¡Hola de nuevo! ¡Aquí os traigo el cuarto capítulo! Tengo que decir que cuando empecé a escribir la historia, tenía la idea de centrarme sobre todo en Ichigo y Rukia, y no prestar demasiada atención a los demás personajes, pero curiosamente, la historia se ha ido haciendo cada vez más compleja en mi cabeza y me he decidido a añadir cosas que en principio no pensaba escribir, ¡Así que no os sorprendais si a lo largo de este capítulo o de los capítulos siguientes aparecen otras parejas!

¡Espero que os guste!

IV. La princesa, el puño y la flecha.

I.

Apenas lleva unos minutos despierta cuando siente el extraño dolor. Una sacudida en la boca del estómago parecida a un calambre, pero mucho más intensa.

Kurosaki.

Antes de tener tiempo para pensar en nada coherente, su cuerpo se mueve por impulso hacia la salida, atravesando con rapidez los recovecos de la casa y tropezando torpemente con todo lo que va encontrando a su paso hasta que sus pies desnudos tocan la fría superficie del suelo de la calle y la sensación de la suave brisa de la mañana sobre su cara le eriza la piel y la frena de golpe.

Con la puerta entreabierta entre sus manos, potencialmente expuesta a las miradas de la gente, descalza y aún en pijama, se sonroja bruscamente mientras trata de recuperar el control de sus piernas y retrocede unos pasos haciendo un gran esfuerzo, sintiéndose completamente ridícula por estar a punto de echar a correr hacia ninguna parte con ese aspecto destartalado.

Poco a poco trata de recuperar el aliento, y mientras observa los pies descalzos que casi no es capaz de mover, nota como su corazón late con fuerza y le tiemblan ligeramente las rodillas.

"Inoue."

La silueta de Chad se perfila grande y fuerte ante ella cuando sorprendida, levanta la vista.

"Chad." Vestido con una colorida camisa de flores, su pelo oscuro cae tan alborotado sobre su frente como de costumbre, cubriéndole casi por completo los ojos. "¿Qué estás haciendo aquí?"

Con calma y dando un par de pasos cortos, Chad avanza despacio cruzando el portal hasta llegar a la altura de Inoue, que ha soltado la puerta y lo mira con curiosidad.

"Vamos a ir a ver a Ichigo, Inoue."

Su respuesta la deja desconcertada. El dolor punzante en el centro de su cuerpo reaparece, y al colocar las manos sobre su pecho, Inoue vuelve a sentir el latido disparado de su corazón.

"Pero Chad…" Inoue apenas tiene el valor suficiente para expresar lo que tantas veces se ha tenido que repetir a si misma, y todos sus esfuerzos por controlar el temblor de su voz son inútiles en el momento en que tiene que pronunciar su nombre. "Kurosaki dijo que…"

"Se lo que dijo." Chad la interrumpe sin brusquedad pero con voz firme, apartando ligeramente la vista.

Hasta el momento, ninguno de los dos ha querido hablar del asunto.

Desde que Yoruichi les reveló la naturaleza de sus poderes, y sobre todo tras la experiencia en la Sociedad de Almas y la aparente proximidad de la futura guerra de la que todos hablan, Inoue ha estado reuniéndose con Chad cada tarde en el mismo edificio donde solían practicar junto a Yoruichi para entrenar y seguir progresando en el control de sus habilidades.

Cinco noches atrás, mientras realizaban esos mismos entrenamientos rutinarios, sintieron la inconfundible oscilación de la energía espiritual de Kurosaki preparándose para enfrentar a un poderoso hollow. Ambos sabían que por alguna extraña razón, desde que volvieron al mundo real, la fuerza de su amigo había ido debilitándose de manera considerable con cada combate y a pesar del constante empeño de Kurosaki por luchar sólo, los dos quisieron acudir en su ayuda de nuevo.

