2

Un brote de esperanza

Ninguno de los personajes me pertenece, ni tampoco el contexto, todos son propiedad de Joanne Rowling. Este escrito fue hecho con el propósito de entretener, no de lucrar.

El último de los convocados entró al salón, las sillas estaban ya ocupadas. Riddle era el anfitrión, en lugar de los Malfoy, que temían tomar la palabra, o siquiera desplazarse en su propia mansión.

El aire y la luz nocturna se deslizaban a través de los ventanales; a Bellatrix los ojos se le inundaban del resplandor de quien vislumbra próximas satisfacciones. El Lord le concedió precisamente a ella el honor de hablar al grupo, formado por los rangos más altos de sus servidores. La bruja se puso de pie con un recato impropio de su usual gesto salvaje.

—Nuestro señor consintió en brindarnos unas horas de disfrute con una nueva invitada. La mujer extendió el brazo hacia una de las entradas del salón, exhibiendo una sonrisa efervescente. Un par de hombres arribaron a la estancia llevando entre forcejeos a una mujer con la cabeza cubierta por un saco que provocaba un extraño efecto al contrastarse con el suéter aniñado que vestía la muchacha.

Los zapatos de la joven arrastraban en el suelo, chirriaban, señalando el esfuerzo que ejercía en contra de los brazos que la llevaban hacia adelante y a ciegas.

—Dinos Draco, ¿No es esta la amiguita de Potter? –retiró el saco de la cabeza de la joven dejando a la vista una maraña de cabello marrón y una cara inconfundible para Draco Malfoy e para Severus Snape quien también estaba sentado a la mesa. Compañera de clases para el primero, alumna para el último.

Malfoy empujado a contestar, había extraviado la voz. Pasaba la mirada vidriosa sobre los presentes, que le observaban a la espera de su respuesta. Granger también lo observaba y Draco era incapaz de armar una frase entendible.

—Sobrino querido, estás tan callado esta noche…

Narcissa se reacomodó en su silla con los labios tensos, llamando la atención de su hermana. Bella dirigió su atención hacia alguien más.

—Tú Snape, debes saberlo, debes tener mejor memoria que la de Draco –las cabezas se giraron hacia el director de Hogwarts, Riddle esperaba en silencio, un silencio que todos los otros adoptaban por prudencia.

El hombre no miró a la muchacha mientras hablaba, envió su gesto y voz hacia Riddle en una actitud de plena confianza en lo que decía.

—Es ella… la amiga de Potter. Hermione Granger —no tenía sentido para él ocultar aquella información que sin lugar a dudas saldría a flote de un modo u de otro.

Hermione se agitó, aún sujeta por los dos extraños. No había esperado que se le entregara con ésa indiferencia. Bellatrix rio jalándola por el pelo para que levantara la cabeza y puso la punta de su varita entre las cejas de Granger.

—Bienvenida corazón, todos queremos escucharte, cuéntanos del querido Potter ¿dónde está ahora?

Hermione no contestó, sus pupilas estaban hundidas en Snape, irradiando un claro desprecio. El mago miraba la superficie lustrosa de la mesa de ébano, con una expresión de imperturbable serenidad. Bellatrix sonrió de lado, captando los ánimos de la Gryffindor.

—No desperdicies tus fuerzas en odiarle, tú misma nos lo dirás todo.

Granger forcejeó para liberar un poco el cráneo del agarre de Bellatrix y poder ver a Snape con claridad.

—¡Traidor! —su voz sonaba cercana al desgarre—¡Miserable cobarde!

La sonrisa de Bella era amplia, incluso había soltado la cabeza de Granger para que pudiera continuar sus reproches. Los demás mortífagos, miraban a distintos puntos de la habitación evitando que sus ojos se encontraran entre sí. Riddle escuchaba con mediano interés. Snape mantenía las manos quietas sobre la mesa todavía con la vista fija hacia el frente, como si nadie se dirigiera a él.

—¡Míreme! —la maraña de cabello le ocultaba media cara, sus dientes se dejaban ver entre su boca muy abierta, Snape se estremeció en su silla como si acabaran de arrancarlo de un sueño y la miró, como ella le pedía—.Es un oportunista, un pusilánime que no sabe más que fingir sumisión, moviéndose de un lado a otro sólo para proteger su pellejo…—quería herirlo, pero al sentir sus ojos pesados y directos sobre ella entendió que ninguna palabra suya le afectaría. Estaba más allá de eso, más allá de cualquier sensibilidad u honor. No dijo nada más y bajó la cabeza para ocultar su rostro de ellos. De pronto tenía vergüenza, sabía que Snape continuaba mirándola. Sus palabras no tenían valor, era sólo su capacidad de guardar silencio, en adelante, lo único que podría ayudar a Harry. Se reprochó por haber perdido su juicio.

