No digo nada. Espero que os guste n.n

Kira



8. Sentido de la orientación

18 años (sí, por fin)

- ¡Felicidades, Ness!

- ¡Sí, felicidades!

Me he emocionado, lo admito. Qué bonito. Están todos, todos mis compañeros del colegio e incluso Sam y los suyos. Faltan mis padres y la parte vampírica de mi familia, pero siendo una fiesta de amigos, creo que es mejor así. Hoy cumplo dieciocho años (más o menos) y han decidido celebrarlo haciéndome una fiesta en la playa, de noche, con hoguera y todo. Muy romántico.

Me abrazan todos. Soy la primera de ellos que sale semioficialmente de la parte más desagradable de la adolescencia y eso nos hace mucha ilusión a todos. Yo creo que a partir de ahí las cosas sólo pueden ir a mejor.

- Yo sigo viéndote demasiado canija – me dice Seth cuando le dejan, por fin, acercarse para felicitarme.

- Eso es porque tú eres un fenómeno – le replico yo en un susurro, y él suelta una risita que casi suena a ladrido.

La fiesta empieza. Daniel se pone a tocar la guitarra y Seth y Embry se hacen cargo de la comida, repartiendo perritos calientes a diestro y siniestro. Me gusta la escena, se pueden ver las estrellas en el cielo y se respira el buen humor, se oyen risas, y gritos, y Sarah le hace los coros a su novio, y los dos se miran de una forma que no deja lugar a dudas mientras cantan ante los ojos de todos nosotros. Bueno, los míos ya no, porque algo me los ha tapado.

- Si no me pides que adivine quién es, no tiene sentido que no me dejes ver – digo, divertida.

- Vale, ¿quién soy?

- Teniendo en cuenta que una sola de tus manos casi me cubre la mano entera… me arriesgaré a decir que eres Jake.

Sí, Jake. Ya no es tío Jake.

Me quita las manos de los ojos y yo me giro para verle sonreír. Parece un niño grande –muy grande-, pero está feliz y eso hace que yo también sonría. Jake siempre ha tenido el don de hacerme sentir bien con una sola mirada. Me pasa un brazo por los hombros y me estrecha con fuerza, echando a andar y arrastrándome a mí con él en el proceso. Vamos a dar una vuelta por la orilla de la playa, le vocalizo silenciosamente a Sarah cuando me mira interrogante, y ella asiente y vuelve a hacerle caso a Daniel. Y yo me quedo a solas de nuevo con Jake.

- Bueno, pues ya está, eres toda una adulta. Todavía no puedes comprar cerveza, pero ya sabes que yo siempre estoy dispuesto a echarte una mano – me dice, guiñándome un ojo.

Me río. Jake sería el primero en sacudirme como una maraca si se enterase de que quiero comprar algo con alcohol. O me encerraría en casa bajo siete llaves.

- Lo tendré en cuenta la próxima vez que vaya a reunirme con mis amigos los moteros. – digo - ¿Estás intentando distraerme para que no te pregunte por mi regalo?

Ahora el que se ríe es él. Siempre, todos los años desde que nací, tío Jake me da un regalo hecho por él. Tengo a toda mi familia en figuritas de madera en la repisa de mi habitación, un lobo aullando en mi mesita, un joyero cubierto de conchas, un ambientador de hierbas y madera (que está en mi armario, para darle buen olor a la ropa) y una pulsera a la que, en los últimos cumpleaños, Jake le ha ido añadiendo una nueva figurita que definiese ese año para mí. El año que me dio por decir que quería ser bailarina, me hizo una pequeña zapatilla de ballet de madera para colgarla, tengo también un libro, una flor tallada en sándalo (de cuando me dio por la jardinería, algo que abandoné al poco tiempo), un ojo (porque dice que los míos son muy bonitos), un pájaro… Creo que es el mejor regalo que me han hecho en la vida. Desde luego, por lo menos es original.

- ¿Qué te hace pensar que tengo un regalo para ti? Ya eres un poco mayorcita…

Yo pongo los ojos en blanco. Ya, claro. Como si él no me tratase siempre como a una renacuaja…

La música de guitarra cambia y los acordes me son tan familiares que no puedo evitar mirarlos un poco sorprendida. Es mi canción favorita. Angel from Montgomery. Me la están dedicando. Creo que Sarah se hace una idea un poco equivocada de la imagen que podemos dar Jake y yo…

- Vale, vale, en realidad sí que tengo algo para ti – admite finalmente él, sacando un envoltorio de papel marrón de su bolsillo -. No tuve tiempo de envolverlo en condiciones, perdona – añade, algo avergonzado.

Make me an angel that flies from montgomery

Make me a poster of an old rodeo

Just give me one thing that I can hold on to

To believe in this living is just a hard way to go

Lo cojo con avidez. Los regalos de Jake son siempre los que más ilusión me acaban haciendo. Me encantan y no sé por qué. Los demás admiten que son bonitos pero que, en realidad, no hay para tanto. Sobre todo mis padres y tía Rosalie.

Cuando lo abro veo un anillo de cuero trenzado. Es sencillo, sin adornos, y sin embargo remueve algo en mi estómago. Jake lo coge y me lo pone. Tiene las manos calientes, morenas y llenas de pequeñas durezas, y las mías, finas y heladas, parecen un chiste entre las suyas. Y sé que me voy a arrepentir, porque él saldrá corriendo y cuando mis padres se enteren empezarán a echar humo por las orejas, pero no puedo evitarlo. Estamos tan cerca que sólo necesito subirme un poco más sobre las puntas de mis pies.

Y ya está hecho. Estoy besando a Jacob Black. A Jake. Al mismo que me llevaba a la playa de pequeña y me estiraba los rizos o me mecía suavemente cuando todavía era un bultito silencioso y encogido. Es un beso cálido, confiado y de descarga, porque en el fondo Emmet tenía razón cuando me picaba y decía que yo siempre he estado un poquito enamorada del chucho. Y es como perderse, como correr por el bosque sin un rumbo fijo ni saber volver a casa, porque no quiero hacerlo, como olvidarse de dónde estoy y con quién a mi alrededor, que es justamente lo que me está pasando, y yo no sé él, pero me siento desorientada porque no estoy segura de que esto esté bien.

Pero Jake me responde y empiezan a cobrar sentido las sonrisas a medias de Alice cuando nos ve juntos, o los gestos de mal humor que mi padre pone a veces sin motivo. Me envuelve con sus brazos hasta que él mismo parece darse cuenta de lo que estamos haciendo y me separa con suavidad.

Nos miramos.

- Lo siento – murmuro.

Y después me marcho. A meter la cabeza en un agujero. Porque no sé qué he visto en sus ojos, pero estoy casi segura de que no es bueno.


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