3

La torre y el alfil

Ningún personaje de Harry Potter me pertenece, ni su contexto; todo es propiedad de Joanne K. Rowling y la Warner Brothers.

Este fic no procura lucrar, está escrito por mero entretenimiento.

Snape había alegado necesitar pociones e ingredientes de los que sólo disponía en el castillo, Voldemort le había concedido un par de horas a lo sumo. Era necesario que Granger recuperara la consciencia para continuar el interrogatorio, uno que tendría que ser concluyente, por el bien de todos los convocados.

Severus se dirigió directamente al despacho del director, con las piernas débiles y un palpitar nervioso. Durante el largo camino hacia Hogwarts su mente había dado vueltas sobre sí misma, repitiendo los mismos pensamientos una vez tras otra, sopesando las posibilidades. Al llegar a la puerta del castillo sus propias ideas revoloteaban sobre su cráneo como cuervos furiosos. Granger o Hogwarts, ¿qué era más importante proteger?

Una vez dentro de la dirección se precipitó a retirar la manta que cubría al antiguo director Nigellus Black. El hombre en el retrato despertó de una sacudida, sorprendido por la luz lunar que entraba a través de los ventanales. Parpadeó unas cuántas veces, antes de dirigirse a Snape, no sin cierta irritación.

—Director Snape ¿No sabe qué hora es? Por Merlín, sí que trabaja usted hasta tarde ¿verdad? —pronto coartó su monólogo al captar el mal augurio que Severus portaba en su expresión y hasta en la forma en que se movía—.director, ¿Qué le pasa? Parece que le va a dar un vahído.

—Dígame, por favor… ¿Ha visto a Potter recientemente?

El interpelado dejó ver su confusión.

— ¿Potter? Bueno, sí, hablé con él justo ésta tarde, pero…

— ¿Está sólo? ¿Está Weasley con él?

—No, verá. Está sólo, asustado de hecho. Parece que los otros dos niños, el muchacho pelirrojo, Weasley e la chica...

—Granger.

—La misma, parece que Potter y Weasley tuvieron una pelea y la muchacha se fue tras el otro chico...

El mago más joven bajó la cabeza, pensativo, como si el panorama se aclarara despacio frente a él.

—Pero director ¿es que usted sabe algo al respecto? ¿Cómo?

Snape negó, con los labios cerrados, ni siquiera miraba a Nigellus.

—Lo siento director Black, tiene usted razón, es muy tarde, necesito retirarme ahora.

—Pero, al menos debiera darme una explicación…

El enlutado volvió a cubrir el cuadro Nigellus, que aún seguía murmurando tras la cortina, pero pronto fue aislado de Snape por la acción de un Muffliato. No pudo ya oír ni ser oído.

Snape retiró la cubierta de otro retrato, el más grande que había en el despacho.

Dumbledore, extrañamente se encontraba despierto, buscó algo en Severus con sus ojos azules muy atentos.

—Severus… —si Nigellus había podido intuir el enrarecido ánimo del director, Albus era capaz de nombrarlo con certeza. Dumbledore leía con toda claridad el agobio en los hombros de Snape.

— ¿Qué fue lo que pasó? —los preámbulos era superfluos por completo, conocía demasiado bien ése andar abatido.

—Es Granger, la tienen y para mañana el Lord sabrá con exactitud dónde está Potter y lo que sea que planeé hacer, además el estúpido muchacho está sólo ahora, Weasley los abandonó…—al mencionar el apellido arrugó la nariz como un perro que se prepara para morder-.a Granger la atraparon por salir a buscarlo.

El anciano en el marco apretó las manos en los descansa brazos de su silla, los ojos le brillaban, medio ocultos por el espesor de sus cejas.

— ¿Se da cuenta de que si ellos consiguen sacarle la verdad a Granger, Potter está virtualmente muerto? Y lo conseguirán, no pudo resistirse a la legeremancia que le apliqué, si el Lord pierde la paciencia y la interroga él mismo, no sólo la descubrirá a ella ¡sabrá que le miento, nos matará a ambos!

