Capitulo XIV

El agua de la cascada mojaba su cuerpo y las ropas de sacerdotisa que llevaba puesta. Volvió a concentrarse en el pausado y tranquilo respirar. La tenue calidez de su cuerpo le era embriagadora, y las horas que llevaba bajo el flujo continuo de agua parecía no sentirlas. Sus palmas se encontraban juntas y estiradas en forma de rezo.

Abrió los ojos con pesadez, como si estuviera levantando los parpados por primera vez en el día luego de una noche de sueño. Un tenue cosquilleo se extendió por su cuerpo antes de que separada sus palmas y dejara fluir la energía.

La sintió tan cálida y reconfrontarte que quiso envolverse en ella misma, y de hecho estaba envuelta brindándole protección.

Ya no sentía el agua caer sobre su cuerpo.

Era una especie de barrera espiritual, pero a su vez aquella berrera le estaba transmitiendo la tranquilidad del entorno. Se sentía extremadamente relajada. Le resultaba tan extraño sentirse de esa forma, y mucho más en aquel momento.

Su cuerpo perdió calidez, y el frío le comenzó a calar los huesos. No sabía cuántas horas había permanecido en la misma posición y en el mismo lugar.

La puntada de dolor en su pecho fue lo suficientemente fuerte para que su mente reviviera las pasadas semanas, las semanas que se habían transformado en meses.

El agua volvió a caer sobre su cuerpo azotándola.

Se abrazó a su misma casi con desesperación, conteniendo lo mejor que podía el sollozo que quería escapársele. Aún aquella herida no quería cerrarse.

«Inuyasha»

Unos fuertes brazos la envolvieron rodeando su cintura con cuidado pero con precisión. La pequeña sensación de vértigo en su vientre la invadió un momento cuando sus pies ya no pisaban el suelo.

El youkai la dejó con extremo cuidado de pie, pero no se atrevió del todo a soltarla. No estaba pretejiendo el cuerpo de la sacerdotisa, estaba de alguna forma pretejiendo y calmando la vorágine de sus sentimientos.

Tantos meses a su lado le habían enseñado a tratar con ella. Iba a permanecer con Kagome hasta que ella lo decidiera conveniente.

—Gracias, Kouga —murmuró contra su pecho poco a poco volviendo a calmarse.

Los brazos del hombre la ciñeron un poco más fuerte para brindarle confort. No podía evitar encontrarse preocupado por ella, pero más allá de todo no podía evitar sentirse asustado. Era él, ahora el guardián de la sacerdotisa pese a las miradas recelosas que el hanyou le daba. Inuyasha había elegido y consecuentemente Kagome se vio en la obligación de elegir también.

Se sentía impotente por no saber cómo aminorar y calmar su dolor, por arrancar finalmente del corazón de la mujer el amor que sentía por aquella tonta bestia. La mente de la miko vivía en constante batalla gracias a sus sentimientos enfrentados y la obligación de tener que presenciar a la sacerdotisa no muerta junto al semi-demonio.

—¿Algún día se terminara todo esto?

La pregunta ya no causaba el mismo efecto en él, ya no le causaba sorpresa. Llevó una de sus manos a la base de la cabeza de la miko y la deslizó con cuidado sobre la suave melena intentando que su mente no formara la respuesta a esa pregunta, una respuesta que le sabia tan amarga.

La joven sonrió internamente hundiendo aún más el rostro en el pecho masculino. Su cariño por Kouga se había gradualmente intensificado con el correr de los días, y con el mismo correr el dolor menguaba poco a poco al encontrar algo de luz en la oscuridad de sus emociones.

Lo amaba, ahora lo sabia; aunque no con la misma intensidad con que amaba a Inuyasha.

—Necesitas descansar, te encuentras agotada.

Suspiró resignada separándose de su pecho y del abrazo. Caminó unos cuantos pasos para sentarse sobre las raíces de un viejo árbol. No estaba preocupada por sus ropas mojadas, en este momento era lo que menos le importaba.

