Capítulo 19

Ayeres y Anhelos

El calor de una mano sobre su antebrazo la ancló al presente, a la realidad. Su cuerpo estaba cubierto en sudor, sentía sus ropas ceñidas, pegadas a su piel. Su corazón se había desprendido de su caja torácica y se hallaba obstruyendo su garganta; su boca estaba seca, desértica, al parecer toda la humedad se había escapado por sus poros y yacía ahora en su vestimenta.

- Hey, Lexa… Estás bien, estás a salvo. – La voz reconfortante de Clarke acabó por traerla de vuelta lentamente. – Fue una pesadilla…-

Lexa se hallaba sentada, no recordaba haberlo hecho conscientemente, así que debía haber sido una reacción física ante lo que su mente había fraguado en su sueño.

Tomó una bocanada de aire e intentó que sus latidos disminuyeran a su ritmo normal. La mano de Clarke se apartó, dejando tras de sí la añoranza de su roce.

La rubia no dijo nada más. ¿Qué consuelo podía brindar si ella misma conocía los horrores nocturnos de una conciencia intranquila? Así que permaneció ahí, al lado de la comandante, acompañándola en silencio.

- ¿Esto responde a tu pregunta, Clarke? – musitó Lexa tan pronto como su mente se adaptó a la realidad. Su mirada fija en nada.

La joven Skaikru parpadeó, frunciendo el ceño. No lograba atar los cabos de lo que Lexa acababa de cuestionar.

- Hace unos días me preguntaste cómo podía conciliar el sueño por la noche, Clarke. – Lexa posó sus ojos en ella entonces, en ese rostro iluminado tenuemente por una tímida fogata que estaba a punto de apagarse. – No lo hago, Clarke. A veces el descanso me elude, como hoy. –

Clarke asintió. Un par de días habían bastado para darse cuenta de que Lexa no era la perra desalmada que ella había insistido en recordar. Había sido más sencillo odiarla al percibirla de ese modo; ahora, al verla herida, agitada y perseguida por su pasado, Clarke se hallaba inmersa en una oleada de sentimientos impertinentes y contradictorios con los que no deseaba lidiar. No los que no podía lidiar.

- ¿Quieres hablar de ello? - Preguntó la rubia, sin pensarlo realmente. No era una plática que alguien normal querría tener a mitad de la noche; sin embargo, su preocupación era sincera. Eso la aterraba.

La comandante no respondió de inmediato. Se quedó callada unos segundos, meditando la interrogante. Ella jamás había hablado de esto con nadie, ¿con quién podría haberlo hecho? ¿A quién podría haberse dirigido para contarle que cada noche sus muertos la acechaban? ¿Con quién podría haberse desahogado, platicando sobre cada uno de los rostros ensangrentados y furiosos que la asfixiaban por las madrugadas? A nadie le habría importado. La mayoría de la gente a su alrededor tenía su propia historia de guerra y muerte. Ella era Heda, y parte de su deber era aceptar que el insomnio era una secuela más de su misión al velar por el bienestar de su gente. Esas vidas coartadas se irían con ella hasta el final de sus días.

Lexa se recostó de nuevo, posando su mirada en el techo y entrelazando los dedos de sus manos sobre su estómago.

- En ocasiones veo a los Natblida que maté en mi día de la ascensión. – Empezó la comandante, en un suave susurro. – A veces son los ojos desorbitados de la gente que he atravesado con mi espada, como Gustus. A veces es la cabeza de Costia sobre mi cama… –

Clarke se posó sobre su cama provisional, dirigiendo su vista también hacia el techo.

- Veo TonDC arder, veo a la gente de la montaña… Te veo a ti…-

La joven Skaikru viró su cara hacia donde estaba la comandante. - ¿A mí? –

- Sí. Veo cómo tus ojos se marchitan al pie de la montaña antes de darme la vuelta y marcharme con mi ejército…-

Clarke sintió que un amargo nudo se formó en su garganta ante esas palabras. Ella también ha soñado con eso, una y otra vez. Ha soñado con esos ojos verdes arrancándole la esperanza y el aliento justo antes de que su mundo se tornara aún más sombrío.

