VOLVÍ.

Tengo computadora nuevamente, yay!

Perdón por la demora larguísima, espero poder compensarlo subiendo capítulos lo más pronto posible.

Disfruten! R&R!

K.-


-Capítulo 9-

Raven despertó al día siguiente, soltando un sonoro bostezo. Aunque no le agradaba consumir drogas para conciliar el sueño, debía admitir que hacía tiempo no dormía tan profundamente como esa noche. La medicina creaba una extraña reacción neurológica que suprimía al inconsciente, impidiendo al cerebro generar sueños y permitiéndole a ella una noche de verdadero descanso.

Rascó sus ojos y volteó hacia un lado, entontrándose con el desayuno en una bandeja: té de jengibre, pan tostado con mantequilla y una manzana. Dio un par de sorbos a su té, tomó la manzana y rotó su cuerpo, dejando sus pies desnudos colgando a un lado de la cama.

En ese momento, como si la hubiese estado vigilando -probablemente era el caso-, el código de entrada fue marcado y la puerta se abrió, dejando ver a un sonriente Cyborg.

- Buenos días, Sunshine -saludó, revisando las distintas máquinas para corroborar que todo estuviese en orden.

- Quiero irme.

- ¿Huh? -el mayor volteó el rostro por un momento antes de volver a los monitores.

- Dijiste que me tendrías en observación por una noche. La noche terminó.

- Oh, claro, sí. Bien, todo parece estar en orden. ¿Tú cómo te sientes? -Raven le dio un mordisco a su manzana, sintiendo de pronto el hambre que había perdido durante esos días-. Mejor, al parecer -se respondió Cyborg con una sonrisa.

- Mmhm.

- De acuerdo, te daré de alta, pero pasarás el día en la Torre. Nada de volar, ni flotar, ni magia de ninguna clase.

- Ese no fue el trato -gruñó ella, tragando otro bocado de fruta.

- No, pero realmente quiero asegurarme de que estés bien -Raven frunció el ceño-. ¡Vamos, el cielo se está cayendo allá afuera! -Cyborg señaló la ventana cubierta de pequeñas gotas de lluvia-. ¿En serio crees que algo ocurrirá justo hoy? No te hará mal un día libre.

- Ugh, como sea.

Raven bajó de la camilla y lanzó el resto de la manzana a su compañero, golpeándolo en la nuca. Una vez desconectada de todos los cables y agujas, caminó hacia la cortina blanca buscando el uniforme que había dejado allí el día anterior, pero se llevó una sorpresa al verlo desaparecido.

- ¿Dónde está mi ropa? -preguntó mientras miraba la silla vacía con el ceño fruncido, como si ésta se la hubiese tragado.

- Te traje un pijama -escuchó responder, y pudo imaginar a su amigo encogiéndose de hombros y sonriendo victorioso.

La cortina a su espalda fue corrida y frente a ella apareció una enorme mano con una igualmente enorme sudadera y un par de calcetines.

- Ya sabes, para no arriesgarme a que me desobedezcas. Tú no eres muy buena para seguir órdenes, Chica Oscura.

Raven sólo gruñó y tomó bruscamente la muda ofrecida, sintiendo a Cyborg ahogar una carcajada mientras cerraba nuevamente la cortina blanca. De mala gana se colocó la sudadera negra y los calcetines grises, gruñendo aún más al ver cuán anchos se veían sus brazos y muslos con la gruesa tela colgando sobre ellos. Tal vez debería sacrificarse y hacer un viaje con Starfire al centro comercial; comprar algún pijama de su talle y dejar de usar la ropa de Cyborg, para variar. Después de todo, el que había adquirido en Nueva York terminó hecho añicos luego de aquella extraña y nada relajante sesión de meditación.

Salió de su improvisado cambiador y se topó con Cyborg que la esperaba recostado contra una de las paredes, mirándola con una fuerza que le perturbaba.

- ¿Qué?

Él la tomó de una muñeca y, antes de que pudiera pensar, se sintió aprisionada en uno de esos enormes y apretados abrazos que parecían formar poco a poco parte de la rutina entre ambos. Ella sólo se quedó tiesa y con su vista clavada al frente mientras sentía a su amigo toman profundas bocanadas de aire y soltarlas en forma de suspiros, su rostro enterrado entre el cabello violeta y el cuello gris de la ocultista.

- Nunca más me asustes así -murmuró en una voz apenas audible-. No puedo... no quiero perder a nadie más.

Raven bajó la mirada, sintiéndose avergonzada y culpable por algo que en realidad había sido un accidente. Tragó duro al imaginarse cómo debió sentirse Cyborg durante esos segundos, o minutos, viéndola sumergida en el agua o en el suelo inerte, helada y aún más pálida de lo normal, mientras intentaba reanimarla.

