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La noche de las revelaciones I

Ninguno de los personajes me pertenece, son propiedad de Joanne Rowling.

Enérvate.

Despertó con una sacudida, Draco Malfoy estaba acuclillado frente a ella. Él la observó con ojos preocupados, para luego girar la cabeza hacia Bellatrix, que esperaba de pie junto a una puerta.

— ¿Ya está consciente?

—Está consciente –La voz de Draco sonaba queda, parecía no querer pronunciar las palabras. Granger intentó al menos sentarse, pero apenas podía moverse, su cuerpo todavía temblaba, como si sus huesos se hubieran reblandecido y no pudieran sostenerla. Los ojos grises de Draco seguían sus intentos, revelando un claro conflicto dentro de la mente del muchacho.

Las pisadas de Bella resonaron a través de la celda mientras ella se acercaba a los jóvenes.

—Es hora de hacer hablar a esta sangresucia.

La posición encorvada e insegura del mago le hizo soltar un bufido de molestia.

—Vamos querido Draco no me vengas con que no puedes, suficiente has defraudado ya a nuestro Lord, me temo que si no comienzas a ser más útil él preferirá deshacerse de ti.

Malfoy se puso de pie, débil, casi mareado. Su tía se detuvo junto a él y le susurró algo que Granger no pudo percibir. Estaban los dos allí frente a ella, mirándola, una burlona, el otro pálido, casi enfermo, cercano a devolver el estómago.

Las largas uñas de Bella se anudaron entre el cabello de Granger, halándola para que se sentara. Las pupilas de Draco brillaban expectantes, acuosas.

—Hazlo querido.

Pero Malfoy no se movía, era en ése momento menos sólido que un fantasma, con ojos de niño temeroso, alzando sin convicción su varita. La paciencia de Lestrange escaseaba después de unos instantes y se dispuso a intervenir. Algunas voces se escuchaban allá en el pasillo amplio y oscuro de la mazmorra, Bella las ignoró atenta a las manos titubeantes de su sobrino y a las propias, porque apuntaba a la cabeza de Hermione con su arma.

—Draco —habló al muchacho con un peculiar matiz maternal que el joven le había oído tan sólo unas cuántas veces en su vida—.Tu madre no querrá perderte, tienes que aprender a hacer estos trabajos, tienes que aprender a ser uno de los nuestros, o serás uno de ellos…

Movió la cabeza señalando a Granger, que de rodillas sujetaba la mano de Lestrange prendida a su cabello, con los párpados apretados como si no quisiera mirar lo que ocurría.

—Te enseñaré qué hacer y luego me imitarás. Está bien que practiques con ella, sé que la conoces, eso hará que te dejes de estupideces y sensiblerías. Mírame yo soy una mujer y no me cuesta hacerlo, de hecho lo disfruto mucho, tú también lo disfrutarás con el tiempo.

La bruja alzó la varita pero no pudo terminar la pronunciación del hechizo. Una ráfaga de aire sopló dentro de la celda, una ráfaga que no tenía ninguna rendija por la cual haber entrado. Los ojos de Lestrange se alzaron buscando un enemigo y no tardó en hallarlo, Snape estaba de pie en la mazmorra acompañado de un elfo y le apuntaba con un gesto de inamovible resolución. Bella tardó un par de segundo en entender los motivos que llevaran al mestizo, tan dócil servidor de Voldemort unas horas atrás, a encontrarse allí enfrentándola a ella con esa cara de contienda inevitable. Nunca había visto en él ésa aura de violencia franca, pero podía sentir que estaba sopesando la idea de matarla y dado que ella tenía la varita abajo, era posible que lo hiciera. El cuerpo de Bellatrix se tensó al momento de ver cómo la mano de Snape ejecutaba un pase instantáneo con la varita.

Petrificus totallus.

La mujer cayó abruptamente, aun sostenía su varita con una mano y apresaba el cabello de Granger con la otra. Draco y Hermione la observaron unos instantes, con estupefacción. El joven viró la cabeza hacia Prince. Se apuntaban mutuamente. Para Malfoy, Snape no había tenido antes la significación de una amenaza, pero lo era entonces con su cara rígida de máscara y su mano armada. Tenía la vista muy fija en él y estaba quieto, con el brazo tenso en su dirección, pretendiendo anticipar cualquier movimiento. Malfoy incluso tenía la sensación de que el director estaba enterado de sus pensamientos en ése instante, que sentía con toda claridad su temor y su duda.