—Ya basta, basta Severus estás perdiendo el temple —Snape detuvo su retahíla, agitado, observando a Albus, pero apenas calló unos instantes antes de reiniciarla

—Por supuesto que lo estoy perdiendo, llevo semanas perdiéndolo. No sólo existe éste problema con Granger, sé que Minerva está organizando una sublevación en mi contra, lo presiento, ella y los demás intentarán someterme, tomarán el castillo…

—No, no digas eso –apremió el mago, de pronto más rendido sobre la silla que sentado en ella—.entiendo la situación, ya la entiendo. El plan que habíamos previsto está roto. No puedes mantener más el equilibrio, tendrás que elegir un sitio definitivo. No puedes permanecer en Hogwarts y al lado de Voldemort al mismo tiempo.

Severus seguía con los ojos fijos sobre Albus como si quisiera meterse en el cuadro para sacar al viejo de allí dentro y zarandearle.

— ¿Entonces qué se supone que haga? —le exigió. Albus meneó la cabeza dando a entender que no era capaz de entregar una respuesta.

Dumbledore miró al hombre frente a él, estaba consumido por el insomnio, enjuto, seco. Parecía haber envejecido diez años en unas cuantas semanas. Entonces Albus entendió.

Mientras él vivía Severus siempre recurrió a su consejo, a su compañía, le buscaba cuando estaba intranquilo, cuando la tristeza le pesaba en el pecho, bebían té un rato, en ocasiones incluso fumaban. Snape nunca hablaba de sus sentimientos, pero procuraba encontrarse próximo a Dumbledore cuando sus fuerzas amenazaban con abandonarlo. Una vez que Albus murió, Severus se había quedado sólo por completo, lo que pasara por su cabeza, lo que le apretara el corazón, debía ocultarlo todo.

—No hay nadie más a quién recurrir —murmuró dándole al anciano la certidumbre de que sus suposiciones eran correctas.

—Sé que no querrás oír lo que voy a decirte.

La mirada furibunda de Prince amainó por un momento.

—Sólo hay dos formas de que Voldemort no se entere de la ubicación de Harry, la primera es…—el anciano se aseguró de encarar a Snape con especial firmeza—.que la señorita Granger muera antes de que logren sonsacarle la información. La segunda es que tú te arriesgues a liberarla y pierdas con ello tu posición frente a Riddle y por ende, tu capacidad de proteger Hogwarts.

El color huyó de la cara de Prince que miraba a Dumbledore con una máscara de incredulidad y repudio.

— ¿Está insinuando que debo matar a Granger? ¿Qué más va a decirme, que inculpe de ello a Draco para que mi credibilidad no se resienta?

—No estoy insinuando nada similar, sólo remarco un hecho, quiero que entiendas que no podemos ganar en ésta partida, si Riddle te descubre dejarás de ser el director del castillo y tú sabes bien que los Carrow ya hubieran matado al menos a un par de jóvenes si no estuvieras aquí para calmarlos.

Snape recordó con nitidez la manera en que Alecto arremetía en contra de Longbottom, la mirada de Alecto, esa llamarada volcánica que había visto muchas veces con anterioridad, que había incluso sentido arder en sí mismo en su juventud, el hambre de violencia.

—Si revelas tu posición…

—Si revelo mi posición… ¡no puede mantenerse Albus! perderé el castillo de todos modos, Minerva ansía una oportunidad para echarme; ella protegerá a los alumnos de los Carrow, incluso del Lord si es preciso. En cambio de Granger no quedará nada y Potter estará a solas, ése gran amigo suyo se largó… creía que si bien Weasley era idiota, al menos también sería leal. Potter no lo conseguirá así ¡nunca ha estado sólo!

-El señor Weasley… seguramente regresará, nunca me dio la impresión de que fuera la clase de persona que abandona a sus amigos y sin ser presuntuoso, mis impresiones raramente me fallan.

