5
La noche de las revelaciones II
Ninguno de los personajes o su universo me pertenecen, son propiedad de J.K. Rowling.
I
Minerva miró alrededor buscando algún rastro de Snape pero sólo se encontró con el retrato de Dumbledore observándola con ojos serios. La mujer se acercó apesadumbrada y puso su mano sobre la mano de óleo.
—Querido, no pude detenerlo. Lo lamento mucho.
—No hay nada qué lamentar Minerva.
—No entiendo cómo pudo salir, el ventanal está intacto y…
—Un elfo*, querida. —sugirió el anciano mientras se acomodaba los lentes de medialuna. Ella alzó sus ojos nerviosos para mirarlo con atención, hacía mucho que no entraba en el despacho y no había podido hablar con Albus más que un par de veces, en situaciones restringidas e incómodas. Después de todo, Snape tenía el sitio acaparado para sí.
—Un elfo… incluso los elfos han traicionado el honor de éste castillo.
—Querida, hay algo que debes saber.
La bruja apaciguó su expresión fiera para mirar al hombre con ojos comprensivos.
—Retira la alarma, diles a todos que vuelvan a dormir, debemos hablar tú y yo.
—Pero Albus…
—Por favor, confía en mí.
La mujer, asintió, no del todo convencida. Sus tacones resonaron cuando salió del despacho. Ya había algunos profesores fuera, Albus no pudo escuchar lo que susurraban, pero ella no tardó más de un par de minutos en volver al despacho y cerrar la puerta a sus espaldas.
—No entiendo tu petición Albus, pero aquí me tienes.
La bruja aproximó una silla a la pintura y se sentó, derecha y correcta, con las manos sobre su regazo.
El director dudó antes de comenzar, escogía las palabras con anticipación.
—Sabes cuánto aprecio las charlas largas, querida. Pero en ésta ocasión considero que debo ser directo y completamente franco contigo.
La bruja había esperado una plática retrospectiva sobre la muerte de Albus o sobre el futuro de Hogwarts, pero él no parecía dirigirse hacia ésos temas.
—Es sobre Severus y sobre mí.
—No necesitas decir nada, sé lo que hizo, sé que confiaste en él y… —ella se mostró acalorada, se inclinó hacia adelante y subió el tono de voz, parecía lista para empezar a gritar de un momento a otro.
—Aun confío en él y siempre lo haré Minerva. Puse mi vida en sus manos y lo haría de nuevo.
La mujer se sacudió en su silla.
— ¡Qué estás diciendo Albus, ése hombre terminó tu vida!
—Lo hizo porque yo se lo pedí Minerva.
— ¿Qué tú qué? —escupió con incredulidad.
—Él quiso rehusarse. Al principio se negaba a creer que yo estuviera hablando en serio, igual que tú, en éste momento.
—Eso no puede ser cierto Albus…
—Yo estaba enfermo, no me quedaba mucho tiempo, unas semanas quizás… ¿recuerdas que mi mano estaba negra?
—Sí —exhaló la bruja, rememorando las veces en que preguntaba por su salud y el mago la eludía con algún comentario críptico—. ¿Por qué me lo ocultaste Albus? Te habría apoyado…
—Había poco qué hacer Minerva y cosas más importantes de las qué preocuparse. Voldemort*pidió a Draco Malfoy que buscara modos de dejar a los mortífagos entrar al castillo y matarme.
— ¿Pero cómo es posible que me esté enterando de esto hasta ahora?
—Querida, por favor, permíteme.
Ella se obligó a guardar silencio y devolvió las manos a su falda, molesta y tensa.
—Le pedí a Severus que me matara para salvar el alma de Draco y para ayudarlo a conseguir la confianza absoluta de Voldemort y proteger el castillo, una vez que éste le ayudara a convertirse en director.
Minerva había estado relativamente quieta, pero al escuchar lo último se levantó de la silla, nerviosa, sin saber qué hacer o decir.
