¡Hola a todos! Mi ordenador últimamente es un desastre, y aunque tenía este capítulo preparado mucho antes, perdí parte de lo que había escrito y casi he tenido que volverlo a escribir. Pensaba hacerlo un poco más largo, pero como he tardado tanto en actualizar y esta semana no voy a poder escribir mucho, he pensado dejarlo aquí para poder publicarlo hoy y que no se pase más tiempo.
Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, de verdad que os lo agradezco.
¡Intentaré no tardar tanto en publicar el siguiente capítulo!
¡Espero que os guste y que sigáis dejando vuestras opiniones!
VI. Aproximaciones.
I.
La alarma no ha dejado de sonar con insistencia desde que llegó al Centro de Control de Operaciones, convocado mediante un mensaje urgente. A su alrededor toda la sala parece estar sumida en una especie de caos organizado en el que cada miembro del Centro controla aparatos, observa incidencias y pulsa botones de varios tamaños y formas. Todos y cada uno de los shinigamis allí presentes parece saber exactamente que hacer y hacia donde dirigirse, pero aparentemente, ninguno de ellos piensa tomarse la molestia de apagar aquel estridente sonido que le martillea los oídos desde hace ya más de diez minutos. El capitán Toshiro Hitsugaya empieza a plantearse seriamente utilizar a Hyorinmaru para congelar toda la maldita sala.
"¿No podéis parar ese trasto de una vez?" Los oficiales encargados de los monitores continúan correteando de un lado para otro, inquietos, murmurando incoherencias y anotando coordenadas y extraños códigos en cuadernos de distintos colores. "Empieza a dolerme la cabeza".
Uno de ellos se detiene un segundo a mirarle y le hace una breve reverencia.
"Lo siento, señor." El chico parece sinceramente contrariado. "Es automático".
Tratando de sonar lo más calmado posible, Toshiro se cruza de brazos y resopla con resignación.
"¿Vuestro jefe es capaz de pasarse cientos de años inventando las más sofisticadas armas y toda clase de extraños artilugios y no puede crear un maldito botón de apagado?"
El oficial de la Duodécima División se encoge de hombros y sin más palabras, vuelve a prestar atención a su hoja de cálculos, mientras Toshiro contempla una vez más todo el Sistema de Registro Monitorizado de Actividad Energética Inusual que el capitán Mayuri Kurotsuchi creó, instaló y bautizó con ese enrevesado nombre, y que sólo una docena de personas en toda la Sociedad de Almas es capaz de utilizar correctamente.
"Parece que está a punto de echar humo por las orejas, capitán".
El inconfundible tono desenfadado que escucha a su espalda le pone todavía de peor humor, y de nuevo, tiene que hacer un gran esfuerzo por mantener la calma.
"A callar, Matsumoto".
Poniéndose a su altura y colocando las manos en sus caderas, una risueña Matsumoto saca la lengua mientras se contonea y se arregla el pelo coqueta.
"¿Qué está haciendo ahí parado con esa cara?"
Toshiro la mira entornando los ojos.
"¿No ves que tenemos una emergencia?"
Matsumoto asiente.
"Aún así tiene que aprender a relajarse, capitán".
A pesar de seguir enfadado, Toshiro respira con alivio al comprobar que, afortunadamente, aunque la intensa luz roja continúa encendida, el molesto silbido emitido por la alarma parece extinguirse del todo.
"Capitán Hitsugaya".
Cruzando la puerta con ligereza, el capitán de la Decimotercera División aparece en la estancia y se coloca frente a él sin más preámbulos, visiblemente inquieto.
El sistema de emergencia se había disparado apenas concluida la puesta del sol. Los sensores de energía interdimensional comenzaron a procesar a toda velocidad picos energéticos poco usuales en un punto concreto de la ciudad de Karakura y puesto que el capitán y la subcapitana Kurotsuchi se encontraban en medio de un experimento, y éste odiaba ser interrumpido cuando estaba en su laboratorio, a pesar de que la vigilancia del Centro de Control no entraba dentro de las obligaciones de Ukitake ni de ninguno de los miembros de su división, puesto que Rukia Kuchiki, una de sus subordinadas, estaba destinada en aquella zona, los oficiales de la Duodécima División al mando habían considerado oportuno avisarle. Desde entonces, el capitán se había hecho cargo personalmente de todo.
"Ukitake". Toshiro frunce el ceño contrariado. "¿Dónde te habías metido?"
Aunque recupera un semblante más sereno, Ukitake contesta con gravedad.
"He ido a informar al Comandante Yamamoto".
Al escuchar que la situación requiere la intervención del Comandante, todos los sentidos de Toshiro se ponen alerta, y es capaz de notar el mismo efecto en su subordinada, que cambia de actitud, relajando la sonrisa de su rostro y escuchando con atención.
