9204 palabras...
De verdad sobrepaso mis propias expectativas a veces….
¡Hola!
Bienvenidos a un nuevo capítulo de Diario de una esposa trofeo.
Les contaré algo gracioso.
El capítulo lo comencé a escribir luego de publicar #10ReglasSobreLosGatos, pero, bendita mi suerte que se me desconfigura el office :'v así que tuve que parar hasta conseguir otra vez el office, volverlo a instalar y bueno, acá está finalmente.
Espero disfruten el capítulo.
Lo hice extra largo por el regreso y les traigo un pequeño juego.
Comenten donde está la palabra Hipocrecía a lo largo del capítulo y se ganaran una foto de mi gato Chatón :v jajaja
Cómo siempre; ¡Siganme!
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Quiero decirles que pronto hare cambios en mis redes, así que si me siguen, podrán estar al tanto de mi trabajo, no solo cómo escritora, sino de otras cosas que les contaré luego :*
Estoy planeando varías cosas y espero, o, mejor dicho, sé que contaré con el apoyo de ustedes.
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DIARIO DE UNA ESPOSA TROFEO
CAPÍTULO VII:
Hipocrecía.
El viaje del hospital a casa había sido tranquilo, nada del otro mundo. El auto se detuvo en la puerta para dejarlos bajar y una vez que estuvieron fuera de este, el chofer fue a cumplir con su trabajo y guardarlo.
―¿Estás bien? ―Preguntó Nathalie sujetando la mano de Chleo―. Puedo ayudarte si así lo quieres.
―Estoy bien ―respondió apoyando su mano en el hombro de la pelirroja―. Solo estoy algo débil por los medicamentos, no es que vaya a caerme subiendo los escalones de la entrada.
―Lo sé, solo quiero ayudarte. No seas tan amargado ―rodó los ojos y se adelantó, acercándose a la niñera personal de Galilea para tomarla en sus brazos.
―Espera ―pidió Chleo y se volvió a verle―. No quiero que estés enojada, solo, no estoy tan mal cómo crees.
―Está bien, Chleo, entremos ―pidió sujetando con firmeza a la niña―. Aunque estés bien, debes cumplir con tu reposo. Fue orden del doctor.
Él no respondió nada, no tenía fuerzas para hacerlo. En el fondo si se sentía terriblemente mal, pero él, y su mala costumbre de hacerse el valiente no le permitían admitirlo con tal facilidad.
Subió las escaleras a la entrada tan rápido como pudo. Una vez dentro, ella se fue con la niñera, entre todo el trámite para el alta y otras cosas, habían llegado prácticamente cayendo la noche, y aunque faltaba para la hora de dormir de la pequeña, se había dormido en el camino.
Aprovechó la soledad para ir lentamente hasta el recibidor y recostarse en el sofá. Encendió el televisor y justo cuando se estaba relajando con las noticias vio cómo el aparato fue repentinamente apagado.
―¿Qué estás haciendo? ―Preguntó una voz de pie tras el sofá y solo giró el rostro para mirar hacia arriba y enfrentar los ojos turquesa que le miraban.
―Veo tele ―respondió con obviedad.
―No lo digo por eso ―dio la vuelta alrededor del sofá, llegando frente a Chleo―. Vamos, tienes que guardar reposo ―dijo tomando sus manos, tirando de él para obligarlo a levantar.
―Estoy reposando.
―No seas terco ―tiró de él una vez más y comenzó a levantarse.
―Honestamente, prefiero el sofá que la habitación de huéspedes. Odio esa habitación. Desde el color de la pared hasta las lámparas de mesa. La odio.
―Lo sé, Chleo. No pienso llevarte a la habitación de huéspedes ―sonrió mientras prácticamente lo empujaba escaleras arriba.
―¿Ah no? ―Preguntó Chleo, deteniéndose en el descanso de la escalera, dando la vuelta para encararla―. ¿Dónde me lleva entonces, Sra. Bourgeois?
―No me llames así, ―rio desviando la mirada y lo empujó para que continuará subiendo.
―¿Prefieres que te llame cariño entonces? ―sintió el golpe de dos dedos en la parte de atrás de su cuello y rió―. Ya, solo bromeo.
―Eres un idiota.
―¿Sabes algo? ―Preguntó girándose a mitad de la escalera―. Aun no entiendo por qué te molesta tanto que te llame cariño.
―Y yo no entiendo cómo te atreves a preguntarlo ―pasó por su lado y prácticamente corrió hasta el final de las escaleras―. Date prisa, cariño.
―No, tú no lo hagas ―exigió y comenzó a reír sujetándose de las escaleras.
―¿Por qué no, cariño? ¿Qué tiene de malo, cariño?
―¡Nathalie! ―empezó a reír y finalmente siguió su camino por el pasillo―. ¿Por qué esta casa es tan grande?
―No es grande, lo sientes así porque prácticamente no pasas mucho tiempo aquí.
―Venía a dormir cada noche.
―No mientas, no venías cada noche.
―Cada noche que estaba en París sí, y eso no puedes negarlo ―dijo alcanzándola y ella abrió la puerta.
―Recuéstate. Le pedí a Sara que te traiga la comida a la habitación.
―Cómo usted ordene, madame, ―llevó la mano extendida a su frente, simulando el saludo militar―. ¿Qué haces?
―Voy a ducharme ―respondió con normalidad mientras él la miraba abrirse la camisa frente a su peinador―. No me mires así, ni que fuese la primera vez que me quito… es mi habitación, ¿sabes?
―Pero… olvídalo ―se lanzó boca abajo en la cama y cerró los ojos, quería dormir.
El cansancio era tal que no pudo evitar caer en los brazos de Morfeo inmediatamente. Pasaron unos pocos minutos y escuchó un golpe en la puerta. Sus ojos se abrieron de prisa. Despertó aturdido y algo agitado. Se sentó para aclarar su mente y el golpe en la puerta se escuchó de nuevo.
―¿Quién es? ―Preguntó levantándose lentamente de la cama.
―Soy Sara, señor. Traigo su cena.
―Pasa Sara ―fue la voz de Nathalie la que resonó.
―Permiso ―dijo la mujer. Era de una edad mayor que los jóvenes, de baja estatura y una mirada amable en su rostro.
―Gracias, Sara ―dijo Nathalie tomando la bandeja en sus manos, aún envuelta en su bata de baño―. En la habitación de Galilea, sobre su cómoda dejé los papeles del hospital, ¿puedes dejarlos en mi despacho antes de irte a dormir? Galilea ha de estar aún despierta y si me ve no querrá dormirse.
―Está bien, señora.
―Te he dicho que solo me llames Nath, tienes años conmigo y de verdad, mi vida sería un infierno sin ti.
―Feliz noche ―dijo la mujer despidiéndose.
―La vida de todas las mujeres es más fácil con empleada doméstica ―comentó Chleo desde la cama.
―Eso fue tan machista de tú parte ―se acercó con la bandeja y se la entregó―. Come todo y no quiero quejas.
―¿Por qué me iba a quejar?
Al momento en que probó la comida comenzó a renegar sobre lo mal que sabía, lo insípida que era y cómo intentaban matarlo de mal gusto. A pesar de sus incesantes quejas, tuvo que comer cada bocado mientras Nathalie se alistaba para dormir. Secó su cabello, se encerró algunos minutos en su vestidor y salió con el pijama. Se aseguró de que hubiese comido todo, dejó la bandeja sobre la mesa junto a la puerta y se sentó de su lado de la cama, observando a Chleo.
