6

La sopa de hongos

Ninguno de los personajes o su universo me pertenecen, son propiedad de J.K. Rowling.

Los magos se miraron en silencio durante uno segundos, hasta que la mujer se aventuró a hablar.

—Al fin me contó todo…

El gesto displicente de Snape no se perturbó después de escucharla.

— ¿Por qué viniste hasta aquí?

— ¿Esperabas que me quedara tranquila después de enterarme de lo que estaba pasando?

Severus continuó observándola con esa cada de indiferente amargura, que le era tan característica.

—No esperaba absolutamente nada.

Minerva no quiso exhibir su vulnerabilidad hacia las palabras de Severus y se dedicó a buscar el pequeño retrato de Nigellus entre los pliegues del bolsillo de su vestido. El hombre siguió sus movimientos con moderado interés, el cual pretendió disimular, al tanto que a sus espaldas Granger y el joven elfo se asomaban a la entrada de la tienda para constatar de quién era la voz de mujer que acababan de oír.

Hermione que reconoció a su jefa de casa en cuestión de instantes se dirigió apresurada hacia los dos profesores llegando justo en el momento en el que McGonagall le ofrecía al hombre un objeto envuelto en un pañuelo.

—Olvidaste a tu informante, Nigellus Black.

Snape tomó el pañuelo sin demostrar agradecimiento y lo guardo dentro de su levita antes de encontrarse con Granger que había aparecido de un momento a otro desbordando alivio al ver que Minerva se encontraba allí, como si la mujer hubiera llegado repentinamente para rescatarla del fondo de un pozo. El rostro expectante de Granger la miraba como si creyera que ella, Minerva, era la portadora de la solución a sus problemas. Tal vez Hermione esperaba que ella los acompañara en su travesía, que la rescatara de algún modo del invierno baldío junto Snape.

— ¡Señorita Granger! —exhaló la mujer, interrumpida en un trance que había creído privado— ¿Por Merlín qué es lo que ha pasado con usted? —preguntó al captar el estado precario en que se encontraba la muchacha, casi como si se hubiera vuelto gris, una foto desgastada de la Hermione que ella conocía. Sin contar con la triste imagen de su cabello cortado sin ningún miramiento ni pretensión estética.

Jean cerró los labios y sus ojos renuentes dijeron lo que ella no quería exteriorizar.

—Bellatrix Lestrange fue lo que le pasó. Dudo que quiera hablar sobre eso. —puntualizó el mago, alzando una ceja—.No es algo que no hayas escuchado antes.

Entre los tres se esparció un mutismo denso e incómodo. Habían compartido un hogar durante seis años y allí, en ése doblez de sus vidas no podían hablarse. Minerva obvió las preguntas circunstanciales y se decidió a blandir toda su franqueza. Quería expresarse con sus palabras, no con las frases cubiertas con la pátina del rigor y las costumbres británicas. No debía contenerse porque estaba frente a dos personas que le importaban y a las que quizás no vería de nuevo.

La indefensión de los tres bajo la caída de la nieve y el semblante yerto y solemne de Severus le hacían pensar en la fatalidad, en el destino… como si estuviera cercada por un suceso inminente y grande que se aproximaba. Por eso no iba a callarse nada, aunque saboreara la vergüenza anticipada de lo que iba a decir.

—Severus si hubiera sabido… debiste decirme ¿por qué no confiaste en mí?

Snape no era sino un maniquí sombrío bajo la ventisca. Sin voz y sin reacción hacia lo que Minerva decía. La mujer guardó silencio para observarlo y respiró hondo. Ante la mirada atónita de Hermione, McGonagall, la severa, adusta profesora, acercaba una mano temerosa hacia la mano quieta y tensa del ex director.

Snape se estremeció como si lo hubiera tocado la muerte, pero no se apartó. Quería preservar su indiferencia a pesar de que su cuerpo se había puesto rígido por el atrevimiento de Minerva. Cuando McGonagall buscó sus ojos, Severus le negó la cara y miró hacia la tienda y hacia el elfo que lo atestiguaba todo desde lejos.

—Te fallé, no te fallaré de nuevo. Perdóname.

