Capitulo IV

«—Vete al infierno, Inuyasha.»

¿Era ella quien había pronuncia esas palabras tan hirientes? ¿Era ella la que quería dañarlo de la misma forma que él la estaba dañando a ella?

Si, claro que había sido ella.

Tenía grabado el rostro perplejo de Inuyasha, el mutismo; el propio sonido punzante de su voz al decirle esa frase con veneno, la sensación de satisfacción que sintió en todo su cuerpo, pero peor en su alma.

Fue como si otra persona se hubiera adentrado en su cuerpo y la hubiera poseído, dándole una fuerza destructiva en sus palabras como si la misma Kikyo las hubiera pronuncia para él.

Ella se había parecía tanto en ese momento a la mujer de barro y huesos.

No pudo evitar pensar que el lazo que las unía todavía más aún las juntaba, la asemejaba una con la otra.

Sango le tocó un hombro sobresaltándola por completo y emitiendo un grito, el grupo se detuvó y el resto de las miradas que faltaban se posaran en ella; incluso la de él. Ella evitó devolverle la mirada pero sonrió dándole a entender que todo estaba en perfectas condiciones. El grupo siguió la marcha.

Un nuevo rumor los había puesto en camino, ella ya no caminaba al lado de Inuyasha por dos motivos: Primero porque quería olvidarlo y olvidar los hechos que la llevaron a tomar aquella decisión y es por eso que quería la compañía de él lo justo y necesario para sus nervios y emociones, y segundo por la forma en que lo había tratado las pasadas dos noches.

—¿Te encuentras bien? —Susurró Sango en el oído de Kagome, lo más bajo que su tono de voz le permitía; con Inuyasha cerca y su audición multiplicada un momento de privacidad entre las dos era inevitable, pero tenía que saber cómo estaba su amiga, estaba tan apesadumbrada.

Kagome emitió un simple «Mmm» e hizo un movimiento de hombro quitándole importancia al asunto

No intento preguntarle nada más mientras seguían la marcha, los ojos de Kagome jamás se levantaron del camino de tierra que pisaba bajo sus pies y su mirada parecía perdida, en la lejanía de sus propios pensamientos.

Dejar de amar a Inuyasha le costaría a Kagome su propia alma.

—Deberíamos descansar un poco, Inuyasha —la voz calma y calculadora de Miroku atrajo rápidamente la atención de todos—; llevamos caminando más de medio día bajo el sol y las damas se notan cansadas.

Kagome pudo sentir aquella mirada que conocía bien traspasarle la piel, la estaba retando a que lo viera a los ojos, a que volvía a comportarse de forma austera con él; una forma que no era propia de ella.

—Damas —escuchó que él murmuraba por lo bajo en un bufido de clara molestia—. Pararemos más adelante, ya nos retrasamos el tiempo suficiente.

—Recapacita, Inuyasha… —dijo Miroku con voz convencedora, la que siempre usaba para que el cabeza hueca de su amigo comprendiera—; se nota que la señoría Kagome está realmente cansada, no creo que soporte caminar más tiempo.

Todas las miradas volvieron a la aludida. Kagome sólo observó a Miroku a unos metros frente a ella.

—Keh, lleva dos años en este tiempo no puede quejarse —Inuyasha sonrió y a pesar de evitar verlo lo contempló. Sintió ganas de abofetearlo por su osadía—. No estaríamos caminando bajo el sol si en un principio ella no hubiera fragmentando la perla.

El ambiente se volvió tenso para todos, el resto del grupo sabía que algo sucedía entre Inuyasha y Kagome por la forma en que se mantenían alejados uno del otro. Hasta si fuera por ellos no querían ni compartir el mismo metro cuadrado.

—¡Eres un perro del…!

—Caminemos —dijo Kagome con voz cortante, observando ahora si en plenitud esas ordes doradas desafiantes. Shipou se guardo sus palabras—, antes que la noche caiga y retrasemos más a… —tuvo ganas de pronunciar todo tipo de apodos hirientes, si él podía jugar sucio con ella, a ella ¿quién se lo prohibía? Pero otra vez el amor que seguía sintiendo por él se lo imponía como prohibición— Inuyasha.