Snape no replicó, ya había dejado a Ron muy atrás en sus reflexiones.

-Entonces… ¿Sabes lo que pasará una vez que liberes a la señorita Granger verdad? Tendrás a Voldemort en tu contra, te dará caza ¿Estás listo para lidiar con eso?

Snape no contestó, estaba mirando hacia la ventana, contempló cómo la luna se escondía tras una nube. Albus entendió la sombría expresión serena que de pronto había adoptado su rostro, tan tenso unos minutos atrás.

-Severus...

-Te quedarás sin espía, da igual a estas alturas supongo… al menos no volveré a ver esa mirada de Minerva.

-¿Qué mirada?

No tuvo respuesta. Severus se dirigía hacia un estante lleno de frascos.

—Si realmente estás decidido, hay algo que debes saber…

Las pupilas de Snape brillaron al entornarse hacia el retrato, como si temieran lo que se acercaba.

—Es sobre la varita de Sauco que estaba en mi posesión, sabes que Tom la quiere, sabes cuánto.

— ¿Qué pasa con ella?

—Sólo hay dos modos de ganar la maestría de la varita, matando u desarmando a su amo anterior, me temo que es probable que Tom crea que tú eres su amo ahora —las cejas de Prince se levantaron en gesto de sorpresa y contempló al viejo con incredulidad. Bajo sus ojos fulguró una ira reprimida.

— ¿Y lo soy?

—No Severus, Draco me desarmó antes de que aparecieras. En todo caso, esta noche, si te es posible debes derrotar a Draco en duelo, desarmarlo y disponer de la maestría, para entregársela a Harry por los medios posibles. Debes asegurarte de que no quede en manos de Riddle.

— ¿Y me lo dices ahora, porqué me ocultaste una cosa así? El Lord pudo haberme matado y ni siquiera habría sabido el motivo ¿Eso fue lo que planeaste para mí? ¿Me preparaste una muerte conveniente igual que a Potter?

—Severus, sabes que las cosas no son de ése modo —Snape respiraba con agitación sin separar la mirada de Albus. Se había puesto lívido y le temblaban los labios. Pareció perdido durante unos instantes, como si hubiera olvidado porqué estaba allí.

—Sí lo hiciste. Tenías la vida y la muerte de Potter ya resueltas en tu cabeza —rio sordamente, sin ninguna alegría— ¿Por qué creí que no era lo mismo conmigo? Después de todo proyectaste tu propio asesinato.

—Tanto tú como yo nos prometimos terminar con Tom Riddle. Sé lo despiadado que puede resultar, pero Severus, no es posible ganar batallas como éstas y salir de ellas puro e íntegro. Debemos corrompernos para que los jóvenes que protegemos no tengan que hacerlo en nuestro lugar. Debe hacerse lo necesario aunque pueda parecer terrible.

—Ya no diga nada más, conozco bien el discurso. Sólo deme un segundo para figurar nuestros roles. Usted era la reina, Potter es el rey. Granger quizás una torre, un caballo…

Dumbledore negó despacio con la cabeza y con los ojos duros.

—La torre, creo. Y yo el alfil. Encaja bien ¿no señor director?

Albus se echó hacia atrás en su sillón pintado y se cubrió los ojos con una mano.

—No tema Dumbledore, no cambiaré mi lealtad a estas alturas. Tendrá a la torre escoltando al rey muy pronto y las jugadas seguirán.

II

Los escalones de madera rechinaron apenas, los demás parecieron no escuchar y continuaron durmiendo. Un par de botas negras descendieron el resto de los escalones sin provocar ningún otro ruido. Con cautela el mago bajo lo suficiente como para poder asomar la cabeza y contemplar a los elfos que soñaban, tendidos en sus lechos. Mírlon, la elfina más vieja del grupo estaba en vigilia y le observaba sentada entre sus austeras cobijas.