―Bien, gracias por comer todo, sé que es una comida horrible, pero es por tú propio bien.
―Sabe a comida de hospital ―fue lo último que comentó antes de caminar pesadamente al baño.
―Qué exagerado, pero igual ibas a comer eso en el hospital, al menos estas en casa ―no recibió respuesta―. Deja la puerta abierta ―pidió Nathalie observando su teléfono.
―¿Piensas espiarme? ―Preguntó asomándose desde la puerta del baño―. Puedes acompañarme si quieres.
―No gracias, conozco perfectamente lo que tienes y no es nada sorprendente, querido ―respondió sin despegar sus ojos del teléfono.
―¡Es en estos momentos que prefiero a la Nathalie callada! ―Gritó desde el baño y ella rió por lo bajo sin responder nada.
Pasaron unos pocos minutos y él salió, caminó al vestidor y cómo solía hacer, tomó solo el bóxer y con el puesto salió. Su paso era lento, pero se mantenía erguido. No admitiría que se sentía realmente débil, al menos, mientras pudiera evitarlo. Dejó la toalla en el suelo, bajo la mirada acusadora de Nathalie y se volvió a sentar donde antes estaba.
―¿Vez por qué necesito una empleada doméstica? ―Dejó el teléfono a un lado y se levantó para coger la toalla del suelo y llevarla al baño.
―Oh, discúlpeme, señora empoderada, mamá luchona que trabaja, atiende al marido y le paga a la sirvienta, todo ella sola.
―Eres un idiota ―dijo riendo mientras se acercaba hasta sentarse en el borde de la cama, al costado de Chleo―. Espero que mañana cuando tengas que volver a comer tu comida de hospital tengas el mismo buen humor ―estiró la mano hasta ponerla sobre su cabeza y revolverle los cabellos humedecidos―. Descansa Chleo, aunque la comida sea fea, al menos podrás dormir en tú cama, en tú casa, feliz noche.
―Pensé que era tu casa y tu cama ―respondió inclinándose hacia el frente, acercándose a ella.
―No lo creo así, pero creo que no es momento para discutir eso ―miró al frente guardando silencio.
―Nath…
―Tienes que mejorar tu salud ―él calló―. No se trata de mí, ni siquiera de ti, se trata de Galilea y lo sabes. Eres su padre y te necesita sano.
―Lo sé ―tiró de su brazo, obligándola a acercarse―. Estoy cansado, vamos a dormir, ¿sí?
―Sí ―se apoyó en la cama, levantándose―. Descansa. Si necesitas algo me llamas por el teléfono. Estaré en la habitación que odias.
―Espera, ¿no vas a dormir aquí?
―¡No! ―Volvió a sentarse―. Es decir… no está bien, Chleo… lo que quiero decir es que te traje a casa porque necesito saber que estés bien para estar bien, pero, yo tomé una decisión y lo sabes, y…
―Solo te estoy preguntando si no pensabas dormir aquí, en ningún momento te dije ¿Nathalie, no vas a tener sexo conmigo?
―Tienes razón, lo siento. Estoy siendo inmadura. Solo trato de que esto no se sienta raro.
―Por el bien de Galilea, lo sé, también lo hago por ella.
Chleo se acomodó en la cama, cubriéndose hasta la cabeza con el cobertor cómo siempre hacía y aunque no la veía, pudo sentir cuando ella se levantó de la cama. Vio como el brillo de la luz dejó de atravesar sus sabanas cuando ella apagó el bombillo y finalmente escuchó la puerta abrirse para luego, con el sonido de un clic metálico saber que se había cerrado. Presionó sus parpados con sus manos y se giró, descubriendo su rostro para mirar al techo, aunque no lograba ver nada por la falta de luz.
Sintió un repentino peso apoderándose del otro lado de la cama.
―Buenas noches ―escuchó y sintió que por un segundo su corazón se paralizó.
―Buenas noches ―respondió más por instinto que por educación.
―Chleo…
―Nath… ―llamaron al mismo tiempo―. Tú primero. ―Sus ojos se habían adaptado ya a la oscuridad y podía distinguir un poco su rostro.
―¿Sabes…? ―Comenzó, moviéndose un poco sobre la cama, acercándose a él, acostada de lado, mirándolo―. Sé que las últimas semanas hemos discutido, hemos dicho cosas hirientes y hemos actuado con cierta inmadurez, ambos, pero… es extraño. No todo ha sido tan malo.
―¿Ah no…? ―Imitó la acción de Nathalie, acercándose más mientras sonreía―. He llegado a pensar que me odias.
―Eso no es cierto. Yo jamás podría odiarte. Eres el padre de mi hija. No importa qué pase, siempre tendremos que estar dispuestos a tolerar al otro. Habrá situaciones que lo exigirán.
―¿Cómo cuáles? ―Preguntó estirando su brazo por sobre la cabeza de Nathalie.
―No lo sé, cuando se gradúe de prescolar, la primaria, secundaria, preparatoria, la universidad, días de padres, bailes, presentaciones, no lo sé, cosas que hacen los niños en la escuela y obligan a los padres a ir a verlos.
―Lo dices cómo si tú nunca hubieses hecho esas cosas… ―Pudo escuchar un suspiro salir de los labios de Nathalie y deseó no haber dicho eso―. Lo siento…
―No te preocupes.
―¿De verdad no recuerdas nada de tu vida antes del accidente? ―Se atrevió a preguntar.
―Ya te lo he dicho. Solo sé que estábamos visitando a la familia de mi padre en Rusia y tuve un accidente y solo eso. Fue raro…
―¿Qué cosa? ―Preguntó sentándose sobre la cama, recostado al cabezal―. ¿Despertar y no recordar nada? ―Estiró su mano al velador, encendiendo la lámpara de mesa.
―No… en realidad eso no fue lo raro, porque al fin de cuentas no sabía que debía recordar algo ―imitó la acción del rubio, sentándose de la misma manera, abrazando una de las almohadas―. Lo raro fue escuchar a otras personas contarme mi vida. Pero una vida muy básica. Cosas muy simples.
―Pero, tu padre tenía una buena razón, ¿no?
―Sí, pero, a veces aún hoy quisiera saber quién era yo antes de ese día. No puedo evitar sentir muchas veces que no me conozco a mí misma.
―Tal vez, algún día recuperes algunos recuerdos…
―He perdido un poco la esperanza de que eso ocurra.
―Nath… ―estiró su mano hasta tocar los cabellos que caían por sus hombros―. No quiero que te enojes y salgas corriendo de la habitación, pero aun así, hay algo que quiero correr el riesgo de decirte.
―Bueno, es raro que a ti te de un ataque de honestidad, así que prometo no irme.
―Te amo… ―ella desvió la mirada al otro lado de la habitación y él se corrió, acercándose más a ella―. Y yo sé que tú a mí también, pero estás demasiado confundida por todo lo que ha pasado.
―Chleo… ―volvió a mirarle―. Sé lo que intentas hacer, y te pediré que por favor te detengas.
―No intento hacer nada ―respondió rosando suavemente la rodilla ajena con el dorso de su mano.
―Chleo, basta… ―pidió al sentir aquella mano girarse sobre su piel―. Por favor… Chleo… ―la mano del rubio estaba ya sobre su muslo y sentía sobre su cuello la respiración ajena, cálida y pausada.
