Capítulo 20

La Propuesta

─De haber sabido que devorarías ese libro, le habría pedido a Niylah alguna enciclopedia. ─Clarke dejó a un lado su dibujo inconcluso y se levantó para estirar las piernas. Apenas si podía sentir sus glúteos después de haber pasado horas recostada o sentada; necesitaba que la sangre volviera a correr sin tener alguna parte de su cuerpo adherida al piso, o a esas pieles. No había muchas opciones al estar forzada a ocultarse entre cuatro paredes y la falta de esfuerzo físico la estaba poniendo ansiosa.

La comandante alzó la mirada, apartándola de una de las últimas páginas de un libro que había visto mejores días.

─No se me permite hacer mucho más que nutrir mi cuerpo, descansar y posar mis ojos en estas palabras, Clarke. ─El reproche velado de Lexa no pasó desapercibido. ─Si no puedo ejercitar mi cuerpo, no deseo privar a mi mente de ello.

La joven Skaikru no pudo evitar entornar los ojos ante el comentario. ─Supongo no debería sorprenderme que la comandante sea un ratón de biblioteca.

La frente de Lexa se arrugó ante su confusión. -¿Un qué?

─Un ratón de biblioteca. ─Clarke meneó la cabeza, entretenida. ─Es un término que solía usarse para describir a la gente que pasa gran parte de su tiempo leyendo.

La comandante pareció meditarlo un segundo. ─Nunca nadie se había atrevido a compararme con un roedor, Clarke. Creo que preferiría el término "bien letrada".

Los labios de la joven Skaikru se acomodaron para formar una pequeña sonrisa socarrona. ─Por supuesto, ¿por qué no me sorprende?

Lexa advirtió ese ligero despliegue de emoción y su corazón se expandió en todas las direcciones de su pecho. Clarke era hermosa tanto en su nostálgica oscuridad como en su desenfrenada luz. Si tan solo pudiera verla así con más frecuencia, sin restricciones, sin incertidumbre sobre el futuro…

Clarke aclaró su garganta y se encargó de borrar ese lapsus de alegría y despreocupación que ni ella ni Lexa tenían derecho a sentir. Viró su cara con dirección a la entrada de su escondite y exhaló profundamente. La poca luz que se colaba estaba menguando y estaba teñida de tintes de color naranja, indicando la llegada ineludible del ocaso. Habían volado las horas entre dibujos, lecturas, comidas y siestas de común acuerdo, aunque los refunfuños de la comandante indicaran lo contrario.

Lexa percibió el abrupto cambio en su actitud y de inmediato empezó a echar de menos esa sonrisa. ─ ¿Clarke?

─Está a punto de anochecer. ─Contestó la joven, sin mirarla. ─ De repente sentí muchas ganas de salir a ver la primera estrella de la tarde… Estoy harta de resguardarme entre cuatro paredes.

La comandante no pronunció palabra alguna, pero el sutil ruido de tela atrajo la atención de la joven Skaikru hacia la ubicación de Lexa.

─ ¿Qué crees que estás haciendo, Lexa? ─Clarke preguntó apresurándose hacia ella. La comandante tenía una mano en la pared y estaba reincorporándose con cierto esfuerzo.

─ Acompañándote a cumplir tu deseo, Clarke. ─La mujer Trikru la observó con determinación y comenzó a andar lentamente hacia la entrada, ignorando la evidente molestia de la rubia.

─Lexa…

─Clarke.

─ ¡Necesitas descansar! Además, no deberíamos salir de este lugar…

─Podemos acomodarnos sobre las escaleras sin tener que salir. Shura está vigilando cerca de aquí, no hay de qué preocuparse. ─La comandante en ella desaprobaba enérgicamente tal determinación, pero la mujer en ella, a la que muy rara vez daba rienda suelta quería complacer a Clarke y fingir, por unos instantes, que de verdad no había nada qué temer.

La joven Skaikru la contempló por un instante. La idea de por lo menos asomar la cabeza y sentir el aire fresco era tentadora. Y sí, era posible permanecer fuera del radar si se mantenían en la escalinata.

Resignada, Clarke suspiró y se apresuró a recolectar algunas pieles del suelo para llevarlas con ella. ─ Qué necedad… ─musitó, cargando dichas prendas para luego ponerse al lado de la comandante.

─ ¿Lo ves? Somos más parecidas de lo que deseas admitir, Clarke.