Cuando llegaron al lugar de la pelea, Kurosaki parecía tener dificultades para controlar su propia zampakutoh y por fortuna, Chad consiguió derrotar al extraño monstruo con su poderoso brazo. Después de comprobar que Chad estaba bien, y preparada para llamar a Ayame y Shuno, Inoue se aproximó hacia él dispuesta a curar sus heridas. Sin embargo, antes de poder acercarse lo suficiente, Kurosaki se incorporó de repente, dándoles la espalda.

Marchaos.

Su voz le pareció extraña, y la fuerza de su espíritu se volvió, por un segundo, inestable.

No quiero que volváis a entrometeros en esto.

Aunque no era la primera vez que les pedía que no intervinieran en su trabajo de shinigami, había algo en el sonido desvirtuado y espeso de sus palabras, en los músculos tensos de su espalda, y en la desconocida energía que irradiaba su cuerpo, que la dejó paralizada. Algo oscuro. En ese instante, una sola frase hueca y cortante bastó para pararle el corazón.

No os necesito.

Mientras lo vio alejarse sin molestarse si quiera en mirar atrás, Inoue fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Tampoco Chad, que permanecía inmóvil a su lado, apretando con fuerza los puños. Debieron quedarse allí de pie, juntos y en silencio, durante un buen rato, porque cuando consiguió recuperar la sensación de realidad, Urahara estaba frente a ella, y les prometía a los dos cuidar de Kurosaki hasta que él volviera a ser capaz de hacerlo por si mismo.

Desde ese día, no habían vuelto a intervenir en sus peleas, y a pesar de seguir sintiendo las fluctuaciones de su energía, Inoue confiaba en la palabra de Urahara, y se consolaba pensando que, de alguna manera, aunque ella no fuera capaz de ayudarle, Kurosaki no estaba solo en la extraña lucha interior que parecía mantener desde hacía tiempo contra si mismo.

"Estoy seguro de que Ichigo está herido."

Cuando Chad dice por fin lo que a ella le da tanto miedo asumir, se le hace un nudo en la garganta.

"Solo quiero ir a comprobar que está bien." Poco acostumbrada a contemplar de cerca los ojos de Chad, que la miran fijamente, Inoue siente el impulso de dar un paso atrás. "Igual que tu."

Sin pretenderlo, las lágrimas empiezan a empañar sus ojos, y cerrando con fuerza las manos que aún continúan juntas sobre su pecho, contiene un sollozo. Chad la sostiene con cuidado por los hombros y suaviza el tono de su voz.

"Vamos, Inoue." Sonríe amablemente. "Esperaré a que estés lista."

Después de sopesarlo durante un momento, incapaz de seguir negando su deseo de ver a Kurosaki, Inoue asiente con decisión, y mientras entra corriendo a cambiarse de ropa, apoyado en la pared con el ceño ligeramente fruncido, Chad sujeta la moneda de su cuello con los dedos, como si ese gesto fuera suficiente para alejar el mal presentimiento que le persigue desde hace días y que no termina de desaparecer.

II.

El almacén de Urahara parece estar tan tranquilo como de costumbre. Sus ordenados pasillos asoman a través de la puerta entreabierta repletos de diferentes productos de consumo, y fuera, en el patio, Ururu y Jinta se emplean a fondo en sus tareas de limpieza.

Urahara les está esperando cuando llegan.

"Se pondrá bien."

A Inoue le basta con mirarle a los ojos una vez para comprender que por el momento no habrá más explicación que esa, pero es todo lo que necesita saber. Haciendo un gran esfuerzo por dominar de nuevo sus lágrimas y soltando la gran cantidad de aire que ha estado conteniendo durante todo el camino, se limita a asentir mientras Chad le da las gracias a Urahara.

Sólo les permite entrar a verlo un segundo, cuando aún está profundamente dormido. Sus heridas han cerrado con facilidad y su cuerpo responde al tratamiento favorablemente, por lo que, a pesar de la insistencia de Inoue, Urahara se niega a hacer uso de sus poderes.

