El cumpleaños
A medida que mis días transcurrieron en la casa de los Ackerman, también disminuyó inevitablemente el tiempo que continuaría formando parte de esa peculiar familia. A aquellas alturas los conocía bastante bien, y aunque jamás lo habría admitido en voz alta, debía decir que les había cogido cariño.
Quizás no me he expresado de la forma correcta, a lo mejor mis palabras no han sido las más adecuadas. Me refiero a los cálidos rayos de sol que nos despertaban con una sonrisa cada mañana, el frescor de la naturaleza que podía percibirse en todas partes. El olor a madera y a nuevo que desprendía cada rincón de la casa. Ese olor mañanero a café que indicaba que Levi había pasado por ahí horas antes. El aroma de la tierra que me resultaba tremendamente agradable. Y sobre todo, la energía y el entusiasmo característicos de Kimber.
Todas esas cosas eran las que lograban encoger ligeramente mi corazón cada vez que pensaba en el poco tiempo que me quedaba allí. Tenía claro que el día que me fuera lo echaría de menos, pues de algún modo, me sentía tan cómoda como en mi propio hogar. Como si realmente fuera un sitio en el que pudiera encajar a la perfección. Los primeros días lejos de allí notaría la ausencia de la pequeña y echaría de menos todas las actividades que llevábamos a cabo juntas, su sonrisa y sus muecas de disgusto cuando la obligaba a hacer algo que no quería. Pero como toda persona, me acostumbraría. Y no solo yo, todos regresaríamos a nuestras rutinas, dejando de lado aquel breve periodo. Pronto, no lo recordaríamos, simplemente parecería un sueño que alguna vez rozamos con la yema de nuestros dedos. Un anhelo lejano que se distanciaría cada vez más hasta hacernos olvidar lo que sentimos cada día que pasamos juntos, cada recuerdo que compartimos. Y Kimber, al ser aún tan joven, me olvidaría con mayor facilidad.
-sa… ¡Oye, Mikasa!- levanté la cabeza para encontrarme con aquellos grandes ojos azules contemplándome atentamente. La pequeña parecía un tanto preocupada por los escasos segundos que me había ausentado. –Ya está, así es suficiente.- dijo apartándome cuidadosamente de su rodilla y levantándose del escalón junto al porche.
-¿Te duele?- pregunté, aún fiel a mi escasez de palabras. Siempre he sido más el tipo de persona que se guarda sus pensamientos para sí misma, todo lo opuesto a quienes tendían a contar abiertamente todas y cada una de sus preocupaciones. Y Levi parecía ser el mismo tipo de persona que yo, solo que bastante más malhumorado y con menos paciencia.
-¡No! Estoy bien.- contestó con decisión alzando los brazos en dirección al cielo despejado que se alzaba sobre ambas. – ¡Así que mañana podremos ir al río!
Contuve un suspiro al escuchar por enésima vez aquellas palabras. Por muy herida o enferma que estuviera era evidente que lo ocultaría con tal de poder disfrutar de la pequeña excursión que teníamos programada para el día siguiente. No solo se trataba de una actividad inusual para nosotras, desde mi llegada no habíamos tenido ocasión de adentrarnos lo suficiente en el bosque como para dar con el río del que la pequeña tanto me había hablado. Sin embargo, hacía una semana, Levi le había dado su palabra de acompañarnos cuando tuviera una tarde libre. Aquello fue suficiente para lograr que desde entonces Kimber no parara de canturrear día sí y día también, totalmente ilusionada.
Incluso yo percibía lo importante que era para ella poder pasar un rato con su padre cuando éste se ausentaba la mayor parte de los días, debía ser una especie de regalo para ella.
Me hizo gracia la cara que había puesto hacía unos momentos cuando se cayó de bruces tratando de perseguir una liebre de gran tamaño que se había atrevido a salir fuera del bosque. Kimber era rápida y bastante ágil, pero nada tenía que hacer con un animal salvaje cuyos instintos de supervivencia estaban bien desarrollados precisamente para evitar ser presa de sus depredadores. Y a la niña no se le ocurrió otra cosa que pegar un salto lanzando todo su cuerpo hacia adelante en el momento en el que la liebre estuvo a punto de desaparecer de su campo de visión.
Minutos después, había acudido a mí con una extraña mueca en la cara, algo de disgusto y rabia entremezclados con diversión. Tenía la pequeña naricilla arrugada, las finas cejas enarcadas y restos de lágrimas por la cara. Su barbilla estaba sucia de barro húmedo, pero por suerte, no tenía ninguna herida que pudiera estropear su bonito rostro. Por el contrario, no podía decirse lo mismo de su rodilla magullada. Lo mejor de todo fue el momento en el que me preguntó constantemente si era algo grave que le imposibilitaría bañarse en el río. En cuanto se lo negué y le expliqué que tan solo era una pequeña herida sus ojos volvieron a iluminarse como el momento en el que Levi se ofreció a pasar esa tarde con ella.
No importaba cuantas veces le repitiera que debía tener más cuidado porque no funcionaría. Kimber continuaría correteando por todas partes hasta que se cansara y decidiera hacer otra cosa.
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La pequeña había cogido por costumbre esperarme en el sofá del salón después de cada cena. Como normalmente solo estábamos las dos, me ayudaba a recoger todo lo que habíamos utilizado y mientras yo fregaba ella subía a toda prisa a su habitación para ponerse el pijama. Acto seguido, se sentaba en el mullido sofá con alguno de los libros en la mano esperando a que yo apareciera por la puerta y le hiciera la misma pregunta que le formulaba cada noche:
-¿Ya te has lavado los dientes?
-¡Sí!- me respondía ella casi siempre mostrándome su pequeña y brillante dentadura. Lo daba por válido y entonces me hacía un hueco junto a ella. Aunque, de poco servía, pues en pocos minutos acababa sentada sobre mi regazo y acomodada en mi pecho. –Hoy te toca empezar a ti, Mikasa.
Asentí con la cabeza notando como un mechón de pelo se deslizaba por mi cara hasta rozar levemente la mejilla de la niña sobre mí, pero ella no lo apartó en ningún momento. Acerqué un poco la cabeza situándola junto a la de ella, a su derecha para poder ver con claridad las letras sin tener que forzar la vista. Tras las numerosas veces en las que no nos habíamos puesto de acuerdo sobre quién debía leer, finalmente días atrás decidimos que cada una leería en voz alta un capítulo. Como la noche anterior había sido ella la última en leer, esa noche me tocaba a mi empezar.
-Está bien… veamos.- Abrí el cuento con ilustraciones que adornaban el texto del interior y me aclaré un poco la garganta antes de empezar a leer pausadamente.
Me llevó unos diez minutos terminar el capítulo, para suerte de Kimber, se había librado de leer uno de los más largos del libro. No obstante, la pequeña se encontraba dormida en mis brazos. Totalmente concentrada en lo que estaba leyendo, observé de reojo como su cabeza realizaba movimientos extraños. Se zarandeaba levemente hacia adelante dando la impresión de que se caería de frente, después, repentinamente paraba en seco y simulaba prestar atención a lo que le estaba leyendo. Esto se repitió varias veces hasta que decidí dejar el libro a un lado y abrazarla yo misma para acomodarla mejor.
Coloqué una de mis manos sobre su cabeza acariciando delicadamente su cabello mientras que con la otra rodeé su pequeño cuerpo protegiéndolo y aportándole calidez. Por suerte, las noches no eran especialmente calurosas y la temperatura era ideal. Pasó media hora en la que únicamente me dediqué a contemplar su rostro dormido, su respiración lenta y profunda. El terrible parecido que tenía con Levi, aunque era evidente que no todos sus bonitos rasgos debían pertenecer al hombre, pues, algunas de las características físicas más perfiladas y severas en él se suavizaban demasiado en ella. Posiblemente las habría heredado de su madre. ¿Cómo sería ella? Me costaba imaginar a una dulce y amable mujer que se hubiera ganado el corazón de un hombre aparentemente frío, distante y malhumorado. Cada vez que intentaba ponerle un rostro terminaba visualizando a Petra.
Siendo consciente de que Kimber necesitaba descansar y que aquella noche se había quedado dormida antes de lo normal, la sostuve de modo que rodeara con sus pequeños bracitos mi cuello. Pasé el brazo con el que la había acariciado por debajo de su trasero y la sostuve de modo que no se me escurriera. Me habían exigido no hacer esfuerzos innecesarios pero la niña apenas pesaba como para considerarlo un esfuerzo, además, prefería acostarla en su cama sin tener que perturbar sus sueños.