Y pensar que por un momento tuvo deseos de volver a rebajarse y pedirle disculpas, de decirle que era capaz de perdonarlo todo.

«Tonta, siempre tan tonta»

Pasó por su lado sin mirarlo, no la daría ni siquiera ese gusto. Ella sintió la punzante mirada de él sobre su nuca; su cuerpo se tensó ante esa mirada potente pero no le importo en lo absoluto. Ahora ella era quien marcaba el paso e iniciaba aquella fila con un Shipou en sus brazos que no se atrevía a emitir otro sonido que no sea el de su respiración.

Cuando el crepúsculo llego fue inevitable continuar, así que se detuvo. El zorrito en su regazo se encontraba completamente dormido y ella estaba de los pies a la cabeza agotada por completo, todo el día de caminata la había dejado exhausta pero más aún la mirada que por horas permaneció en su nuca.

Inuyasha jamás dejó de observarla.

Llegar a esa aldea de donde provenía el rumor les tomaría medio día más, pero ya de eso tendrían todos que preocuparse en la mañana; ahora lo importante era encontrar entre al bosque que los rodeaba algún buen lugar donde montar el improvisado campamento para poder pasar la noche.

—¿Y bien, Inuyasha? —preguntó Miroku mientras observaba como su amigo movía sus orejas, seguramente buscando algún cause de agua. Siempre que podían intentaban acampar cerca de alguna terma o laguna.

—Al norte, estamos relativamente cerca —dijo cuando logró localizar el característico sonido que proveniente de una cascada—. En marcha.

Kagome volvió a lado de Sango notando que su aspecto se asemejaba mucho al de ella y nuevamente emprendiendo la marcha, en la misma fila que cuando partieron de la aldea de Kaede varias horas atrás.

No fueron más de quince minutos los que le llevo encontrar un buen lugar donde pasar la noche y lo suficientemente cerca de la cascada que Inuyasha había anunciado.

Kagome tuvo que despertar a Shipou que se bajo de su regazo bostezando y tallándose los ojos, para poder ayudarle a Sango con la tarea de armar el campamento mientras el monje Miroku inspeccionaba los alrededor por algo de leña para la fogata.

Inuyasha era el único que no estaba haciendo nada, se había subido a la rama de un árbol lo suficientemente alta y observaba todo desde ahí con ojos de águila. Sango no la había notado aún, seguramente la exterminado pensaba que él estaba junto a Miroku en su recolección para poder encender el fuego.

Sango y Kagome acostumbradas a esta vida de nómada y a armar los improvisados campamentos les resulto completamente fácil, sólo faltaba Miroku para poder encender el fuego y un pequeño detalle que no había reparado hasta el momento.

La comida, y el resto de todas sus pertenencias.

No tenía su gigantesca mochila con ella.

—Como puede ser tan tonta —gimió alto sacudiendo la cabeza y la pareció escuchar una risa burlona provenida de Inuyasha—. Olvide mi mochila en la cabaña.

Sango terminó de colocar la última piedra que formaba un casi perfecto círculo, que era el lugar donde estaría luego encendido el fuego.

—No te preocupes, Kagome —la tranquilizó con una sonrisa—, ee nos ocurrirá algo, no es la primera vez que pasamos por ésto.

No, no era la primer,a pero no quería decir que no se sintiera mal consigo misma por hacer padecer a sus amigos

—¿Por qué esas caras, hermosas damas?

—Kagome olvido su mochila en lo de la abuela Kaede —le informó Shipou a un recién llegado Miroku que cargaba en sus manos una buena pila de ramas que pronto coloco en el lugar que Sango había delimitado.

—Pero eso puede solucionarse —aseguró con simpleza y todos lo observaron, incluyo Inuyasha que aún seguía sobre el árbol—. Inuyasha puede ir y traernos algo. ¿No, Inuyasha?

El hanyou en lo alto de la rama emitió un rugido de molestia y bajó aterrizando con un sonoro golpe seco. Sus ojos observaron al monje.