Jean vigilaba a uno de sus profesores y luego al otro, queriendo pronosticar un resultado pero de pronto se entrevió como un sobrante en la situación. Retrocedió unos pasos y viró el rostro, tal como Snape había hecho, aunque no pudo evitar que sus oídos siguieran escuchado la conversación y no quiso marcharse por temor a quebrar la atmósfera frágil que los envolvía.

—Cuando esto termine… debes volver a Hogwarts. De ahora en adelante quien tú sabes te perseguirá y el colegio es uno de los pocos lugares que aún no se atreve a pisar, allá estarás lo más seguro que puede estarse en los tiempos que corren.

Snape observaba al suelo, sin retirar su mano de la de Minerva. Su gesto parco no desapareció en ningún momento. Su postura reflejaba que estaba cuestionando todo lo que McGonagall había dicho.

—Severus ¿puedes decirme qué es lo que estás pensando?

La mano blanca del hombre se deshizo del agarre de la mujer.

—El retrato del director Black nos será útil. Hiciste bien en traerlo —dijo, en un tono que no parecía suyo. Minerva lo escuchó, descorazonada. Hermione a un par de metros, apretaba los puños, sin decidirse a intervenir. Después de todo, ella desconocía lo que había ocurrido exactamente, aunque deseara con fervor, inclinarse en ayuda de la profesora.

— ¿Eso es todo lo que vas a decirme? —Insistió, con una nota quebradiza y aguda.

—No pisaré Hogwarts otra vez. —sentenció, encaminándose hacia la tienda, ante la incredulidad de Minerva que permanecía de pie en el mismo sitio—.Vuelva a la tienda Granger, antes de que su estado se agrave.

— ¡Severus! —le gritó la bruja, sin encontrar fuerzas para seguirlo. Granger se quedó inmóvil a medio camino entre los dos maestros.

—Regresa al castillo, la tormenta está arreciando—no se volvió para hablarle, McGonagall observó la levita alejarse a través de los soplos de nieve intermitente. Hermione la oyó susurrar "no" un par de veces, antes de verla correr hacia el hombre y tropezarse en el momento en que sujetaba un pliegue de su capa. Jean no los escuchaba, sus palabras no adquirían sentido a causa de la lejanía. El volumen de McGonagall se elevaba a momentos y Snape ofrecía un aspecto de completa perplejidad, incluso se había replegado un poco hacia atrás como si quisiera escapar de la bruja. La mujer se incorporó, halando la capa del ex director y siguió gritando. El hombre hasta ése instante, frío y callado comenzó a elevar la voz, tanto que Hermione comprendió un poco de lo que decían.

— ¡Entonces porqué lo creíste Minerva, fue tan fácil para ti!

La Gryffindor tardó en contestar, sus ademanes eran rápidos y cargados de reproche. El Snape distante e inconmovible se había desintegrado, éste otro gritaba con todo su aire y parecía tan salvaje y fuera de control como la misma McGonagall unos momentos atrás. Hermione de pronto se sintió abrumada y se preguntó qué dirían Ron y Harry de estar allí, presenciando lo mismo que ella. Ronald probablemente encontraría que era un momento jocoso, aunque Hermione lo consideraba horrible y muy incómodo.

Los profesores se gritaron un poco más, hasta que Prince con un ánimo de ruptura se preparó para darse la vuelta, pero antes de que lo hiciera Minerva se arrojó a su cuello como si Snape fuera a deshacerse si no lo detuviera en ése segundo. Lo apretaba como a un niño y Hermione imaginó que susurraba. Sujetaba la nuca de Snape con vehemencia y parecía mirar hacia arriba, como si estuviera confesándose. Permanecieron así un par de minutos y cuando se soltaron ya no gritaban. Hablaron poco y en voz muy baja. McGonagall le dio un abrazo breve a Severus, sin el frenetismo del anterior, con cuidado, con calidez. Hermione se preguntó nuevamente, lo que Ron y Harry dirían. De pronto los profesores se giraron a mirarla, como si hubiera recordado de pronto que ella seguía allí. Granger se removió, incómoda y avergonzada por su involuntaria intromisión. Los maestros se dieron un último apretón de manos antes de que Minerva se encaminara hacia donde estaba Hermione.

—Señorita Granger, estoy apenada de que haya tenido qué presenciar esto, aunque espero que sabrá entenderlo.