Se había agarrado tan fuerte a mi camiseta que al principio me costó soltarla para dejarla en su propia cama, pero finalmente cedió tras varios intentos en los que no supe muy bien cómo deshacerme de su amarre. Acto seguido, ya solo me faltó una última cosa por hacer antes de poder irme yo también a dormir: La cena de Levi.
Deposité en el centro de la mesa una ensalada con lechuga fresca, tomates, cebolla y aguacates que habíamos recolectado entre Kimber y yo. Después, me las ingenié para preparar un revuelto de champiñones con huevos. También deposité ante el sitio en el que Levi siempre se sentaba una gran porción de la tortilla que había preparado para la cena. Por encima llevaba trozos de pimiento verde frito con algo de sal. Esperaba que le gustara aquello, nunca lo había escuchado quejarse de absolutamente nada de lo que preparábamos, así como tampoco había hecho constar sus gustos con la comida. Kimber en ningún momento me había dado indicaciones de estar preparando algo que disgustara a su padre, así que simplemente había dejado volar mi imaginación y me había dedicado a preparar lo primero que me viniera a la cabeza con los ingredientes que disponía.
Una vez dejé todo perfectamente preparado subí las escaleras y me dejé caer sobre la cama. Por suerte para Levi, aquellas cenas podían comerse recién hechas y también a temperatura ambiente ya que se mantenía la exquisitez de su sabor. Quizás mi empeño por pensar en recetas que también se pudieran consumir en frío era lo que me daba tantos quebraderos de cabeza.
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-¡Vamos! ¡Es la hora!- gritos repentinos me hicieron despertarme sobresaltada. Aquella vocecilla impaciente iba acompañada de un montón de movimientos inciertos que llevaron a Kimber a saltar sobre mi cama y zarandearme hasta que logré salir de ella. –Vamos, Mikasa, papá y yo estamos esperando.- Me hizo saber con aparente impaciencia.
Me di prisa en vestirme con un par de pantalones cortos vaqueros con dobleces en la parte inferior y una camisa blanca holgada que se ajustaba por la parte superior de mi pecho y dejaba los hombros al descubierto. Las mangas no llegaban a mis antebrazos. Escogí unas zapatillas blancas con cordones azules, ya que serían mucho más cómodas de utilizar en las profundidades del bosque donde todo debía estar repleto de piedras y ramas.
Kimber, quien se había quedado conmigo todo el tiempo, me dio la mano cuando bajamos al piso inferior. Levi no tardó en dejarse ver en la cocina, la cual estaba reluciente. No recordé el haberle dejado preparada la cena por la noche hasta que mis ojos captaron todos los platos y cubiertos fregados y a la espera de que la humedad desapareciera de ellos. Aunque me resultó extraño, ya que Levi no parecía ser el tipo de persona que dejaba los platos sucios para fregarlos por la mañana. Eso me llevó a pensar que quizás se lo hubiera tomado como desayuno. Cabía la posibilidad de que ni siquiera hubiera acudido a dormir aquella noche.
-¿Pretendías pasarte todo el día durmiendo?- me sacó inmediatamente de mis pensamientos. Se situaba junto a la puerta que daba al exterior y llevaba un cigarrillo en la boca, sin embargo, tenía cuidado de mantener el humo fuera de la casa para que el olor no se extendiera. No supe muy bien qué responderle así que simplemente me senté ante un plato lleno de tortitas grandes y gruesas que desprendían un olor delicioso. Aunque me quedé unos segundos sin saber muy bien qué hacer, finalmente opté por alcanzar el bote de mermelada de albaricoque que tenía a mi lado. –Eres la única culpable de que se hayan quedado frías.- añadió.
¿Acaso las había preparado él? ¿De dónde había sacado el tiempo para eso? Busqué su mirada tratando de encontrar respuestas pero él ya la había apartado girando parte de su cuerpo hacia el exterior soltando un pequeño bufido a modo de queja.
-¡Pruébalas, Mikasa!- me animó Kimber que no me quitaba el ojo de encima ni un momento. Parecía expectante. –Es una receta que papá y yo creamos.- se apresuró a contar. Incapaz de negarme a aquella sonrisa llena de vitalidad extendí una fina capa de mermelada sobre la primera de ellas y me llevé un trozo a la boca. De inmediato, una sensación dulce y jugosa despertó todos mis sentidos expandiéndose por mi boca. La tortita estaba esponjosa y tenía un sabor agradable de por sí, el cual se intensificaba gracias al albaricoque. Estaba convencida de que no olvidaría nunca aquel sabor tan delicioso. -¿A que están buenas?- insistió impaciente de escuchar mi respuesta.
-Están muy buenas.
La niña saltó repetidas veces a mi lado. Las dos coletas en su cabeza se movieron arriba y abajo al unísono. Levi debía habérselas hecho, eran tan perfectas que debía ser obra suya sin duda alguna.
-¡Mikasa, date prisa!- volvió a decirme al percatarse de que por un momento había dejado de masticar para sumergirme en mis pensamientos. Kimber portaba una pequeña mochila en la espalda que tenía forma de muñeca y que llevaba el pelo de lana recogido en un moño alto, me preguntaba qué habría metido en el interior. Por otro lado, en la silla a mi lado se encontraba una mochila de mayor tamaño aparentemente llena y pesada. Esta me llamó bastante más la atención, pero Levi no tardó en quitarla de mi vista para colocársela en la espalda.
-Haz el favor de darte prisa, lleva así desde que se ha despertado.- me pidió tratando de sonar disgustado por tener que lidiar con la pequeña que no dejaba de mostrar su entusiasmo continuamente. No obstante, en el fondo sabía que él debía estar deseando pasar un rato también con ella, algo me decía que era así. Había miradas y gestos dirigidos a su hija que llevaban un tremendo cariño escondido y que a simple vista era difícil de detectar.
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Partimos hacia el bosque sobre las once de la mañana cuando el sol brillaba en lo alto del cielo. Antes de salir de casa conseguí que Kimber se pusiera un gorro rojo fino de tela que cubriera su cabeza y evitara que el sol la quemara. Su piel nívea debía ser propensa a quemarse, parecía delicada. Por eso también nos aplicamos una buena capa de crema, cortesía de Levi, quien se puso terriblemente pesado.
Nos llevó alrededor de media hora alcanzar el lugar al que él nos dirigió. Caminaba el primero abriéndonos paso, aunque el camino no se complicó en ningún punto y a pesar de encontrarnos en las profundidades del bosque la luz penetraba en él con facilidad abriéndose paso por todas partes y alumbrando hasta el rincón más recóndito que pudiera haber. Tal y como había supuesto, atravesamos una zona un tanto difícil para los piececitos de una niña pequeña. Las rocas, aunque fáciles de esquivar, eran un tanto grandes y tampoco faltaron los agujeros que actuaban como trampas para provocar torceduras de tobillo. Antes de surcarla, Levi tuvo una pequeña discusión con Kimber porque ella no quería subirse a los hombros del hombre, prefería caminar por su cuenta. No obstante, la mirada de Levi le indicó que no estaba dispuesto a aceptar una negativa y finalmente, temiendo que su padre la mandara de vuelta a casa aceptó a cambio de pasarse el tramo final del trayecto de morros.
El rostro de Kimber cambió totalmente ante el paisaje deslumbrante frente a nosotros. Aquel riachuelo que tendría unos cinco metros de ancho brillaba bajo los rayos del sol. Las partes cercanas a la orilla no cubrían en absoluto, mientras que el centro parecía llegarme hasta los muslos. Si Kimber no hacía ninguna tontería no tendría que suponer un peligro para ella.
La vi removerse en los hombros de su padre incapaz de contener la emoción de haber llegado, como si el agua cristalina que permitía ver lo que había en el fondo del río la llamara para que se acercara a empaparse y refrescarse. En cierto modo podía entender sus ansias por sumergirse en aquel líquido transparente que parecía tener la capacidad de curar cualquier mal.
Levi le dejó con cuidado en el suelo observándola correr hasta la orilla e introducir sus pequeñas manitas en el interior del río. Mientras, él se acercó a uno de los árboles cercanos con enormes raíces que sobresalían en el exterior. Acomodó la mochila en una de las ramas más altas alejándola de las hormigas que no tardarían en intentar colarse en el interior, pero antes, sacó unas esterillas de madera fina que se asemejaban mucho a unas persianas y me tendió una de ellas para que me sentara encima cuando pretendiera tomar asiento. Estuve a punto de indicarle que no era necesario pero su mirada fija me resultó amenazante y entonces, al recordar la reprimenda que Kimber y yo nos ganamos el día que volvimos con barro pegado en nuestra ropa, recordé lo mucho que le disgustaba la suciedad. Probablemente quisiera evitarlo en aquel momento también, así que no me quedó otra que aceptarla.
