Capitulo 2.
Edward Cullen miró con los ojos entornados el terreno, atravesado por las luces de sus faros, rodeado en lo qué sólo podía ser descrito como una pequeña ventisca.
—Veo unas huellas de neumáticos desviándose a una carretera secundaria. Lo compruebo y regreso. Corte.—Soltó el botón del receptor de la radio.
—Afirmativo. Fuera.
—Fuera. — Puso el receptor del radio en su gancho y giró en la carretera.
Habían seguido la pista de Riley Biers al lago Tahoe desde Los Ángeles. El hombre había dejado una senda de miedo y destrucción a su paso, empezando con el atraco al banco en California, dónde asesinó a tres personas.
Desde allí subió a través de Barstow dónde dio un golpe en una tienda hiriendo a otro civil al robarle su vehículo. En Bishop, se llevó un Dodge Caravan, está vez sin darse cuenta había llevado consigo a una niña pequeña en la sillita del auto en la parte de atrás.
Biers era un tipo escurridizo. Estaba utilizando la tormenta para su beneficio. Pero Edward estaba seguro que estaban estrechando el cerco. Tendrían su culo en un abrir y cerrar de ojos. Con un poco de suerte, la pequeña del auto todavía estaría bien.
Siguió los surcos hechos en la nieve por algún vehículo antes que él. Si hubiera sabido qué tendrían que trabajar en la nieve, habría metido unas cadenas. La última cosa que necesitaba era quedarse atascado, especialmente si Riley estaba al otro lado de esas huellas en el terreno. Estaría más cómodo en su Cherokee.
Ése 4x4 lo podía llevar a cualquier parte. Pero la urgencia de encontrar a Biers no les había permitido a ninguno de ellos el lujo de cambiar de vehículo. Estaba de vigilancia en uno de los coches sin marca cuando llegó el aviso. La rapidez era primordial, especialmente ahora que estaba involucrada una menor.
Edward pensó sus sobrinos. Pequeños de ojos brillantes y grandes sonrisas. El pensamiento de que alguno de ellos tuviera que enfrentarse alguna vez a algo así lo asustaba a muerte. Se imaginó a esta pobre niñita llorando por su madre y su padre… hambrienta, necesitando un cambio de pañales, asustada.
Parpadeó para alejar el mar de lágrimas que asaltaban sus ojos. Ahora mismo no podía permitirse el lujo de las emociones.
Su ojo captó un destello, la luz de sus faros rebotó en el cromo de otro coche, un auto familiar. El último modelo de Caravan que Riley había robado en Bishop. Edward disminuyó la velocidad. No sería bueno precipitarse sobre Biers.
Su radió chisporroteó a la vida.
—Tenemos a la niña. Está bien, la dejó en el baño de mujeres de un Mc Donald´s.
Edward levantó el receptor.
—He avistado la Caravan.— se fue acercando—. Parece que ha quedado atascado en un cúmulo de nieve.
Una reguero rojo en la nieve frente al coche captó su atención. El cuerpo de un hombre yacía boca arriba. Unas huellas paralelas se alejaban de la escena. Edward puso la marcha de su auto en punto muerto y corrió hacia el hombre. A pesar de su mirada vacía le buscó el pulso. Nada.
Sacudiendo la cabeza volvió al coche. Por lo menos la pequeña estaba a salvo.
—Tengo otro cadáver. Parece que ha cambiado otra vez el vehículo. Voy a seguir la carretera. Tal vez pueda encontrarle.
Después de dar su posición, Edward se despidió y siguió conduciendo. La nevada arreció, borrando las huellas cuanto más avanzaba en el terreno. Puso las cortas y siguió adelante a paso de tortuga.
¿Todavía estaba en la carretera o se dirigía a un callejón sin salida? Un leve resplandor atravesó la tormenta. ¿Biers?
Edward se paró a un lado de la carretera, apagó las luces y esperó con el arma desenfundada. El resplandor no se movió. Examinó la luz y luego maldijo su propia estupidez. Era una cabaña no un auto. Y, por lo qué sabía, otro lugar para un asesinato.
Está vez Edward tenía el elemento sorpresa de su lado.
