Bueno pues aquí está el segundo capítulo. He tardado menos de lo que pensaba en actualizar, así que espero poder seguir llevando un ritmo más o menos constante hasta que termine la historia, pero ya veremos si es posible. En todo caso, este capítulo ya es más largo, y aunque de momento la historia aún está empezando, espero que tengáis un poco de paciencia, porque a partir de los siguientes capítulos, empezará a avanzar a un ritmo menos lento.
Muchas gracias Koraru-san y Kakiyu-chan por vuestros comentarios, espero que me hagáis saber que os parece este capítulo!
Ojalá que os guste y como ya he dicho, todo tipo de opiniones serán bien recibidos!
II. Sol de otoño.
I.
Las últimas gotas de agua tintinean entre las hojas de los árboles y resbalan por las esquinas de los tejados hacia el suelo desnudo, salpicando sobre la superficie de los charcos, y alrededor de sus pies.
A esa distancia, y a pesar de la bruma que envuelve la ciudad, la figura esbelta de Kurosaki se distingue a través de las sombras con una claridad que resulta sorprendente incluso para alguien como él, acostumbrado a su descarada altura y a su llamativo pelo color naranja.
Parece que con vendajes torpes, Ichigo ha conseguido detener la hemorragia de unas heridas que la lluvia ha terminado de limpiar, y bajo su encogido cuerpo, el suelo tiene el pálido color rojizo tan característico del lugar donde antes hubo sangre, y en el que ahora sólo quedan las huellas desdibujadas de una batalla.
Aunque por fortuna el estado de sus lesiones no es tan grave como había previsto, la débil energía espiritual que desprende la presencia de Kurosaki, le hace pensar durante un momento que el chico está inconsciente.
No tarda en darse cuenta, sin embargo, de que sus dedos sujetan con fuerza la empuñadura de su zampakutoh y que, incomprensiblemente, aún intenta levantarse.
Sin pretenderlo, una de las primeras lecciones que aprendió en la Academia vuelve a su memoria:
Todo shinigami que aprecia su vida debe ser consciente de que agotar sus últimas energías tratando de mantenerse en pie cuando la lucha ha terminado, sólo provocará que el proceso de recuperación de su espíritu sea más lento y costoso de lo habitual. Empeñarse en alcanzar un propósito tan absurdo supone dar cabida a un comportamiento irracional y estúpido que ningún guerrero cualificado puede permitirse, además de una completa pérdida de tiempo.
Esa es, sin duda, una norma elemental basada en las mínimas nociones del sentido común que toda persona debe poseer; y sin embargo, a tan sólo unos metros de distancia, decidido a no dejarse vencer ni por el cansancio, ni por los golpes; Ichigo está mirando a su alrededor, examinando con cuidado el terreno que le rodea en busca de algo que le sirva de ayuda para ponerse de pie. Da la sensación de que sin pensarlo demasiado, elige dirigirse hacia uno de los árboles que está más cerca y una vez allí, apoyando su espalda sobre la madera rugosa, en un último intento por incorporase y mantener el equilibrio, logra por fin, levantarse.
Kisuke Urahara sonríe a medias. Después de todo, el chico no es un shinigami cualquiera. Y ni una sola vez, desde que le conoce, le ha visto aplicar el sentido común.
Lo que te queda por aprender, muchacho.
Presumiblemente satisfecho con los resultados de su esfuerzo y con Zangetsu nuevamente a la espalda, Ichigo toma un poco de aire y cierra los ojos durante un momento, exhausto.
El día comienza a abrirse paso a través de los edificios y entre las ramas de los árboles de la ciudad, y a pesar de que el recuerdo de la lluvia aún persiste, la atmósfera parece llenarse de una cierta sensación de calma.
Cuando Urahara se sitúa frente a él, la tenue luz que desprende el adormecido sol otoñal ya ha comenzado a calentar su rostro y sus maltratados músculos.
"Esta es la segunda vez que tengo que venir a recogerte, chico."
El sombrero verde y blanco del ex capitán de la Doceava División es lo primero que Ichigo ve cuando vuelve a abrir los ojos. La sombra que proyecta sobre su rostro es más intensa que de costumbre, y apenas es capaz de adivinar el amago de sonrisa que se esconde tras la descuidada barba del tendero, ligeramente más espesa de lo habitual.