-Papá, quiero bañarme- manifestó la pequeña dejando caer al suelo su bonita mochila y quitándose las zapatillas rojas para dejarlas tiradas por ahí. Acto seguido, siguieron el pantalón y la camiseta que tanto le costó quitarse y que provocó que una de sus bonitas coletas se deshiciera un poco. Llevaba un bonito bañador amarillo con un par de girasoles naranjas en la parte superior y con tres filas de volantes en la parte de abajo que simulaban una corta falda.
-Kimber…- murmuró Levi a modo de advertencia agachándose ante ella para recoger la ropa, se avecinaba una evidente bronca que se vio interrumpida por algo que llamó la atención al hombre. –Qué es esto.- preguntó fijando sus ojos en las rodillas de su hija. La pequeña se dio cuenta del descuido que había tenido evitando que Levi viera el leve raspón que se había hecho y por temor a que le impidiera disfrutar del río salió corriendo hacia la orilla esperando dejarlo atrás.
-¡No es nada!- El suspiro de Levi no tardó en llegar.
-Ni se te ocurra poner a prueba tus habilidades de natación.- le advirtió. Por lo que ella me había contado el otro día, su padre le había estado enseñando a perfeccionar su forma de nadar algo torpe. Todos los niños, incluida ella habían aprendido en la escuela pero todavía no lo dominaba demasiado bien y aquel sitio parecía ser ideal para ponerlo a prueba, aunque no acudían allí tantas veces como le gustaría. Sin embargo, era peligroso que se adentrara sola a la zona honda. –Como te vea poner un solo pie en la parte profunda te daré de comer a los peces.
Sin embargo ella ya no escuchaba. Me senté sobre la esterilla esperando a que él también lo hiciera en algún momento.
-Fue ayer.- me atreví a decir. Levi no pareció entenderme al principio pero después comprendió que me refería a la herida en la rodilla de la niña. –Se le ocurrió desafiar a una liebre.- Él se acomodó en el tronco a su espalda, flexionando una rodilla y apoyando uno de sus brazos sobre ella mientras se pasaba la palma de la mano contraria por su cabellera oscura. Un gesto que me resultó extremadamente natural en él y que, por el contrario, era la primera vez que contemplaba.
-Debería alegrarme de que no haya escogido competir contra una de las golondrinas que tienen sus nidos cerca de nuestro tejado.- suspiró fijando la mirada en la niña que chapoteaba alegre en el río. Ambos sabíamos que Kimber era lo suficientemente espabilada como para hacer semejante tontería, aunque era recomendable no quitarle un ojo de encima.
Me quedé unos instantes mirando a Levi, por algún motivo aquella tarde parecía tener la guardia baja y se mostraba bastante más accesible de lo usual. Incluso dispuesto a intercambiar unas cuantas palabras. Yo por mi parte permanecí sentada con las piernas estiradas y las manos apoyadas tras de mí para mantener la parte superior de mi cuerpo alzada. Cerré los ojos sintiendo el aire cálido acariciarme y los rayos de sol posarse sobre mi piel, los cuales me reconfortaban.
Por un momento, me olvidé de que estaba acompañada, me había sumergido en mis propios pensamientos recordando todo lo vivido aquellas semanas. Desde los momentos más alegres y divertidos con Kimber, hasta las pocas ocasiones en las que Levi y yo mantuvimos una conversación. Y entonces, aquella mirada triste que me ofreció hacía unas noches me sorprendió de nuevo. ¿Por qué parecía haber tanto dolor encerrado en su interior? Aquel hombre se había vuelto todo un misterio para mí y, sin embargo, no podía hacer nada por saciar mi curiosidad y algo me decía que mucho menos podría hacer por ayudarlo a sanar.
Un repentino amarre helado me obligó a abrir los ojos asustada sin comprender qué estaba ocurriendo. Las risotadas de Kimber me devolvieron a la realidad ayudándome a entender lo que la pequeña había hecho. De un momento para otro se había tirado sobre mí envolviéndome en un abrazo húmedo. Probablemente mi reacción habría sido brusca de haber notado el agua excesivamente fría, pero por suerte estaba más bien templada y no resultaba molesta.
-¡Ven a jugar conmigo, Mikasa!- me pidió con su pequeña cara muy cerca de la mía. Se había mojado un poco la cabeza. –Ahora que estás mojada no puedes decir que no.- volvió a reír con algo de malicia creyendo haberse salido con la suya. Me hacía a la idea de por qué me había elegido a mí como su víctima en vez de a Levi.
-Está bien.- acepté sin pensármelo mucho. Entonces, observé al hombre situado a unos pocos pasos de nosotras, no aparentaba prestarnos demasiada atención, pero estaba segura de que permanecía atento a todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
-Mikasa, shhh.- me pidió con una sonrisa traviesa que me hacía imaginarme que lo peor estaba por llegar en cualquier momento. La pequeña fue rodeándonos lentamente aprovechando que su padre estaba ocupado rebuscando algo en su gran mochila. Entonces fui testigo de su grandiosa travesura que podría costarle un castigo. Kimber se colocó tras él y sin previo aviso estrujó los volantes de su bañador para escurrir el agua sobrante sobre la espalda desnuda de Levi que permanecía accesible al encontrarse girado y encorvado.
Lo vi voltearse con una mirada de pocos amigos en su rostro, estaba realmente molesto. Kimber se dispuso a correr hacia mí en busca de protección pero Levi la agarró a tiempo provocándole unos chillidos de entusiasmo.
-Te lo he advertido.- sentenció él colocando a la pequeña sobre su hombro. La niña pataleó todo lo que pudo y más pidiéndole que la bajara de ahí. - ¿Qué debería hacer contigo?- habló para sí mismo sin cambiar su expresión malhumorada en ningún momento. –Darte de aperitivo a los peces… o dejarte castigada en lo alto de una rama. ¿Cuál prefieres?- le dio la opción de elegir pero ella solo gritaba fruto de la emoción. A pesar de lo amenazante que Levi pudiera parecer ante los ojos de cualquier otra persona, Kimber no lo temía en absoluto.
-¡Mikasa, ayúdame!- gritó con todas sus fuerzas estirando los brazos hacia mí con insistencia, pero yo no supe muy bien qué hacer.
-Tú qué dices.- se dirigió a mí el hombre mirándome de reojo, permitiéndome participar en aquel juego repentino en el que ambos disfrutaban y en el que parecían querer incluirme también.
-Veamos… teniendo en cuenta que también me ha mojado a mí con malas intenciones…- planteé en alto con intenciones de indicarle a la pequeña que no tenía posibilidades de encontrar aliados. –Los peces estarán hambrientos.
Levi asintió con la cabeza y se aproximó a la orilla del río produciendo que los pataleos se intensificaran. Me pareció ver que las comisuras de sus labios se alzaban ligeramente, pero no supe si fue mi imaginación o si realmente había estado a punto de sonreír por la situación. Se introdujo en el río caminando hasta la zona más profunda. Su bañador oscuro se mojó por la parte inferior hasta donde le cubría el agua, concretamente hasta los muslos. Kimber trató de nadar lejos de su alcance cuando la puso en la superficie, pero él la agarró de la cintura con ambas manos impidiendo que se alejara.
-Ahora ponte a nadar hasta convencerme de que sabes hacerlo a la perfección.- le dijo al tiempo que se situaba a su costado para evitar toda la espuma que levantaba al patalear con fuerza.
Decidí que sería buena idea sumarme a ellos, así que no tardé en introducirme yo también en el río a unos pocos metros de donde se encontraban.
-¡Mikasa!- la escuché gritar, por algún motivo esperaba que lo hiciera en cuanto me viera ahí. – ¡Mira que bien nado, Mikasa!- llamó mi atención cogiendo grandes bocanadas de aire antes de sumergir la cabeza y moviendo sus brazos al estilo crol mientras levantaba agua con los pies. Levi entonces la soltó lentamente dejando que avanzara hasta donde yo la esperaba. Al llegar a mí se abrazó con fuerza a mi cintura una vez se puso de pie. El agua le cubría casi hasta el pecho, pero estando nosotros ahí no había de qué preocuparse.
-Eres la mejor nadadora que he visto en mucho tiempo.- le dije obteniendo una gran sonrisa a modo de respuesta.
