Capitulo XII
Recién hoy, luego de cuatro días, habían podido terminar con la curación de los aldeanos. Entró en la cabaña en sigilo, encontrándola completamente a oscuras a esa hora. La poca luz del exterior gracias a la noche de luna llena le permitía tener una visión aunque sea parcial del lugar. Había tantos recuerdos, tantos momentos compartidos encerrados en esas cuatro paredes de madera. Había tanto que recordar.
Presa de sus emociones se desmoronó, cayendo al suelo de rodillas y sollozando amargamente. Se había prohibido llorar frente a los demás, intentando mostrar un temple que no poseía. No quería que Shipou la viera flaquear, el pequeño ya había sufrido a la largo de su corta vida las dos perdidas más importantes. No quería que él la viera así de indefensa, se había prometido ser fuerte para ayudarlo a sobrellevar esta nueva perdida.
Con los ojos aún humedecidos recorrió despacio el lugar, ahora sólo como un símbolo de los buenos y viejos momentos. Un símbolo de quien por años había protegido la aldea y a cada habitante del lugar. Quien había sido consejera de muchos, incluso de ella misma y del resto del grupo. Quien en el último tiempo se había convertido en su mentora.
La aldea aún era un caos, el episodio reciente y los daños exorbitantes; no sólo la pérdida del ser más querido para todos sino los costos de la propia defensa. El monje Miroku llevaba adelante el liderazgo de un grupo de hombres que se habían ofrecido de voluntarios para arreglar las casas. Sango la ayudaba en las curaciones que por suerte habían acabado y Shipou, a pesar de ser aún muy pequeño, intentaba ser útil en cualquier lugar donde se lo necesitara.
Kouga aún estaba en la aldea junto a Ginta y Hakkaku, aunque estos últimos estaban mayormente por los alrededores o un poco más lejos verificando la zona y jugando un papel importante a la hora de rastrillar el perímetro.
El ataque de Naraku sólo había sido una advertencia, pero más aún una sentencia. La última batalla estaba cerca. Faltaba un fragmento y no importaba si ellos lograban encontrarlo a tiempo, él intentaría arrebatárselos de todos los modos posibles.
En los últimos cuatro días le fue imposible cruzar palabra con Kouga. Estaba recuperándose de una herida en el pecho bastante grave. Pese a su condición de youkai había pasado la primera noche delirando por la fiebre y tanto a Sango como a ella les había resultado difícil poder establecerlo. Kikyo ayudo a preparar una infusión eficiente para el tipo de veneno que Naraku le había inyectado en el cuerpo a través de la herida. Ella había ayudado en el resto tratando de catalizar la toxina por medio de sus poderes. No era muy efectivo, pero ayudaba a la infusión a ser más potente y efectiva.
Con Inuyasha, desde aquel fatídico día, no había vuelto a dirigirle la palabra.
Todos estaban ayudando en la medida de sus posibilidades a hacer la situación más amena para los aldeanos, y también para ellos mismos. Dormían pocas horas y nunca estaban juntos. Tenían que discutir los próximos pasos a seguir, pero mientras el alarma rondara la aldea era imposible sentarse a debatir qué medidas tomarían de ahora en más.
—Kagome.
La aludida rápidamente se secó las lágrimas tratando de quitar el mayor rastro de sus ojos al reconocer la voz. Giró levemente el cuerpo y observó a la pequeña figura cabizbaja que la contemplaba con grandes ojos parada en la entrada, sosteniendo la esterilla con una mano y dejando que la luz iluminara un poco más el lugar.
Sus labios se curvaron sólo un poco hacia arriba, mostrando una sonrisa triste pero no forzada.
—Ven… —lo llamó extendiendo ambos brazos hacia adelante. El pequeño corrió a su encuentro a pesar de la poca distancia que los separaba. Rodeó su cuerpecito con cuidado, pero con fuerza; dándole a entender que no estaba solo—. Todo está bien —musitó, conteniendo las nuevas lágrimas que ansiaban salir. Hundió una de sus manos en la cabellera de color rojizo acariciando con extrema suavidad las hebras—. Estoy aquí y siempre lo voy a estar para ti.