El hombre pareció complacido de hallarla despierta y le indicó con un dedo que subiera para hablar y trajera a otro con ella. Mírlon hizo levantar a un elfo jovencito de cara redonda como una manzana y le susurró que el director los necesitaba.

Subieron con pies de paloma sin despertar a los otros. El director esperaba en un pasillo estrecho, que daba hacia las cocinas, en el que no alcanzaba siquiera a erguirse del todo, pues su cabeza topaba con el techo. Observó a los elfos con una mirada titubeante, como si al verlos allí, su resolución hubiera flaqueado. No tardó más que un par de segundos para recuperar el aplomo y apartar esa sombra de su frente. La elfina supo que el mago no estaba allí para pedir un bocadillo nocturno como el director anterior solía hacer durante sus desvelos. En realidad el director Snape no solía pedir nada, además de una taza de té en algunas ocasiones.

—Buenas noches Mírlon –le saludó con una cordial formalidad que los magos no solían molestarse en emplear cuando hablaban con sus elfos. Esa noche los ojos del director estaban brillantes pero no a causa de la alegría. Las manos le temblaban levemente y observaba a los siervos, intranquilo.

—Buenas noches señor director, si no es una osadía señalarlo, Mírlon lo encuentra preocupado. —La anciana elfina lo observaba con la seriedad con la que lo habría hecho McGonagall, Snape se inquietó al compararlas. Ella lo estudiaba con sus pupilas enormes, al mago le hizo falta tomar aliento y obligarse a seguir su propia resolución.

—Necesito de la ayuda de ambos en un asunto grave que concierne al colegio. Ustedes han jurado proteger Hogwarts y…

Las orejas de los elfos se levantaron como las de los gatos cuando escuchan un sonido alarmante. Snape detuvo su retahíla y apretó los labios en un ademán severo.

—Van a obedecerme como su director, no consentiré desacatos, las explicaciones son una mera cortesía. Ustedes están al servicio de Hogwarts.

La elfina levantó su pequeña y redonda cabeza aún con las orejas atentas. Su barbilla estaba alzada con dignidad, con toda la que su reducida estatura le permitía.

—Estamos al servicio de Hogwarts, sí, pero no al servicio de quienes actúen en contra del castillo. Y éste colegio no puede ser dirigido por dos a la vez, si los elfos debemos reconocer a un director ése sigue siendo el amo Dumbledore y su memoria.

Snape adquirió un cariz amarillento y su boca se torció por el disgusto. Empezó a temblar con más fuerza, por un momento Mírlon temió que se decidiera a hechizarla, pero no modificó su expresión severa.

— ¿Y quién está actuando en contra del castillo elfina estúpida? dale algo de utilidad a esas orejas descomunales y óyeme. Hay dos alumnas de esta escuela, presas en una mansión de mortífagos, quiero que ustedes me ayuden a aparecer allá y traigan a las estudiantes de vuelta a Hogwarts ¿No es eso algo que tu preciado amo Dumbledore te pediría?

Los elfos intercambiaron una mirada aprehensiva, Mírlon bajó la vista al suelo mientras apretaba los puños. Snape entendió que no confiaban en su palabra. Sus labios se fruncieron en un ademán de profunda mortificación, pero no se deshizo en gritos como lo hubiera hecho en otras tantas ocasiones. Desde hacía unas semanas los habitantes del castillo eran sordos a sus palabras, reacios a sus insultos, el odio hacia él y la convicción de estar protegiendo lo que amaban los volvían fuertes y difíciles de disuadir. Le parecería una demostración noble sino estuviera siempre dirigida en su contra.

— ¿Estarían dispuestos a obedecer si la orden viniera del director Dumbledore?

Las criaturas intercambiaron una mirada nuevamente, para exasperación del mago, pero al final la anciana asintió.

Entonces acompáñenme a la dirección y dénse prisa en seguirme, no hay tiempo.

