Capítulo II
"No hay mejor aprendizaje que aquel que pinta llagas en los órganos".
*Lenguaje experimental.*

Triste seno verdoso que el musgo corroe sin piedad, y cansina es la oscuridad implorante que gobierna apenas tal escenario dantesco.

Encontrabase solo y lúcido en demasía el desgraciado capricornio cuando flameantes recuerdos lejanos arribaron y destrozaron toda letárgica quimera. Visiones del roedor incandescente que precedentemente dejara sin harapos y sin progenitor a nuestro desventurado héroe. Movimientos furiosos de una pelvis semi peluda e infecta que se revolvía empero seducía por su cadencia.
Visiones tremebundas sacudían la ahora delirante suerte de la memoria del menguado Capricornio.

Silencia el gallo y en mi infortunio, he de enfrentarme al brazo secular de la divinidad de mis desdichas que arremeten sin indulgencia contra la concepción contenta de mis memorias.

Pensaba cabizbajo Capricornio sentado en el suelo frió atiborrado de follaje, e injuriaba la claridad de sus recuerdos que otrora resultasen tan lozanos. Cuando de pronto una nueva oleada de recuerdos, esta vez con poderío vehemente, castigaron con saña la conjunción de sentidos del pobre individuo. Viose entonces nuestro protagonista girar intemperantemente en una vorágine de remembranzas y evocaciones olorosas y cayó nuevamente en el dulce elixir del padecimiento nítido y estático.

Ruge, ruge bruscamente el ocaso y las imágenes se encienden desfasadas de los recuerdo. Ovejas, cecinas, roedores rítmicos. Una figura corpórea, insolente, impía, se posa sobre el escenario, abre su boca titánica y el saber se escurre por entre sus fluidos vocales.
El puerto, el movimiento tosco de los hombres de fortuna quienes dictan versos sicalípticos que escupen por entre desteñidos dientes y caninos. El hedor penetrante de una utopía dorada e indigente, el lenguaje armado a medias.
Capricornio se poza cuan agraciado ángel sobre las tablas putrefactas del muelle, divisa emperador de la desgracia el sin sabor de aquellos que faltos de letras se remontan en destinos de placer perecedero. Envidia sacrosanta que cae sobre su espectro.

"esos hombres no han conocido mas que infortunio, miseria ayúdame a definir a tales seres, no han sido maldecidos con el toque del roedor, la rata descomunal con su cabriola voluptuosa.

Turquesa océano que incita sin miramientos a paladear el sabor grotesco de los liberados.
Un hombre se acerca a Capricornio, cojea su extremidad derecha e incontables adornos coronan su ropaje.
-¿Que buscáis en el horizonte que no pueda entregarte la dulce cavidad de un sendero femenino? la tristeza no agrava el alma que se deleita con el manjar dulce y cándido de una dama.
-Si supierais maestro pirata lo que se desploma sobre mi alma y ahoga sin miramientos la respiración endeble de mis aspiraciones. – respondiole Capricornio sin quitar la mirada del horizonte.
-Contadme señor, antes que caigáis kamikaze sobre el agua opaca cual gaviota en busca de alimento. – Dijo el otro- pero no me llaméis pirata os lo ruego, pues absurdo titulo le entregáis a un hombre que no ha hecho más que disfrutar de la buena fortuna de los dioses carnales que gimen al compás de sus movimientos.
-Mi miseria os entretendría señor de la fortuna, pues mi vida se ha arrastrado perpetuamente por sobre el filo del cetro del altísimo, filoso y glorificado por la fantasía.
-Venid entonces, cuervo, que yo os remedare aquellos pensamientos con una copa de licor, que quemara vuestra garganta y alejará de vuestra esencia toda glorificación exagerada de vuestros dolores.

Y asiendo a Capricornio del brazo lo llevó rudamente hacia el palacio de los señores piratas. Y viose entrando nuestro querido héroe adolorido, por una puerta de madera desvencijada y descolorida adornada con una leyenda apenas legible que Capricornio no pudo descifrar.

"Bienvenidos al foso del Lord. Los hombres entran gratis"

Y siguió entonces mansamente nuestro protagonista por senderos exquisitos y oscurecidos hasta dar con una gradería endeble por donde el señor de fortuna guió sin faltas y alzó a su acompañante hasta la cuna pútrida de todos los placeres.
Hermosamente ataviada estaba la habitación que afloró ante los ojos del pobre capricornio quien embelesado por los adornos resplandecientes no dudo ni un segundo en penetrar con resolución en la morada.
Ingresa el caballero de fortuna tras él y cierra con ternura el portal que separa la perversidad de un escenario edénico.
Mientras Capricornio contemplaba maravillado el busto de atenea, acercase el caballero por detrás y con tibia suavidad susurra cándidas palabras.
-No podría, cuervo del tifón, resistirme a tu tragedia oscura y carnosa ni aunque me lo pidieses. – Pronunció con ternura – El licor de que te hablé no yace en cristal alguno, si no en el núcleo de mi hombría.
Voltea el caballero a Capricornio con brusquedad y moja sus labios en la ardorosa saliva del último. Manos frenéticas rasgan la tela, la piel, las entrañas.
El calor recorre las vísceras de nuestro héroe con rítmicos movimientos y expulsa finalmente el licor glorioso del caballero gonorreico.


Vuelve el torbellino brusco a alcanzar a Capricornio quien se ve nuevamente alcanzado por el fugaz rayo de la lucidez arrebatadora. Y con ternura maternal, consecuencia de este último hálito de remembranza, toca con la yema de los dedos el apacible portal de sus orificios.