Hermione improvisó una sonrisa cordial pero con un deje de nerviosismo. La mujer estaba frente a ella con una expresión de súbito alivio.

—Lo que les espera es complicado, pero si hay una bruja capaz de sobrellevar y salir airosa de ésta situación, esa es usted Granger —la reconfortó y la abrazó con afecto, algo que Hermione nunca había esperado de una profesora tan estricta y que sin embargo le proporcionó un poco de tranquilidad, de modo que al separarse, la muchacha estaba sonriendo.

—Profesora, no quiero resultar entrometida… pero ¿el profesor y usted arreglaron sus diferencias?

McGonagall sonrió con ironía.

—Querida eres muy discreta al llamarle "arreglo de diferencias" a la batalla que acabamos de tener. Pero sí, creo que por ahora hemos vuelto a ser amigos y tengo fé en que sigamos así.

El tono liviano con que había hablado se cargó de seriedad.

—Debo pedirte un favor: cuida a Severus. Es un buen hombre, pero torpe y necio. Muy necio para su propio bien.

Hermione la miró con grandes ojos de preocupación. Minerva le sonrió extrañamente, desinhibida de su hábito de estoica institutriz.

—No tengas miedo Hermione —le dijo mientras se aproximaba a abrazarla, afectuosa—.eres una joven fuerte y brillante…y él no te defraudará. Ustedes pueden conseguirlo…

La cercanía y las palabras de Minerva hacían sentir a Granger como si hubiera vuelto a casa de sus padres, después de un largo viaje, pero el abrazo terminó pronto. La entonces directora se separaba de ella y la cortina de nieve se interponía entre sus voces, mientras lo tormenta se volvía más intensa.

—Debo irme ahora querida —le dijo mientras se reacomodaba la bufanda y el abrigo—No olvides que eres una valiente Gryffindor. Al final, sin importar el resultado, habremos defendido lo que amamos.

Tras ellos la mujer se marchó, dejando a sus espaldas a Snape y a Granger que la observaron hasta que desapareció entre las colinas nevadas.

II

Hermione despertó de un sueño intranquilo creyendo que estaba con Harry en la carpa, pero lo que encontró a su alrededor, incluso los olores en el ambiente le recordaron que no era así. A su lado Turín se acercaba a ella con la intención de colocarle un paño húmedo sobre la frente. Granger le sonrió para suavizar su rechazo, porque detuvo sus manos y se irguió en el catre con un sentimiento de desolación. Harry no estaba y sólo dios sabía si se encontraba a salvo y Ron… por más molesta que estuviera con él no podía dejar de angustiarse pensando en lo que podría haberle pasado.

Granger se giró para contemplar la totalidad de la carpa y enfrentarse a Severus Snape. No tenía ni siquiera una idea de quién era él, de con quién estaba. Las conclusiones que hubiera tenido sobre el hombre en el pasado se habían deshecho todas. Un año era un cruel maestro malintencionado, luego un valioso compañero de causa, después se convertía en un traidor asesino y de pronto una noche se materializaba para arrancarla de las uñas de Bellatrix Lestrange. En su corto tiempo de vida sus figuraciones sobre las personas que conocía nunca habían cambiado tan drásticamente, así que se encontraba en un punto en el que prefería no crearse ningún concepto sobre Snape.

Esa mañana él estaba dándole la espalda y meneando el contenido de un caldero. Hermione veía los vapores y olisqueaba el aroma de una sopa recién preparada.

— ¿Le bajó la fiebre? —preguntó el ex director. El elfo miró a la muchacha, indeciso durante unos segundos.

—Sí amo y está despierta.

Snape dejó de agitar el cucharón y se retiró del caldero para seguir hacia otro extremo de la carpa y pretender que se ocupaba con unos frascos. Como quien no quiere la cosa le habló a Hermione con voz monótona y desinteresada.

—Cómase la sopa de hongos, la restablecerá. Y espero que se apresure, porque nos vamos.