La joven la miró de reojo y sus labios se abrieron en protesta, pero ninguna palabra brotó de ellos. Muy en el fondo, sabía que Lexa tenía razón y aún no sabía cómo sentirse al respecto.

La rubia aprovechó la sobriedad en los pasos de la comandante para adelantarse y elegir un espacio en las derruidas escalinatas y acomodar las pieles a modo de amortiguar el peso de ambas y evitar que sus espaldas padecieran con los bordes de concreto.

Habiendo realizado su tarea lo mejor posible, Clarke dirigió su mirada hacia Heda, indicándole que podía acostarse sobre ese improvisado lecho. ─ Si sientes alguna molestia, por mínima que sea…

─Me aseguraré de hacértelo saber, Clarke. ─Lexa se inclinó, sosteniendo su peso en el brazo cuyo hombro no había sufrido herida alguna y con cuidado logró sentarse, dejando que su espalda se acomodara sobre las pieles.

─ ¿Todo bien? ─La joven cuestionó sin perderse de los detalles en el rostro de la comandante.

Lexa asintió y Clarke se posó a un lado de ella, procurando dejar un espacio considerable entre sus cuerpos, aunque no era una faena tan simple pues las pieles no eran en realidad kilométricas. Después de algunos ligeros ajustes, principalmente en la posición de su cabeza, Clarke soltó un suspiro al posar su mirada en el cielo despejado.

El anaranjado y el rojizo iban abriendo paso a un azul demacrado que poco a poco se esparcía por doquier. No había ni una sola nube en el firmamento, en contraste con días previos en los que solo se había podido ver escaramuzas de nubes hacinadas.

Heda perpetuó el silencio, dándole a la joven Skaikru la oportunidad de admirar los primeros puntos de brillo plateados que se iban desperdigando en su limitada visión. Su brazo derecho se hallaba cerca de ella y el calor que emanaba era muy difícil de ignorar. Su piel reaccionaba ante ello y se forzó a llevar sus manos hacia su estómago, entrelazando sus dedos para evitar aquella inquietante sensación.

Los minutos se escurrieron entre la aparición de los astros y el canto de las aves que anunciaban la llegada de su hora de reposo. La comandante por un segundo anheló que la vida, su vida, fuera exactamente eso: una quietud azulada en el vasto bosque, sintiendo el calor de Clarke erupcionando tremores en su piel y en su corazón.

Lexa se reprendió internamente por tal desliz. No tenía derecho a desearlo, a desear algo para ella, para la mujer detrás de la pintura de guerra. Esto, este momento efímero sería tal vez lo único que la vida le convidaría en el tiempo que le quedara para respirar. Solo esto.

─ ¿Cómo es estar allá arriba, Clarke? ─La comandante se aventuró a preguntar, en parte por curiosidad, en parte para llevar su mente hacia otra dirección que no fuera la que había elegido antes. ─Lejos de la tierra y más cerca de las estrellas.

La rubia se sobresaltó, pero agradeció la intrusión porque en vez de estar absorta en la bóveda celeste, sus sentidos habían empezado a percibir el aroma de la comandante y la tibia temperatura de su proximidad.

─Ehm… ─Clarke dejó que su mente recapitulara su experiencia. ─Es hermoso… Fue hermoso, por lo menos durante mi niñez, antes de que me diera cuenta de cómo se manejaba la vida en el Arca.

Hubo una pausa y la joven prosiguió. ─Cuando era pequeña, mi padre y yo solíamos contemplar la tierra y la luna por una de las ventanas cercanas a nuestra habitación. Recuerdo lo diminuta que eso me hacía sentir, estar flotando en un espacio oscuro y silencioso entre mundos inalcanzables y asteroides… Pero la mayor parte del tiempo soñaba con estar aquí, con sentir el pasto bajo las plantas de mis pies, con respirar el aroma de la tierra mojada, con ver los animales…

La comandante enfocó su mirada en un brillo lejano que no titilaba, un planeta. ─Esto no es lo que habías concebido…

Clarke habría soltado una sarcástica y amarga carcajada de no haber estado consciente de lo inapropiado que era, bajo las circunstancias. ─No, no lo es. ─Sus ojos se cerraron por un segundo, sus pulmones jalaron aire y su quijada se relajó. ─La Tierra es todo lo que soñaba y más, aún no dejo de asombrarme ante cada descubrimiento sobre ella; las flores, los aromas, los paisajes… Es solo que no tenía idea de que el precio por estar aquí sería tan alto.