- Siento tus manos en mi cuello, tus lágrimas cayendo en mi rostro… - Continuó Lexa, forzándose a sacar las palabras a empellones. – Intento recoger una de las gotas de tu rostro y de repente todo se oscurece. –

Clarke respiró hondo, asimilando la revelación. – También he soñado con matarte, Lexa. No te imaginas cuántas veces…-

- Lo sé…-

- Atravieso tu corazón con tu propia espada… - murmuró la rubia. – Una retribución a tu traición de acuerdo a tus tradiciones…-

La comandante hizo lo posible por pasar saliva. Era doloroso escucharla, pero no tenía derecho a ignorar la verdad, su verdad.

- Deseé tu muerte por tanto tiempo, Lexa… Quizás más que la mía. –

- ¿Y ahora, Clarke? –

- Ahora comprendo que tu castigo es vivir con lo que has hecho noche y día… Así como yo. La muerte, para ambas, sería demasiado piadosa… Demasiado fácil. –

- Lamento que tengas que cargar con esto, Clarke.

- Lo hago para que otros no tengan que hacerlo…-

- Por eso estás aquí, – señaló Lexa. -Por eso te recluiste en estas cuevas, te exiliaste a estos bosques, te sumergiste en esta soledad… Para ahorrarle a la gente recuerdos tormentosos de lo que tuvo que hacerse para mantenerlos a salvo.-

Clarke lanzó un suspiro entrecortado. – Sí…-

- Cuando estés lista, Clarke, cuando este duelo no nuble tu visión, pon atención a los rostros de tu gente, escucha sus risas, descubre sus anhelos… Y entonces hallarás razones para soportar las pesadillas. Éstas nunca se irán, pero tendrás un motivo para seguir tomando las decisiones que nadie más desearía tomar. –

- Eso significa que siempre estaremos rotas… ¿No es cierto? Sobreviviendo, luchando, abriéndonos paso entre los obstáculos, pero rotas… -

Lexa quería decir que no, que eso no tendría por qué ser así, que no tenía por qué ser el final de su historia; sin embargo, no tenía argumentos. Su propia existencia daba prueba de sus innumerables heridas y brechas en el alma. En el fondo, lo que más deseaba, era que Clarke no tuviera que seguir sus pasos, no tuviera que pagar sus precios. Tristemente, no había forma de tener esa certeza. No en esos momentos, con vientos de guerra que se arremolinaban a su alrededor si no lograban llegar a acuerdos con la gente del cielo.

- Todos estamos rotos, Clarke. Unos más que otros. Algunos de nosotros nunca podremos ser enmendados, pero tengo la esperanza que tú sí… Ansío que tu historia sea diferente a la mía. –

Una lágrima rodó y cayó sobre las pieles debajo de la joven Skaikru.

- Me temo que esta plática no ayudará con tus pesadillas… - dijo, obviando su deseo por dar el tema por terminado. – Intentemos volver a dormir, ¿de acuerdo?-

Lexa comprendió su intención y se adhirió a ella.

- Gracias, Clarke… -

La rubia inhaló profundo y movió su cuerpo, dándole la espalda a la comandante. Lexa se acostó de lado, con su cara en dirección a Clarke. El fuego se había consumido por completo, así que lo único que podía apreciar era su silueta en la penumbra.

Lenta, pero inevitablemente, sus ojos comenzaron a cerrarse. La presencia de la joven Skaikru era reconfortante. Tenerla cerca, poder escuchar su respiración que poco a poco se hacía más ligera; el saber que estaba allí, difuminada pero viva, hacía que el corazón de Lexa tuviera un propósito más por el cual seguir latiendo. Su mera existencia era suficiente para querer cambiar el mundo aunque tuviera que transgredir las leyes que su propia gente había venerado por décadas.

Clarke le bastaba. Clarke era esas ganas de vivir que lentamente se colaban entre sus grietas, haciéndole creer que tal vez, un día, despertaría con sus pedazos unidos, renovados, entretejidos una vez más.


El pedazo de carboncillo de movía grácilmente sobre el papel desgastado, danzando y trazando líneas a su paso. Las facciones de Clarke formaban una expresión de total concentración, sombreando, rellenando, matizando. Era la primera vez en mucho tiempo que la joven Skaikru se dejaba llevar por su mano, por sus dedos; la primera vez que esa extremidad era usada para un disfrute que ya se le había hecho ajeno. Se daba cuenta, al moldear esas figuras, de que prefería mil veces hacer arte que hacer la guerra.

Niylah le había obsequiado un poco de papel y un par de carboncillos que había dejado olvidados en algún rincón de su comercio y Clarke se sentía agradecida por ello. Ese era un buen momento para pintar de nuevo; no únicamente el momento, sino que las ganas, el anhelo de hacerlo, se había asomado otra vez y aunque no entendía por qué la urgencia de pintar recorría su cuerpo, estaba decidida a explotar ese deseo hasta que se agotara.

