Capitulo III

La exterminadora entró en sigilo pasando la esterilla de la puerta. La charla que momentos atrás mantuvo con el monje Miroku le servía para tranquilizarse y no decirle una sarta de verdeares a ese medio demonio cuando regresara. Le había pedido a Shipou que se quedara junto con Miroku, que ella tenía que hablar a solas con Kagome en una charla de mujer a mujer; donde sabía bien lo que vendría.

El dolor de su amiga.

Como imagino su amiga no levanto la mirada de aquel piso de madera y al parecer seguía pérdida entre sus pensamientos. Podía notar los ojos hinchados y rojos por el llanto, su rostro tan pálido como el papel develar con tanta franqueza la tristeza que el corazón de Kagome guardaba.

Hacia dos años que ella estaba con ellos. Muchas veces la había escuchado quejándose de la ajetreada vida que llevaba tanto en este tiempo como en el suyo, que según lo que le contaba demandaba bastantes obligaciones para su joven amiga. Pero igualmente ella seguía estando con ellos porque sabía muy bien que aunque no tuviera la misma ductilidad a la hora de batallar, muchas veces los había sacado de apuros y era la única que podía ver y purificar los fragmentos.

Nadie del grupo la veía como un objeto, salvo una persona.

Miroku, Shipou y hasta incluyo ella imaginaron que con el transcurrir del tiempo las cosas entre Inuyasha y Kagome se aclararan de una vez por todas. Todos observaban en silencio la forma que tomaban los sucesos y como se desencadenaban aparentando que alguna vez el hanyou tuviera el valor para reconocer sus sentimientos y confesárselos.

Pero al parecer ellos se habían equivocado.

Se sentó al lado de la fogata que se encontraba en el centro de la choza de madera y adobe, y al frente de su amiga sin atreverse aún a pronunciar palabra alguna.

—Soy una tonta, ¿no es cierto?

Sango concentró su vista en el fuego que ardía con fuerza y pensó una respuesta que pudiera darle, una respuesta que ella ya no conociese. Durante estos dos años ya le había dado todas las respuestas que su mente tenía y ahora no tenía en nada más que pensar, en como justificar o entender hasta un cierto punto el comportamiento errático de Inuyasha.

—No lo eres, Kagome —le respondió ella con franqueza y sin poder verla su amiga dibujó una lánguida sonrisa en su triste semblante—. Él es el tonto.

Kagome guardó nuevamente silencio dejando escapar un cansado suspiro, como tratando de demostrar el cansancio que poseía su cuerpo y su corazón muchas veces lastimado. Pero como ella misma una vez se lo había dicho ella fue la que accedió, la que decidió permanecer a su lado sin importarle que alguna vez se ganara un poquito del cariño de él.

—No puedo obligarlo a nada, Sango —abrazó aún más sus piernas y sintió tan claro y amargo el nudo en su garganta—. Yo no soy como ella.

Tuvo que obligarse a callar y tomar aire con fuerza para llenar sus pulmones e intentar no derramar más lágrimas. Estaba cansada de llorar, cansada de sentir la misma tristeza casi día tras día como su fuera alguna cuenta con el pasado que ella tenia que pagar. Absurdamente pensó que tal vez eso era en realidad. Por ser la reencarnación de Kikyo, por ser la reencarnación del primer amor de la persona que ella estaba enamorada; tal vez tenía que pagar con sus propias lágrimas y sufrimiento.

Pero hoy aquella vocecita que se negó a escuchar tiempo pasado estaba haciendo eco en su mente y al parecer estaba ganando la batalla que muchas veces perdió.

«Olvídalo»

¿Olvidarlo? ¿Podía olvidar a Inuyasha? ¿Podía arrancarse del corazón el amor que sentía por él? …¿Seria capaz de poder hacerlo?

Eran muchos interrogantes para ella, mismos interrogantes a los que no tenía respuesta. Pero estaba segura que esta vida que llevaba ya no la quería más para ella, devolvería aquel regalo que alguna vez le fue dado. No abandonaría a ninguno de sus amigos…no lo abandonaría a él, pero hoy aunque le costara más lágrimas se sacaría completamente del corazón el amor que sentía por aquel hanyou de mirar dorado.

Hoy nacía una nueva Kagome Higurashi para ella misma y para todos; pero por sobre todo para Inuyasha.