Los elfos se encaminaron tras las pisadas del director que recorría los pasillos con un andar raudo y silencioso. No tuvo ninguna consideración por los sirvientes que casi tenían que trotar para alcanzarlo, apresurándose para mantener el paso que marcaban las piernas de un hombre que era dos o tres veces más alto que ellos. Para cuando llegaron a la puerta de la dirección, la anciana apenas tenía aliento para hablar y el elfo joven la sujetaba de un brazo, ayudándola a dar unos poco pasos más. Snape observó su penoso estado con una expresión impertérrita.

—Whisky de fuego —pronunció la contraseña y les abrió la puerta del despacho que había pertenecido a Albus. Su mano indicó que debían entrar. Las criaturas se aventuraron hacia el interior de la dirección, con tímida humildad. Snape no terminaba de recuperarse de la ofensa que le había supuesto la negación de los elfos a sus peticiones, esos que parecían tan poca cosa allí frente al cuadro de Dumbledore, que los miraba con ternura.

—Buenas noches amigos míos, discúlpenos por interrumpir su descanso. Créanme, no lo haríamos sin un buen motivo.

—Querido señor director, no tiene importancia, despertaríamos por usted cualquier noche, con gusto, señor director —le respondió Mírlon, mirándolo con la frente suavizada. Snape bufó.

—Siempre has tenido una disposición intachable Mírlon y esta noche necesito de tu lealtad más que nunca, y de la de Turín –El más joven dio un respingo cuando el anciano mago le habló expresamente—.Severus requiere su ayuda, para aparecerse en la mansión de los Malfoy. Verán, hay dos alumnas allí que necesitan nuestro auxilio, una de Ravenclaw, la otra prefecta de Gryffindor. Debemos traerlas de vuelta, a salvo.

Los elfos se miraron nuevamente, el más joven revelaba su necesidad continua de recibir indicaciones de la mayor, que era lo más similar que ésas criaturas tenían a un líder entre ellos. La anciana asintió hacia Albus, expresando su disposición para escuchar.

—Deben saber que pueden negarse a hacer esto, puesto que podrían no regresar —el hombre en el retrato se detuvo un instante para valorar los rostro de los oyentes, los elfos no demostraban temor, si es que lo tenían- Le he pedido a Severus que coloque la vida de las estudiantes por encima de cualquier cosa, él no podrá protegerlos si algo llega a ocurrir.

Mírlon se giró para contemplar al mago enlutado, que esperaba junto a la puerta con los brazos cruzados y una expresión insondable, como un guardián de granito.

—El amo director no tiene por qué protegernos, si usted mi señor se entregó por éste castillo y por sus jóvenes cuánta más obligación tenemos nosotros.

Snape no pudo menos que irritarse al percibir al cambio drástico de postura que unas cuantas palabras de Albus habían provocado. Los ojos de Dumbledore ardían sobre los tres que estaban reunidos.

—No sabes cuánto me alivian tus palabras Mírlon. Esta quizás sea la última noche de Severus como director de Hogwarts, si llegara a ser necesario espero que ustedes testifiquen en su favor y lo apoyen, quizás deba enfrentarse a los magos de éste castillo, tu lealtad Mírlon y la de Turín deben estar con ésta causa, con él. Les confío la protección de mi más querido amigo.

Los elfos se giraron a mirar a Snape, que contemplaba al retrato con un gesto ambiguo y amargo. Él eludió sus ojos intencionalmente, como si no quisiera encontrarse con ningún tipo de expresiones efusivas.

—Por favor, juren que lo obedecerán —pidió el retrato.

—¿El juramento inquebrantable, amo director? —Preguntó Mírlon, que buscaba el rostro del elfo más joven para leerlo. Turín estaba innaturalmente quieto como si no respirara, pero sus rasgos irradiaban orgullo y determinación.

—Lo haremos amo director, confíenoslo a nosotros —mientras hablaba se giró hacia Snape con la manita extendida hacia arriba y un aplomo inusual en los apacibles elfos. Mírlon desprovista de la vivacidad de su pupilo, pero henchida de una sensatez reposada tomó la otra mano de Snape entre las suyas.