El llanto del pequeño youkai no se hizo esperar mojando un poco sus ropas. Lo meció despacio, como cual recién nacido, esperando poder consolarlo y calmar su llanto. Entendía perfectamente el dolor de Shipou, la anciana miko era como una abuela para él.
—Siem… ¿Siempre? —hipó, alzando un poco el rostro de su refugio y clavando los ojos en los de la sacerdotisa.
—Siempre... —afirmó solemne, pero sintiendo el peso de sus propias palabras. No podía asegurarle al pequeño en realidad la permanencia a su lado. En un futuro cercano regresaría a su época para nunca más volver o, en el peor de los casos, perecería en la próxima lucha—, pase lo que pase.
Aquello último si era del todo verdad, sucediera lo que sucediera con ella Shipou por siempre estaría en su corazón, jamás lo olvidaría y esta la eternidad lo llevaría en sus recuerdos.
—La abuela Kaede no va a permitir que nada malo te suceda —comentó el pequeño distraído en sus propios pensamientos, sobresaltando a la miko al ver como los temores de ella eran los mismos del niño—. Ella te quiso mucho…te quiere mucho.
Kagome sintió un nudo en la garganta, tan agudo y pulsante que tragó forzosamente varias veces para deshacerlo. Shipou se acurrucó un poco más contra su cuerpo, aferrando la tela del Kasode con sus manos y cerrando lentamente los parpados.
—Ella… ¿Ella está en el cielo junto a mis padres? —inquirió casi absorto de la realidad entre profundos bostezos—. ¿Me cuidara al igual que ellos?
—Kaede está velando por nosotros…—sonrió levemente—, y sí, también está cuidando de ti como ellos.
Los parpados del pequeño no volvieron a elevarse, y pronto su respiración se volvió tranquila y pacífica. También había sido unos días muy difíciles para él, sobre todo en las noches donde al igual que el resto pasaba largas horas en vela sólo que, en su caso, producto de las pesadillas.
Luego de reincorporarse con cuidado a pasos lentos se dirigió al exterior. El pequeño cuerpo dentro de sus brazos se estremeció levemente al sentir la brisa nocturna rozar algunas partes de su cuerpo. Lo contempló un segundo para ver si había despertado pero el niño suspiró profundamente y siguió con los ojos cerrados abandonándose por completo en los brazos de Morfeo.
Le sorprendió encontrar la cabaña que compartía con Sango iluminada por la luz del fuego en el interior. Esperó encontrarla dentro de la misma pero la única que estaba era Kirara acurrucada cerca del fuego recibiendo el calor de las llamas. El único movimiento que hizo la gata fue mover una de sus orejas reconociendo entre sueños al recién llegado.
Depositó a Shipou dentro de su bolsa de dormir tapándolo lo mejor posible, éste gimió y se giró de cara a la pared. Kagome depositó un beso sobre su cabeza en señal de buenas noches, luego salió de la misma forma que había entrado.
Quería distraer un poco su mente antes de ir al encuentro con los demás. Estaba segura que Sango y el resto estaban en la cabaña de Inuyasha y Miroku, ahora que las cosas se habían calmado un poco tal vez era un buen momento para comenzar a hablar. Todavía no podían abandonar la aldea, y no estaban seguros de que a su partida Naraku no volviera a atacarlos. Ahora todos los aldeanos se encontraban desprotegidos aunque Kikyo hubiera vuelto, pero ella no se quedaría a cuidar de la gente; tenía una deuda con Naraku y pensaba cobrársela.
Sentía deseos de ver a Kouga, luego de aquella primera noche solo lo había visto de lejos ayudando a Miroku y a los aldeanos en la reparación de las casas destruidas. Estaba desobedeciendo las últimas palabras que le había dicho. Como siempre Kouga desobedecía sus indicaciones. En eso era tan testarudo como Inuyasha.
Aquella comparación la hizo recordar el hecho que aún no estaba esclarecido entre ellos. No había vuelto a pensar en ello, y no era el momento más adecuado para hacerlo. Tenía miedo de enfrentarlo y exponerse a una serie de interrogantes que aún no podía responder, no entendía del todo sus sentimientos; solo que el corazón se le había paralizado cuando lo vio en el estado crítico que se encontraba, cuando vio como Ginta y Hakkaku lo mantenían en pie. Pensó lo peor, temió perderlo de la misma forma cruel que Kaede había muerto.