El abrazo terminó y Cyborg la separó lentamente de él, sosteniéndola por los hombros.

- Lo siento -respondió ella en el mismo tono silencioso, sus ojos aún en el suelo.

- Bien, sólo... Cuídate un poco más, ¿de acuerdo? -ella asintió cabizbaja y él aclaró su garganta, queriendo aligerar su voz y el ambiente- Genial. Ahora, ¿te importaría ayudarme a preparar el desayuno?

- ¿Eh? -ella alzó el rostro con su ceja visiblemente enarcada-. No estás hablando en serio.

- ¡Claro que sí!

- A menos que quieras matar a alguien, y no me molestaría asesinar a Chico Bestia, no puedes estar hablando en serio.

- ¡Oh, vamos! Yo te enseñaré -Raven frunció el ceño con desconfianza-. ¡Okay, de acuerdo! Sólo te encargarás de servir los cereales y esas cosas, nada elaborado. ¿Así está mejor?

Ella se mantuvo en silencio unos momentos antes de suspirar y encogerse de hombros con resignación. ¿Qué podía perder? Después de todo no podía salir, ni entrenar, ni siquiera meditar profundamente sin gastar energía. Debía matar las horas de algún modo.

Ambos titanes se dirigieron a la cocina; Cyborg se puso su gorro y delantal y le ofreció un segundo par a Raven. El mayor comenzó a preparar waffles, huevos revueltos, tocino y un enorme pan casero que se encargó de meter al horno, mientras Raven sólo lo miraba con auténtico asombro. ¿Cómo rayos podía hacer tanta cosas a la vez? Ella apenas lograba sacar el agua del fuego antes de que queme su té.

La cocina jamás había sido su fuerte. Probablemente porque, por su herencia genética, no precisaba comer tanta cantidad o tantas veces al día como un humano. Se sentía patética al notarse tan inútil para algo; sin importar cuántas veces leyó al respecto, cuántas madrugadas pasó en la cocina a escondidas del grupo intentando aprender, la cocina simplemente no era lo suyo.

- Muy bien, Rae. Si quieres busca los platos y las tazas, y podrías hacer el jugo de naranja. Ya sabes, esa fruta redonda y anaranjada que...

- Cierra la boca -siseó ella, notando cuánto se divertía su compañero al burlarse de sus inhabilidades culinarias.

- Debes cortarlas y presionar sobre el... -continuaba él, haciendo la mímica con sus manos de cada instrucción.

- Tengo un cuchillo en mi mano. Si valoras tu vida, cállate.

Raven arremangó su sudadera y recogió su cabello, metiéndolo bajo el gorro. Empezó entonces a cortar las naranjas al medio, murmurando maldiciones y frunciendo el ceño mientras el cítrico se impregnaba en sus manos, dejándola pegajosas y resbaladizas.

- Um... ¿Rae? -llamó cuidadosamente Cyborg, espiando el trabajo de Raven por sobre su hombro.

- ¡¿Qué?!

- Debes cortarlas a la mitad -señaló, viendo la media docena de naranjas mal cortadas y apretujadas, que habían perdido casi todo su jugo gracias a la presión que la hechicera había hecho con sus manos-. Y sería bueno que el jugo llegue a los vasos...

- Esto es tu culpa -exclamó indignada, golpeando ambas manos contra la mesada-. Es estúpido que exista un modo correcto de cortar una naranja; ¡es sólo una maldita naranja, por Azar! ¡Zolworg tuback plxing zardbarker!

- ¿Eso es tamaraneano? -preguntó el mayor mientras mordía su labio inferior para evitar la risa.

- ... Probablemente.

Ambos se miraron por unos segundos hasta que Cyborg estalló en carcajadas, sosteniéndose el estómago con ambas manos. Raven iba a insultarlo por ello, pero de pronto comenzó a reír; primero una risa suave, que poco a poco tomó fuerza hasta transformarse en una carcajada que le quitaba el aire de sus pulmones y formaba lágrimas en sus ojos.

Ni siquiera estaba segura de por qué se reía Cyborg, o por qué ella misma lo hacía. Tal vez por su estúpido error con las naranjas, tal vez por su generalizada inutilidad en la cocina, tal vez por el insulto tamaraneano que salió del fondo de su alma. Tal vez sólo porque la estaban pasando bien luego de una semana gris y triste. Tal vez porque era la primera vez que ambos pasaban unos momentos sin pensar en nada que los deprimiera, porque se sentían auténticamente bien por primera vez en mucho tiempo.

Tal vez no querían reírse; tal vez simplemente necesitaban hacerlo, curar cada uno sus propias heridas. Y ambos tenían la suficiente confianza en el otro como para hacerlo juntos.