―Eres demasiado hermosa… ―le escuchó susurrar en su oído para luego sentir un leve mordisco en el cartílago de su oreja.
―Chle… ―las palabras se cortaron en sus labios cuando una lengua rosó su cuello con sutileza.
Nathalie se mordió el labio inferior al sentir el camino de besos que descendía desde su cuello hacia su pecho. Casi podría contarlos, pero no se concentraba ni un poco en nada. Tragó saliva al sentir aquella mano invadiendo espacio entre sus shorts y la tomó con sus propias manos, buscando alejarla, pero siempre la había superado en fuerza.
Un sutil gemido escapó de sus labios antes de que fueran finalmente devorados. Podía sentir una mano en su entrepierna y la otra sujetándole el rostro. Podía sentir la lengua de Chleo entrar a su boca y cómo cada bello de su piel se erizaba a la vez que sus piernas por instinto se separaban lentamente.
Un pequeño mordisco en su labio inferior la devolvió a la tierra por una fracción de segundos y se sujetó de los hombros del enemigo para empujarlo, debía alejarlo, pero acabó girando su cuerpo para facilitarle el trabajo mientras se colgaba de su cuello. Lo sintió sonreír sobre sus labios y lo empujó suavemente, levantando su pierna para sentarse sobre él.
―Chleo… ―le llamó deteniendo el beso―. Mírame… ―le pidió sujetando su cuello, pero él continuaba con los ojos cerrados―. ¿Chleo…? ¡Chleo!
Lo sacudió un poco pero seguía sin reaccionar. Se maldijo a sí misma por haberle seguido el juego y aunque no respondía siguió llamándolo unos segundos más. Le apretó con fuerza mientras le llamaba al oído, se separaba y lo sacudía y tras el minuto más largo de su vida le vio levantar una mano, llevándola a su rubia cabeza.
―¿Qué pasó? ―Preguntó adormilado―. ¿Por qué estás llorando?
―Me asustaste… ―susurró aferrándose a su cuello y espalda mientras él solo llevaba las manos a la cadera ajena. Sujetándose de ella.
―Lo siento… no me siento del todo bien ―admitió y ella se hizo a un lado, ayudándole a acomodarse en su lugar nuevamente―. Lamento dejarte con las ganas.
―No seas idiota ―apagó la lámpara y apoyándose en la cama besó suavemente sus labios―. Solo duérmete, por favor.
Cuando el despertador sonó entendió que casi no había dormido en toda la noche. Respiró profundo y miró a su costado. Él aún descansaba.
No pudo evitar que los recuerdos de lo ocurrido volvieran a su mente. Si Chleo no se hubiese desmayado… ¿en qué estaba pensando? Ella estaba por divorciarse de ese hombre. Ir y acostarse con él no ayudaba, no era parte del trámite y no era beneficioso para nadie. Ella había tomado la decisión y no podía retractarse.
Era eso lo que más odiaba de él, cómo derribaba sus paredes con tal facilidad. Como en segundos la había vuelto a tener a su merced pero, eso no significaba nada, ¿o sí? Porque, ella estaba segura de que Chleo era consciente de que ella no pensaba retroceder, tal vez, solo había querido aprovecharse de la situación para tener una noche divertida con la que prácticamente era su ex, porque, si bien legalmente seguían juntos, era la primera vez que dormían juntos después de un mes. Llevó sus dedos a sus labios mientras pensaba en aquello.
Se levantó y caminó a la ducha, un poco de agua fría podía despejar pensamientos y con algo casual para vestir tomó su bolso y su celular.
―¿Dónde vas? ―Escuchó aquella voz y se giró.
―Buenos días, ¿cómo te sientes?
―¿Dónde vas? ―Insistió.
―Voy a trabajar, Chleo.
―¿Vas al hotel?
―No, no voy al hotel. ¿Recuerdas el proyecto personal en que vengo trabajando hace algunos meses? ―Él asintió―. Voy a ver algunos detalles sobre ese tema. Solo eso. Volveré lo más temprano que pueda.
Él no respondió nada y volvió a envolverse en sus sabanas. Ella suspiró y salió de la habitación para seguidamente dejar la casa. Necesitaba liberar su mente de todo lo que sentía y pensaba y sin lugar a dudas, un poco de trabajo en ese proyecto personal le haría relajar.
Llevaba aproximadamente 4 meses trabajando en ello. Una aplicación móvil que les permitiera a los pacientes que estaban siendo medicados por cáncer comunicarse entre ellos y darse ese apoyo emocional que muchas veces las personas a tú alrededor no pueden darte. Una enfermedad tan nefasta que no solo acaba con quien la padece, sino con las personas a su alrededor.
Muchas veces quiso ayudar a su madre a sentirse mejor, pero no lograba hacer demasiado y no entendía por qué, hasta que ella misma se lo dijo poco antes de morir, nunca olvidaría esas palabras, porque eran ciertas, ¿cómo podría ella entenderla, si no lo padecía? Y usando esa lógica había nacido la idea de la aplicación. Solo aquel que vive lo mismo que tú, puede entender verdaderamente lo que sientes. Eso pensaba.
Si en algo debía darle la razón a Chleo, era que a veces las catástrofes te ayudan a hacer algo grande, algo bueno y ella jamás, jamás hubiese pensado que de la trágica enfermedad de su madre, la que la había llevado a tener un tumor en el cerebro que finalmente le diera fin a su existencia, la llevaría a tener un propósito tan noble.
Pero, sus conocimientos sobre tecnología no eran los mejores, y fue por eso, que cuando Julien se ofreció a asesorarla y ayudarla en uno de sus casuales encuentros en el Louvre, no dudó en aceptar. Claro, aquello lo estaban manteniendo como un secreto, pues si de algo estaba segura, era que Chleo no estaría muy de acuerdo en que él le ayudara.
Podría contratar todo un equipo especializado, sin lugar a dudas podría pagarlo, ni siquiera necesitaba pedir su aprobación a Chleo, solo debía pedirle firmar un cheque en blanco y él lo haría, sin limitación alguna sobre la cantidad de ceros que podía agregar y eso, eso era justamente lo que no quería, hacerlo por la vía fácil.
Por eso, cómo cada vez que podía, en los últimos 4 meses, se fue al dppartamento en que trabajaba con Julien a continuar con el trabajo.
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Anoche, fue una noche larga. No sabría cómo explicarlo pero, las cosas se dieron así, es cómo si el universo o los planetas se hubiesen alineado para que ocurriera de esa manera.
En ningún momento fue mi intención para ser sincera. No era lo que estaba planeando ni nada por el estilo. Al final, todo fue su culpa, si lo pienso calmadamente, todo fue su culpa, sus estupideces son las que acaban arrastrándome a hacer cosas que normalmente yo no haría.
Después de ver el "regalo" –si se le puede llamar así–, de esa estúpida modelo de quinta me sentí tan decepcionada. Bueno, no es cómo si yo no estuviera más que clara en mi mente de que Cleo no está en Sidney únicamente estudiando pero, pero, una cosa es saberlo en mi cabeza y y otra muy diferente es que el mismo me lo confirme o peor, las zorras con las que pasa el tiempo me lo confirmen. Y de una manera tan desagradable.
Seguramente esta revista acabará filtrándose a Francia en unos días, o al menos la información, y cómo siempre, de nuevo, la idiota del momento; Yo.