—Albus, no puedo creerlo, no puedo. Snape ha maltratado a los alumnos, está de lado de los Carrow, solapa sus castigos sádicos…
—Debía fingir Minerva, pero siempre ha sido fiel a Hogwarts. Piensa con cuidado, en realidad él no imponía esos castigos de los que hablas ¿verdad que no? Intentaba frenar a los Carrow, sin ponerse en evidencia.
McGonagall frunció el ceño como si las palabras de Albus le causaran un dolor físico. Camino de un sitio a otro, confundida y furiosa.
—No puedo creerte.
—Hay algo más Minerva, pronto llegarán un par de invitados: Luna Lovegood y el señor Ollivander*.
La bruja que ya había escuchado más de lo que podía digerir lo observó patidifusa.
—Severus, se comprometió a liberarlos de la mansión Malfoy con ayuda de una elfina de Hogwarts.
— ¿Snape va a regresar? —preguntó de inmediato, envarándose.
—No querida, me temo que…
Minerva no pudo escuchar la explicación porque en ése instante, se materializaron sobre la alfombra tres personas. La bruja saltó hacia detrás del escritorio, con la varita en ristre y los ojos atentos. Pudo ver al nudo de piernas y manos convertirse en gente a la que conocía. Lo primero que reconoció fue el cabello rubio de Luna Lovegood quien ayudaba a levantarse al señor Garrick Ollivander. La elfina que los acompañaba era Mírlon, la jefa de elfos de las cocinas del colegio.
—Hay qué ver lo que se tiene que aguantar… —refunfuñó la elfina levantándose del suelo con dificultad. Ollivander por su parte se sobaba la espalda debido a la dura caída.
—Bienvenidos. —saludó Albus con una entonación sonora y cálida.
— ¡Director Dumbledore, profesora McGonagall! —chilló Luna, feliz de encontrarlos allí.
— ¿Miss Lovegood? Su padre dijo, que estaba cuidando a un pariente enfermo en Bruges y por eso no había vuelto al curso.
— ¿Dijo eso? —preguntó desorientada, con un rostro más ausente de los habitual—.ellos me capturaron, estuve meses en ése sitio, junto con el señor Garrick.
—Ellos ¿quiénes? —le inquirió Minerva, que no terminaba de dar crédito a lo que veía.
—Los mortífagos —respondió Ollivander a quien Luna ayudaba a sentar en una de las sillas libres —nos interrogaron, nos torturaron… es un infierno. Gracias a Merlín que salimos vivos de ése lugar.
La jefa de Gryffindor dedicó una mirada a Albus, quién se la devolvió con entendimiento.
— ¿Cómo lograron escapar? —Luna la miró confundida.
—Pensamos que usted lo sabía. Fue el profesor Snape, dijo que una vez que llegáramos al castillo usted nos protegería. Creo que él se apareció en la celda que estaba junto a la nuestra, donde tenían a Hermione.
— ¿La señorita Granger? ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Ellos tiene a la señorita Granger? ¡Albus por Merlín!
—Minerva ¿por qué no asignas habitaciones al señor Ollivander y a la señorita Lovegood y después continuamos con nuestra charla? ellos deben estar muy cansados.
—Se los agradeceríamos mucho —agregó Garrick con un deje de debilidad y Minerva se reprochó por haber olvidado sus modales a causa de la impresión. El hombre estaba sucio y enfermo y Lovegood más pálida y delgada de lo que la hubiera visto nunca.
—Discúlpenme, estoy un poco alterada, por supuesto que los atenderemos. Necesitan comer, asearse y dormir. Por favor síganme. En cuanto a ti Albus, tienes muchas explicaciones qué darme.
La bruja ayudó a Ollivander a incorporarse e indicó a Luna y Mírlon que caminaran tras ellos. La puerta del despacho se cerró a las espaldas de los tres magos y la elfina. El lugar quedó a oscuras.
