Capitulo V

Sango suspiró pesadamente mientras terminaba de reparar su Hiraikotsu, haber llegado a esta aldea había tenido el mismo resultado funesto que su anterior y último viaje…No había ningún fragmento de la perla.

Shipou sentado parecía dormitar a su lado, el monje Miroku no estaba y tampoco tenía que pensar mucho para saber donde se encontraba, o mejor dicho qué estaba haciendo en esta aldea llena de jovencitas ingenuas que no conocían las mañas de un extraño monje como él. E Inuyasha…de Inuyasha era mejor guardar silencio.

—Maldita perra.

Por ese propio y educado vocabulario del medio demonio pensaba que era mejor guardar silencio, y más cuando al parecer el día de hoy se había levantado con el pie izquierdo.

—Mierda.

Nuevamente suspiró pesadamente dejando a su lado su Hiraikotsu ya listo completamente. Escuchó a Inuyasha gruñir otra vez, sin molestarse siquiera en intentar disimular su mal genio del día de hoy. No hablaba mucho con él, más de eso se encargaba el monje Miroku, pero el estado de humor del hanyou estaba poniendo los pelos de punta a todo el grupo y sumado a eso el distanciamiento entre Kagome y él, lo que volvía las cosas más tensas aún de lo que por si ya estaban.

Aunque hoy su amiga se había levantado con un humor envidiable para cualquiera, incluso para ella misma.

Se acercó hasta él, que al parecer no había reparado en su presencia porque seguía soltando maldiciones al aire entre dientes o a vozarrones para que cualquier oído humano a pocos metros pudiera escucharlo y salir espantado.

—Inuyasha —lo llamó lo más calmadamente que le era permitido y oyó como el medio demonio decía algo inteligible antes de voltearse a verla—. ¿Qué sucede?

Una de las teorías que había logrado formular en el transcurso que le llevo dejar listo su Hiraikotsu y poder observarlo, era la simple razón que su mal genio se había agravado por la sencilla causa de la escasees de fragmentos de la perla en esta aldea. Kagome podía sentir la presencia de los fragmentos a varios kilómetros acertando completamente; pero en este caso cuando ya se encontraban cerca de la misma, ella era la que les había informado que no lograba sentir nada. Y confirmaron aquello cuando llegaron finalmente a la aldea que primero los había recibido con recelo por estar acompañados de un hanyou, pero apenas cuando al parecer el que era el anciano de la aldea y el más respetado había puesto los ojos en Kagome por ser una miko, el resto de los aldeanos había terminado de aceptar al grupo.

Tenía que agradecerle a su amiga por conseguir que esta noche durmieran bajo un techo, porque si fuera por el desconsiderado de Inuyasha los hubiera obligado a volver apenas Kagome anunció que no había ningún fragmento a la redonda.

—Nada —gruñó en respuesta dándole la espalda nuevamente a la exterminadora. Ya tenía demasiadas cosas en la cabeza como para soportar una charla que en este momento no le era grata.

—Tu mal humor es por Kagome —no se lo estaba preguntando, rotundamente se lo estaba afirmando; y la mirada dorada clavándose ferozmente en la de ella le decía que había dado justo en el blanco—. No sería mal que por una vez seas tu quien se disculpe, pero que te disculpes de verdad con ella.

—Yo no tengo porque disculparme con ella —contradijó furioso y casi emitiendo un gruñido amenazante desde su pecho.

—Pienso que es todo lo contrario —Sango se cruzó de brazos y ambas cejas se juntaron volviendo su mirada colérica—. Es un milagro que Kagome siga al lado nuestro luego de la forma que la has tratado a la largo de todos estos años —vio como los labios de Inuyasha se movían para decir algo, pero ella rápidamente negó con la cabeza—. Sabes muy bien que Kagome es mi amiga, ¿Acaso pretendías que me quedara cruzada de brazos viendo como se desmoronaba por culpa de un insensible semi demonio?

—¡Nadie está reteniéndola! —gritó exasperado, defendiéndose de las palabras de la exterminadora. Palabras que él sabía muy bien que era verdad pero que igual jamás las reconocería—. No tienes idea de lo que dices, Sango. ¡No sabes absolutamente nada!

