Capitulo VIII
—¿Dudas de que se de cuenta?
Sango se rió bajo ante la ironía de la pregunta hecha por el pequeño zorro subido a su hombro. Kagome seguía paseándose frente a ellos como un youkai enfurecido sin saber bien para qué lugar correr y atacar.
No podía creer que solo aquello se le ocurriera a su amiga.
—No… —se rió nuevamente—, para nada.
El pequeño se acopló a su risa y Kagome los observó un momento, por el rabillo del ojo, con el entrecejo fruncido. Ella sabia lo que ambos estaban pensando y murmurándose.
Pero claro, era ella la que literalmente se estaba asfixiando con esa ropa. Justo hoy en el Sengoku había una temperatura por encima de lo soportable…muy, muy por encima.
Por primera vez deseo que existiera un meteorólogo en este tiempo para que alguien pudiera alertarle sobre el clima. Igual ¿qué pretendía? Estaban en la estación más calurosa del año y ella estaba vestida para una nevada de temperatura bajo cero.
Tenía que sincerarse consigo misma, estaba exagerando. No estaba vestida para una nevada, pero si lo suficientemente cubierta de pies a cabeza para tener su propio y móvil sauna.
Los "milagros" que lograba un pantalón y una remera del mismo largo que la de su colegio, solo que mucho menos fresca. Lamentablemente su remera de colegio no combinaba con el pantalón, así que se vio en la obligación de cambiársela.
Estuvo a punto de matar de un infarto a su abuelo entrando de madrugada como un vándalo a su casa. Por suerte ni Souta ni su madre se despertaron. Pero su abuelo, su pobre abuelo se llevo un susto de muerte cuando la vio pasar, en sigilo, envuelta en la oscuridad de la casa.
Él solo había ido por un baso de agua y casi termina yendo a mejor vida.
Jamás podría olvidarse de aquello. ¡Por Kami, semejante susto casi lo mata!
Pero ahora tenía que concentrarse en lo primordial. ¿Qué demonios podía decirle a Inuyasha, cuando regresara, sobre su atuendo? A leguas se notaba que la vestimenta no tenía ninguna relación con el día de hoy.
Inuyasha podía ser muy observador…cuando se lo proponía.
¿Era mucho pedir a Kami que no notara la diferencia en el vestuario? Gimió de pura angustia.
Y si hoy más que nunca notaba ese "pequeño" detalle tenía que tener un plan B…No había plan B, no podía pensar en uno.
—¿Está…está….?-Tartamudeo el zorrito sin poder creer lo que escuchaba con sus desarrollados sentidos—, ¿….gruñendo?
El murmulló pareció volar y la aspereza en la mirada de Kagome hizo que el pequeño demonio se acurrucara en el hombro de Sango algo asustado cuando lo miró directamente. Era lo único que le faltaba para parecer un youkai por completo. Esa miraba solo la tenía cuando se enfadaba con Inuyasha y hasta él mismo con toda su arrogancia y poder temblaba al verla enfadada. Kagome no era Kagome cuando se transformaba.
—Me da miedo.
La exterminadora suspiró y acunó al pequeño en sus brazos. No iba a admitirlo pero hasta ella temía un poco ante la mirada de su amiga. Igual seguía creyendo que todo este teatro era innecesario, Inuyasha se enteraría de todas formas. Por las buenas o por las malas, siempre terminaba enterándose.
—Deberías calmarte un poco —sugirió Sango casi en un tono conciliador—. No deberías evadir el tema, sino enfrentarlo. Conoces a Inuyasha, al verte así podría malinterpretar todo y sus conclusiones raramente son correctas.
Sango había dado en lo que ella podía definir como "Justo en la tecla". Desde un primer momento había llevado a cabo su entrenamiento a escondidas del hanyou, desde un primer momento ella había estado mal. Siempre fue sincera con él, jamás le ocultaba nada de su vida y ahora estaba comenzándolo hacer.
Había cosas que debía ocultarle como por ejemplo…como por ejemplo. Suspiro; no era el momento de pensar en Kouga y en sus visitas.
