Probablemente cambie el título más adelante, cuando se me ocurra algo mejor. Este título me resulta... patético. Pero bueno, mi cerebro no reacciona, así que por ahora va a llamarse así.

- Estoy TOTALMENTE empantanada con "Niñeros", así que no sé cuándo voy a publicar un nuevo capítulo; cuando mi cerebro vuelva a funcionar, supongo.

QUIERO SABER SUS OPINIONES CON LOS CAPÍTULOS QUE VOY SUBIENDO DE ESTA HISTORIA. Ya la tengo bastante armada en mi mente, pero es difícil plasmar todo en texto, y si no hay devoluciones yo no sé si lo que escribo es bueno, si vale la pena seguir o estoy perdiendo mi tiempo. Así que, por favor, ¡R&R!

Rae.-

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¿HERMANOS?

(Capítulo 2)

Ambos titanes aparecieron dentro de una pequeña casa, según indicaciones de Cyborg. El viaje había sido largo - extrañamente largo. Unos diez minutos, mucho más que los pocos segundos que Raven solía demorar en trasladar a todo el equipo por distintos puntos de la ciudad; aunque claro, debía recordarse que ya no estaban en Jump City. Ella tuvo que tele-transportarlos desde California hasta un suburbio de Nueva York, lugar que jamás había conocido. De modo que la demora fue importante pero también entendible.

Raven pudo ver a su compañero apoyando el bolso en el suelo, y terminó por imitarlo para luego observar el lugar. Era una sala de estar y comedor integrados en un espacio increíblemente pequeño. Calculaba que su cuarto en la Torre tenía unas medidas similares, o incluso era más grande.

- Tú sabes que irrumpir en la propiedad privada es un crimen, ¿cierto?

- Tranquila, Chica Oscura, no estamos quebrando ninguna ley -Cyborg puso ambas manos en su cintura mientras miraba a su alrededor-. Éste era mi hogar; ya sabes, antes de mudarme a Jump.

Raven lo observó por un instante para luego volver a barrer la sala con sus ojos. Los muros eran de un tono vainilla, con un anticuado tapiz floral invadido por repisas llenas de souvenires y recuerdos, todos con una enorme carga emocional según podía percibir. Frente a ella había dos sofás de un extraño color verde musgo y tela aterciopelada, decorados con pequeños cojines florales, una mesa de café en medio y una alfombra beige destacaba sobre el suelo de parquet, formando una imaginaria separación de ambientes. Pasando la pequeña sala, una mesa de madera con seis sillas a tono, y un mueble vidriado donde se guardaba la platería daban lugar al comedor. Una jarra de vidrio verde se presentaba en el centro de la mesa, conteniendo media docena de rosas amarillas y rosadas, con algunos pétalos caídos a su alrededor.

A su espalda, la puerta de entrada y dos ventanas cubiertas por finas cortinas. A su izquiera, entre el sofá y la mesa, se hallaba el nacimiento de una escalera alfombrada en un rosa viejo y descolorido, y a su derecha, perfectamente enfrentado, el inicio de un pasillo hacia más habitaciones o tal vez un baño. Tras el comedor, un arco en la pared daba paso a la cocina, la cual no podía divisar.

Un pequeño candelabro pendía del techo, iluminando con su amarillenta luz. Todas las superficies (estantes, bibliotecas, el televisor dentro del mueve de vajilla y la mesa de café) presentaban al menos un porta retrato, dejando que las vibras hogareñas llenaran sus sentidos. Asimismo, todo en esa habitación estaba cubierto por una delgada capa de polvo; como si llevara algunos días sin ser limpiado, pero no tanto tiempo como los años que pasó Cyborg en Jump. ¿Acaso alguien vivía allí?

Raven prestó atención a un cuadro en particular, que descansaba en una repisa junto al corredor. El marco era plateado y sencillo, aunque una fina mantaa de polvillo lo opacaba, haciendo inentendible la foto en su interior. La hechicera se acercó, lo tomó entre sus manos y pasó ambos pulgares delicadamente sobre el cristal, limpiándolo. Allí pudo ver la escena alzada en el mismo comedor donde ahora ella estaba de pie. Un pastel sobre la mesa, dos adultos de batas blancas y un niño de unos diez años, sonriendo a la cámara mientras mostraban lo que parecía ser un juego de química infantil con un enorme moño rojo.