Apagando el motor, se subió el cuello de la cazadora y abandonó la comodidad del auto. La nieve lo cubrió hasta el tobillo al primer paso. No importaba. La cabaña estaba sólo a unos 100 metros de distancia. Se arrastraría si con ello creyera que atraparía a Riley Biers. Con el arma a punto avance penosamente.
Edward exploró el perímetro mientras se iba acercando. La luz parecía que venía de una habitación de la primera planta. Las cortinas de una ventana estaban ligeramente abiertas. Tendría una buena vista para evaluar primero la situación. En el porche probó su peso en el primer escalón.
Ningún crujido traicionó su presencia. Centímetro a centímetro se abrió paso hasta la ventana. Respiró profundamente y apretó el agarre en la pistola. Se atrevió a echar un vistazo dentro.
Se quedó boquiabierto sin poderlo evitar. Una mujer estaba sentada desnuda frente al calor de la chimenea mientras se pasaba un cepillo por el largo y oscuro cabello. Era un reloj de arena perfecto.
Con la cantidad justa de curvas en las tetas y el culo, que la hacían, a su modo de ver, completamente follable.
Mientras ese pensamiento lascivo le cruzaba la cabeza, la mujer bajó la mirado a sus pechos, y se acarició los pezones con los largos dedos. Se le empalmó la verga por completo. Entonces, ella revoloteó su mano hacía su entrepierna. Edward acunó su verga. El empalme duraría hasta que pudiera hacer algo con ello… de una manera o de otra.
Tragándose la imagen de la mujer retorciéndose con apasionado abandono bajo él, Edward fue hacia la puerta. Al golpear le llegó la respuesta de la chica.
—Ya llego.
Mala elección de palabras… muy mala.
Tragó de nuevo. Sus pasos hacían eco en el suelo de madera. Él medio rogó que respondiera a la puerta desnuda. Enfundó el arma y buscó su placa.
Mantenlo en el plano profesional, Cullen.
El cerrojo se descorrió. Segundos después, la puerta se abrió.
Una bata de seda azul ocultaba sus atributos.
—Detective Edward Cullen, señora. Departamento de Policía de Los Ángeles. Estamos buscando a alguien que podría representar una amenaza para usted.
—Bien, entre, detective. Parece empapado y seguramente podría evitar pescar un resfriado. También está mojado. Quítese el abrigo y… quédese un rato.
Su voz sensual provocó un hormigueo en la columna de Edward. Su verga latió como muestra de agradecimiento. Amigo, ella era caliente.
Ella le agarró el abrigo y se lo sacó de los hombros mientras él cruzaba el umbral.
—Tengo té caliente en el fuego. Sírvase usted mismo.
Le ofreció una media sonrisa mientras colgaba la prenda en el perchero a un costado de la puerta.
—Veo que viene… completamente armado.— Le pasa los dedos sobre la camisa hacia la pistolera.
El instinto le hizo agarrar el arma.
—Un oficial de policía siempre va armado, señora.
—Armado y a punto. Justo del modo que me gusta.— Señaló con el brazo hacia el sofá color verde frente al fuego.
¿Estaba ella insinuando un pequeño escarceo? Amigo, si no estuviera de servicio estaría más que dispuesto. Edward no podía pensar en nada mejor que pasar una noche de tormenta envuelto en los brazos de una mujer hermosa.
Los cojines del sofá se quejaron cuando se sentó. La tetera estaba justo dande le había dicho que estaría.
—Vamos, déjame.
Ella se arrodilló en el suelo ante él y llenó una taza de fina porcelana china. Diminutas rosas serpenteaban en el diseño.
—El té no se debe beber en otra cosa que no sea porcelana china.
Con esa sexy sonrisa seductora, ella alzó la taza y el platito hasta él. Edward lo aceptó con una sonrisa y esperaba que ella se lo tomara como una aceptación. No estaría de servicio eternamente. Y ella era una mujer que definitivamente quería llegar a conocer mejor.
—Lamento no poder quedarme mucho tiempo, señora.—Se inclinó más cerca.— Sólo quería advertirle. Asegurarme de que está a salvo. Este hombre es un asesino.
Sus ojos color marrón oscuro nunca abandonaron los de él mientras deslizaba los dedos sobre las manos masculinas.
—Oh, creo que te quedarás hasta que te diga que te vayas.
