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XII. Epílogo: Cada final es un comienzo.
Con el sonido rítmico de las manecillas del reloj acompañándole, y frotándose los ojos distraídamente, Kisuke Urahara se incorpora con cuidado sobre la cama, tratando de no hacer ningún ruido. Aún es noche cerrada y Yoruichi respira pausadamente a su lado, sumida en el sueño profundo que a él le abandonó hace horas.
Ejecutando movimientos lentos y estudiados, se levanta pausadamente, sintiendo un escalofrío en la piel desnuda cuando su cuerpo se aleja del confortable calor con el que su compañera impregna las sábanas, y se dirige de puntillas hacia uno de los extremos de la habitación.
Tanteando la oscuridad durante unos segundos con los ojos muy abiertos, Urahara finalmente divisa, guiado más por la intuición que por el convencimiento, su cómoda túnica verde colocada con descuido encima de una pequeña silla de madera, y agarrándola con prontitud, se la coloca con torpeza mientras sujeta con una mano sus sandalias de madera y con la otra trata de abrir la puerta sigilosamente para salir de la habitación.
Una vez fuera, viéndose capaz de moverse con libertad e iluminado por la claridad que los reflejos de la luna vierten en el amplio recinto a través de las ventanas, Urahara se coloca en condiciones la túnica y se calza las sandalias, iniciando un pequeño rodeo por el almacén para comprobar que todo está en orden, y de paso, desentumecer sus adormecidos músculos.
Pasados unos minutos deambulando por los pasillos sumido en el más absoluto de los silencios, una repentina brisa azota los muros de la parte norte de la casa, abriendo con descaro uno de los ventanales situados frente al amplio porche de la entrada, que sacude la pared dando un golpe seco.
Con un extraño brillo en los ojos, Urahara se encamina con calma hacia esa misma ventana, pero una vez allí, en vez de cerrarla, decide dar un pequeño salto que lo coloca con habilidad en la fachada exterior del almacén, justo a la izquierda de la puerta principal.
Cruzándose de brazos y entrecerrando los ojos, Kisuke deja escapar las palabras con suavidad.
"Ha pasado mucho tiempo desde la última vez…capitán".
A su espalda, justo por encima de su cabeza, la risa entrecortada precede a la aparición de unas piernas largas que se dejan colgar descuidadamente desde uno de los salientes del tejado.
"Capitán…" Urahara cree distinguir cierto tono de melancolía en la conocida voz, pero antes de que pueda decir nada al respecto, el impulso que su inesperada visita utiliza para saltar hasta el suelo y colocarse a su lado, le obliga a dar un par de pasos hacia atrás para evitar ser arrollado por la delgada figura. "Suena extraño, ¿no es cierto?". Superada la repentina impresión, y contento de encontrarse cara a cara con su acompañante después de tanto tiempo, el ex capitán de la Doceava División asiente, avanzando unos pasos hasta colocarse justo enfrente de él para observarlo con detenimiento. "Como si hubiera pasado un millón de años".
Shinji Hirako no ha cambiado en absoluto. El mismo porte juvenil, la misma figura esbelta, y la cara ovalada luciendo su extraña sonrisa. El aura poderosa.
"No te esperaba tan pronto, Shinji".
Sin dejar de sonreír, se encoje de hombros sin más.
"Hemos tenido noticia de ciertos acontecimientos recientes".
Urahara asiente de nuevo mientras se inclina hacia delante hasta alcanzar con sus brazos la modesta barandilla que rodea esa parte de la casa, dejando reposar el peso de su cuerpo sobre ella.
"Lo imaginaba".
Imitando el movimiento de su compañero, Hirako se sitúa junto a él, apoyando su espalda sobre los barrotes al tiempo que introduce las manos en los bolsillos de su pantalón blanco.
"No podremos esperar mucho más, Kisuke. No debemos esperar mucho mas".
Urahara ladea la cabeza con desgana y esboza una mueca.
"Lo se". Hirako lo mira inquisitivamente, intuyendo la idea que le ronda por la cabeza a su amigo y que éste no tarda en expresar. "El chico se merece un descanso, Shinji. Acaba de invertir él solo un proceso completo de hollowficación".
Al chasquear la lengua, el pequeño piercing plateado de Hirako relampaguea en la noche.
"Sabes mejor que nadie que con su esfuerzo el chico apenas ha conseguido retrasar lo inevitable. El hollow no tardará en volver."
Urahara resopla con irritación ante la lógica aplastante de sus palabras, y haciendo un gesto evasivo con la mano para dar a entender que no necesita que nadie le recuerde un pensamiento que le resulta tan molesto, el ex capitán de la Doceava División decide evitar una previsible disputa con el ex capitán de la Quinta División acerca de lo que Kurosaki es o no capaz de hacer, y salta un par de páginas hacia delante en su guión mental de la discusión.
"No querrá unirse a vosotros".
Hirako le mira sorprendido durante unos segundos, examinando el tono rotundo de su voz y el acopio de confianza que irradian sus ojos.
"Me temo que no le va a quedar más opción".