- Mis padres -dijo Cyborg mirándola desde la distancia, como si no quisiera acercarse a sus recuerdos.

Ella pasó las yemas de sus dedos una vez más sobre el vidrio antes de devolverlo a su lugar. Pudo oír a Cyborg moviéndose hacia la cocina y abriendo lo que supuso era la puerta del refrigerador, para luego emitir un sonoro suspiro.

- Muy bien, este refri está vacío -dijo el mayor, reapareciendo en la sala-. Podemos pedir algo y cenar aquí, o vestirnos y salir a cenar, ¿qué opinas?

- Tú conoces la ciudad; te dejaré las decisiones a ti.

- Genial; conozco un restaurant de comida italiana que te va a fascinar. Pero primero...

Cyborg tomó su bolso y empezó a hurgarlo con una mano, hasta que encontró lo que parecía buscar. Tomó una pequeña caja negra y la arrojó hacia Raven, que no tuvo dificultades para atraparla.

La hechicera abrió el envoltorio y se encontró con dos finos anillos plateados en su interior.

- No me casaré contigo -inquirió ella, mirándolo con una ceja alzada.

- Oye, yo soy un romántico. No sería correcto pedirte matrimonio arrojándote los anillos por la cabeza, ¿no crees? -Raven tragó duro al ver que Cyborg no negaba su acusación y las luces comenzaron a titilar, haciendo que el hombre robot lanzara una risa-. ¡Oye, oye, fue una broma! No, estos son anillos holográficos; yo también tengo un par. Supuse que sería bueno para todo eso de "mantener el perfil bajo".

- Oh... -ahora se sentía una grandísima idiota.

- Vamos: te mostraré tu cuarto y dejaré que te cambies.

Raven siguió a su compañero, que comenzaba a subir las escaleras.

- Sabes que yo tengo conjuros para ocultar mi apariencia, ¿verdad?

Cyborg iba a responder cuando oyó a la ocultista golpear la pared con su hombro, para luego caer pesadamente sobre un escalón. Ella apenas logró mantenerse erguida contra el muro, evitando rodar escaleras abajo. Se llevó una mano a la frente mientras respiraba con dificultad, los mareos inundándola.

Pudo ver al hombre de metal bajando los escalones que los separaban e hincándose a su lado, sosteniendo una de sus pequeñas muñecas para tomarle el pulso.

- Creo que te presioné mucho con ese viaje, lo siento -dijo él con una congojada mirada.

- Es... más de lo que acostumbro, pero estoy bien.

Raven se tomó de la barandilla para levantarse, pero volvió a caer sobre su trasero.

- Woah, woah, tomátelo con calma. Fue un viaje largo, más la pelea contra el cabeza de roca. Ven, déjame ayudarte.

Antes que ella pudiese negarse, un brazo pasó bajo sus axilas y otro bajo el doblez de sus rodillas, levantándola del suelo sin dificultad.

- Y ahora ves por qué te hice esos anillos; eres una pequeña terca, ¿lo sabías?

Raven no pudo evitar observarlo con sorpresa. La gente parecía olvidar que sus poderes tenían un límite; eran parte de ella, de su alma, y su cuerpo terminada adolorido y agotado cada vez que se sobre exigía. Que alguien lo notara y tomara en cuenta, que él lo hubiese pensado de antemano... Era algo que ella seriamente agradecía.

Llegaron al piso superior y Cyborg abrió una de las dos puertas con una pequeña patada. Entraron a la habitación y Raven fue depositada cuidadosamente en la cama.

- Este será tu cuarto, Rae. Por allá está el baño y aquí tienes en control de la tele, si lo quieres... Descansa el tiempo que necesites y, cuando estés lista, te espero en la sala. Supongo que será mejor que cenemos aquí, ¿verdad?

- Eso creo -Cyborg le sonrió.

- Perfecto, entonces. Tómate tu tiempo, Sunshine.

El mayor depositó un beso en su coronilla y salió del cuarto, dejándola en un preciado silencio. Raven se mantuvo incorporada con ayuda de sus codos por unos segundos antes de dejar caer su cabeza sobre la cómoda almohada.

Cerró sus ojos repitiéndose a sí misma que, luego de unos minutos de reposo, se prepararía y bajaría a cenar.