"Confía en mi, Inoue." Urahara sonríe a medias, poniendo con suavidad una mano sobre su cabeza. "Es importante que Ichigo pase por todo este proceso solo."

La seguridad que trasmite con sus palabras consigue dejarla un poco más tranquila y finalmente, decide no seguir insistiendo. A pesar de que ni Chad ni ella misma pueden hacer nada por Kurosaki, Tessai insiste en se queden un rato y se ofrece a prepararles un té que les calme el corazón y les suba un poco los ánimos.

Aceptando con gusto la invitación, Chad se sienta pensativo en el patio a esperar a que el té esté preparado, mientras que Inoue trata de no deprimirse demasiado deambulando por la curiosa tienda. Cuando observa desde lejos al simpático y despistado tendero vestido con sandalias de madera y sombrero extraño, sonríe pensando que nadie podría sospechar que aquel curioso hombre es en realidad un poderoso shinigami capaz de abrir portales hacia otros mundos; ni que lo que regenta es, de hecho, un cuartel general de operaciones que además tiene un enorme espacio rocoso de entrenamiento bajo el suelo.

Tatsuki siempre dice que es la chica más imaginativa que ha conocido nunca y sin embargo, a veces, a ella aún le cuesta creer en todo aquello.

Muchas mañanas se despierta imaginando que todo ha sido un extraño sueño. Cierra los ojos, y durante un momento, imagina que no tiene poderes, que no existen los hollows y que no hay nada parecido a los shinigamis o a la Sociedad de Almas. A veces, piensa en como sería su vida si no hubiera entrado en contacto con ese tipo de fuerza sobrenatural que despertó la energía que según le explicaron permanecía latente en su espíritu; y otras veces, la mayoría de las veces, imagina como sería la vida de Kurosaki si Kuchiki no hubiera entrado el ella.

En esa otra vida sin poderes, ni monstruos, ni mundos paralelos, viven una vida feliz y despreocupada que no incluye la posibilidad de ninguna guerra futura entre mundos, y ella ocupa un lugar mucho más importante en el corazón de Kurosaki, un lugar que desde hace tiempo pertenece a otra persona.

A la persona que revolucionó su mundo.

El corazón se le encoge un poquito al pensarlo. Al fin y al cabo, Kuchiki le dio a Kurosaki la fuerza que tanto deseaba, el regalo más preciado de todos: el poder para proteger a sus seres queridos.

Inoue suspira resignada, sintiendo que nunca podrá competir contra eso.

"El té está listo."

Sorprendida por la aparición de Tessai junto a ella da un pequeño respingo, y a modo de disculpa, Tessai le dirige una profunda reverencia que la hace sonreir. El dulce aroma del té que ahora impregna cada rincón de la tienda consigue apartarla de cualquier pensamiento triste o negativo, y sin hacerse esperar demasiado, Inoue se reúne con los demás alrededor de la mesa.

Chad permanece tan silencioso como de costumbre y Urahara sostiene con cuidado su taza de té caliente entre las manos. Tessai, en cambio, tiene que marcharse para poner orden entre Ururu y Jinta, que han comenzado una nueva pelea en el patio. Inoue lo piensa durante un instante antes de hablar, y finalmente decide que ese momento es tan bueno como cualquier otro para formular la pregunta que lleva rondándole en la cabeza desde hace días.

"¿Por qué crees que Kurosaki actúa de esta forma?"

Urahara la mira brevemente, pensativo.

"Me temo que no soy la persona más indicada para responder a esa pregunta."

Decepcionada por recibir una respuesta tan vaga, Inoue se lleva inconscientemente la taza de té a los labios. Está tan caliente que se quema la punta de la lengua al tratar de beberlo, y da un pequeño respingo que casi hace sonreír a Chad.