Por eso, al recibir el llamado de Julien para ir a comer, aunque normalmente le hubiese rechazado tras lo ocurrido hace ya tiempo en la rueda de la fortuna, por simple y demente respeto hacía este maldito compromiso, acepté ir. Acepté ir y aunque no me arrepiento de haber ido, aunque en el fondo siento que me merecía esto. Una parte de mí no logra soportarlo, no sé, no sé cómo es que Cleo puede hacer todo lo que hace y que su conciencia no se inmute.
Al final, por primera vez creo que no soy mejor persona que él. Al final, creo que ya no solo soy una víctima de sus desprecios y maltratos, al final, creo que me estoy convirtiendo justamente en lo que odio de él y todo es su culpa.
Yo... he hecho algo malo, he hecho algo que no creí poder hacer. Me siento mal, me siento sucia, pero a la vez, de algún modo, me siento satisfecha... yo, yo he dormido con Julien.
El libro cayó de sus manos y su rostro se deformó antes de lanzar el vaso de vidrio contra la pared.
―¡Maldita sea, lo sabía! ―Gritó, tomando el libro del suelo, arrojándolo al mismo lugar donde había ido a parar su vaso.
―¿Papi...? ―Aquella voz bastó para devolverlo a la realidad.
―Galilea...
Se maldijo a sí mismo en sus adentros, había reaccionado de aquella abrupta manera delante de la pequeña. ¿Qué culpa tenía ella de las sandeces que hacían sus padres? De haber sabido que iba a leer tal confesión en ese diario, no le hubiese permitido meterse a su habitación con sus juguetes. Ella quería jugar, pero no en su habitación o donde estaba su niñera, quería jugar en el cuarto de sus padres, cerca de él.
―Cariño... lo siento ―susurró agachándose hasta estar a su altura, levantándola en sus brazos―. ¿Me perdonas? ―La pequeña asintió con suavidad enterrando su carita en el pecho de su padre.
Chleo respiró profundo, soltando un pesado suspiro sobre sus cabellos. Se sentó en el borde de la cama, sosteniéndola aún entre brazos, apegándola más a él, acariciando su cabello y su espalda, buscando conseguir calmarla. Hacía eso desde que podía recordar. Desde que había nacido, siempre podía calmarla con esa facilidad, solo necesitaba abrazarla, pegarla a su pecho y acariciar su cabello y su espalda, era la forma más efectiva de verla tranquila.
―Hija... ―llamó y la pequeña levantó la mirada, con los ojos aún algo enrojecidos por el llanto que le produjo el susto―. Eres lo mejor, lo más hermoso, lo más valioso y lo más importante que me ha pasado en la vida, ¿lo sabías?
―Sí ―respondió sonriendo―. Soy tu princesa.
―Dime, Galilea, ¿con quién te gusta pasar más tiempo, con mami o con papi?
―Con dos ―respondió levantando tres deditos.
―¿Dos o tres? ―le corrigió sonriendo, guardándole uno de sus deditos para que sus palabras y actos coincidieran.
―¡Dos! ―Reafirmó inflando las mejillas.
―Lo sé, pero, si tuvieras que elegir... ―suspiró―. Olvídalo. Lo mejor para ti es estar junto a tu madre.
―¿Papi...? ―Llevó una de sus manos a la mejilla de Chleo―. ¿Triste?
―No, ¿por qué debería estar triste? ―Preguntó sonriendo. Besando los deditos de la pequeña, ahora sobre sus labios.
―Mami... ―Chleo enarcó una ceja, prestando atención a lo que la niña decía―. ¿Papi no quiere mami? ―Su sonrisa llena de inocencia se había desvanecido.
―¿De dónde sacas eso? ―Sonrió, buscando suavizar aquello.
―Papi no viene a casa... por mami ―Continuó antes de poder ser interrumpida―. Abu dijo mami; Chleo malo, y, mami dijo; no, Chleo no malo, Chleo no quiere mí.
―Eso no...
―Mami llora... yo vi mami llorar. Abu regañó mami, "no llore" decía abu, abu brava con mami.
―No deberías espiar a los adultos cuando hablan ―dijo suavemente y la pequeña bajó la mirada―. Galilea... estás confundida, seguramente escuchaste mal. Yo a tu madre, la amo, tanto cómo a ti. Tu abuela, mami y tú son las mujeres más preciadas de mi vida, pero, los adultos a veces hacemos cosas tontas y eso lastima a otros adultos, por eso estuve un tiempo sin venir a casa.
―Buenas tardes ―levantó la mirada al ver a Sabino en la puerta de la habitación.
―¡Tío! ―Gritó la pequeña, se bajó tan rápido cómo pudo de las piernas de Chleo y corrió hasta Sabino, extendiendo sus manos para ser levantada.
―¡Hola, muñequita! ―Exclamó cargándola, alzándola por encima de su cabeza, haciéndola reír a carcajadas―. ¿Cómo está mi abejita?
―¡Bien! ―Respondió en un grito desde el aire.
―Hola, Sabino ―saludó finalmente Chleo acercándose para extender su mano.
―¿Cómo te sientes? ―Preguntó bajando la niña para estrechar la mano de Chleo―. ¿Cómo estás?
―Bien, sabes lo obsesiva que es Nathalie cuando quiere, me hizo comer comida horrible y prácticamente me obligó a irme a la cama temprano.
―Me alegra que al menos cuide de ti.
―Dijo que lo haría ―levantó a la niña en sus brazos―. ¿Qué haces acá?
―Venía a buscar a Nathalie en realidad, pero, ya me explicó Sara que Nathalie salió desde temprano ―Chleo desvió la mirada a la puerta.
―¡Sara! ―Llamó y la mujer se apareció frente a la puerta―. Encárgate un rato de Galilea, por favor.
―Sí, señor ―tomó a la niña en sus brazos―. Vamos a jugar, señorita.
―¡Pero quiero estar con papá! ―Fue lo último que le escuchó gritar mientras cerraba la puerta de la habitación.
―Ahora sí, dime, ¿de qué querías hablar con Nathalie? ―Preguntó volviendo a sentarse al borde de la cama.
―Ya lo sabes ―dijo su amigo caminando hacía la ventana, abriendo las cortinas que mantenían la habitación medianamente oscura―. Es por todo este tema del divorcio. Aún no se han acordado ciertos términos. Su abogada al parecer pensaba que era solo firmar un papel y escribir que cada uno se quedaba con el 50% de todo y ya. Pobre chica, parece una novata en este tipo de divorcios.
―Supongo que se está yendo por lo habitual que ha de haber aprendido en su facultad.
―Sí, ―se sentó en el banco del peinador de Nathalie, cruzando las piernas frente a Chleo―. De hecho tuve que traerla un poco al mundo real y explicarle que está tratando un caso de divorcio relacionado a la familia Bourgeois, creo que es la primera vez que se hace un divorcio en tu familia.
―Gracias por recordármelo.
―Cuando gustes. En fin, ―suspiró―, le he dicho que aclararía algunos detalles con Nathalie personalmente, no le agradó, pero Nathalie acabó aceptando hablar conmigo.
―¿Qué términos piensas acordar con Nathalie?