—No soy el esclavo de nadie —habló, pero más se acerco a un rugido de protesta—. ¿No pueden pasar una bendita noche sin cenar?

Siempre había una gota que rebalsaba el vaso, y durante esto últimos días había soportado demasiado. Que se enfurecía con ella podía permitírselo, porque aunque le costara admitirlo ella lo había herido pero no por eso tenía que pagar el resto.

Ésto era demasiado.

El monje Miroku abrió la boca para decir seguramente alguna frase que lograría persuadir a Inuyasha, pero antes de que pudiera intentarlo Kagome había llegado hasta el prepotente hanyou, que al parecer carecía del sentido de compañerismo, dando grandes zancadas.

Ambos se observaron por un segundo en silencio.

—Que tú no tengas hambre o puedas pasar una noche sin cenar no quiere decir que el resto de nosotros podamos —se cruzó de brazos—. ¿Acaso tenemos que arrodillarnos para que hagas algo por nosotros, para que te importemos?

El resto del grupo se quedo asombrado, el comportamiento de Kagome estaba relativamente cambiado; ya no parecía la misma jovencita que solamente hace una semana atrás hubiera aceptado cualquier cosa de Inuyasha. Ahora lo retaba, lo enfrentaba.

Los músculos de la cara del hanyou se volvieron rígidos, casi fieros.

—Ni aunque te arrodillaras haría algo por ti, Kagome.

Eso había calado hondo en ella, abriendo esa silenciosa herida que su alma tenía; ese odio en la voz de él. Pero se lo merecía, ella se lo tenia merecido, lo había lastimado y se arrepentía porque sus palabras no eran ciertas y ella sólo había querido que él sintiera un poco de su dolor.

Pero la mirada de él era lo que más la atormentaba.

Una mirada vacía, carente de emoción alguna por ella, ni siquiera expresaba un mínimo de cariño como otras veces ella creía ver, era a ese cariño que ella se había aferrado con tanta fuerza hasta ese fatídico día que comprendió que para él sólo era un detector de fragmentos.

Una de sus manos viajó a la mejilla derecha tensa de Inuyasha que ahora la contemplaba con asombro, abriendo los ojos de par en par.

—Perdóname —susurró tan bajo casi en un suspiro. Era ella la que se estaba nuevamente rebajando pero ¿acaso importaba?

Todavía lo amaba, todavía daría su vida por él. Iba a olvidarlo pero no por medio de palabras dichas por odio o por despecho a no ser correspondía.

Ella iba a olvidarlo a su modo.

Cuando Inuyasha volvió del estupor del momento y recuperó el habla ella ya no estaba frente a él. Miroku, Sango y Shipou lo observaron en silencio y varias miradas volaban entre ellos tres tratando de entender qué había sido aquello.

El hanyou contuvo un gruñido en la garganta, la había vuelto a dañar y ella a pesar de ello era más honrada que él.

Ella sólo lo había daño esa vez, la primera vez en todos esos años, y aún a pesar de la forma que él se jactaba en tratarla y la razón que tenia para odiarlo, ella no lo hacia…Ella le pedía una disculpa.

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Se sacó sus zapatos de colegiala y deslizó con cuidado las medias blancas que cubrían sus pies y parte de sus piernas, los dejó bajo el árbol y caminó unos pasos. Se sentó en el borde y sumergió los pies en el agua fría pero refrescante.

El sonido del agua caer proveniente de la cascada era su única compañía.

Nuevamente había huido presa de sus emociones.

Sólo una mirada de Inuyasha, sólo una palabra de él le bastaba para que ella volviera a caer a sus pies presa del dolor que sentía al saber la verdad, presa del nuevo dolor y cierta gratificación que sentía al lastimarlo. Pero aquella mujer no era ella.

Ella jamás lastimaría a la persona que más amaba, pero lo había hecho, contra todos los pronósticos ella se había transformado en Kikyo.

Le había dado por primera vez a él un fundamento valedero para que pudiera compararla como algunas otras veces ya lo había hecho.