"Cuando nos conocimos, Ichigo buscaba pelea para calmar el dolor y el sentimiento de culpa que le producía la muerte de su madre."

Lo dice de un tirón, arrastrando una sílaba detrás de otra y bajando la vista al suelo. Como si fuera un secreto personal de Ichigo que a él no le correspondiera revelar. Urahara esboza una enigmática sonrisa que Inoue no comprende, y los mira a ambos perpleja.

"¿Y que clase de dolor o de sentimiento de culpa puede tener ahora?" Hace un gran esfuerzo por tratar de entender lo que parece estar tan claro para los demás, y sin darse cuenta, comienza a pensar en voz alta. "Después de todo Kurosaki consiguió salvar a Kuchiki…"

"Pero no traerla de vuelta."

Las palabras resuenan a su espalda y tiene que darse la vuelta para poder ver de donde proviene la voz.

"Ishida…"

Allí de pie, apoyado en el marco de la puerta entreabierta y vestido con unos pantalones azules y una sencilla camisa blanca, el último de los quincy se coloca las gafas con precisión y se cruza de brazos. Con una expresión seria en el rostro, mira directamente a Urahara, que le devuelve un gesto de asentimiento.

"Iré a ver si está despierto."

Inoue sigue mirándolos a todos completamente desconcertada.

"Pero, Ishida…"

"No te preocupes, Inoue." Sonríe a medias. "Kurosaki superará esto."

Aunque sigue sin comprender del todo que es exactamente lo que Kurosaki tiene que superar, tras unos segundos de indecisión, Inoue decide no seguir preguntando y se limita a asentir mientras toma de nuevo la taza de té entre sus manos. Después de todo, confía plenamente en sus amigos y hasta ahora, esa certeza ha sido más que suficiente para calmar su curiosidad y sus nervios.

"Gracias por todo, Urahara." Chad se inclina brevemente y deja su taza vacía sobre la mesa. "Pero si me disculpas debo continuar con mi entrenamiento."

Urahara asiente despacio.

"Puedes usar la cámara subterránea."

Sin demasiada ceremonia, Chad acepta gratamente su oferta y se levanta despacio al tiempo que Inoue bebe su té de un sorbo y se incorpora de golpe.

"¡Voy contigo, Sado!" Dando un par de pequeños saltos a su alrededor emocionada, Inoue lo agarra resuelta del brazo. "¡Esta vez, si gano yo, tendrás que probar mi comida!"

Ishida tiene que taparse la boca con las manos para contener la risa al ver a Chad fruncir el ceño y ponerse ligeramente pálido, pero Inoue sonríe tan ampliamente que Chad no puede negarse. Finalmente, los dos se introducen con cautela en el compartimiento que comunica con la sala de entrenamiento, mientras que Ishida se encamina por el pasillo hacia el cuarto en el que Kurosaki descansa.

Al verlos marchar, Urahara sonríe satisfecho y pasados unos segundos, se dirige hacia una pequeña sala situada al fondo del establecimiento.

En apariencia, la habitación no difiere demasiado en su contenido del de un modesto cuarto trastero. Mesas viejas y sillas rotas se apilan a uno y otro lado de las paredes, formando extrañas columnas inestables junto a multitud de papeles enrollados y cajas semi cerradas cubiertas de polvo. Urahara camina despacio hacia el fondo derecho de la estancia y con cuidado de no tirar nada se sitúa justo enfrente de un alargado y estrecho armario de madera oscura y astillada que apenas se adivina entre la penumbra. Con la mano puesta en el tirador, murmura un par de frases sin aparente sentido y cuando la última palabra sale de sus labios, espera a escuchar un escueto chasquido y abre la puerta.