―Nada del otro mundo. Estoy guiándome un poco de los estatutos que me dio tu abuela. Recibirá una considerable cantidad de dinero mensual, para que pueda seguir llevando el estilo de vida que mantiene, podrá conservar su auto y podrá optar por renovarlo dos veces al año, ―había comenzado a leer uno de los documentos que traía en sus carpetas―. Podrá continuar haciendo uso del jet privado, bajo previa autorización, obviamente, lo mismo con el helicóptero, aunque el del hotel si puede usarlo, siempre que sea por trabajo. De igual manera, podrá seguir haciéndose cargo del hotel, pero ya no podrá firmar nada como gerente, claro, puede seguir usando el apellido Bourgeois para asuntos públicos en los cuales se vean ustedes beneficiados y...
―Detente, ―pidió Chleo―. Conozco a Nathalie, todo esto le va a parecer absurdo, ella no quiere dinero, ni propiedades, ni apellidos, quiere a su hija.
―Eso es lo que tú crees, pero su abogada está peleando esta casa y otras más, incluso la de Maui.
―La casa de Maui fue un regalo de cumpleaños, siempre ha estado a nombre de ella.
―Al parecer no lo sabe.
―No, ¿sabes que creo yo?
―Ilumíname.
―Creo que la que está peleando esas cosas es su abogada, no ella. Es muy probable que ni siquiera esté enterada. Además, Nathalie me lo dijo cuándo todo esto comenzó, que ella no quiere nada, y no me va a pedir nada, porque ella sabe que yo no permitiré que a Galilea le falte nada en este mundo, y aparte de eso, Nathalie podría conseguir cualquier trabajo que desee, incluso ha modelado para Gabriela Agreste, ella no…
―Chleo, escúchate. No haces sino defenderla de todo y de todos. «Nathalie no es así», «Nathalie es buena», «Nathalie es perfecta». No haces otra cosa más que saltar como un perro alrededor de ella. Si Nathalie llegara mañana con el cabello pintado de azul y te dice que sigue siendo rojo, tú le dirás a todo el mundo que es rojo, porque sí, porque ella lo dice.
―No, eso no es cierto, simplemente conozco a la mujer con la que me casé y sé que ella no es cómo tú quieres hacerla ver.
―¿Y sabes dónde está ahora tu mujer ideal?
―Está trabajando.
―Yo no tengo entendido eso ―dijo bloqueando la pantalla de su teléfono.
―Sabino, por favor. Si estás aquí, para decirme lo equivocado que estoy sobre Nathalie, si estás aquí para hablarme mal de ella y recordarme lo idiota que soy y para lanzarme más al suelo, entonces vete, porque te aseguro que no puedo caer más ―se arrojó hacia atrás, cayendo recostado en la cama―. Estoy enamorado de Nathalie, la amo, la amo demasiado y ella por momentos parece que me quiere, pero a veces parece que no quiere saber nada de mí. Ayer, cuando llegamos a casa, pensé que me iba a tratar con indiferencia, pero no, era como si nunca hubiésemos discutidos, como si nunca me hubiese pedido que nos divorciáramos, reía, bromeaba, como si todo estuviera bien, luego me trajo a nuestra habitación y me obligó a comer esa basura que pidió me prepararan y por una milésima de segundo pensé que se iría y me dejaría solo, de hecho estuvo a punto de hacerlo, pero, al final se quedó. Se quedó y… esa mujer me confunde.
―Chleo, por favor.
―Me siento estúpido. Tan estúpido, ¿cómo lo hice? ¿Cómo logré que Nathalie quiera divorciarse de mí? Ayer me aseguró que cuidaría de mí tanto como le fuera posible porque era el padre de su hija y ella no soportaría ver a su hija triste por mí. Para ella solo soy eso y yo me estoy muriendo por dentro. No quiero que mi única relación con Nathalie a partir de ahora sea, la de exesposos que comparten una hija. No quiero eso.
―Bueno, es lo que ella desea, ¿no? Serás solo un presente con sabor a pasado en su vida. Es lo que quiere, pero no quieres verlo. Nathalie ya ha decidido seguir con su vida sin ti ―apretó el teléfono―. ¿Por qué no la llamas y confirmas dónde está? ―Preguntó y Chleo se levantó de golpe, quedando sentado en la cama.
―¿Tú sabes dónde está Nathalie? ―Sabino se encogió de hombros y se levantó. Caminó hacia la cómoda y tomó el teléfono de Chleo entregándoselo―. Llámala y aclaras tu duda.
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Respiró profundo cuando estuvo fuera de la habitación. No quería iniciar una discusión, pero sabía que era mejor mantener en secreto el lugar en que estaba trabajando en su proyecto secreto. Aunque estuviesen negociando un divorcio, había mantenido en secreto su proyecto, porque quería hacerlo por sí misma y que Chleo se enterase sería igual a que un ejército de empleados apareciera ante ella. No quería eso. Era algo demasiado personal para que los Bourgeois metieran sus manos.
Había salido caminando de casa y una cuadra más adelante la esperaba su uber. Subió al vehículo y se mantuvo en silencio durante todo el camino. No le gustaba salir así, se sentía como si de alguna extraña manera, estuviera traicionando a Chleo, aunque sabía que realmente no lo hacía, pero estaba segura de que si él se enterase de que era Julien quien le ayudaba en su aplicación, se iba a sentir traicionado.
―Hemos llegado, señorita ―dijo el chofer y volvió a la tierra. Sonrió.
―Muchas gracias ―dijo bajando del vehículo―. Me dijo señorita ―susurró caminando por la acera de aquel desprolijo barrio.
Habían niños jugando futbol, mujeres de edad avanzada sentadas en las puertas de sus casas conversando, algún vendedor de helados y algún grupo de adolescentes conversando y riendo entre ellos. Aquel ambiente, le agradaba en cierto modo. Le inspiraba.
―Hola ―saludó una de las señoras sonriendo, con una bandeja de baguettes en la entrada de su casa―. ¿Va a comprar, señorita?
―Eh, hola… ―respondió al saludo acercándose―. Solo uno estará bien…
Siempre decía eso, pero cuando veía a los niños de la mujer jugando en el interior de aquella humilde casa, con los pantalones rotos y el rostro sucio acababa llevándose la bandeja entera. Se sentía usada, desde que la había defendido de algunos ladrones locales le llamaba cada vez que la veía para ofrecerle sus panes.
―Buenos días ―saludó abriendo la puerta.
―Pensé que demorarías más ―respondió Julien con sarcasmo desde el estudio. Estaba sentado frente al computador con la luz de la habitación apagada.
―Lo siento ―dejó la gran bolsa de baguettes sobre el comedor y caminó en dirección a aquella habitación―. Te traje algo de pan, ―se acercó por detrás y le abrazó, apoyando su barbilla en uno de los hombros de Julien.
―¿Volviste a caer en las redes de Madame Luú? ―Preguntó acariciando con una de sus manos la mejilla de Nathalie, sin despegar sus ojos de la pantalla.
―No pude evitarlo, es que, me hace sentir un poco mal ver las necesidades que pasa como madre soltera.
―Suerte que tú no tendrás que sufrir eso, ¿no? ― El sarcasmo fue notorio y Nathalie se separó, cruzándose de brazos frente a él―. Es la verdad ―giró la silla, mirándole hacer muecas con la boca―. No te enojes conmigo.
―No puedes comparar a Madame Luú conmigo, ella tiene como 10 hijos, y no creo que el padre de los niños le ayude demasiado, por suerte, yo solo tengo una hija.