Algo tan absurdo como una naranja mal cortada y una maldición habían logrado que ambos rieran juntos, plena y sinceramente, y aunque Raven no era una particular entusiasta por las demostraciones de sentimientos, debía admitir que se sentía ridículamente bien reír de ese modo y sentirse acompañada.

Las puertas de la sala se abrieron y los tres titanes restantes entraron al cuarto, quedando pasmados por la escena frente a ellos.

- ¿Có-cómo dijiste? ¿"Solbo tu" qué? -la voz de Cyborg se había elevado por los cielos, y entre tantas carcajadas, ninguno había oído al resto del equipo entrar.

- Zolworg... Tuback... ¡Plxing Z-z-ardbarker! -exclamó Raven llevando una mano a su frente.

- ¡Amiga Raven! -llamó la atención Starfire, tapando su boca con horror ante el fuerte insulto escuchado.

Ambos compañeros frenaron sus carcajada en seco, volteando en dirección a la puerta de entrada. Starfire seguía con su exagerado gesto de espanto, mientras Chico Bestia parecía tener un cortocircuito en su cerebro que hacía que su párpado izquierdo saltara constantemente, y Robin fruncía el ceño intentando comprender qué estaba ocurriendo.

Raven aclaró su garganta, enderezó su gorro y pasó sus manos por el delantal, estirándolo. Su rostro se volvió calmo y serio al instante, como si nunca hubiese reído.

- ¡Buenos días, equipo! -exclamó Cyborg, limpiándose una lágrima en la rabillo de su ojo.

Los demás asintieron y se acercaron lentamente a la mesa, tomando asiento. Raven se acercó con platos en sus manos y brazos, dejando uno frente a cada uno.

- Desayuno -aclaró, como si fuese necesario.

- ¡Pero esto está lleno de carne y huevos y leche y queso! ¿Dónde están mis salchicas de tofu? ¡¿Y mi leche de soya?!

- De-sa-yu-no -repitió la hechicera castañeando sus dientes mientras prácticamente arrojaba el plato frente a su compañero, salpicándolo con huevos revueltos.

- Oh, um, ¡waffles! -exclamó el chico verde antes de atragantarse con un enorme trozo de masa dulce.

- Gloriosa mañana, amiga Raven. ¿Acaso tú prepararte nuestro alimento matutino? ¡Porque en serio deseo volver a probar tus deliciosos adefesios quemados!

Robin y Chico Bestia detuvieron sus tenedores a centímetros de sus rostros y vieron de reojo a Raven, esperando a que ella confirmara si el desayuno era o no comestible. Ella sólo los miró y negó con la cabeza, a lo que ellos respondieron con un suspiro.

- Oh no, Rae Rae se encargó de preparar el jugo -anunció con orgullo Cyborg, dejando sobre la mesa una jarra de vidrio con apenas dos dedos de jugo de naranja en su interior.

Raven se ruborizó antes de tomar asiento, quitándose el gorro y dejando su cabello caer desarregladamente sobre sus hombros. Pinchó un trozo de waffle y lo probó, feliz de no haber sido ella la encargada de preparar el desayuno.

- ¿Cómo te sientes?

Raven, que alzaba la jarra para servirse un sorbo de esa patética excusa de jugo, detuvo su accionar sólo un segundo antes de continuar, viendo de reojo cómo su líder miraba su plato de comida en vez de a ella.

- Bien -Robin asintió con sus ojos aún clavados en el plato, mientras cortaba un bocado de su propio waffle.

- Eso es bueno -comentó casual antes de llevarse su desayuno a la boca, dando por terminada la conversación.

La hechicera apretó el agarre de sus cubiertos, dejando que sus nudillos se tornacen blancos. Luego de soltar el aire por su nariz y sentir un nudo en su estómago, decidió que su hambre había desaparecido. Soltó el cuchillo y tenedor sobre el plato y tomó una servilleta para limpiar sus labios, arrojándola sin mucho cuidado nuevamente a la mesa.

El aire del desayuno se había tornado algo tenso. Todos miraban de reojo a las dos aves, y Raven lo sentía. Es decir, incluso Chico Bestia había notado que existía un problema entre ambos, y Chico Bestia jamás notaba nada.

- Y, eh... ¿Qué con ese look de momia, Rae? -preguntó el chico verde, indicando las piernas de la hechicera. Ella de forma inconsciente las tensó y acercó entre ellas.

No le agradaba usar vendas, verse herida. No estaba acostumbrada a mostrarse tan humana. Los humanos eran débiles, frágiles. Y si bien Cyborg había tenido razón al decirle que debía comenzar a aceptar esa mitad de su herencia, a Raven le estaba resultando realmente complicado.

- Idiota -murmuró Cyborg mientras le daba una palmada en la nuca a su amigo.

