Los personajes de Card Captor Sakura (entre otros), pertenecen a CLAMP


Sinopsis: Después del accidente, Sakura regresa a casa de sus padres para sanar sus heridas y restaurar su salud. Pero hay algo que deberá enmendar, también: la relación con su novio.

***

¿ME AYUDAS A ENCONTRARLO?

Capítulo 2

She works hard for the money
so you better treat her right
She works hard for the money.
DONNA SUMMER

Cómo terminé acabando en Hong Kong.

EL HECHO de haber cumplido 27 años y todavía estar viviendo con mis padres empezó a aterrorizarme. Además, cabía el detalle de que yo no poseía un trabajo serio.

Desde egresada de la universidad no había experimentado más que un sinfín de trabajos mediocres que incluían desde camarera, niñera de la cuadra, entregadora de pizzas, vendedora de enciclopedias, hasta ayudante de veterinario (a mí me tocaba recoger la caca y bañar a la bestia). Y todavía el empleo de mis sueños no tocaba a mi puerta.

Inferí, entonces, que yo misma debía de construirme mi propia puerta de madera. (Una noche me surgió como revelación que probablemente yo no poseía ninguna puerta donde se pudiera tocar, que necesitaba empezar creando una, primordialmente.) Y, bueno, prácticamente eso fue lo que hice.

Me instalé en el estudio de papá/cuarto de Touya y comencé con lo que en un futuro reconocería como mi existencialista búsqueda cibernética; contaba con que Internet traería la respuesta, siempre lo hacía. No me importaba si la revelación exigía enviarme a ciudades lejanas (Kioto, bla), porque estaba fervientemente convencida de que necesitaba un trabajo que pudiera conservar por más de mes y medio. Sin embargo, debía elegirlo concienzuda y correctamente, y yo no tenía —o al menos no conocía— ninguna especialidad en mí.

Pongámoslo claro: Si hubiera sabido, dibujar, por ejemplo, habría buscado empleos como ayudante de diseñadores, o en ilustraciones de revistas y esas cosas. Pero (y estaba recién cayendo en cuenta) yo no sabía dibujar, ni cocinar, ni limpiar piscinas, ni conocía lo que estaba trendy en la moda y mucho menos construir puentes.

Ay, mierda, me dije. ¿Qué era lo que sabía hacer yo, entonces? ¿Follar?

—Mmm…

—¡Sakura!

Antes de considerar en serio lo anterior como mi especialidad, atendí al llamado de mamá.

—¿Qué ocurre? —Me detuve bajo el umbral de su habitación. Ella yacía sobre la cama, abrazando perezosamente una almohada.

—Va a empezar una película.

Miré la T.V.

—¿De qué se trata?

—No lo sé. —Presionó el botón de info (aquí sí estábamos televisivamente actualizados)—. "La Valiente, con Jodie Foster: Una mujer y su novio son atacados a golpes por unos delincuentes mientras pasean a su perro." Umm, suena interesante.

—Los pobres.

Me senté al pie de la cama y, apenas acabaron de correr las presentaciones, mamá se levantó, resuelta.

—Ayúdame a depilarme —requirió.

Debía de esperármelo. Mamá siempre se antojaba de cuidar su cuerpo cuando veíamos, o empezábamos a ver una película. Al parecer, según ella, "el ver" no era una acción activa, sino pasiva. Y, por tanto, debía de realizar algo activo como compensación. «Ay, ayúdame a depilarme.» «Ayúdame con el tinte.» «Ayúdame a pintarme las uñas, Sakura (no podía cuando le tocaba aplicarle la capa a la diestra)».

A fin de cuentas, yo era la única que no veía la película ni pasiva ni activamente.

—Okay.

Mientras permanecía sentada en el suelo, escudriñando minuciosamente la piel de sus muslos en busca de un listillo pelo oscuro, le comenté a mamá mi revelación.

—Creo que debería de buscar un trabajo.

—Es una excelente idea, cariño —opinó. No estaba prestándome mucha atención, la escena sexual le parecía más interesante—. Te felicito.

—Pero ahora será en serio, ma. Quiero un trabajo permanente. Estoy buscando puesto en Kioto y demás ciudades.

—¿No hay vacantes en Tokio?

—Sí, pero no de lo que quiero.

—¿Y qué es lo que quieres tú, cariño?

Detuve mi actividad. Muy buena pregunta.

—Pues, no sé, mamá. Por lógica debería buscar un trabajo en donde pueda poner en manifiesto mis aptitudes. —Jalé con un solo movimiento la tira de papel. ¡Zas!

—¿Y cuáles son tus aptitudes, cariño?

Apliqué cera caliente cuidadosamente alrededor de su rodilla.