Pero este "problema" si se lo veía desde otro punto de vista era absurdo. ¿Por qué ocultarle algo cuando diga lo que diga ella ya había tomado una decisión?
Iba a saber manipular a su antojo sus poderes espirituales le gustara o no a él. Había hecho de un grano de arena el desierto.
—Gracias, Sango.
Ambas jóvenes se sonrieron complacidas antes de que Kagome desapareciera dentro de la cabaña de Kaede.
—¡¿Qué has dicho, Kagome?
La saliva paso espesa por la garganta de la joven miko. Ella sabía que Inuyasha se mostraría inflexible pero era su vida, sus poderes espirituales y podía hacer con ellos lo que quisiera, aunque él y el mundo se le pusieran en contra.
—Tranquilízate, Inuyasha —Miroku, que hasta el momento había permanecido a varios centímetros del furioso hanyou, le palmeó el hombro—, no puedes impedir que la señorita Kagome practique con sus poderes espirituales.
La joven aludida le sonrío disimuladamente al darle una rápida mirada. Inuyasha se sacudió, de forma brusca, la mano del monje de su hombro y caminó un nuevo paso hasta la sacerdotisa plantándose casi cara a cara frente a ella.
—No tienes porque hacer ésto —gruñó entre dientes arrastrando la última palabra y clavándose las uñas de sus manos en las palmas—. Puedo protegerte.
—Lo sé —siseó ella con la misma molestia en la voz. No iba a dejarse convencer por él—. Voy hacerlo de todos modos, Inuyasha.
Un gruñido gutural escapó del pecho de él y entrecerró los ojos por un momento retrocediendo un paso. Miroku volvió a poner una mano en su hombro, pero esta vez sus dedos se cerraros sobre la tela del kasode mientras sus ojos estaban clavados en el perfil del semi-demonio.
En las lagunas doradas de los ojos del hanyou, podía notar un atisbo de su parte de demonio. Aquel rojo color escarlata en sus ojos mientras gruñía casi fuera de sí y la observaba con furia. Nunca lo había visto fuera de sus casillas por una simple pelea con ella; pero ahora…ahora parecía todo lo contrario.
Inuyasha volvió a gruñir, pero esta vez fue tan ronco y profundo que los vellos de su nuca se erizaron por completo; de la misma forma que sucedía cuando estaba bajo una amenaza desconocida. Los dedos de Miroku se transformaron en una cárcel cuando las sustituyeron ambas manos sujetando el brazo del semi-demonio.
Kagome retrocedió un paso alarmada por la escena, el aura que desprendía Inuyasha no era la de siempre.
—¿Por qué?, ¿por qué?
La mirada de él había dejado de estar clavada en sus ojos, ahora vagaba por las partes de piel visible que dejaba su uniforme de colegio nuevamente puesto. Cada uno de sus raspones, de sus moretones ahora eran visibles para él.
Por suerte Inuyasha no podía observar su pecho o sus brazos cubiertos.
—¡¿Por qué demonios quieres hacer ésto? —gritó Inuyasha y avanzó un nuevo paso seguido con Miroku fuertemente sujetando su brazo—. ¡¿Por qué demonios te empeñas en arriesgar tu vida innecesariamente?
¿Arriesgar su vida? Ella no lo veía como arriesgar la vida, lo veía como una nueva forma de ser mucho más fuerte, de poder ayudar a todos. No era una inútil, y no era una carga; por eso iba a demostrarlo.
—¡Sólo tienes que preocuparte por los fragmentos!
Preocuparse por los fragmentos…por los fragmentos. Otra vez le reafirmaba que sólo para él era un simple detector de fragmentos, algo que podía reemplazarse con facilidad si solo le digiera que de ahora en adelante Kikyo se encargaría de todo.
—Eso es todo… —Murmuró Kagome con la mirada gacha—, es sólo eso…sólo soy eso.
Aún no podía olvidarlo, aún no sabía cómo hacer para odiarlo; aún después de todo era capaz de seguir amándolo.