Sintió pánico, terror y algo dentro de ella pareció morir cuando lo vio de esa forma.
Sus pasos vacilantes la condujeron a un paraje cerca de aldea, por cualquier cosa que pudieran necesitarla; pero a su vez desolado. No tenía miedo de ser atacada a pesar de encontrarse desarmada, ahora sus poderes espirituales podían fluir a través de ella sin necesidad de su arco y flecha. El mes y medio de sus prácticas junto a Kaede y Sango habían dado más de los resultados esperados, aún faltaba mucho por aprender; pero ya tenía el conocimiento suficiente como para poder hacerlo por su cuenta. Igualmente Sango estaría junto a ella para ayudarla en lo que necesitara.
Sintió la presentía fluir rápida y pareja, casi cálida. Aún se encontraba lejos pero podía sentirlo con claridad. Kaede la había entrenado bien. Cuando se concentraba podía distinguir sin equivocarse la presencia que la rodeaba y así estar preparada. Ahora le costaba menos concentrarse, volviéndosele más fácil y menos agotador el trabajo de hallar a los dueños de las auras que se encontraban dentro de su zona de búsqueda.
—Deberías descansar —dijo cuando él llegó junto a ella tomando posición a su lado.
—Tú también —volteó a verla—, estás agotada.
Kagome rodó los ojos restándole importancia a sus palabras. La verdad era que tenía razón, estaba completamente exhausta. No sabía cómo su cuerpo aún continuaba respondiéndole pese a toda la presión que sentía sobre sus hombros.
—Pero tú aún estás convaleciente —le remarcó casi con voz autoritaria—. La herida en tu pecho es de…
Las palabras de Kagome murieron en su boca cuando fue girada medio cuerpo sin mucha delicadeza y quedo frente al youkai. Contuvo la respiración después de tantos días al volver a tener frente a ella aquellos ojos celestes que desde siempre le habían trasmito más de lo que ella se merecía. Su cuerpo reaccionó involuntariamente, olvidando el momento que estaban pasando y el leve enojo que sentía por él al ver como se exigía sin todavía estar completamente recuperado. Sus labios le picaron al rememorar el beso que ella misma le había dado por tan solo breves segundos, antes de salir huyendo completamente espantada de sus propias acciones.
Ahora lo tenía ahí, frente a ella observándola fijamente y con los ojos más luminosos que cualquiera de las veces que pudo contemplarlos a su antojo.
Él le acarició la mejilla con suavidad regalándole una sonrisa tranquilizadora. Por un momento la joven se abandonó a la sutil caricia y al calor que aquella mano desprendía.
—Deja de preocuparte. Me encuentro perfectamente bien —musitó, entrelazando sus dedos con los dedos de la mano de ella por donde la mantenía sujeta—. Kagome, cuando huiste… —comenzó diciendo, notando como casi al instante las mejillas de la miko se coloreaban tenuemente. Internamente daba ese tema por zanjado. Kagome había reaccionado de una forma que no se lo esperaba, pero conocía de sobra sus motivos. Ella no lo amaba a pesar de los mucho que se habían acercado el uno del otro—, salí a buscarte. El efluvio de ese chucho estaba cerca de ti, como suponía desde hacía varios días… —los ojos de ella se abrieron un poco ante la noticia. No había querido decirle aquello tampoco. El perro ese no mostraba señales de pelea y él tampoco iba a mostrarlas—, cuando la presencia de Naraku se presentó en la aldea pensé que ese perro te expondría al peligro inminente. Naraku no es el mismo, Kagome.
—¿Cómo que no es el mismo? —jadeó la joven ante ese nuevo torrente de información.
—¿No notaste lo tranquilo del ambiente? ¿Lo demasiado tranquilo del ambiente?
Ella lo comprendió al instante, la tranquilidad del Sengoku con Naraku rondando aún sobre la faz de la tierra era extraña. Aquellos días donde sólo debía preocuparse por cruzar las palabras indicadas con el hanyou, o a donde pasar la noche eran parte de un espejismo. Todo había sido parte de una espera planificada por él, estaba jugando con ellos como si fueran piezas en un tablero de ajedrez. Se sentaba a verlos vivir la tranquilidad ficticia de la región mientras él esperaba el momento justo para dar el golpe de gracia.