No importara cuanto le costara, pero hoy comenzaba a decirle adiós a su amor por él…Hoy comenzaba a cambiar.

—Voy a olvidarlo.

Sango no pudó ocultar la sorpresa en su rostro ante las palabras esbozadas por su amiga con tanta determinación. El semblante de Kagome era completamente diferente al de hace unos momentos. Parecía completamente otra.

—No importa cuanto me cueste o cuanto sufra —los ojos chocolates de ella brillaban con más intensidad que el propio fuego. Tomando ese valor que Sango conocía muy bien que su amiga tenía—; pero dejaré de amar a Inuyasha cueste lo cueste.

La exterminadora lo tomó como una sentencia, un reto; el propio reto que su amiga se imponía. Estaba segura que saldría lastimada porque ella mejor que nadie sabía que lo amaba con locura.

Pero concordaba con Kagome. Si ella seguía de ese modo parecía consumirse poco a poco. Y no estaba segura de lo qué sería capaz de hacer si perdida a una persona como Kagome, a una persona que consideraba como su hermana.

Ambos mujeres se regalaron una sonrisa. La miko dio una mirada nuevamente al fuego. Estaba dicho, ella comenzaría a cambiar.

Ella comenzaría a olvidar.

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La compañía lo atosigaba, pero el aroma de tristeza que emanaba de ella cuando sus ojos volvieron a posarse sobre los de él después de una semana lo atormentaba. No era la primera vez que sentía ese aroma en ella, empañando la característica fragancia a flores que sutilmente estaba mezclada con el cuerpo delicado y femenino de ella.

Había tanta pena y dolor en sus ojos que tuvo ganas en ese momento de golpearse a sí mismo. Quiso decir algo, pero hasta pronunciar su nombre le causaba un dolor amargo, casi tan mortal como si el propio Naraku lo hubiera atravesado con uno de sus tentáculos y grabado su sentencia de muerte.

Ella lo contempló por escasos dos segundos y luego se interno en la cabaña sin soltar palabra. El resto del grupo compendio completamente lo que sucedía, quedando desacreditada la mentira de él sobre que Kagome había pasada la última semana en su época.

Estaba huyendo, corriendo sin saber bien en qué lugar terminaría cuando decidiera detenerse o a qué distancia se encontraría del campamento cuando sus pies se clavaran nuevamente en la tierra.

—Mierda —masculló con los dientes apretados saltando sobre la rama de un árbol y abruptamente deteniendo su huida como si el mismo diablo le pisara lo talones y estuviera cazándolo para llevárselo al infierno.

Quería pensar, repasar los hechos una y otra vez. Revaluarlos.

Primero estaba aquella noche hace siete días donde él pudo sentir cerca el aroma de Kikyo y sin pensarlo se lanzó a su encuentro, luego todo se sumía en imágenes algo borrosas y la fragancia de Kagome que lo despertó de aquel sueño en que estaba sumido cuando ya era demasiado tarde. Kagome se marcaba desolada y él estaba junto a una Kikyo casi semidesnuda que le anuncia que si no hubiera sido por la interrupción de Kagome, ambos hubieran terminado apareándose.

Las imágenes concordaban, pero no le encontraba respuesta a sus reacciones, era como si su cuerpo hubiera actuado ajeno al dominio de él mismo. Por pura y exclusiva voluntad propia.

Luego estaba también, esa misma noche, clavado de una forma tan profunda en su cabeza las ansias de la sangre de Kouga al ver que él la tenia, al ver como ella se preocupaba por esa bestia arriesgando su propio bienestar y acercándose a él para implorarle que lo soltara; sabiendo que el youkai que dormía y habitaba en él clamaba ser liberado.

Hasta lloró y gritó su nombre.

Gruñó con fuerza y sus garras se clavaron con la misma intensidad en la corteza del árbol, si hubiera sido algún ser vivo ya estaría completamente destrozado. Con un solo atravesar de sus garras podía dañar seriamente si se lo proponía, así como había dañado el brazo de Kouga.

Así como había querido decapitarlo con tessaiga. Internamente soñaba aún con eso.

Antes de tener el tiempo suficiente para que su mente continuara elaborando las diferentes formas en despedazar el maldito lobo, el olor característico de ella golpeó con fuerza en su nariz y rápidamente llenó ambos pulmones.