Una hoja a su lado estaba llena de árboles, de flores, de manantiales. Una obra simple, pero terminada al fin. Ahora, sus dedos apresaban ese instrumento y dibujaban un rostro sereno, una forma inmóvil que yacía ante ella, a un par de metros.

Lexa aún no despertaba y Clarke se sentía aliviada por esa hazaña. La comandante parecía estar descansando verdaderamente después de la abrupta interrupción de su sueño y ante eso la joven aprovechó la quietud para atreverse a dibujarla. Habría preferido, quizás, dibujar esos increíbles ojos verdes observándolo y reflejándolo todo; sin embargo, no habría podido lograrlo con ellos posados en su trabajo, en ella. Por eso este momento era perfecto, porque no tendría que explicar el por qué sentía el irresistible impulso de glorificar en papel a la recia comandante.

Debía tener cuidado, no tenía con qué borrar contornos errados. El perfil de Lexa era en sí una obra maestra que Clarke no sabía si podría duplicar. Y esos labios amplios, satinados… Nunca había visto unos como esos, ni mucho menos los había sentido.

La joven meneó la cabeza. Aquellos pensamientos no eran bienvenidos; quería revivir una imagen, no sensaciones entrometidas.

Clarke estaba tan enajenada delineando un cuello elegante cuello que no notó que su modelo había abierto los ojos y la contemplaba con curiosidad.

- ¿Clarke? –

La rubia se sobresaltó al escuchar esa voz áspera por el letargo. Sus manos automáticamente dejaron el papel boca abajo, sobre su otro dibujo.

- Buenas tardes, - dijo, curvando sus labios en una ligera sonrisa. – Veo que al final de cuentas pudiste descansar, Lexa. –

La comandante movió su cuerpo, recargando su espalda contra la pared y observó hacia las escaleras de salida, tratando de descifrar la hora del día por la poca luz que se colaba por ahí.

- Es tarde, - comentó, molesta por haberse perdido de varias horas del día. - ¿Por qué no me despertaste antes, Clarke? –

La rubia resopló. - ¿Con qué propósito? ¿Para que descansaras con los ojos abiertos? –

- Dormida sería más difícil escuchar la señal de Shura si hubiese una amenaza cerca, Clarke.-

- Bueno, yo he estado despierta desde temprano y nada ha ocurrido, así que descuida. Preocúpate por sanar y reponer fuerzas. –

Lexa asintió y su mirada se posó sobre los papeles cerca de la joven.

- ¿Puedo preguntar en qué ocupabas tu tiempo antes de que te interrumpiera, Clarke? –

Las mejillas de la joven se inundaron de un color rosado. – Uhm… Estaba… Dibujando un poco.-

Una de las cejas de Lexa se arqueó ante esa respuesta. - ¿Te gusta dibujar, Clarke? –

- Sí, y pintar… Es un pasatiempo, bueno, lo era… no sé. – La rubia lucía algo ofuscada. Bajó la mirada y rozó los papeles con la yema de sus dedos.

- ¿Podrías mostrarme? – La voz de Lexa era suave, intentando no perturbar a Clarke con su petición.

- Eh… Por supuesto… No es mi mejor trabajo, - confesó la joven Skaikru, dejando a un lado el retrato de Lexa y tomando su dibujo del bosque debajo de él. Se levantó con cierto trabajo; sus extremidades inferiores estaban entumidas por haber estado en la misma posición por largo rato. Al aproximarse a la comandante, le dio el papel y se sentó cerca de ella, recargada en la pared también, pero estirando sus piernas para sentirse más cómoda.

Lexa tomó el dibujo con reverencia y sus ojos lo escudriñaron. Si Clarke hubiera tenido una perspectiva más adecuada, habría visto el destello en esos orbes verdes que absorbían cada trazo con admiración.

- Es hermoso, Clarke. – Dijo la comandante. Su tono era de total asombro.

- Es solo un garabato… -

- Tienes mucho talento, joven Skaikru. –

Clarke se encogió de hombros. – Gracias, supongo…-

Lexa continuó observando el trabajo en silencio. No conocía a muchos artistas, no había mucha gente en sus tierras que se dedicaran a dibujar o a pintar; la mayoría de las personas con habilidades artísticas habían optado por la música o la danza; el resto eran comerciantes o guerreros, así que descubrir esa parte de Clarke hacía que la joven del cielo se volviera aún más especial ante sus ojos.