Lo que hay al otro lado no es el interior de un armario corriente, sino una amplia sala de paredes blancas equipada con todo el instrumental necesario para realizar cualquier tipo de investigación o experimento, eso incluye entre otras muchas cosas, ordenadores, aparatos de medición, cámaras frigoríficas, trípodes, pizarras, tubos de ensayo, pinzas de distintos tamaños, equipos términos o tablas de elementos. El espacio está ocupado por grandes mesas metálicas que se encuentran abarrotadas con todo tipo de artilugios, muchos de ellos difíciles de identificar. Cuatro estanterías saturadas de libros ocupan las grandes paredes de la sala, y en un pequeño rincón, detrás de una montaña de cajas y junto a la única mesa que parece estar ordenada, hay una cama deshecha y dos sencillos sillones de color verde.

Quitándose el sombrero e inclinando un poco la cabeza para evitar golpearse con el marco de madera, Urahara entra en el laboratorio y siguiendo un pequeño ritual cotidiano, comprueba el buen funcionamiento de los termómetros que controlan y normalizan las condiciones ambientales de la habitación y lo observa todo con detenimiento para asegurarse de que las cosas están en orden.

Para Urahara, con los años, más allá del almacén y por encima de cualquier otro sitio, aquel laboratorio se ha convertido en su casa. Aunque en circunstancias normales habría estado listo en un par de meses, le costó casi dos años de exilio construirlo exactamente como quería y alguno más reunir todo el material básico. Las cosas no resultaban fáciles cuando a uno le estaban vetados lo que a Urahara le gustaba llamar los circuitos interdimensionales de intercambio, pero finalmente pudo terminarlo con éxito y desde entonces, es allí donde pasa la mayor parte del timpo enfrascado en nuevas ideas, desarrollando toda clase de experimentos o, como en ese caso, buscando la inspiración que tanta falta le hace para ayudar a Ichigo.

Colocando el sombrero sobre la pila de libros situada en una de las mesas más cercanas a la puerta por la que acaba de entrar, Urahara atraviesa la habitación en dirección a la cama y finalmente se sienta en uno de los cómodos sillones que hay a uno de los lados, cerrando los ojos por un instante y masajeándose las sienes con las yemas de los dedos. Pocos segundos después, escucha unos pasos felinos colándose por el hueco abierto del armario y seguidamente, nota a sus pies el ronroneo suave y familiar de un esbelto gato negro.

Urahara respira aliviado.

"Diez días."

El brillo metálico de los ojos del gato se hace más intenso entre las sombras de la amplia sala, y su voz suena áspera y cansada.

"Lo se."

Alejándose momentáneamente de Urahara, que aún permanece con los ojos cerrados, Yoruichi deambula sin prisa por la habitación, contemplando multitud de objetos extraños y curioseando un poco entre las cosas que no estaban allí la última vez que visitó el laboratorio. Después de merodear de un lado a otro unos minutos, finalmente se acerca de nuevo a los sillones, y dando un ligero salto sobre el escritorio de Kisuke, estira las patas y se hace un pequeño rosco encima un montón de papeles. Es entonces cuando ve sábanas revueltas y un par de almohadas arrugadas.

"¿Has vuelto a dormir aquí?"

Antes de instalar la cama y los dos sillones, Yoruichi solía encontrar a Urahara dormido encima de las mesas o tirado en el suelo bajo un montón de papeles arrugados y tablas de cálculo. Tessai y ella misma tardaron varios meses en convencerle de que si iba a pasar tanto tiempo allí dentro necesitaba como mínimo un sitio decente para descansar, y finalmente, una tarde de invierno en la que Urahara despertó tumbado en el suelo en una extraña postura y con el cuerpo entumecido, consintió en trasladar aquellos muebles hasta el pequeño rincón de una de las esquinas del laboratorio.

Recostado en el sillón, Urahara sonríe a medias ladeando la cabeza, y abre los ojos para mirar la modesta cama.

"Yo no lo llamaría dormir."

