Capítulo VII
Secó su frente perlada por el sudor con el dorso de su mano. Respiró aire unas tres veces y terminó de estabilizarse.
—Lista.
—Bien… —la exterminada llevó hacia atrás el brazo—. ¡Ahora!
El Hiraikotsu rodó sobre su mismo eje cuando la exterminado lo soltó con la fuerza necesaria y se deslizó, cortando el aire a su alrededor, certeramente en la dirección donde se encontraba su objetivo de pie aún jadeando.
Cerró los ojos y el sonido que provenía del boomerang gigante que volaba a escasos metros del suelo con rapidez hasta ella le decía cuan cerca se encontraba de impactar contra su cuerpo. No tenía mucho tiempo, solo el necesario.
Esta vez tenía que lograrlo perfectamente.
Un leve cosquilleo se extendió por todo su cuerpo, como una pequeña corriente eléctrica pero sin llegar a hacerle daño. Bien, esa era la primera sensación y ahora podía lograrla sin verse en la obligación de ejercer algún tipo de presión para que su poder comenzara a disiparse. Sus manos se aflojaron, sin saber en que momento se habían convertido en puños, y el cosquilleo se intensifico en las palmas de sus manos. Estaba comenzando a quemarle las palmas.
Apretó los parpados y frunció con fuerza los labios, tenía que igualar la corriente en todo su cuerpo si quería protegerse correctamente esta vez.
Se le escapó un siseo entre medio de sus dientes apretados y su cabeza pulsó, como si el corazón ahora en vez de latir en su pecho lo hiciera en ese nuevo lugar.
—¡Kagome!
Abrió los ojos de golpe ante la voz extremadamente familiar que la llamaba con urgencia. Involuntariamente dio un paso hacia atrás cuando el boomerang estaba a solo unos centímetros de impactar contra su pecho. Gimió levemente por la sorpresa y la corriente que pasaba por su cuerpo reacciono mucho antes que su propia mente, saliendo de sus manos elevadas frente a ella con las palmas abiertas y cubriéndola lo sufriente con un aura violácea clara.
El Hiraikotsu de Sango impactó contra el escudo y un destello del mismo color que el aura salió desde el lugar del impacto en diminutos rayos que desaparecían al instante, pero eran lo suficientemente fuertes para segar por unos segundos, gracias a la proximidad del impacto, a quien estaba creando el escudo.
—¡Por Kami! —exclamó Sango cuando observó como la barrera que detenía a su Hiraikotsu desaparecía y éste golpeaba a su amiga justo en el pecho, quien caía de espalda contra el suelo—. ¡Kagome!
—No te muevas —le previno Kaede casi en voz baja impidiendo que la exterminadora se acercara hasta la sacerdotisa—. Ella se encuentra bien.
Sango la contempló incrédula pero Kaede parecía muy convencida de sus palabras así que opto por permanecer en el lugar pese a querer lo contrario. Su Hiraikotsu termino impactando e incrustándose en el tronco del árbol que se encontraba de espaldas a Kagome.
La miko se reincorporó poco a poco hasta poder sentarse con un leve gemido.
—Bien hecho, Kagome —la comisura de los labios de la anciana sacerdotisa se curvaron en una sonrisa y asintió levemente con la cabeza cuando Kagome fijó la vista en ella—. Has progresado maravillosamente en estos cinco días.
Kagome suspiró pesadamente y aceptó agradecida la ayuda de Sango para poder reincorporarse por completo del suelo cuando se acerco hasta ella. Desde hacia cinco días había comenzando su entrenamiento a espaldas de Inuyasha y del propio monje Miroku, ahora que ellos habían partido para ayudar a una aldea vecina como Kaede les había pedido era mucho mas fácil tener horas de entrenamiento mucho más largas que antes y sin la sensación de perseguimiento que sentía casa vez que lo hacia a espaldas del hanyou.
Aunque cuando volviera no podría ocultarle algunos de los moretones visibles en sus brazos y piernas. Pero no le importa si él le pedía explicaciones o no, o si la obligaba a declinar en su entrenamiento por más decidida que se encontrara a seguirlo al decirle él que era la suficientemente fuerte para protegerla a ella.
