Hola!
Resulta que el internet no me dejaba actualizar y he estado todo el día viendo tele con mi mamá así que no había mirado el computador jajajaja.
Espero disfruten este capítulo.
Quiero decirles que es un placer escribir para ustedes y aunque sé que últimamente me he tardado, pues las cosas no están fácil entre mi trabajo, la casa y tantas cosas… bueno, no les aburro más…
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Disfruten la lectura :*
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DIARIO DE UNA ESPOSA TROFEO
CAPÍTULO III:
Colisión.
Abrió sus ojos con pereza en la mañana. Una parte de él no deseaba despertar aún. Justo cómo sospechó; estaba solo. No había nadie más que él en aquella habitación. Su cama, no la recordaba tan grande como en las últimas noches. Observó con pesar la pantalla del teléfono. Una fecha se vislumbraba en ella; 10 de Septiembre. Había transcurrido ya un mes desde que Nathalie le había pedido el divorcio.
─Esto apesta… ─susurró sentándose al borde de la cama.
Su habitación era un desastre. La noche anterior había estado tan enojado tras leer las páginas siguientes del diario que lo único que consiguió hacer para calmar su ira fue destrozar todo lo que estaba en aquella recamara. Todo lo que le recordaba a ella, las flores en el buró, las piezas de cerámica que estúpidamente le había comprado en cada viaje que hacía solo porque sabía que a ella le gustaban y quebró el cristal de cada portarretrato sobre las mesas.
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Viernes 25 de Enero del 2007.
Han transcurrido ya tres meses desde que Cleo se fue a Australia. Todo lo que sé sobre él me lo comenta su mamá en nuestras conversaciones diarias. Es divertido hablar con Andrea, supongo que en el fondo siempre quiso una hija mujer con la cual hacer cosas de chicas porque siempre me pide acompañarla a tomar su té, o a alguna de sus aburridas reuniones con mujeres de la alta sociedad.
Lo gracioso de esas reuniones es que una vez quedamos solas ella comienza a comentar sobre cada una de ellas. Lo mal que viste una, lo descarada que es la otra, cuantos kilos se quitó aquella con liposubción o cuantas tallas se ha aumentado de busto la que no vino hoy. Claro, siempre dice estar segura de que ellas también se quedaron escudriñándonos en cuanto nos fuimos.
La universidad comienza a resultarme interesante. Tal parece que mi problema con las matemáticas en la escuela se debía a no prestar atención por estar dibujando, pero, en cuanto me enfoco en el pizarrón en la clase de matemática financiera, termino incluso apoyando las explicaciones de la profesora al hacer ejercicios en la pizarra.
Lunes 15 de Febrero del 2007.
Fue un día interesante el de ayer, la verdad no tuve tiempo de escribir.
Pensé que me quedaría todo el día en el hotel a estudiar pero recibí una llamada inesperada, muy inesperada. Después de tantos meses sin hablarme, Julien me invitó a salir.
El día en que se celebra el amor y la amistad. No podía imaginarme celebrándolo con alguien más. Obviamente al irme, -en horas del mediodía-, ya había recibido el regalo de Cleo; otro peluche de gran tamaño, esta vez un león, un arreglo floral tan grande que lo metieron al recibidor de mi suite entre dos personas, incluso me costó tomar la tarjeta, que no decía nada importante solo el "Feliz San Valentín" pre-impreso y desde luego una diadema con brillantes, según Sabino, diamantes.
Dejé aquella prenda en el armario que a pesar de ser una habitación entera comenzaba a hacerse pequeño y tras asegurarme de que Madame Andrea no se molestaría conmigo subí a la limosina, aquella que Cleo me había regalado, tapizada de flores por dentro y con el suelo como un espejo y partí. Fue la única condición impuesta, que me fuera con el chofer.
Recuerdo perfectamente la cara de Julien cuando bajé el vidrio del auto para invitarlo a subir. Estoy segura que pensó devolverse, pero al final aceptó.
Hola ─saludé sonriendo al correrme para hacerle espacio.
Hola, ¿Cómo estás? ─Preguntó sonriente. Extrañaba tanto esa sonrisa.
Bien, de maravilla ─respondí, tirando nerviosa del borde del vestido que llevaba puesto─. ¿Qué hay de ti?
No me quejo, es bueno verte de nuevo ─se acercó, como si estuviese buscando que estaba mal en lo que se encontraba frente a él, en mí─. Te vez diferente.
¿Yo? Para nada ─respondí usando el fleco sobre mi cara para esquivar su mirada─. Mejor dime, ¿qué quieres hacer?