—Nos disculpamos amo director, por nuestra insolencia en las cocinas —La mirada indescifrable de la elfina y el fuerte agarre de sus dedos rasposos le provocó a Severus la sensación de ser él quien quedaría obligado con el juramento y no los elfos, que se aferraban con sus manecitas a la sombra de un ejecutor que ninguna seguridad podía garantizarles. La protección y el cobijo se habían caído de lo más alto de la torre de astronomía junto a Albus.

—Hágalo señor, estamos deseando servirle a usted y al amo Dumbledore —Le instó el más joven.

—Cuánto peor para ustedes, criaturas necias —masculló con gesto ácido a la vez que devolvía el apretón que los elfos le daban e inició las palabras del juramento, su voz se convertía en el único sonido dentro del despacho en penumbra, que se alumbró ligeramente por la luminiscencia del conjuro.

III

La elfina tuvo la necesidad de sentarse un instante tras lo ocurrido, la sola carrera hacia la dirección había conseguido agotarla, Snape entendió que tendría que darle unos minutos de descanso.

Turín observó cómo el director se separaba de ellos para rebuscar algo entre las vitrinas del despacho. De espaldas a ellos, el mago comenzó a hablarles.

—Tengo que bajar a las mazmorras por pociones que podrían ser necesarias.

—Turín irá en un santiamén amo, sólo dígame que debo traerle —el elfo se apresuró a proponer. Snape negó con la cabeza, aun dándoles la espalda.

—Amo, usted tardará varios minutos, Turín sólo unos segundos, por favor déjenos ayudar…

—Obedece, la respuesta es no —Las palabras se pronunciaron con una voz despreciativa, que hizo creer al elfo que su ofrecimiento había resultado atrevido e impropio. Su boca minúscula se contrajo en un gesto avergonzado, Snape odio la idea de que el elfo comenzara a castigarse o algún despropósito similar. Albus intervino por él, como si pudiera prever las intenciones del pocionista.

—Turín, no te ofendas por favor, Severus necesita hacer éste recorrido a solas, debe despedirse de Hogwarts.

El maestro se sacudió en su camino hacia la puerta, el viejo lo había leído como si fuera translúcido para él. Los elfos contemplaron al joven director con entendimiento. Snape se apuró en salir y cerrar la puerta sin dirigirles una mirada más, abochornado por los comentarios que el anciano dejaba salir con tanto desembarazo. Sin embargo Albus tuvo razón.

Snape recorrió los pasillos con los pies y con la vista, a momentos sus dedos rozaban la piedra fría de los muros. Fue como despedirse de su propia vida. Cuando abrió la entrada a su almacén de bebedizos la sensación de pérdida se apoderó de su pecho, que ardía. Cogió algunos frascos y los disminuyó de tamaño para guardarlos en el bolsillo de su levita, le costó un par de minutos cerrar la puerta, apoyó la cabeza en el dintel y cerró los ojos, agobiado, de pronto demasiado débil. Se permitió acariciar a la madera de la puerta un segundo. No se había percatado de cuán unido estaba a los resquicios del castillo, era el sitio en el que habían transcurrido la mayoría de sus horas, donde conoció a las personas más importantes de su vida, donde su esperanza nació y murió. Se volvió para regresar a la dirección, con el cuerpo afectado y tembloroso. El pasillo no estaba vacio, una mujer se alumbraba con la varita. Se podía deducir que llevaba unos momentos observándolo, era Minerva.

—Señor director, es curioso encontrarlo deambulando a medianoche, veo que ha adoptado las costumbres de los hermanos Carrow.

—Se puede decir lo mismo de usted Minerva —la bruja hizo una mueca al oír su nombre en la boca de Snape.