—¡¿Crees que no lo sé? ¡¿Qué no estoy enterada de lo último que le has hecho? —sabía que por un lado estaba mintiendo, pero ya conocía la forma de actuar de Inuyasha como para saber con quien se había él encontrado para poner en un estado sombrío a su amiga. Lo que ella no sabia era esta vez lo grabe que había actuado. Inuyasha palideció de inmediato—. Tú y tu desconsideración han hecho este viaje insoportable —el cuerpo de la exterminadora volvió a relajarse y por primera vez observó al hanyou con lastima—. Por tu indecisión y arrogancia la esás perdiendo. Lamento decirte que cuando te des cuenta tal vez sea muy tarde, Inuyasha.

Sango se giró sobre sus talones y dio por terminada la pequeña conversación de aquella tarde con el hanyou. Por los gritos Shipou se había despertado y algunos aldeanos los observaban extrañados, Inuyasha les gruñó y el pequeño zorro lo contempló sólo un momento antes de seguir a Sango dentro de la cabaña que amablemente los aldeanos le habían ofrecido para pasar por hoy su estadía.

La exterminadora mentalmente se encomendó a Kami con el único propósito que por una vez el hanyou hiciera lo correcto y entrara en razón.

Él había llegado demasiado lejos y ella no quería saber qué tan lejos esta vez había llegado porque sabía que ninguna palabra o suplica podría persuadirla para hacerle pagar a Inuyasha todo el sufrimiento que Kagome pasada desde que llego al Sengoku.

Inuyasha podía volverse un verdadero tonto, y era cierto aquello que le había dicho solo hace unos momentos. Estaba perdiéndola, y en manos de quien era casi como su peor enemigo.

No podía afirmarlo pero presentía que con Kouga sería con quien él la perdería.

Y si ese día llegaba, si ese día…tampoco tenía un buen presentimiento.

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—Gracias, Miko-sama.

Kagome le devolvió la sonrisa a la niña; esa pequeña era tan dulce a pesar de estar siendo criada por un grupo de ancianos que la habían acogido luego de encontrarla en una aldea derruida alrededor de un año. La aldea había sido atacada por unos bandidos, habían saqueado y matado a casi todos los aldeanos pero, no conformes con aquello, la habían incendiado.

La niña de nombre Sakura había escapado porque tus padres la obligaron a huir lejos del lugar. Tuvo suerte de no ser interceptada mientras escapaba, aunque sus padres no tuvieron la misma suerte que la pequeña.

Ellos murieron calcinados y la pequeña había visto sus cuerpos cuando volvió a la aldea luego de que los bandidos huyeran y las llamas se extinguieran. Fue en ese lugar donde la pareja la había encontrado.

Estaba acostumbrada a escuchar ese tipo de historias en esa época, o de leerlo en sus libros de estudio; pero a pesar de ella convivir día a día con el peligro y estarlo tentarlo, enterarse de algo así no dejaba de sorprenderla.

—Vamos…vamos —le dijo la pequeña Sakura alegre mientras tironeaba de su mano para lograr que ella caminara.

Estaban un poco lejos de la aldea, internadas en el bosque. Kagome había tenido deseos de alejarse un poco y poder aclarar los hechos de la noche pasada. Todo era entorno a Kouga, como si su vida ahora en vez se girar entorno al hanyou de ropajes rojos, girara alrededor del youkai lobo.

La extraña sensación de estar en una montaña rusa era lo único que sentía.

Kagome había encontrado en su pequeño paseo a Sakura arrodillada junto a un gran roble llorando. Al instante la niña había confiado en ella, comenzándole a narrar el por qué de su sollozo.

Sujetó con fuerza la mano de la niña y la jaló a su lado protectoramente. Recién ahora se daba cuanta que había emprendido su corto viaje sin nada con que defenderse.

—¿Miko-Sama?

La voz de Sakura era de sorpresa y de duda, los ojos de la niña los sentía clavados en ella pero ella no estaba observándola. Kagome avanzó un paso dubitativa sujetando con más fuerza aún la pequeña mano de la niña, había algo cerca de ambas. Algo que no podía distinguir a pesar de que sus ojos se movían con rapidez y de forma inquisitiva entre los árboles frondosos por la estación.

Una especie de gruñido proveniente del lado izquierdo la alertó rápidamente y sus ojos viajaron con la misma velocidad que sus sentidos hacia el lugar de donde le había parecido escucharlo. Sakura no había sentido hasta ese momento el peligro, pero el gruñido la había alertado y por eso pegó su cuerpo lo más que pudo al de Kagome, casi acurrucándose buscando protección.