-Ven, te voy a enseñar cómo se pescan los peces.- me aseguró. Levi no había dejado de contemplarnos en ningún momento. Lo miré y él me dio un breve asentimiento de cabeza al tiempo que salía de nuevo fuera del río. Lo seguí con la mirada unos breves segundos en los que apenas pude contemplar su bien formado cuerpo. Era musculoso y estaba trabajado, Levi debía mantenerse en forma, aunque no entendía de dónde sacaba tiempo para eso. Entonces, cuando lo vi agacharse hacia la mochila pude escuchar una musiquilla que casi pasaba inadvertida con tanto ruido. Sacó su teléfono móvil, supuse que ni siquiera en sus días de descanso podía librarse del todo del trabajo y que la llamada debía ser lo suficientemente importante como para atenderla en ese instante. Así que continué jugando con Kimber para impedir que sintiera su ausencia momentánea.
Los minutos transcurrieron casi sin darnos cuentas, Levi hacía bastante que se había alejado un poco de nosotras para centrarse totalmente en la llamada. Sin embargo, un rato más tarde volvió a emerger de entre los árboles pidiéndome que saliera un momento para hablar conmigo. Dejé a Kimber en la orilla recordándole que no debía introducirse en la parte profunda por cuenta propia y sin la supervisión de uno de los dos.
-Tengo que irme.- por algún motivo me sentó como un balde de agua fría. ¿Irse? Cómo podía siquiera plantearse la posibilidad de marcharse a mediodía cuando le había prometido a su hija que estaría todo el día con ella. Lo había esperado con muchas ganas. Supe que su decisión era la única opción cuando recogió sus pertenencias. No las guardó en la mochila, en vez de eso se las colocó adecuadamente bajo el brazo. –Tenéis todo lo necesario en la mochila. Regresad una vez hayáis comido.- me indicó dispuesto a marcharse sin tan siquiera despedirse de la pequeña.
-¿No vas a hablar con ella?- fue lo primero que solté sin pensarlo demasiado. Fijé mis ojos en él, no podía evitar sentirme un tanto furiosa. No solo se marchaba aplastando las ilusiones de la persona más importante para él, sino que además debía ser yo quien le diera la mala noticia y quien lidiara con tan delicada decisión.
-Es mejor así.- sus ojos habían dejado de desprender ese intenso brillo que había logrado detectar cuando disfrutaba con su hija. Como si aquella llamada lo hubiera sacado bruscamente del descanso que disfrutaba, lanzándolo de golpe a la realidad. –Volveré tarde.- y yo no podía explicarme qué podía haber ocurrido que fuera más importante que pasar el día con la persona más especial para él.
-¿Irás a su cumpleaños?- nuevamente hablé antes de pensar concienzudamente mis palabras. Mi tono de voz tampoco era agradable y él detuvo su marcha cuando me escuchó. Aunque como estaba de espaldas no pude descifrar su expresión. Probablemente se estuviera manteniendo igual de estoico que siempre.
-Nunca me perdería el cumpleaños de mi hija.
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Los días pasaron con demasiada rapidez, desde aquella tarde en la que Levi nos dejó a ambas atrás, no había vuelto a verlo más de unos pocos minutos seguidos. Aquello me llevó a pensar que debía haber aumentado el trabajo para él hasta al punto de tener que llegar extremadamente tarde casi todas las noches y partir demasiado temprano cada mañana. En realidad jamás admitiría un mínimo de preocupación por él, además, quien más me inquietaba era la pequeña Kimber. Desde que tuve que ingeniármelas para darle la noticia de que su padre, aquel que había prometido pasar el día entero con ella, había tenido que ausentarse su actitud era un tanto extraña. En aquel momento la niña me sonrió con un deje de tristeza tratando de hacerme creer que en realidad no pasaba nada porque también podíamos pasárnoslo bien nosotras solas. No se equivocaba en eso, sin embargo, conocía la importancia de aquella salida y el objetivo principal de Kimber no era otro que poder disfrutar de su padre un día completo.
Por suerte, en su cumpleaños parecía algo más animada de lo normal. Su entusiasmo evidente se dibujaba por todo su rostro. Seguramente porque sabía que aquel era un día especial, uno que solo le pertenecía a ella y en el que ninguno de sus seres queridos podría ausentarse. Ella sería el centro de atención de todo el cariño que pudieran darle. Por un momento, parecía haber levantado cabeza y eso me aliviaba bastante. A aquellas alturas no podía engañarme porque la conocía demasiado bien. De nada le serviría aparentar que lo de la salida al río no le importaba, yo lograba ver a través de ella.
-¿Te gusta?- preguntó Petra con voz dulce. La mujer pelirroja se había arreglado bastante aquella tarde, portaba unos pantalones vaqueos pegados a sus delgadas piernas y una camisa roja que resaltaba bastante su piel pálida. Con los tacones que llevaba había ganado unos cuantos centímetros de altura.
-¡Sí! ¡Es muy bonito, Petra!- gritó Kimber cogiendo la prenda del interior de la caja que hacía unos instantes se encontraba cerrada con un enorme lazo naranja de motas blancas. ¿Cómo no iba a gustarle aquel vestido azul de vuelo que tantas veces había pedido desde que lo vio en una de las revistas que trajo la mujer a casa? No había regalo más acertado. -¡Muchas gracias!- sonrió abrazándolo y mostrando una de sus sonrisas más amplias. –Voy a probármelo ahora mismo.
Petra había sido lo suficientemente lista como para acudir al cumpleaños con bastante antelación de modo que Kimber pudiera estrenar el vestido durante la fiesta. Además, también pretendía ayudarnos a seguir preparando las cosas. Por lo pronto, me había ocupado de decorar la casa durante toda la mañana con la ayuda de la pequeña. Hicimos unas cadenetas de colores que colgamos por todos los rincones, también pusimos en una lista los aperitivos y toda la comida que serviríamos a los invitados. Tras eso, me las arreglé lo suficiente como para impedir que Kimber volviera a entrar a la cocina y descubriera la sorpresa que estaba preparando para ella.
-¿Qué tal me queda?- se giró ante nosotras dando varias vueltas en torno a sí misma para que pudiéramos contemplarla en su totalidad. El color le sentaba realmente bien, aunque el vestido le quedaba un poco grande. Miré de reojo a Petra, ella también debía pensar lo mismo.
-Vaya… creía haber acertado con la talla.- se disculpó con expresión triste.
-Se puede arreglar.- dije yo al fin tras haberme mantenido tanto rato en silencio. Bajé un instante al salón para buscar el costurero al que ya le había echado el ojo y regresar junto a las dos que me esperaban expectantes. –Ven aquí, Kimber. No tardaré mucho.- le dije. Ella me hizo caso de inmediato y yo le indiqué que se sentara en la cama mientras cosía algunas de las zonas de forma que la prenda se ajustara correctamente a su cuerpo. No era la primera vez que lo hacía y tampoco sería la última. En momentos como aquellos me alegraba de tener conocimientos básicos y experiencia en la costura y en otras tantas pequeñeces que podían sacarte de un apuro.
-Es estupendo que sepas coser, Mikasa. Qué alivio, ya no tendré que descambiarlo.- dijo ella sonriente. –Te debo una.- negué levemente con la cabeza indicándole que en realidad no era nada pero no alcancé a ver si me hizo caso o no. Petra caminó hasta la puerta con intención de dejarnos solas. –Terminaré de preparar todo mientras vosotras acabáis aquí, ¿de acuerdo?- sin darnos tiempo a responder, la mujer desapareció silenciosamente.
Cuando terminé con el vestido asentí una única vez orgullosa con el resultado, no se notaban los retoques. Le dije a Kimber que no se moviera de su sitio y pasé a arreglar su larga melena oscura. La desenredé con cuidado de no pegarle tirones y acto seguido me las ingenié para hacerle un moño alto dejando dos mechones sueltos, uno a cada lado de su pequeña cara. Era la primera vez que hacía un peinado similar y por suerte, no había quedado nada mal. Para finalizar, me hice con una cinta ancha que probablemente Kimber se pondría en ocasiones en el pelo y que era de un azul oscuro que contrastaba con el de su vestido. Desde atrás rodeé su delgada cintura y lo até en la parte trasera formando un gran lazo que entusiasmó todavía más a la niña.
-Lista.
Con mi visto bueno corrió para situarse ante el espejo de su cuarto y observar cómo había quedado. Contemplé lo mucho que sus ojos azules brillaban, debía estar realmente contenta.
-Me encanta…- susurró embelesada. –Parezco una princesa. ¡Quiero que me peines todos los días!- soltó de sopetón girándose para mirarme directamente. Acto seguido, se aproximó a mí y su rostro alegre se transformó en uno triste y angustiado. –Oye, Mikasa.- comenzó a hablar de nuevo, por algún motivo creía saber cuál era su preocupación. –Papá…- bajó la cabeza incapaz de mirarme directamente a la cara, quizás planteándose si realmente quería una respuesta a su pregunta, aunque esta no fuera de su agrado. Hasta que se armó de valor para hacerlo y fijó sus ojos en mi. –Papá vendrá, ¿verdad?