—No estás hecho para esto Draco, si pides a McGonagall quizás tengas una oportunidad —Draco empuñó la varita y apuntó al pecho del director con una mano que pretendió firmeza. Snape no se inmutó, continuó hablando en un murmullo, descartando que Draco pudiera representar un peligro.

—Si el Lord llegase a preguntarse el por qué de ésta deslealtad, dile que debió cumplir su promesa, que no debió tocar a Lily Potter.

El gesto de sordo pánico de Malfoy se transformó en una mueca de total incomprensión.

— ¿Qué…? —El segundo que duró la pregunta fue lo bastante para que el director susurrara expelliarmus y antes de que la varita tocara el suelo le seguía un desmaius. El muchacho cayó hacia atrás casi sobre Hermione quien no hizo nada por evitar que se golpeara con dureza contra la piedra. La joven alzó la cara hacia el mago que avanzaba unos pasos hacia ella. El elfo caminó también, sujeto a la levita del director en todo momento. Hermione se contrajo cuando la mano del mago tocó su hombro.

—Voy a devolverte con Potter —le susurró. Hermione buscó sus ojos, procurando divisar en ellos cualquier humo de mentira. No quería ser engañada pero todo apuntaba, incluso su propia intuición, a que no había trucos.

—Levántate.

La jaló para ponerla de pie, pero entonces se encontró con que la mano petrificada de Bellatrix seguía salvajemente prendida a su cabellera. Un destello furioso se reflejó en los ojos de Snape al mirar a la bruja estática. Hermione tiró de su pelo sin lograr liberarlo, incluso Snape lo hizo, provocando que Granger diera un pequeño salto de sorpresa.

— ¿La tienes bien sujeta verdad Lestrange?

Los ojos inflamados de la mujer refulgían con malicia. Miraban a la muchacha y al director con un aire de burla. Hermione reinició el forcejeo cuando un rayo rojo pasó cerca de ella.

— ¡Crucio!

La Gryffindor levantó el rostro para ver como Snape apuntaba a la bruja con una expresión dura en todo su cuerpo, incluso las venas de sus brazos parecían resaltar por el esfuerzo que ponía en el hechizo. La mortífaga se sacudía apenas, todo lo que le permitía su estado y sus pupilas se entornaban hacia arriba, en un espasmo.

— ¡Está congelada, no podrá soltarme aunque lo desee, deje de hacer eso, está indefensa!

—Igual que usted lo estaba Granger, igual que otros tantos.

—Ya basta, es inútil, por favor.

El rayo se apagó. De la boca de Bellatrix salía un hilo de espuma y saliva, pero su mano continuó inamovible.

—Quizás si se lo pide por favor ella acceda a soltarla —dijo el mago con una inflexión de reproche, Hermione lo miró, trastornada por lo que acababa de presenciar —.pero ya fue suficiente, supongo que el resto de usted vale más que sólo ése mechón de cabello y entenderá que no puedo retirar el hechizo.

Extrajo un cuchillo pequeño de alguna parte de su levita y se dispuso a cortar el pelo de la muchacha sin mayor ceremonia. Hermione lejos de protestar cortó las últimas hebras por sí misma. Snape lanzó un incendio sobre el cabello que quedó en la mano de la bruja, dejando en ella un manojo chamuscado. Granger lo observó con desconcierto.

—Podrían usarlo para la multijugos.

Entonces los dedos del profesor se aferraron a su antebrazo y la levantaron del suelo. Granger pudo sostenerse unos segundos, pero el desgaste de su cuerpo tras los cruciatus la hizo doblarse aun con la mano de Snape sujetándola. El hombre y el elfo evitaron que se golpeara contra el suelo. Era tan extraño para ella… ése grosero, lejano personaje de sus años estudiantiles, sosteniéndola en uno de los peores momentos de su vida. Intentó permanecer firme, sujeta del brazo de Snape, pero no pudo y el hombre se decidió a levantarla del suelo cargándola como a una niña.

—Haz como lo acordamos. —le dijo al elfo, Hermione se agitó entre los brazos que la mantenían elevada sobre el suelo, sentía que él era capaz de dejarla caer. Se preguntó si debía acompañarlo, si al final no planeaba usarla como cebo para atrapar a Harry. Sin embargo no tuvo oportunidad de continuar sus cavilaciones puesto que la aparición inició y para ella resultó más dura de lo que hubiera sido en el pasado, quizás por lo débil que estaba. En cuanto reaparecieron en su destino, Hermione todavía en brazos del director, se sacudió para devolver el estómago. El hombre reaccionó lo suficientemente rápido para bajarla y permitirle vomitar sobre el asfalto y no sobre su capa.