Kagome retrocedió junto con la niña dos pasos, midiéndolos. Un gruñido más fuerte que el anterior se escuchó y los ojos de la miko no se despegaron por ningún momento del lugar donde lo escuchaba provenir.

Con certeza los fragmentos que colgaban de su cuello habían atraído a la bestia, pero ¿a plena luz del día?

Kagome escuchó nuevamente el sollozo de la pequeña a su lado, no podía exponerla a un peligro semejante y mucho menos siendo tan tonta por no traer consigo su arco y flechas.

—Vuelve a la aldea, Sakura —sus ojos estaban clavados en la maleza que prácticamente las rodeaba. Si ese animal quería a alguna de la dos, era a ella. Aunque, en el remoto caso, intentase atacar a la niña ella la protegería incluso a costa de su propia vida—. Debes correr. Debes irte.

Inmediatamente se deshizo del férreo agarre de la pequeña. El aura demoníaca aumento, Kagome no podía divisarlo pero lograba sentirlo con plenitud.

Estaba ahí asechándolas.

—Pero, miko-sama...

—¡Corre! —le gritó con toda la fuerza que sus pulmones le permitieron, cuando ladeó el rostro para observarlo tan sólo un momento.

Un gruñido profundo y gutural fue el detonante para que la niña obedeciera la orden impuesta.

Kagome corrió en sentido opuesto a Sakura, tenia como sea que alejar a aquel demonio lo más lejos posible de la aldea. Tenia que proteger a los aldeanos.

Su corazón bombeaba frenético en su pecho, su respiración era agitada y forzosa; tomaba grandes bocanadas de aire por su boca pero la adrenalina que al parecer le habían inyectado en las venas le hacían olvidar el esfuerzo sobre humano que hacia para correr más deprisa de lo que sus piernas podían, logrando que olvidara el dolor agudo en su pecho al exigirle a su corazón latir de esa forma desbocada.

La garganta de Kagome comenzaba a resecarse por el esfuerzo que implicaba inhalar por la boca. El sonido de unos pasos presurosos y de unas hojas mecerse con brusquedad, seguramente al rozar el cuerpo del animal, la alentaron a correr aun más deprisa.

Como lo había pensado, aquella bestia la estaba persiguiendo a ella por los fragmentos de la perla.

Gritó entre una mezcla de dolor y asombro aún aturdida cuando el youkai se abalanzó sobre ella arrojándola bruscamente contra el tronco de un árbol cercano. Ante el impacto sus ojos se cerraron automáticamente, pero puedo divisar los ojos del youkai inyectados en sangre y los colmillos pronunciados que sobresalían varios centímetros desde su hocico.

Una de las manos del animal se cerró con fuerza sobre su garganta, clavando un poco en su piel las afiladas garras conforme al aumentar la presión con la meta clara de asfixiarla.

Los pulmones de Kagome comenzaban a arder por la falta de oxigeno necesario, inconscientemente su boca se abría y se cerraba paulatinamente tratando de respirar un poco de ese aire divino pero estaba comenzando a marearse, aunque era consciente de que sus pies no estaban tocando al suelo de tierra y hierbas que hasta hace sólo un momento estaba pisando.

El youkai apretó con más fuerza esta vez al ver al frágil cuerpo humano luchar con ambas manos para poder liberarse de la prisión que él le imponía a la garganta femenina.

Los ojos de la miko se abrieron de par en par derramando varias lágrimas junto con un grito que pareció aturdir al demonio. Los afilados colmillos del animal se hincaron en el ante brazo derecho de la sacerdotisa traspasándolo completamente.

Volvió a gritar fuertemente cuando el sonido de algo romperse se abrió paso entre el dolor que inundaba y nublaba su mente. El cuerpo entero de Kagome se sacudió convulsionando.

Su cuerpo no sentía otra cosa, no experimentaba nada que no fuera el dolor lacerante que se expandía sin piedad alguna. Sus ojos turbios por las lágrimas le impedían ver con claridad qué tipo de youkai era.

Iba a morir por la perla de Shikon.

Iba a morir a manos de los fragmentos que debía proteger.

Iba a morir y esta vez él si llegaría demasiado tarde para poder protegerla.