—Pues, sé hablar inglés. —Tampoco es que era una vaga. Había aprovechado de buena manera mis interminables años sabáticos: Tengo un título que certifica mi buen dominio del inglés, por lo que si algún ente necesitaba ejecutar traducciones, podía llamarme—. El manejo de ese idioma es muy importante hoy en día, y, mismamente, gracias a las clases de kung fu de Touya me defiendo con el cantonés. —¡Zas!

—Quizá deberías de buscar puesto en un salón de belleza, en el sector de depilación. Lo haces muy bien, cariño.

—Gracias, mamá. —¡Zas!

Al finalizar, regresé frente a la computadora; continuaría con mi energúmena investigación existencial. Revisaba cantidad de artículos, varios y diferentes pedidos y solicitudes para empleados, cuando, de pronto, encontré la noticia. PLACEBO TOCARÁ UN CONCIERTO EN VICTORIA, HONG KONG, leía el título. La famosa y controversial banda musical inglesa, reconocida por su estilo liberal, apariencia andrógina y sonido impetuoso, otorgará un concierto en la ciudad de Victoria, la capital de Hong Kong, isla de China. El vocalista, Brian Molko, confiesa estar maravillado y agradecido por el éxito con que fue recibido el último CD de la banda. "Es una bendición tal reconocimiento en tierras opuestas", expresa. Las entradas empezarán a venderse a partir de comienzos de mayo en la mayoría de las tiendas musicales del país, y también se tendrá acceso por Internet, aunque a un precio mucho más elevado.

No podía creerlo. Dios mío, nada más y nada menos que Placebo, una de mis bandas favoritas, iba a obsequiar —eufemismo, su presentación no sería gratis obviamente— un concierto a escazas cuatro horas de Japón. ¡Debía ir allá! No podía faltar a aquello. Se trataba de una oportunidad única que acaecería nuevamente dentro de… dos años. Muy bien, no era una cantidad excesiva; pero en mi defensa alegaba que dentro de dos años yo tendría 29, ya casi rozando los temibles 30, quién sabe, hasta podría estar casada y con hijos. No debía de perderme este advenimiento. Además, era incuestionable se involucraba el destino, ya que si no hubiese soñado sobre la puerta, jamás me hubiera enterado acerca de Placebo.

Definitivamente tenía que ir.

***

Cómo conseguí la entrada.

De pura casualidad.

Placebo se reuniría el 06 de junio, por lo que quedaban dos meses en el horizonte. De todas maneras, yo no iba a permanecer de brazos cruzados respecto a mi revelación hasta la fecha, así que me resigné a buscar otro mediocre empleo en Tokio. Afortunadamente, Suki Dakara Suki, Ice Cream estaba en búsqueda de una empleada sin muchas aptitudes intelectuales, simpática, agradable, paciente con los clientes y que supiera patinar. Yo era perfecta, y mi diploma de inglés, he de admitirlo, los dejó bastante impresionados. No obstante, confieso mentí sobre mi edad: les dije que tenía 23.

—Perfecto, señorita Kinomoto. La esperamos mañana mismo.

«Mañana mismo» me vino la menstruación. ¡Qué puñetera suerte tuve! Apuesto te preguntarás «¿Faltaste?», y «¿No lo predijiste?».

Pues, verás: no, y no.

En primer lugar, no soy la clase de chica que faltaría a su primer trabajo por X inconveniente; las primeras impresiones son muy importantes. Según mamá, el primer día de trabajo y los lunes no ha de faltarse. (Que tome nota toda aquella chica que quiera conservar su empleo.) Sin embargo, en segundo lugar, la menstruación me baja muy fuerte y es irregular, y aniquila instantáneamente todas mis aptitudes y actitudes por igual. El vientre se me inflama y por cualquier tontería me irrito.

—¡Maldición, por qué dejaron enfriar mi té!

Y si no me irrito, lloro.

Así pues, el día «Mañana mismo» era el menos apropiado para mostrarme simpática, agradable, ser paciente con los clientes y patinar. Pero tenía la voz de mi consciencia (que suena parecida a la voz de mamá) martillándome desde el fondo del cráneo, por lo que a primeras horas de la mañana me vestí con los monos deportivos más anchos que tenía, una camisa desteñida de talle largo que continuaba en mi posesión desde la secundaria, calzados de deporte, amarré el pelo y bajé las escaleras.

A lo que Touya me miró:

—Mamá, Sakura tiene la menstruación —dijo. ¿Tan mal me veía?

—¿Y vas a trabajar así, querida?

—¿Por qué no, mamá? —Empezaba a irritarme.

—Bueno, hija. —Mamá balbuceó—. No queremos ser responsables por si un cliente termina gravemente lastimado.

—Tranquila —dije—. Mantendré al Hulk que hay dentro de mí bajo control.

Pero he de admitir que ni yo misma me escuché convencida.