Por más que se esforzara, por más que intentara ser más fuerte, por más que quisiera ser mas dúctil a la hora de la batalla, por más que hiciera lo que hiciera él siempre la observaría como una simple chiquilla que sólo servía para ver y purificar los fragmentos de la perla que ella misma fragmentos en miles de pedazos. Ella no pedía que Inuyasha la amara, ella sólo quería que él la tomara como un igual.
Que la viera verdaderamente como parte del grupo.
—Kagome.
¿Por qué ahora su voz sonaba dubitativa? ¿Por qué sonaba casi asustado? ¿Por qué lo escuchaba tan lejos?
Otra vez esa descarga que se impulsaba a través de su cuerpo, solo que esta vez…esta vez no era la misma descarga de las veces que practicaba junto con Sango y la anciana Kaede. Esta vez era diferente.
Más fuerte. Más vívida.
Parecía cortar su piel, cortar su alma. La estaba envolviendo, y aunque su cabeza pulsaba como otras veces era como si con cada bocanada de aire que tomaba una parte de su alma abandonara su cuerpo. Sentía como si algo del exterior estuviera invadiendo su cuerpo y sacando algo de ella.
Sí, la dejaba sin aire y le costaba sostenerse; pero esa fuerza que corría por cada extremidad de su cuerpo; que sentía en cada poro del mismo la estaba alimentando.
—Sólo eso…sólo eso —volvió a murmurar y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Apretó su mandíbula cuando la corriente fue más fuerte y cerró sus palmas tratando de mantenerla en su sitio, aunque estaba creída que podía escapar por cada poro de su cuerpo.
—¡Kagome!
¿Por qué estaba asustado?
Kagome gritó; aunque su propio sonido no llego a dañar sus tímpanos y le sorprendió, entre el dolor y la negrura que se estaba convirtiendo su mente, en lo lejos que le resulto. Era de la misma forma que sentía la voz de Inuyasha
—¡No te atrevas a tocarla, Inuyasha!
Ahora escuchaba a la anciana Kaede, pero también estaba bajo ese influjo. Trato de buscarla cuando levanto la mirada del suelo, pero era como andar a ciegas. La oscuridad la cubría aunque aún sentía sobre ella su escudo, su corriente.
—Es increíble, ella es increíble.
El tono de admiración de Kaede volvió a llegarle a sus oídos; y a pesar de intentar guiarse por la voz de la anciana para ubicarla en la oscuridad, sólo encontraba aquello.
Más y más oscuridad.
«—Solo tienes que preocuparte por los fragmentos.»
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas para volverlas a derramar y la mandíbula nuevamente se le contrajo. Sólo sentía dolor y desesperanza.
—Con ella no podrás, Inuyasha…con ella no.
Quería sentir jubilo como el que había en la voz de Kaede cuando le decía esas palabras a Inuyasha. Pero para ella pedir eso era demasiado, ya desearlo era mucho.
—¡Kagome!
Un gruñido, un sollozo a la lejos y un nuevo quejido de dolor completamente agudo. Ella no era la que sufría; alguien más lo estaba haciendo.
—¡No, Inuysha!
—¡Inuyasha!
¿Por qué la negativa de Kaede? ¿Por la suplica en la voz de Sango?
Ya no podía controlar más aquellos sentimientos. Intentó entender y razonar entre la oscuridad, la aprehensión y la fuerza.
Un nuevo grito de dolor agudo y las palmas de sus manos se cerraron sobre algo, o sobre alguien.
—¡Suéltala, Inuyasha!
Otra vez ese grito…otra vez. Era Inuyasha quien gritaba de esa forma, y era la anciana Kaede quien le gritaba a él.
Unos brazos se ciñeron con fuerza a su cintura, y ella aferró los ante brazos de él con sus manos. Inuyasha pareció convulsionar junto con el crujido de algo al romperse.
—Perdóname, Kagome, por favor perdóname.