—Esta noche me corresponde hacer guardia… a mí —dijo pausadamente, instándolo a retirarse. El mago asintió con la mirada muy fija en la cara de la profesora, su semblante había cobrado un aura extraña, como si estuviera cercano al delirio. McGonagall se removió, incómoda por los ojos insistentes de Snape.

—Buenas noches Minerva —sentenció al percatarse del desagrado de la bruja y echó a andar en dirección opuesta, pasando por un costado de McGonagall. Ella al sentirlo rozar su hombro recobró el aplomo perdido y se dio media vuelta, con la varita extendida de un modo próximo a la amenaza.

—Estoy harta de fingir que no me doy cuenta de lo que pasa en éste colegio —Snape se volvió con el cuerpo tenso y lento. La varita de Minerva apuntaba hacia él —¿Qué pretendes merodeando a éstas horas, a quién quieres intimidar? Es que disfrutas atormentando a los estudiantes igual que esos hermanos Carrow.

—Veo que el desvelo te sienta mal Minerva ¿Por qué no vas a la cama?

—¿Por qué no regresas tú a la mazmorra a la que perteneces? Quizás tenga que escoltarte hasta allá.

La expresión que encontró en el mago la detuvo unos instantes. Su cara estaba grisácea, transpiraba un amargo reproche. Minerva no entendió de dónde provenía ése aire de decepción, él era el traidor, no viceversa, pero durante un momento tuvo la sensación de estar equivocada.

—Te recuerdo que estás hablándole al director de éste castillo.

Las dudas de Minerva se disiparon.

—Eres el asesino del director.

El brazo dubitativo de Minerva se irguió con la resolución de las palabras que acababa de soltar. La mano de Severus se internó dentro de su capa en un movimiento veloz, pero McGonagall ya le apuntaba. Ella sonrió al notarse en ventaja, un gesto que sorprendió a ambos. La profesora aplacó su mueca, pero tuvo que admitir que desde que Albus había muerto estuvo ansiando llegar a ése instante. Recreó el modo en su mente, el modo en que enfrentaría a Snape. Sopesaba hacerlo en el comedor, frente a todos. Con algo de suerte sus colegas la apoyarían y podía contar con la lealtad de sus Gryffindor. También había cavilado el emboscarlo en su propio despacho cuando estuviera dormido, pero ésa idea resultaba rastrera para una bruja orgullosa como ella debía ser. Al fin ésa noche simplemente no pudo postergar su necesidad de justicia. Un duelo uno a uno era ecuánime, ése asesino no podía aspirar a más honor que el que ella ofrecía.

—Puedes estar tranquilo, no atacaré a un mago desarmado —Hizo un ademán que indicó a Severus que debía sacar la varita. El hombre mantuvo la mano dentro de la capa, pero no se movió ni presentó el arma.

—¿Qué? ¿Vas a acobardarte ahora? Supongo que prefieres maldecir a magos indefensos, como Albus estaba ése día.

Él la observó estático, los ojos le brillaban con furia. Todo el resto de su cuerpo se mantuvo rígido en la misma posición.

—¡Saca tu arma Snape, no podrás eludir esto por mucho que lo intentes, juro por la memoria de Albus que no te dejaré!

El director lejos de tomar posición de duelo dejó caer la mano vacía y laxa a un costado.

—No vamos a batirnos hoy.

La mujer profirió un gruñido que la emparentó con Bellatrix Lestrange durante un segundo.

—Eres un cobarde Severus Snape. No vas a usar mi código de honor para favorecerte, si debo hechizarte sin que te defiendas lo haré.

El mestizo sonrió mientras negaba con la cabeza e iniciaba una media vuelta rumbo a su despacho.

—No, tú no lo harías.

Minerva se estremeció sin quererlo, el tono de esas palabras no había sonado como una mofa, sino como una declaración de confianza. Su varita seguía apuntada hacia la espalda del director que caminaba hacia la oscuridad de los corredores. El eco de sus pisadas llegaba hasta la bruja, recordándole que apenas tenía unos momentos para decidir.