"No tenías que haberte molestado."
Justo antes de desaparecer de sus labios, su sonrisa se vuelve aún más enigmática, y tras levantar un poco la cabeza para poder mirar a Ichigo con detenimiento, Urahara extiende el brazo izquierdo hacia él, poniéndose repentinamente serio.
En el centro de la palma de su mano brilla una perfecta esfera metálica de color azul.
"Esto no es ningún juguete."
Ichigo observa el pequeño objeto con fijeza.
La primera vez que vio uno de esos señuelos apenas acababa de descubrir lo que era un hollow. En aquel momento, nunca hubiera podido imaginar que existieran seres como los Menos, y desde luego jamás habría pensado en la posibilidad de que pudieran fabricarse aparatos que lograran convocarlos.
La tozudez de Ishida y el reclamo de una gran energía convirtieron aquel día en un auténtico infierno de monstruos come almas, y la ciudad entera quedó expuesta a la sed espiritual de esos bichos por culpa de una estúpida apuesta. Ichigo ni por un momento hubiera pensado, entonces, en volver a usar uno de esos cebos que por otro lado consideraba inestables y peligrosos. Pero las cosas habían cambiado.
Después de volver de la Sociedad de Almas, la vida en el mundo real siguió su curso. En el instituto los shinigamis habían hecho su trabajo y ya nadie recordaba a Rukia Kuchiki, y en casa las cosas estaban igual que lo habían estado antes de que ella apareciera en su vida. La única excepción en todo caso, era Kon, que ahora ocupaba el sitio de Rukia en su armario, y se pasaba las noches suspirando y lloriqueando por su ausencia.
Kon y por supuesto, el trabajo de shinigami.
Valiéndose del permiso que le había entregado Ukitake, Ichigo había comenzado a ejercer sus obligaciones de purificador de almas con asombrosa efectividad, aunque esa tarea pronto se había vuelto rutinaria y aburrida. A pesar de que Chad e Inoue se empeñaban en acompañarle, e incluso Ishida, que aún no había conseguido recuperar sus poderes, ponía toda su voluntad en ayudarle, la mayor parte del tiempo prefería trabajar solo. Esa era la única manera de tenía de asegurar que sus amigos estuvieran a salvo y así, poder cumplir con su deber con la mayor eficacia posible.
Al mismo tiempo, Ichigo visitaba frecuentemente el almacén de Urahara, que preocupado por el peligro que suponía la inminente reaparición de Aizen, había accedido a que siguiera entrenando en la cámara subterránea con el fin de que fuera capaz de desarrollar sus habilidades al máximo.
Un día, curioseando por la tienda, descubrió unas cajas abiertas que no había visto hasta entonces. Según le explicó el propio Urahara, aquello era un producto de nueva adquisición. Se trataba, en concreto, de un lote de cebos atrapa hollows aparentemente comunes, pero con ciertas ventajas añadidas: dichos señuelos tenían una capacidad limitada de atracción, lo que significaba que cada pieza por sí misma sólo podía convocar a un máximo de quince hollows en un radio de medio kilómetro a la redonda. Esa pequeña modificación en su plan de funcionamiento eliminaba cualquier riesgo para los humanos, y permitía utilizar dichos reclamos para aumentar el número de hollows purificados de una sola vez sin tener que salir a buscarlos. Además eran de un único uso, por lo que una vez activados, se volvían inservibles.
Al parecer, los Quincy no habían sido los únicos que solían manipular ese tipo de artefactos, y a lo largo de varios cientos de años, los shinigamis también habían estado utilizando aquellos cebos para instruir a los jóvenes alumnos de la academia antes de enviarlos a purificar almas al mundo real. En algún momento, sin embargo, la Sociedad de Almas decidió que aquello no era conveniente y en la actualidad su uso estaba restringido a entrenamientos especiales.
Con un suave movimiento y tratando de no perder el equilibrio, Ichigo apoya su espalda sobre la superficie del mismo árbol que antes ha utilizado de soporte para levantarse. Mucho más seguro en esa postura, aparta la vista de la pequeña esfera y vuelve a mirar al tendero.
