarke mantuvo su postura frente a ella, con la cabeza en alto y los puños apretados a sus costados. – Soy lo más cercano que Heda tiene a un doctor aquí y ahora, por lo tanto soy la única que puede proveerle los cuidados necesarios bajo estas circunstancias. –
- En TonDC hay curanderos… - Indra siseó.
- ¿Y planean hacer que la comandante cabalgue hasta allá y que su herida se abra de nuevo y se desgarre por dentro? ¿O quieren llevarla sobre un camastro improvisado y quedar a merced de cualquier Azgeda que se topen en el camino? – Clarke presionó, inamovible.
Indra quería protestar, contradecirla, discutir con ella hasta verse obligada a callarla por la fuerza, sin embargo no tuvo opción más que tragarse su enojo. El argumento de la rubia no era debatible. Así que frustrada, viró su rostro hacia su Heda y esperó alguna señal para proceder.
Lexa, intentando salvaguardar su orgullo y su imagen de fortaleza, hizo un intento por levantarse de la cama, pero en sus facciones era obvio que le estaba resultando por demás incómodo lograrlo.
Clarke la observó molesta y se plantó a centímetros de ella, impidiéndole moverse con su rígida postura. –¿Suficiente dolor, comandante, o también quieres empezar a sangrar de nuevo para darme la razón? –
Lexa hizo lo que siempre hace al encarar la petulancia de la joven Skaikru: apretó la mandíbula y alzó la barbilla, pero ningún sonido salió de su boca. Tenía que aceptar que, bajo esas circunstancias, el conocimiento médico de Clarke sobrepasaba el suyo. Además, el dolor en su cuerpo no le permitía objetar como habría deseado.
Indra y sus guerreros percibieron la vacilación de su comandante y fue motivo suficiente para bajar la guardia y darse cuenta de que la joven venida del cielo no estaba equivocada.
Clarke comprendió que el silencio de Lexa era un acuerdo implícito, así que la ayudó a recostarse una vez más sin discutir con ella frente a aquella audiencia. Una vez que la cabeza de Lexa se halló sobre la almohada, la rubia le dedicó una última mirada amenazante para que no volviera a tratar de erguirse.
–¿Heda? –Indra preguntó, aguardando sus instrucciones.
Los ojos de Lexa transitaron de Clarke a Indra por unos segundos. Odiaba su situación actual. Odiaba sentirse débil. Odiaba tener que permanecer quieta, vulnerable.
Con resignación, relajó su cuerpo y entonces su vista volvió a posarse sobre la rubia.
- ¿Cuánto tiempo, Clarke? – preguntó.
La postura de la joven cambió, visiblemente aliviada por esta rendición implícita.
- Para una completa recuperación, semanas, Heda. – dijo Clarke y antes de que Lexa pudiera quejarse, agregó: -sin embargo, si estás tan ávida en regresar a Polis, tal vez tres o cuatro días de reposo total puedan permitirte un traslado menos riesgoso. –
El suspiro de Lexa fue perceptible en toda la habitación. Había prometido volver a su gente pronto; por supuesto, tampoco había estado entre sus planes acabar herida y al borde de la muerte durante su viaje. Como sea, no había forma de cambiar lo ocurrido por mucho que lo deseara y aún podía sentir cómo sus órganos luchaban por recuperarse y expulsar la sustancia invasora que casi le había arrancado la vida.
- Tres días. Al cuarto volveré a mi gente. – dijo, volviendo su cara hacia Indra.
Su general asintió; sus facciones exhibían incomodidad y desacuerdo, pero no saldría objeción alguna de su boca. La comandante había hablado.
- Regresen a Polis. Indra, apoya a Titus en lo que se requiera. Ni una palabra de esto. – Demandó Lexa. – ¿Dónde está Shura? –
- En algún lugar, rondando esta cabaña. – contestó Indra.
- Que permanezca atento. Lo necesito cerca.
- Sha, Heda.
Niylah se acercó y se paró al lado de Clarke, poniendo su mano sobre su brazo derecho.
- Pueden quedarse aquí el tiempo que necesiten. Hablaré con mi padre y haremos lo posible por…
- Gracias, pero eso no sería apropiado. – Interrumpió Lexa. Su mirada se desvió velozmente hacia esa muestra de afecto sobre Clarke, pero de inmediato se enfocó en el rostro sorprendido de la mercader. – Eres una comerciante. –
Niylah asintió.
- Estás en medio de la nada. Puedo ver desde aquí algunas cosas que ofreces. Los estantes están llenos de especias, armas y pociones. Este debe ser un lugar muy concurrido. No podemos estar aquí. Por tu bienestar y el nuestro, debemos hallar otro lugar. – explicó la comandante. –
- Heda tiene razón. – comentó Clarke, sonriéndole a la joven a su lado, cuya mano retiró lentamente. – No quiero ponerte en peligro y cualquier persona puede necesitar algo de ti con urgencia, justo como el antídoto que nos proporcionaste. Así que cerrar no es una opción para la gente que requiere de tus servicios. –
- Agradecemos tu ofrecimiento, Niylah – Dijo Lexa. - ¿Hay algún otro sitio en el que podamos resguardarnos? –
La mujer Trikru quedó en silencio, considerando opciones. De pronto su cara se iluminó y sonrió:
- De hecho sí, hay un lugar no muy lejos de aquí que solo mi padre y yo conocemos, - respondió. – Es una antigua estación del metro bajo tierra que descubrí hace algunos años cuando el suelo se abrió ante mis pies. Está casi en ruinas, pero es amplia y podrían estar ahí sin preocuparse por ser descubiertas. –
Clarke y Lexa se miraron. Regresar a la cueva que habían abandonado no era ya recomendable.