Pero también, solamente unos minutos atrás le había demostrado que ella no era Kikyo, que ella físicamente podía asemejarse a aquella mujer, que era su reencarnación pero que jamás seria ella.

Que jamás ambas compartirían los mismos sentimientos y la misma alma.

Ella le había demostrado que a pesar de todo lo que él, consciente o inconsciente la había lastimado, ella no albergaba en su corazón rencor hacia él.

Hubiera querido tampoco albergar aquel dolor que aún torturaba su alma, aquel que le quemaba la garganta. Pero eso era algo que ella tenía que padecer.

Kagome sonrió con cierto tiente melancólico cuando un nuevo par de piernas femeninas acompañaron a las suyas sumergidas en el agua.

—Creo que necesitas hablar —aseguró Sango viendo el perfil de su amiga. Kagome asintió aún con la mirada perdida en el agua—. No voy a preguntarte el porqué de tu reacción hacia Inuyasha, pero si tengo una pequeña duda.

—Dime, Sango.

—¿Dónde fue…? —suspiró profundamente y se aclaró la garganta—, o, mejor dicho, ¿a dónde te fuiste esa semana que desapareciste?

Sango esperó en silencio la respuesta, con cierto nerviosismo al notar la tranquilidad que su amiga de pronto transmitía en su semblante, como si la melancolía hubiera desparecido por completo de ella, como si nunca hubiera existido alguna vez. Sabía que, como Inuyasha le había informado al resto del grupo, Kagome no había pasado esa semana en su época porque sencillamente todo se encontraba en esta época. Y su amiga cada vez que tenía algún tipo de pleito con Inuyasha era muy precavida en llevarse cada una de sus cosas.

Kagome la miró fijamente, con un brillo de felicidad en los ojos; un brillo que aún se mezclaba con ese dolor. Pero cuando los labios de su amiga se curvaron rápidamente en una diminuta sonrisa casi de ensueño, no pudo evitar fruncir el seño.

—Kouga.

—¿Kou…Kouga? —inquirió aún perpleja sin salir de su asombro. ¿Desde cuándo Kagome pasaba una semana al amparo de Kouga? ¿Desde cuándo ella tenía tanta confianza con el youkai lobo?

La sonrisa en el rostro de la miko se extendió y asintió quedamente.

—Sí, aquella semana la pasé junto a Kouga y su clan.

Kagome volvió la vista al agua y le sorprendió lo que el solo nombre del youkai escapar de sus labios podía producir en ella, era como su fuera para sus sentimientos atormentados una palabra milagrosa. Esa semana mientras cuidaba las heridas que Inuyasha le había hecho se dio el lujo de conocer al verdadero Kouga, al diferente Kouga que había madurado y cambiado con los años.

Se dio el permiso de conocerlo y pudo, hasta el último minuto que paso junto a él, no recordar a Inuyasha.

Siempre sintió por el joven lobo una cierta estima, cariño, pero ahora que ella le había permitido formar un poco más parte de su vida se daba cuenta de las cualidades que Kouga tenía y que ella nunca pudo ver embelezada por todo lo que Inuyasha representaba para ella y seguía representando.

Felicidad y tristeza. Amor y dolor.

La compañía de Kouga era una bocanada de aire fresco y ahora estaba dispuesta, sin importarle lo que Inuyasha opinara de él, a aceptar su grata compañía.

—¿Pero he Inuyasha? —no puedo evitar preguntar sacando a su amiga de su embelezo. Se sintió terriblemente mal por producirle nuevamente dolor a Kagome, ante la sola mención del nombre del hanyou todo su semblante se había vuelto triste.

—Él lo sabía —negó furiosamente con la cabeza cuando las imágenes de la pelea entre ambos youkai cruzaron su cabeza. Sintió como sus manos sujetaban con fuerza la hierba debajo de éstas—. Vino a buscarme pero no accedí a ir… —mintió, aunque una parte de ella decía la verdad. Ella le había dicho que regresaría cuando pudiera volver a verlo a la cara—, y luego regresé. Creo que el resto ya lo sabes.