Su cuerpo volvió a sacudirse de la misma forma brusca que la vez anterior, y nuevamente experimento lo mismo que aquella noche cuando el dolor y la ira le habían servido para lograr que Inuyasha la soltara utilizando su poder espiritual.

Esta vez una especie de onda de choque se extendió desde su cuerpo, pudiendo sentir las pulsaciones en la cabeza como los latidos de su corazón.

La presión en su brazo se volvió nula y el yuokai frente a ella volvió a gruñir en un chillido que le resulto agónico cuando su mano chocó contra el pecho del demonio.

Las rodillas de Kagome se clavaron en la tierra, y sólo en ese momento fue consciente que el youkai la había soltado por completo. Su cuerpo se desmoronó sobre la hierba, y el ardor junto con el dolor le dieron la bienvenida a una nueva bocanada de aire que inspiró instantáneamente por la boca.

Quiso moverse pero el dolor punzante se lo impidió mientras notaba como algo cálido se expandía sobre su estomago mancando su camisa de colegiala. Ni siquiera tenía que mirarse para saber que era su propia sangre, la que fluía de su ante brazo.

Poco a poco su respiración se volvía pesada, pero aún el dolor le resultaba agónico. Estaba a punto de perder la consciencia.

«Inuyasha»

—¡Kagome!

Los ojos de la aludida se cerraron.

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Estar solo con sus pensamientos jamás le había resultado tan sombrío como esta tarde. Aquella tarde que se alzaba sobre su cabeza marcaba la diferencia entre las otras que había vivido a su lado desde que la había conocido, y mucho antes de conocerla.

El sentimiento que experimentaba en su interior le decía que esta tarde era la crucial, era donde se produciría el quiebre.

Le fue absurdo pensar que ella permanecería por siempre a su lado, que le perdonaría todo por más ruin que él llegara a comportarse con ella. Pero las palabras que Sango le había pronunciado horas antes eran ciertas.

Iba a perderla, si es que ya no la había perdido por completo.

La noche pasada pudo sentir con total plenitud el hedor del lubucho aquel cerca de la miko. Aroma que de solo recordarlo le hacia hervir la sangre. Sin meditarlo salió al encuentro de ambos, como si estuviera cazándolos; pero a medio camino Kouga parecía haberse ido de la zona dejando solamente la fragancia tan dulce y característica de Kagome. Por primera vez pensó que enfrentarse a ella en estos momentos no era bueno para volver a desquebrajar ya la dañara relación de ambos, prefirió guardar silencio y por eso decidió que era mejor volver al campamento y esperarla en la misma rama del árbol donde había pasado las últimas horas.

Verla dormir y sus labios curvarse en forma de una sonrisa clara en el rostro fue un golpe que no esperó.

Él era el único culpable, él único causante que la obligo a dar ese paso; solo ese pequeño que la alejaría para siempre de él.

Ella no tenía la culpa, ni siquiera por una vez al intentar y lograr herirlo.

Él tenia la culpa de no decirle por su arrogancia y orgullo que… ya no valía la pena ni siquiera pensarlo. No se lo había dicho antes de terminar en brazos de Kikyo, y ahora mucho menos valía. Ella jamás conocería su decisión. Para él hasta esta búsqueda carecía ahora de sentido.

—¡Inuyasha!

El grito de Sango y Miroku que se abrían paso corriendo entre medio de los aldeanos lo sacó por completo de sus pensamientos.

—Es la señorita Kagome —pronunció Miroku casi en un hilo de voz por la carrera recién concluida.

A Inuyasha se le congeló la sangre al notar los rostros de ambos interlocutores. Algo había sucedido.

Olfateó el aire y el nuevo aroma, conocido para él, que se mezclo con el de Kagome lo golpeó bruscamente aturdiéndolo.

¿Cómo no había notado el olor a la sangre de Kagome en el ambiente?

—¡Inuyasha, espera!

Escuchó el grito de la exterminadora tras de él, demasiado lejos en la fracción de segundos que sucedió todo. No había tiempo para esperarlos mientras que con cada salto el olor a su sangre envuelta en su fragancia se incrementaba de tal forma que nublaba el sentido de su olfato hasta hacerlo completamente insoportable.

Su mente trabajaba más rápido de lo que alguna vez en todos estos años logró, pero los resultados no eran para nada alentadores.