XXXXX

La luz se filtraba por entre sus párpados, obligándola a despertar.

Gruñó con el ceño fruncido y finalmente abrió los ojos, queriendo encontrar al desgraciado que se atrevió a entrar en su cuarto sin permiso y le abrió las cortinas como una mala broma, torturándola con la luz solar de la mañana.

- Mataré a ese duende verde... -murmuró, sabiendo que él era el único tan idiota como para entrar en su santuario sin autorización.

No obstante, cuando su mirada chocó con una pared beige, la mente de Raven tuvo una repentina epifanía.

Ese no era su cuarto.

'Excelente deducción, Sherlock', se burló Rudeza en su mente.

Ella bufó antes de incorporarse en la cama, dejando que una manta cayera hasta su cintura, y mirar la extraña habitación. Los recuerdos afloraron y terminó por entender dónde estaba, y por qué estaba allí - aunque el por qué aún no era del todo claro.

Sus ojos inspeccionaron el lugar, cosa que la noche anterior no pudo hacer. Los muros eran de un clarísimo color beige - ¿quién diablos puede amar tanto el color beige, para usarlo en toda una maldita casa? ¡Parecía estar untada en mantequilla!

La cama arrinconada contra una pared de la que colgaba un solitario y falso Van Gogh, junto a una biblioteca con algunos libros y un sillón. La pared que enfrentaba a la puerta de entrada contaba con una ventana cubierta por cortinas blancas, y del lado opuesto a la biblioteca, una mesita cargaba con el televisor.

La pared restante tenía dos puertas; una perteneciente al baño, y otra a un ropero, intuyó.

Justo a la izquierda de la cama había una mesa de noche con una lámpara, un despertador y un vaso lleno de agua.

El cuarto carecía de todos aquellos objetos que había en la sala, esos que daban personalidad y carga emotiva -debía tratarse de la habitación de huéspedes-, pero aún así se sentía una calidez mil veces mayor a la que había en la metálica torre, o en los antiguos y oscuros templos de Azarath. Una energía familiar y hogareña que embriagaba los sentidos y llenaba el alma de comodidad. Algo que Raven jamás había sentido, pero que ciertamente le agradaba.

La hechicera ojeó el reloj.

¿11:36 a.m.?

Si sus cálculos no fallaban -y claro que jamás fallaban-, había dormido unas catorce horas ininterrumpidas. Su cuerpo había estado realmente agotado. Evidentemente Cyborg vino a buscarla en algún punto de la noche y la encontró dormida, por lo que dejó su bolso en el sillón y la tapó con la manta de lana, protegiéndola del otoñal frío newyorkino. Sintió los pies denudos y pudo ver, junto a la cama, su par de zapatos azules. Supuso que Cyborg se había encargado de librarla de su calzado para que estuviera más cómoda; era bastante considerado.

Raven se puso de pie y mientras doblaba la frazada pudo sentir su estómago rugir. No comía nada desde el desayuno del día anterior, y un té no era exactamente el más abundante de los desayunos.

Se dirigió al baño y se dio una rápida ducha, sorprendentemente ansiosa por llegar a la cocina y devorar lo que hubiera en su camino. Salió envuelta en una toalla y buscó algo que ponerse en su bolso.

Raven no salía de compras, eso era de común conocimiento. La ropa en su hogar eran leotardos, capas, ropa interior y algunas camisetas que le robó a Cyborg y que usaba para dormir o cuando tenía "prohibida" la salida de la Torre -herida, enferma o cuidando de alguno de sus compañeros-, de modo que el contenido de su mochila era una extraña mezcla entre ropa de Starfire (aquella que no fuese muy rosa, vaporosa, femenina, corta, pomposa o... muy Starfire, en resumen), las camisetas de Cyborg, una chaqueta de cuero que recibió en Navidad, ropa interior y unos pantalones de lycra que formaban parte de su uniforme invernal.

La ocultista se colocó una de las enormes camisetas de Cyborg, gris oscuro con la frase "KEEP CALM and F*CK OFF" en blanco -una de sus camisetas preferidas, aunque no lo admitiera-, y decidió saltearse los pantalones, considerando que la prenda caía relajadamente hasta sus rodillas. Se puso unos calcetines de invierno a rayas azules y negras que subían hasta la mitad de sus pantorrillas, dejando un mínimo de piel a la vista, y salió con dirección a las escaleras.