Sus labios estaban a un suspiro de los suyos. Maldición si no iba a besarlo. Maldito sea si no iba a dejarla. Su boca se abrió esperando los labios de ella. Frío acero rodeó sus muñecas. Con la mente nublada por la pasión, le llevó a Edward un segundo demasiado largo el comprender lo que estaba haciendo.
Él se echó hacia atrás. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas. ¡Sus propias malditas esposas! Se las había robado de la funda a su espalda.
—¿Qué demonios?
La taza y el platito cayeron estrepitosamente en la alfombra trenzada. La mujer retrocedió de un salto. Riendo ligeramente, lo enlazó con una cuerda de terciopelo alrededor del tobillo y tiró. Edward cayó hacía atrás. Anudó una segunda cuerda en las esposas y tiró de sus brazos por encima de la cabeza.
—¡Maldita sea, mujer! Joder, ¿Qué…
—Calla, guapo. No te pago para que hables.—Le pegó un trozo de cinta adhesiva en la boca.
—Si te levantas, harás esto mucho más fácil para ti.
¿Qué coño iba a hacer con él? ¿Estaba trabajando con Biers? Sin embargo hizo lo que le ordenó.
Utilizando las dos manos, ella arrojó la cuerda sobre una de las vigas del techo hasta que Edward estuvo casi de puntillas. Luego le abrió los brazos y piernas en cruz atando los tobillos a las patas del sofá. Su erección había desaparecido hacía mucho.
—Ahora. Vamos a ver qué ha pagado mi dinero.
¡Por Dios! Ella piensa que soy un prostituto.
Seguramente ese pobre chico que había encontrado en la carretera a un par de kilómetros era a qué ella esperaba. Atado y amordazado, no había nada que Edward pudiese hacer excepto aguantarse. Estaba literalmente a su merced. Para que le hiciera lo que quisiera. No sabía si estaba intrigado o asustado a muerte.
Se atrevió a echar un vistazo hacia abajo. Ella dejó caer su bata y lo rodeó lentamente.
—Bonito culo. —Le ahuecó las nalgas y apretó—. Fuerte, musculoso. Espero que indique resistencia. Vas a necesitarla.
Ella no tenía ni idea.
Isabella se detuvo frente a él.
—Ahora a por los auténticos atributos.
Hábiles dedos le aflojaron la hebilla del cinturón y después la cremallera. Su pene latió a la vida ante el suave toque. Doblando los dedos alrededor de la cinturilla de los pantalones y bóxers, tiró de ambos hacia abajo hasta que llegaron a las rodillas. Él sintió la cuerda aflojarse. Si diera una patada…
¿Y luego qué? Todavía estaba atado como una vaca en una cámara frigorífica. Deja que siga con su juego. Al final la cogería con la guardia baja.
Le desató el pie y le sacó la ropa. También el mocasín. Atado una vez más, hizo lo mismo con el otro pie.
Unos suaves ojos marrones alzaron la mirada hacia él. Frotó los pechos contra sus pantorrillas, luego le dio una pasada rápida con la lengua en la parte de atrás de las rodillas. Un gemido amortiguado salió de la garganta de Edward. Isabella respondió con una risita gutural y se deslizó hacia arriba por su cuerpo.
Su miembro se sacudió cuando Bella se acercó, suplicando atención. Una gota de líquido pre-eyaculatorio ya humedecía la punta. Rodeó la base con el pulgar y el índice dando un tirón.
—Bonita. Dura. Grande. Casi ni puedo agarrarla del todo. De nuevo, justo de la forma qué me gusta.
Lo acarició otra vez, enviando descargas a sus extremidades. Viendo la gota suspendida en la punta, lanzó la lengua hacia adelante. Edward gimió de nuevo. Hizo círculos enloquecedores alrededor de su polla, bajo ella, sobre ella, hasta que supo que iba a volverse loco. Luego le acunó las duras bolas y las apretó firmemente.
Edward se sacudió en su agarre y ella siguió provocándolo. Si no hubiera tenido la boca sellada, le habría rogado que le hiciera una mamada. Intentó suplicarle con los ojos que acabara con la tortura. Si hubiera estado libre, la hubiera lanzado de espaldas follándola hasta matarla a polvos. Y justo cuando el detective Cullen pensaba que moriría por la agonía, Bella cerró los labios alrededor de él.
¡Dios Santo, su boca es increíble!