Pero…estaba cansada de ser una carga para él, quería valerse por sí misma y ayudarlo de la misma forma que lo hacían Sango y el monje Miroku en las batallas. No quería ser el eslabón más frágil de la cadena y saberse necesitada para ver y purificar los fragmentos. Quería colaborar e iba a hacerlo aunque él se lo negara.
—Una vez más, Sango.
La exterminadora ante las palabras de la joven miko observó con suplica a la experimentada anciana que ahora se encontraba a unos pasos de ambas. Los ojos cansinos de Kaede contemplaron a la juvenil figura de su alumna por breves momentos con el entrecejo fruncido.
—Por favor —rogó Kagome con las manos unidas como si le estuviera rezando al mismísimo Kami. Sango rodó los ojos cansada de que a su amiga le encantara dejarse lastimar una y otra vez, y para su desgracia Kaede sonrió levemente dejándose convencer por la joven sacerdotisa—. Gracias.
—Una solo vez más, Kagome —advirtió Kaede con voz severa y se alejó nuevamente de ambas mujeres—. Mañana continuaremos.
—Claro, así será.
Sango volvió a posesionarse en el mismo lugar, que ya estaba comenzando a registrar sus pisadas, nuevamente con el Hiraikotsu en mano. Kaede podía haber tenido razón desde un principio, el poder de Kagome superada al de cualquier miko; incluso superaba el de la propia Kikyo según Kaede. Kagome era una especie de diamante en bruto que merecía ser pulido para poder brillar por completo; pero estos entrenamientos tejaban agotada a su amiga tanto física como mentalmente. Era un entrenamiento intensivo y Kaede se estaba abusando de las facultades que poseía innatas Kagome. Las mikos podían tardar años en desarrollar parte de su potencial, y solo pocas que poseían el suficiente poder lo desarrollaban al máximo.
La propia Midoriko era una de ellas, y quizás la única.
Para Kaede su hermana hubiera alcanzado a la propia creadora de la perla de las cuatro almas, pero Kikyo tenía fallas humanas que la condenaban a estancarse a pesar de ser una poderosa miko. Por eso la anciana sacerdotisa veía en Kagome lo que su hermana en vida jamás hubiera podido ser, y lo que ahora creía que su hermana continuaba anhelando.
Kagome en muchas cosas era mejor que Kikyo.
—¿Preparada, Kagome? —inquirió Sango con el brazo ya hacia atrás completando la posición. La joven frente a ella asintió—. ¡Ahí va!
Kagome cerró los ojos y sonrió internamente mientras el sonido del aire al ser cortado por el boomerang era lo único que se permitía oír.
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El revoloteo de las aves en la copa del árbol la distrajo por un momento de su función. Observó como la bandada levantaba vuelo rápidamente. Estaban huyendo.
Los animales poseían sentidos más agudos que los humanos, y por eso podían detectar el peligro antes de que éste se encontrara sobre ellos. Todo se basaba en la supervivencia. La presa no quería ser cazada.
Pero ella no era humana, tampoco podía definirse como alguna especie en particular; pero en su vida humana había poseído las facultades necesarias para detectar esos pequeños cambios en el ambiente; y ahora también los poseía.
—Miko-Sama, ¿se encuentra usted bien?
El hombre las sacó de sus cavilaciones volviéndose a concentrar en su trabajando como silenciosa respuesta a la pregunta. Su prioridad más cercana por el momento era atender a cada persona necesitada en la aldea. La habían recibido con sumo respeto, y agradecidos los servicios que brindaba como sacerdotisa para ayudarlos. Cuidaría de esta aldea y se marcharía cuando sus servicios no sean requeridos. Su presencia alejaba a cualquier demonio que quisiera atacar la misma, y el que se atrevía no volvía a intentarlo nuevamente.
Terminó de poner el ungüento y de vendar el brazo del hombre, quien le agradeció con una sonrisa. Kikyo no se la respondió, pero hacer aquello por las personas que más lo necesitan la hacía conectarse con su lado más humano. Con lo único humano que aún quedaba en ella, porque ya ni su cuerpo lo era.
El aire estaba volviéndose más denso, esa era otra prueba de que algo rondaba en el ambiente perturbando la efímera pasividad en las tierras. Un sonido bajo, que reconoció al instante, la hizo decidir al fin que era mejor alejarse un poco de la aldea e internarse en el bosque. Los aldeanos estarían bien, ella podía proteger la aldea.