Hermione se arqueaba con movimientos abruptos. El contenido de su estómago no era más que agua y saliva, debido al tiempo que había estado presa en la mansión de los Malfoy. La mano férrea de Prince la mantuvo en posición vertical, aun cuando los tobillos se le habían doblado. Cuando terminó creyó que desfallecería. Sus uñas se clavaron en la levita del director, que la sostuvo por los hombros y la hizo sentarse en el suelo empolvado. Notó por primera vez que estaban dentro de una fábrica abandonada, llena de maquinaria inservible y obsoleta. Sin duda en el mundo muggle. Observó a su alrededor. La luz de la luna entraba por las aberturas del techo y el espacio parecía cubierto por una tela de araña que lo abarcara todo.

— ¿Por qué me trajo aquí? —preguntó con una voz deshilachada.

—Bébase esto. Ya tendrá tiempo para escuchar explicaciones más tarde —le ofreció un frasco pequeño, extraído de alguno de sus bolsillos. Hermione supuso por el color que se trataba de una poción revitalizante y la tomó sin preguntas. Observó a Snape por el rabillo del ojo. De pronto sus músculos se habían fortalecido, como si hubiera descansado varias horas y con la mente más despejada, comenzó a tener dudas sobre el comportamiento y las intenciones del hombre al que acompañaba. Notó por primera vez al joven elfo que los había transportado. Parpadeaba como en trance observándola con unas pupilas enormes, de lechuza. Hermione le habría sonreído si hubiera tenido la fuerza para albergar un poco de alegría. Aunque la presencia de esa criatura curiosa y amable la reconfortó por unos momentos.

El director se adelantó hacia uno de los muros donde estaba empotrado un tosco cacharro, complejo y grasiento. La fábrica no perdía el olor a aceite a pesar del obvio abandono. Snape, tras conjurar un hechizo ininteligible metió las manos dentro de las entrañas sucias de la máquina. Hermione lo seguía con ojos receptivos y acuosos, brillantes por la sospecha. Intentaba recordar todo lo que había visto y escuchado en la mansión de los Malfoy y reunirlo en un rompecabezas que le diera sentido. Las manos del director se hundieron en los profundo de la maquinaria, luego los antebrazos y hasta más allá de los codos. Pareció tantear en la oscuridad del mecanismo y sus fluidos industriales. Granger recordó una mención sobre Lily Potter, recordó también el origen mestizo del profesor. Había mucho qué indagar y apenas unos minutos para tomar una decisión. Porque si no podía confiar en Snape debía intentar escapar de él y estando inerme sus posibilidades eran nimias. Aún más si flotaba en la confusión.

Los brazos del maestro surgieron desde la oscuridad de la maquinaria. Estaban sucios de aceite quemado pero sostenían una empuñadura plateada y pura que destelló con la luz lunar. Le mostró el arma a Hermione y buscó una reacción en su cara.

—Es la espada de Gryffindor.

Granger lo miró a los ojos con sus cejas espesas juntas en interrogación.

— ¿Por qué la tiene?

—Sé que lo duda, lo veo claramente, pero Dumbledore confiaba en mí y no he defraudado esa confianza.

Hermione negó con la cabeza, de pronto las imágenes de aquella noche en que los mortífagos habían entrado a Hogwarts, regresaron con su aura ácida y amarga.

—Usted lo mató.

—Lo hice —murmuró con una voz lejana. Parecía debatirse entre continuar hablando u callar. Guardó silencio durante unos instantes y buscó la mirada de Hermione, que refulgía como una llama acusatoria entre la penumbra.

—Lo hice. Él me lo pidió –agregaba, como si tuviera que pujar las palabras fuera de su cuerpo. Luego buscó la cara de su estudiante una segunda vez, deseando leerla. Granger estaba escéptica y cansada, lo contemplaba con la boca caída y un aire de tristeza. Snape guardó la espada en un bolsillo de su levita, encantado para guardar toda clase de objetos. La espada entró en el espacio de su ropa con la facilidad con que lo habría hecho un alfiler.

Granger se percataba del gesto de exasperación en la cara del mago pero no esperaba verlo descubrirse el antebrazo bruscamente y mostrarle la marca tenebrosa sin pudor.