No lo sé, ¿qué quieres hacer tú? ─Preguntó alejando mi cabello de mi rostro─. Podemos hacer lo que tú quieras.
Aquellas palabras bastaron para que comenzáramos a recorrer la ciudad de París. Nos detuvimos en la torre Eiffel y subimos a lo más alto, todo con la idea de observar calmadamente el atardecer. Era lindo estar en ese lugar. Había muchos turistas, de hecho, el mirador más alto de la torre estaba repleto. Me asomé al barandal y él se detuvo detrás de mí, marcando una barrera entre la multitud y yo. Eso fue tan lindo y romántico de su parte.
Nunca pensé que pasar una tarde junto a Julien pudiera hacerme sentir tan feliz. Somos amigos desde hace mucho pero, siempre estábamos los tres; Ross, él y yo, esta fue la primera vez que salimos juntos, los dos, solos. Cuando decidimos bajar, había mucha gente en espera del ascensor, así que nos colamos en dirección a las escaleras de emergencia.
Si tienes miedo, solo dímelo ─pidió con una sonrisa en sus labios, sujetando mi mano.
Lo negué en el acto pero, la verdad si tenía miedo, y mucho. Las escaleras eran seguras, pero seguían luciendo peligrosas. Sin embargo, su mano sujetando la mía, mientras bajaba delante de mí me hizo sentir protegida. Lo único que deseaba era que aquello durara para siempre, que las escaleras no terminaran nunca.
Salimos por la parte de atrás, para escabullirme de mi chofer, podíamos de esta manera dar una vuelta, caminando por el pasto. Era tan lindo, las luces iluminaban los árboles y aunque ya no estábamos en la escalera, él seguía tomando mi mano.
Julien…
Nath, ¿quieres subir? ─Preguntó señalando la rueda de la fortuna.
Estábamos en el punto más alto de La Gran Noria de la Plaza de la Concordia. Podía ver a la perfección la hermosa torre Eiffel y otras de las arquitecturas que atraían a miles de turistas de todo el mundo a nuestra ciudad, como el Louvre, el Jardín de las Tullerías y otros pero mis ojos se desviaron de los Campos Elíseos para mirar a la persona que sostenía mi mentón frente a mí.
Julien…
¿Te dije alguna vez que siempre me pareciste la chica más linda que he conocido?
No, creo que no lo hiciste en realidad.
Pues lamento no haberlo hecho ─la noria se movió un poco y quedamos en la cima─. Dime, Nathalie, ¿estás enamorada de Cleo?
No me preguntes algo como eso, por favor ─pedí liberando mi rostro de sus manos─. Él será mi esposo en unos años y está bien de esa manera.
Lo siento, pero no concibo la idea de que te cases con alguien como él.
Tú no sabes nada de él. En realidad, aunque no lo creas, es amable conmigo, a su manera, por ejemplo, me compra todo lo que quiera, aún sin pedirlo.
Entonces, te llena de oro y diamantes y está todo bien, ¿aun cuando no lo quieres?
Él tampoco me quiere, así que está todo bien ─respondí con altanería, cruzando mis brazos.
Solo Cleo y yo sabíamos la verdadera razón por la que cada uno aceptó cargar con esto a cuestas y no podía aceptar que nadie, ni siquiera Julien opinara al respecto. Aunque entendía a qué se refería. Estaba cambiada, físicamente al menos. Mi cabello estaba creciendo lentamente, llevaba tacones y un vestido acampanado sobre las rodillas, maquillaje y uñas postizas finamente decoradas y mejor ni me atrevía a calcular el valor en euros de los accesorios que Andrea me había regalado en navidad y estaba usando.
No supe cómo o en qué momento pero recuerdo que sus labios estaban sobre los míos y sus manos aprisionaban mi rostro, manteniéndome junto a él, impidiéndome liberarme. Julien me besó, me besó de una manera tan dulce y a la vez apasionada que no pude evitar corresponderle. No pude evitar dejar de pensar y perderme en sus labios. Se sentía tan bien que me sentí mal.
Sin embargo, aunque me alejé, aunque me solté de él y recobré la distancia, el pensar que probablemente Cleo estuviese haciendo cosas peores en Australia disminuyó mi pesar. Así que me dejé llevar. Lo besé. Besé a Julien y se sintió tan bien poder hacerlo.