La fuerza que la alimentaba desapareció, su cabeza dejo de pulsar, el alma pareció regresar a su cuerpo; y aunque el susurro era en un jadeo lo pudo escuchar con claridad antes de sentir que las únicas fuerzas que le quedaban para mantenerse en pie desaparecían.
Luego, otra vez la negrura.
0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0
La anciana rápidamente se limpió las manos observando de soslayo a la persona que había impedido que la energía de la joven sacerdotisa que descansaba inconsciente justo a ella despertara por completo.
Tenía que admitir que la fuerza del poder de Kagome llegaba a asustarla un poco, de la misma forma que la asombraba. La miko tenía en su interior un poder que ni siquiera ella misma era consciente, ni siquiera sabía cómo manejarlo. No sabía que los sentimientos de la joven podían ser tan fuertes como para despertarlos de esa forma. Ahora más que nunca había que actuar con precaución. Inuyasha había cruzado una brecha que de por si ya era angosta. Inuyasha había poco a poco llegado a su límite a lo largo de todos estos años, y ahora había dañado nuevamente a la miko con sus palabras.
Debía agradecerle al final de cuentas, sin él Kagome jamás hubiera descubierto la mecha de su poder y mucho menos se hubiera decidido a ejercitarlo hasta querer lograr manejarlo. Sin las palabras hirientes del hanyou que habían marcado el corazón y alma de la joven sacerdotisa jamás su poder se hubiera despertado.
Ahora corría por las venas de Kagome como una vorágine sin control. En su larga vida había visto a miles de sacerdotisas caer por su propio poder, la oscuridad de sus corazones las había llevado a perecer; pero Kagome era una persona diferente. Más que nunca tenía que comenzar un entrenamiento intensivo con ella. Más que nunca Kagome debía conocer su poder.
—¿Sucede algo, Sango?
La exterminadora no desvió la mirada, la mantuvo el mayor tiempo posible antes de volver a intentar dejar el brazo derecho de Inuyasha inmovilizado y firme entre la tela que lo envolvía por completo y se anudaba al cuello del hanyou.
Había que rever un nuevo punto, Sango no iba a volver a ayudarlas; ella no iba a permitir que su amiga se hiciera más daño, era suficiente con la pequeña muestra de hoy. Pero la exterminadora no comprendía, no entendía que ello solo perjudicaría a su amiga. Kagome tenía derecho a conocer la magnitud de su poder; y por más que ella se negara a ayudarla en los entrenamientos; iba a seguir adelante. Estaba segura que Kagome quería ahora mucho más saber sobre él.
—Sé que quieres decirme algo, Sango —comentó Kaede mientras pasaba una compresa fría por la frente de Kagome. Ésta se revolvió en el futón.
Inuyasha se encontraba dormido contra un rincón de la pequeña cabaña, el monje Miroku estaba con Shipou afuera. Solo eran ambas. Era el momento perfecto.
Sango permaneció callada.
—He escuchado siempre todo lo que tienes que decirme —continuó la anciana de forma convincente—. Soy vieja y conozco esa mirada en tus ojos. Algo te molesta.
¿Si algo le molestaba? Claro que había algo que le molestaba, pero no era sólo una molestia, era una intuición de "algo", como si una pieza faltara en el rompecabezas. No quería pensar en la anciana Kaede de la forma en que lo estaba haciendo, pero su comportamiento no le gustaba.
No parecía la misma Kaede preocupada por el bienestar de cada uno de ellos, y particularmente en el su amiga. Era como si sólo la viera con un objeto que pudiera moldear para su uso personal.
Conclusiones apresuradas o no, iba a indagar sobre el tema; y Kaede sabia muy bien que algo le estaba sucediendo. ¿Por qué dilatar el momento?
—No creo que sea conveniente para Kagome usar sus poderes…por un tiempo.
Kaede frunció los labios, los años de experiencia en su haber le decían que la exterminadora no había querido decir «Por un tiempo»; simplemente había sido una táctica para convencerla. Sango veía un problema en la salud de Kagome o en su estado físico-emocional si seguía explorando.
—¿Por qué lo dices? —inquirió alzando una ceja mientras acomodaba unos traviesos cabellos de la miko aún en el futón.