Granger dudó en acercarse al caldero que aún exhalaba sus olores apetecibles. Se sirvió en un plato, previsoramente dejado por Snape y comió con más apetito del que creía tener, se llenó los labios sin que le importara y se limpió la boca con el suéter para seguir masticando cuanto antes. Al terminar notó que el ex director la observaba desde el otro lado de la carpa. Estaba serio y no se burló de su forma desesperada de comer como ella anticipó que lo haría. Se limitó a pedirle que saliera del refugio y se dedicó a desarmarlo una vez que la muchacha estuvo fuera y lo que antes fue una tienda de campaña se convirtió en un paquete lo suficientemente pequeño como para que el hombre se lo escondiera en el abrigo.

Entonces estuvieron frente a frente y más solos de lo que se hubieran encontrado antes, en sus tiempos en Hogwarts. Eran ellos dos y el joven elfo. Prácticamente un trío de desconocidos.

—Viajaremos hasta pasado el mediodía y por esta ocasión haremos una pausa para comer, sólo por su estado Granger. No espere interrupciones en el futuro. No sé qué tan demandante halla sido buscar horrocrux, pero esto de seguro no será mejor.

La joven y el elfo escucharon sin objetar nada. Prince les apuntó con la varita y transformó sus ropas, de pronto los tres iban vestidos de blanco, de un tono muy similar al de la nieve que caía y Turín estaba provisto de una capa corta que le cubría hasta las rodillas.

—No debemos llamar la atención de ningún modo.

El elfo observaba la capa con desconcierto y el profesor tajó sus pensamientos de inmediato.

—No estoy liberándote Turín, sólo procuro que no te congeles. Para tu propio mal juraste servirme en éste asunto.

El elfo alzó la cara y dejó la capa por la paz.

—No aspiro a que me libere amo, si lo hiciera ahora me sentiría muy deshonrado.

Granger se guardó sus opiniones. En realidad por mucho que le importara el destino de Turín, había uno que le importaba más: el de Harry y el de todo el mundo mágico.

III

Avanzaron en contra de la tormenta. Snape iba adelante, tanteando el terreno mientras que los otros, a la retaguardia, esperaban sus indicaciones. A momentos él se alejaba y les pedía que lo esperaran ocultos tras los matorrales o tras el tronco fornido de un árbol y luego regresaba por ellos.

El mediodía los encontró cansados. Hermione no sentía los dedos de sus pies debido al congelamiento y el aire helado le hería las mejillas. Turín por su parte, había resultado más resistente de lo que su apariencia permitía esperar. Aun así, estaba temblando completo, de modo que le castañeteaba la mandíbula. Snape tuvo que agregar una bufanda y unas botas a las vestimentas del pequeño.

Al llegar la hora pactada Prince armó un refugio provisional, menos elaborado y muy reducido respecto al anterior. Después de todo se detendrían una o dos horas a lo sumo. Snape se dispuso a preparar una nueva sopa para Hermione, sin que ella pudiera preguntar o decir nada el mago ya estaba vertiendo el contenido de una bolsita de papel dentro del caldero. Llevaba ocultos varios de esos sobres y Hermione supuso que eran comidas deshidratadas. El hombre les entregó a ella y al elfo un trozo de carne seca a cada uno y después de indicarles que se sirvieran de la sopa, se alejó unos metros y se sentó en la nieve a comer su porción de espaldas a sus acompañantes. Granger lo observó unos minutos, indecisa, antes de atreverse a caminar hacia él. Llevaba el plato tibio entre las manos y soplaba al cuenco de cuando en cuando para enfriar la reconfortante sopa de hongos. No sabía qué decirle al profesor, pero no deseaba que el tiempo que estuvieran juntos, fuera cuanto fuera, se convirtiese en una colección de silencios incómodos.

—Sabe cocinar. La crema de hongos tiene muy buen sabor… y algo más ¿verdad? ¿Le agregó algún tónico revitalizante?

Granger parecía una matrioska, con el abrigo cubriéndole la cabeza y rodeando su cara de durazno. Snape la miró sin dejar de masticar, componiendo un gesto irónico.

—Creí que una vez solos y en el fin del mundo quizás no tendrías la necesidad de comportarte como una sabelotodo.

Granger se encogió de hombros. No era tan fácil de ofender como aquella chiquilla que Snape había conocido en Hogwarts, esta Hermione había crecido.

