Capitulo 3.

Bella despidió con un "Buenas noches" a cada uno de sus estudiantes de "Inglés cómo Segunda Lengua" mientras abandonaban la clase. Se sentía bien al volver a la rutina habitual. La escuela elemental durante el día; la escuela de adultos por la noche. Se mantenía ocupada. Suspiro. Debería haber apreciado su vida desde el principio en vez de aventurarse en el territorio sexual prohibido. Era afortunada por no haber sido arrestada.

Durante la última semana, Isabella esperaba tener como poco a Edward Cullen y a un equipo de policías vociferando a sus puertas y llevándosela a rastras ala carcel. Una llamada de su hermano, contándole qué Cullen le había solicitado su nombre y dirección la tuvo en ascuas la semana pasada. Pocas veces salía de casa.

Pero como cada día pasaba sin repercusiones, se consideró una mujer afortunada. Tal vez la había salvado la vergüenza del detective al meterse en aprietos por su culpa. Rezó para que su comisaría estuviera bien lejos de ella. La última cosa que quería era darse de culo contra el suelo al toparse en la calle con el hombre.

Oh, pero era un bombón a la vista. Más dulce todavía para coger. Se deshizo del recuerdo y levantó el borrador para limpiar la pizarra. El sonido de la cerradura de la puerta la hizo girar. Su presta sonrisa se desvaneció cuando vio a Edward de pie allí. Entonces su corazón latió el triple de rcpido.

—Señorita Swan.— Cerró la persiana de la puerta.

—Detective Cullen.

Lo siguió con la mirada mientras él cruzaba la habitación hacia el banco de la ventana. Una por una fue cerrando las persianas venecianas en el aula.

—Creo que usted y yo aún tenemos un asunto sin terminar.— Camino hacia ella.

Isabella no sabía qué hacer. gritar parecía una buena opción.

Edward sacó las esposas de la funda de su cinturón a su espalda.

Así que había venido a esto. Se lo merecía. Por lo menos había tenido la decencia de esperar hasta que sus alumnos se fueran, esperar hasta que fuese de noche.

Él le agarró la muñeca suavemente y tiró de su brazo detrás de su espalda. Luego capturó la otra muñeca y la sujetó.

—De cara a la mesa— urgió.

Bella contuvo las lágrimas mientras él la ponía en posición. Esperaba la letanía de derechos que se le rezaban a todos los detenidos. En cambio, sintió la fuerte y masculina mano sobre su trasero.

—Dulce. Firme. Justo de la forma en qué me gusta.

De un tirón le bajó los pantalones de vestir y la delicada pantaleta.

—Estorban.

—Edward…

—¿En serio? No está en posición de discutir, Señorita Swan.

Intrigada, con el corazón latiendo acelerado, hizo lo que le pidió. Edward se inclinó sobre ella mientras hurgaba en el cajón del escritorio. Sentía su verga dura contra su culo.

—Ajá… esto servirá.

Abrió los ojos de par en par al ver la regla de madera.

—Edward… por favor…

Le zurró ligeramente el culo con la regla.

—Oh, te dije que lo obtendrías pronto.— Le pegó de nuevo, más fuerte.

Una ráfaga de calor incendió el camino a su clítoris. Bella se mordió el labio para evitar gritar.

—Veamos. Está la prostitución.

¡Plaf!

—Obstrucción a la justicia.

¡Zas!

—Violación.

¡Zas! ¡Zas!

Ella levantó la cabeza de golpe.

—Tú estabas…

¡Plaf!

—No hables.

Isabella posó su mejilla contra el frío escritorio. Su clítoris latía falto de atención. Dios, si sólo supiera lo qué en realidad iba a hacerle.

—Secuestro — continúo.

¡Zas!

—Retención Ilegal.

¡Zas!

—Acaba con esto — ¿Se le escapó un gemido? Rezaba que no.

—Prefiero un sermón con zurra.

¡Plaf!

—Tuve que arrestar a un criminal en bata.

¡Plaf! ¡Plaf!

—Me vieron mis compañeros.

¡Plaf!

—Todavía se están riendo.

¡Plaf!

—Al menos no te vieron…

—¿Atado como pavo en Navidad?

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!

—No, gracias a Dios.

¡Plaf!

—Ya es suficiente.

Arrojó la regla a un lado y le quitó las esposas. Isabella se frotó las mejillas ardientes de su trasero y apretó los muslos para mitigar el ardor y oponerse a la batalla que allí se libraba. Necesitaba correrse desesperadamente. Alargó la mano hacia los pantalones.

—No tan rapido, profesora.— Le arrebató los pantalones de su alcance y la llevó hacia la pizarra—. Llenarás la pizarra con una frase: "Las profesoras no alquilan prostitutos". Y escribe bien.

—Eso va a llevar toda la noche.

—Tengo tiempo.

Él le apretó el trasero aún ardiente y sonrosado. Isabella ahogó un gemido. Cuando ella no se movió, él le dio una fuerte nalgada. De mala gana, recogió la tiza y empezó a escribir.

—Ni siquiera te molestaste en usar protección — dijo él. Evidentemente, el sermón no había terminado.

—No oí que te quejaras en ese momento.

—Es difícil quejarse con cinta adhesiva en los labios. ¿Protección?