—La prueba de hace unos momentos es convincente.
—No lo creo —le refutó rápidamente—; más bien es todo lo contrario. Es demasiado el poder de Kagome y ahora que ha despertado…
—¿Despertado? —preguntó incrédula mirándola con estupefacción—. Mi padre me enseño todo acerca de ser una exterminadora, sé poco sobre mikos; pero sé lo suficiente para saber que ésto no esta bien, anciana Kaede.
—Tú lo has dicho, Sango, no sabes nada acerca de ésto.
El rostro de por si arrugado de Kaede se llenó de nuevas arrugas al observar con recelo a la exterminadora. No era quien para cuestionar sobre un tema que sabía en exactitud. Ella era una sacerdotisa experimentaba, sabía qué hacer y contra qué estaba tratando.
—No lo sabré como bien usted dice, pero aún veo bien —murmuró con los dientes apretados por la rabia. Ella no reacciona así y mucho menos frente a una persona como Kaede; pero no podía permitir esta locura—. Por suerte Inuyasha es un hanyou, se recupera rápido de las heridas.
—Le advertí que no se acercara.
—Ese no es punto —su voz se alzo sobre la de la anciana—, el punto es que el poder de Kagome le quebró el brazo cuando la sujeto.
—Sólo tiene que aprender a controlarlo y controlarse. Las emociones en una sacerdotisa es la fuente principal.
Sango no creía estar escuchando bien, la anciana Kaede no podía estar encontrando excusas a algo que no tenía ningún tipo de justificación. ¿Llevaría a Kagome demasiado lejos?
—No tienes porque preocuparte, Sango —prosiguió Kaede cuando la exterminadora frente a ella seguía en silencio—. Ella recién está comenzando a descubrir una porción de su poder, la primera parte del mismo. Aún le falta mucho por aprender —dirigió una mirada hacia el rostro pacifico que descansaba a su lado, hacia la pequeña muchacha que yacía dormida—. Si el entrenamiento de Kagome se suspende y vuelve a repetirse nuevamente este episodio, ¿qué crees que sucederá?
Rápidamente la visión de Kagome envuelta por completo en un aura violácea, con los ojos completamente negros y perdidos en la nada; con aquellas lágrimas que se secaban en sus mejillas luego de mojarlas, con el rostro lleno de dolor. La misma visión solo que multiplicada; una Kagome que era capaz de extender su escudo y matar sin ni siquiera mover un solo músculo a todos los de la aldea. Una Kagome sumida en la inconsciencia, una Kagome que esta vez o podía ser rescatada.
Una Kagome que podía llegar a dejar que su alma sea envenenada.
Sango respiró sonoramente, de pronto sus pulmones estaban faltos de ese aire necesario para poder vivir. Las aletas de su nariz se extendieron tomando del ambiente todo lo que le era permitido. Como si fuera su primera bocanada de aire.
Si su visión llegaba a suceder todos tendrían que luchar contra ella hasta matarla. No habría otra forma de detenerla.
Ella… ella; sus ojos se llenaron de lágrimas. No habría otra manera, la visión era muy vívida como para pasarla por alto.
—Veo que me has entendido.
¿Acaso había malinterpretado a Kaede? ¿Acaso pensó que sólo veía a su amiga como un objeto o alguna especie de diamante en bruto?
—Sango…Sango.
Unos brazos la envolvieron protectoramente desde los hombros, no había notado que su cuerpo tiritaba a causa de un frío inexistente. Era prefería tiritar de frío antes que imaginar acabar con sus propias manos con Kagome; de la misma forma que años atrás su hermano bajo la influencia de Naraku había acabado con su familia, incluso casi con ella misma. Los ojos de Kagome se parecían esta tarde tanto a los de su hermano aquella vez.
No iba a permitir que eso sucediera, ni iba a permitirlo.
0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0
—Ya déjalo.