- Um... -Starfire llevó un dedo a su mentón, pensando cómo calmar las aguas-. ¡Amiga Raven! ¿Te importaría, uh, ser mi acompañante en mi paseo semanal por el comercio central?

La hechicera alzó una ceja. Valoraba el esfuerzo de su amiga por levantarle el ánimo, ¿pero realmente esperaba que un día de compras fuese la solución?

- Es "centro comercial", Starfire; y gracias, pero Dr. Chef aquí me dio órdenes de no salir de la Torre -señaló con la cabeza a su amigo, aún con su gorra y delantal.

La ocultista se puso de pie y se excusó, argumentando que estaba cansada, antes de retirarse tan rápido como sus vendadas piernas le permitían. Pudo oír algo sobre tener que cambiarse los vendajes, o jugar bola apestosa, o que le tocaba lavar los platos, pero no prestó atención.

Llegó a su cuarto y cerró la puerta, apoyando su espalda contra la placa de metal mientras sus ojos se cerraban con fuerza.

¿Qué rayos había sido eso? ¿Ese había sido su mejor amigo? ¿El mismo con el que tenía una conexión? ¿El mismo que se jactaba de conocerla mejor que nadie? ¿El mismo que la había sacado del infierno?

¿Ese patán que ni siquiera la miraba a los ojos, era su mejor amigo? ¿Qué demonios había hecho ella para merecer - o más bien, para no merecer siquiera contacto visual?

- Idiota -siseó, pasando una mano sobre su cabello-. ¡Idiota, idiota, idiota!

Un jarrón estalló a su derecha, haciéndola volver a la realidad.

Raven soltó un bufido y caminó hacia la ventana, cerrando las grandes cortinas para no seguir viendo aquella deprimente lluvia. Pateó vagamente los fragmentos de cerámica hacia un rincón, no teniendo el más mínimo interés de limpiar en ese momento.

Caminó hacia el baño y encendió la luz, viendo a su alrededor. Alguien lo había secado y organizado; ya no había toallas ni charcos de agua ni huellas enormes cubriendo el suelo. Habían ordenado también las velas y objetos que Raven solía tener en los bordes de la tina, luego de que estos cayeran al piso producto de los nada cuidadosos movimientos de Cyborg al sacar a su compañera del agua.

Raven quería ir a la sala e interrogar a los titanes para saber quién había sido el kamikaze que había entrado en su cuarto sin permiso, pero se abstuvo. Aunque lo negara, agradecía no tener que ponerse a ordenar aquel condenado baño.

Salió del pequeño anexo y se arrojó en la cama boca abajo, dejando su rostro oculto entre las acolchadas mantas y sus piernas colgando en el aire a un lado.

Necesitaba hablar con sus emociones e intentar comprender qué le estaba ocurriendo, qué era ese frío en su pecho cada vez que veía a su estúpido líder y él no le devolvía la mirada, cada vez que sus conversaciones se convertían en discusiones y comentarios dañinos.

Su orgullo era alto. Ella no se dejaba afectar por tonterías, por peleas idiotas con quienes, a fin de cuentas, eran adolescentes hormonales y precipitados; uno podía decir algo hiriente, insultar al otro, era normal, era entendible. Ella era fuerte, lo suficiente como para no dejarse vencer por palabras amargas o miradas sombrías.

Habiendo dejado eso en claro... Ésta no era como las otras veces. Las palabras de Robin, así como sus silencios, miradas, gestos y aura, la estaban atracando por todos los flancos, y no sabía cómo reaccionar. Su terca personalidad le exigía que respondiera con la misma moneda, que lo tratara del mismo modo, que no diera el brazo a torcer. Y ella lo hacía, mantenía la insensible fachada perfectamente, dando un show de "Reina de Hielo" digno de Broadway. No había lágrimas, ni ojos empañados, ni cuerpo tembloroso, ni duda en sus palabras. Nada que permitiera al resto saber cuánto le dolía lo que estaba ocurriendo.

Pero vaya que le dolía.

Ya ni siquiera recordaba cómo había iniciado todo. Tal vez ella había sido la primera en mostrar apatía, tal vez había hecho lago mal. Ciertamente, desde el viaje a Tokio, a Raven le había costado mucho trabajo tratar a Robin con normalidad. ¿Pero por qué?

Lo extrañaba. Extrañaba las charlas en la azotea, los entrenamientos cuerpo a cuerpo, las tardes de libros y las noches en vela cuando ambos intentaban escapar de sus pesadillas. Extrañaba tener a alguien que la comprendiera; no sólo que la aceptara como era, sino que realmente supiera lo que sentía.