"Dijiste que podía usarlos."
"Dije que podías probarlos."
Urahara arruga la nariz y tuerce la comisura de los labios, molesto por tener que puntualizar lo que, en su opinión, debería haber quedado claro desde el principio.
"Únicamente para tus entrenamientos, y siempre bajo mi supervisión."
Su tono de voz es rotundo, y no deja lugar a ninguna protesta. A Ichigo, sin embargo, esa regla le sigue pareciendo absurda.
"¿Y por qué debería limitarme a utilizarlas sólo en los entrenamientos?" Levanta la barbilla y señala el cebo que Kisuke aún sostiene en la mano. "Con estas cosas puedo enviar a tantos hollows como quiera al otro mundo, sin necesidad de esperar a que aparezcan."
Visiblemente desconcertado, Urahara niega con la cabeza.
"¿Qué parte de la frase mercancía experimental no llegaste a entender?" Le basta un breve movimiento de pies para acercarse lo suficiente a Ichigo y darle un golpe seco en la frente utilizando su bastón, aunque sin emplear demasiada fuerza. "Estás cosas también pueden descontrolarse, idiota."
Ichigo se frota con la mano la zona del rostro que ha recibido el bastonazo y gira la cabeza hacia un lado, apartando la vista y cruzándose de brazos.
"Pues hasta ahora han funcionado perfectamente."
Casi más resignado que sorprendido por la actitud testaruda de Ichigo, Urahara se recoloca el gorro de rayas blancas y verdes, y resopla durante un momento, tratando de llenarse de paciencia.
"No seas insensato y reflexiona un poco, Kurosaki." Con la mano izquierda sujetando todavía su sombrero, Kisuke agacha la cabeza y baja la voz. "¿Por qué crees que la Sociedad de Almas dejó de utilizar este tipo de cebos?"
Antes de que Ichigo tenga tiempo de pensar en una respuesta, el cuerpo de Urahara comienza a desprender, de pronto, una extraña energía que pone en alerta todos sus sentidos. Cuando vuelve a mirarlo, sus ojos están fijos en la pequeña esfera metálica.
"El equilibrio de almas."
Su voz se ha vuelto casi un susurro, y viendo al tendero abstraído en la visión del curioso objeto que sostiene, Ichigo tiene la sensación de que su mente viaja hacia otro lugar y hasta otro tiempo. Por un momento, se pregunta si el propio Urahara tendría algo que ver en la fabricación de esos pequeños trastos.
"La Sociedad de almas comprobó que el uso excesivo de estos cebos alteraba el equilibrio natural de las almas, debido a que el proceso que requería convocar artificialmente a los hollows modificaba los circuitos normales del tránsito de espíritus entre los dos mundos."
Con la mirada todavía fija en el brillo metálico, Kisuke permanece durante unos segundos sumido en un profundo silencio que Ichigo no se atreve a romper. Una de esas enigmáticas sonrisas vuelve a asomar a sus labios mientras cierra la mano con decisión y guarda el cebo entre los pliegues de su ropa.
Cuando habla de nuevo, esta vez mirando a Ichigo, lo hace utilizando ese tono jovial y despreocupado al que suele recurrir con frecuencia.
"¡Y ya sabes lo que pasa con eso, Kurosaki!" Sonríe ampliamente, echándose el sombrero hacia atrás. "¡El fin del mundo!"
Ichigo suspira con resignación. A pesar de que está demasiado agotado como para tratar siquiera de hacerle el más mínimo rasguño, después de un comentario como ese, no puede evitar lamentase por no tener un objeto contundente cerca para lanzárselo a la cara, y puesto que no le queda otra opción que soportar con relativa asiduidad ese cambio de actitud tan típico de Urahara, llenándose paciencia, Ichigo se dispone a zanjar el asunto antes de que se le vuelvan a abrir todas las heridas del cuerpo por pura frustración.
"Has dicho que el principal inconveniente que tienen estos cebos es su uso excesivo." Su tono reflexivo contrasta con la amplia sonrisa que todavía baila en el rostro del tendero. "Entonces, no entiendo cual es el problema." De hecho, cuando se detiene a pensarlo, la cantidad de señuelos que sería necesario utilizar de manera continuada para poder provocar alguna clase de Apocalipsis le parece incalculable. "Si eso es así, es imposible que yo solo pueda romper ese tránsito espiritual del que hablas, por más que los utilice."