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Se levantó de la cama. Sentía las piernas y todo el cuerpo pesado. El dolor de cabeza era fastidioso pero le restó importancia. Caminó hacia la cómoda y suspirando la tomó, tomó en sus manos aquella fotografía. No podía evitar verla. Siempre que discutía con Nathalie, terminaba viendo esa "estúpida" foto.
─¡Papá, papá! ─Se giró al escuchar aquella voz.
─Espera, Galilea, no hagas ruido, tu padre debe estar durmiendo.
─Nathalie… ─susurró, acercándose a la puerta. La cual había dejado abierta la noche anterior.
─¿Cleo…? ─Llamó golpeando la puerta.
─¿Qué quieres? ─Preguntó recostado a la puerta, con la foto aún en manos.
─Traje a Galilea ─dijo con los ojos en la niña, quien ya había comenzado a desordenar todo a su alrededor─. Se supone que acompañe a tu madre a la conferencia de hoy.
─¿Hoy, por qué?
─¿Puedes abrir al menos? ¡Galilea, deja eso! ─Tomó la estatuilla de vidrio en manos de la niña y volvió a la puerta con ella en brazos─. Hoy es la subasta de Save The Children. Tengo que estar en el Louvre en media hora, ¿puedes abrir la puer…?
La puerta se abrió y ella enmudeció. No lograba ver demasiado, a causa del cuerpo de él mismo y las luces apagadas pero, algo lograba ver del desastre que allí había.
─¿Qué haz…?
─Me mudaré al hotel esta tarde ─dijo interrumpiéndola─. Esta casa, la compré cuando nació Galilea porque querías que creciera en una casa como una persona normal, no en un hotel, así que, quiero que regreses a este lugar con mi hija. Entiendo perfectamente que no me quieres aquí y de todas maneras, los papeles de esta casa han estado siempre a tu nombre. Ya le pedí a Sabino que la deje fuera del papeleo relacionado a la separación de bienes.
─Yo no.
─Lo he estado pensando, Nathalie y está bien, si quieres que nos divorciemos, entonces, será de esa manera. Yo, he hecho lo posible, pero no puedo retenerte a la fuerza ─ella no respondió nada, solo guardó silencio─. Le había dado el día libre a Clairé, la llamaré para que venga y ordene este lugar. También ordenaré que traigan tus cosas y las de la niña de casa de tu padre aunque, la mayoría de ellas continúan aquí.
─¿Intentas hacerte la victima? ─Preguntó frunciendo el ceño─. Estoy cansada de esto, Cleo, vienes, me convences, haces una tontería, me enojo y luego vuelves, diciendo que todo lo haces por Galilea y por mí y entonces… entonces… yo vuelvo y estúpidamente te creo todo y te perdono y no… estoy cansada, Cleo. ¡Yo no…!
─Tienes que irte, se te hace tarde ─pidió arrebatándole la niña. Entregándole en su lugar la fotografía que tenía antes─. Para cuando vuelvas, seré yo quien me vaya de esta casa. No quiero vivir un día más en este lugar. Con… tus estúpidas cremas en el baño, usando tú estúpido shampoo de mujer, con tu detestable perfume inundando la que era nuestra habitación, chocando a cada instante con los muebles que tú escogiste, la decoración que tú querías, los estúpidos cuadros que tu deseabas tener y… con tus fotografías por todas partes.
─¿Mamá…? ─Los ojos de Nathalie finalmente se habían desbordado en llanto─. ¿Por qué llora? ─Se alcanzó a entender en sus diminutos labios.
─No estoy llorando, cariño ─le tomó las mejillas y le besó la frente─. Se buena niña, vendré luego con la abuela, ¿sí? Te traeremos un rico brownie de los Dupain Cheng, ¿vale?
─Está bien, mami.
─Hasta luego, Nathalie.
─Hasta luego, Cleo ─salió de la habitación, dejando la fotografía boca abajo en una mesa cerca de la puerta.
Aquella fotografía que les había sido tomada en pleno baile nupcial. En el tradicional baile de los novios.
No hubiese esperado, en un millón de años que él le dijera eso. En ese punto, realmente no sabía que sentir o pensar. Muy en el fondo, tal vez, precisamente estaba esperando eso, que él la buscara, le pidiera continuar y todo siguiera igual.
Por primera vez en un año, deseaba no tener que manejar.
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Hacía poco más de un año desde la partida de Cleo a tierras Austriacas. De hecho, era la segunda navidad que llegaba desde esa fecha y con todo el entusiasmo que podía tener, empacó algunas de sus pertenencias para abordar un vuelo con destino a Sydney. Habían llegado a un acuerdo. Andrea tendría que viajar a Roma para esas fechas y ellos pasarían las navidades juntos en aquel continente.