Sango prefirió guardar un minuto de silencio y observar el caudal de agua bajar a gran velocidad. Kagome jamás había sido buena mentirosa y algo en todo en esta historia faltaba, conociendo lo terco que resultaba ser Inuyasha en algunas situaciones, la mayoría de las situaciones y si tenía que ver con la miko del futuro y mucho más con cierto lobo que competía por su amor, él jamás se marcharía sin pelear. Pero ambas eran amigas y por sobre todo respetaba la privacidad y los silenciosos de Kagome, si ella por ese momento quería omitir el tema de la reacción de Inuyasha, ella no sería quien la presionara para descubrir la verdad.

—Pero… —volvió hablar con voz pausada. Observó por el rabillo del ojo como Kagome la contemplaba esperando que terminara lo que había comenzado—, todos sabemos que algo pasó entre ustedes, algo más… —movió ambas piernas para distender el momento y distender el nerviosismo que comenzaba a sentir—. Me refiero a cuando estabas nuevamente con nosotros.

—Sé a qué te refieres —dejó salir en un suspiro mientras asentía desganada. Ambos eran tan obvios cuando tenían una riña. Pero estas últimas no habían sido una pequeña pelea de poca importancia—. Yo…yo…yo lo lastime, Sango.

—Kagome, tú jamás podrías las….

—¿Decirle que se vaya al infierno no es lastimarlo?

Nuevamente el silencio rodeó a la miko y a la exterminadora. Sango intentaba procesar y comprender las palabras, mientras que Kagome hubiera deseado nunca causarle un dolor seméjate. Ella había comprendido lo vulnerable que Inuyasha pedía ser a sus palabras y eso quería decir que aunque sea un poco de aprecio él sentía por ella.

—Quería lastimarlo y logré hacerlo —confesó Kagome apesadumbrada con la vista gacha—. Una parte de mí quería que él experimentara lo mismo que yo, pero… —sus ojos se levantaron del refugio que le brindaba la oscuridad del agua y se toparon con uno del mismo color que la observaba atenta—, aín lo amo y es por eso que le pedí disculpas. No soy como él, a mi me duele lastimarlo.

Kagome sonrió con dolor y se tragó las lágrimas que querían hacerse presentes por la verdad de sus palabras. Inspiró profundamente para suavizar el punzante dolor que le causaba el nudo en su garganta.

—Dije que voy a olvidarlo definitivamente, Sango, pero me niego que para poder olvidarlo tenga que lastimarlo de ese modo otra vez.

Sango sólo pudo sonreírle para darle ánimos. No podía juzgarla por algo como eso, Kagome era demasiado buena a comparación de Inuyasha y de las veces que había lastimado a su amiga a lo largo de estos años. Kagome era una persona que reconocía sus errores, algo que el hanyou no.

—Sé que lo lograras —le aseguró con confianza y aumentando su sonrisa. Desvió por un momento la mirada al cielo y exclamó un ligero sonido de sorpresa—. Ya es tarde.

—Ve tú si quieres.

—Kagome, no es seguro, algún youkai podría atacarte —intentó persuadirla mientras se levantaba de donde estaba sentada y por un momento sintió que había dado resultado cuando su amiga también lo hizo.

—Estoy cerca del grupo por si algo sucede. Nada me pasara, Sango, no te preocupes —negó con una sonrisa—. Prometo volver pronto, mañana nos espera un largo día.

Sango suspiró resignada, ni iba persuadirla. Su amiga algunas veces también resultaba ser mucho más cabeza dura que hasta el propio Inuyasha

—Buenas noches, Kagome.

—Buenas noches.

La exterminadora volvió a sonreírle antes de darse la vuelta y dejarla sola, soltó un profundo y amplio suspiro cuando volvió a encontrarse con la soledad de la noche. Ni siquiera había podido agradecerle a Sango, no solo esta vez sino todos aquellas veces que ella la había escuchado y tratando de darle su palabras de aliento.

Contar con una amiga como Sango, con una persona que era como su hermana la llenaba de gozo.