—Quieres pruebas…—terminó de arremangarse la levita y la camisa por arriba del codo—.Consideraba hacer esto a solas, creí que sería una demostración chocante para ti, pero no tenemos tiempo e intentarías escaparte si te doy la oportunidad, eso sin contar que no creerás una palabra de lo que le diga.

La muchacha lo observaba con el ceño fruncido y un matiz de honda incredulidad.

—La marca es un vínculo irrompible, mientras la lleve conmigo él siempre podrá encontrarme, podría seguirnos y lo llevaríamos directo hacia Potter…

Hermione se envaró, con los ojos muy abiertos y fijos en el hombre, el horror le coloreaba las facciones, Snape se apresuró a terminar su frase.

—No hay un método que la destruya permanentemente, si me cortara el brazo aparecería en otra parte de mi cuerpo. Sólo se la puede quemar, el efecto durará al menos un par de días.

Le hizo seña al elfo de que se acercara, mientras él se sentaba en el suelo, a unos metros de Granger, que observaba la escena bajo la máscara de un rostro impertérrito.

Turín le sujetó el brazo al mago con toda la firmeza que sus pequeñas manos podían proporcionar. Snape apuntó su varita hacia la marca y murmuró un par de hechizos, Hermione preparó el oído pero no pudo entender las palabras, la serpiente tatuada comenzó a moverse muy lentamente.

Flagrate —la punta de la varita se encendió, resplandecía al rojo vivo. Snape la acercó a su brazo, sin mostrar signos de nerviosismo. Hermione volteó la cara para no ver, escuchó el crepitar de un fuego pequeño y unos gruñidos sofocados. Un olor a carne quemada le llegó a la nariz y se giró para constatar si el procedimiento había terminado, pero no, el elfo sujetaba el brazo con mucha fuerza y mostraba los dientes por la tensión que estaba aguantando. Snape se agitaba contra su propio instinto y continuaba cauterizando la marca. La cola de la serpiente se movía como una anguila negra que se retuerce por escapar. Granger se volteó de nuevo, deseando que terminaran pronto. No transcurrió más de un minuto cuando oyó el soplido aliviado de Turín.

Viró la cara, el joven elfo observaba al director, ansioso, se frotaba las manos. Luego la miró a ella.

—Ama, es verdad, el señor director Dumbledore… bueno, su retrato, nos pidió que ayudáramos al director Snape. Nos los encargó como su más querido amigo. No la engaña.

Hermione buscó los ojos de Snape pero éste se sostenía el brazo y apretaba los párpados fuertemente como si no pudiera empezar a recobrarse.

Turín puso su mano sobre el hombro del mago para llamar su atención.

—Amo director, no podemos quedarnos.

—Ahora él estará seguro de que se trata de mí… —susurró sin atender al elfo. Hermione se preguntó si estaba atravesando una especie de trance, por haber quemado la marca, pero antes de que pudiera discernir lo que pasaba con él, Snape ladeó la cabeza hacia Hermione y la miró, de nuevo parecía buscar algo en su cara. Ella giró el rostro, abrumada y molesta, porque no terminaba de comprender qué estaba ocurriendo, ni porqué.

—Amo director… –insistió el elfo. El hombre atendió y se puso de pie, sin soltar su brazo, parecía que de pronto se había convertido en su mayor vulnerabilidad. Granger lo miró de reojo: tenía los hombros caídos, no guardaba semejanza con el mago desdeñoso que había en su memoria.

—Tenemos que irnos… —le dijo él, con una voz ronca y tenue. Hermione no se movió, tenía la cabeza girada hacia otro sitio. Pretendía que no estaba allí.

—Te obligaré si debo, pero esperaba que no lo complicaras más.

— ¿Cómo puedo creer en usted? —se preguntó la muchacha con fervor, porque no había nada que deseara más en ése momento que poder confiar en que Snape la llevaría de vuelta con Harry, sin segundas intenciones.

— Tendrás pruebas, todas la explicaciones que quieras, incluso puedo mostrarte—se señaló la sien mientras lo decía… — ¡Pero ahora vendrás conmigo lo quieras o no!

Se abalanzó sobre ella que alzó los brazos para protegerse. El director la tomó de las muñecas.

— ¡Turín, llévanos al bosque de Dean, ahora!