Bajó la mitad del camino cuando oyó un plato romperse, y se quedó de pie en la oscuridad. Pudo ver a Cyborg suspirando con fuerza mientras recogía los trozos de cerámica y los dejaba en un rincón, continuando con su tarea de armar la mesa para el almuerzo. Se podían escuchar algunos suspiros, bufidos, y la vajilla chocando contra la mesa con un poco más de fuerza que la requerida, generando un agudo CLIN-CLIN de los cubiertos metálicos contra los vasos de vidrio.

Raven quiso acercarse, pero se abstuvo. Podía sentir las emociones de su compañero, esas que él con tanta fuerza ocultó el día anterior. En ese momento, mientras él estaba solo, estaba digiriendo sus frustraciones, tristezas, miedos. Se estaba permitiendo sentir, y Raven mejor que nadie sabía cuán difícil y doloroso era reprimir todo aquello durante tanto tiempo, por lo que decidió darle su espacio.

Luego de un par de minutos Cyborg volteó hacia la escalera, chocando de lleno con la figura oculta de la hechicera.

- ¡Oh, buenos días, bella durmiente! ¡Casi me matas del susto!

- Lo siento; buenos días -respondió ella, bajando los escalones que la separaban de la sala-. ¿Qué puedo hacer?

- No; tú eres invitada. Siéntate -el mayor desapareció hacia la cocina, desde donde siguió hablando-. ¡Vaya que estabas cansada, Rae! Pero me diste tiempo de hacer unas compras por la mañana, así que preparé algo decente de comer -reapareció con una enorme fuente entre sus manos-. Debes estar muriendo de hambre.

- No... -su estómago volvió a rugir, haciéndola sonrojar-. Algo...

Cyborg sonrió con todos sus dientes, pero era una sonrisa distinta. Una que no llegaba hasta sus ojos - o su ojo humano. Su rostro parecía dividirse entre sonrisas alegres y ojos nublados por la tristeza; una batalla interna entre las emociones para ver cuál podía predominar, y Raven estaba sintiendo cada instante de aquel combate.

- ¡Ja! Para mi Chica Oscura, su plato preferido: Spaghettis con salsa de hongos.

Cyborg dejó la bandeja en la mesa y sirvió una abundante porción en cada plato, para luego sentarse.

Ambos comieron en silencio. Un silencio que Raven no sabía leer. ¿Era cómodo? ¿Incómodo? ¿Debía dejarlo ser? ¿Intervenir? Decir algo, ¿pero qué? ¿Sacar conversación? Ella no sabía iniciar charlas, al menos no charlas triviales que alivianaran el ambiente.

Raven era buena para muchas cosas, pero levantar el ánimo de los demás no era una de ellas. Probablemente abriría la boca sólo para decir las palabras que acabarían por romper el corazón de su compañero, o por hacerlo enfadar. Como sea, ella sabía que lo que fuera que dijera sería problemático y no ayudaría.

De pronto se sintió inútil, y sintió que Cyborg había cometido un gran error al pedirle que le acompañara en su viaje. ¿Por qué había aceptado, en primer lugar? Ni siquiera sabía qué hacían ahí, qué era lo que Cyborg debía hacer, por qué de pronto tenía la necesidad de volver a la ciudad que durante tantos años ignoró, al pasado que siempre se encargó de enterrar.

Él no le había dicho ni una palabra, no le había dado explicaciones. Sólo le pidió que por favor lo acompañara a Nueva York porque él en serio necesitaba a alguien a su lado, a ella a su lado; y Raven, sintiendo el enorme peso en sus palabras, la urgencia de su pedido, sólo pudo responderle con un "¿Cuándo partimos?". Sabía que Cyborg mostraría sus motivos eventualmente, y no lo presionaría, pero sospechaba que cualquiera fuera su razón, era realmente seria.

De modo que ahí estaban, comiendo en un silencio sepulcral que Raven no sabía interpretar ni manejar. ¿Por qué ella? ¿Por qué no Robin, o Chico Bestia, o Star? Ellos habrían sabido qué hacer. Hablar, jugar video-juegos, ver películas; esas cosas que Cyborg compartía con el resto ella no podía ofrecérselas. Y se sentía culpable por ello.