Desde que fue relevado de su puesto y expulsado de la Sociedad de Almas, a Urahara le cuesta bastante conciliar el sueño, y en los últimos meses, la traición descubierta de Aizen, los problemas de Ichigo o las ausencias prolongadas de Yoruichi, no han ayudado demasiado a mejorar esa situación.

Sobre todo las ausencias de Yoruichi.

"Creía que esta vez sería menos tiempo."

Por un momento, Yoruichi no sabe a que se refiere. Sólo cuando le observa levantarse sin mirarla y caminar por la habitación dándole la espalda cae en la cuenta y está a punto de echarse a reír. Sin demasiado esfuerzo se incorpora sobre sus patas y lentamente, su cuerpo felino comienza a irradiar un tenue resplandor y a cambiar de aspecto.

"Sólo han sido diez días, Kisuke."

Al volver a su forma original, la energía que desprende el espíritu de Yoruichi envuelve toda la estancia, y el efecto es tan intenso que por más que Urahara lo haya sentido mil veces antes, le sigue quebrando ligeramente la voz.

"Y diez noches."

Sentada sobre la mesa, Yoruichi sonríe cruzando las piernas. Su larga melena púrpura cayendo sobre sus hombros y la piel desnuda.

"He estado fuera durante periodos más largos de tiempo otras veces."

Parado en medio de la sala, Urahara cierra de nuevo los ojos y con un movimiento pausado, respira el aire que ahora queda impregnado de su dulce aroma. Aún sin darse le vuelta, nota como los pies descalzos de Yoruichi tocan el suelo y avanzan en su dirección.

"Pero ahora las cosas son distintas."

Debe ser tan sólo un instante, pero a Urahara le parece que Yoruichi tarda una eternidad en llegar hasta él, y cuando finalmente sus brazos desnudos le alcanzan, sólo es capaz de escuchar el latido desbocado de su corazón.

Sujetándole con fuerza por la espalda, Yoruichi apoya delicadamente la cabeza sobre sus hombros hasta envolverle con la suavidad de su piel y el perfume de su pelo, y en ese momento, Urahara se pregunta cómo es posible que no se haya vuelto loco de tanto echarla de menos.

"Los dos sabemos que Aizen aún tardará un tiempo en actuar." Dejándose arropar por la calidez que desprende Urahara, Yoruichi se mece lentamente entre sus brazos durante unos segundos, prolongando el momento antes de tener que apartarse de él. "Por ahora, tú y yo tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos."

Al perder el contacto con el cuerpo de Yoruichi, Urahara siente un frío repentino y se da la vuelta para mirarla. Como cada vez que contempla la imagen desnuda de la noble dama Shihouin frente a él, se queda sin habla, y al ver la expresión de su cara, entornando los ojos divertida, Yoruichi se acerca un poco más, contoneándose.

"Ya deberías estar acostumbrado a esto, Kisuke."

Susurra las palabras en su oído con una amplia sonrisa en el rostro, y poniéndose de puntillas, se inclina despacio hacia delante para darle un beso suave en los labios. Ligeramente sonrojado, Urahara se desprende de su capa y la coloca con cuidado sobre sus hombros, envolviéndola con ella en un abrazo.

"Las cosas han empeorado."

No sin esfuerzo, ahora es Urahara el que se aleja, recuperando su semblante más serio. Yoruichi asiente contrariada, frunciendo el ceño y colocando las manos sobre sus caderas.

"Debimos suponer que pasaría esto cuando forzamos su proceso de conversión en shinigami."

Volviendo a ponerse el sombrero que había dejado apartado encima de la mesa, el ex capitán de la doceava división baja la vista y se cruza de brazos, caminando alrededor de la habitación.

"No teníamos otra alternativa."

Con sus ojos felinos, Yoruichi le observa deambular concentrado, y le basta un instante para darse cuenta de que no habrá plan posible que consiga evitar lo inevitable.

"¿Crees que podrá con esto?"

Urahara se detiene sobre sus pasos y la mira con intensidad.

"Ojalá."

III.