―Y es hija del hombre más rico de todo París ―bufó con sorna―. De seguro nunca le faltará nada a tú hija, ni a ti tampoco ―volvió a darse la vuelta, centrándose nuevamente en el teclado y la pantalla―. Después de todo ahora que se divorcien serás millonaria. Aunque según la revista Forbes de este mes, eres la dama de negocios mejor pagada de París y una foto tuya vale más que la de Cindy Crawford.
―Eso no es cierto, yo no soy nada de eso, y sobre el dinero, todo es de Chleo, y de todos modos no me importa ―se arrojó en el sofá junto al computador―. Yo no necesito su dinero, no lo quiero.
―Bueno, de todos modos te dejará la casa, ¿no? Fue lo que dijo tu abogada.
―La despedí ayer ―Julien volteó a verla un momento dudoso y regresó a la pantalla, esperando que ella continuara―. Está loca, no tiene la menor idea de lo que está haciendo. ¿Puedes creer que pensaba exigirle un montón de propiedades a Chleo? Realmente quería solicitar la partición de los bienes al 50%.
―Es lo que siempre pasa en los divorcios, ¿no?
―Sí, pero, no es ni siquiera comparable ―tomó su teléfono y comenzó a revisar el instagram, como hacía cada vez que iba, mientras él trabajaba―. Nuestro matrimonio fue arreglado, obviamente me hicieron firmar un acuerdo prenupcial antes de casarme.
―Eso no me lo habías dicho.
―Pues ya lo sabes. Básicamente, no tengo nada que Chleo no quiera darme.
―O sea, te casaste por interés e igual quedarás sin nada ―aplaudió un par de veces y continuó escribiendo códigos en la pantalla―. Que lista eres, Nathalie.
―Yo no me casé para conseguir nada más que un tratamiento de primera calidad para mi madre y eso lo sabes.
―Sí, no te enojes ―dejó el teclado y corrió la silla hasta el sofá para mirarle―. Lo siento, no me gusta hablar de Chleo, de tú matrimonio y de tú vida con él.
―Sí, lo sé, lo siento.
―No te disculpes ―tomó sus manos ayudándola a sentarse―. No me malinterpretes. Me gusta que me cuentes tus cosas, pero, tú sabes lo que siento por ti, y escucharte defender a Chleo o inclinarte aunque sea un poco a su lado de la pelea, no me agrada que lo hagas.
―Es que, no puedo solo declararle por completo la guerra emocional y fingir que lo odio cuando no lo hago ―desvió la mirada. Cómo si las patas del escritorio fuera la cosa más interesante en aquella habitación―. Es el padre de mi hija, tal vez la única que tendré en mi vida y de verdad hizo todo por brindarle a mi madre la mejor atención posible y también me ayudó a mí. Estuvo a mí lado cuando sentí que mi vida se acababa y aunque en unos días firme por fin los papeles del divorcio, seguirá siendo el padre de Galilea y tendré que continuar relacionándome con él por el resto de mi vida.
―¿Es esa la razón por la que se está quedando en tu casa ayer? ―Preguntó y ella no levantó la mirada―. Entonces es cierto, Chleo regresó a tú casa.
―¿Quién te dijo eso? ―Preguntó―. Nadie lo sabe todavía.
―Todo el mundo sabe lo que pasa en tú vida, Nathalie, que tú creas aún que tienes privacidad solo es torpe inocencia de tu parte ―Nathalie no dijo nada, seguía con la mirada en el suelo―. ¿No pensabas decírmelo?
―Él está algo mal de salud, por eso le pedí que se quede en casa hasta que se recupere.
―¿Tú se lo pediste?
―Sí. Necesito asegurarme que esté bien, corroborarlo yo misma, no puedo solo confiar en alguien más para esto porque, se trata de…
―Del padre de tú hija, ya lo sé ―le soltó las manos y se levantó de la silla, caminando lentamente hacia la cocina, dejando a Nathalie sola en aquella habitación.
―Julien… ―llamó siguiéndolo, dejando su teléfono sobre el escritorio―. Por favor, no quiero discutir contigo. Hoy no me siento bien. Casi no dormí y estoy agotada.
―¿Por qué? ―Preguntó apoyando ambas manos en la isla de la cocina―. ¿No te dejó dormir anoche?
―Por Dios ―se cruzó de brazos y se sentó en el sofá frente al comedor―. ¿Es en serio, Julien? ¿Vas a hacerme una escena?
―No es una escena, te estoy haciendo una pregunta.
―¿Estás escuchando la pregunta que estás haciendo?
―Sí y te conozco tanto, Nathalie, que sé por qué la estás esquivando ―ella se tensó y él se dio la espalda―. Has dormido con él ¿verdad? ―No quería ver la respuesta en sus ojos.
―Chleo me besó, intentó conseguir que estuviéramos juntos otra vez―soltó finalmente jugando con sus manos.
―¿Te obligó? ―Ella movió negativamente su cabeza, aunque él no la miraba.
―No ―se mordió los labios ante lo que pensaba decir―. Pero yo… yo se lo permití…
Las cosas que estaban sobre la isla cayeron al suelo con estruendo y ella solo apretó los ojos cuando eso ocurrió. Podía ver a Julien desde donde estaba. Lo escuchó mascullar algunas maldiciones y tras soltar un largo suspiro se había agachado a recoger los estragos que él mismo había hecho.
―Julien… ―se acercó y se puso en cuclillas para tomar algunos trozos de vidrio del suelo―. Lo siento, pero si no te lo digo, te estaría mintiendo. No quiero mentirte.
―No te preocupes ―le tomó de las manos, levantándose junto a ella―. Después de todo, sigue siendo tú esposo. ―Ella asintió levemente y él sujetó su rostro suavemente entre sus manos―. Para mí suerte, eso se acabará pronto.
―Julien… ―las palabras que iban a salir de sus labios fueron calladas con los labios de Julien.
Cerró los ojos y subió las manos a su cuello. Podía sentir las manos de Julien en su cintura y cómo acercaba sus cuerpos cada segundo. Sentía una presión en su pecho, pero a la vez se sentía aliviada. Sabía que ese beso sellaba todo el enojo que Julien pudiera tener dentro de sí, pero al mismo tiempo sentía que hacía lo que tanto le reclamaba a Chleo. Pensar en eso daba asco. Por eso era mejor no pensar.
Sentía las manos firmes en su cintura, subiendo por segundos sobre su espalda y regresando una vez más a su cintura. Los labios que se afirmaban sobre los suyos, la lengua que invadía su boca, la electricidad recorriendo cada centímetro de su cuerpo y tocar con sus manos aquel rubio cabello, abrir sus ojos para toparse con los azules de su esposo, y…
―Julien, espera ―se separó bruscamente de él―. Hablamos sobre esto, yo sigo estando casada.
―Solo es un beso, Nathalie.
―Lo siento, esto no está bien ―cubrió su rostro con sus manos―. Necesito usar el baño.
No esperó respuesta. Corrió y se encerró en el privado lugar. Se sentó sobre la tapa del excusado y se abrazó a sí misma, preguntándose una y otra vez qué rayos pasaba con ella. No podía evitar recordar lo que había pasado la noche anterior. Se sentía tan confundida. Antes de esa noche, llevaba más de un mes sin haber estado tan cerca de Chleo y en solo minutos le había revuelto el cerebro.
Que Julien la besara solo había sido la cereza en ese pastel de confusiones que tenía en su cabeza. Miraba a su alrededor y sentía que estaba bañada en hipocrecía.