La aspereza en su voz le dolía, pero sentía que era lo único que podía hacer por él a estas alturas. Estaba tan consternada, pensaba que había entrado en algún universo paralelo. Quería volver a su mundo, quería volver a su universo y se sentía luchar contra la corriente; por más que nadara horas sin descanso jamás llegaba a la orilla, a su lugar.
Él sujetó sus manos con una sola, su presión no era fuerte ni dolía; aunque ¿qué más podía dolerle? Lo había lastimado inconscientemente, había utilizado su poder contra él.
—Mírame.
El pedido de él dicho en voz tan baja y algo dulce la hacia sentir peor. Ella no quería ésto, ella quería olvidarlo, no quería ilusionarse más. Ya había dejado bien en claro que lo olvidaría a su modo, no iba a olvidarlo si para eso tenía que lastimarlo.
No levanto la mirada. Sólo la mantuvo en su brazo herido como si la vista en él pudiera crear una especie de capsula sobre ella y alejarla de la realidad.
—Mírame.
Su voz era un arrullo, algo tan simple que llegaba a perderse con el viento; era algo sumamente hermoso y delicado. Era algo absolutamente tan frágil que parecía decirle que pronto iba a dañarse.
Si sólo se le digiera que podía conservar una sola cosa en la otra vida, era ésto lo que ella conservaría. Un recuerdo de su voz y del color de sus ojos. Estaba tan hondo en su corazón que costaría sacarlo, si es que llegaba a sacarlo alguna vez de aquel órgano vital.
Tal vez había nacido para amar a más de un hombre, tal vez su corazón podía dividirse en dos y amarlo tanto a él como a Kouga; o solo tal vez los amaba de una forma diferente. Era una Kagome diferente para cada una de ellos, una pertenecía al hanyou y otra al youkai.
No había tenido antes las respuestas y mucho menos ahora. Sabía sólo una cosa, ambas no podían coexistir. En algún momento ella tendría que elegir qué parte de ella viviría y qué parte moriría.
—Por favor, mírame.
Él jamás pedía por favor, jamás se rebajaba a tanto. Era orgulloso por naturaleza, y esa naturaleza de él algunas veces le encantaba. No siempre amaba esa característica pero tenía que admitir que existían variantes para la palabra orgullo y es por eso que lograba adorar esa característica en él.
Pero… ¿Por qué el buscaba su mirada cuando ella no podía devolvérsela?
Inuyasha era así. Quería cosas de ella cuando ella no podía dárselas. Porque no se atrevía a dárselas.
Miedo a encontrar compasión, miedo a encontrar perdón, miedo a encontrar una justificación. No importara cuantas veces Kaede le repitiera que la culpa no había sido de ella, que era seguro que ese episodio ocurriera ahora que estaba comenzando a manipular verdaderamente su poder; poder que ahora comenzaba a asustarle.
Había sido capaz de dañar a Inuyasha, y si era capaz de eso, ¿Habría dañado a sus amigos, o a la propia gente de la aldea?
Tenía tanto que conocer, que aprender de su poder.
—Suéltame, Inuyasha.
A ella su voz le había resultado convincente, sacándola del último resquicio de fuerza que quedaba en su interior. Lo escuchó soltar el aire con desanimo y murmurar algo inaudible que a pesar de la cercanía no pudo entender.
—No lo haré hasta que me mires.
¡Por Kami! Siempre tan necio, siempre teniendo que tener la última palabra; siempre queriendo ganar la batalla. Le estaba pidiendo algo simple y tonto, algo que a estas horas le resultaba imposible. A ella no le conformaba saber que por su condición de hanyou sanaba mucho más rápido, que sus heridas no tenían ningún valor. No le importaba eso, lo había lastimado y eso era lo que verdaderamente y únicamente le importaba.
No había sido otro demonio, no había sido el propio Naraku, no sabía sido otra persona; solo había sido ella.
La chiquilla que con quince años prometió permanecer a su lado, la misma que lloró por él, la misma que se preocupó, la misma que descubrió que lo amaba. Esa misma chiquilla lo había lastimado.
—Quiero curarte.