- ¿Nos podrías llevar ahí por la mañana? – inquirió Clarke.
- No. Debemos irnos ahora. – dijo Lexa. – Indra y los demás deben partir al alba. Aprovecharemos su presencia para reubicarnos. –
- Heda… - Clarke prácticamente la reprendió con la mirada.
Lexa ignoró ese gesto y se refirió a Niylah.
- ¿Posees algo que pueda facilitar mi traslado? Ya que, aparentemente cabalgar está fuera de la negociación. –
El matiz de hastío no pasó desapercibido para los oídos de Clarke y ésta le dirigió una mirada de molestia, cruzando sus brazos.
- Me temo que la carreta de la que disponemos está averiada,- contestó Niylah. - Pero hay algunas varas, leña y cuerdas para improvisar una camilla.-
- Heda, - se apresuró a intervenir Johr. -Si me permite, me gustaría inspeccionar la carreta. Solía dedicarme a reparar cosas antes de convertirme en guerrero.-
La comandante desvió su mirada hacia la comerciante, solicitando su consentimiento en silencio.
- Por supuesto, en seguida.- Pronunció Niylah. Tomó una vela inmediatamente e hizo un ademán al musculoso hombre para que la siguiera.
- Xana. – Indra movió su cabeza hacia la puerta y la guerrera dejó su posición detrás suyo para acompañar a su compañero y a Niylah.
El aire en la cabaña estaba cargado de algo difícil de describir. Tal vez era la incertidumbre de lo que podría aguardarles allá afuera; tal vez era ese terco estira y afloje que existía entre la comandante y la joven Skaikru siempre que se hallaban compartiendo el mismo espacio. Tal vez eran esas invisibles chispas que saltaban al colisionase las dos férreas voluntades de la mujer de las estrellas y de la guerrera del bosque. Como sea, hasta Indra podía sentirlo y la situación rayaba en lo absurdo.
Ante la sofocante ausencia de sonido y las miradas cruzadas cargadas de necedad, la general lanzó un resoplido, entornó los ojos y salió, buscando aire fresco.
- Siempre tienes que tener la última palabra, ¿no, comandante?- Clarke comentó, visiblemente molesta por el desarrollo de los acontecimientos.
- No hay otra manera, Clarke, - dijo Lexa, resignándose a tener que argumentar decisiones que nadie más cuestionaría. Pero claro, era Clarke. – He accedido a posponer mi regreso a Polis, sin embargo, tendrás que confiar en que movernos cuanto antes es la opción más pertinente. Para nosotras y para Niylah.-
La rubia tuvo que morderse la lengua para evitar una disputa. Sabía que Lexa tenía razón, lo sabía, pero no le gustaba. No le gustaba que la comandante estuviera en lo cierto ahora y tampoco le gustaba la idea de trasladarla así tan pronto. Muy en lo profundo lo segundo era lo que realmente le estaba calando más. Verla así, por ella.
- Pero al llegar allá, si no acatas mis recomendaciones, Lexa, yo misma me aseguraré de que lo hagas así tenga que amargarte a las vías. – Los ojos de Clarke centellearon determinantes ante la luz de las velas. Lexa estaba convencida de que la joven Skaikru no estaba hablando a la ligera. Definitivamente sería capaz de cumplir su amenaza y eso provocó una inusitada sonrisa casi imperceptible en sus labios.
- Ese es un convenio aceptable, Clarke. – dijo la comandante, imaginando a la rubia tratando de sujetarla a las vías.
- Bien.
- Bien. – repitió Lexa.
Clarke se dejó caer en la silla. De repente se sintió diez años más vieja. Los efectos de los eventos del día comenzaban a hacerse presentes en su cuerpo.
- No has descansado, Clarke. – No era una pregunta. Lexa había pasado la mayor parte del tiempo inconsciente y podía imaginar a la joven custodiándola a cada segundo durante esos espacios perdidos en su mente.
- Lo haré en cuanto hayamos llegado a nuestro destino. – dijo la rubia sintiendo que cada extremidad de su cuerpo podría entumirse y quedarse hecha piedra en cualquier momento. – ¿ Y tú? ¿cómo te sientes? –
- - Sobreviviré, Clarke. –
La joven Skaikru guardó silencio.
Sobrevivir.
Esa palabra se había convertido en su lema, su mantra. Era una palabra dolorosa, pero ineludible para ambas. Una palabra que había sido acompañada por un beso furtivo.
Lexa trató saliva. La tensión asfixiante había regresado a la tibia habitación.