—Por suerte cuando llegué no estabas. Como pudimos intentamos detener a la marioneta que poseía su rostro —prosiguió con rapidez cuando entendió que la mujer había comprendido sus palabras—. No era un simple títere y nos fue imposible contenerlo, la anciana miko intento proteger a los aldeanos con sus poderes; pero bueno ella…
—Ya lo sé —susurró apesadumbrada la joven descendiendo un poco su rostro—. Tal vez si hubiera estado junto a ella aún…
No pudo continuar hablando, el nudo volvió a su garganta y la voz se le quebró en un sollozo estrangulado. Los brazos del youkai lobo se ciñeron a su cintura y la apretaron contra su cuerpo. Kagome le rodeó el cuello con ambos brazos y lloró sobre el hombro del hombre. Lloró desde interior de su cuerpo, de su alma; temblando ligeramente como si una brisa la azotara. Eran lágrimas amargas que aún no había podido soltar, pero necesitaba hacerlo.
—No pienses en lo que pudo haber sido, Kagome —le aconsejó susurrando sobre su oído—, este lugar fue un campo de guerra y tal vez hubieras corrido con la misma suerte —ella continuó sollozando y a él sus propias palabras lograron turbarlo—. No permitiré que Naraku te ponga una mano encima. Te lo prometo.
Kagome poco a poco se relajó en sus brazos, dejando que la calidez del cuerpo de él la transportara aunque sea por unos instantes a un lugar donde la muerte y el caos no eran moneda corriente. Cerró los ojos e internamente se sintió feliz al escuchar la promesa de Kouga, él jamás le fallaría. Jamás le había fallado sin promesa de por medio y ahora mucho menos. Reconocía que en un punto estaba siendo algo egoísta por disfrutar levemente en un momento como en el que vivían. Pero lo necesitaba tanto, ahora más que nunca.
Su mente le gritaba que a él debía amar, sólo a él y a nadie más. El hanyou tenía que salir de su vida de la misma forma con la que había entrado. Tampoco estaban aclaradas sus dudas sobre Inuyasha. Era en este momento que menos lo entendía y donde más la confundía. Ella buscaba paz y él se empañaba en llevarle el caos. Deseaba entender sus acciones, y él al parecer ansiaba lo mismo. Cada vez se separaban más, lo sentía como una persona extraña. Eso, eso era bueno para comenzar definitivamente a olvidarlo y ponerle de una vez por todas nombre a lo que sentía por Kouga.
Inuyasha observó nuevamente la escena antes de voltearse y darle la espalda a la pareja.
La había perdido y no sabía hasta qué punto podía volver a recuperarla.
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Las voces provenientes del exterior lograron despertarla. Era la primera de las cuatros noches que lograba dormir de corrido y sin ninguna emergencia que necesitaría sí o sí su presencia para ser solucionada.
Las voces fueron en aumento, hasta transformarse en verdaderos gritos que amenazan con despertar a toda la aldea, si es que ya no lo habían hecho.
Terminó de levantarse sin verse en la necesidad de cambiarse, era tanto el cansancio que sentía que se había acostado sobre su bolsa de dormir, luego de hacerse un lugar para no molestar a Shipou, vestida con la ropa de sacerdotisa que llevaba puesta.
Sango tampoco estaba, pero le llamó la atención no encontrar al pequeño zorro de cabellera rojiza durmiendo junto a ella.
Las voces de verdadero enfado y molestia iban en aumento mientras se encaminaban hacia una de las casas en la que nunca había reparado. No recordaba haber entrado nunca, o que alguno de sus amigos la ocupara.
Cuando corrió la esterilla se percató de que eran demasiadas personas dentro del pequeño y caldeado lugar.
—¡Es suficiente! —exclamó en un todo de voz alto ganándose las miradas de todos, incluso la de la propia Kikyo que se encontraba a solo unos pasos de ella pegada casi al cuerpo de Inuyasha—. ¿Acaso estos últimos días que pasamos no les ha enseñado nada?
—Lo siento, Kagome —se disculpó Kouga verdaderamente—. Tienes razón.