Lo devoró profundamente, succionando con fuerza. Edward corcoveó bajo su chupada, su esclavo indefenso. Su delicada mano encontró sus bolas y las apretó de nuevo. La otra se enterró en la carne de su culo. El fuego se alzó, provocando un chorro salir disparado de él.
Edward pensó que nunca pararía de correrse. Isabella chupó hasta la última gota, luego echó echó hacia atrás su masculina cadera para inspeccionar su obra. Él colgaba allí lánguido.
—Bueno, que mala suerte — dijo ella — Tendremos que ver qué podemos hacer con esto. Sacó el cinturón de él de las presillas.
—Llegaste tarde, amigo. No se permite la tardanza. Me imagino qué sabes lo que va a pasar ahora.
¡Jodida Mierda!
Esto no podía estar pasando. Lo rodeó una vez, dos. El cinturón chasqueada detrás de él. Edward brincó involuntariamente.
—¿Cuántos deberían ser?— Isabella frotó el cuero del cinto sobre su culo masculino.
Él negó con la cabeza ganándose algunas carcajadas de su parte.
—Oh, pero tiene que haber un castigo. Por llegar tarde.
Le pegó ligeramente con el cuero en el culo.
—De hecho, 30 minutos tarde.
Le pegó otra vez, ahora más fuerte. Luego de nuevo, más fuerte. Y otra vez. La calidez y el enrojecimiento se extendía a través de su trasero, emigrando hacia su frente. Su verga empezó a levantarse con cada golpe del cuero contra su piel, hasta que se irguió en toda su gloria.
—Ya está. Toda bonita y como roca de nuevo.— Lanzó el ofensivo cinturón al suelo —. Ahora. Voy a bajarte. Te acostarás sobre tu espalda. ¿De acuerdo?
Una oportunidad para liberarse. Pero su trasero estaba sonrosado, ardiente y su verga latía. Y todo lo que deseaba el oficial era penetrarla sin piedad. Su prisionero un poquito más. Hacerla su cautiva.
Centímetro a centímetro le bajó los brazos.
—Comportate como el preferido de la profesora —dijo ella — acuéstate en la alfombra.
Cullen hizo lo que le ordenó. Isabella le estiró las manos por encima de los brazos y ató la cuerda a la pata del sillón.
—Mi turno — dijo ella —. Y mejor que lo hagas bien o ya sabes que pasará.
Se puso a horcajadas en su cabeza hasta que su coño estuvo cerca de la boca de él. Lentamente le sacó la cinta adhesiva y luego presionó su clítoris en sus labios. Estaba tersa como la seda, una verdadera delicia y una maldita tentación.
Edward Cullen movió su lengua sobre el botón hinchado. Bella lanzó la cabeza hacia atrás con un gemido partiendo sus labios. La mujer deseaba un reconocimiento y él estaba más que dispuesto a dárselo. Cada pliegue y recoveco era explorado por su lengua. Estaba comenzando a adorar su sabor almizclero y la manera en que se retorcía gracias al jodido ataque de su lengua.
—¡Ahora, tesoro! ¡Ahora!
Le atrapó el clítoris entre sus dientes y chupó con fuerza.
Un gemido gutural se desgarró de sus labios mientras caía hacia adelante, montando su boca hasta correrse.
—Dios, nena. Déjame follarte —susurró él con la voz ronca y los labios brillantes.
Esforzándose por respirar, Isabella se arrastró sobre su cuerpo, bajando por su torso masculino y le liberó las piernas. Luego se estiró hacía adelante para desatarle los brazos. Sus tetas oscilando ante él. Edward atrapó un pezón entre sus dientes y lo retorció a su antojo.
—Ooh…
—Sí, cariño —dijo con los dientes apretados.
Todavía esposado, sus brazos cayeron libres. En un movimiento él los lanzó sobre el cuerpo de ella y la empujó sobre su espalda.
—Fóllame.— gritó ella— Fóllame duro.
Con un fuerte empuje su verga se abrió paso en su interior. Bella gritó. Edward se retiró y entro de golpe una vez más en una certera estocada.
—Tienes un delicioso y apretado coñito. Para cuando acabe contigo, estarás tan dolorida qué no podrás ni caminar.
