Miré de nuevo a Milo. Parecía preocupado. Yo también lo estaba. Algo no cuadraba en todo esto.

- Milo.

- Si? – dijo mirando la puerta por la que acababa de salir su novia.

- Porque le has dicho a Maria que no recuerdas nada?

- Verás, Lucy, te contaré como fueron las cosas y entonces dame tu opinión.

- Vale.

- Mira, salimos de la discoteca. Íbamos hacia mi coche pero me tropecé y caí al suelo. Iba bastante bebido, pero era bastante consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Yo me quedé en el suelo, riéndome solo. Maria se sentó a mi lado y empezó a besarme. Obviamente, yo no me resistí. – dijo con una pícara sonrisa. – todo iba de fábula, pero hubo un momento en que vi algo raro. Vi un destello rojo en sus ojos. Al principio creí que me lo habría imaginado pero, disimuladamente volví a mirarle a los ojos.

Milo se quedó callada y yo esperé ansiosa a que Milo continuara hablando, aunque ya veía por donde iba la cosa.

- Entonces me di cuenta de que no eran imaginaciones mías. Sus ojos eran de color rojo, un rojo brillante. Al verlos me asusté. Maria me miró con una sonrisa muy extraña. Daba miedo. Me cogió del brazo y fue besándome hasta que, de repente, me mordió. Fue horrible. Sentí como me ardía la cabeza, todo el cuerpo.

Yo me quedé paralizada. No me lo podía creer.

- Que opinas, Lucy?

No podía ni hablar. Ahora encajaban algunas cosas, pero aun así…

- Pero Maria… tiene los ojos azules, y no tiene malos pensamientos. – dije apenas susurrando, sin mencionar la pregunta mas evidente. Como había podido resistir el olor a sangre dentro del coche? Tendría que preguntárselo a Carlisle lo antes posible. Carlisle. Había estado muy extraño en presencia de Maria. Se habría dado cuenta él de lo que es? Seguramente si.

- Lucy, Carlisle me salvó.

- Lo se.

- Sabes como?

- Puedo imaginarlo.

- A si? Bueno, la cuestión es que le debo la vida. Y no se como agradecéroslo.

- No cuentes nada de lo sucedido en ésta habitación y estaremos en paz.

- No pensaba contar nada al respecto.

- Cuéntale lo que me acabas de contar a Carlisle.

- De que serviría?

- De mucho. Quieres ser agradecido? Cuéntaselo. Él sabrá que hacer al respecto.

- Vale, lo haré. Puedes llevarte a Maria para que se lo pueda contar ahora?

- Claro, me la llevaré a comer.

- Quieres decir que come comida? – me preguntó con sarcasmo.

- Ella no se, pero yo si. – le dije sonriendo.

Cogí el teléfono móvil y busqué el número de Carlisle en la agenda.

- Ha ocurrido algo? – me preguntó Carlisle directamente al contestar.

- No. Tranquilo. Es que Milo quiere hablar contigo. Ahora. – dije enfatizando la última palabra.

- Voy. Estoy cerca de la habitación.

Ambos colgamos. Me dirigí hacia la puerta, la abrí y saqué la cabeza lo justo para mirar si Maria se encontraba por los alrededores. De repente apareció por el pasillo con algo en las manos.

- Sigue despierto? – preguntó Maria, respirando con dificultad.

Vaya pedazo de actriz. No se le pasaba ningún detalle por alto, lo que todavía aún daba más miedo. Nos había engañado bien. Yo, viviendo siempre con vampiros, no me di cuenta de nada. Debía seguir disimulando, por muy difícil que me resultara.

- Si, aun está despierto. Que llevas ahí?

- Chocolatinas, a Milo le encantan.

Ambos reímos, Maria con más facilidad que yo. Maria entró primera en la habitación, besó a Milo y dejó todas las chocolatinas sobre el regazo de Milo.

Vaya! Es que te has llevado todo lo de la tienda? – preguntó a la vez que iba comiendo todo lo que pillaba.

Toc toc.

- Se puede? – preguntó una voz conocida desde el otro lado de la puerta.

- Si, adelante. – contestó Maria, tapando con las sabanas todas las chucherías y chocolatinas que había traído.

Carlisle entró en la habitación, pero no venia solo, venia acompañado de Emmet.

- Deberíais salir un momento. Tengo que hacer unas pruebas a Milo.

Maria me miró y ambas salimos de la habitación sin decir nada. Emmet nos siguió de cerca.

- Lucy, debes volver a casa. Papá está preocupado. Te marchaste sin decir nada. – dijo Emmet, poniéndose ante mi.

No sabía como responder a las palabras de Emmet. Es que se le había ido la olla? O tal vez fuera una estrategia. Debía estar hablándome de mi abuelo. Lo cierto es que me marché tarde y sin decir nada a nadie. Decidí seguirle la corriente a Emmet y ver a donde llegaba el asunto.

- Pero debo llevar a Maria a casa.

- Ya la llevaré yo.

- Perdona. – interrumpió Maria. – pero yo no te conozco de nada y no me voy a ir contigo a ningún lado. – dijo mirando a Emmet como si lo hubiera visto antes y no supiera donde. Podría ser…

- Entonces te llevará Lucy, pero yo también iré.

Maria volvió a mirarme. Se acercó a la puerta de la habitación de Milo y llamó.

- Pasa.

Maria entró en la habitación y volvió a salir al instante.

- Le he dicho a Milo que me marcho. Me llamará en cuanto sepan los resultados de las pruebas.

Salimos del edificio, Maria iba a mi lado.

- Este tío es tu hermano? – me preguntó susurrando.

- Si.

- No os parecéis.

-Ya.

- Me refiero a que tu eres muy agradable y simpática, y él es un poco borde.

- Es que esta noche le tocaba el coche.

- Ah! Ya veo.

- Pero ignóralo, es lo que hago yo siempre.

Maria rió y miró a Emmet de arriba a bajo.

- Que haces? Te recuerdo que tienes novio?

- Que pasa! Solo miraba!

Pronto llegamos al coche y Emmet se acomodó en el asiento del conductor, mientras que Maria y yo nos sentábamos en el asiento de atrás.

Una vez el coche estuvo en marcha, Maria se volvió hacia mí.

- Todavía no se como agradecértelo.

- No debes agradecerme nada.

- Claro que si. Si no hubiera sido por ti…

- Maria, con que Milo se recupere, yo estoy más que satisfecha.

- Gracias.

Sin yo esperármelo, Maria se abalanzó sobre mí y me abrazó. En ese momento vi a Emmet, que nos observaba por el retrovisor.

- Donde te llevamos? – preguntó Emmet, sin poder disimular el tono hostil de su voz.

- Al hotel Alaska.

- No vives en casa de Milo?

- No, mejor no, al menos por el momento. Por respeto para con sus padres.

- Claro.

Al cabo de diez minutos llegamos al hotel.

- Bueno, ya hemos llegado. – dijo Maria bajando del coche. – ya nos veremos.

- Claro, ya nos llamaremos. Avísame si hay alguna novedad respecto a Milo.

- Vale, adiós.

Maria entró rápidamente en el hotel y Emmet arrancó de nuevo el coche. No dijo ni una sola palabra. Cansada, fui yo quien rompió el silencio.

- No vas a decir nada?

- Has tenido mucha suerte.

- Ya lo se.

- Como no has podido verlo?

- No lo se. – me tumbé en el asiento trasero, encogida y mis lágrimas cayeron por mi mejilla. No había pasado tanto miedo en toda mi vida.