Si algo le sucedía a ella, si solo algo le llegaba a ocurrir a Kagome… ¡Demonios! Comenzaba a entrar en pánico y sentía que sus piernas eran dos bloques de cemento que le pesaban toneladas y le impedían moverse con la agilidad que lo caracterizaba.

Tenía que llegar hasta ella, tenía que encontrarla sana y salva.

Hizo caso omiso al sudor frío que se formó en su cuerpo, al olor de sangre que lo inundaba como marcando la sentencia de muerte de la sacerdotisa que él buscaba, no le importo el esfuerzo de su propio cuerpo ni el dolor que sentía sobre su pecho al pensar en ella en aquel estado.

Pudo divisar a lo lejos un bulto en la tierra que no era femenino, de una contextura algo maciza y bastante robusta. Una especie de youkai que rara vez se dejaba ver a simple vista y mucho más a la vista de los humanos.

Aterrizó de un sonoro golpe a unos metros del cadáver del animal que llevaba unos pocos minutos muerto. El olor a Kagome llenaba el lugar, pero no había rastros de ella.

Sus ojos contemplaron la mancha de sangre en el pasto, demasiado cerca del cuerpo del demonio. Sangre que él sabia bien que pertenecía a la miko por su olor. Los largos colmillos del animal que sobresalían de su hocico tenían aun la muestra visible de la sangre de Kagome adherida a los marfileños colmillos.

Su peor pensamiento estaba en lo cierto, Kagome había sido herida por el youkai y aunque no pudiera verla el olor de la sangre de ella en el lugar le hablaba de que estaba bastante herida, pero ¿dónde estaba ella?

Si estaba herida tendría que estar en el mismo lugar a donde su sangre se encontraba.

El aroma de la miko nacía y moría en el lugar, no podía rastrearlo aunque lo intentara.

Era como si la tierra se la hubiera tragado.

Gruñó desesperado y un nuevo aroma casi imperceptible llenó sus pulmones.

El muy maldito lo había hecho bien esta vez, no sabia cómo demonios lo había logrado pero estaba hecho.

Un nuevo gruñido nació desde su pecho y apretó los puños clavando sus garras en la palma de sus manos.

—Kouga.

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Un gemido agudo escapó de sus labios mientras volvía poco a poco a ser consciente. El arome a hierbas impregnado en el ambiente hicieron que tosiera.

—Kagome, ¡por fin despiertas!

El preocupado tono de voz de quien era su acompañante logró que sus ojos se abrieran de golpe. Kagome nuevamente gimió y su rostro se contracturó mostrando con simpleza el dolor que intentaba expresar la dueña.

—No te atrevas a moverte —le ordenó presuroso el "hombre" a su lado al ver el ademán por levantarse de la miko frente a él. La empujó con extrema cautela desde el hombro izquierdo hasta que la espalda de la joven estuvo nuevamente en el suelo. Ella clavó los ojos en él—. Duele y lo sé, pero si haces algún movimiento brusco no funcionara.

—Que…quema —gimió Kagome y apretó sus parpados fuertemente, intentando inhalar todo el aire que le era posible en un intento absurdo por disminuir el dolor.

—Lo sé, lo sé —intentó tranquilizarla mientras apartaba las hebras azabaches que se adherían a causa del sudor en el rostro de la miko—, pero te dejará como nueva. Lo prometo, Kagome.

Una sonrisa débil se formó en los finos labios femeninos; tragó con fuerza y se asombró al no sentir en esa zona dolor alguno. Lograba recordar que su garganta también había salido lastimada.

Su acompañante pareció leer la mueca de asombro que se dejó ver en su rostro.

—Ya no tienes heridas en tu cuello —la mujer movió los labios y él sólo se limito a emitir un bajo sonido para silenciarla—; pese a que no lo necesitamos nosotros también tenemos nuestros propios remedios medicinales.

Kagome volvió a toser y él la sostuvo del hombro nuevamente para evitar que se hiciera más daño aún en su brazo maltrecho.

—¿Cómo es que…? —aspiró hondamente—. ¿Cómo es que me encontraste?

—Sentí el aroma de tu sangre y supe que estabas herida.

Había un cierto tinte de amargura e ira que ella pudo reconocer. Podía asegurar el porqué de cada cual sin que él se lo digiera.

Si él no hubiera llegado en ese instante ni siquiera podría imaginar lo que sería de ella.