La puerta se abrió súbitamente e Indra ingresó a la cabaña a paso firme y veloz.
Lexa nunca se había sentido tan agradecida por su interrupción antes.
- Todo listo, Heda. – anunció, acercándose a ella. -Xana y Johr lograron reparar la carreta. Podemos partir cuando usted lo indique.-
- Entonces no hay tiempo que perder. - Lexa buscó el zafiro de los ojos de Clarke. – Es hora.-
Lexa había cumplido su palabra y había seguido las indicaciones de Clarke al pie de la letra. Por supuesto que no sin dedicarle miradas de enfado de vez en vez durante el trayecto. Clarke había descubierto también que la fiera comandante tendía a formar un curioso gesto que podría considerarse un puchero de no ser porque ella lo negaría enérgicamente. Fue estando ambas ocultas entre pieles sobre la carreta. Clarke no había podido evitar entretenerse al contemplar del rostro de Lexa que parecía una adolescente regañada al sentirse literalmente, como una carga. Lo cierto es que esa expresión apenas descubierta era… Adorable, aunque esa sola palabra contrastara con todo lo que Heda estaba acostumbrada a respetar.
- Esto es humillante, Clarke. – Lexa se había quejado, intentando relajarse entre el vaivén de la carreta.
- Oh, no lo sé, Lexa. Podría ser peor. – Había dicho Clarke, colocando sus brazos por debajo de su cabeza.
- ¿Peor cómo? – cuestionó la comandante, incrédula.
- En vez de pieles esto podría ser abono.-
No les había tomado más de 30 minutos el llegar a la entrada de su escondite que no era más que una grieta en el suelo que conducía a unas escaleras. Niylah no estaba equivocada: la maleza crecida alrededor de ese hoyo hacía que dicho sitio fuera extremadamente difícil de advertir.
Indra, Niylah y los guerreros les ayudaron a establecerse, cargando las provisiones que la mercader les había dado para su estadía: frutos y carne seca, leña, agua y ungüento y pociones necesarias para que las heridas de Lexa sanarán lo antes posible.
Incluso Shura había tenido a bien ir por la pistola de Clarke a su antigua cueva y la había dejado en manos de la rubia, quien la recibió con una mezcla de alivio y aprehensión.
Ah, y por supuesto, velas. No podían faltar las velas. Quizás más de las requeridas, a petición de Heda.
Y así se hallaban ahora.
Clarke había acomodado todo para que ambas pudieran descansar, poniendo las pieles acomodadas cerca del extremo norte, a un lado de una pared, lejos de la entrada. Los suministros estaban a la mano y las velas, bueno, a una distancia sensata de donde dormirían.
Sus arcaicas camas estaban cerca la una de la otra. No era capricho, sino simple estrategia. O eso es lo que Clarke se repetía. Lo mejor era estar juntas para cuidarse mutuamente. Era el instinto de supervivencia. Solo eso.
-¿Estás cómoda? – preguntó la joven, volteando su cara hacia Lexa, quien hacía sobre las pieles, pegada a la pared.
- Sí, Clarke. Agradezco tu consideración. - Era casi abrumador, el ser procurada por alguien cuando Lexa, no, Heda, estaba tan habituada a procurar a los demás. – ¿ Cómo está tu hombro? –
- Mejor. Mucho mejor. Los bálsamos de Niylah son increíbles. Nuestra gente se beneficiaría mucho de ese conocimiento.-
- Es ella quien te instruyó en la caza y te enseñó nuestro idioma, ¿no es cierto? –
- Sí. – la respuesta de Clarke fue suave, casi un murmullo. Su mirada estaba puesta en el techo agrietado que estaba repleto de variados patrones de manchas de humedad.
- Ella te aprecia. – Esta vez fue la voz de Lexa la que brotó con precaución, como no deseando enunciar esas palabras. No salieron fácil; la comandante podía sentir las amargas en su boca.
- Lo sé.
Aquella noche acudió a su mente y Clarke cerró los ojos un instante, tratando de erradicar ese recuerdo. Niylah y ella habían compartido una noche de pasión desenfrenada y cada una por motivos completamente diferentes.
Lexa se había dado cuenta. Clarke podía notarlo en el tono de ese solo enunciado. Podría confesarse; podría decirle que Niylah y ella habían tenido sexo, irracional, intenso, fugaz y tal vez esa revelación carcomería las entrañas de Heda. Tal vez gastaría el corazón de Lexa y habría una satisfacción momentánea y cruel al hacerle saber que otra mujer se había adecuado de su cuerpo por una noche. Sí, podría hacerlo, pero lo que no podría hacer sería aceptar que muy en el fondo ella habría deseado que el fuego en el que se había consumido fuera el que Lexa blandía en sus ojos. No podría detener el temblor en su voz que irremediablemente delataría que en esos labios había pretendido olvidar esos que la habían desarmado al pie de Mount Weather.
- Buenas noches, Lexa. – dijo la joven, dándole la espalda y apretando sus párpados con fuerza para impedir que las lágrimas salieran.
Lexa también cerró los ojos, intentando ignorar ese áspero dolor que se había aferrado a su pecho.
- Descansa… Clarke. -