Finalmente, no pudo con las dudas en su mente y abrió la boca.

- Cyborg, ¿por qué yo?

Él alzó la mirada y vociferó un extraño "¿Huh?" con su boca llena de pasta.

- ¿Por qué creíste que yo sería buena compañía? Los demás habrían hecho un mejor trabajo.

- Oh... -Cyborg tomó una servilleta y se limpió los labios-. Lamento haberte arrastrado aquí sin explicarte nada...

- No, no hablo de eso -dijo con los ojos en su plato-. Sé que me dirás lo que ocurre cuando sea pertinente. Yo sólo... -movió su vista hasta fijarla en la foto que sostuvo la noche anterior-. Podrías hablar con los demás; ellos te harían reír, te distraerían... Yo no puedo hacer eso, no sirvo para eso. Y realmente creo que te equivocaste al traerme contigo; no soy capaz de ayudarte. No lograré lo que sea que esperas de mí, temo no serte útil.

Cyborg se puso de pie y caminó hasta quedar frente a la hechicera, hincándose frente a ella y sosteniendo sus rodillas con gentileza.

- Yo no espero nada de ti; no, espera, eso no sonó bien. Quiero decir que no tengo presiones para ti. Rae, sé que con el resto puedo reírme y distraerme, pero contigo puedo ser yo, o esa parte de mí que sólo soy cuando estamos en el taller. Puedo ser serio y maduro, sin necesidad de estar lidiando con un asesino psicópata, una bomba en la ciudad o un loco de remate que secuestra a mis amigos. Y ahora yo no necesito a alguien que me haga reír: necesito a alguien que esté a mi lado cuando caiga, y sé que puedo contar contigo para eso. Los demás no sabrían qué hacer; son buenos para las tonterías, pero cuando las cosas se ponen pesadas entran en pánico o se obsesionan. En este momento, tú eres la persona en la que confío para acompañarme, y no me arrepiento, ¿sí? -ella asintió de forma suave, mirándolo fijamente a los ojos-. Genial. Ve a vestirte; quiero llevarte a un sitio. ¡Oh! Y abrígate; el frío de aquí no es como en California.

El mayor se puso de pie y comenzó a retirar la mesa, en lo que Raven se levantaba de su asiento y caminaba hacia las escaleras, de regreso a su habitación.

Mientras lavaba sus dientes, no pudo evitar que la inquietud la abordara.

Cyborg había dicho que quería a alguien que estuviera con él cuando cayera. ¿Por qué había dicho "cuando" y no "si"? Parecía una tontería, pero un cambio sutil de palabras le daba otro peso a la situación.

Cyborg caería inevitablemente, acababa de confesarlo, y Raven pudo sentir el temor en su pecho. Temor, preocupación y un fuerte deseo de protegerlo a toda costa. Después de todo, él había confiado en ella y sólo en ella, y la hechicera se negaba a defraudarlo.

Buscó algo de ropa. Aunque no sabía cuál era la ocasión, su prioridad era buscar algo que la aislara del frío. Tomó sus pantalones de lycra y una camiseta de mangas largas a franjas gris y blanco. Aunque a Starfire le quedaba en mangas 3/4 y y por sobre el ombligo, mostrando su perfecto abdomen, el cuerpo más pequeños y menudo de Raven hacía que la misma prenda cayera hasta el hueso de sus caderas y cubriera vagamente sus muñecas. Se puso las botas cortas de su uniforme, tomó la chaqueta y salió del cuarto.

Al llegar a la sala se encontró con alguien que pudo reconocer como Cyborg después de un par de segundos. No había rastros de circuitos, placas o prótesis mecánicas; sólo un muchacho afroamericano con dos ojos grises y piel en todo su cuerpo (o al menos, los que se veía fuera de la ropa). Él se estaba viendo frente a un espejo, palpándose la barbilla y las mejillas meticulosamente, y ambos chocaron miradas por el cristal.

- Te sienta bien esa ropa, Rae.

- Gracias. Tú tampoco luces mal.

- Lo sé, soy hermoso -dijo él en un tono latoso, provocando que la menor virara los ojos-. Oye, ¿y tus anillos? -preguntó volteándose.