Sin embargo, desde que pusieron un pie fuera de la nave luego de su viaje a Japón, Raven supo que las cosas no serían iguales. Él dejó de aparecer en la azotea por las mañanas, y poco tiempo le tomó a Raven descubrir que más de una noche -cuando lo esperaba despierta en la sala, tazas de café en mano, y él jamás aparecía- el petirrojo se había escabullido en la habitación de la joven tamaraneana, encontrando un nuevo consuelo para sus pesadillas.

Se sentía reemplazada. Intentó lo mejor que pudo fingir que nada ocurría, que no había notado la ausencia de su mejor amigo y que no le afectaba lo poco que hablaban últimamente... Pero cuando le tocó presenciar uno de esos explícitos y perturbadores sueños de Robin con Starfire, supo que había sido suficiente.

Dejó a aparecer en la azotea y de participar en los entrenamientos individuales; guardó su tablero de ajedrez en la habitación y pasó sus noches de pesadillas acurrucada en la cama, rogando a Azar que amaneciera pronto.

Y cuando vio que Robin de verdad no había notado los cambios, no había notado que ya no pasaba tiempo con ella y tampoco parecía importarle, comenzó a sentir en su pecho ese frío que ahora era casi tan permanente como inexplicable.

Sintió algo tibio correr por su mejilla y de forma automática tocó la zona con sus dedos, mirando con asombro y horror esa pequeña lágrima que había encontrado en su rostro.

Tres golpes en la puerta la sacaron de trance, haciendo que se incorporara de un salto. Tomó los puños de la sudadera y rascó fervientemente sus ojos, intentando borrar cualquier evidencia de llanto. Se vio al espejo y notó con espanto sus ojos y nariz enrojecitos. Finalmente, optó por ponerse la enorme capucha, esperando que ocultara la parte superior de su rostro.

Comenzó su marcha hacia la puerta cuando de reojó vio un pequeño lomo rojo en la biblioteca, casi imperceptible entre las enormes enciclopedias, novelas y libros de hechizos. Pero Raven no tardó un instante en reconocerlo.

Flashes de su sueño se presentaron en su mente, obligándola a detener la caminata. Con algo de duda -sin saber por qué- tomó cuidadosamente el libro y lo guardó bajo su ropa, esperando poder leerlo en cuanto tuviera unos minutos de soledad.

La puerta volvió a sonar y ella suspiró, resignándose a abrirla.

- ¿Qué?

- Hay que cambiar los vendajes, Sunshine.

- Ugh.

Raven viró los ojos y salió del cuarto, con su amigo siguiéndola de cerca. De mala gana llegó a la enfermería que ahora odiaba y subió a la camilla, dejando sus piernas colgando a un lado.

Cyborg acercó una silla y todos los implementos necesarios para la curación de esas estúpidas heridas. Con cuidado, tomó el tobillo izquierdo de la hechicera y apoyó el pie sobre su falda, teniendo mejor visión e ingreso a la zona en la que debía trabajar.

Raven se sintió abochornada. Nunca nadie la había tratado así; nunca nadie había tenido que tratarla así. No le agradaba sentir los ojos de alguien sobre ella, las manos de otra persona sobre ella le erizaban la piel. Incluso si ese "alguien" era Cyborg.

- Estás muy callada, Rae Rae -observó el mayor mientras quitaba las gasas viejas con cuidado para no generarle dolor.

- Hmp -frunció el ceño al sentir el tirón de su piel adherida a la gasa-. Sólo quiero terminar con esto.

- Lo sé -Cyborg hizo girar su silla y tomó desinfectantes y vendas nuevas-. No estás acostumbrada a esto, ¿verdad? -preguntó mirándola mientras sostenía su rodilla en un intento por mantenerla en calma.

- Obviamente -Raven movió su vista a un lado, sintiendo el calor subirle por el cuello.

- Lo lamento -palmeó su rodilla una vez antes de soltarla rápidamente, y Raven pudo sentir al incomodidad de su compañero-. Estoy acostumbrado a curar a los demás, y no tienen tantos problemas con todo esto -dijo, haciendo un movimiento circular con su mano para señalar las piernas de la joven-. No sé cómo curarte sin incomodarte.

- Está... bien. No es como si pudieras hacerlo de otra manera.

Cyborg terminó con la pierna izquierda y prosiguió con la derecha en medio de un tenso silencio. Raven mantuvo su vista clavada en el techo. No quería ver sus heridas, y no podía ver a Cyborg. En ese momento, se sentía simplemente demasiado expuesta.

¿Quién diría que alguien que vive su vida en un leotardo que poco deja a la imaginación, ahora tendría vergüenza?

- ¡Muy bien! -Cyborg se quitó los guantes y soltó un suspiro antes de ponerse de pie-. La heridas están cicatrizando y la infección está pasando. Puede que te de algo de fiebre estos días como reacción a la infección, pero fuera de eso parecería que todo marcha bien.