"¿Quieres explicarme que es lo que está pasando?"
Ukitake toma un poco de aire, con los ojos fijos en una de las pantallas que tiene delante.
"Hemos detectado una fuente anormal de energía en la zona norte de la ciudad de Karakura".
Precisamente una vista aérea de la ciudad aparece proyectada en el monitor principal de la sala mientras Ukitake pronuncia esas palabras.
"¿En la zona norte?" Toshiro recuerda haber oído hablar de ese lugar concreto en alguna reunión. "¿Ese no es el territorio del shinigami sustituto?"
Ukitake asiente.
"Así es". Con los dedos de su mano derecha, señala en el mapa el área aproximada de la ciudad a la que se refiere. "De hecho, creemos que el propio Ichigo Kurosaki podría ser el portador de esa energía".
Matsumoto, que hasta el momento permanecía callada, se dirige al capitán Ukitake bastante confusa, sin poder controlar su impaciencia.
"¿Y qué puede significar eso, capitán?"
A esas alturas, Toshiro es plenamente consciente de que sea lo que sea, no significa nada bueno, y Ukitake no tarda en confirmar sus sospechas.
"Aún no estamos seguros, pero la situación podría volverse peligrosa para todos".
Frunciendo ligeramente el ceño, Matsumoto mira alternativamente a los dos capitanes, expectante.
"Entiendo". Toshiro se lleva una mano a la barbilla reflexivo. "¿Cuáles son las órdenes del Comandante?"
Ukitake extiende un sobre sellado hacia él.
"El Comandante quiere que te encargues de preparar una unidad que esté lista para intervenir en el Mundo Real en caso de que sea necesario".
Toshiro asiente, abriendo el sobre y leyendo con detenimiento las disposiciones precisas del Comandante.
"¿Y mientras tanto que haremos, señor?".
Ukitake mira a Matsumoto con serenidad.
"Esperaremos a ver cómo se desarrollan las cosas".
Matsumoto asiente y Ukitake vuelve a mirar el mapa de Karakura, mientras todo el Centro de Control continúa en pleno revuelo.
"Además, el Comandante ya se ha puesto en contacto con Kisuke Urahara".
II.
Si le preguntaran, Rukia diría que no le temblaban las rodillas cuando la capitana Unahana le confirmó que a pesar de no estar recuperada del todo, era libre de reincorporarse al trabajo si ese era su deseo. Aseguraría que no se le hizo un nudo en la garganta en el momento en el que el capitán Ukitake hizo oficial su vuelta al mundo real aquella misma tarde y probablemente repetiría mecánicamente que estaba prestando atención cuando Renji le deseó buena suerte y la subcapitana Matsumoto le encargó comprar una barra de labios con sabor a frambuesa como las que solían usar las mujeres humanas. Diría que asintió convencida ante la insistencia del capitán Kempachi, empeñado en hacerla prometer que arrastraría a Ichigo pronto de vuelta a la Sociedad de Almas, y que tuvo tiempo de sorprenderse al oír a la subcapitana Kurotsuchi pedirle tímidamente traerle noticias de Ishida a su regreso.
Diría todo eso con calma y sin apartar la vista, pero nada sería cierto.
Si le preguntaran, Rukia, además, negaría haber sentido una ligera presión en el pecho viendo abrirse la puerta interdimensional, diría que había estado corriendo un par de horas por el canal de tránsito entre los dos mundos, e insistiría en que el ritmo acelerado de su corazón y el ligero rubor de sus mejillas se debían exclusivamente al esfuerzo físico. Quizá en ese caso, alguien respondiera que no había sido necesario correr y que de hecho, ni siquiera habían sido un par de horas, sino sólo unos pocos minutos. Y tendría razón. Ella, sin embargo, hablaría de algún tipo de fluctuación temporal, de una alteración en las corrientes de energía de la garganta, y puede que hasta le echara la culpa a Urahara.
Si le preguntaran, cualquier excusa le parecería válida con tal de no admitir que la ansiedad que le producía la idea de volver a ver a Ichigo actuaba sobre ella como un hechizo kidoh de alto nivel. Controlando su cuerpo y su mente.
Afortunadamente, cuando cruza el portal con el estómago encogido y pone un pie tembloroso en el mundo real, no hay nadie cerca para hacer preguntas.
Casi de inmediato, la puerta interdimensional desparece a su espalda con un escueto chasquido, provocando una suave brisa que le hace cosquillas en la base del cuello y entre los dedos de las manos. Tarda unos minutos en acostumbrarse al aire ligeramente más espeso de la dimensión humana y le cuesta respirar con normalidad, pero cuando mira a su alrededor, le reconforta pensar que la ciudad le sigue pareciendo la misma de siempre.