No era el mejor momento para presentarse pero tenía que verla.

Se impusó con la suficiente fuerza para alcanzar la rama de otro árbol, se encontraba cerca de la aldea, lo suficientemente cerca para él poder captar su olor a la perfección, pero lo suficientemente lejos como para que otro ser que no tuviera sus desarrollados sentidos pudiera encontrarlos a ambos y mucho más cierta jovencita que había vuelto a su lado.

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El aire nocturno la apaciguaba y tranquilizaba hasta casi relajarla por completo, en el Sengoku el aire no era viciado y los rastros de polución no existían. Le sonrió con ternura al pequeño zorrito que se acurrucaba en busca de calor, seguro que en busca del calor que emanaba su cuerpo. Sango también se encontraba dormida con Kirara cerca para protegerla de cualquier peligro ya sea externo o interno, en el caso de interno se refería a la mano que el monje Miroku decía tener "vida propia".

Dio un paso hacia fuera, el único que le faltaba para estar completamente bajo el manto estrellado.

—¿Insomnio, señorita Kagome?

—Más bien con deseos de poner en claro algunas ideas —nunca se abría totalmente con el monje Miroku y exponía sus pensamientos con franqueza, pero eso no ameritaba que le parecía, a pesar de sus mañas, una persona sabía y con bastante certeza a la hora de exponer sus propios juicios de valor.

—Siempre es bueno tener la mente despejada y los pensamientos en orden —respondió con voz pausada y observando el cielo que se cernía sobre ambos. La leve brisa sirvió para que el sonido de su báculo acompañara el tranquilo momento como la música de algunas campanillas—. ¿Y esa claridad en sus ideas tiene que ver con Inuyasha?

En aquellos momentos para ella la mención de su nombre era como si quitaran un fragmento de su corazón y quedara poco a poco incompleto, el mismo efecto tenía su presencia. Se percato de ello cuando volvió a verlo este mismo día y solo horas atrás.

La forma en que los recuerdos la perseguían como su propia sombra la atormentaba.

—Sí y no al mismo tiempo —soltó apesadumbrada y se abrazó a si misma con fuerza para protegerse con aquel escudo que formaban sus brazos alrededor de su cuerpo—. Iré a dar un paseo.

No se molesto en esperar la respuesta que el monje Miroku pudiera darle, sino que se movió deprisa, con pasos presurosos pero algo raudos. Necesitaba por un momento estar a solas con sus pensamientos

—Señorita Kagome —la llamó tranquilo, sin necesidad de levantar el tono de voz. La colegiala casi se giró al instante que escuchó su nombre. Miroku le sonrió—; sin importar lo que diga el propio Inuyasha con sus palabras o actitudes, para nosotros es mucho más que un detector de fragmentos. Es nuestra amiga.

Esta vez los deseos de llorar que embargaron su cuerpo fue por la candidez del momento, las palabras tan verdaderas que el monje Miroku le estaba regalando era algo que no estaba preparada para recibir.

Tenía amigos, verdaderos amigos

—Ustedes también lo son para mí —sonrío y luego se giró con la misma rapidez que se había volteado para continuar con su camino trunco.

El susurro tranquilo del viento, la fragancia a bosque y los sonidos que sabía reconocer con claridad era todo lo que ahora lograba escuchar. Esta noche se parecía tanto a la de hace siete días atrás. Si se esforzaba con fuerza tan vez pudiera divisar con simpleza la figura de Kouga un poco más alejada de la de ella.

No hacia ni veinticuatro horas que abandono los dominios del clan de los lobos que ya sentida aquella zona como su segundo hogar.

¿Qué le sucedía?

¿Por qué de pronto extrañaba con tanta fuerza la compañía de Kouga?

¿Por qué ahora ante el recuerdo de las últimas bromas sólo podía sonreír?

Kouga siempre había estado ahí, a su lado acompañándola y viéndola cada vez que podía. Salvándola cuando ni siquiera el mismo Inuyasha, a pesar de su promesa de protegerla, acudía a salvarla cuando la vida de ella y la de su querida Kikyo peligraban en el mismo momento.

Kouga la…la amaba, como ella hubiera querido que aunque sea una mínima parte Inuyasha sintiera algo de ello por ella.