Minerva pasó saliva con un nudo doloroso en su garganta, negó con la cabeza un par de veces, pero se obligó a mantener el arma enfocada. El director no tuvo tiempo de girar la cara cuando el rayo rojizo lo golpeó. Se había sujetado a la esperanza de que ella tan solo le permitiera irse en paz. Gritó durante los segundos que el hechizo tardó en detenerse. Había caído arrodillado en el suelo de piedra y le tomó unos instantes recuperar el aliento. Escuchaba a Minerva respirar a sus espaldas agitadamente, como si hubiera corrido u pasado temor.

—Ahora ves que sí lo haría. Saca la varita y defiéndete.

Snape se puso de pie con dificultad y miró a Minerva con los orbes acuosos por el dolor. La mujer retrocedió un paso, un poco cohibida, pero no apartó el arma del sitio al que apuntaba.

—No seguirás usurpando el lugar de Albus ni una noche más si de mí depende. Defiéndete o lárgate.

El aludido no movió su brazo ni modificó el gesto duro en sus facciones, parecía que no pudiera escuchar a McGonagall.

—Me largo —escogió, apartando la necesidad de pensar y reanudó su camino hacia el despacho sin prestarle atención a la bruja estupefacta que lo seguía con la vista.

Minerva bajó la varita poco a poco mientras él se alejaba. Había esperado una variedad de reacciones eufóricas y violentas, pero no una renuncia a la batalla y al castillo como aquella, sin siquiera una tentativa de resistencia.

—¡Severus Snape! —rugió al tiempo que sus tacones empezaban la carrera para alcanzar al mago. Al escuchar el eco de sus pasos el hombre se volvió hacia ella, con una cara que no reflejaba sino cansancio, incluso desolación. La bruja se detuvo para contemplarlo, azorada.

—¿De verdad te vas? ¿Sin hacer nada, sólo vas a irte?

—No tengo intenciones de volver aquí después de ésta noche. Supongo que puedes considerarte la nueva directora, los Carrow ahora son asunto tuyo… y los alumnos y quien tu sabes. Todo el castillo y lo que pase en él es tu responsabilidad ahora.

Minerva no hallaba palabras, estaba tiesa e indignada, sin identificar exactamente el por qué.

—Tú… ¿qué demonios?… no creas que vas a salir de aquí como si nada, no lo creas, irás a Azkaban. Asesinaste a Albus y ahora pretendes marcharte como si esto no tuviera nada que ver contigo.

Snape parpadeó, la luz del arma de la bruja lo enceguecía. McGonagall había gritado lo último con una voz quebradiza.

—Eras un pilar para éste colegio y te vendiste a él ¿qué te ofreció Severus? ¿Qué maldita cosa pudo prometerte? Es que no lo entiendo. Creí que estabas con nosotros, creí saber quién eras. Ahora sé de lo que eres capaz, ahora de verdad te conozco.

—No me conoces Minerva —dictó en un murmullo sombrío. La varita que había permanecido escondida en la levita saltó hacia la mano del mago, que en un pase veloz se convirtió en una humareda que sobrevolada rápidamente el pasillo hacia la dirección. McGonagall que no había previsto la huida corrió tras él profiriendo insultos y hechizos que si bien parecieron acertar no detuvieron el avance de la humareda. Los retratos del corredor despertaban preguntando a gritos qué estaba ocurriendo, la bruja les respondía sin ablandar la carrera.

—¡Pronto avisen a todos, Severus Snape se escapa, ése traidor se escapa!

La noticia se propagó por todo el colegio en cuestión de minutos, pero al llegar al despacho de la dirección McGonagall no halló más que al cuadro de Dumbledore observándola con ojos serios.

*Hay un detalle erróneo en el fic, en éste punto Harry no estaba escondido en el bosque de Dean, pero debido a las modificaciones de la trama decidí ubicarlo en ése sitio.

Hola, pues aquí está la actualización. Espero que lo hayan disfrutado. Un fuerte abrazo y gracias por leer.

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