Raven asintió y amagó a bajarse de la camilla, pero una mano frente a su rostro la detuvo.

- ¡Uh-uh-uh! ¿Qué crees que haces?

- Me voy -respondió con una ceja alzada.

- No tan deprisa; primero haré un chequeo, Chica Oscura -ella frunció el ceño-. Tu cuarto seguirá allí, frío y oscuro cuando regreses. Ahora -Cyborg tomó su otoscopio.

Raven bajó su capucha e inclinó su cabeza, dejando que el mayor revisara ambos oídos. Luego se dejó oscultar, sintiendo el frío del estetoscopio en su espalda. Cyborg le tomó la presión arterial y chequeó su garganta. Todo parecía estar en orden.

- Okay. Todo está bien.

La ocultista volvió a asentir y esta vez se sintió aliviada al ver que su amigo no la detenía cuando quiso bajarse de la cama. Caminó tranquilamente hasta la puerta cuando una pregunta la hizo frenar en seco.

- ¿Cómo estás?

- ¿Uh?

Raven volteó antes de repetir su pregunta.

- ¿Cómo... lo llevas?

- Oh... ¿Y me harás esa pregunta todos los días, o qué? -él sonrió nervioso pero ella se mantuvo serena, obligándolo a responder-. Bien, supongo. Tener la mente ocupada me ayuda.

Mentía. Mentía descaradamente y ella lo percibía. Su aura emanaba miedo a ser descubierto, mezclado con dolor, uno que no desaparecía. Sin embargo, ella asintió.

- De acuerdo -hizo el amague a voltear pero se detuvo, dudosa-. No el malo que sientas tristeza, Cyborg. No es malo que sientas. Si necesitas desahogarte...

Él asintió, mostrando una triste sonrisa.

- Lo sé, gracias. Y lo mismo va para ti.

- ¿Eh?

- Estuviste llorando, Rae. No seré émpata ni nada de eso, pero tampoco soy ciego.

La hechicera se tensó, sintiéndose acorralada. Él sólo negó con la cabeza y la tomó por los hombros, bajando hasta quedar a la altura de sus ojos.

- No es malo que sientas, Rae. Y sé que sientes mucho. Creo que sé lo que sientes mejor que tú, porque te niegas a aceptarlo.

- No hay nada que aceptar.

- ¿Ah, no?

Raven frunció el ceño. Siendo ella la émpata, odiaba que Cyborg llegara a leerla tan bien.

- Estábamos hablando de ti -cortó, intentando desviar el tema-. Lo que tú siente-

La habitación se tiñó de rojo y la alarma comenzó a sonar, interrumpiendo la conversación. Cyborg soltó a la hechicera y comenzó a correr en dirección a la sala sin perder tiempo. Una vez allí, tecleó rápidamente la computadora central en busca del problema.

- ¿Qué tenemos? -preguntó Robin, que llegaba junto al resto de los titanes.

- Adonis está destruyendo el centro comercial.

- ¡Oh, no! ¡No el centro comercial! -se lamentó Starfire.

- ¡Aw, viejo! ¿Estos sujetos no dejan de molestar ni en los días de lluvia? ¡Mi peinado se va a arruinar! -exclamó Chico Bestia con un mohín.

- Si ellos no se detienen, nosotros tampoco. ¡Titanes, en marcha!

Todos salieron de la sala y Cyborg se detuvo en seco, voltando al sentir un par de pies tras él.

- ¡Woah! ¿Y tú adónde crees que vas?

- Hay una emergencia -respondió Raven con monotonía.

- ¡Ni hablar, Chica Oscura! ¡Tú te quedas aquí!

Pulsando un par de botones en su brazo, Cyborg bloqueó todas las entradas y salidas de la Torra, sabiendo que de otra forma su terca amiga no le haría caso.

- ¡Tú cuidas el fuerte, Rae Rae! -gritó mientras se alejaba, saludando a la hechicera con una mano hasta girar en una esquina y desaparecer.

- Idiota -farbulló mientras se cruzaba de brazos.

- ¡Oí eso!


Raven reingresó a la sala y miró a su alrededor. La paz y el silencio eran algo que adoraba, pero saber que ella estaba holgazaneando mientras los demás combatían el crimen no le agradaba en lo más mínimo.

Bufando, se acercó a las estufas y puso algo de agua a calentar. Cuando estuvo casi lista, la ocultista se estiró sobre las puntas de sus pies para buscar una taza en los estantes más altos de la cocina.

PLOP.

Frunció el ceño y miró al suelo luego de oír que algo había caído. Un pequeño libro rojo se hallaba frente a sus pies. Había olvidado que lo traía consigo, pero ahora su curiosidad había resurgido, de modo que se preparó su taza de té y, con el libro bajo el brazo se hechó en el sofá.