Ella respiró profundo. Estaba nerviosa. No es que precisamente le emocionara el verse con él, simplemente, sabía que cualquier mínimo error que hubiese cometido al escoger su atuendo o cualquier desperfecto en su maquillaje no pasarían desapercibidos por esa persona.
Un sonido avisó que el jet finalmente había aterrizado a la perfección en el aeropuerto internacional y uno de los empleados se acercó para invitarla a bajar. Cómo se había imaginado, Cleo no la fue a esperar. De hecho, no fue hasta el día siguiente que lo vio, precisamente la noche de navidad.
─Buenas noches ─saludó al acercarse a la mesa en la terraza de la habitación.
─¿Eh? ─Se sorprendió un poco pero de inmediato sonrió─. Hola, Cleo, cuanto tiempo.
─Sí, cómo sea, ¿qué pasó con la comida? No tengo todo el día.
─No la han traído porque estaban esperando tú llegada ─respondió guardando el cuaderno bajo la mesa, acomodándose en el asiento.
Su respuesta fue una llamada. La cena llegó con prisa y en pocos minutos se encontraron cenando. Estaban solos y el silencio no era menos que incomodo entre los dos. Normalmente hubiesen estado con Andrea, así que ella se hubiese encargado de iniciar todas y cada una de las conversaciones que pudieran tener, pero lo único que se escuchaba en aquella terraza era el metal contra el vidrio mientras usaban los cubiertos para comer.
─Y… ¿qué tal tú año? ─Preguntó intentando romper el hielo.
─La escuela es aburrida, cómo se supone que lo sea y fuera de eso no pasó nada interesante.
─Ya veo… pe-pero… ¿Hay algo de lo que quieras hablar?
─No ─respondió sin dudar, levantándose al terminar de comer─. Ponte algo mejor. Iremos a una discoteca.
─¿Una discoteca?
─Sí, ¿nunca has ido a una? ─Ella solo negó usando su cabeza─. No puedo creerlo, que patética ─suspiró y observó el teléfono─. Date prisa, quiero llegar cuanto antes.
No le agradaba la idea, algo dentro de ella no se sentía bien con aquella decisión. No es que no quisiera salir del hotel. Simplemente no le llamaba la atención ir a ese tipo de lugares. Tal vez podía sentir que en ello influía el hecho de que desde los quince años había estado bajo la tutela de Andrea Bourgeois. Podía escapar en algunas ocasiones, salir del hotel con sus amigos o ir a algún lugar al que quisiera pero, ese tipo de lugares estaban completamente fuera de la lista.
Home era uno de los clubes nocturnos más conocidos y populares de Sydney, con DJ's en vivo y gran variedad en las mezclas, pero, no tuvo demasiado tiempo para observar todo el lugar. Una vez que se bajó del auto fue halada por Cloe hasta una zona VIP dentro del local.
─¡Cleo! ─Fue lo único que le entendió decir a un joven que les hacía señales con su mano.
─¿Cómo está el ambiente? ─Preguntó el rubio, haciendo uso de su estudiado y perfeccionado inglés.
─Increíble ─respondió el otro─. Pensé que no vendrías, con eso de que te habían mandado vigilante.
─No seas imbécil, yo hago lo que se me venga en gana, cuando se me venga en gana ─se quejó cruzado de brazos.
─¿Cleo, de qué están hablando? ─Inquirió la pelirroja colgada de su brazo.
─Así que no habla inglés ─el Australiano se acercó. Era alto, con brillantes ojos verdes y cabello rubio─. Tú debes de ser Nathalie ─habló recurriendo a su poco usado francés─. Es un placer conocerte, mi nombre es Andrew.
─Igualmente… ─respondió nerviosa.
─Ya, suficiente amabilidad de tu parte, Andrew ─gruñó Cleo usando su brazo como barrera entre Nathalie y su compañero de clases.
La música era estridente y no entendía nada de lo que aquel grupo conversaba. Había tantas personas dentro del salón que apenas había conseguido una silla para anclarse al mundo.
Memorizó el orden en que los colores aparecían y desaparecían, inundando aquella sala y haciendo parecer que las personas se movían en cámara lenta. En algún momento había perdido de vista a Cleo, a Andrew también, no conocía a nadie, ninguna de las personas que se le acercaba, había entendido que varios estudiaban con Cleo pero, fuera de Andrew, nadie se había atrevido a hablarle o presentarse.