Volvió a caminar hasta donde había dejado su calzado y sus medias con pasos lentos. Se los coloco con la misma lentitud y le fue agradable sentir como el peso de su espalda disminuía con una simple confesión, con algo tan simple que era liberar un poco su lastimada alma y corazón, y dejar compartir todo su dolor y pensamientos con una persona como Sango.

El cambio en la corriente de aire la sobresalto del golpe y volteo alertar apoyando por completo su espalda en el tronco del árbol. Sus músculos que se habían tensado al sentir el peligro, la nueva presencia, se relajaron con la misma facilidad cuando la luz de luna ilumino la nueva presencia que la acompañaba en este momento.

Le fue imposible no darle una sonrisa, que hasta le hacia doler las mejillas, cuando la figura masculina sólo la contemplaba a unos cuantos pasos y en el mismo esplendor que la primero noche que él la había ayudado sin hacerle ni la más mínima pregunta y mucho más cuando lo había defendido a costa casi de su propia vida.

Una sensación extraña embargó su cuerpo extendiéndose con fuerza y dándole la suficiente valentía de despegar sus pies del lugar de donde estaba y salir hacia él en una corrida casi frenética que no la ameritaba por lo rápido que podía llegar hasta él con sólo caminar.

Lo estrechó con fuerza, pasando ambos brazos por la mitad de su pecho y hundiendo la cabeza en el mismo lugar. La bestia mucho más fuerte que ella no sólo por pertenecer a diferente sexo sino también a raza, se movió del lugar por la efusividad del abrazo y la corrida que lo había tomado por sorpresa. En menos de un segundo había pasado de escudriñarlo con la mirada como si fuera una ilusión óptica o de la noche, y al otro segundo estaba entre sus brazos aforrándose a él con más fuerza de la necesaria.

Escucho como él "hombre" que le llevaba cabeza y media se reía sutilmente y la envolvía en un abrazo.

-Si hubiera sabia que luego de pasar una semana a mi lado me recibirías así tendría antes que haberte secuestrado —él volvió a reír—, aunque seria la segunda vez que te secuestrara, ¿no, Kagome?

La miko se rió también y lo soltó bajando la cabeza para ocultar su sonrojo. Tenía ganas de patearse mentalmente por su reciente comportamiento, no entendía de dónde salía tanta efusividad al verlo.

«Kouga para ti nada más es una amigo, no lo confundas»

Pero es que una parte de ella extrañaba esa semana. Kouga y el resto de la manaba le hacían falta, era tan fácil acostumbrarse a la compañía de ellos y, sobre todo, luego de que les había hecho entender a Hakakku y a Ginta que ella no era la señora de Kouga era mucho mejor. Aunque ambos igual la seguían llamando por ese apelativo.

—Mmmm, creo que sí —Kagome levantó la mirada, libre de cualquier rastro que denotara en su rostro señales de sonrojo, y se rió con él recordando aquella primera vez ahora tan lejana para ambos—. ¿Cómo se encuentra tu brazo?

Él lo movió con brusquedad frente a ella que soltó casi un grito ahogado, y sus manos volaron para sujetarle el brazo con fuerza y que lo mantuviera quieto. ¿Estaba loco Kouga?

—¿Nadie te enseño la palabra quieto? —le preguntó exasperada un poco y levantando ambas cejas. Él negó poniendo cara de desvalido—. Deja de burlarte de mí. Kouga.

—Vamos, Kagome, sólo es una broma —sujetó con su mano libre las manos de ella y se liberó de su pequeño agarre—. Sabes bien luego de estar tanto tiempo junto a ese perrucho que tanto él como yo nos curamos con más rapidez que los humanos.

—Pero eso no quita que salgan seriamente lastimados —y Kouga ya había salido seriamente lastimado en la batalla contra Inuyasha y no quería que él volviera a pesar por lo mismo. Ese pensamiento ensombrecían un poco la felicidad que estaba sintiendo—. Podrán ser ambos muy fuertes pero…

—¿Tienes miedo que muera?