-Lo hará.- aseguré con firmeza disipando toda duda en la pequeña. –Él mismo dijo que jamás se perdería tu cumpleaños, no te preocupes.- Kimber sonrió con dulzura y me envolvió en sus brazos en busca de calor y cariño, lo que yo no dudé en brindarle. La tela de su atuendo era muy similar a la del vestido blanco de tirantes con una franja negra en el borde inferior que yo llevaba. Me había dejado el pelo suelto que traspasaba un poco mis hombros, únicamente portaba una horquilla roja con una mariposa que la niña me había regalado.
-¡Chicas, es la hora!- nos gritó Petra desde abajo interrumpiendo el momento. Los invitados debían estar a punto de llegar.
-Será mejor que bajemos, ¿no crees?- asintió con demasiada fuerza y tras darme la mano las dos nos dispusimos a acceder al piso inferior.
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No conocía a ninguna de las personas que ya se encontraban abajo esperándonos, aún así no tardaron en felicitar a la cumpleañera y en entablar conversación conmigo. Todos ellos parecían conocer mi situación en aquella casa. Supuse que Levi debía haberse encargado de invitarlos al evento.
Isabel Magnolia, una joven que tan solo parecía sacarme unos pocos años, había acudido acompañada de su pareja Farlan Church, ambos íntimos amigos de Levi. Kimber no tardó en abrazar con fuerza a la chica alegre que animó el ambiente con sus risas y propuestas divertidas. La pareja trajo consigo a dos niños y una niña que parecían ser amigos de la escuela de Kimber. La pequeña me los presentó a todos de uno en uno, al parecer, Isabel no solo era como una tía para Kimber, sino que también era su profesora y la de aquellos niños. Por ello, los padres habían accedido a que ellos los llevaran a la fiesta haciéndolos responsables. En realidad, me alegraba enormemente que Kimber pudiera jugar con otros niños de su edad y que no estuviera todo el tiempo rodeada de adultos, a pesar de lo bien que pudiera pasárselo con su tía Isabel. Permanecer tanto tiempo en una casa alejada de la ciudad tenía su lado negativo y probablemente cuando la pequeña creciera Levi tendría que plantearse mudarse a algún otro lado.
-Encantado de conocerte, Mikasa.- se dirigió a mi Farlan, ya que Isabel se había ausentado para irse un momento con los niños al salón y asegurarse de que tenían todo lo que necesitaban.
En ese momento, otra nueva pareja se introdujo por la puerta abriéndola de golpe sin ningún tipo de delicadeza. Una mujer de gafas y con el pelo recogido en una coleta alta hizo su aparición seguida de un hombre rubio apuesto de intensos ojos azules. Me atrevería a decir que ambos eran pareja aunque sus personalidades parecían totalmente opuestas.
-¡Vaya! ¡Así que tu eres la famosa Mikasa!- gritó la mujer apresurándose a cogerme ambas manos y examinarme de arriba abajo con intensidad. Me tensé un poco al sentir tantas miradas sobre mí. Todos ellos parecían ser bastante amables, el tipo de amistades que no esperaba que alguien como Levi tuviera.
-¿Famosa…?- pregunté algo descolocada ante la palabra. No sabía que le hubieran hablado tanto de mi, aunque imaginaba que les habrían comentado acerca de mi estancia en el lugar.
-Oh, no le hagas caso, Mikasa.- intervino Petra dejando un par de tortillas en la mesa. Yo me acerqué para ayudarla a terminar de hacer los sándwiches de chocolate y de jamón que probablemente no tardarían en desaparecer. –A Hanji le gusta exagerar, seguramente solo habrá escuchado hablar de ti una única vez.
-¡Eso no es verdad! Estoy segura de que el enano podría afirmar mis palabras, aunque conociéndolo jamás lo admitiría.- rió en voz alta como una auténtica maníaca.
-¿Me llamabais?- una nueva silueta se asomó por la puerta; un hombre alto con el pelo pajizo rizado y un rostro algo más maduro que no permitía averiguar su verdadera edad. Entornó los ojos aparentando hacerse el interesante y no tardaron en llegar las quejas de Petra.
-Auruo…- lo miró mal soltando un profundo suspiro.
-Auruo, para empezar tú no eres tan bajito como para poder calificarte de enano.- le explicó una nueva voz que se sumó a él y que traía consigo a un tercer chico rubio de pelo largo y barba. No tardé en enterarme de que eran Gunther y Erd, todos ellos amigos de Levi desde hacía años.
No parecía que fueran a llegar más invitados de los que estaban allí, así que pasamos a colocar todos los platos de comida en la gran mesa de madera del salón que colocamos en el centro de la sala. Nos sentamos alrededor de la misma, dispuestos a empezar sin que Levi hubiera llegado aún, cosa que comenzaba a irritarme bastante. Kimber parecía lo suficientemente entretenida y entusiasmada como para no dejarse llevar por eso, sin embargo, en el fondo debía estar un poco triste al no tener a su padre junto a ella en un día tan importante. Aún así, todavía albergábamos la esperanza de que no tardara en aparecer.
El momento de la tarta no se hizo esperar una vez que la mayor parte de la comida desapareció. Petra me miró a mí indicándome que debía ser yo quien la llevara a la mesa, ya que se trataba de mi regalo para Kimber. Saqué el enorme pastel de tres pisos que había mantenido oculto en el horno, fuera del alcance de cualquiera que pudiera estar tentado a probarlo. Su aspecto incitaba a comer: la base de bizcocho llevaba vainilla mientras que el pastel entero estaba cubierto de una gruesa capa de chocolate blando. En el interior entre piso y piso había una fina capa de mermelada o de crema de cacahuete. Como decoración había empleado nata de chocolate de un tono muy claro con la que me las apañé para hacer unas cuantas flores con todos y cada uno de sus pétalos. Finalmente, derretí chocolate que introduje posteriormente en una manga pastelera y escribí "Feliz cumpleaños, Kimber" en el centro.
La cara que puso la cumpleañera no tuvo precio. Seguramente ni siquiera me escuchó felicitarla mientras depositaba la tarta ante ella y tomaba asiento justo en frente. Se quedó perpleja incapaz de quitarle el ojo de encima. Farlan se encargó de encender las velas de colores que había colocado encima y entonces todos cantamos al unísono, aunque yo más bien me ocupé de seguir sacando fotos, en su mayoría de la pequeña.
Sopló las velas entusiasmada tras haberse detenido unos instantes para pensar en un deseo. Un regalo especial que, lamentablemente, solo podía disfrutarse una vez al año. Y por supuesto, era algo que Kimber no pretendía desperdiciar.
-¿Qué has pedido, pequeña?- se apresuró a preguntar Auruo con evidente curiosidad por la seriedad en su rostro durante los escasos segundos en los que parecía desear con todas sus fuerzas algo que desconocíamos.
-No te lo diré, si te lo cuento no se cumplirá.- contestó ella desatando un montón de risotadas que iban dirigidas al hombre.
Todos disfrutaron del pastel. Contra todo pronóstico no duraría lo suficiente como para que pudiéramos disfrutar de él en los desayunos de los próximos días. Kimber me dio las gracias varias veces por el regalo, a lo que yo no pude evitar responder con una sonrisa. Petra, por el contrario, me pidió la receta y algunas indicaciones para intentar hacerlo ella por su cuenta.
-Nosotros tenemos que irnos ya.- me dijo Farlan algo incómodo por tener que ser él quien finalizara aquel ambiente en el que todos parecían pasarlo bien. Pero como toda fiesta, aquella también llegaba a su fin.
-Los padres de los niños estarán esperando su regreso, no deberíamos llegar más tarde de lo acordado.- se sumó Isabel mirando de reojo a los pequeños que seguían en el salón. Dos de ellos se habían quedado dormidos mientras que el otro había decidido seguir atacando las sobras restantes, Kimber jugaba a su lado con algunos de los regalos que había recibido. –Volveremos a visitaros pronto, lo prometemos.- me aseguró con una amplia sonrisa que me llenó de calidez.
Entre los dos se las apañaron para llevar hasta el coche que tenían aparcado fuera a los niños que continuaban dormidos. Al tercero de ellos no costó convencerlo para que los siguiera por su propio pie, con algo de comida fue suficiente.
Auruo, Gunther y Erd se despidieron un rato después, era bastante tarde y la mayoría de ellos tenían compromisos que atender al día siguiente.
-Nosotros acercaremos a Petra a su casa.- anunció Auruo con un tono diferente de voz que resultó ser un tanto forzado.