Por un momento deseó terminar rápido con el aplicativo para poder darle la noticia a Chleo. Cuando había comprado ese pequeño departamento, para usarlo de cuartel general, no le había dicho nada a Chleo, por lo que se había esforzado en conseguir un lugar aislado, un sitio que ni Chleo, ni los Bourgeois, ni su propia familia, ni nadie cercano frecuentara. Quería darle la noticia cuando el trabajo estuviese hecho. Quería poder decirle; «hice esto sin tu ayuda». Pero, si había recibido ayuda de Julien, eso era trampa en cierto modo.
Lavó su rostro y caminó hacia la puerta con el paño en sus manos, secando su rostro. Respiró profundo y salió del baño. Camino despacio en dirección a la cocina, pero Julien no estaba ahí, por lo que se dirigió al estudio.
Entraría, tomaría su bolso y su teléfono y se iría al hotel.
No quería estar ahí con Julien.
No quería estar en casa con Chleo.
Su teléfono estaba sonando, mientras ella inocente de lo que iba a ocurrir se acercaba.
―¿Hola? ―Nathalie sintió un temor instalarse en su corazón cuando escuchó la voz de Julien.
―¿Julien…? ―Chleo casi no lograba pronunciar aquel nombre del otro lado de la línea.
―¿Quién habla? ―Respondió esperando que Nathalie aún no saliera del baño. Era su oportunidad de molestar un poco a ese hombre.
―¿Cómo que quién habla? Soy Chleo, ¿qué no vez mi nombre en el contacto?
―Lo siento, no miré, ¿cómo estás, Chleo? ―No hubo respuesta―. Nathalie está en el baño, en cuanto salga le diré que le estabas llamando.
―Julien, ¿has tomado mi…? ―le vio con el teléfono y se acercó corriendo―. ¡¿Qué haces?! ―Tomó el aparató y vio el nombre de Chleo en la pantalla―. ¿Chleo…? ―Preguntó aterrada.
―Ya veo que estás muy ocupada en tú trabajo.
―No es lo que piensas, Chleo, puedo explicarlo, ¿ok? ―Se atascaba en las palabras que intentaba pronunciar―. Si estoy trabajando, de hecho iba de salida. Estaba por irme al hotel a revisar unos documentos para luego ir a casa.
―Que patética… ―susurró Julien, lleno de ira al verla dándole explicaciones a Chleo de lo que hacía y haría.
―¡Ah, me parece perfecto! ―Exclamó manteniendo la calma tanto cómo podía―. Pero tengo una idea mejor, ¿por qué no dejas los documentos para luego y vienes a tratar de convencerme que estás trabajando y no viéndome la cara de imbecil con Julien?
―Chleo, te estoy diciendo la verdad.
―Eso lo juzgaré yo cuando llegues. Adiós.
―¿Chleo? ―llamó pero no escuchaba nada―. ¿Chleo, estás ahí? ¿Chleo…? ―Se quedó mirando el teléfono, sintiendo nacer ese mal presentimiento en su pecho―. ¡Maldita sea! ―Gritó golpeando con ambas manos la mesa frente a ella, tras dejar caer el teléfono al piso.
―¿Estás bien?
―¿Qué si estoy bien? ―Se volvió hacía Julien―. ¡Me estoy divorciando de ese hombre! ¡Tengo una hija, Julien! ¡¿Cómo pudiste hacerme algo así?!
―No te he hecho nada, ¡Cálmate, por Dios! Es Chleo, solo te va a molestar un rato y ya, ¿qué otra cosa va a pasar?
―¡Claro que va a pasar más! ¿Sabes que va a pasar? ¡Chleo me va a quitar a mi hija!
―Claro que no, solo exageras. Él es un malcriado, ya se le pasará.
―No, tú no entiendes, no exagero, es mi hija de quién hablo, Julien. ¡Mi hija! ―Tomó su bolso y recogió el teléfono del suelo. Arrojó el aparato al bolso y tomó los rollos de papel que estaban sobre la mesa―. No quiero volver a verte ―apretó los rollos en sus manos, deteniéndose antes de salir del estudio―. Enviaré a mi asistente a recuperar toda la información del aplicativo y todo lo referente al proyecto.
―Nath, espera, no es para tanto, yo puedo hablar con él si quieres.
―No, ni se te ocurra, ya hablaste demasiado. Solo… no te vuelvas a acercar a mí.
―¿Tanto le temes a Chleo? Porque es eso, ¿verdad? Tú nunca lo has querido, solo le temes.
―Solo te importa eso, ¿verdad? Que la razón por la que siga junto a él sea por temor y no por amor, ¿verdad?
―Responde lo que te he preguntado
―prácticamente exigió.
―Sí, le tengo mucho miedo, a él y a su familia. Les temo tanto, tanto, que si al llegar a casa, Chleo me dice que me olvide de la idea del divorcio para conservar a mi hija a mi lado, entonces podrás olvidarte de todo lo que habíamos conversado, porque yo por mi hija haré lo que sea, aunque tenga que pasar el resto de mi vida temiendo del hombre con el que vivo. Aunque tenga que pasar el resto de mi vida viviendo con Chleo, siendo su esposa, delante de la sociedad, delante de su familia y en su cama, y lo haré feliz… ¿sabes por qué? ―Julien no respondió nada―. Porque al menos, Chleo ha tenido más pantalones que tú. Al menos él, desde que nos casamos se ha asegurado de que nadie pueda negar que soy su esposa, y nunca haría ninguna tontería que pusiera en tela de juicio mi integridad.
―Claro y por eso cuando sales en las noticias o en las revistas no escriben «Nathalie Kurtzberg», sino que en su lugar solo dice; «La esposa de Chleo Bourgeois».
―Eres un idiota ―fue lo último que dijo antes de caminar hacia la puerta.
―Nathalie, espera, lo siento ―le alcanzó en la puerta, tomando su mano―. No te vayas así, hablemos, ¿sí? Esto, seguro podremos arreglarlo. Solo, debes hablar con él, si incluso intentó besarte, seguro te perdonará a cambio de lo mismo.
―Eres un idiota.
―Pero solo te estoy dando opciones, Nath.
―No, no me das opciones. Lo que estoy entendiendo es que me estás pidiendo que me le ofrezca a Chleo a cambio de que se olvide de este altercado.
―Yo no dije eso, Nath, me estás malinterpretando.
―No me llames Nath ―sacudió su mano, liberándose del agarre de Julien―. Solo mi esposo me llama así.
―¿Nath…?
―Madame Bourgeois para ti.
Sin decir más, salió de aquel departamento, con los sentimientos más revueltos que cuando había llegado, e intentando comunicarse con Chleo durante todo el trayecto en taxi. Nunca contestó.
―No quiero decir que te lo dije, pero sí, te lo dije ―las palabras de Sabino se clavaban en su pecho, mientras seguía viendo cómo una foto de Nathalie abrazándole mientras besaba su mejilla aparecía en la pantalla de su teléfono cada vez que ella volvía a llamar―. Bueno, cómo te dije, Chleo. Si quieres sacar a Nathalie definitivamente de tu vida, solo pídelo ―caminó hasta la cama, quedando de pie frente a Chleo―. Prepararé la demanda por la patría potestad de Galilea en el preciso momento en que me lo pidas. Nathalie ni siquiera podrá acercarse a tu hija.