- ¿Sabes dibujar, Lexa? – Inquirió la rubia, queriendo desviar la atención en ella hacia un lugar menos mortificante.

- Me temo que si me dieras papel y tinta, el producto final serviría más para avivar una fogata. – Confesó la comandante. Clarke estaba segura de que el borde de sus labios de había curvado en una efímera sonrisa.

- Así de terrible, ¿eh? – Clarke no pudo contener su gesto divertido.

- No todos fuimos bendecidos con el don de reflejar lo bello de este mundo, Clarke. –

- Entonces… ¿Qué te gusta hacer? – La rubia preguntó. Iba a añadir "en tu tiempo libre", pero pensándolo bien, dudaba que la comandante de los doce clanes conociera ese concepto.

Lexa dejó de apreciar la obra de la joven y volteó a verla. Su expresión era de extrañeza. Clarke no alcanzaba a comprender por qué una pregunta tan inocente podía hacer que la cara de la comandante demostrara la perplejidad de quien no sabe cómo responder una ecuación matemática.

- Hacía tiempo que no me permitía pensar en eso. – Dijo Lexa, recargando su cabeza en el muro. – Y más tiempo aún que alguien no me preguntaba algo que no tuviera que ver con estrategias de guerra o políticas de Estado.

Clarke cayó en cuenta de que estaban teniendo una conversación trivial, fuera de todos los horrores y reclamos que habían tenido que tratar antes. Esto era más personal, más íntimo, puesto que estaba hablando con Lexa, Lexa la mujer, no Heda, la comandante. Y por lo visto, para la joven Trikru, este tema era aún más complejo que el discutir un plan de batalla.

- Debe haber algo que te guste hacer, Lexa. – Insistió Clarke. – Algo que desde niña siempre te haya hecho sentirte libre, en paz…-

La comandante dejó que esas palabras se fueran filtrando a su interior.

Libre y en paz.

Eran conceptos que se escapaban de su experiencia. Irónicamente, ambos eran las razones de su lucha infatigable, sin embargo, jamás había podido hacerlos tangibles, ni para ella ni para su gente.

- Me gustan los caballos, - dijo después de una pausa que duró más de un minuto. – Me gusta caminar en el bosque, el olor a tierra mojada y cómo las hojas están cubiertas de rocío al amanecer. A veces, al terminar una reunión, si no es demasiado tarde, disfruto de contemplar el ocaso desde mi balcón. –

- ¿Y antes de ser Heda? – cuestionó la rubia, intrigada por esa sensibilidad enmascarada que Lexa estaba develando poco a poco.

- Mi niñez y mi adolescencia como la gente las conoce, fueron breves, Clarke. -

- ¿A los cuántos años empezaste a entrenar para convertirte en guerrera? –

- Tenía cinco años cuando Titus, mi consejero, le exigió a mis padres que me entregaran. –

Los ojos de Clarke se abrieron de par en par. – Pero… ¡Eras casi un bebé! –

- A la mayoría de los Natblida se les empieza a preparar desde los cuatro o cinco años. Es la costumbre. Es lo más aconsejable para que empiecen a desprenderse de la tutela de sus padres y se adapten a una vida más demandante y estricta. –

- Ningún niño debería tener que abandonar su hogar así… - musitó Clarke.

- En un mundo diferente, no. No debería ser así. Pero en este, hacemos lo que debemos para asegurar nuestra subsistencia. – Lexa volteó a verla. – En este mundo, Clarke, el negro y el blanco ya no existen. Todo es un paisaje de matices grises. Lo correcto y lo incorrecto son líneas difusas. Es lo que es. –

La joven Skaikru suspiró y su mirada se enfocó en el muro de enfrente, al otro lado de las vías. Le era casi imposible imaginar a una pequeña niña de ojos verde esmeralda sosteniendo una espada y tratando de evitar ser cortada en mil pedazos.

- No son muchos mis recuerdos de cuando era niña, - prosiguió la comandante. – Sé que siempre me han gustado los animales y que varias veces mis padres se preocuparon cuando me desaparecía en el bosque para perseguir mariposas y conejos. Creo que hasta en algunas ocasiones llegué a platicar con algunos de ellos, o al menos lo intenté…-

- ¿Con los animales? ¿Cómo el pauna?- preguntó Clarke con una sonrisa jactanciosa.