La pregunta de él la tomó por sorpresa, lo miró fijo mientras un centenar de oraciones cruzaban su mente pero ninguna escapaba de sus labios. Los ojos celestes de él estaban clavados en los suyos mirándola con convicción. Sus labios se abrieron y se cerraron más de una vez sin pronunciar palabra alguna pero sin dejar de mirarlo un solo segundo.

Kouga siempre tenía que ser tan directo.

—¡Si! —esa afirmación había escapado de sus labios con tanta fuerza en la voz que a ella misma la había sorprendido la convicción en sus palabras, se obligó a carraspear para recuperar el tono natural de su voz—. No quiero que muera ni tú ni nadie, Kouga.

¿Podría soportar ver morir a Kouga?...No lo soportaría y mucho menos si ella era la causante de esa muerte.

El youkai lobo sonrió complacido y Kagome juró por Kami que sus ojos celestes brillaron con más fuerza aún, con un brillo que la encandiló por unos momentos y logró que no pudiera apartar la mirada de esos atrayentes ojos celestes que poseía él.

—Se te olvido ésto —habló nuevamente Kouga mientras extendía en una de sus manos con la palma abierta un pequeño "trapo" de color rosa.

Kagome pestañeó varias veces saliendo de su ensoñación y fijó su vista en la palma de la mano del youkai reconociendo enseguida el pañuelo de ella. Lo había olvidado por completo, su pequeño pañuelo le había ayudado a disminuir la fiebre que luego de la primera noche Kouga tuvo.

Ella lo tomó con una sonrisa en sus labios, la yemas de sus dedos tocaron sutilmente la palma de la mano de él. Kouga ceró al instante la palma de su mano y se dispuso a observar el siguiente movimiento de Kagome, más lento de la normal, cuando los mismos dedos que había rosado sin querer su palma ahora acariciaban con ternura y delicadeza las letras bordadas en color blanco.

K.H era las letras bordadas en la punta inferior derecha de aquello que consideraba un simple trapo de color rosa y que aún, a pesar de los días y de tenerlo bajo su custodia, todavía tenía la característica fragancia de la dueña.

Los castaños ojos de la miko dejaron de observar el pañuelo, pero aún continuaba acariciando el sencillo bordado que su madre con tanto amor había hecho a la edad de 14 años. Hacia casi un mes que no veía a ningún miembro de su familia. Ella le dio una nueva sonrisa al youkai antes de volver a fijar su vista en el pañuelo que rápidamente lo dobló a la largo por la mitad y luego otra vez, dejando que conservara su largo que se volviera lo suficientemente pequeño como una delicada pulsera.

—Dame tu mano — pidió Kagome sin observar a Kouga, éste la miro sin entender un momento pero luego finalmente obedeció extendiendo su brazo. Kagome rodeó la muñeca de Kouga con el pañuelo y lo anudó dos veces, lo suficientemente fuerte para que no se desatara—. Ahora te pertenece.

Kouga se llevó la muñeca a la altura de su rostro con el ceño fruncido al observar el nuevo objeto con minuciosidad.

—Es un regalo —le dijo Kagome con una sonrisa y un tinte alegre en la voz al ver la reacción en la cara de él—. No se bien que regalos son buenos para un youkai lobo, pero espero que te agrade.

Él hubiera querido decirle que cualquier cosa que provenga de ella para él era un regalo. Él no estaba acostumbrado a recibir regalos, era un youkai que por muchos años había sido despiadado con cualquier persona que perteneciera a la raza de Kagome. Pero ella había cambiado por completo su visión de los humanos, no todos eran inferiores, no todos era escorias; existían personas que poseían lo que Kagome tenía, pero como ella jamás existiría otra persona igual.

—Gracias.

La miko no pudo evitar volver a perderse en la mirada de Kouga, en esos ojos celestes que le mostraban cuan verdaderas eran sus palabras. Esa misma mirada que ella comprendía en silencio y hace tiempo, de la misma forma que él comprendía la de ella.

Se sentía segura junto a Kouga que hasta había olvidado por completo lo que era ajeno a ese pequeño encuentro. Él había salido en su búsqueda, de seguro alejándose mucho de su reducida manada y dominios para entregarle su pañuelo olvidado.