Giró el rostro para contemplar el serio perfil del youkai que observaba hacia el horizonte. Igual que ella podía sentirlo.

Faltaba poco, muy poco.

Su mano derecha sujetó por sobre la tela del kasode que la cubría la especie de rosario que rodeaba su cuello y donde era sostenido los fragmentos de Shikon que tenían en su haber, incluido el último fragmento.

Hacía un mes que estaba bajo su poder. Obtenerlo les había costado mucho más de lo que imaginaban, e incluso al darse cuenta que Naraku no se había hecho presente en aquel campo de batalla.

No pudo evitar sonreír tristemente al saber el motivo.

Ella se encontraba lista, su entrenamiento había concluido hacia dos meses exactamente el día de hoy. No se daría por vencida sin pelear. La vida de cientos de personas se encontraba en sus manos.

Los parpados comenzaron a pesarle, Kouga tenía razón; se encontraba completamente agotada.

Apretó fuertemente el fragmento en su mano y cerró finalmente los ojos, dispuesta a descansar solamente un poco.

Kagome se reincorporó sobresaltada luego de darle una silenciosa y rápida mirada al hombre que se encontraba a su lado. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal mientras la presencia maligna en el ambiente que los rodeaba a ambos se hacia cada vez mas fuerte.

Algo andaba mal.

El youkai rápidamente la cargo sobre su espalda sin perder más tiempo. Se interno en la espesura del bosque corriendo a toda velocidad y sujetando con firmeza a la mujer sobre él.

Era imposible que ambos no se hubieran percatado con anterioridad de la presencia que se cernía.

—Apresúrate, por favor.

El pavor estaba inundando la mente de la miko y no la hacia pensar con claridad. El campamento no se encontraba tan lejos de donde Kouga y ella estaban.

El youkai se detuvo en seco al escuchar el grito de la exterminadora, afortunadamente Kagome era humana.

—¿Qué sucede? —inquirió con desesperación cuando el youkai se detuvo en seco—. ¡Kouga!

Abruptamente la miko se vio en el piso al ser tirada sin nada de delicadeza por el demonio. Se reincorporó de un salto para gritarle que no era momento de juegos cuando podía sentir como todos se encontraban en peligro, excepto Shippo que estaba en la aldea de la anciana Kaede.

Kouga la sujetó fuertemente de uno de sus ante brazos y con la mano libre le arrancó de un tiron la cadena que sostenía los fragmento de shikon.

—Lo siento, Kagome. No voy a permitir que mueras.

Volvió a ejercer presión en el ante brazo de la miko esta vez para disminuir la distancia entre el cuerpo femenino y el suyo.

Era una improvisada decisión pero ya estaba tomada.

La boca de Kouga se cerró sobre la de Kagome en un beso corto pero efusivo.

—Espero que puedas perdonarme —murmuró cuando se separo unos escasos centímetros de ella. La sacerdotisa lo observo con ojos desorbitados y él hizo la presión necesaria en la región del cuerpo de la mujer donde automáticamente la dejaría inconsciente—. Lo lamento tanto, pero no puedo, no puedo.

No podía permitir que ese despreciable ser le hiciera daño.

Ocultó lo mejor que pudo el cuerpo de la miko antes de ponerse en marcha hacia el lugar de la ultima batalla.

Naraku no se quedaría de brazos cruzados, pero él no le serviría en bandeja la vida de la sacerdotisa.

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Inuyasha se reincorporó apretando fuertemente la mandíbula para no dejar exclamar ningún sonido que delatara su dolor.

—Inuyasha.

Escuchó la voz de Kikyo llamándolo mientras terminaba de ponerse de pie por completo. La observó un momento a su lado con el arco tensado dispuesta a disparar la siguiente saeta al ser que se había hecho presente de improvisto tomándolos por sorpresa.