Se sintió ruin por dedicarle su último pensamiento, antes de caer en la inconsciencia, a esa persona que juraba protegerla pero la mayoría de las veces le fallaba.

Esta vez hubiera sido la última.

Esta vez hubiera sido mortal si Kouga no hubiera llegado justo en ese instante.

—Gracias, Kouga —su brazo sano se movió lo suficientemente cerca para que su mano pudiera hacer contacto con la de él. Entrelazó sus dedos con los suyos y volvió a sonreírle.

—Descansa —susurró casi inaudible. Kagome cerró los ojos obedeciéndolo—. Mañana será como si ésto jamás hubiera pasado.

La miko asintió ante las palabras del youkai con un suspiro.

—Quédate, Kouga —murmuró, y su mano se cerró más fuerte sobre la de él para evitar que pudiera apartarse de su lado.

—Permaneceré a tu lado, Kagome.

Para ella esas palabras se le hacían tan conocidas, pero a la vez tan ajenas a ella. La extraña sensación de pronunciarlas en un tiempo lejano era lo que sentía, como si en alguna otra vida las hubiera dicho.

Si, las había pronunciado hace tiempo; pero había sido en esta vida. Su vida

Una vida que se encargaba de mostrarle casi con crueldad cuanto para una persona podía valer su amor incondicional, ese amor que ella ya no esperaba que fuese correspondido y que tampoco fuera de sus sueños espero. Cuando valía su sacrificio.

La misma que ahora le decía que tenía que olvidar a ese ser que amaba con el alma, y que le mostraba a aquella otra persona que por dos largos años había ignorado pero que ahora no podía estar sin su compañía. Sin aquello que la hacia actuar y sentir de forma extraña y desconocida.

El simple toque de su mano embriago su cuerpo de calidez logrando que olvidara momentáneamente el dolor, tanto físico como sentimental; haciendo que el rostro del youkai que velaría su sueño la acompañara con una sonrisa a los brazos del dios griego del sueño.

Kouga acarició son ternura el pómulo de la miko. Ahora él sería el encargado de protegerla de cualquier mal, aquella bestia no merecía estar en compañía de Kagome y mucho menos tenerla.

Tal vez jamás llegara a quererlo de la forma que él la quería a ella, pero mientras la miko no lo rechazara permanecería a su lado para cuidar de ella, para velar por ella sin condiciones.

Es por eso que ya había empezado. Inuyasha estaría como loco buscando el aroma de Kagome o el suyo pero jamás podría rastrearlos.

Sonrió más ampliamente tan solo al imaginarse la expresión de esa bestia.

Kagome estaba comenzando a preferirlo sobre Inuyasha y aquello…aquello era algo que lo enardecía.


Hola después de tanto tiempo! ¿Como estuvieron? Espero que bien. Gracias como siempre por los reviews del capi anterior y por la espera que hasta a mi misma se me hizo larga. La gran mayoría de este capítulo lo escribi la madrugada antes de viajar, pero a pesar que me lleve el escrito para seguirlo no pude encontrar un poco de tiempo para sentarme y terminarlo; así que cuando llegue a casa mi inspiración parecía seguir de vacaciones por tiempo indefinido; pero al parecer se compadeció y me dejo terminar este capi y darle los ultimos retoques.

La pase lindo en mis mini vacaciones en el mar salvo por dos cosas: Estuve dos días mal del estomago y me queme la espalda XP. Después de eso fue excelente. Fui sola con mi amiga, ¡al fin unas vacaciones sin control paternal! (Igual no hicimos ninguna locura, somos chicas tranquilas).

Por motivos de estudio voy a tener algunos días movidos así que si no subo el próximo capi la semana que viene no me maten. Se que con este capítulo los tuve en suspenso mas tiempo de lo debido y creanme que no quiero tenerlos mas pero...el estudio es el estudio aunque lo deteste en el alma.

Ah por cierto para Olga que me pregunto si en Crepúsculo me había inspirado, en realidad no. La idea me venia dando vueltas desde hacia tiempo y después en youtube me tope con un vídeo que al final me convencio de escribir este triángulo amoroso. Si me paso que cuando leí los libros algunas de las actitudes de Edward se asemejan a las de Inuyasha, pero ambos son personajes diferentes. Tal vez sin darme cuenta me pude haber llegado a inspirar en esa increíble saga.

Ahora si nos vemos. Cuidence mucho. Besos XD

Lis