─Te refieres a mi gente, a nosotros. ─Lexa tragó saliva. ─A los hombres de la montaña. Ustedes nunca imaginaron que habría sobrevivientes.

Clarke resopló con cierta aprehensión. ─No tuvimos tiempo para imaginar nada, Lexa. No tuvimos tiempo para prepararnos ni para planear absolutamente nada. Fuimos seleccionados para venir aquí sin importarles a nuestros líderes si la atmósfera sería letal o no. Podríamos haber abierto la compuerta y haber caído muertos en un abrir y cerrar de ojos y ese habría sido el final de un grupo de jóvenes que apenas si sabíamos cómo lidiar con nuestras hormonas.

La comandante quedó en silencio, en profunda reflexión.

De haber conocido el contexto de los Skaikru desde un inicio, de haber poseído esta información, quizás cientos de muertes se podrían haber evitado. Pero todos habían reaccionado ante la urgencia de sus circunstancias, ante una amenaza desconocida.

Era naturaleza humana, ser reactivos e irracionales primero, analizar después, y aunque ella misma se había esforzado por transformar ese legado, esas costumbres arraigadas en su ADN, el cambio aún se sentía lejano y lo que había ocurrido con los Skaikru era prueba de ello.

Nadie habría podido adivinar que una villa entera de su gente había sido reducida a cenizas por una desafortunada decisión de un manojo de jóvenes que habían sido arrojados aquí como una probable sentencia de muerte.

─Cuando esa lanza hirió a Jasper, el sueño de un hogar se hizo trizas ante nuestros ojos. ─El susurro era apesadumbrado, cargado de una esperanza pisoteada. ─Escapamos de una pesadilla para convertirnos los protagonistas de una aún peor… Ya éramos "delincuentes" antes de aterrizar aquí, pero no éramos asesinos… Y ahora, es el único título que acude a mi mente cada vez que miro mi reflejo en el agua de un río…

Lexa estaba segura de que en ese preciso momento habría dado su título, sus tierras, sus ideales por sostener la mano de Clarke y brindarle algún consuelo.

Ser asesinos había sido un recurso irreconciliable en ese panorama postapocalíptico. La comandante había sido entrenada, preparada y aleccionada para hacer lo que tuviera que hacer para asegurar la supervivencia de su gente. Pero Clarke… Clarke tenía un alma demasiado pura como para haber sido envestida con tal responsabilidad. Su dolor era real, justificado, y tristemente, irremediable.

Los muertos no se levantarían, los recuerdos no se borrarían. El presente era todo lo que tenían. Un presente imbuido de cortes de espada y de balas clavadas en el alma.

El futuro estaba aún por escribirse y Lexa deseó con cada fibra de su ser que Clarke pudiese ver la importancia de su papel en darle la vuelta a una historia forjada en sangre y acero. Quizás la joven caída del cielo no estaba lista para ver que su sacrificio había venido a sacudir los cimientos de una civilización que no se había atrevido a cuestionarse sus métodos y creencias antes de que esa nave impactara la vida de todos. Lexa sabía, sentía que algo nuevo y prometedor podría florecer de un campo lleno de muerte. Podría ser así si alguien como Clarke estaba dispuesta a enseñarles otros que el camino del corazón, si bien era el menos transitado, era el que podía conducirlos a la paz verdadera.

Tal vez Polis era la respuesta. Si Clarke accedía a ir a Polis, a vivir la ciudad, a respirarla, a empaparse de gente que no fuera la suya, pero que al igual que ellos, estuviera llena de anhelos de un futuro mejor, tal vez ella podría gradualmente dejar de verlos como un mundo aparte y hostil, y ellos a su vez, los Skaikru, podrían cautivarse con el azul oceánico de esa mirada resoluta y brillante y confiar en que ella no era Wanheda, la dadora de muerte, sino una mujer inspiradora de vida que había llegado a transformar visiones obsoletas…

Tan inmersa se hallaba Lexa en sus cavilaciones, que la pregunta de Clarke la tomó por sorpresa.

― ¿Qué implicaría la creación del decimotercer clan, Lexa?

Le tomó un par de segundos a la comandante poner en orden sus pensamientos para ofrecer una respuesta. La idea de que Clarke estuviera contemplando su propuesta hizo que su ritmo cardiaco se elevara súbitamente.

―Skaikru sería aceptado en nuestra coalición. ―Contestó Lexa después de aclarar su garganta. ―Ustedes gozarían de la protección que Heda provee a todos los clanes. Podrían conservar la mayor parte de sus usos y costumbres y habría libre comercio e intercambio de técnicas, de sistemas y de prácticas artesanales y de producción de alimentos. Tendrían los mismos derechos y obligaciones que todos y formarían parte del acuerdo de paz que mi mandato ha estipulado.