II
Había empezado a nevar. Los primeros, incipientes copos cayeron sobre el pelo sucio de Hermione Granger. El elfo le abrazaba los hombros, para que dejara de temblar. Pero el frío no estaba sólo fuera, sino dentro de ella. ¿Cómo iba a decirle a Harry, que si todo salía bien, él tendría que morir? Era claro que Snape y Dumbledore esperaban que volviera con su amigo y le ayudara a cumplir su deber. Pero ella no podía pedirle a Harry que muriera y no iba a hacerlo.
Entonces recordó al director Dumbledore insinuándole a Snape que ella debía morir para evitar que descubrieran a Harry y lo escuchó pudiéndole al profesor que lo matara para ganarse la confianza absoluta de Voldemort. El Dumbledore en el que habían confiado ciegamente y del que nunca habría creído que saldrían esas peticiones.
Si antes se había sentido perdida y confusa respecto a lo que ocurría, en ése punto ya no era capaz de figurarse quiénes eran las personas a las que creía conocer.
Snape por su parte había huido con la excusa de levantar un refugio, pero Granger creía que en realidad sólo buscaba alejarse lo más posible de ella e incluso del elfo, como si se sintiera tan abochornado que no soportara la compañía.
Cuando recobró la compostura, y se supo capaz de hablar, se puso de pie. El elfo apartó sus brazos con delicadeza y alzó la cara para mirar a la muchacha. Hermione se limpió las lágrimas de la cara. No se había enterado en que momento comenzó a llorar.
— ¿Se siente mejor ama?
Granger asintió, mientras le ponía una mano en el hombro, en señal de gratitud.
—Estoy bien. Pero no me llames ama, soy Hermione.
— ¿Es una orden? —Granger lo observó descolocada— ¿Es una orden llamarle Hermione?
—No. —dijo ella, sintiéndose estúpida de pronto. No era la primera vez que un elfo rechazaba sus intentos de equilibrar las jerarquías.
— ¿Entonces puedo llamarla ama? —La muchacha asintió, guardándose su molestia para sí misma. No estaba en condiciones para iniciar una larga exposición sobre los motivos por los que él no debería considerarla su ama y dado que necesitaban la ayuda del elfo, supuso que tampoco era muy conveniente.
La atención de la Gryffindor se volcó hacia el ex director, que en ése instante salía de la tienda de campaña que recién terminaba de montar. Él echo una ojeada a la muchacha enfermiza y greñuda que lo esperaba, pero no sostuvo el encuentro visual por más de un segundo. No sabía qué decir y tenía la sensación de estar desnudo frente a ella, a pesar de haberse reservado muchos detalles para sí.
—El refugio está listo. Te recomiendo dormir, la búsqueda será larga.
Hermione lo miró con una expresión indefinida, él en cambio se dirigió a las barreras mágicas para fortalecerlas, pero la Gryffindor sabía que sólo era un modo de apartarse de ella y de la multitud de preguntas que la acompañaban.
La muchacha decidió dejarlo, al menos por ésa noche y junto al elfo se dirigió hacia la tienda. Le quedaban pocas fuerzas, las piernas se le doblaron en cuanto entró al refugio y se dejó caer sobre un camastro improvisado. Había un pequeño fuego ardiendo en el centro de la tienda. Granger lo observó durante unos instantes, antes de quedarse dormida, preguntándose cómo estaría Harry, dónde estaría Ron.
III
Minerva abrió la puerta del despacho en silencio y entró con pisadas prudentes. Encendió las velas con un pase de varita. Si Albus había estado dormitando dentro de su marco no se hizo evidente, cuando ella se giró a verlo el mago le devolvió una mirada suspicaz.
—Bien, Albus, presiento que tendremos una larga conversación ésta noche.
—Siéntate querida.
La bruja no obedeció de inmediato pero terminó por acercar una silla, mientras enviaba un hechizo calentador a la tetera y preparaba una de las tacitas de té que habían pertenecido a Albus. Mientras se servía se percató de que Snape no había movido nada de su sitio, el despacho estaba exactamente igual que la última vez que ella había entrado, cuando Dumbledore aún era el director.