El peligro no era inminente, pero igual no se confío en salir desprotegida. Siempre había sido una persona cautelosa.
La luz del sol comenzaba a filtrase entre medio de los árboles mientras se internaba en el bosque aledaño a la aldea. Volvió a escuchar el mismo sonido. Estaban llamándola.
—¿Qué sucede?
Su murmullo bajo provoco que las Shinidamachuu reaccionaran girando en un circulo cerrado, algo completamente nuevo en ellas, frente a su dueña. El bajo gemido que emitían se hizo un poco más agudo mientras giraban un poco más rápido. Lo hacían de forma sincronizada, y con una gracilidad digna de admirar.
Eran unas criaturas maravillosas, aunque sólo ella pudiera observarlas de esa forma.
Una de las Shinidamachuu rompió la formación, pero era como si en realidad no lo hubiera hecho porque ni bien salió del círculo el resto volvió a aliñarse siguiendo con su danza.
Kikyo extendió su mano y la frialdad de la conocida serpiente no le sorprendió cuando ésta rozó su cabeza contra la mano de la miko. No había otra mejor temperatura que esa. Ellas eran las encargadas de alimentarla, de proporcionarle su alimento. La frialdad que traía la muerte no la sorprendía. Ella misma estaba muerta, y ella misma en algún punto se alimentaba de esta misma.
Se alimentaba de las almas de la gente que había perecido.
—Dime.
La Shinidamachuu emitió nuevamente un gemido, la danza del resto aún no se había detenido pero sí volvía hacer más lenta, pausada. Observó fijamente a la serpiente y ésta se acercó hasta su oído derecho donde volvió a emitir un sólido agudo pero absolutamente bajo; como si estuviera susurrándole.
Los ojos de Kikyo volvieron a detenerse en la danza que se llevaba acabo algunos metros frente a ella y del suelo. Tenía que estar preparada.
La Shinidamachuu volvió a su ubicación y se reagrupo con las demás. La miko las observó otra vez antes de darse la vuelta y emprender el regreso. Ya la habían informado, cuando cayera la noche volvería a reunirse con ella.
El final… el final siempre estaba cerca.
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—No lo sé… —dudó Sango un momento y se sumergió en la terma hasta la barbilla—, creo que estás llevando esto al limite.
—¿Lo crees?
La duda en la pregunta de Kagome era evidente, una cosa era saber que el terco compañero que tenía como hanyou se opusiera, pero otra diferente era que su amiga lo hiciera. Quería colaborar. ¿Era tan complicada de entender su postura?
—Kagome, tu poder como sacerdotisa es increíble pero…
—¿Pero? —la alentó la joven a pesar que intuía como continuaría la frase.
—Intentas aprender en cinco días algo que puede llevarte meses, o incluso años.
—No voy a aprender en cinco días —se quejó, ¿acaso no era obvio que este era el quinto día de su entrenamiento?—. Kaede confía en mi y sabe que puedo hacerlo.
—También confío en ti —explicó con calma—, pero pienso que Kaede esta dejándose llevar y no cuida mucho de tu bienestar.
Y lo estaba haciendo, Sango lo sabía. Miraba la anciana miko de una forma a su amiga que llegaba a confundirla, no sabía si la miraba por lo que es o solo quería ver a un objeto en bruto que podría moldearse. No quería que Kaede confundiera a Kagome con su hermana a pesar de ser la primera la reencarnación de la segunda.
Kagome tenía una vida, una familia del otro lado del pozo. Kagome no pertenecía a esta época y Kaede muy en el fondo anhelaba retenerla pero ¿cómo que?
Simplemente como Kagome o porque añoraba la ausencia de hermana. ¿Porque la vida de esta había sido arrebatada injustamente?
No, no no; se negaba a pensar de esa forma en Kaede.
—Kaede sabe que puedo con ésto —reafirmó Kagome con convicción en la voz—. Se que puedo hacerlo, y voy hacerlo.
Sango suspiró y prefirió callarse, se sentó nuevamente dejando que sus rodillas sobresalieran al ras del agua.
—¿Tienes pensado que vas a decirle a Inuyasha?