Clarke permaneció callada por un rato, analizando esas palabras, su frente se arrugó ligeramente ante algunos fragmentos de esa información. ―En otras palabras, tú, Heda, tendrías dominio sobre nosotros también, ¿cierto?

―Yo no lo llamaría dominio, Clarke. Mi misión seguiría siendo la misma: asegurar la paz, la seguridad y la prosperidad de mis clanes, de mi gente. Ustedes incluidos.

La rubia imaginó que tal decisión no pondría felices a la mayoría de sus amigos y compañeros. Mucho menos después de Mount Weather.

―Dices que podríamos conservar la mayoría de nuestros usos y costumbres… ¿A qué te refieres con eso?

Lexa aspiró profundamente, pues sabía que ese sería uno de los puntos más delicados de ese tratado. ―No aprobamos el uso de armas de fuego, Clarke. La tecnología y el armamento que ustedes poseen es una gran amenaza al estilo de vida que hemos llevado. Sus armas tienen una capacidad de destrucción masiva que hemos intentado erradicar a toda costa.

Clarke estaba a punto de protestar, pero Lexa la frenó. ―Y sí, antes de que darte el derecho a réplica, mi gente es un pueblo bélico y portamos armas donde quiera que vayamos, lo sé. Sin embargo, no puedes equiparar el poder de una espada, de un arco, de una lanza o de una daga, cuyo daño es proporcional a la habilidad de quien la porta, al daño que produce una de las armas Skaikru… Cualquier persona, hasta un niño, podría provocar una masacre tan solo por jalar el gatillo…

Puesto así, Clarke se vio impedida para contrariarla.

―Y no únicamente son las armas las que preocupan a los demás clanes, Clarke. ―Lexa prosiguió, tratando de ser lo más sutil posible, aún a sabiendas que el tacto no era del todo necesario con la joven Skaikru. ―Las instalaciones de Mount Weather representan un grave riesgo para todos.

Claro. Mount Weather.

La rubia cerró los ojos por un instante y respiró hondo. ―Los misiles y la niebla ácida… Y nosotros somos los únicos con el conocimiento adecuado para usar uso de ellos…

Lexa asintió a pesar de que Clarke no podía verla, pero la admisión silenciosa de la comandante no fue pasada por alto.

―Entonces, ¿tendríamos que clausurar las entradas a Mount Weather o hablas de algo mucho más contundente? ―Preguntó Clarke sospechando la respuesta.

―Neutralizar la amenaza de manera permanente es el único modo de aplacar a los demás clanes, Clarke.

Neutralizar la amenaza. Eso significaría destruir las instalaciones, concluyó la joven Skaikru. Una determinación que ella sabía sería controversial y que sería rechazada rotundamente por muchos de sus compañeros.

―Dudo mucho que Kane y los demás acepten esa petición.

―En efecto, ese punto fue lo que impidió la firma del tratado con tu gente hace algunas lunas…

―¿Y qué te hace pensar que yo lograría convencerlos?

―Confío plenamente en tu capacidad para ampliar su perspectiva, Clarke.

Cambiar el modo de pensar de su gente. Esa sí sería toda una hazaña. Después de lo ocurrido y después abandonar a los suyos, Clarke tendría mucha suerte si la dejaban volver y tomar parte en las negociaciones con los Trikru. Estaba consciente de que muchos de sus amigos, incluyendo a su madre, se debían sentir defraudados por su partida.

―Supongamos por un momento que todo saliera de acuerdo al plan, Lexa, ¿cuál sería el procedimiento para convertirnos en uno de tus clanes? ―Clarke movió su cabeza ligeramente hacia un lado para poder echar un vistazo al perfil de la comandante. Necesitaba los detalles, necesitaba saberlo todo. Debía haber alguna ceremonia, algún tipo de formalidad para llevar a cabo su inclusión y no deseaba llevarse ningún sinsabor si Skaikru optaba por ir por ese camino.

El submaxilar de Lexa se notó tenso por unos segundos. Clarke ya sabía reconocer ese hábito de la comandante que hacía su aparición cada vez que ella se tornaba nerviosa o molesta.