***

Por suerte tuve el sano juicio de tomarme cuatro ibuprofenos antes de partir, de modo que los dolores menstruales no fueron tan potentes y mi humor tampoco interfirió con el trato hacia los clientes. Ya habían transcurrido cuatro semanas desde el día «Mañana mismo»; semanas durante las cuales coseché una espléndida simpatía para todos los comensales.

Creo que la magia la ejecutaba el uniforme. Consistía en una camiseta blanca y shorts del mismo color, más un delantal con rayas verticales, rosas y blancas. (¡Menuda vergüenza si se te derramaba algo encima!). También llevábamos unos gorritos de tipo golf, color blanco, y con la pequeña imagen a un lado, como de un abanico desplegado, de tres conos de helado (azul, rosado y verde/menta, fresa, pistacho) unidos a través de los cucuruchos de galleta (marrones) por un agradable lazo amarillo claro; y en la parte superior del logo, en letras rosadas y convexas, se exponía el slogan del local: Suki Dakara Suki, Ice Cream: The coolest of fun!

Un conjunto verdaderamente lindo... Pero lo mejor de todo era que debíamos servir los pedidos sobre patines blancos de cuatro —¡rosadas!— ruedas.

(Bonus literario #3: Suki Dakara Suki, Ice Cream era el Hooter's de todos los niños. Los meseros éramos todas mujeres.)

Yo aprovechaba para hacer alarde de mi feliz infancia sobre los patines. Escribía las órdenes oscilando fluidamente de derecha a izquierda, me deslizaba hasta la barra, entregaba el papelito, atendía a otros más comensales y cuando escuchaba el tintín del llamador, volvía de nuevo a la barra, aferraba la bandeja —capuchino, medialuna de mermelada, helado de chocolate— y posaba cada plato a medida que giraba en torno a la mesa (las cuales eran circulares, convenientemente). Cantidad de veces me recompensaban con aplausos y frases «¡Esa es mi chica!».

Me encantaba mi trabajo, sin embargo, no era algo en lo que pudiera perdurar. No me veía girando en torno a mesas y sirviendo capuchinos en la treintena. Debía ir al encuentro de un trabajo serio, tras el escritorio de un cubículo, en donde el único capuchino a servir debía ser el mío o el de mi jefe. Continuaba con las búsquedas cibernéticas, sí, pero ninguna brindaba respuestas que llamaran mi atención. No quería ocupar el puesto de una maestra de preescolar (ugh, mocosos), tampoco ser asistente de albañil (¡o sea!), ayudante de jardinero (calor, mucho calor) ni costurera (¡apenas sé usar cuchillo y tenedor!). Gradualmente pasaban los días y yo me resignaba ante la idea sobre que tal vez jamás conseguiría un empleo de ensueño, y que me tendría que quedar en la heladería Suki Dakara Suki eternamente.

Era eso, o encontrarme a un ricachón de 60 años con el cual casarme y a quien chuparle la fortuna (además de otras cosas).

No obstante, al menos pagaría la entrada con mis ahorros de Suki Dakara Suki y un poco del dinero de Touya (tan solo un poquito); pero dado que tenía que adquirirla por Internet, me estaba concediendo tiempo necesario para ahorrar más (e igual sonsacaría en la cuenta de Touya).

Hacía una mañana calurosa cuando el horóscopo me informó que una gran eventualidad se acontecería, «no la menosprecies». Como también era una mañana bastante normal, no perdí tiempo en asociar el mensaje celestial con mi revelación y mucho menos con el concierto de Placebo; así que fui al trabajo con la mente en blanco, tan ligera y entusiasmada como siempre.

A eso de las 4.00 atracaban el local.

***

Mi gran hazaña.

Es un punto aparte, pero tiene mucho que ver con el anterior: «Cómo conseguí la entrada».

—Oh, mierda. Nos van a matar —musitó una de mis amigas camareras, boca abajo sobre el pavimento.

Los asaltantes habían irrumpido en la heladería con inconcebible velocidad, y nos ladraron aplastarnos en el suelo —sus palabras— mientras blandían sus armas al aire y recorrían el salón con el típico aturdimiento que se ve en las películas. Uno de ellos —el que tenía cubierta la cara con un pasamontañas rojo— caminó hacia la caja registradora y le ordenó al pobre de Nokoru (se permitía personal masculino en la barra y la cocina) que vaciara toda la maldita mercancía; el interpelado cumplió, temblando de miedo. Presionó un botón y, al instante, tras un agudo chinchín, ya estaba sacando el efectivo.

—Mételo en la maldita bolsa. Y si te atreves a llamar a la maldita policía te abriré un maldito hueco en esa maldita frente tuya, ¿entendiste?

—¡Maldito sea! —susurré.

—¿Qué dijiste, preciosa? —(Oh, oh)—. Eh, preciosa. —Volvió a llamar la voz.

—Fue la mesera. La de pelo corto —delató el maleante con el pasamontañas verde—. Me encargaré de ella.