Observó su rostro reflejado en el líquido rojizo del té y un mal presentimiento subió desde su garganta, con sabor amargo.
— ¿Qué fue lo que ocurrió aquí ésta noche Albus? Odio la sensación de que ser la única que no entiende lo que está pasando.
El anciano se acariciaba la barba con tranquilidad y miraba hacia arriba, en un ademán pensativo.
—Hace rato, decías que Snape… que él te atacó porque tú se lo ordenaste y he tenido unos minutos para pensar en ello, pero me rehusó a creer Albus, que fueras capaz de pedirle una cosa así.
El aludido dejó su barba plateada y miró a la mujer directamente a los ojos. En sus pupilas azules flotaba un retazo de remordimiento.
—Quizás no soy la persona que tú piensas Minerva. Nunca me he considerado un santo y sin embargo parecieras creer que lo fui.
La bruja buscó algo en el rostro pintado, pero no vio resquicio de mentiras.
—Albus ¿de verdad le pediste que lo hiciera? Júrame que se lo pediste porque de otro modo nunca podré creerlo.
—Se lo pedí Minerva y te he explicado por qué. Una guerra estaba cercana a desatarse y lo necesitaba, en esa situación sólo podía recurrir a él.
La profesora dejó la taza sobre el escritorio, sin mirar a Dumbledore.
— ¿Y le dijiste que tenía que mantener su pequeño complot en secreto?
—Por supuesto que debía ser secreto…
— ¿Incluso para mí Albus? —le recriminó, alzando la voz por primera vez— ¿No me creíste capaz de sobrellevar la situación? ¡Podría haberles ayudado!... no sabes el modo en que lo traté estos meses, no sabes las cosas que dije de él a todo el mundo, los planes que tracé en su contra. Y todo porque no confiaron lo suficiente en mí ¿no éramos amigos Albus?
—Esto iba más allá de nuestros sentimientos, intentábamos mantener nuestra estrategia en secreto… darles a Harry y a Hogwarts una oportunidad de ganar…
La bruja caminaba despacio alrededor del despacho mientras escuchaba. Dumbledore presentía la ira dentro de sus puños apretados y los gritos que ella estaba conteniendo.
— ¿Y qué pasó con tus secretos sagrados? Al fin él se fue y tú estás aquí, contándome todo de repente…
—Que fracasamos Minerva, eso fue lo que pasó. El joven Weasley abandonó a Harry y la señorita Granger fue capturada por mortífagos, al igual que Luna Lovegood y Ollivander…
—Y enviaste a Snape por ella para que el señor Potter…
—Para ayudar a Harry, él no podría sólo con una carga como la suya.
Minerva levantó la cara hacia el anciano con los ojos centelleantes y una expresión agreste impropia de su temple usualmente controlado.
— ¡Y ahora, quién tú sabes, está enterado de que Severus lo traicionó y dejaste a Hogwarts sin su protector! ¿De qué sirvieron tus planes y tus maquinaciones Albus? sólo convertiste a nuestro amigo en tú asesino ¡Jamás debiste pedirle algo así, cómo te atreviste!
Esta Minerva, furiosa, indignada, salvaje. Era una bruja a la que nunca conoció en vida. El mago sin embargo, la escuchó sin emitir protesta alguna ante la voz repleta de odio de la mujer. Ella se calmó un poco una vez que terminó de gritar y siguió caminando a través del despacho, presa de sus pensamientos, que la arrastraban de un rincón a otro, como un títere de su propia frustración.
— ¿Dónde está Severus ahora? —preguntó después de unos minutos de preocupante silencio. Dumbledore la observó con cautela.
—Minerva…—comenzó, con un tono que buscaba la conciliación.
—No quiero más de tus estúpidas excusas y no me hables como a una niña ¿Dónde está Severus?
El ex director, lejos de contestar sometió a Minerva al estudio de su mirada azul, como si midiera riesgos. La bruja llegó a los límites de su temperamento.