-¿Otra vez intentando quedar bien delante de tu querida Petra?- se quejó Gunther sacándole los colores a su amigo que no dudó en negarlo una y otra vez afirmando que aquella era su forma usual de hablar.
Petra suspiró tratando de dejar de lado aquellas tonterías en las que sus amigos siempre parecían estar involucrados. –Ha debido surgirle algo para que aún no haya aparecido.- me comentó. Aquello me sobresaltó, ya que quizás mi molestia por la ausencia de Levi en el cumpleaños podría estar exteriorizándose demasiado. Y eso era algo que no quería que nadie más interpretara. –Confío en que habrá un buen motivo para ello.- insistió intentando tranquilizarnos a ambas con una sonrisa, pero que acompañada con su mirada triste no surtió ningún efecto.
-Yo no estaría tan segura, deberías darle una buena lección a ese enano cuando regrese a casa. ¿Cómo se atreve a dejar sola a una criaturita tan bonita?- Hanji parecía indignada a pesar de toda la energía que seguía irradiando.
-Vamos, Hanji, no digas eso.- intervino Erwin calmándola y convenciéndola para abandonar también la casa.
-Si no lo haces así, no aprenderá. Créeme.- ese fue su último comentario antes de desaparecer en la negrura exterior.
Tan pronto como la casa se hubo llenado de gente, también se quedó completamente vacía. Kimber arrastró los pies hasta situarse a mi lado ante el fregadero. Petra y Farlan me habían ayudado a recoger la mayor parte de las cosas pero todavía quedaban otras tantas que fregar y retirar. Nada demasiado tedioso.
Por un momento temí mirar a la cara a la pequeña, no quería ser testigo de su desilusión y de la angustia que sufre alguien cuyas expectativas no son alcanzadas. La decepción es un tipo de sentimiento que carcome por dentro y que moldea ligeramente los sentimientos con el tiempo. No me gustaría que Kimber se convirtiera en una joven incapaz de confiar en la palabra de los demás por este tipo de incidentes que podrían marcarla.
-Mikasa… papá…- nuestras miradas se cruzaron, sus ojos claros estaban rojos, repletos de lágrimas que ansiaban escapar y mojar sus mejillas. Tal y como imaginaba Kimber debía haber estado aguantando aquella tristeza todo el tiempo para no preocupar a nadie, era una niña muy fuerte y considerada. Sin embargo, no se merecía en absoluto sentirse así. Me puse de cuclillas para poder abrazarla con facilidad y acariciar su cabeza con delicadeza.
-No te preocupes, Kimber.- respondí casi en un susurro sin saber qué decir en un momento como ese. –Todo estará bien.
En ese momento mis palabras se vieron interrumpidas por un fuerte estruendo en el exterior que nos sobresaltó a ambas. Ninguna esperábamos escuchar un ruido tan fuerte que pusiera patas arriba aquella tranquilidad que únicamente nos pertenecía a nosotras. Noté el corazón de Kimber latir apresurado ante el susto, al menos había dejado de llorar.
Me puse alerta ante lo que fuera que pudiera ser aquello, la puerta de la cocina que daba a la huerta permanecía abierta invitando a la noche a entrar en tan acogedor hogar, y no solo a la oscuridad, sino a cualquiera que pudiera deambular en tan recóndito lugar. Me acerqué lentamente a ella para cerrarla y poder anticiparme a los movimientos de la persona que pudiera tener malas intenciones, pero entonces un nuevo estruendo me puso los pelos de punta. De soslayo observé una explosión de colores al otro lado de la ventana y a Kimber correr con desesperación hacia la puerta, sin ninguna duda de querer salir al encuentro de quien estuviera fuera. Traté de agarrar su pequeña mano antes de que corriera tal riesgo pero se me escapó, y no me detuve hasta que volví a escuchar su voz.
-¡PAPÁ!- gritó lanzándose a sus brazos con fuerza.
La niña parecía haber olvidado por completo el sentimiento de tristeza que había comenzado a apoderarse de todo su ser, pero para mí seguía siendo lo mismo. Aquella aparición a última hora no arreglaba nada, no eliminaba el malestar que la pequeña debía haber estado cargando durante todo el día. Me quedé apoyada en el marco de la puerta contemplando unos minutos la escena a pocos metros de mí:
Levi se hallaba de cuclillas abrazando con una mano a su hija y con la otra apoyada en la hierba tras de sí para mantener el equilibrio y no caerse hacia atrás. Junto a él se encontraban un cubo repleto de agua que probablemente habría llenado en el pozo cerca del bosque, y dos farolillos que iluminaban lo suficiente su rostro y el de Kimber. Todavía quedaban algunos de los cohetes y fuegos artificiales que pretendía emplear para disfrutar con su hija de un momento especial.
-Oye, si sigues así me acabarás tirando.- se quejó empleando un tono de voz mucho más suave y tranquilo que de costumbre. Las risotadas de la niña inundaron los alrededores y estuve a punto de sonreír al verla tan feliz pero me negué a hacerlo. Estaba demasiado molesta con él por haber faltado a su palabra como para querer formar parte de aquella escena tan bonita. Por eso, volví al interior para continuar con mis quehaceres y dejarlo todo bien limpio y ordenado antes de irme a dormir.
-¡Mikasa, ven a jugar tu también!- la escuché llamarme desde fuera, pero no tenía intenciones de ceder ni siquiera ante ella. O eso pretendí, cuando sus manitas tiraron de mí y sus ojos me suplicaron que los acompañara no pude resistirme.
-Está bien. Iré.
No me esforcé en participar demasiado, Kimber me ofreció un par de bengalas que Levi encendió para nosotras y las cuales contemplé sumida en mis propios pensamientos. En ningún momento tuve intenciones de mirarlo a la cara o de entablar conversación con él, ni siquiera mediante la niña. Y pareció darse cuenta de mi estado de ánimo porque en varias ocasiones lo escuché suspirar malhumorado.
-Venga, es hora de irse a la cama.- sentenció. Para sorpresa de ambos Kimber no se resistió más de lo usual, ni siquiera empleó la excusa de ser su cumpleaños para poder quedarse un rato más a disfrutar de nuestra compañía. Levi recogió todo lo que habíamos utilizado y acto seguido cogió en brazos a su hija para llevarla a su habitación. Una vez los tres estuvimos dentro me aseguré de cerrar bien la puerta y volver a lo que había dejado a medias. Al parecer, Levi debía tener intenciones de quedarse con ella hasta que se quedara dormida del todo porque tardó un buen rato en bajar de nuevo.
Su presencia en la cocina me tensó, sabía que me estaba observando aun sin tener que girarme a comprobarlo por mí misma, ya que sus ojos parecían querer atravesarme la nuca. Y yo, por mi parte, no pretendía siquiera dirigirle la palabra. Continué fregando, agradecida de que aquello me permitiera evadirme de sus ojos. Lo escuché moverse por la cocina calentando agua, probablemente preparándose un té. Eso fue lo que deduje por sus acciones y por el olorcillo que desprendió la taza humeante.
El silencio se hizo entre nosotros, únicamente fue audible el sonido del agua que salía del grifo o el de la vajilla que yo misma iba depositando a un lado una vez que la dejaba reluciente. La tensión, por algún motivo era demasiado evidente y el ambiente estaba cargado. Era complicado respirar en aquel momento en el que ninguno de los dos sabía lo que debía estar pensando el otro. Yo me mantuve firme a mi idea de no querer saber de él por haber faltado a la palabra de alguien tan importante. Me disgustan las personas incapaces de saber cuáles son sus verdaderas prioridades y Levi en ocasiones demostraba ser una de ellas.
Por fin, terminé con el último de los platos y me aventuré a cerrar el grifo y a secarme las manos con un trapo que había a mi lado. Cuando me di la vuelta para retirarme a mi cuarto en completo silencio su voz me sorprendió.
-Eh, qué demonios te ocurre.- quiso saber. Sus ojos estaban fijos en mí tratando de analizarme. Debía estar molesto o un tanto incómodo a causa de mi esfuerzo por evitarlo. Y aunque Levi no era alguien hablador, a nadie podría agradarle recibir semejante trato por parte de otra persona. Sin embargo, ignoré sus palabras intencionadamente con claras intenciones de seguir con mi camino. Y así lo hice. Caminé, un paso tras otro, aguantando su mirada amenazante todo el recorrido hasta el salón.
Lo escuché removerse en su sitio, algo que me extrañó viniendo de una persona tan calmada y silenciosa como él. Aún así, no me quedé a comprobar qué estaba haciendo. El corazón se me aceleró al pensar que pudiera actuar de alguna manera inadecuada, tal y como ocurrió noches atrás. El ligero olor a alcohol que parecía desprender tampoco ayudaba en nada.