Kagome clavó fijamente la vista en el otro responsable del alboroto a plena mañana. Verlo tan pegado a Kikyo le molesto bastante, era refregarle en la cara una y otra vez todas las salidas furtivas que había tenía con ella a lo largo de estos tres años; más aún la gota que derramó el vaso de su paciencia.
Inuyasha se disculpó a su manera, como era de esperarse. Luego tomó asiento en el que supuso debía haber sido hasta que el altercado con Kouga lo hubiera puesto a la defensiva. Kikyo le siguió sentándose a su lado como si fuera su propia sombra.
Ella se abrió paso, pasando a Ginta y Hakkaku, hasta poder llegar del otro lado de Kouga y también tomar asiento. Sango que se encontraba a su lado, de cara a la puerta igual que el monje Miroku, le sonrió levemente a modo de disculpar por no haberla despertado. Shipou se encontraba en el regazo de ésta, con los ojos bien abiertos.
—¿Qué sucede? —inquieró calmada nuevamente, fijando su mirada en Miroku. Quería estar informada sobre el tema, ella también era una parte importante de todo ésto.
El monje carraspeó, le dio una larga mirada al youkai lobo y luego la volvió a posar en la sacerdotisa
—El joven Kouga cree que es mejor prescindir de sus compañeros —explicó con lentitud—, pero Inuyasha cree que es una locura dada las circunstancias que estamos atravesando.
—Nosotros queremos participar, señora Kagome.
—No lo creo conveniente, Ginta —lo miró a él y luego a su compañero de tantas hazañas—. Estoy de acuerdo con Kouga.
El interpelado la miró sorprendido por su voto de confianza. Hakkaku quiso hablar pero sus labios se cerraron y abrieron repetidas veces sin llegar a decir nada.
Kikyo frunció los labios y clavó su fría mirada en ella.
—Eres aun una niña sin experiencia que no sabe lo que dice —siseó con aspereza sin importarle lo que el resto pudiera llegar a decirle—; asentirías a cualquier cosa que ese youkai digiera. La que no eres consciente de lo que pasó eres tú.
Kagome apretó los puños fuertemente. ¡Esto era el colmo! Ella no sería más el hazmerreír de Kikyo, no la vería como su Némesis. Ya no era una niña, ahora podía defenderse por sí misma.
—¿Me lo dice una persona que no derramo ni una sola lágrima el día de la muerte de su hermana? —su voz fue tajante, más afilada aún que un cuchillo. Internamente se regodeó en la expresión de perplejidad y cólera de Kikyo. Sí, ella por fin después de tanto estaba defendiéndose—. No pienso llevar a la muerte a más gente inocente. No me importa lo que tú pienses o lo que ellos mismos crean —nuevamente volteó a ver a ambos youkais—, ya han hecho demasiado por nosotros y por esta aldea. Quedan al margen de ésto tal como Kouga se los dijo.
—¡¿Por qué demonios siempre lo defiendes? —explotó Inuyasha reincorporándose nuevamente, haciendo que ella también se levantara para ponerse a su altura—¡Oh, se me olvida que ahora estás con él!
Kagome avanzó medio paso, siendo retenida al instante por Kouga que también se había levantado y ahora la sujetaba. Inuyasja observó el agarre familiar apretando los puños y clavando sus propias garras en las palmas.
El resto sintió la tensión en el ambiente, mayor que la anterior; optando también por ponerse de pie por si algo explotaba.
—¡Deja de ser por una vez irracional! —gritó, igualando su tono de voz e inclinado su torso hacia adelante. Era lo único que podía hacer ya que Kouga la había aferrado fuertemente de la cintura para evitar que se abalanzara contra Inuyasha—. ¡¿Deseas ver morir a más gente de la necesaria?
—¡Si es por eso tú también podrías morir!
Ella no supo que responder a su afirmación gritada a viva voz. Notó como poco a poco el agarre de Kouga disminuía pero igual seguía a su lado por cualquier cosa. Frente a ella Inuyasha se relajó, bajando sus hombros y metiendo las manos dentro de las mangas de su haori. Aún el ambiente era tenso.
—Estoy implicada en esto tanto o más que tú, Inuyasha —su voz fue suave, casi en un susurro; apaciguando un poco más la tensión en el ambiente—. Soy la responsable de que la perla se haya fragmentado. No puedo darle la espalda a lo que yo misma provoque. ¿Acaso olvidas las veces que me lo has dicho?