— ¡Basta de tus enredos Albus Percival Dumbledore, sino me das una respuesta ahora, quemaré tu cuadro para que no puedas volver a decir una mentira! ¡Ni siquiera estás vivo, por Merlín, Albus! No puedes controlar lo que sucede a tu alrededor.
— ¿Piensas ir tras él? Eres la única protección que le queda a éste castillo.
—Sólo quiero hablarle… por última vez —forzó las palabras a salir, apretando la quijada— me convertiste en su enemiga ¿y esperas que me resigne a dejarlo ir de ésta manera?
El anciano bajó la cabeza, mostrando su culpabilidad.
—Creo que él y la señorita Granger deben estar a las afueras del bosque de Dean, pero no pasarán mucho tiempo allí.
Minerva observó el retrato de soslayo, pensativa y sombría.
— ¿Estás seguro?
—Hasta ahora Nigellus Black nos había proporcionado información sobre Harry, él lleva una copia de su retrato consigo.
McGonagall salió de su rencoroso mutismo y su mirada se encendió. Ella caminó hacia el cuadro.
— ¿Y Severus no se llevó el retrato de Black? —Albus negó con la cabeza.
—No tuvimos mucho tiempo, para ser franco, no pensamos en ello.
—Si hubieras hablado antes, las cosas habrían sido distintas. —reprochó la bruja mientras caminaba hacia el retrato de Nigellus, el cual estaba cubierto por una pesada tela. Alzó la varita y redujo al cuadro al tamaño de una agenda de bolsillo. La tela cayó al suelo como un fantasma sin esencia. La voz de Nigellus sonó lejana debido a su pequeño tamaño.
—Tenga piedad de mí director Snape, ya me ha despertado dos veces durante ésta noche. —dijo al tiempo que se tallaba los párpados para descubrir que quien lo miraba en realidad era una descomunal Minerva McGonagall, armada con un gesto fiero.
— ¿Pero, con mil demonios, qué está pasando aquí?
— ¿Es verdad que sabes dónde está Potter?
— ¿Quién lo pregunta? porque yo sólo debo explicaciones al director de Hogwarts —desafió el Slytherin.
—Olvídalo, no tengo tiempo para los desvaríos de un viejo necio. Tendré que confiar en tu palabra Albus, por mucho que su valor esté escaso últimamente.
El aludido supo que en lo futuro ella no dejaría escapar oportunidades para señalar sus errores.
Minerva envolvió el retrato reducido en un pañuelo y silencio a Black, que aún refunfuñaba, con un hechizo.
Las palabras de Dumbledore la detuvieron cuando ella cruzaba el umbral de la puerta.
—Hagas lo que hagas Minerva, no tardes, no olvides que Hogwarts te necesita, ahora tú diriges el colegio.
La bruja se volvió en la oscuridad.
—Sé lo que debo hacer.
IV
Había empezado a nevar nuevamente, Severus se reacomodó la capa de modo que lo cubriera hasta la nariz. A pesar del frío prefería permanecer fuera, contemplando la caía de los copos, que acercarse a Granger al menos por lo que restaba de la noche. No había querido oír una palabra de la muchacha después de la legeremancia y ciertamente deseaba poder eludir las interrogantes que, sabía, vendrían después.
Había pensado, que quizás decir la verdad sobre la muerte de Dumbledore lo aliviaría de la culpa. Lo cierto es que lejos de eso, se sentía estúpido, usado. Ahora la sabelotodo podía ver que no era sino una marioneta que había sido incapaz de mantenerse firme en su propia voluntad y había seguido las órdenes de Dumbledore sin oponer suficiente resistencia. Odiaba saber que quizás en ése preciso momento Granger estaba pensando en él y en lo que había hecho, preparándose para decidir si era digno de confianza. Colocando su vida en un banquillo de juzgado.
Mientras imaginaba las posibles reacciones de Granger, entrevió una luz a través de los matorrales. Sintió movimiento, alguien caminaba en las cercanías.