Tomó un sorbo de la infusión y se puso a hojear el índice, no sabiendo muy bien qué era lo que buscaba. Su dedo se paseó por los diferentes títulos sin mucho interés, hasta que sus ojos captaron algo.

"Capítulo III: Paredes Dimensionales - Página 52"

Pasó las hojas hasta llegar a la numeración pretendida y se detuvo, tomando una gran bocanada de aire. Algo sobre lo que leería allí la ponía muy nerviosa, pero no podía acobardarse. Sus sueños siempre tenían un significado, y si ella había soñado con ese libro era porque había algo que Raven tenía que saber. Pudo ver la caligrafía fina y el papel amarillento, los logaritmos y las imágenes explicativas a un lado. La página se materializó ante sus ojos y pudo leerla con toda claridad, a pesar de estar escrita en una lengua antigua y muerta.

"Es sabido que la apertura de portales inter-dimensionales es una habilidad ambicionada y temida al mismo tiempo. La posibilidades al viajar de una dimensión a otra son prácticamente infinitas. No obstante, sus riesgos también lo son. Es por tal razón que el multiverso se protege a sí mismo, generando fuertes muros para dividir las distintas realidades y evitar paradojas espacio-temporales; muros que sólo seres con gran poder psíquico pueden atravesar. Los azarathianos de alto rango son un ejemplo de ello. Razas inferiores, sin estudios adecuados, deberían ser incapaces de formular un portal eficaz, que permita el correcto traslado de la materia y/o energía a otra dimensión.
Deberían, puesto que existen excepciones. Las paredes dimensionales no son infalibles, y poseen puntos débiles comúnmente conocido como 'grietas dimensionales'. Si bien por lo general dichas grietas son ínfimas e inservibles, representan un gran peligro. Al abrir un portal inter-dimensional exitoso, las grietas se amplían, debilitando los muros que separan un universo del otro por un breve período de tiempo, y permitiendo que seres de más básico conocimientos logren romper los límites de su realidad.
En resumidas cuentas, las paredes dimensionales debilitadas permiten que portales que en otra situación serían imposibles de formar, se abran con éxito, y materia o energía pueda trasladarse de un universo al otro".

Los ojos de Raven se abrieron al máximo, y de pronto lo comprendió.

Su cerebro comenzó a recrear las imágenes del sueño que tuvo el día anterior; imágenes que ella no recordaba.

- ¿Ya comprendes? ¿Comprendes por qué es tu culpa? -gritaba Cyborg.

- Eso no puede ser.

- ¡¿No puede ser?! ¡Mi padre estuvo seis meses intentando abrir un maldito portal, y mágicamente lo logra el día que tu cruzas a este planeta! ¡¿Cómo puede 'no ser'?!

La hechicera bajó la mirada al suelo, y luego su rostro. ¿En serio había sido su culpa?

- Yo lo siento. De haber sabido que...

- ¿Por qué, Raven? -interrumpió Cyborg-. Mira lo que le hiciste a mis padres, ¡mira lo que me hiciste a mí!

- Yo no quise...

- ¡¿Por qué no te quedaste en su hogar?! ¡¿Por qué tuviste que venir aquí?!

Raven empuñó sus manos. Oírlo decir eso en serio le dolía. Él sabía por qué había acabado en la Tierra, sabía que no fue su elección. Sabía que había perdido todo, y que llegó al planeta sólo con la advertencia de que, en cuatro años, ella y todo a su alrededor perecería.

- ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué?!

- Tú sabes bien por qué; no tuve opción.

Cyborg gruñó y se armó de su cañón sónico, tal y como en las pesadillas de Raven en New York.

- ¡Al demonio con esa excusa! ¡Estoy harto de tus excusas fatalistas! ¡Sí tenías opción; pudiste quedarte allá y ahorrarnos todo esto!

Él apuntó con su arma y Raven sintió sus piernas flaquear. Cayó de rodillas y se quedó ahí, con su vista clavada en la nada.

¿En serio había provocado todo eso? Incluso antes de conocerlos, ya se había encargado de traer sufrimiento a la Tierra, a aquellos que ella quería.

- Victor, yo lo-

- ¡Cállate! -exclamó él, lágrimas saliendo de su ojo humano-. ¡Victor ya no existe! ¡Victor murió por tu culpa! ¡Me transformaron en este... este fenómeno por tu culpa! ¡No quiero escucharte! ¡Te odio, ¿lo entiendes?!