Cambiando ligeramente de postura, Urahara se gira hasta quedar apoyado de costado sobre la balaustrada, sonriendo a medias y pasándose una mano por la rasposa barba.
"Espera a conocerle, Shinji. Te sorprenderá".
Hirako muestra de nuevo su enorme sonrisa.
"Tengo puestas muchas expectativas en él, amigo". Echando los brazos hacia atrás hasta cruzar las manos por debajo de la nuca, finge un bostezo mientras arquea ligeramente la espalda. "Estos cien últimos años me están resultado francamente aburridos".
La risa del tendero resuena alegre y sincera en el pequeño espacio en el que se encuentran, perdiéndose tras un soplo de brisa fresca. Aburrido es la última palabra que él utilizaría para describir un siglo marcado por exilios de toda clase, destierros, traiciones y repentinas conversiones de shinigamis en hollows aquí y allá, pero el humor de Shinji siempre ha sido especialmente peculiar, incluso mucho antes de convertirse en vizard.
"Así que es eso lo que explica ese corte de pelo, el aburrimiento". Las palabras le bailan divertidas en los labios. "Llevaba un rato preguntándomelo".
Hirako frunce ligeramente el ceño y saca la lengua haciendo una mueca.
"Estuve pensando en comprarme un sombrero verde a rayas como el tuyo, pero dos ex capitanes shinigamis exiliados de la Sociedad de Almas llevando el mismo sombrero me parecía una vulgaridad".
Urahara sonríe ampliamente haciendo el amago de llevarse una mano hasta su sombrero, deteniendo el movimiento al darse cuenta de que no lo lleva puesto.
"No creo que nadie fuera capaz de confundirnos".
Esta vez es Hirako el que elabora un gesto desairado con la mano en dirección a su compañero.
"Naturalmente que no. La diferencia de poder entre nosotros es aplastante". Con tranquilidad, vuelve a meter las manos en los bolsillos, como si aquello fuera tan evidente que aclararlo resultara una pérdida de tiempo. "Mi máscara haría temblar de miedo a tu preciosa Benihime".
A Urahara le brillan los ojos de la expectación que le produce pensar en un buen desafío.
"Me encantaría verte probar lo que dices".
Por su parte, Hirako levanta la vista hacia el cielo, pensativo durante un momento.
"Tú procura que Aizen siga con vida cuando aparezcamos en medio de esa guerra vuestra que está a punto de desatarse, y te aseguro que podrás verlo".
Aunque el brusco giro de la conversación le atrapa desprevenido, al ex capitán reconvertido en tendero apenas le sorprende una respuesta como esa. Después de todo, fue Aizen quien les arrastró a todos a aquella posición, y en los momentos difíciles, pensar en una dulce venganza siempre lo hace todo más fácil.
Abrumado por los recuerdos e incapaz de decir nada durante un instante, Urahara se limita a escuchar las palabras del vizard.
"Hasta entonces, todos tenemos que ocuparnos de cosas más importantes". Temiendo lo que está a punto de decir, el ex capitán de la Doceava División tuerce el gesto con fastidio "Y el chico está el primero en la lista de prioridades".
Sintiendo el desagradable cosquilleo que el sentimiento de frustración le produce en el estómago, Urahara se remueve incómodo en su sitio y clava la vista en el suelo.
"Lo se, lo se".
A pesar no estar de acuerdo con él, después de pasar unos minutos viendo a Kisuke dar vueltas sobre sí mismo contrariado, y tras pensarlo con detenimiento para sopesar todas las opciones durante unos minutos más, Hirako decide ceder ante la primera petición del ex capitán, y le promete concederle un margen de tiempo al muchacho.
"Por ahora me limitaré a observarle hasta que vuelvan a aparecer los síntomas".
Urahara lo mira profundamente complacido.
"Te lo agradezco".
Buscando quitarle importancia al asunto, el ex capitán de la Quinta División se encoge de hombros distraídamente.
"No lo hagas. Al final haré lo que sea necesario".
El asentimiento de Urahara da por zanjada la conversación, y sin más, los dos amigos vuelven a guardar silencio, agradecidos por la mutua compañía y recordando, cada uno a su manera, los tiempos en los que sus vidas no pertenecían a mundos tan distintos.
Finalmente Hirako se incorpora sobre la barandilla, desperezándose, y anuncia con voz queda que ya es hora de marcharse.
"Ha sido un placer volver a verte, Shinji". Urahara le sonríe con calidez. "Espero que la próxima vez vuelvas acompañado".
Hirako inclina ligeramente la cabeza en un gesto afirmativo.
"Saluda de mi parte a la bella dama Shihoin". Sin aparente esfuerzo, y con un salto meditado y ágil, el vizard vuelve a alcanzar el saliente del tejado por el que llegó, dispuesto a emprender el mismo camino. "Pronto volveremos a vernos, amigo".
Urahara le sonríe por última vez antes de verlo alejarse entre la bruma, y cuando Shinji Hirako desaparece de su vista, la noche comienza a clarear con desgana, anunciando una madrugada cálida, llena de incertidumbre y esperanza.
FIN
