El final mis cupcakes. Aquí se acaba todo, con mis inseparables Steve y Natasha :3 Estos dos se merecen mucho amor, comprensión y visitas pagas al psiquiátrico por todos los traumas y problemas que me les trajo la guerra.


Canto IV. Invierno

De cómo los recuerdos más oscuros pueden siempre tener algo de luz.

Sigue siendo igual. Frío, yermo, recóndito y mortal, el invierno ruso no es para nadie. Así lo piensa Natasha, así lo ha sentido siempre. Pero, ¿entonces qué hace allí? Ni ella lo puede decir.

Cada diciembre, cuando sabe que las temperaturas son tan bajas que los ríos se congelan incluso con sus peces, va a la plaza roja y admira el kremlin. Rojo, rojo y eterno. Le agradaría patrullarlo, o ir a bailar a sus salones de nuevo. Pero esa Nat murió, Natalia ya no existe, solo Natasha, y al igual que la revolución, no quedan esquirlas de ella en ningún lugar.

Chyornaya Vdova —La mención de su apodo en ruso la hace girar con rapidez, una de las pistolas ocultas en su chaqueta sale a relucir y se prepara para quien sea que la ha encontrado.

Es Steve. La mira con diversión y ternura; una diversión ingenua y una ternura caliente.

—¿Qué haces aquí?

—Supe que pediste permiso por navidad y me pregunté a donde venías siempre en estas fechas —sonríe otra vez, como una disculpa a lo que va a decir—, metí mis manos en tu computadora y vi la reserva.

—Oh, el centenario sabe buscar en el historial —quiere enojarse, pero Steve acaba de cortar su círculo vicioso anual, con la nostalgia, el odio y las culpas que se le atragantan mientras piensa que el mundo se va al carajo, y que ella ayudó a que esto fuera así.

Steve la invita a sentarse, y en el mayor de los silencios ven a la Rusia de los zares y los soviets como entre rendijas. Natasha sonríe un poco, porque en el fuero interno le gustaría ver el mundo donde la guerra fría enterró al Tío Sam y no a sus raíces del color intensó de su cabello. Tal vez el menos indicado para compartir eso sea el Capitán América, tal vez no sea tan bueno que esté allí.

—¿Extrañas mucho tu pasado?

—Lo extraño y lo odio. Pero, hay cosas de aquí que nunca voy a olvidar.

—Hay cosas de nuestro pasado que nunca vamos a olvidar —Tal vez es eso, tal vez Steve también piensa en Brooklyn, en el frío, en la nieve, en Bucky.

Apoya su cabeza en el hombro de Steve. La altura es perfecta para no forzar el cuello. La alivia saber que hay un lugar, aunque improvisado, en el que encaja con soltura.

Luego ríe.

—¿Qué te pasa?

—Imagina que diría Stalin si me viera agazapada con el mayor símbolo de América.