Raven pudo sentir su corazón destrozarse al oír esas palabras de la boca de quien consideraba su hermano, de la persona en que confiaba más que en nadie. Pero las merecía, cada una de ellas. En su egoísmo por intentar salvarse de su profecía, ella había arruinado una vida, una familia. Por querer liberarse de sus propios problemas, había condenado a Cyborg a vivir en un cuerpo que no quería, sin padres y sin el futuro con el que tanto había soñado.

Pudo escuchar el zumbido del cañón cargando y ver a travéz de sus párpados la luz azulina acumulándose frente a ella.

Luego, nada.


El libro cayó al suelo cuando ella se irguió de pronto, respirando agitada y sintiendo su cabello pegado al rostro por el sudor. Llevó una mano a su pecho, que se movía con rapidez, mientras miraba a su alrededor la sala de la Torre, aún vacía.

Pudo oír al grupo llegar a la isla, y entró en pánico. Corrió hasta su habitación, encerrándose en la seguridad de su santuario. Allí, caminó a toda velocidad viendo su biblioteca y tomando cada libro que le parecía podía servir. Con una docena de libros en sus manos tomó asiento en el suelo y encendió algunas velas para poder leer. Abrió uno y volvió a cerrarlo, recordando otros títulos que podían serle útiles. Volvió a ponerse de pie.

Para cuando comenzó a leer, se hallaba rodeada por casi sesenta libros ubicados en torres, velas flotando y pergaminos desplegados a lo largo y ancho de su alfombra.

Estaba desesperada.

Ese libro no podría tener razón. Tuvo que haber un error, debía haber un error. Y aunque muy dentro de ella sabía que la información que había leído era fidedigna, ella en serio quería estar equivocada.

Pero no lo estaba.

Cerró el último libro y suspiró. No quería llorar. Se negaba a llorar, porque ella no era la que había sufrido; ella había generado todo, y no merecía llorar. Debía ser fuerte, mantener la calma y pensar qué hacer.

'¡Te odio, ¿lo entiendes?!'.

'¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!'.

'Fue todo tu culpa'.

'¡Pudiste quedarte allá y ahorrarnos todo esto!'.

El pecho se le estrujaba cada vez que recordaba la voz de su amigo diciéndole cuánto la detestaba. Existía la -enorme- posibilidad de que su amistad se quebrara luego de esto. Su siguiente paso seguramente sería abandonar a los Titanes. No podía permitir que Cyborg se fuera; él no tenía otra familia, más allá de su Nana, y no quería que perdiera todo cuando al fin había logrado construir una nueva vida.

No podía acobardarse. Sus sentimientos no importaban: Cyborg debía saberlo, y por boca de ella.

TOC. TOC. TOC.

Como obra del destino, los tres golpes en su puerta la trajeron de nuevo a la realidad. Soltó los libros que tenía abrazados, dejándolos caer en el suelo, mientras miraba hacia la entrada de su cuarto con pánico.

- ¡Rae Rae! ¡Estamos en casa y trajimos pizza! -exclamó él con alegría desde el otro lado de la puerta.

Raven tragó duro y permaneció callada, bajando la vista al suelo. Lo oía tan alegre y despreocupado, que su pecho dolía de sólo pensar cuánto lo rompería con lo que debía decirle. Hacía apenas una semana había enterrado a su padre, ¡luego de aplicarle una inyección mortal él mismo! Y ella había estado ahí, con él... Había confiado tanto en ella comopara permitirle estar a su lado en ese momento, tomándole la mano y abrazándolo. No merecía más dolor...

- ¿Rae? ¡Vamos! ¡Traje doble queso y hongos sólo para ti!

Ella caminó hasta su cama y se acurrucó sobre su lado izquierdo, mirando el reloj sobre su mesa de noche. Se concentró en el sonido del segundero e intentó ignorar la voz de Cyborg llamándola una y otra vez.

- ¿Dónde está Raven, viejo?

- Hmp, debe haberse dormido... -él no sonaba convencido; ella sabía que él sospechaba que ella seguía despierta, y que algo le ocurría. Pero como siempre, Cyborg sabía cuándo presionar y cuándo dar espacio, y esta vez optó por darle algo de tiempo.

- ¿O sea que puedo comerme su pizza?

- ¿Eh? ¡Ni pienses que puedes comerte su pizza, cabeza de brócoli!

Escuchó a ambos correr por el pasillo hasta que sus pasos desaparecieron, y recién en ese momento se dio permiso para respirar; sin notarlo, había mantenido el aire en sus pulmones todo ese tiempo, como si temiera que él la oyera y descubriera que estaba allí encerrada.

El aire salió en forma de suspiro y volvió a entrar como un enorme hipido que no pudo controlar. Tomó una de las almohadas tras ella y la puso contra su pecho, abrazándola fuertemente. Enterró su rostro ahí y se permitió llorar.

Sería otra noche de pesadillas para Raven.