Ella extendió ambas manos, mostrando sus accesorios en cada dedo mayor.

- ¿Y qué estás esperando? ¡Anda, actívalos! Quiero ver mi obra de arte.

Raven volvió a virar los ojos, temiendo que terminaran girando indefinidamente, y chocó ambos anillos entre sí, generando un aro de luz celeste que subió desde el suelo hasta su coronilla.

- W-whoa... -fue todo lo que pudo modular Cyborg, antes de tomarla por los hombros y moverla frente al espejo.

Raven tardó en comprender que aquel era su propio reflejo. Su cabello había crecido algunos centímetros de forma desprolija, dándole un aire más relajado al corte recto que acostumbraba tener, y su púrpura se había transformado en negro, pero no en el negro azabache de Robin, sino un negro que se confundía con azul bajo la luz correcta. Sus ojos se habían vuelto de un tono que viajaba entre el azul y el gris, más claros alrededor de las pupilas, y oscureciéndose a medida que se extendían.

Lo que más le impresionaba, sin embargo, era su piel. Esa piel gris y enfermiza se había vuelto rosada, prácticamente blanca, como una fina porcelana. Por un instante vio a su madre allí, frente a ella. Recordó cuántas veces la había envidiado, a su propia madre. Cómo Arella cargaba con rasgos humanos de los que ella carecía. Cómo Arella parecía una hermosa joven terrícola y ella, aunque la mitad de su herencia era terrestre, parecía un fenómeno de otro planeta. A veces pensaba que incluso Starfire era más confundible con un humano: su piel bronceada y sus ojos verdes eran características socialmente aceptadas y adoradas, mientras las de Raven eran rechazadas y criticadas. Le parecía una broma de mal gusto que ella compartiera la mitad de su genética con los humanos, y Starfire, con sangre totalmente ajena a la Tierra, fuese vista como un modelo para las mujeres de este planeta.

Volvió a la realidad y pasó sus manos por el rostro cuidadosamente, como si temiera romperlo.

- Woah... -repitió ella luego de varios minutos, tocándose el punto de su Ajna chakra, donde la gema había desaparecido.

- Lo sé, lo sé, soy el mejor -dijo el mayor, negando con la cabeza mientras alzaba sus manos en rendición.

- No alardees -murmuró ella, en lo que caminaba frente a él y le golpeaba suavemente un brazo.

Ambos caminaron fuera de la casa y Raven no pudo reprimir un "mierda" que escapó por sus labios.

¡Rayos, que hacía frío en Nueva York!

Cruzó sus brazos sobre el torso, escondiendo ambas manos bajo sus axilas mientras se encogía de hombros, intentando que el viendo no se filtrara en su cuello.

- Te lo advertí -dijo Cyborg en tono divertido-. ¿No tienes algún gorro?

- Starfire me dio un gorro, guantes y una bufanda.

- ¿Y por qué rayos no te los pusiste?

- Hello Kitty no es exactamente mi estilo -dijo ella con una vaga sonrisa-. ¿Dónde conseguimos un taxi aquí?

- ¿Taxi? No. Nosotros nos moveremos con mi viejo bebé.

- ¿Tu qué?

Raven siguió a Cyborg hasta cruzar el jardín hasta una pequeña cochera. Vio al titán abrir el portón, dejando en evidencia un viejo auto negro. Parecía un Mustang '67, por lo que ella había aprendido de marcas.

- Está algo descuidado; nadie lo ha usado desde que me fui, pero confío en que se portará bien y no nos traerá problemas -comentó él, palpando el techo del coche.

Raven caminó hasta el auto y subió, sintiendo el polvo que volaba luego de que su cuerpo chocara contra el asiento. Cyborg entró detrás y no pudo evitar un ataque de tos.

- ¿Te importa? -preguntó con una mano alzada, aunque no esperó respuesta. Movió su brazo de forma horizontal, generando una onda de energía oscura que se encargó de barrer la suciedad del auto, por fuera y por dentro.

- Gracias, RaeRae. ¡Bien! Vamos a oír ese motor.

Cyborg introdujo la llave y pisó el acelerador un par de veces con el auto en muerto, sólo para verificar que todo sonara bien. Luego de verse convencido, lo sacó de la cochera y a la calle, comenzando su ruta.