La criatura corrió hacia los dos magos que forcejeaban y al tocarlos la aparición inició. Hermione que clavaba las uñas en el antebrazo del hombre para obligarlo a soltarla, tuvo que aferrarse del mismo para soportar una segunda aparición. Los tres cayeron abruptamente, sin ninguna gracia. Incluso el elfo quedó medio aplastado por los magos. El estómago de Granger se arqueó con violencia para devolver y tuvo que apartarse rápidamente de los dos que la acompañaban. Turín se adelantó hacia ella para sostenerle el recién cortado cabello mientras vomitaba sobre un cúmulo de hojarasca. Snape se puso de pie despacio y se mantuvo al margen hasta que la muchacha terminó. Granger tenía los ojos vidriosos y su cara amarilla reflejaba el asco que permanecía en su garganta.

—Será la última vez que nos aparezcamos esta noche… — murmuró creyendo que eso la aliviaría.

El mago salió de entre la reunión de árboles y matorrales en la que habían caído, para observar los alrededores. Unos metros adelante la arboleda escaseaba hasta desembocar en una llanura nevada. La faz blanca de la nieve casi brillaba. Snape se tranquilizó pensando que la pureza del panorama podría templar el ánimo sombrío que Granger arrastraba consigo. Los siguientes minutos se dedicó a poner varias protecciones que los mantuvieran fuera de la vista y que aislaran cualquier sonido.

Cuando hubo terminado giró para encontrarse con que la Gryffindor todavía lo observaba con el gesto hosco a pesar de su evidente debilidad. Estaba arrodillada y el elfo aún le detenía el cabello como un paje que sostiene el velo de una novia. Snape se burló de la escena en su fuero interno y se dirigió hacia ellos con un andar indiferente.

—No tiene sentido intentar avanzar más ésta noche. Estás en muy mal estado. Voy a montar un refugio.

Cuando pasaba junto al elfo y la muchacha ella levantó la voz.

— ¡Prometió pruebas!

El mago se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Supongo que no te importará recibir esas pruebas bajo la nieve y arrodillada sobre tu propio vómito.

Le proporcionó una mirada a Turín para que siguiera al tanto de Granger mientras él se ocupaba en la carpa. Estaba por reanudar su camino cuando ella le respondió.

—No me importa, quiero pruebas ahora, de otro modo no cooperaré ni un segundo más, ni lo seguiré a ninguna parte.

El hombre se quedó estático y perplejo por unos momentos. Tuvo que reconocer que en realidad no estaba muy seguro de qué pruebas podía mostrarle o si estaba realmente dispuesto a hacerlo. En teoría era libre de ofrecer la verdad, pero algo dentro de él se aferraba al silencio. Quizás era sólo la costumbre. Habían pasado tantos años sin que pudiera hablar francamente.

Se detuvo a pensar en lo que podría decir o cómo comenzar a explicarse. Granger lo observaba firme en su convicción de oír respuestas.

—Es una historia realmente compleja… haré el refugio y luego hablaremos.

Ella giró el rostro, decepcionada. Y Severus leyó en sus ojos la idea de escapar de él. La muchacha no le creía, pensaba que estaba evadiéndola. Si al menos hubiera tenido el tiempo de llevarla a hablar con el retrato de Albus…

Estaba habituado a mentir convincentemente, pero no a decir la verdad, nunca la decía. Y ahora sus esperanzas de disuadir a Granger residían en su capacidad de ser sincero. Era una completa locura, lo opuesto a lo que estaba condicionado a hacer y sin embargo ya había dejado todo detrás: el castillo, Voldemort… no podía permitirse la necedad de ocultar las cosas a Granger y complicar sus planes. ¿Por qué entonces le costaba tanto trabajo comenzar a hablar?

Turín lo observaba con sus grandes ojos verdes, expectantes. La bruja en cambio había bajado la cabeza en señal de que no esperaba nada bueno de él.

—Tendrás que saber tarde o temprano de cualquier modo. Aunque insisto en que éste no es un sitio propicio, pero ya que a ti no te interesa…

Hermione levantó la cara, Snape se estaba arrodillando frente a ella, sin quebrar sus aires de fría reserva.

La Gryffindor tuvo el impulso de apartarse, su instinto se lo aconsejaba, pero no lo hizo y dejó que el director se acercara con varita en mano.

—Contarte la situación sería tardado, es mejor que me dejes usar legeremancia. Será más fácil que comprendas.

Él no la miraba a la cara, como si a pesar de sus palabras, estuviera deseando no tener que mostrarle nada. Parecía conservar la esperanza de que ella se retractara, pero Hermione no iba a darle ése alivio.

—Use legeremancia si cree que es lo mejor.