Mentalmente el hanyou se maldijo, sintió como si un puño se estrellara contra su rostro. Tantas veces se lo había repetido a lo largo de estos años que ahora todo lo que una vez provocó en ella le era devuelto con mayor intensidad.
No había querido decírselo, ni tampoco haberle causado daño; aunque en ambas cosas había fracasado.
—¿Se sabe algo sobre Naraku? —intentó Kagome cambiar el tema dándole una última mirada al rostro del hanyou.
—No hay rastro de él, señora Kagome —respondió Hakkaku—. En estos días hemos inspeccionado la zona repetidas veces, pero no se siente su presencia por los alrededores.
—¿Eso quiere decir que podría estar lejos de aquí?
—Es lo más seguro —agregó la exterminadora tomando por primera vez la palabra desde que la reunión había comenzado—. Está ocultando su presencia, es su forma de actuar.
—Hay que buscar el último fragmento, con o sin él Naraku vendrá a nosotros —las facciones de Miroku se endurecieron levemente—. La única ventaja que tenemos es que si damos con él podremos atraer a Naraku hacia nosotros, de esa forma no implicaríamos más vidas.
—El monje tiene razón, es la única posibilidad que hay. Por lo menos estaremos prevenidos si logramos encontrar el fragmento nosotros primero. Cuenten conmigo para la búsqueda, pero ustedes… —el youkai le dio una larga mirada a sus compañeros—, quedan completamente al margen de ésto.
Ginta y Hakkaku no replicaron, pero en sus facciones se notaba el desacuerdo hacia las palabras de su líder. Igualmente, pese a ellos mismos, tenían que obedecer.
—¿Y si Naraku decide atacar la aldea nuevamente cuando ya no estemos? —inquirió preocupado Shipou aún desde el regazo de la exterminadora.
Por un momento todos los presentes se miraron en silencio.
—Ya que Ginta y Hakkaku quieren ayudar… —caviló Kagome un momento—, podrían quedarse para cuidar de la aldea. Serían útiles y correrían el mínimo riesgo.
—Bien pensado, señorita Kagome —sonrió el monje—. ¿Qué dice joven Kouga?
—Que queden al cuidado de los humanos de la aldea.
Levemente los rostros de los youkais mencionados mostraron conformidad, tal vez no batallarían al lado de su líder pero por lo menos serían útiles de alguna forma; además los aldeanos ya estaban acostumbrados a su presencia, así que no se verían implicados en ningún problema futuro.
—Prescindiremos de tus servicios, Kagome —la voz monocorde de la sacerdotisa no muerta interrumpió el momentáneo silencio que se había producido—. Ahora que me he unido al grupo no es necesaria tu presencia para rastrear los fragmentos. Regresa a tu tiempo.
Sango se mordió la lengua para no responder. Inuyasha había traído de buenas a primeras y sin explicación alguna a su antiguo amor, ella se había unido al grupo porque él se los había impuesto, no por ellos lo desearan. Miroku a su lado frunció el entrecejo, también conteniéndose para no hablar. Lo peor de todo es que el hanyou ni siquiera había soltado aún una palabra para ponerla en su lugar.
—No pienso poner un pie fuera de este lugar, Kikyo —ambas se miraron con recelo. El vaso de su paciencia estaba volviéndose a colmar—. Si mi presencia te incomoda tendrás que soportarla o bien puedes irte, yo por lo menos no te detendré.
—¿Estas retándome?
Kagome sonrió ante la pregunta de su contrincante.
—Sólo te estoy sugiriendo, tú puedes hacer lo que quieras.
De pronto, el aparente tranquilo lugar, se convirtió en un caos. Un gruñido gutural escapo de la garganta de Inuyasha, mostrando levemente los colmillos e interponiéndose entre Kagome y Kikyo. Sango, con Shipou en sus brazos, se tambaleó hacia atrás al ver el repentino movimiento del hanyou. Miroku y Kouga flanquearon a Inuyasha en un abrir y cerrar de ojos, sujetándolo fuertemente desde el haori. Cada uno agarrándolo de un brazo.