El tendero asiente despacio y mira a Ichigo con intensidad, recuperando un semblante más racional.
Con calma, Kisuke levanta su bastón del suelo, y valiéndose de un movimiento meditado, lo sitúa a la altura del pecho de Kurosaki.
"Escucha con atención, muchacho."
Por segunda vez en poco tiempo, Ichigo siente sobre su cuerpo la presión de Benihime desbordándose de la envoltura que la guarda. Aunque quisiera, no sería capaz de moverse.
"Por lo que a ti respecta, Kurosaki, el problema no es el tráfico de espíritus." Mientras habla, Urahara fija su mirada en el centro mismo del pecho de Ichigo, justo donde señala con su zampakutoh. "En tu caso, es del equilibrio de tu alma de lo que estamos hablando."
Cuando finalmente aleja el bastón y lo baja hasta el suelo, Ichigo se siente repentinamente liberado. Sin embargo, la arrolladora energía espiritual proyectada sobre su cuerpo, provoca que tarde más de lo que quisiera en articular palabra.
"¿A que te refieres?"
Instintivamente, se lleva la mano al mismo lugar en el que todavía es capaz de sentir la amenaza del filo de la zampakutoh con nombre de mujer. Justo al lado de su corazón.
"Mírate." Urahara señala la lesión del hombro y la hinchazón de la parte izquierda de su rostro, que ha empezado a deformarle la mandíbula en un extraño ángulo amoratado y contraído. "En la Sociedad de almas fuiste capaz de enfrentarte a dos capitanes de la talla de Zaraki Kenpachi y Byakuya Kuchiki, y esta noche, a pesar de las horas de entrenamiento, unos cuantos hollows han sido suficientes para dejarte en este lamentable estado."
Repentinamente herido en su orgullo, Ichigo levanta la vista con altivez y se incorpora con brusquedad.
"Eso es algo que no volverá a pasar." Con gran empeño se sitúa justo enfrente de Urahara, y mientras agarra con fuerza el cuello de su kimono, le mira directamente a los ojos "Me haré más fuerte y así podré proteger…"
De pronto, sus músculos quedan paralizados por un agudo espasmo que emerge desde lo más profundo de su cuerpo, y con un grito ahogado de dolor, Ichigo cae de rodillas al suelo ante la atenta mirada de Urahara, que sabe que con ese último esfuerzo ha agotado toda la fuerza que quedaba en su maltratado espíritu.
Sujetándole por los hombros con firmeza, Kisuke observa preocupado la figura de un apenas consciente Kurosaki, que trata por todos los medios de mantenerse firme.
"…podré proteger..."
Urahara cierra los ojos durante un segundo, y niega con la cabeza.
"¿Es que no has aprendido nada, muchacho?" Sin necesidad de concentrarse demasiado, Kisuke es capaz de determinar el débil estado en el que se encuentran los puntos vitales del chico. "Tu propia esencia está llegando al límite de sus capacidades, Kurosaki."
A Ichigo le cuesta un gran trabajo comprender las últimas palabras del tendero, que resuenan en su cabeza como un eco lejano.
"Si continuas gastando tanta energía espiritual de forma contínua, ya no podrás proteger a nadie."
Urahara agacha la cabeza hasta que el sombrero le cubre por completo los ojos y chasquea los dedos. Tan pronto como Ichigo cae desplomado sobre sus hombros, la figura imponente de Tessai Tsukabishi aparece a sus espaldas.
"Parece que las cosas van a empeorar más rápido de lo que tenía previsto, viejo amigo."
Tessai asiente despacio con un leve murmullo. Tras examinar las heridas del muchacho y sin esperar indicación alguna, agarra con cuidado el cuerpo inconsciente de Ichigo y se dirige presuroso hacia la tienda.
Un momento después, mirando al suelo y sumido en sus pensamientos, Urahara alcanza sus pasos.
Reacciona, Kurosaki. Si sigues así no habrá forma de evitar que esa cosa te devore.