—Yo creía que una vez solos, en el fin del mundo y aparentemente sin secretos que seguir ocultando usted sería… menos hostil. Pero hay cosas que nunca cambian.

El profesor no apartó su atención del cuenco de sopa y obvió el comentario de la joven. Al menos el hecho de que Granger le hiciera esa clase observaciones le dejaba claro que ella ya no desconfiaba, ni intentaría escapar. Supuso que, en parte, podía atribuir su cambio de actitud a la visita de Minerva. Y aunque estaba mortificado de que su alumna los hubiera visto en ésa situación, al final las sensiblerías de McGonagall habían resultado para bien.

—Profesor… ¿usted tiene mi varita? —le preguntó la muchacha, temiendo que él pretendiera llevarla desarmada de una punta del bosque hasta la otra. El hombre dejó el cuenco en la nieve para rebuscar en sus bolsillos. Hermione lo interpretó como una buena señal.

—No pude recuperar tu varita, tendrás que conformarte con la de Draco.

Le alargó el arma de madera negra, característica de los magos de sangre pura. Hermione la tomó, un poco decepcionada y práctico un primer hechizo: limpiar su plato vacío. La varita respondió pero había algo extraño, algo que Hermione nunca había experimentado con su arma. Ésta parecía resistírsele. Snape la observaba con atención y no pasó desapercibido para él.

—Las varitas de otros muy rara vez funcionan. Ésta por lo menos te obedece. Alguna afinidad hay entre Draco y tú.

Hermione frunció el ceño, molesta por la comparación y se puso de pie.

—Permítame poner eso en duda profesor Snape.

El hombre la miró con un gesto serio e inmutable, pero no con el desprecio y la animadversión que había profesado hacia su persona unos meses atrás. Hermione se preguntó cuánto del odio que había demostrado a ella y a sus amigos en Hogwarts era genuino y cuánto impostado.

— ¿Realmente te crees tan superior a él, Granger? —la cuestionó con una voz dura pero franca. La muchacha lo miró, sorprendida.

—Bueno… él es un mortífago ahora ¿no es así? —Jean deseó cambiar la respuesta al caer en la cuenta de que Severus Snape, quien estaba llevándola de vuelta hacia Harry, probablemente su aliado más vital en ése instante, bien podría considerarse un mortífago también y aunque la mueca del hombre se agrió durante un segundo su voz no sonaba enojada cuando habló.

—Sé porque lo ves de ése modo Granger, Dumbledore solía inculcar la creencia de ser moralmente intachable en sus seguidores, pero el mundo no es blanco y negro y Albus entendía eso mejor que nadie.

Los ojos del hombre se alzaron hacia los de Hermione, quien lo observaba absorta, escuchándolo como si fuera la primera vez que hablaban. En cierto modo sí era la primera vez. Antes sólo habían intercambiado frases de rutina en la vida escolar y uno que otro insulto de parte del profesor.

—Conozco a Draco, en el fondo no es tan distinto del mismo Potter. Los dos están por debajo de las expectativas de quienes les rodean. Potter no es lo suficientemente sabio, Draco no puede ser lo despiadado que sus circunstancias exigen. Ambos tratan de convertirse en lo que los demás esperan… tú tampoco eres tan diferente. Siempre intentas parecer más inteligente… porque eres hija de muggles tienes que probar que perteneces al mundo mágico. Pero eso no eres tú ¿o sí Granger? La señorita sabelotodo.

Los ojos de Hermione estaban sobre la mirada del ex director, muy abiertos.

—Draco pretende demostrar que merece ser hijo de una familia de linaje puro, que vale. Igual que ustedes.

—Igual que usted. —culminó Hermione, sin rencor, sólo procurando la sinceridad.

—Igual que yo… hace mucho. —escupió Snape, concediéndole la razón, a su pesar.

El hombre se puso de pie también y caminó hacia la tienda, dando por terminada la conversación. Hermione pensaba en el pasado, en un adolescente mestizo que igual que ella y que Draco Malfoy debió buscarse su lugar en el mundo y falló.

Hola, me retrasé por que estuve varias semanas sin internet, pero aquí está la siguiente entrega.

Y recuerden amigos, que están en FanFiction y los escritores necesitan aumentar sus egos inseguros con uno que otro review !Hasta la próxima amigos!