Su cuerpo experimentaba cierta tibieza, cierto cariño, que aunque sabía que estaba siendo egoísta por ilusionar al youkai con sus demostraciones que aún le costaba a si misma entender, que era una especie de bálsamo para curar poco a poco la herida de su alma que Inuyasha había abierto a lo largo de todos estos años.

Se le volvía egoístamente necesaria la compañía de Kouga.

La postura del youkai lobo se volvió completamente tensa y Kagome observó atentamente el cambio en el rictus de su cara, como de lo pacifico podía pasar a lo enfadado. Para ella también le fue fácil poder comprender con sólo sentir su presencia del por qué del repentino cambio de actitud de Kouga

—Inuyasha viene —lo observó fijo y ella creyó escuchar un gruñido escapar de los labios apretados de él mientras observaba sobre su cabeza—. No pienso permitir nuevamente una pelea entre ustedes y menos como la ultima.

Kouga la observó a lo ojos con rencor pero ella supo que ese odio en su mirar no era hacia ella.

—Esta vez será distinto, ese chucho va a pagar.

—No te atrevas —levantó un poco su tono de voz y lo empujó con ambas manos sobre el pecho. Era como intentar mover a una roca—. Márchate, Kouga, por hoy; por favor —él sujetó ambas manos de ella—. Por hoy…por hoy márchate.

La voz de Kagome había sonado en un siseo tan bajo que hasta a Kouga con sus sentidos desarrollados mucho más que un humano ordinario le había costado captar. Ella asintió segura ante la mirada de él. Kouga comprendió lo que ella quería transmitirle, sólo le estaba pidiendo que se marchara por este día.

El cambio en la brisa de aire golpeo otra vez a Kogome que se vio obligada a cerrar los ojos y sujetarse su pollera con ambas manos. Cuando volvió abrir los ojos Kouga ya no estaba junta ella.

Le había pedido a Kouga que se marchara…pero se lo había pedido solo por hoy.

Ella le había autorizado a él para que volviera a verla de forma ¿Inconsciente?

La sola idea de volver a ver a quien ahora era una especie de "guardián" le devolvió la sonrisa en su rostro, despreocupándose si una nueva discusión con Inuyasha se avecinara y desmoronara, como un castillo de naipes, su efímera felicidad.

Cuando giró sobre si misma para regresar al campamento aún la sonrisa seguían en su rostro mientras una parte de ella se encontraba impaciente ante lo largo que le resultaba la espera para poder compartir un momento con Kouga.

Con aquel joven youkai lobo que ahora ella auto había proclamado su nuevo mejor amigo en toda esta basta región.

Con aquel youkai que la apartaba de la tristeza donde el hanyou la había conducido y casi sin regreso.

Esperaría impaciente poder volver a ver a Kouga.

Continuara...


Hola! Esta vez si cumplí mi promesa y me demore una semana XP. Bueno y hasta acá son los capítulos terminados, ya empecé con el siguiente pero esta semana me voy de vacaciones y vuelvo recién el 30 de este mismo mes, así que la próxima actualización va a demorar mas tiempo. No tengo una computadora portatil por desgracia para llevar y ponerme a escribir en el tiempo libre que tenga, así que recurriré al viejo truco del cuaderno. No puedo asegurar cuando estará el capítulo V listo, pero voy a intentar de no demorarme mucho más.

Gracias por los reviews del capi anterior y a las personas que dedican un poquito de su tiempo al fic.

Antes de irme... ¡Como olvidar a las chicas de Sg!, realmente se las extraña demaciado a ustedes y al foro. Cruzo los dedos para ver si vuelve pronto, pero por momento nos leemos por acá Peachilein, y también a la inolvidable Agatha XD. Acabo de romper una regla de fanfiction jeje.

Ahora si me despido, que pasen una linda semana e intentare actualizar lo mas rápido que pueda cuando vuelva de las mini vacaciones.

Besos y cuidence.

Lis-Sama