Estuve a punto de cantar victoria al escabullirme por la puerta de la cocina hacia el salón pero me sobresalté al notar un fuerte amarre en mi muñeca que me impidió avanzar. Y no solo eso, cuando alcancé a entender qué ocurría, Levi ya se encontraba sobre mí, apresándome contra la pared y con su mirada amenazante mirándome atentamente en busca de algo que yo desconocía.
-Te dije la otra vez… que me respondieras cuando te hablara.- repitió con tono bajo. Yo sin embargo, seguí mirándolo desafiante como si todo aquello no me importara, aunque en el fondo no podía evitar estar un tanto inquieta pero eso no se lo haría saber a él. Aquella era su casa y yo respetaba todas las normas establecidas, dirigirle la palabra aún cuando no me apetecía no era una de ellas y por tanto no estaba obligaba a hacerlo.
Alcé un poco la barbilla para tratar de mirarlo por encima e indicarle que no estaba dispuesta a seguir sus indicaciones, no al menos con aquellas actitudes que para nada iban conmigo. Estaba convencida de que pocas personas se atreverían a llevarle la contraria a alguien tan aparentemente amenazante, pero a mi poco me importaba.
-No sabía… que te gustara tanto conversar.- dije casi en un susurro sin apartar en ningún momento mis ojos de los de él. Su rostro estaba tan cerca del mío que debía haberlo escuchado con total claridad. Un pequeño suspiro no tardó en llegar, seguido de un chasquido que detonaba fastidio. Al parecer, era poseedora de un talento innato: el de sacar a Levi de sus casillas. Resultaba ser tan fácil como negarle la palaba y no querer saber nada de él, y eso que apenas nos cruzábamos lo suficiente como para recordar las breves conversaciones que manteníamos diariamente. Ni siquiera comprendía por qué le molestaba tanto. Y casi como si me hubiera leído la mente, su respuesta llegó.
-Me desagrada verte de morros, perturbas mi tranquilidad.- sonó tan serio que incluso estuvo a punto de provocarme una gran risotada. No pensaba que pudiera afectarle de tal manera, en realidad pasar de mí debía ser el mejor método para sumergirse en su tan ansiada calma. –Por eso quiero saber qué ocurre.- volvió a insistir.
-Kimber…- susurré, demasiado bajo porque respondió con un pequeño ruido dudoso a modo de pregunta. Bajé un poco la cabeza tratando de no perder los nervios, ya que al recordar el rostro lloroso de la niña me enfadaba y la pasividad que había demostrado él tampoco ayudaba a relajarme.
Una de las manos de Levi permanecía entre mi brazo y mi cintura, impidiéndome marcharme, mientras que la otra estaba colocada junto a mi mejilla derecha para que no pudiera mirar a otro lado y fijara mis ojos en él. Ambas manos fijas en la pared como fuertes amarres.
-¿Qué pasa con la mocosa?- se atrevió a preguntar fingiendo que no había pasado nada. Que no se había perdido toda la fiesta de cumpleaños para intentar arreglando en el último momento con unos fuegos artificiales caseros que no habían durado más de veinte minutos. Mientras, la mayor parte del día su hija había suprimido un terrible sentimiento de tristeza provocado por la ausencia de su padre al no haber cumplido con la promesa que le hizo. Posiblemente, una entre otras tantas.
-Le prometiste… que vendrías. Dijiste que jamás te perderías… su cumpleaños.- logré decir al fin pausadamente para coger pequeñas bocanadas de aire que me ayudaran a pensar con claridad.
-Lo que haga o deje de hacer con mi hija, no es asunto tuyo.- soltó tajante, tan frío como la capa de hielo que se formaba sobre los ríos y estanques en invierno, una que a Kimber le encantaba pisar en aquellas fechas. Y a pesar de sus palabras cortantes, su expresión no había variado ni una pizca. Al contrario de la incredulidad que yo debía estar mostrándole.
No obstante, esa respuesta fue el detonante para mí. Por alguna razón, no pude aguantar más la presión que trataba de retener y terminé estallando dejando a Levi perplejo. En un abrir y cerrar de ojos le di la vuelta a la situación. Lo agarré del cuello de la camisa blanca que llevaba puesta y giré hacia un lado para golpearlo contra la pared, acercándome a pocos milímetros de su cara y ofreciéndole, probablemente, la expresión más atemorizante que he dedicado nunca a nadie.
-¡¿Qué puede ser más importante que tu propia hija?!
Le eché en cara. A pesar de haber estado ligeramente sorprendido por el cambio de actitud y por mis movimientos precipitados, su expresión siguió inescrutable hasta que volvió a escucharme hablar. Aquellas palabras parecían haber hecho mella en él de alguna manera, quizás, al menos en esta ocasión podría lograr que demostrara que realmente se arrepentía al haber faltado a su palabra. Sus ojos cristalinos centellearon unos breves segundos para después ensombrecerse y volver a fijarse en los míos con demasiada intensidad. No aflojé mi amarre en ningún momento y él tampoco hizo señas de querer zafarse del amarre. Contra todo pronóstico, Levi se quedó un buen rato mirándome sin apartar la vista de mí hasta que comencé a sentirme incómoda y dudé en seguir allí enfrentando aquella situación que no tenía ningún sentido.
Cansada, estuve a punto de soltarlo por completo y marcharme a dormir, no tenía ningún sentido descargar toda mi ira contra él. Noté cómo uno de los tirantes de mí vestido se deslizaba sutilmente por mi brazo dejando más piel al descubierto. Aquella era la señal que necesitaba para irme. Pero él se me adelantó. Con su mirada todavía fijada en mi se inclinó ligeramente hacia adelante hasta colocar su cabeza sobre mi hombro desnudo con su boca a escasos centímetros de mi oreja. Se acercó un poco más a mi oído permitiéndome escuchar su calmada respiración al tiempo que su mano grande alcanzaba el tirante con delicadeza y comenzaba a subirlo lentamente por mi brazo para colocarlo en su sitio, eso sí, asegurándose de que las yemas de sus dedos hicieran contacto con mi piel en todo momento. Parecía querer ser culpable de las múltiples descargar que aquel roce me producía, como si nuestros cuerpos reaccionaran entre sí a causa de algún tipo de conexión.
-Te sorprendería saberlo…- susurró lentamente muy cerca, con lentitud, queriendo grabar cada palabra en mi cabeza.
Cuando me di cuenta, mi corazón latía desenfrenado por la cercanía a la que nos encontrábamos y había estado aguantando la respiración durante aquellos interminables segundos. Toda sensación de ira había desaparecido dejando lugar a otro tipo de sentimiento diferente, uno que no sabía explicar bien pero que tampoco me permitía pensar con claridad, ya que era mi cuerpo el que hablaba en mi lugar. Su aliento me produjo escalofríos que no pude disimular y él pareció darse cuenta porque pude ver de soslayo como esperaba una reacción por mi parte.
Para mi sorpresa, no pude quedarme atrás y algo me instó a querer darle de probar su propia medicina, así que en esta ocasión fui yo quien imitó sus pasos. Probablemente fuera a causa de los nervios porque ni yo misma era consciente de lo que estaba haciendo en ese momento. Teniendo en cuenta la facilidad de la que disponía para causar reacciones en él, quizás se tratara de un intento por lograr que Levi cediera y acabara contándome algo sobre él que nunca antes hubiera imaginado, o a lo mejor simplemente intentaba dar con el hombre que se escondía bajo aquella máscara de indiferencia.
Acerqué mi rostro al suyo obligándome a tranquilizarme porque en esta ocasión era él quien no conocía cuales serían mis movimientos y mucho menos mis intenciones. El control de la situación era mío. Me aproximé de frente con extrema lentitud observándolo cerrar los ojos y abrir un poco su boca por inercia. Contemplé sus labios carnosos que me invitaban a probarlos y que amenazaban con hacerme perder la calma de nuevo. Pero entonces, para su sorpresa, decidí girar la cabeza y colocarme junto a su oído. Yo también quería alcanzar a conocer el efecto que mis palabras podían tener en él. De algún modo, tenía curiosidad por saber si realmente sus gestos y acciones significaban lo que yo interpretaba, mientras que también pretendía averiguar por qué no podía evitar sentirme atraída por un hombre tan hostil.
-Quiero… saberlo.- le dije, le pedí. Escuché cómo soltaba todo el aire que debía haber estado aguantando aquellos momentos tensos en los que ninguno sabíamos qué ocurriría; si terminaría conociendo algún secreto del hombre de hielo o si acabaríamos a golpes el uno con el otro. Lo que no me esperé fue que él decidiera colocar sus manos en la parte inferior de mi espalda, casi temeroso de tocar la tela de mi vestido. Sorprendida, me alejé unos centímetros para mirarlo directamente a la cara y buscar alguna respuesta coherente en sus ojos que ya volvían a estar abiertos de nuevo.