Oh, mierda. Todo me pasó por la mente: ¡Iba a morir, me iba a morir! Yo y mi estúpida bocota, ¿por qué? ¿Por qué tenía que ser precisamente yo la que provocara la ira de los baratos clones de Jason?

—Hola, golfa. ¿Cuál es tu nombre?

—Miyuki —musité.

—Perra tonta, ¡me estás mintiendo!

—¿De veras? Perdón… —Me agarraba por detrás de la camisa, cual enerve y mugriento cachorro de perro.

—¿Qué dice aquí en tu teta? —Tocó la insignia en cuya superficie estaba grabado mi nombre (pero califiqué sus auténticas intensiones como otras, porque aprovechó para apretarme el seno). Sin embargo el atrevimiento, mi cerebro no envió, como acostumbraba, la señal directa a mi mano de propinarle una cachetada al mequetrefe. Mi cerebro no era bobo: el hombre me estaba manoseando con la mano que aferraba la pistola.

—Sa… ku…

—Sakura —finalicé por él. Me miró.

—¿Crees que no sé leer, perra?

—Sólo intentaba ayudar…

—Maldita golfa. Ya verás una ayudita mía… —Alzó el brazo.

Cierto olor asquerosamente dulzón se coló por mis narices. Has de saber que tengo el olfato muy sensible; cualquier aroma desagradable y desconocido me incita comezón, y, ese en particular (creo provino de su axila) originó un ardor que se acentuó desde el nacimiento del puente de mi nariz, liberándose en un sorprendente estornudo.

—¡ACHÚ!

Lo siguiente ocurrió muy rápido. El asaltante se halló destartalado. Deducciones posteriores constataron que, al parecer, el tipo le tenía fobia a los gérmenes, ya que cuando estornudé justo encima de la mano que aferraba la pistola, la soltó, produciendo que aquella última cayera con un ruido sordo al suelo. Uno de los clientes —un policía, casualidad— la cogió súbito y con una velocidad violentísima se puso de pie, disparó y le hirió un hombro al criminal que me tenía aferrada, quien bajo acto reflejo se llevó la mano del brazo sano a la herida y, por tanto, quedé suspendida dos segundos en el aire antes de caer con el trasero al suelo (las ruedas no me sostuvieron). Y Nokoru aprovechó todo ese pasmoso alboroto para atestarle un golpe con un objeto de nombre irrecordable al maleante del pasamontañas rojo, quien ya se preparaba para apuntar y disparar al cliente/policía.

(Mi mamá aún hoy cuenta la anécdota heroica entre maravillada y escéptica, agregándole a cada relato nuevas "decoraciones". Y nadie que la escucha puede digerir la idea de que, en efecto, mi estornudo fue lo que salvó el día.)

—Muchas gracias, Sakura Kinomoto y Nokoru Imonoyama, han salvado a muchos. ¿Cómo podríamos agradecérselo?

—Ahm… este… yo…

—Queremos ir al concierto de Placebo —se apresuró Nokoru.

Cliente/policía sonrió.

—Veré qué puedo hacer.

Semanas después me encontraba abriendo un sobre con mi entrada para el concierto de Placebo en Victoria, Hong Kong, dentro. Junto a él un: Que lo disfrutes, elegantemente escrito en una tarjetita.

Llamé a Nokoru con el fin de compartir la alegría, pero me sorprendió mucho que él no estuviera dando brincos de loco por la emoción, así como yo.

—Es que no soy fan de Placebo —me dijo.

—¿No irás al concierto, entonces?

—No. Sólo venderé la entrada al por mayor… Me enteré que ya están escaseando, por lo que valen el doble de lo estimado. Encontraré a alguien tan fanático como tú y haremos negocios.

Y de aquella extraña manera yo logré adquirir un boleto gratis para Placebo, además de fama perpetua entre los chismosos del pueblo.

Tan sólo debía pagarme el pasaje de avión.

Continuará…

Próxima canción:
I gotta go my own way, de Vanessa Hudgens.

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(Notas de Autor): Hola, otra vez. Hace mucho *mucho* tiempo que no actualizo... Hoy quise hacerlo. Esta historia... (espero siga alguien leyéndola por allí). Muchas gracias por sus reviews. Prometo responderlos en la prox actualización, o durante los siguientes días; pero sí los responderé =)

No me aniquilen por terminar con una canción de Vanessa Hudgens (HSM 2). ¡Jajajaja! Lo cierto del caso era que no encontraba una cuyos lyrics realizaran cierto tipo de alusión al siguiente cap... Sé que es grosero de mi parte, pero, a los que les gusta, les pido paciencia con este fic. Perdonen si no puedo actualizar de forma regular, sin embargo, intentaré ser constante.

¡Millones de gracias por su tiempito! Abrazos, Margot.