Una lágrima traviesa escapó de sus ojos. Se sentía miserable, se sentía tan mal consigo misma, tan poco cosa por vivir aferrada a vanas ilusiones que lo único que le producían era que ese amor por el hanyou se incrementara, pero que sea tan toxico y letal como el veneno más potente.

Aún quería correr a buscarlo, porque su paseo tenía intenciones ocultas. Encantarlo.

Ella quería que él la abrasara de la forma cálida que algunas pocas veces lograra abrazarla, que velara por ella como muchas lo había hecho.

Quería a pesar de todo, a pesar de haber visto con sus propios ojos el derrumbe de sus anhelos, de sus ilusiones de niña enamorada; de ver con sus propios ojos como si no hubiera sido por su interacción Kikyo e Inuyasha hubieran terminado haciendo el amor en ese claro, en medio de la noche. Quería perdonarlo, una parte de ella desea aquello.

Sufría, pero el amor que sentía por él era tan grande que no sabia como le cabía en el cuerpo, como era que una persona pudiera amar tanto a otra que sólo se empeñaba en hacerla sufrí y padecer.

Pero por ese sufrimiento, por ese dolor y por sobretodo por ella misma tenía que entender; que comprender que ella jamás estaría a la altura de Kikyo, que jamás pudiera albergar aunque sea un ápice de ese amor que él le tenía a ella.

Por eso tenía que ser fuerte y olvidarlo. Estaba decidida a escuchar la voz que durante meses susurro en su mente.

Estaba decida a olvidarlo.

Tal vez algún día Kami-Sama le diera el regalo de poder observarlo a los ojos y verlo como un simple amigo, de sentir por él nada más que una amistad; y que cuando el momento llegue de marcarse al infierno lo pudiera dejar libre. Hacer algo que jamás Kikyo haría por él.

Sus pasos la condujeron atrayéndola hacia un lugar, como el metal y el imán. No tenía conciencia hasta que su cuerpo termino clavándose y permaneciendo estático en el lugar, volviéndolos a ver a ambos.

La pareja se separó, o mejor dicho fue él quien la soltó a ella; pero esta vez Kagome no se movió del lugar, no corrió demostrando lo frágil de su alma ni el dolor de su pena. Permaneció inmóvil y él se movió un paso susurrando tan bajo su nombre que le pareció irreal escucharlo.

—¿Nunca te dijeron lo inoportuna que eres?

Aquellas palabras la hicieron sentir tan poco cosa, tan chica comparada con la magnificencia que llegaba a ser Kikyo aún en ese estado, aún en esa vida. Pero la sonrisa torcida que solo ella había visto le decía que estaba disfrutando del momento, como si ella lo hubiera dicho a su cuerpo el camino que tenía que recorrer para volver a ver la escena.

—¡Kagome, espera!

Escuchó el grito de Inuyasha pero no se detuvo; al contrario, su cuerpo reacción ante el grito moviendo con agilidad sus pies. Su cuerpo cobró vida volviéndose a alejar de aquel lugar cuando en su mente volvió a resonar una simple palabra "Corre".

Las lágrimas no abandonaron sus ojos, porque sus lágrimas estaban acabadas. Su respiración era laboriosa y forzosa, el aire entraba por su boca y le secaba la garganta. Necesitaba gritar por la impotencia pero no podía, solamente tenía en mente correr lejos, hasta volver a estar protegida por las mantas que la esperaban en la cabaña.

Como una saeta un cuerpo llego frente a ella y la sujetó con fuerza, implementando un poco más de fuerza para evitar que ambos cayeran. No tenía que ser adivina para saber qué la estaba reteniendo.

Forcejeó con él golpeando el pecho de Inuyasha con fuerza y mascullando que la soltara, pero él se empeñaba en mantenerla abrazarla intentando calmarla. Lo único que provocaba es que la herida ya abierta siguiera abriéndose mucho más.

—¡Maldita sea quédate quieta! —rugió él, apretándola más contra su pecho. Los golpes que ella le daba no le producían dolor alguno, ni siquiera un malestar o molestia—. ¡Déjame explicarte!

¿Explicarle? Eso no necesitaba explicación de ningún tipo, ni la escena de hoy ni la de hace siete días. El rencor y la ira se extendieron por su cuerpo, cerrando los ojos y sin previo aviso lo sintió fluir como una vorágine fuera de control, sus manos ardieron como nunca antes y escucho un quejido de dolor provenir de Inuyasha lo que provoco que volviera a abrir los ojos con rapidez.