-¿L-Levi?- pregunté sin saber muy bien qué ocurría. Cuando repasé diversas veces su rostro y noté la manera en la que me agarraba supe que aquel límite desconocido que había entre ambos debía estar a punto de romperse. Se mantuvo quieto como una estatua hasta que decidió que lo mejor era acortar los centímetros que nos separaban mientras su mirada seguía repasando mi boca, indeciso por ejecutar algún movimiento que pudiera llevarlo a arrepentirse. Yo me mantuve en mi lugar a la expectativa de lo que él pudiera hacer, incapaz de apartarme y tratando de controlar mi propios latidos alocados. La sangre abandonó mi cuerpo, mi corazón se detuvo un instante cuando Levi se aventuró a eliminar la poca distancia entre nosotros, sin embargo, me costó entender que en realidad solo se había aproximado para juntar su frente con la mía al tiempo que cerraba los ojos y respiraba continuas veces para calmarse. Un gesto íntimo que no dejaba que la tensión abandonara mi cuerpo.
-Mierda… joder.- susurró sin atreverse a abrir los ojos y ser testigo, al igual que yo, de lo asfixiantemente cerca que estábamos. La punta de nuestras narices se rozaron ligeramente aumentando la tensión que padecíamos. Sus manos seguían en su lugar, quizás temerosas de que al empezar a recorrer mi cuerpo no pudieran detenerse nunca más. Las mías, en cambio, se posaron automáticamente sobre su pecho en un intento por sujetarme cuando me atrajo un poco más hacia él. Levi tenía el ceño fruncido, su rostro reflejaba dolor y angustia. Por primera vez parecía incapaz de ocultar y mantener bajo control sus propios tormentos en mi presencia. Pude ver por mi misma que debía estar sufriendo de manera que ni siquiera yo alcanzaba a comprender.
Fue entonces cuando inevitablemente mi mente repasó rápidamente su usual forma de actuar, su actitud frívola y sinsentido que en el fondo pretendía transmitir algo totalmente diferente a la realidad. ¿Y si se trataba de eso? Posiblemente, Levi estuviera cargando con muchas más cosas de las que podía. En consecuencia, sufría en soledad porque así me lo estaba indicando él, así lo hacía yo. Muchas veces resultaba bastante más llevadero impedir que otros se involucraran en los asuntos personales de una misma. No solo para proteger a los demás, sino para evitar recibir nuevas decepciones que resquebrajaran algo que intentaba sanar.
A aquellas alturas había olvidado por completo la razón de haberme enfadado con él. Mi mente se encontraba lejos de allí y lo único que quedaba era mi cuerpo retenido entre aquellos fuertes brazos. Y ante mí, un hombre que continuaba en silencio. Debatiéndose internamente. Buscando algún tipo de apoyo en mí. Mentiría si dijera que no era consciente de mis actos, si negara conocer las consecuencias de apresurarme a acariciar su mejilla con cariño, repasando con mi pulgar sus pómulos. Aquel pequeño gesto activó un mecanismo que rompió por completo la barrera que nos distanciaba, su efecto fue inmediato: Levi abrió los ojos de par en par sorprendido y en menos de un segundo aprisionó mis labios con los suyos.
Ahí fue cuando supe con certeza que todo aquel tiempo de indecisión debía haber estado resistiéndose a atrapar mis labios. ¿Qué otra cosa podrían significar la desesperación, la necesidad y las ganas con las que me besaba? Sin embargo, desconocía la causa exacta. Se abalanzó sobre mi volviendo a colocarme contra la pared y eliminando todo espacio existente entre nuestros cuerpos. Sus manos que habían permanecido en mi espalda bajaron hasta mis muslos al descubierto para acariciarlos con delicadeza y con ganas, como si llevara tiempo esperándolo. El ritmo de nuestros besos aumentaba considerablemente dejándonos sin aire a ambos pero ninguno parecíamos tener la intención de detenernos. Entonces, un cosquilleo recorrió mi vientre cuando Levi comenzó a repasar mis labios una y otra vez con la punta de la lengua en un intento por preguntarme si podía profundizar aquel beso.
Y yo no me negué. Tampoco tuve la capacidad suficiente para rechazarlo porque en realidad en aquel momento ni siquiera recordaba dónde estaba o qué hora era. Cada caricia de Levi, cada beso, cada suspiro ahogado, cada ruido que producíamos con el roce de nuestras bocas me hacían estremecer, me hacían desear más. Quería descubrir todo lo que aquella sensación tan placentera podía ofrecerme. Esa fuerte atracción me obligaba a seguir conectada a él y a dejarle hacer lo que quisiera conmigo. Por eso, incapaz de resistirse por más tiempo e interpretando mi silencio a su favor, Levi encontró la manera de hacerme abrir mis labios y permitirse explorar el interior de mi boca. El beso se intensificó requiriendo cada vez más, exigiendo más el uno al otro, produciendo pequeños gemidos que escapaban de tanto en tanto por la falta de aire. Todo porque nos negábamos a alejarnos del contrario. Me acomodé entrelazando mis brazos alrededor de su cuello para posar mis manos en su nuca y tener mayor acceso a él. Por su parte, Levi no dudó en colocar una de sus piernas entre las mías para aumentar el roce entre nuestros cuerpos.
Continuamos explorándonos el uno al otro hasta que inevitablemente me concentré en mi corazón, en la adrenalina que activaba mi cuerpo de aquella forma tan inusual, en los escalofríos que repentinamente se volvieron calambres y que comenzaron a acumularse en mi pecho para después llegar hasta mi cabeza y producirme un fuerte pinchazo. Sin darme cuenta de lo que hacía, volví a posar las manos en el pecho de Levi para empujarlo hacia atrás y apartarlo de mí con demasiada brusquedad, ya que algo no iba bien. Acto seguido, ante una mirada sorprendida que apenas pude contemplar el tiempo suficiente, me masajeé las sienes en un inútil esfuerzo por detener aquel dolor punzante. Dejé de tener control sobre mi cuerpo y éste se deslizó por la pared hasta quedarse de cuclillas. Levi me llamaba con desesperación, pero aunque me alzara en sus brazos y me apretara contra su propio cuerpo yo ya estaba muy lejos de allí. Pronto, dejé de ser consciente de lo que me rodeaba. En contra de mi voluntad tuve que dar la bienvenida a la oscuridad que tanto me alegró dejar atrás. Solo pude desear que en aquella ocasión no me arrebatara todas mis emociones. Que no me acunara para hacerme creer que permanecer allí era lo correcto.
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¡Holaa! ¡Cuánto tiempo! Sé que mis disculpas no servirán de nada, no tengo perdón. Sin embargo, he andado tan ocupada que casi no he podido ni respirar. También debo decir que estoy muy poco inspirada con esta historia, aunque tengo intenciones de acabarla. Por algún motivo no tengo la misma ilusión que cuando la empecé, pero no os preocupéis que no voy a dejarla a medias y estimo que en cosa de 2 capítulos más terminará.
No tengo ni idea de si os habrá gustado este tercer capítulo o de si habrá cumplido vuestras expectativas. Hay fragmentos que se me han hecho un tanto pesados y me han quitado toda motivación. No obstante, me moría de ganas de llegar a la última parte del fanfic y esperar vuestras reacciones. Creo que la historia ha dado un pequeño giro inesperado y me da la sensación de que lo que ocurra en el siguiente capítulo os podría gustar incluso más. Ya me contaréis qué os ha parecido. Debo decir que me ha llevado cerca de dos horas retocar la parte del beso porque quería plasmar la tensión entre ambos y la necesidad de Levi. ¿Tenéis alguna idea de cuáles podrían ser los tormentos de Levi? ¿Qué creéis que pasará con Mikasa?
Ahora que he sacado algo más de tiempo intentaré avanzar con los fics pendientes, y tendré que dejar para más adelante las nuevas ideas que se me van ocurriendo. No me gustaría empezar nuevos proyectos y publicar de forma tan pausada. No sería justo tampoco para quienes me leéis y para quienes seguís ahí. Me centraré sobre todo en este fanfic, a sabiendas de que le queda poco para acabar y también porque estoy deseando terminarlo de una vez y pasar a otros rivamika que también os podrían gustar.
Mil gracias por todo el apoyo que me dais, os estoy enormemente agradecida por vuestras palabras y por seguir ahí a pesar de mis ausencias. ¡Nos vemos pronto! ^^