Lexa la miró, sus ojos tenían un brillo peculiar. – Habría sido una conversación muy corta, Clarke. –

La rubia sonrió, amortiguando la risa que quería liberarse. – Ya lo creo…-

La sonrisa de la joven no pasó desapercibida para Lexa y ésta sintió un remolino cálido en su pecho al ser testigo de ella. Deseó, por un instante, ser la razón de otras más que el futuro pudiera traer, por más improbable que eso fuera.

- Al llegar a Polis todo cambió… Y mi poco tiempo libre lo ocupaba leyendo. Me gusta leer. – Agregó la comandante. – Me gusta saber, aprender. –

- ¿Qué tipos de libros has leído? –

- De historia, en su mayoría; filosofía, algunas obras de autores que, según Titus, fueron grandes en su época. –

- En el Arca, nosotros también leíamos mucho. Era la única manera de familiarizarnos con la tierra y con nuestros antepasados. – Explicó Clarke. – Leíamos sobre ciencia, biología, tecnología primordialmente. Pero claro, de repente tomaba prestados algunos libros de arte que pocos tenían ganas de leer. Así nació mi pasión por la pintura, a través de las fotos que me topaba en esas páginas. –

- ¿Y qué otros pasatiempos tenías, Clarke, aparte de leer y dibujar? –

- Jugar con mis amigos a las escondidas, traficar con comida, cantar… Soñar despierta con conocer la tierra… Ver fútbol con mi padre. – La última frase fue más un susurro. Era evidente que había dolor en el trasfondo.

- Suena interesante… - dijo Lexa, acompañando la mirada de Clarke fija en el muro delante de ellas.

- No era el lugar ideal, pero por lo menos no tuvimos que aprender a usar un arma desde niños. – dijo la rubia. – Mi niñez fue feliz… Hasta que me di cuenta de lo que realmente estaba pasando en la estación espacial y de qué tan prescindibles éramos todos. –

- ¿A qué te refieres, Clarke? –

- Nuestras leyes eran severas, demasiado. Si robabas, aunque fuera un poco de comida, ameritabas cárcel si eras menor de 18 o te mandaban a flotar… -

- ¿A flotar? –

- Te lanzaban al espacio… Era la condena a muerte. –

Lexa asintió, ligeramente.

- Si te oponías a las decisiones del consejo, si tenías más de un hijo, si iniciabas una pelea… Prácticamente todo acto que implicara romper el orden impuesto era penado con la muerte. –

La comandante escuchaba con atención su relato. No podía estar de acuerdo con el rigor de esas leyes, pero entendía el por qué habían sido creadas. En su pueblo, la mayoría de los crímenes debían ser retribuidos en consecuencia, dependiendo de su gravedad; no todos eran pagados con muerte o tortura, no como en el mundo de Clarke.

- Al final, no somos tan diferentes, Clarke. – dijo Lexa con cierta pesadumbre. – En los clanes ves correr la sangre de los sentenciados, en el espacio veías cuerpos alejándose sin ser tocados. –

- Tal vez… - Musitó la joven Skaikru. - Pero es lamentable que para alcanzar la paz tengamos que dominar la guerra; para proteger la vida, tengamos que sembrar tanta muerte…-

La comandante se reservó sus comentarios. Era cierto. Lo que Clarke había dicho era irrefutable. A lo largo de la historia de la tierra, en cada libro, en cada relato, en cada leyenda, el ser humano había forjado periodos de paz que tarde o temprano se esfumaban sin importar cuánto se esforzaran las personas por atenerse a sus ideales. La prueba más fehaciente se hallaba justo ante sus ojos. Después de un cataclismo nuclear, cualquiera habría pensado que harían las cosas diferentes, pero no era así.

- ¿A los cuántos años tomaste una vida por primera vez, Lexa? – preguntó Clarke, curiosa por el contraste de quien aquella joven era antes de que el peso del mundo recayera en sus manos.

- Diez años. – respondió Lexa, sintiendo el asombro de Clarke en el peso de su mirada. – Había terminado el entrenamiento ese día, pero decidí quedarme en el claro del bosque para seguir practicando. Escuché unos gritos y no lo pensé dos veces; busqué entre los árboles y entonces lo vi. Un hombre Trikru estaba sobre una mujer, arrancando sus ropas… En un segundo una de mis manos sujetaba sus cabellos mientras la otra cortaba su garganta con mi daga. –

Clarke abrió la boca, pero las palabras no surgieron.