Isabella juntó los muslos en un intento desesperado de aliviar el dolor mientras garabateaba la frase en la pizarra.

—No era necesario. Tomo la píldora. Y los caballeros de esa empresa tienen el certificado de salud al día.—Ella echó un vistazo por encima del hombro—. A menos que quieras decirme algo de lo que deba preocuparme.

—Nop. Estoy limpio. Escribe. No tengo toda la noche.

Lanzándole una mirada furiosa continuó.

Edward se recargó en una de las mesas. Su miembro pulsando por liberarse. Se toco la verga a través de los pantalones mientras observaba el sonrosado culo contonearse con cada movimiento de brazo arriba y abajo. La vio meterse la otra mano entre las piernas.

—¿Estás caliente, Isabella? ¿Caliente y húmeda? ¿Necesitas tanto correrte que quieres acabar?

Le temblaron las piernas mientras apoyaba la frente en la pizarra.

—Sí— susurró.

—Entonces hazlo — dijo él —. Siéntate en el borde del escritorio de frente a mí, extiende esas preciosas piernas. Bien abiertas y mastúrbate.

—No… no puedo. No delante de ti.

—Sí. Puedes.— Largos pasos lo llevaron a su lado. Le atrapó los dedos y tiró de ella hasta el escritorio. La recostó de espalda, le presionó los dedos en el clítoris.

Isabella se arqueó en el escritorio cuando sus dedos danzaron sobre su ardiente botón. Sacándose un condón del bolsillo, Edward lo deslizó en su pene y se acarició.

Se corrieron a la vez. Él le dio algo de tiempo para recuperarse.

—Mejor es que vuelva a esa pizarra, profesora.

Ella le disparó una mirada feroz.

—¿Al menos puedo vestirme?

—No— dijo, dandole un pequeño empujón.

Isabella no se había sentido tan vulnerable en su vida. ¿Qué más quería este hombre de ella? La había zurrado. Sabía que la excitaba demasiado. Ambos se habían corrido. ¿Y ahora qué? Interrumpió la última frase, lanzó la tiza a través del aula y se dio la vuelta.

—Ah, ah, ah. —Le hizo un gesto admonitorio con el dedo—. Esa pequeña demostración de insubordinación te costará caro.—Señaló hacia el escritorio—. Inclínate.

Isabella alzó la mirada hacia el cielo y asumió la posición que le decía. Oyó la cremallera de sus pantalones deslizarse y levantó las piernas.

Entró tan de golpe en ella de un solo empujón tan profundo qué la levantó. Se sentía… ensartada.

—Ahora…—penetrándola firmemente— Quiero que digas: "No ataré a Edward sin su permiso"

Isabella empezó a reír. No estaba aquí para vengarse o arrestarla. Estaba aquí para reclamarla.

—Dilo.—Empujó más fuerte en su interior, abriéndola. Sacándole un gemido.

—No ataré a Edward sin su permiso— dijo en una ráfaga de aire.

Se apoderó de su clítoris con los dedos.

—Otra vez— exigió. Mientras su verga se enterraba tan profundo como podía. Sentía el golpe de su vientre contra el escritorio con cada estocada.

—No ataré a Edward sin su… Ahhhhhhhhhhh…

—Buena chica.—Se posicionó ensartándose de nuevo y se corrió dentro de ella.

Permanecieron juntos varios minutos antes de que por fin Edward moviera su peso de encima.

—Vale, esto es lo que va a pasar. Vamos a seguir con esto en otro lugar. Hacer lo de las citas. Volvernos locos mientras planeamos la boda de nuestros sueños. ¿Te parece bien dos niños?

Ella se dio la vuelta y envolvió las piernas alrededor de la cintura de él.

—¿Lo dices en serio?

—Muy en serio. Definitivamente eres el sexo más caliente que he tenido en mi vida. Si piensas que voy a dejarte marchar, estás loca. Además…—sonrió y la puso en pie—. Me gusta bastante ser el preferido de la profesora.

—¿Qué? ¿No más del severo director?

Él se rio.

—También me gusta tratar con estudiantes traviesas —le dio una nalgada en el trasero.

Isabella se contoneó contra su —de nuevo — creciente erección.

—Ya veré si consigues la oportunidad. Pero, sí vas a ser el preferido de la profesora, mejor empiezas trayendo una manzana a la maestra.

Edward se río.

—Confía en mí. Tengo algo mucho mejor que una manzana. Y después de cenar, te lo daré de nuevo.

Bella estaba impaciente.

—¿Pero qué ata a quién?

Le ayudó a ponerse los pantalones.

—Te zurraré por esto.—Mientras le ponía bien la tela en las piernas dejó caer un beso en su entrepierna—.La he estado buscando toda mi vida, señora. Y confía en mi, la resistencia no es un problema.

—Sigue hablando así y nunca pasaremos del coche.

—Ey, es una idea. Lo haremos en el coche. Eso me trae recuerdos de la Universidad.

Isabella se burló de él.

—¿Y qué código penal violará esto?

Él tomó su suave mano y la apretó contra su erección.

—El mío no, eso seguro.

FIN


*Alerta Amber: Código que se emite cuando un menor de edad es privado de su libertad.