Se enterró en ella cómo si no hubiese tenido sexo en años. En ciertos aspectos se sentía como si no lo hubiera tenido en verdad. Al menos no está clase de sexo. Una y otra vez golpeó su verga palpitante dentro de ella. Isabella lo encontraba golpe a golpe.
Sintió los músculos de la bella mujer tensarse a su alrededor. Iba a correrse otra vez. Empujo fuerte, profundo haciendo chocar su hueso pélvico contra el clítoris de la hermosa morena.
Se arqueó contra él cuando llegaron los espasmos. Él aguardó sólo un segundo antes de liberar su carga en su suave y cálido interior. La perforó una vez más antes de derrumbarse.
Tenía que contarle la verdad.
El sonido de cristal rompiéndose los separó bruscamente.
—¿Qué…
—Abre estás esposas ahora mismo — le ordenó en un firme susurro con la voz ronca.
—Pero…
—¡Maldita sea! Soy un jodido detective del departamento de L.A. Estoy buscando a un asesino. Consigue esa maldita llave— rugió.
Un rubor subiendo por el delicado cuello femenino la cubrió. Así, ahora ella sabía que la había cagado monumentalmente. Lo arreglarían más tarde.
A no se que él errara en su suposición, Riley Biers estaba detrás del sonido del cristal, intentando entrar a la cabaña.
Con las manos temblorosas le abrió las esposas. Las sirenas atravesaron la noche. Edward oyó el revuelo en la cocina.
—Estoy acabado.
Agarrando lo primero qué encontró. Edward se puso la bata y empuñó la pistola cargada.
—Deja entrar a la policía. Diles que salí por atrás.
— * — * — *—
Isabella corrió disparada hacia la puerta principal cuando el detective salió corriendo. Largó las instrucciones a los oficiales y luego se escabulló al interior. Deseó arrastrarse a un agujero y morir.
Un detective de la policía… ¡de verdad! ¿Dónde coño estaba el hombre que había alquilado? Nunca iba a sobrevivir a esto. Ahora mismo, el detective estaba corriendo por la nieve en su bata. ¿Cómo diablos no iba a salir esto en las noticias?
El sonido de voces en el exterior la estimuló a reaccionar. Subiendo las escaleras de dos en dos, se puso los vaqueros y un jersey. Las carcajadas se filtraron subiendo hasta ella.
Evidentemente sus compañeros lo habían encontrado. El hecho de qué se tomarán tiempo para burlarse significaba que habían encontrado al asesino. No podía quedarse y averiguarlo. Tenía que salir rápido de ahí.
Isabella metió sus cosas en la maleta. Era de no creerse. ¿Cómo iba a escabullirse cuando la policía rodeaba la cabaña de su hermano? Se hundió en la cama, enterró la cabeza entre las manos e intentó no llorar.
La puerta principal se cerró de un portazo. Era hora de enfrentarse a lo qué había hecho. Ardiendo de vergüenza se arrastró hasta las escaleras.
Edward estaba de pie frente a la chimenea, vistiéndose. Durante un último minuto se permitió el gustico de la vista espectacular, los músculos esculpidos y e hombre tan bien dotado. Luego se tragó lo que le quedaba de orgullo y bajó. Un paso a la vez.
—Creo que ha habido un malentendido.
Él se giro de golpe.
—¿Crees? Tal vez alguien debería zurrarte el culo.
Su piel se calentó otro par de grados.
—Lo siento. Estaba…
—Esperando a alguien. Sí, lo sé.— Sacudió su pulgar sobre el hombro mientras se metía la camisa en los pantalones. — Riley Biers lo asesinó y se llevó su coche.
Isabella cerró los ojos ante un repentino torrente de lágrimas.
—Sabes, podrías haber sido tú.
Ella dejó caer la cabeza.
—Supongo que vas a presentar cargos —ella suspiró.
—¿Tienes nombre?
Se obligó a mirarle.
—Isabella Swan.
Se puso bruscamente los mocasines y se abrochó el cinturón.
—Volveré tan pronto como procese a Riley Biers. Quédate aquí. Tú y yo tenemos asuntos sin terminar.
Todo lo que pudo hacer fue asentir. Se apoyó en la ventana y observó cómo se alejaba en el coche.
¿Esperar aquí? ¡Ni hablar! Quería alejarse tanto como pudiera de su transgresión.