Él ya no se encontraba sujetándola sino que estaba a unos dos metros de ella, con una mano sobre su pecho y los ojos fijos en ella con la cara completamente impávida. El cuerpo del hanyou se encontraba semi-encorvado.

Kagome acababa de utilizar su poder espiritual contra él.

—Ka…Kagome —la observaba atónito, sin creer todavía que ella lo hubiera atacado con su poder espiritual, una fuerza mínima pero lo suficiente para que le quemara el pecho y alejarlo de ella—. ¿Cómo es qué…?

—Te lo buscaste, Inuyasha —se apresuró a responderle, cortando ese pregunta de él en el aire. Sus brazos bajaron al costado de su cuerpo, aún no salía de la sorpresa—. Te exigí que me soltaras. No quisiste y tuve que hacerlo por mi bien.

—¿Por tu bien? —se mofó de sus palabras y el rictus de enfado en su rostro era necesario para mostrarle que hablaba en serio. Terminó de erguirse pero no se acerco a ella—. ¡Tenia que retenerte, tenia que explicarte!

—Explicar lo inexplicable, Inuyasha —y ahí estaba nuevamente ese dolor agónico en el pecho, ahí estaba en sus ojos dorados la verdad que siempre vio pero que no quiso ver—. Ahorra tus comentarios —le escupió con veneno—, no los necesito y mucho menos los quiero —por primera vez en su vida sentía que el odio que estaba experimentando hacia él se equiparaba con su amor—. ¿Por qué no regresas con ella y me dejas en paz?

Kagome giró sobre si misma con un aire a superioridad que nunca había sentido, cada palabra era como un puñal en su pecho y entendía que los merecía, pero no soportaba que le hablara de una forma despreciativa, que le hablara como si fuera la peor escoria del maldito planeta.

—¡¿Dejarte en paz para que regreses con el lobo apestoso ese? —ahora era el turno de él de destilar su veneno contra ella, de hacerle ver que no solo ella guardaba rencor hacia él sino que él también para con ella. Ella había llorado a Kouga, lo había defendido y a él le había dicho que se marchara—. ¿Dejar que vayas con él para que te haga su hembra?

La miko del futuro volteó a verlo, con un brillo en los ojos nuevo, único; prácticamente se deslizó hasta quedar a escasos centímetros de él. Su aura no la atemorizaba.

—Y si así fuera, ¿qué? —lo retó airosa, con una pequeña mueca en el rostro, una sonrisa casi cínica—. Es mi vida, Inuyasha, y no te pertenezco.

—Tú jamás serás la hembra de él —gruñó con los dientes apretados, clavando su mirar en la de ella. Se acercó un poco más a la miko, imponiendo su fuerza superior—. Primero muerto.

Era un maldito ególatra, un maldito egoísta que no le importaba absolutamente nada de ella sino que le importaba perder ante quien era su segundo enemigo. Ella para él era sólo un detector de fragmentos, tantas veces se lo había dicho que ahora presentía que con aquella mirada severa intentara imponerle órdenes como si él fuera su dueño cuando acababa de terminar nuevamente en los brazos de Kikyo sin pensar que ella podía estar cerca para volver a ver la escena.

Luego de intentar matar a Kouga ahora le reclamaba como si él fuera quien estuviera siendo herido.

«Olvídalo definitivamente»

Siempre había una primera vez para todo y ésta era una de ellas, cuando sus labios formaron aquella frase llevada por el rencor, el anhelo de olvidar, la ira, el enfado y la decepción.

—Vete al infierno, Inuyasha.


Había olvidado lo que es actualizar en un periodo corto, casi siempre demoro una semana. Es una especie de regla básica para mí demorar una semana entre capítulo y capítulo, pero como este ya estaba listo desde que comencé a subir la historia el ¿Por qué no? es bueno algunas veces..

Gracias de corazón por los reviews, uno solo ya anime mi existencia; también gracias a la gente que dedica un poquito de su tiempo a esta historia que recién esta comenzando. Al parecer la mini explicacion del termino AU sirvió para muchos jeje, que bueno que despeje sus dudas.

Me despido y que pasen una maxinifica semana. Besos

Lis