Bellatrix rio a sus espaldas, con auténtica alegría.

—No podemos negar que la sangresucia te conoce de sobra querido.

Riddle que de pronto se había puesto muy serio, envió a Lestrange una seña de molestia que la hizo envararse y perder la mueca feliz que había llevado en la boca.

—Quiero saber de Potter.

Los hombres empujaron a Granger un poco más cerca de la silla ocupada por Riddle, a la cabecera de la mesa, pero el dedo imperativo del mago apuntó hacia un espacio amplio junto a los ventanales. Los hombres la llevaron hacia allá casi cargándola, una vez que estuvieron en el sitio indicado la forzaron a arrodillarse, le ataron brazos y piernas con un hechizo resistente. Los comensales abandonaron sus lugares en el comedor para dirigirse hacia donde ella estaba y la rodearon, formando un círculo.

Granger buscó una posición menos vulnerable, alzando el pecho y la cabeza, pero de pronto entendió que no había modo de disimular su indefensión frente a los magos y brujas que la observaban, todos con las varitas brillando cerca de sus rostros.

Riddle permanecía sentado a la mesa, observando desde lejos, como si aquellos procedimientos le aburrieran ya, por repetitivos y prefiriera dejarlos a sus subordinados.

—Tú diriges, Severus —ordenó desde su silla—.La conoces mejor, lo mismo podría decirse de Draco, pero, ha demostrado ser un inepto de la talla de su padre.

De entre la sucesión oscura de las túnicas emergió la familiar figura esbelta, su sombra se irguió sobre Granger. Él la escudriñaba, sopesando las posibilidades, nunca le había mantenido la mirada tan largamente y con ése gesto de concentrado estudio. Hermione supuso que intentaba intimidarla, por lo que alzó los ojos firmemente hacia él. Snape pareció hallar lo que buscaba en su expresión desafiante, porque detuvo sus observaciones y se enderezó.

—¿Dónde está Potter? —en su tono no había urgencia, ni brusquedad. Jean, como si no hubiera oído, dedicó su atención a las marcas de la madera que formaba el piso.

—Esto será tan prolongado como tú lo decidas, Hermione Granger.

Logró sorprenderla el tono personal, casi confidente con el que le hablaba. Antes dudaba de que hubiera aprendido siquiera su nombre de pila. No tenía ninguna intención de emitir palabra, estaba empecinada en su contemplación de los detalles del suelo, pero percibió por el rabillo del ojo cómo Snape hacía un ademán y uno de los mortífagos se aproximaba a ella. Notó un movimiento de su brazo y su varita.

Tardó segundos en percatarse de lo que le estaba ocurriendo. Un dolor se había metido en su cuerpo, apenas duró lo suficiente como para que pudiera nombrarlo, pero le arrebató el aire en un instante y despertó en su piel un miedo primitivo.

—Eso fue poco, casi nada. Piensa que el dolor puede ser tan grande como para perder la cordura ¿Puedes imaginar eso?

Esa vez Granger observaba los gestos manuales, no quería ser tomada por sorpresa de nuevo, daba la impresión de empeorarlo. Snape le apuntó directamente, sin pudor o remordimientos.

—Di lo que sepas sobre Potter.

—Usted seguramente tiene mucha experiencia torturando personas, pero no va a conseguir que…

No fue capaz de terminar la frase, una luz roja brillaba sobre su cuerpo. Tenía la sensación que algo dentro de ella iba a romperse o a reventar. Intentó ponerse de pie, con desesperación, como si la punzada fuera a desaparecer si se movía, pero en lugar de soltarla, el dolor se prendió de ella como un lobo iracundo. Le clavó las garras y los colmillos.

—Todos hablan al final. Soportan los cruciatus más o menos tiempo, dependiendo de su obstinación, pero terminan en el mismo punto. No será distinto contigo.

El hechizo se detuvo y Granger se abandonó sobre el suelo de madera, ocultando la cara entre su pelo desparramado. No podía ni siquiera respirar regularmente.