- Ahí comprendí lo fácil que es tomar una vida, Clarke. – continuó la comandante. – Lo fácil que había sido para ese hombre intentar tomar lo que él quería y lo sencillo que fue para mí impedirlo. Cuando Anya me vio cubierta de sangre, supo que yo haría lo que otros jamás se atreverían a hacer. –

- Entonces… ¿Siempre te ha sido fácil matar? –

- Tú sabes la respuesta, Clarke. –

Sí. Ella sabía. Recordaba el día en que presenció cómo Lexa atravesaba el corazón de Gustus con su espada y quizás nadie más había visto el dolor en los ojos de la comandante, pero para ella había sido evidente.

- Los sentimientos lo complican todo. Matar a Gustus fue algo que mi corazón no deseaba hacer… Acabar con mis hermanas y hermanos Natblida, ser el motivo de la muerte de Costia… Forjar la alianza con su asesina… Sacrificar a mi gente de TonDC, dejarte atrás en Mount Weather… Todo habría sido más simple si no hubiera tenido un corazón que se resquebrajara con cada una de esas decisiones, Clarke. –

- Y si yo no amara a mi gente, no habría tenido el valor para calcinar a 300 de tus guerreros, para matar a otros tantos y proteger a MI gente… - interrumpió la joven Skaikru. – Mi amor por ellos ha sido mi fortaleza; mis sentimientos hacia otros han logrado que ellos sigan aquí…-

- Es la paradoja del ser humano, Clarke. –

- Es tu paradoja, Lexa, porque al final, todo lo que has hecho ha sido por tu gente… Por el ideal que tienes en tu mente, pero que tu corazón aspira. –

Ambas jóvenes se quedaron en silencio, abstraídas en esas palabras.

Para Lexa, la batalla interna entre la razón y la emoción había quedado súbitamente invalidada. Su "deber" no era más que un antifaz que escondía un profundo amor por su gente y por su mundo. Un amor que, hasta ese momento, se había disfrazado de compromiso con un título.

Para Clarke, su lucha por odiar a Lexa y a sus guerreros se convirtió en su paradoja. La comandante la había traicionado por amor a los suyos; los guerreros Trikru habían matado a la gente Skaikru para proteger la fragilidad de su mundo, y ella, a su vez, había contraatacado por el cariño y la lealtad a su gente.

¿Quién era el villano de su historia?

¿Cómo podían juzgarse y llamarse monstruos unos a otros?

Si tan solo pudieran abrazar sus similitudes y respetar sus diferencias. Si esa lección hubiera sido aprendida siglos atrás, ellas dos no estarían atrapadas en las ruinas de una civilización que se había extinguido casi por completo por su incapacidad de ver lo que en ese instante ambas estaban viendo.

Lexa nuevamente tomó el dibujo de Clarke y lo contempló con añoranza.

- Ayúdame, Clarke. – dijo suavemente, casi titubeando. – Ayúdame a todos nuestros sacrificios, a que toda la sangre vertida tenga sentido. –

La rubia volteó hacia ella, sintiendo cómo su respiración se volvía superflua y su pecho se contraía con cada inhalación.

- Quiero acabar con esto. – continuó la comandante. – Quiero que tu gente sea mi gente y no tener que volver a elegir entre unos y otros. –

- ¿Cómo? – Alcanzó a preguntar Clarke con un hilo de voz.

- Haré que Skaikru sea el decimotercer clan. No es una alianza, es una fusión. El ustedes podrá convertirse en nosotros y la brecha de nuestros mundos se cerrará por siempre… -

La boca de Clarke se abrió de par en par en incredulidad.

La comandante puso el dibujo del bosque en el suelo entre ellas, rozándolo ligeramente con sus dedos. – Esto, Clarke, estas tierras, este mundo, puede ser nuestro hogar… Es nuestro hogar ahora. Es todo lo que tenemos. –

Clarke buscó los ojos de Lexa y sostuvo su mirada. Había en ella un resplandor suplicante, lleno de algo que le recordaba vagamente a un esbozo de esperanza. Su mano derecha descendió de su regazo y se posó sobre el dibujo también, justo al lado de la de Lexa. Milímetros pintados de carboncillo separaban sus dedos. La joven Skaikru llevó entonces su mirada hacia ellos, rodeados de árboles y de nubes esparcidos en el papel.

- ¿Es posible lograrlo, Lexa? – preguntó, insegura.

- Contigo a mi lado, lo será. –