—Siempre tan tonta —él tiró suavemente de sus muñecas y pronto la sintió tensarse por completo—. ¿Cuántas veces tengo que repetirte que mi cuerpo no es como el de los humanos?
—Eso es lo que menos me importa, Inuyasha —se mordió el labio inferior y luchó contra el repentino deseo de levantar la mirada y clavar sus ojos en lo suyos—; déjame por favor curarte.
—No voy a dejarte curar algo que está sano.
—Estará sano cuando deje de estar vendado.
—Es mi cuerpo, es mi brazo y digo que está sano —reafirmó con convicción y volvió a tirar de ella—. ¿No lo entiendes? Está s-a-n-o, tonta.
—¡Basta de comportarte como un niño! —le gritó exasperada por su comportamiento y lo miró fijamente—. Quieras o no voy a curar tu brazo. ¿Me has entendido?
Inuyasha sonrió ampliamente y soltó sus muñecas. Kagome se ruborizó al instante al darse cuanta que fácilmente había caído en el juego del hanyou. Lo había mirado tal y como él quería. Cuando se lo proponía podía resultar muy listo.
Estaba comenzando a sentir abrumada.
—¡No! —exclamó él cuando Kagome intento volver a bajar su mirada—. ¿Por qué demonios quieres siempre ser la culpable de todo? ¿Por qué demonios te culpas?
—Porque es mi culpa.
—No lo es —rugió y sostuvo su barbilla por miedo de que escapara de su mirada—. Solo alguien tan tonta como tú puede responder esa tontería.
—No es ninguna tontería —sujetó la mano de él que se encontraba en su barbilla con una de las suyas y la alejó lo suficiente—, hubiera podido lastimar a Sango, a Shipou, al monje Miroku y a toda la aldea inclusive.
Kagome se reincorporó de donde estaba arrodillada junto al hanyou, y volteó el rostro hacia el cielo que comenzaba a matizar sobre ellos. No podía ver las cosas tan simples como las quería ver Inuyasha.
—Fek, no hubiera permitido que sucediera absolutamente nada.
—Estoy segura de eso, confío en ti —pero.. ¿confiaba en ella? Sin entrenamiento no podía confiar en ella—. Tendría que haberme imagina que al ser la reencarnación de Kikyo tendría este poder —reclinó levemente la cabeza hacia atrás y suspiró—. No quiero ser una amenaza andante, voy a aprender a manipular mis poderes.
— Sácate esa estúpida idea de la mente, Kagome —una de sus manos se cerró en el ante brazo de la joven—. No sé qué demonios te ha metido esa anciana en la cabeza pero no es necesario, yo puedo…
—Ajá… —la comisura de sus labios se curvaron en una sonrisa fingida cuando lo interrumpió—, pero soy yo la que no puedo con ésto, Inuyasha.
Tal vez él no entendía la ambigüedad de sus palabras, y era mejor que no las entendiera. El agarre de él se volvió nulo y la soltó dejándola libre. Inuyasha podía perdonarla y hasta arriesgarse, pero ella no era así.
¿Había algún camino, alguna opción que no doliera?
No siempre se podía no sufrir, muchas de las decisiones dañaban a las personas. Si la fuente del poder de una sacerdotisa era sus emociones, aquellas que provenían de la propia alma y del corazón, tenía que encontrar una forma de equilibrar su universo.
Aún quedaban miles de incógnitas y miles de respuestas más.
Si seguía al lado de Inuyasha era posible que hasta no encontrar ese centro volviera a reaccionar con alguna palabra de él.
Había un lugar a donde podía ir. Había una persona que le daría un poco de la paz que buscaba…había una persona que siempre la recibiría.
Mentalmente sonrío con timidez.
Continuara...
Si hay algo que me costo fue escribir este capítulo, digamos que mi inspiración no esta en uno de sus mejores días. Gracias por los reviews en el cap anterior y por dedicarle un poquito de su tiempo a este fic.
Honestamente espero que para el próximo capítulo mi inspiración haya regrasado de donde sea que se metió.
Besos y cuidence mucho. Que tengan unos excelentes días.
Lis-Sama