―Cuando un clan se une a la coalición, debe nombrar un embajador o embajadora para que lo represente en las reuniones que han de tomar lugar en Polis. Hay una ceremonia de iniciación en la que el embajador es anunciado ante todos los demás miembros del concejo. ―Lexa recurrió a un breve intervalo, aparentemente eligiendo sus palabras con precaución. ―Se le proporciona al embajador una vestimenta adecuada a la ocasión y éste deberá inclinarse ante Heda en señal del compromiso y de la lealtad que su clan deberá mostrar en los tiempos venideros. Así mismo, el embajador deberá portar una marca que simbolice esa unión. Una marca de fuego o de tinta, con el emblema de su clan y de la coalición entrelazados.

La comandante cortó su explicación a la expectativa de la reacción de la joven Skaikru. Su deseo de que Clarke fuera la embajadora de su clan estaba manifiesto entre líneas. Pedirle a Clarke inclinarse ante ella podría desatar una carcajada o una recriminación y tendría que estar preparada para cualquier tipo de refutación. Sin embargo, al paso de los segundos, ninguna de estas supuestas reacciones llegó.

Por su parte, Clarke sopesaba esas palabras. No, no le agradaban en lo más mínimo, pero algo así era de esperarse ya que había sido testigo de las variadas y extravagantes costumbres de los terrestres. El imaginarse postrándose ante Heda y ante todos aquellos personajes políticos hacía que su estómago se revolviera de ansiedad y de aprehensión. Era un acto de sumisión embellecido con tintes ceremoniales, tan simple y a la vez tan intrincado como eso.

Sin aventurarse hacer un comentario al respecto, Clarke inquirió un poco más sobre el tema.

―¿Y dicho embajador o embajadora, tendría que radicar en Polis o gozaría de libertad para ir y venir como le plazca?

―Los embajadores son requeridos en las juntas y en los eventos oficiales en Polis. No tienen la obligación de permanecer ahí si no es su prerrogativa. Son intermediarios, mediadores y la voz de su clan donde quiera que estén.

Clarke finalmente se permitió emitir un suspiro que expresaba su consternación.

―No hay otra manera, ¿cierto? ―Preguntó quedamente. Su resignación era palpable en esas palabras.

Lexa cerró los ojos brevemente. Oh, sí, había otras opciones. Nunca enunciaría una de ellas en particular porque era absolutamente descabellada, impensable. Y las restantes serían sumamente riesgosas, principalmente para Wanheda y por ende, para su gente.

―Por su seguridad, no, Clarke, no la hay.

La joven Skaikru y la comandante dejaron que el silencio de la noche las arropara mientras el titilar de las estrellas se tornaba más resplandeciente. Los minutos fueron arrastrándose, perezosos, contrastando con los pensamientos de ambas jóvenes que iban y venían, formando remolinos en sus mentes.

En esa encrucijada de caminos, Clarke deseó con vehemencia una señal, un algo que pudiera indicarle el siguiente paso a tomar. Ningún panorama que su imaginación evocara cumplía con las expectativas de los Skaikru ni de los Trikru. Y ni qué decir sobre los demás clanes. Cualquier elección acarrearía enfrentar la oposición de alguna de las facciones y no había certeza de paz a corto plazo para nadie.

Aún en la espesura, lejos de su campamento, lejos de campos de batalla, Clarke seguía sintiendo la carga del mundo sobre sus hombros.

El brillo de una estrella fugaz atrajo la mirada de ambas. La estela dejada en su trayectoria siguió visible por unos segundos y Clarke no estaba segura de si ese era el augurio, pero una rara sensación le dio el coraje necesario para inclinar la balanza hacia una dirección.

―En Mount Weather dijiste que ir a Polis cambiaría mi percepción sobre ustedes. ―El recordatorio de este punto de inflexión tomó a Lexa desprevenida y conjuró una chispa de dolor en su pecho. ―Estoy dispuesta a poner a prueba tus palabras. ―La voz de Clarke se volvió suave, dudosa. ―No puedo prometerte más por el momento y espero que lo entiendas. Pero me gustaría ir a Polis en busca de respuestas que hoy se me escapan…

El corazón de Lexa era un tambor vibrante y salvaje. Aun así, su respuesta fue precisa y serena.

―Así se hará, Clarke.

No hubo más palabras esa noche. Lo astros fueron desplazándose ante las miradas suspicaces de dos mujeres que intentaban encontrar la sanación a sus heridas de antaño y un vestigio de esperanza al cuál aferrarse. Sus manos permanecieron cerca, tan cerca como el abismo de su oscura historia se los permitía.

Ambas fingieron que no lo notaron.