¡Oh por Kami, Inuyasha! Lo había recordado esta mañana y ahora prácticamente había olvidado ese pequeño detalle. ¡No había pensado en qué decirle! Sólo se había imaginado un monologo de él en su cabeza, una y otra vez buena parte del día cuando dieron por concluida la sesión. Bien, aún estaba a tiempo…creía.
—¿Cuándo regresan? —preguntó de forma apresurada y casi se muerde la lengua por la rapidez.
—Kaede dijo que mañana estarían aquí.
«Estoy muerta»
Bien, bien, bien; aún había un poco de tiempo. Tenía todas sus neuronas, podía inventar algo para mañana. No había nada de que preocuparse…por ahora.
—¿Te encuentras bien?
—¿Eh? —Pestañeó varias veces y vio el semblante preocupado de Sango.
—Estás pálida —le informó estupefacta su compañera—, completamente.
Oh, genial; realmente eso era lo único que le faltaba. Estar pálida justo cuando se encontraba dentro de una terma donde su piel tendría que estar en realidad de una tonalidad rojiza por el calor que las rodeaba.
Se sumergió por completo, sin importarle que su pelo se mojara y permaneció unos momentos así. La exterminadora la miró con el entrecejo fruncido pero no dijo ni siquiera una palabra cuando volvió a la superficie.
Su comportamiento era extraño, nada ya podía empeorarlo.
Estaba comenzando a controlar mejor su poder espiritual, con un poco más de práctica lo manejaría casi a la perfección. Ahora podía ser útil en las batallas, ahora podía defenderse por si misma sin esperar que Inuyasha o en algunos casos Kouga…
No, hasta ahí llegaría con sus pensamientos. Le parecía aún mentira que sus sentimientos por Kouga cambian rotundamente, más aún teniendo a Inuyasha en su corazón. ¿Se podría amar a dos personas? ¿Realmente se podría hacer?
El youkai lobo le había mostrado quien era él, le había mostrado cuanto valía. La había hecho dependiente de él. La había arrastrado completamente a una vorágine de sentimientos desconocidas.
Aún quedaba el hecho de olvidarse por completo de Inuyasha, aún quedaba el hecho de entender el comportamiento del hanyou. Y ahora estaba más confundida que antes.
Confundida o no, extraña a Kouga. No había tenido ni una sola noticia de él…y eso estaba bien. Iba a protegerlo de ella misma, como él la había cuidado y protegido; pero eso no implicaba que una herida nueva y lacerante se abriera en su pecho cuando no lo veía. La misma ansiedad que sentía cuando Inuyasha estaba lejos. Las mismas dudas en su mente por su bienestar.
Pero no, no era el momento. Tenía que suprimir su dolor y sus dudas muy en el fondo de su mente y alma. Lo primordial era llevar al máximo posible su poder espiritual; y recién después, solo ahí enfrentar por fin cara a cara sus sentimientos.
Aunque ahora barajaba algunas teorías:
La primera: Que jamás lograría olvidar a Inuyasha, y Kouga había llegado a su vida en el momento más oportuno, pero depositando en el toda sus vanas esperanzas de ser amada y confundiéndola por completo.
La segunda: La segunda es que indiscutiblemente también se había enamorado de Kouga y en su corazón podía coexistir ambos sentimientos de amor. Entonces, en ese caso; ella se vería obligada ahora a tomar una decisión. Tendría que decidir por uno por el otro; que amor era dañino y que amor lograba salvarla; o quedarse sola.
La tercera y última opción era simple, su plan original pero con una variante: Olvidarse de Inuyasha y comenzar a vivir el amor que sentía por Kouga.
¿Cuál de las posibles opciones sería? ¿Eran sólo esas tres? o ¿podría haber cambios?
No sabía la respuesta por el momento, pero iba a averiguarla aunque le tocara sufrí en el camino.
El tiempo parecía correr para ella a la inversa.
Continuara...
Bien, no pensé que hoy terminaria esta capi pero acá esta. Estoy trabajando en un nuevo proyecto, así que divido mi tiempo en este fic y el nuevo que estoy escribiendo. Gracias como siempre por sus reviews, no solo en este fic sino en los demás. Gracias por el apoyo.
Besos y que tengan una expendida semana.
Lis