Sintió una docena de pisadas que se cerraban entorno a ella. A través de sus cabellos vio muchas varitas extendidas, señalándola.

—Sabes lo que una sola varita puede provocar… ¿qué harán trece?

Entre las caras encontró los ojos de Malfoy, grandes y apesadumbrados. Solía pensar que el fantaseaba con verlos a ella a Ron y Harry en situaciones como aquella, que disfrutaría poder humillarlos y sin embargo estaba allí, atrás de los otros, con el brazo lacio y el semblante descolorido, parecía atormentado por la idea de unirse a los demás.

Aún no apartaba la vista de Malfoy cuando los restantes pronunciaron el hechizo, con una coordinación ensayada. Los labios de Draco no se movieron, él se quedó estático confundiéndose entre el ajetreo general. Algunos se acercaban, otros retrocedían unos pasos, para apuntar mejor. Había rayos fluctuantes, los había firmes también. Hermione de nuevo quiso levantarse, pero el castigo era una losa que la aplastó de vuelta contra el piso. Sus extremidades se tensaban como si obedecieran órdenes de alguien más, agitándose sin control.

—¡No más, basta! —les gritó, pero nadie prestaba atención a sus pedidos. La risa burlona de Bellatrix raspaba su conciencia, mientras el círculo de túnicas se estrechaba.

—Por favor, por favor deténganse —les dijo mientras sujetaba una pierna anónima. No tardó en descubrir que pertenecía a Snape, que la observaba encumbrado en toda su altura.

El hombre había pretendido serenidad negándose a sus impulsos muchas veces, tantas que la cara impertérrita era ya un gesto permanente y difícil de borrar de sus facciones, incluso cuando deseaba ser expresivo. En ése momento aquella característica le fue de ayuda. Haber mostrado su genuino sentir sobre su ex alumna y lo que estaban haciéndole habría sido desastroso para todos sus propósitos. Porque a pesar de la espontánea inquina que profesaba por Granger, casi desde el día en que la había conocido, solía sentir una fuerte obligación siempre que se tratase de los jóvenes estudiantes de Hogwarts, cuanto más ella, que había estado bajo su tutela desde que era una niña y que dadas las circunstancias era un apoyo insustituible para Potter, demasiado valioso para perderse así en las manos de Lestrange.

—¿Estás alcanzando tu límite? —el tono del director era extrañamente comprensivo, casi amable, qué ironía. Hermione se vio tentada por un instante a mencionar algo, el nombre de algún sitio, el libro de cuentos, el guardapelo, cualquier cosa que les diera en qué pensar y los dispersara al menos por un rato. Pero se negó, se dijo que no podía, tenía que soportarlo. Dar cualquier detalle, aunque pareciera inofensivo, era anudar una soga en el cuello de sus amigos. Sacudió la cabeza reprimiendo sus ansias por derrotarse.

Snape la sujetó de los cabellos tal cual lo había hecho Bellatrix y le forzó a levantar la barbilla, para que lo mirara directamente.

—Quizás ahora tengas más disposición a hablar con nosotros —apuntó su varita en la sien de la muchacha. Granger escuchó el susurro.

Legeremens.

Se sacudió intentando liberar la cabeza, romper el contacto, pero los dedos de Snape retorcieron su cabello y alguien más a quién no pudo ver, se acercó para sujetarle los brazos.

Breves reflejos de su memoria destellaban en su mente, incluso recordaba algunos detalles que creía haber olvidado. Se agitó nuevamente, pero los brazos la tomaron con mayor fuerza y la varita se clavó en su mejilla. Los ojos de Snape eran como pozos en los que caía repetidamente, que succionaban imágenes y palabras hacia afuera de ella. El bosque de Dean, el guardapelo, la historia de los Horrocruxes, todo fue tomado.

El director se desenredó de su cabellera despacio y los brazos que la asían se aflojaron, dejándola caer.

No había podido retener nada, su propia mente había fluido hacia él, como si no le perteneciera. Entonces entendió que los cruciatus sólo habían sido para debilitarla lo suficiente como para usar aquél hechizo sin esfuerzo.

—¿Y bien Severus? —Oyó preguntar a Voldemort a lo lejos. Se encogió con la cabeza entre los brazos, comprendiendo que había fracasado. ¿Realmente iban a perder aquella guerra sin haber podido siquiera pelearla? Debía haber anticipado algo así, debía haber practicado oclumancia, aunque fuera un poco, cómo había podido ser tan tonta.