Sus calles aparentemente tranquilas aún contienen aquella fuerte carga espiritual que le resultó tan sorprendente la primera vez, y las extrañas oscilaciones energéticas que irradia la atmósfera despiertan todos y cada uno de sus sentidos de shinigami.
Apenas acaba de anochecer, y aunque la idea de ir directamente a colarse por la ventana de Ichigo cruza por su mente durante un momento, después de pensarlo bien, decide que lo primero que debe hacer es visitar a Urahara para informarle de su regreso y solicitarle un gigai, además del resto de material que necesitará para cumplir correctamente con su trabajo.
Algo más tranquila por haber conseguido organizar sus ideas, Rukia comienza a andar con pasos cortos por la amplia avenida que tiene frente a ella, desierta a excepción de algún gato escurridizo que desaparece entre las esquinas de los callejones.
La tenue luz de las farolas parpadea oscilante sobre su cabeza y la temperatura parece haber descendido unos grados cuando un repentino escalofrío le sacude por la espalda, recorriendo su cuerpo desde la base de la nuca hasta las puntas de los pies, y haciendo que se detenga de golpe.
Completamente quieta y con los ojos muy abiertos, Rukia trata de identificar de donde proviene la poderosa y oscura energía que se adueña de su cuerpo, y a quién es su portador.
Está segura de que por el tipo de fuerza espiritual que desprende tiene que tratarse de un hollow, pero ni siquiera estando frente a un Menos había experimentado antes una sensación parecida.
Su mente comienza a funcionar deprisa. Primero piensa en Aizen, en la posibilidad de que algo de aquella energía tenga que ver con él, después imagina a algún tipo de enemigo desconocido relacionado con el hougyoku, y mientras toda clase de teorías cruzan por su mente, segura de que la fuente de esa energía se dirige hasta su posición, mira a uno y otro lado para comprobar que no hay ningún humano cerca que pueda correr peligro.
De pronto, la luz de las farolas que iluminan la calle a derecha e izquierda comienza a apagarse de manera sucesiva, y Rukia retrocede por instinto un par de pasos, arrastrando los pies. El escalofrío que inunda todas y cada una de sus terminaciones nerviosas se hace más intenso cuando la última de las farolas se apaga, dejándola completamente a oscuras, y por un momento cree que la espesa energía espiritual que la envuelve la hará caer al suelo paralizada. Sin embargo, tan solo unos segundos después, un tenue resplandor a su espalda resurge emitiendo un débil haz de luz, y cuando consigue acostumbrar sus ojos a la nueva penumbra, con el corazón disparado y la boca seca, Rukia es capaz de distinguir con claridad una sombra alargada que se proyecta en el suelo justo frente a ella. El perfil completo de un cuerpo delgado con el pelo revuelto se dibuja por encima de su propio contorno, el trazo de la zampakutoh, e incluso la postura de los brazos y de las piernas se diferencia entre los reflejos de la débil luz con asombrosa precisión.
Mientras sus ojos recorren despacio las líneas de la interminable silueta, Rukia comienza a respirar ruidosamente. Con un dolor sordo en el centro del pecho se da la vuelta despacio, temblando.
"¿I…Ichigo?".
Frente a ella, tras la luz de la única de las farolas que permanece encendida, vestido con el uniforme de shinigami y con la zampakutoh a su espalda, la figura de Ichigo parece más alta y más fuerte que la última vez. Y mucho más despiadada.
Su rostro y parte de su perfil derecho permanecen aún a oscuras, pero Rukia es capaz de adivinar una sonrisa hueca que no tarda en convertirse en una risa desagradable y estridente.
"Soy su nueva y mejorada versión".
El sonido distorsionado de su voz la golpea en los oídos como una corriente eléctrica y el dolor que siente en el pecho se hace más intenso. Por un momento, su mente la transporta automáticamente a otro lugar y a otro tiempo. Son solo unos segundos, pero es suficiente para estar de nuevo en la Sociedad de Almas, ante el cuerpo poseído de Kaien, escuchando la misma risa, el mismo tono de voz sombrío.
Conteniendo el impulso de retroceder, Rukia siente avanzar hacia su dirección la cadencia de unos pasos que resuenan entre los recovecos de la calle desierta, y aguanta la respiración casi inconscientemente durante un par de segundos largos. Justo el tiempo que él emplea en moverse un poco hacia delante e inclinar la cabeza para mirarla de cerca, exponiéndose completamente a la luz.
Los ojos desorbitados de Rukia se dirigen directamente hacia la mitad derecha de su cara, mientras se cubre la boca con las manos y le empiezan a fallar las piernas.