Kikyo ya no era la sacerdotisa de antaño, ni siquiera la sacerdotisa que recién era cuando había resucitado.

Estaba débil, completamente débil.

La escuchaba jadear con dificultada aunque intentaba mantener una postura de batalla desafiante y amedrentadora.

Naraku se encontraba inmóvil, esperando el próximo movimiento, con una semi-sonrisa en el rostro y aquellos ojos llenos de una maléfica alegría. El hanyou iba hacer un obstáculo difícil de vencer, pero no imposible. Ya había esperado lo suficiente y el preciado tesoro que él buscaba estaba listo aunque… ¿Dónde estaba?

El sorpresivo ataque de la exterminadora lo tomó por sorpresa, aunque no le fue difícil repelerlo e incluso dañarla al hacerlo.

—¡Maldita seas, Naraku!

—¡Atácame, hanyou! ¡Se que puedes hacerlo mejor!

Iba a jugar como títeres con ellos mientras esperaba lo que verdaderamente deseaba.

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«Levántate ahora»

Aún se encontraba en un estado de semi-conciencia, su cuerpo no reaccionaba a las demandas ni a los reclamos que su mente le ordenaba.

«Ellos te necesitan»

Era su voz, pero la voz de su subconsciente que intentaba a la fuerza abrirse paso y resonar en las paredes de su mente.

«¡Ahora!»

Su yo interno gritaba con desesperación. Intentó alzar los parpados pero ellos parecieron querer no seguir obedeciéndole. Era completamente desesperante.

«Los matara»

Fugazmente un rayo de luz surcó su mente mostrándole el rostro de cada uno de sus compañeros, incluso de aquellas personas que habían perdido la vida a lo largo de esos años.

Su voz se acopló al grito que emitía su subconsciente logrando por fin que las ordenes de su cerebro sean respondidas por su cuerpo.

Jadeó en busca de aire agitadamente reincorporando la compostura. Por un momento se sintió completamente confundía y desorientada, más aún al observar las hojas que la cubrían casi de pies a cabeza.

El rostro del youkai lobo fue lo primero que recordó.

Con desesperación llevó la mano hacia su cuello comprando que efectivamente ya no poseía el collar que sostenía los fragmentos. ¡No podía ser posible!

Kouga se los había arrebatado.

Quiso llorar ante la desesperación que la embargaba fuertemente, pero no era momento para ello. Todos se encontraban en grabe peligro, y mucho más aquel inconsciente demonio. ¡¿Es que acaso no media el limites de sus actos?

«—Lo siento, Kagome. No voy a permitir que mueras.»

El corazón se le oprimió de dolor y angustia el recordar aquellas palabras dichas con tanta sinceridad y desesperación… Al recordar aquel beso.

Una lágrima rodó por su mejilla sintiéndose pequeña e impotente. La sacerdotisa protectora de la perla no era nada más que una farsa y una mentira.

Solo era una niña asustadiza.

Sin evocarlo, el rostro de Kaede apareció en su mente. Aquella valiente anciana miko que había confiado plenamente en ella y la instruyo en el manejo de sus poderes. No era por ser la reencarnación de Kikyo, sino era por ser Kagome.

Se juro así misma no volver a ser aquella pequeña, y no iba a volver a serlo nunca mas.

Con determinación se reincorporó, levemente mareada por un momento por el rápido movimiento que había hecho.

La tierra se movió, aunque leve, bajo sus pies. Ellos estaban luchando por un segundo de vida más mientras ella un se encontraba sin hacer nada.

Desgraciadamente su velocidad para llegar al campo de batalla no se compararía con la de Inuyasha o Kouga, pero no importaba.

Al final de cuentas Naraku la quería a ella, y a ella tendría.

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El youkai logro esquivar el ataque aterrizando sonoramente y con rudeza sobre el duro suelo de tierra. No sabía cuánto más podría soportar.