La voz de Snape se dejó oír apenas, rasposa, queda, como si esperara ser agredido por lo que estaba diciendo.

—Mi señor, no vi nada. Creo que Dumbledore los instruyó en legeremancia, debió prever que algo como esto pasaría.

Hermione no levantó la cara para que no pudieran leer su sorpresa. Aguzó el oído, apoyando la frente en el suelo frío, temblando. Con un brote de esperanza genuina e impredecible.

Riddle no se inmutó, sólo hizo un gesto incluyendo con la mano a Snape, Bella y un tercero que Hermione no había conocido antes. Los tres llamados se aproximaron a ella, como si estuvieran al tanto ya de una práctica común en sus reuniones.

—Ninguna instrucción será suficiente, ni aun las de Dumbledore. Él ya no está aquí para proteger a Potter de mí. —replicó con indiferente seguridad.

Los aludidos se acercaron mientras el resto retrocedía unos pasos. El llamado Mulciber la obligó a arrodillarse y le sujetó la cabeza para que mirara hacia arriba. Granger podía sentir a Bellatrix a su lado, apuntando. La veía por el rabillo de su ojo. Snape por su parte estaba frente a ella también con la varita en guardia. Hermione lo encaró sin poder preguntarle por qué la encubría. Buscaba una respuesta en su rostro pero la cara de Snape estaba endurecida y fría como siempre, como si nada inusual ocurriera.

El cruciatus subió a través de su espina dorsal, con un escalofrío. Temblaba, su boca guardaba un sabor agrio, anunció de la proximidad del vómito, si aquello no se detenía.

Había perdido el control de su cuerpo, era una extensión de dolor sobre la que nada podía mandar y su mente se encontraba en un estado en el que los pensamientos se hilaban unos con otros sin mayor relación lógica y transitaban su cerebro de manera fugaz y aleatoria.

Snape debía estar asistiendo incluso a detalles que había creído que no permanecían en su consciencia; al color exacto de la nieve que caía en el bosque de Dean, a las expresiones huecas de sus padres al borrar sus recuerdos acerca de ella.

En un punto sintió que no era capaz de seguir sosteniendo su carne y su mente, que algo, su núcleo, se resquebrajaba.

Lo que había sido un flujo de ideas y memorias rápidas cruzando su cabeza se convertía en una pesadilla pantanosa; se le aparecían imágenes que nunca había visto, gente con caras deformadas, modificaciones imposibles de los vértices de su realidad, voces extrañas venidas de muy lejos. Algo en ella se agrietaba, anunciando una ruptura ¿era ésa la demencia del cruciatus?

Entre los susurros incorpóreos que flotaban a su alrededor escuchó una voz que nada de ajena tenía, era sólida y familiar. Hablaba claramente su lenguaje, no como las otras que se enredaban en idiomas inexistentes.

Esto pasará pronto, ya casi termina

La punzada larga y aguda del crucio no se diluía, pero al menos su pensamiento se calmaba, ya nada era tomado de el, sino que llegaban impresiones desde fuera, esa voz, pertenecía a Snape.

Está por acabar… unos segundos, aguanta Granger

Hermione creía haber perdido toda sensación aparte de la fuerza del crucio tensando sus nervios, no podía decir quiénes la rodeaban, ni dónde estaban parados, no era capaz tampoco de saber en qué posición se encontraba su propio cuerpo, quizás por el efecto de la legeremancia. Pero pudo percatarse de que una mano le sostenía la nuca, pudo sentir una frente fría contra la suya, por instantes incluso vislumbró unos ojos oscuros.

Está terminando, ya no pelees, déjate ir

Impresiones que no le pertenecían se abrían dentro de su cerebro, veía una extensión de arbustos y flores, unos columpios meneándose suavemente en el calor de la tarde, niños jugando en un parque, libélulas suspendidas en el aliento gentil del verano… no, eso no era suyo, debía ser de Snape.

El crucio paró de pronto, Granger se sintió caer, topó contra el piso, pero el descenso no se acababa, era como si el suelo estuviera tragándola, como si se abriera debajo de ella. No supo qué ocurrió luego, los mortífagos se hacían señas, se gritaban, pero Hermione dejó de ver y oír.

Hola. Trataré de que las actualizaciones estén listas el sábado u el domingo. Gracias por leer, espero que lo disfruten tanto como yo disfruto al escribirlo.

Recuerda que cada vez que no dejas un review Voldemort mata a un gatito.