Cuando abre los ojos, la habitación le parece extraña. La cabeza le da vueltas y nota un sabor amargo en el paladar que le revuelve el estómago. Aunque hace calor, su cuerpo tiembla ligeramente como consecuencia de la fiebre que aún no ha terminado de bajar, pero su frente está templada y ha recuperado por completo la consciencia.

Le resulta difícil calcular el tiempo que lleva metido en esa cama, aunque la tenue luz que se cuela por las rendijas de la ventana le indica que aún no ha anochecido del todo. Lo último que recuerda es haber sentido un dolor intenso en el centro del pecho y de manera instintiva, se lleva las manos al corazón, presionando brevemente sobre la superficie de las vendas que cubren su torso. Aunque siente un desagradable pinchazo en el costado, el malestar ha desaparecido casi por completo, y después de repasar con cuidado el resto de sus heridas y comprobar que su estado es bastante satisfactorio, está seguro de tener la fuerza suficiente como para intentar incorporarse despacio.

"Estás hecho un asco, shinigami."

Apoyado sobre la pared con los brazos cruzados, Ishida sonríe a medias al tiempo que se incorpora despacio y mete las manos en los bolsillos. Mientras avanza hacia él, la sombra que proyecta su cuerpo, se expande de manera desproporcionada entre los recovecos de la habitación en penumbra, y a medida que se acerca hasta la cama, Ichigo es capaz de distinguir a través del reflejo de sus gafas, un rostro pálido y unas marcadas ojeras. Está seguro de que además, ha perdido algo de peso y cojea ligeramente del pie izquierdo.

"Yo he estado luchando contra unos bichos enormes, ¿cuál es tu excusa?"

Sentándose con cuidado a su lado, Ishida se limita a arquear una ceja mientras se coloca las gafas, sin molestarse en decir nada. Por la expresión de su cara y sus movimientos lentos, parece que el cuerpo le duele bastante, y por mucho que a Ichigo le guste fastidiarle, tiene la certeza de que su aspecto cansado y esas heridas, son sin ningún asomo duda, producto de un duro entrenamiento.

Después de todo, pese al tiempo que ha pasado desde que volvieron de la Sociedad de Almas, Ishida no ha conseguido recuperar sus poderes de quincy, y aunque nunca hable de ello, sus prolongadas ausencias en las últimas semanas, y su desmejorado estado físico, son la prueba inconfundible de esa rigurosa disciplina de entrenamiento a la que está seguro que se ha estado sometiendo.

"¿Qué haces aquí, Ishida?" Con cuidado, Ichigo levanta un poco los brazos y dobla los codos, apoyando las palmas de las manos sobre la superficie de la cama para tomar un poco de impulso y así poder inclinar la espalda. "Deberías estar ocupándote de asuntos más importantes." Haciendo caso omiso a sus palabras, Ishida observa todo el proceso con paciencia, hasta que Ichigo consigue quedarse sentado. "¿O es que acaso estabas preocupado por mi, quincy?"

Al decir la última frase, utiliza un exagarado tono quejumbroso y mirándolo de soslayo, Ishida esboza una sonrisa.

"Lo único que me preocupa es el grado al que ha llegado tu estupidez, Kurosaki."

Ichigo está bastante seguro de que debería sentirse ofendido por ese comentario, sin embargo, aún se encuentra demasiado cansado como para empezar una de sus largas y rutinarias discusiones con Ishida, así que por una vez, decide ignorar el insulto.

"¿Por qué os ponéis todos así?" Apoyando la cabeza entre las manos y cerrando los ojos durante un segundo, Ichigo resopla con desgana. "Lo único que hago es cumplir con mi trabajo."

Pese a que trata de hacer todo lo posible por mantener la calma, Ishida frunce el ceño desconcertado y levanta la voz más de lo que le gustaría.