―Déjame solo, Sabino, por favor ―la pantalla de su teléfono celular se volvió a encender―. Y por favor, no hables nada con ella del divorcio sin mi autorización.
―Cómo tú quieras, jefe ―se sentó al borde de la cama―. Solo piensa lo de la potestad ―posó su mano derecha sobre la mejilla del rubio y acercó su rostro hasta el ajeno, rosando ligeramente los labios de Chleo con los suyos propios.
―Sabino, detente ―lo empujó, apoyando la mano en su pecho―. Ya hablamos sobre esto en el pasado.
―Lo sé, señor "heterosexual" ―hacía comillas con sus dedos mientras se alejaba de la cama―. Cuídate y no te vayas a dejar alterar por tu esposita, recuerda que tu corazón no está muy bien ahora mismo.
―¡Largo! ―Gritó y Sabino salió de la habitación, sonriendo lúcido durante todo el camino hasta su vehículo.
―¿Aló? ―Respondió el teléfono en la privacidad de su auto.
―¿Tú le dijiste a Chleo que llamara?
―¡Oh, Julien! ―Vio desde el auto el taxi que se había detenido en la rotonda del jardín, dejando bajar a una apresurada pelirroja que tropezaba con las cosas que llevaba en sus manos e ignoraba a los empleados que le saludaban con respeto―. Lamento no contestar antes, estaba en una reunión.
―Te hice una pregunta.
―Vamos, no te enojes, ¿no estás feliz? ―tomó los lentes de sol de la guantera y los llevó a su rostro―. Debiste ver el rostro de Chleo, estaba tan molesto.
―Sabino, esto ya no es gracioso. Nathalie estaba muy enojada. Dijo que temía que Chleo le quitara su hija.
―Tú no te preocupes por eso. Chleo efectivamente se quedará con Galilea. ¿Crees que una Bourgeois se criará fuera de la familia? Eso es ridículo, querido.
―Nathalie no está dispuesta a aceptar eso.
―¿Y qué importa lo que ella esté dispuesta a aceptar o no? Yo soy el abogado de Chleo, yo decido que estará escrito en los papeles que firmarán. Yo tengo una copia de su acuerdo prenupcial, yo sé lo que estoy haciendo.
―No quiero arruinarte tu monologo de villano de los noventa, pero tengo que darte una mala noticia sobre tu plan. Nathalie, antes de salir del departamento me ha dejado en claro que prefería ser llamada «Madame Bourgeois». ¿Qué harás contra eso?
―No me importa ni un poco.
―¿Ah no? Pues e problema no es si a ti te importa. El problema es que la obsesión de Chleo no haga que tus planes se volteen si ella le dice eso.
―Tengo que colgar. Estoy por conducir ―cortó la llamada sin esperar respuesta―. Ay, Nathalie… querida Nathalie… solo espero que perder a tu hija sea suficiente para hacer que te lances de la torre Eiffel.
Salió del estacionamiento a la velocidad máxima permitida, perdiéndose en las calles de aquella elegante zona de la ciudad.
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La revista que llegó dentro de aquella caja de regalo fue cómo un detonador. Fue cómo si en ella hubiese un poderoso dispositivo cargado de todo lo necesario para hacerla estallar con fuerza. Solo quería maldecir todo lo que estaba en frente suyo. Solo quería mandar todo al carajo y acabar con ese compromiso. Solo deseaba tener a Chleo de frente para partirle la cara de un puñetazo, o al menos intentarlo tomando en cuenta su poca actividad física.
―¿Nathalie? ―Escuchó aquella voz y se limpió el rostro tan rápido cómo pudo con las mangas del abrigo.
―¿Sí…? ―Respondió aún de espaldas a la puerta.
―¿Estás bien? ―Preguntó Andrea entrando a la habitación.
―Nada. No me pasa nada, ―aseguró apretando la revista contra su pecho―. Creo que solo necesito tomar un poco de aire.
―¿No irás a ver a tu madre?
―No... el doctor me ha dicho que la han vuelto a transferir a cuidados intensivos. No puede ser vista por nadie. Pensaba ir una vez más a estarme en la sala de espera a ver si algo pasa, pero, solo es una pérdida de tiempo y energía. Al final, sin importar cuantas horas permanezca en ese lugar, no me dejarán verla y ese es el final.
―¿Y qué quieres hacer? ¿Por qué no vas a Sidney? Puedo conseguir que te lleven en el jet privado si no hay vuelos. Chleo me había comentado que querían pasar las fiestas de año nuevo juntos ya que este será su último año en la universidad y estará más ocupado de lo usual.
―Sin dudas está ocupado… y no creo que él esté muy interesado en verme ahora mismo la verdad ―susurró levantándose del banco de la peinadora―. De hecho, en este momento tal vez lo mejor sea que comience a preparar mi equipaje.
―¿De qué estás...? ―Nathalie caminó lentamente hacía ella, tomando su bolso de la cama y entregándole la revista antes de salir por la misma puerta por la que antes había entrado su suegra―. ¿Nathalie, a dónde vas?
―No lo sé ―respondió sonriendo. Cerró la puerta de la suite de un portazo, dejando tras de sí a una incrédula mujer observando con ira lo que en aquella revista se vislumbraba.
Normalmente usaba el ascensor pero, ese día las escaleras lucían tan apetecibles que prefirió ir por ellas. Bajó tan despacio que sentía que nunca llegaría al lobby. Cómo imaginó estaba repleto. Familias que habían decidido vacacionar por año nuevo, amigos que se reencontraban, parejas que seguramente pasarían una cálida velada aquel invierno y ella, observando a todos con desdén.
―Señorita Nathalie ―llamó una de las recepcionistas, acercándose con uno de los teléfonos inalámbricos―. Qué bueno que le veo, justamente iba a llamar a su habitación. Una persona le ha llamado con insistencia. Prácticamente me ha rogado que le haga llegar su llamada.
―¿Ha dicho su nombre?
―Sí. Ha dicho llamarse Julien Couffaine.
Esa fue la alarma anunciando la tormenta. Debí haber prestado atención. Jamás debí contestar esa llamada.
Tomé un taxi y fui a la dirección que me había indicado.
Entré a la habitación de aquel hotel y nomás lo vi me arrojé a sus brazos a llorar.
Tenía tantos sentimientos revueltos en mi mente que mi corazón iba aumentando sus latidos en cada momento.
Recuerdo que Julien me besó y estaba tan enfadada que le respondí.
Creía tan ciegamente lo que esa revista decía que no me importó ni un poco si estaba haciendo una locura, si estaba comprometida con otro hombre y me casaría en menos de dos años.
Correspondí cada beso y cuando las lágrimas cesaron me quité la ropa. Él en ningún momento me pidió entregarme a él. Yo lo hice, yo quise hacerlo.
Quería vengarme y mi molestia me hizo pensar que acostarme con el hombre que él más detestaba era la forma más fácil y rápida.
Me moría por verlo y gritarle en su cara que había tenido sexo con Julien. Moría por restregarle en la cara que a mí no me importaba si se casaba con Elianna y me dejaba para siempre.
Nunca se lo dije y cuando supe la verdad sobre Elianna, la culpa me invadió.
Julien me juró nunca decir nada de lo ocurrido y aunque no estaba muy feliz con la situación, parecía entender que seguir adelante con Chleo era lo que yo quería y debía hacer.
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O
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*-Continuará…-*
Gracias por leer y por sus reviews…
Besos~~ FanFicMatica :*