Kagome jadeó casi sin aliento, producto del brusco movimiento que realizó el hanyou para apartarla de Kikyo hasta chocar su espalda contra la pared tras ella. En ese momento se percató del cambio de energía que el cuerpo de la sacerdotisa, que hasta dos segundos había estado frente a ella, emanaba.
Inuyasha volvió a gruñir, más fuerte que la vez anterior. Kikyo lo observó con el rostro impávido, mostraban la frialdad y el descontento en sus oscuros ojos.
—Contrólate, Inuyasha —Miroku tiró de él, pero su amigo era equivalente a intentar mover una roca de gran tamaño—. Contrólate.
—¡No! —gruñó en advertencia el hanyou observando los ojos de la sacerdotisa frente a él—. Kikyo…
La voz gutural de Inuyasha provocó que la piel de Kagome se erizara, no recordaba haberlo escuchado de esa forma; mucho menos entendía aquella forma de dirigirse hacia su encarnación. Por sobre el hombro de Inuyasha puedo observar la aspereza en los ojos de Kikyo, una frialdad que nunca había notado en ella. Kikyo la observó, pero un gruñido mucho más fiero y amenazante que escapó por los labios del semi-demonio hizo que volviera a observarlo a él antes de desaparecer por la puerta sin pronunciar palabra.
Kagome vio como la tensión en el cuerpo del hanyou disminuía. Miroku y Kouga decidieron soltarlo pero aún permanecían cerca de él fijando toda su atención.
—Inuyasha… —lo llamó Kagome cuando lo vio girarse para seguir los pasos de Kikyo.
La miko volvió a quedarse sin aliento al contemplar los ojos casi rojos y las marcas en las mejillas de color morado en el rostro del hanyou. Inuyasha miró levemente el suelo bajo sus pies antes de salir dejando a todos los presentes totalmente consternados.
No cabía duda que el semi-demonio mostraba los primeros síntomas de su transformación de youkai.
Miroku sintió claramente la estela de energía que su amigo había dejado en el pequeño ambiente. Las palabras de Kaede resonaron en su mente, comprendiendo por fin que el motivo de la sacerdotisa Kikyo en la aldea era otro, sobre todo el motivo de por qué Inuyasha la había traído.
Los ojos celestes del monje se posaron en la sacerdotisa del futuro. Si algo de todo ésto quedaba en claro era que el hanyou la estaba protegiendo pero ¿de qué?
¿Qué había arrojado a Inuyasha a traer a la miko Kikyo a la aldea?
¿Qué era?... ¿Qué?
Continuara...
Hi, aquí reportándome. Antes de empezar, y aunque ya agradecí en el fic correspondiente, gracias por los reviews en los drabbles XD. Ahora si, volviendo de lleno a este, tengo que dar gracias dobles; no solo por los reviews recibidos sino también por las palabras de apoyo. Quiero aclarar para algunos que lo expuse en el capítulo anterior solo fue mi opinión y a pesar de que varios puntos de se ven reflejados en este fic no quiere decir que puedaseguir fielmente lo que dije; pero si estoy abierta a las ideas que surgen en mi mente y le dan un poco de color a esta historia. Por mi parte no voy a hacer mas opiniones con respecto al tema, creo que deje bien en claro lo que pienso y vuelvo a repetir que no era mi intención hacer un debate ni ofender a nadie. Vuelvo a pedir disculpas si alguien se sintió ofendido.
Tengo que admitir que este cap lo hice casi paralelamente al anterior. Mi musa volvió para darme dos capítulos bastante potables y poder escribir lo que quería explicar en ellos. Se que hay dudas que aun no están resultas y poco a poco voy a ir desmenuzando todo este problema. No puedo afirmar cien por cierto que estamos palpando el final porque lamentablemente estoy sujeta a mi inspiración, pero ya estamos en la recta...eso creo XD.
Gracias enormemente por las alertas y comentarios de los nuevos y viejos lectores, valoro demasiado cada reviews y los atesoro. Gracias también a los se toman la molestia de leer esta locura, como las otras, que surgen de mi mente.
Dicho todo lo que queria decir XP, no estamos leyendo. Cuidence mucho. Besos
PD: Mi brujita estas en todos lados jeje. Me sorprendió lo largo del review y mas tus palabras tan lindas amiga n.n
Lis