Snape se puso de pie y fortaleció los hechizos de defensa. Luego esperó con la varita desenfundada y los ojos y oídos concentrados en buscar la procedencia del ruido.
Una figura caminaba colindante a los árboles. Una persona vestida con una gruesa capa marrón y una capucha que le ocultaba la cara. Andaba despacio, resistiéndose al viento y a la nieve. Levantaba mucho las rodillas para poder desplazarse y parecía cansada. Por la distancia Snape no podía distinguir si se trataba de hombre o mujer. Pensó en despertar a Granger por si debían huir, pero luego se dijo que un mago u bruja solitario no sería una gran amenaza, además confiaba en la protección de sus barreras mágicas.
La figura se aproximó con la punta de la varita encendida, como una vela. Severus supo que se trataba de una mujer por el modo en que se movía y no una mujer muy joven. El modo de caminar de la extraña le resultaba demasiado familiar. Estuvo seguro sin necesidad de verle el rostro: era Minerva.
No entendía cómo había podido seguirlo hasta allí, ella no estaba al tanto de ninguno de sus planes, ella no tenía modo de averiguar nada… a menos que Dumbledore.
Snape no sabía qué había llevado a la bruja hasta su escondite, ni con qué intenciones, pero tomó la decisión de no bajar las barreras.
La bruja se acercaba, Snape la miró impasible pasar frente a él, justo un lado suyo. Incluso pudo percibir su perfume sobrio. McGonagall llevaba en la cara un rictus de desesperanza. Severus la contempló, inmóvil e impertérrito. Ella se alejaba con dificultad, pero algo la hizo detenerse. Se quedó de pie a unos metros de él, dándole la espalda. Luego volvió sobre sus pasos hacia la dirección en la que estaba el mago. Snape la estudió, era evidente que ella no lo estaba bruja se acercó tanto al sitio en el que él se encontraba que Severus tuvo que retroceder unos pasos y alzar la varita en precaución.
— ¿Severus? —pronunció la bruja con una entonación de súplica. Snape guardó silencio, contuvo la respiración.
— ¿Severus, estás allí? —preguntó de nuevo, adelantando una mano que sólo atravesó el aire. Ella no parecía próxima a rendirse, algo la mantenía en ése sitio y Snape estaba preguntándose qué podía haberlo delatado.
—Sé que estás aquí. Es tu olor… olor a humedad… Albus me contó todo, por favor… —Minerva esperó, pero el espacio frente a sus ojos sólo estaba ocupado por árboles y nieve, sin embargo el rastro seguía allí, como si Snape hubiera caminado a un costado suyo.
—Debiste confiar en mí, confía en mí ahora. —murmuró mientras la luz de su varita se intensificaba, como si pudiera alumbrar la ausencia que se extendía frente a ella. De pronto, como un velo, cayó frente a sus ojos la ilusión invernal y en lugar de haber arbusto cubiertos de hielo había una tienda pequeña y el hombre al que había ido a buscar.
hgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgsshgss
Hola, aquí tienen la entrega de ésta semana. Gracias por leer y recuerden que con cada review están ayudando a comprarle una nueva nariz a Voldemort.
Hay algunos detalles cambiados de la historia, ya que Luna, Neville y Ginny intentaron robar la espada de Gryffindor del despacho del director, pero en ésta versión puse a Cho en lugar de Luna, porque no habría hecho sentido por el orden en el que ocurren las cosas.
*Sólo lo elfos pueden aparecer y desaparecer dentro de Hogwarts.
*A éstas alturas, era un error pronunciar el nombre de Voldemort, puesto que los mortífagos podrían localizar a la persona que los dijera, pero como Albus es un cuadro y no un mago, no tendría porqué hacer ninguna diferencia.
*Snape, como mortífago, estaba al tanto del secuestro de Lovegood y Ollivander y teniendo la oportunidad, decidió sacarlos de la mansión Malfoy.