La máscara cubre todo ese lado, desgarrándose en la parte superior y marcada por tres franjas granates verticales que parten sucesivas desde la zona más alta de su nariz, haciéndose más anchas y curvadas sobre su frente. El ojo que queda enmarcado por el huesudo antifaz ha perdido todo rastro de pupila y se contrae en la forma ovalada de un amarillo intenso y penetrante que da paso a otras dos pequeñas franjas granates más estrechas e igualmente arqueadas sobre su pómulo. La parte inferior está rematada con media dentadura fuerte y prominente, y todo el conjunto parece acoplarse al rostro de Ichigo como si siempre hubiese estado allí.
De pronto, Rukia tiene que hacer un gran esfuerzo por respirar.
Sin dejar de mirarla, Ichigo, o lo que queda de él, apoya una mano sobre la estructura metálica de la farola, reposando su cuerpo sin demasiado esfuerzo y enseñándole unos dientes afilados que acompañan a una mirada anaranjada y vacía.
"Rukia Kuchiki". Rukia se estremece hasta los huesos al escuchar su nombre bailando entre su lengua siseante. "Por fin".
Aún con los ojos puestos en la máscara, desesperada por entender lo que está pasando, Rukia traga con dificultad y se aclara la garganta, buscando su voz perdida en alguna parte de su cuerpo para poder formular la pregunta más elemental de todas.
"¿Q…quien eres?"
La extraña figura que tiene frente a ella parece bastante sorprendida por la pregunta, y la mira durante un momento con tanta fijeza que Rukia está a punto de apartar la vista.
"No tengo nombre". Se incorpora con ligereza y da un par de pasos al frente, acercándose amenazadoramente. "Aunque puedes llamarme Ichigo".
"No".
La respuesta es automática e inmediata.
"¿No?".
Cuanto más se aproxima, la carga energética a su alrededor se hace más dolorosa y pesada. Como shinigami, Rukia ha sido entrenada para conocer y distinguir cualquier tipo de alma, las transformaciones a las que está sometida su materia y todos y cada uno de sus posibles procesos evolutivos. Eso incluye fases tan diversas como las purificaciones, fusiones, hollowficaciones o posesiones, así como la distinción de la energía característica que desprenden unos y otros estados espirituales. No sabe cómo y no entiende por qué, pero por mucho que se resista a creerlo, cuanto más cerca está de él, la energía que la envuelve, la máscara, y todas y cada una de las partículas espirituales que desprende su cuerpo, la llevan a la misma conclusión.
A la única conclusión posible.
"¿Ya te has dado cuenta?"
Tiene ganas de gritar.
"¿Cómo es posible?" Incapaz de contener las lágrimas y apretando las manos contra el pecho, Rukia clava la vista en el suelo. "¿Cómo es posible que te hayas convertido en esto?"
El hollow en el que se ha transformado Ichigo vuelve a reírse con ganas, y da un par de vueltas en torno a ella.
"Deberías alegrarte". Rukia levanta la vista de nuevo y ladea la cabeza, siguiendo el movimiento pausado que dibuja a su alrededor. "Ahora Ichigo es mucho más fuerte". Se da un par de palmaditas en el pecho y extiende los brazos hacia ella. "Y es todo gracias a ti."
Confundida y desconcertada, Rukia trata de articular palabra sin demasiado éxito, y a cambio, solo consigue emitir un débil balbuceo.
El hollow avanza hasta invadir su espacio personal y le sujeta la cara con una mano, levantándole la barbilla con una ligera presión que la obliga a mirarlo directamente a los ojos vacíos.
"Al parecer eres su punto débil."
Durante unos segundos parece examinarla con cuidado, como si tratara de encontrar en su rostro la justificación a algo que Rukia no llega a entender muy bien.
"Afortunadamente, yo no tengo ese problema".
Aunque la suelta de golpe y se aparta de ella, el contacto con la mano fría del hollow, tan distinta a la habitual calidez de Ichigo, la deja paralizada, y Rukia cae de rodillas al suelo respirando con dificultad.
De nuevo, la imagen de aquella noche en la Sociedad de Almas vuelve a su memoria. El mismo miedo, la misma sensación de impotencia, el dolor en el pecho que se hace más y más fuerte. Despacio, levanta la vista para mirar una vez más a Ichigo, para mirar en lo que se ha convertido, y los ojos se le llenan de lágrimas cargadas de rabia contra si misma por no saber cómo impedir que todo vuelva a repetirse.
El hollow se agacha frente a ella y sonríe de nuevo.
"Vas a tener que cambiar esa cara, shinigami. O no será divertido".
Rukia siente un pinchazo agudo en el estómago que le acelera el pulso.
"¿Qué es lo que tiene que ser divertido?".
La sonrisa del hollow se hace más amplia.
"Matarte".