"¿Pero se puede saber de que demonios hablas?" Sin poder evitarlo, le da un pequeño pescozón a Ichigo en la base del cuello. Utilizando la fuerza suficiente como para que éste levante la cabeza y le preste atención, pero sin llegar a hacerle daño. "Hasta tú tendrías que darte cuenta de que estás llegando al límite, idiota."

Ichigo le observa durante un momento con los ojos muy abiertos, sorprendido de que sea precisamente Ishida el que, teniendo ese aspecto, acabe de decir algo así.

"Deberías mirarte en un espejo antes de hablar, capullo."

Colocándose de nuevo las gafas y cruzándose de brazos, Ishida levanta orgulloso la barbilla, girando la cabeza hacia un lado y sonrojándose ligeramente.

"Creo que no es necesario que te explique le diferencia que existe entre un entrenamiento intensivo para recuperar un poder, y el empeño de un memo por agotar toda su energía espiritual de golpe."

Ichigo cruza los brazos a su vez, y gira la cabeza hacia el lado contrario, en un gesto casi idéntico al de Ishida.

"Mi energía espiritual está en perfecto estado, pero gracias por preguntar."

Probablemente si Ishida no hubiera perdido gran parte de sus poderes en la Sociedad de Almas, ese sería el momento en el que clavaría una afilada y dolorosa flecha quincy en su arrogante culo de shinigami, pero dado que eso sería del todo inapropiado, y que de todas formas hacer algo remotamente parecido está fuera de su alcance en su estado actual, se conforma con apretar los dientes, soltar un poco de aire, y tratar de calmar sus nervios contando hasta diez antes de hablar de nuevo.

"Chad e Inoue han venido a verte." Sorprendido por el giro brusco de la conversación, Ichigo recupera su postura inicial y vuelve a mira a Ishida, que mucho más tranquilo, tiene los ojos cerrados y mantiene los brazos cruzados con un semblante reflexivo. "Algún día tendrás que pedirles perdón."

Probablemente hay patadas en el estómago que duelen menos que esa frase.

"Lo se."

Es extraño, pero ni siquiera recuerda exactamente lo que les dijo aquella noche. Seguramente su actitud no debió de ser muy distinta a la del resto de ocasiones que había intentado que por el bien de ambos, le dejaran sólo; y sin embargo, a la mañana siguiente, en el instituto, la tensión en las facciones de Sado y los ojos hinchados de Inoue, fueron suficientes para hacerle comprender que sus palabras habían sido más efectivas de lo que en realidad hubiera deseado.

"Tus amigos se preocupan por ti, Kurosaki."

Ishida lo observa durante un momento visiblemente preocupado, con el ceño fruncido y sin rastro de ironía en su voz. Ichigo en cambio, evita mirarle a los ojos cuando responde.

"Pues no hay razón para ello."

Consciente de que, a pesar de haber puesto todo su empeño, ni siquiera con sus propias palabras es capaz de convencerse a si mismo, baja la vista y aprieta con fuerza las sábanas.

"Idiota." Sonriendo a medias, Ishida se quita las gafas y comienza a limpiar los cristales con cuidado, utilizando un pequeño pañuelo blanco que saca de uno de sus bolsillos. "Deja de fingir que no sabes de lo que te hablo y haz algo para solucionar lo que te está pasando."

O al final conseguirás que te maten.

Ishida está a punto de decirlo, pero no lo dice. En lugar de eso, se levanta despacio colocándose de nuevo las gafas y se dirige con pasos lentos hacia la salida mientras Ichigo lo sigue con la vista desconcertado.

Antes de salir de la habitación, ladea ligeramente la cabeza y lo mira de reojo.

"Acabar con todos esos hollows no hará que te olvides de ella."

Cuando Ishida cierra la puerta tras de si y vuelve a quedarse sólo en la pequeña habitación, Ichigo golpea con fuerza la almohada y siente un dolor profundo en el pecho.

Rukia.

Es entonces cuando oye la voz.