Se aproximó unos centímetros más, incómodo, con la boca torcida. Granger pensó que era irónico que los acercamientos cordiales le parecieran tan difíciles tomando en cuenta que en la mansión Malfoy se aproximó a ella de formas violentas y no pareció tener ningún tapujo en hacerlo. Le guardaba rencor por ello.

El hombre apuntó su varita a la frente de Hermione, en medio de sus cejas y la miró directamente en los ojos, muy de cerca. Ella tragó saliva y se removió. De pronto la incomodidad era algo mutuo.

La voz del mago produjo un eco dentro de su mente y la Gryffindor de sacudió, sorprendida.

—Le mostraré lo que considero más relevante, sino tendría que ir muchos años atrás. Alístese.

Hermione se preguntó por qué de repente estaba hablándole de usted nuevamente. Y lo supo. Intentaba mantenerla fuera de ciertos límites, consideraba que ella invadía su privacidad.

Las imágenes aparecieron sin que estuviera preparada, sintió como si se hubiera zambullido en un ojo de agua y la corriente estuviera llena de voces y fantasmas. Vio a Dumbledore mostrando un anillo y su mano estaba negra, se pudría como la mano de un enfermo de gangrena. El director alzó la cara hacia Snape y le pidió que lo matara, como quién espera un favor insignificante. Otros recuerdos se encendieron a lo lejos y llegaron hasta Hermione metamorfoseados en vientos densos. De nuevo Dumbledore, quien con su mano ennegrecida explicaba al profesor lo que los Horrocrux eran y cómo Harry se había convertido en uno. Granger que se había olvidado de su propio cuerpo de pronto podía escucharse jadear apesadumbrada, como si su voz llegara de una habitación remota.

¿Entonces, llegado el momento el niño debe morir?

Debe morir

Las caras de los dos magos se disolvieron entre las corrientes y un nuevo recuerdo asaltó a la estudiante, igual que un mal sueño. Era ella, con un saco sobre la cabeza. Sujeta por dos mortífagos en medio de la sala de la mansión Malfoy. De nuevo la voz de Albus, eterno narrador, regresaba a los pensamientos de Snape.

Sólo hay dos formas de que Voldemort no se entere de la ubicación de Harry, la primera es que la señorita Granger muera antes de que logren sonsacarle la información. La segunda es que tú te arriesgues a liberarla y pierdas con ello tu posición frente a Riddle y por ende, tu capacidad de proteger Hogwarts.

No había visto demasiado, sin embargo lo que Snape conocía parecía haberse traspasado a ella por ósmosis. Sabía del juramento inquebrantable que el profesor había hecho a Narcissa Malfoy, incluso recordaba el vestido que la mujer había llevado puesto. Sabía de algunas discusiones con Draco y Dumbledore, pero sobre todo había asistido al momento horrible en que el rayo verde del Avada traspasaba al director y lo enviaba a una caída hacia el vacío. Saboreó la sensación que había embargado al cuerpo de Snape tras el asesinato: Un vértigo infinito, como si fuera él quién caía, un instante de horror puro, que de algún modo había revivido por la legeremancia que compartían. El lazo se derrumbó cual torre y Hermione salió de la mente de Snape como si el océano la hubiera arrojado a las piedras de la costa.

Estaba tendida boca abajo y temblaba sin control, pero no sólo por el frío. Cuando se incorporó pudo ver que el elfo se abalanzaba hacia ella con los brazos extendidos y cara de miedo.

— ¿Está bien ama? —Granger no tuvo cabeza para contestar, en lugar de ello buscó a Snape con la mirada.

Estaba echado sobre la nieve, con la varita sobre el pecho. Respiraba fuertemente, estaba temblando igual que ella. Hermione quería decir algo, hacer algo… pero no sabía cómo actuar. No sabía qué sentir. El elfo la abrazaba por los hombros como si estuviera desvalida y Granger se preguntó qué tan miserable debía verse para que el pequeño pareciera tan preocupado por ella.

—Estoy bien —le dijo, pero cuando quiso sonreírle para tranquilizarlo se encontró con que no era capaz.

Snape todavía acostado, levantó la cara para verla cuando la escuchó hablar y se puso de pie rápidamente. Hermione creyó que se acercaría, que intercambiarían algunas palabras, pero el hombre se alejó de ellos sin decir nada y comenzó a levantar un refugio.

Hola, gracias por leer. Ojalá les haya gustado. Y recuerden, dejar reviews es bueno para el cutis.