─¿Cleo…? ─Se levantó, decidida a buscarlo, ya pasaban de las once de la noche y estaba cansada. No le gustaba el alcohol y no estaba dispuesta a beber en ese lugar, solo quería volver al hotel y dormir una vez que pasara la media noche.
─Cleo, don't! ─Escuchó aquel grito, saliendo de los labios de una chica y se acercó tan rápido como pudo.
─¡Cleo, que bueno que…! ─sus ojos se expandieron y sus labios dejaron de pronunciar palabras a pesar de seguir abiertos.
─Nathalie…
─Yo… ─retrocedió─. Permiso ─susurró perdiéndose entre la multitud.
─Creo que… no deberías estar en este lugar ─escuchó aquella voz a su espalda y se giró.
─Quiero irme a casa… ─bajó la cabeza. No quería admitirlo, aquello no debía afectarle, además, debió imaginarlo, ya lo había visto una vez, seguramente lo volvería a hacer, debió esperar que así fuera─. Buscaré un taxi…
─Espera… si quieres puedo llevarte ─ofreció tomando su mano.
Una tenue sonrisa se dibujó en sus labios y se dejó guiar lentamente hacia la salida de aquel salón. No entendía por qué, pero la necesidad que sentía por llorar era cada vez más grande dentro de su pecho.
─¿A dónde crees que vas? ─Preguntó Cleo tomándola del brazo. Alejándola de su compañero de un tirón.
─A un sitio en el que no pueda verte ─contestó mirándole directamente a los ojos.
─No lo creo, no irás a ninguna parte hasta que yo lo haga, ¿lo olvidas? Se supone que pasaremos la noche buena juntos.
─Tú estás perfectamente acompañado.
─¡Por favor! Solo estaba saludando a una amiga que me encontré. No tienes que hacer tanto drama.
─Me voy ─insistió volviendo a tomar su camino hacia la salida.
─¡No te vas a ir he dicho! ─Gritó apretando su brazo.
─¡No quiero estar en este lugar! ─Espetó intentando soltarse.
─¡No me interesa si es lo que quieres o no! ─Respondió tirando con más fuerza de su muñeca─. ¡Tú eres mi mujer y haces lo que yo te diga!
─¡Cleo!
─¡Cállate! ─Gruñó con el ceño fruncido─. Te vendiste a mí, ¿lo olvidas? Eres de mí propiedad. Una simple posesión, un objeto, sin valor alguno.
Las lágrimas se escaparon lentamente de sus ojos a la vez que un puñetazo hacía eco en el preciso momento en que aquel lugar había quedado en silencio.
─Andrew… ─retrocedió y el austriaco acarició su propio puño.
─Y a ti… ¿quién te pidió meterte? ─Preguntó Cleo sobando su mentón.
─Nadie, pero estás actuando como un idiota.
─Tú no sabes nada, así que no te metas.
─Por lo visto, tú tampoco ─se alejó lentamente, dejándole solo entre el mar de gente que le rodeaba.
Apretó los puños. La había perdido de vista. No sabía dónde estaba, pero tenía que encontrarla, así que juntó todas las fuerzas que tenía en su interior para buscarla, porque de no hacerlo, probablemente su madre se enojaría, después de todo, Nathalie no conocía la ciudad.
─Te encontré ─dijo con las manos en los bolsillos, apoyando su espalda en la baranda de seguridad al borde del océano.
─¿Vienes a culparme por lo que hizo ese tal Andrew?
─Sí, es más que obvio que fue tú culpa, si no hubieses comenzado tu acto de la víctima como siempre, no hubiese pasado nada ─ella no respondió, continuó en silencio. Sentada en el suelo, recostada al barandal de seguridad─. Por cierto, ¿qué haces de ese lado? Es peligroso.
─No importa…
─Sí, importa ─saltó aquella valla de seguridad y se sentó junto a ella─. No entiendo por qué te molestas si al final de cuenta esto está arreglado.
No hubo respuesta.
─Nathalie, te estoy hablando.
─Mi mamá…
─¿Qué pasa con ella?
─Acepté por ella.
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*-Continuará…-*
Les cuento que, el Club Home existe realmente en la ciudad de Sydney y es de los más populares, incluso se ganó 3 estrellas, además, en google maps pueden tener una vista del muelle y el camino al borde del mar que está justo afuera de esta y los edificios consecuentes… en realidad es tan hermoso que ya me dieron ganas de ir :v jajajja
Gracias por leer y los reviews!
Besos~~ FanFicMatica :*