Los fragmentos colgaban de su cuello brillantes y a la espera de que tarde o temprano sean arrebatados junto a su vida por protegerlos.

Una nueva flecha espiritual fue disparada con precisión hacia la barrera que protegía a Naraku de cualquier ataque.

—¡Ahora!

La voz de la miko no muerta hizo que Inuyasha blandiera su espada y que él se preparada también para atacar.

Una segadora luz envolvió el lugar cuando los tres poderes combinados hicieron contacto con la barrera. Ni siquiera un ser como Naraku podría resistirlo.

El sonido del impacto los aturdió un momento al igual que el temblor producido. La tierra se alzó ante sus ojos obligándolos a cubrirse de los efectos del ataque.

Kouga observó la cortina de polvo frente a ellos, no sentía movimiento alguno. Volvió a enderezarse lentamente sin bajar la guardia. Caminó un paso dubitativo hacia delante.

—¡Cuidado!

Los pulmones le ardían y ni siquiera sabía cómo había sido capaz de gritar aquello cuando el aire parecía no entrar en su sistema. La garganta la sentía reseca y su voz fue un sonido lastimoso y ronco que logro herir sus propios oídos.

La energía parecía escapársele del cuerpo por cara uno de los poros de la piel y las fuerzas comenzaban a fallarle. No sabía por cuánto tiempo más soportaría mantenerse erguida, aun así, su cuerpo actúo de forma involuntaria.

No supo comprender cómo logro llegar a tiempo así él, mucho menos antes de que el potente contraataque de Naraku impactara de lleno contra el cuerpo del hombre.

La barrera espiritual que había logrado crear fue lo suficientemente fuerte como para repeler el ataque.

Sentía que estaba a punto de desvanecerse, algo o alguien estaba arrebatándole la energía.

Jadeó dos veces, pegándose gran parte de su espeso flequillo en la frente. La piel se le erizó cuando contemplo, aún a través de la cortina de humo, los ojos escarlata de su peor enemigo.

Una rápida mirada hacia su costado le hizo comprender que estaban en desventaja. Los únicos que permanecían aún de pie eran Inuyasha, Kouga y ella.

Sango y Miroku estaban inconscientes y heridos de gravedad, lo notaba. Kirara, también.

Los ojos de ambas sacerdotisas se encontraron, despertando aquello escondido en el cuerpo de Kagome.

—Es hora —murmuró Kikyo, logrando que el hanyou que la mantenía sujeta prestara brevemente atención en ella.

La miko no muerta cerró por un momento los ojos cuando experimento, como hacia un poco más de cincuenta años, el latido de su corazón.

—Kagome.

La joven observó sobre su hombro al escuchar la voz detrás de ella llamándola. Sonrió levemente mientras se reincorporaba dejando por un momento su trabajo de recolectar hierbas.

El rostro contraído del youkai lobo borro abruptamente su sonrisa del rostro.

—¿Sucede algo, Kouga? —preguntó preocupada girando sobre sus talones. Jamás había notado ese semblante en él.

Los ojos celestres escrutaban sus facciones con enojo, pero también, con tristeza. ¿Qué ocurría?

—Sé absolutamente todo —dijo monocorde—, lo que intentas ocultar, Kagome.

La sacerdotisa descorrió el rostro, sin atreverse a poder soportar por un segundo más la mirada de su acompañante. Ella no quería que él se enterara, que nadie se enterara; por lo menos no de aquella manera.

—¿Algún día se terminara todo esto? —indagó quedamente mientras la opresión en su pecho crecía.

Los rayos de sol estaban comenzando a ocultarse, era una bella puesta.

—Aún podemos hacer algo.

Ella se sintió feliz, por un momento el optimismo en la voz masculina la hizo creer en una efímera esperanza.

—Puede que así sea —volteó a verlo nuevamente—, pero él me necesita, y sino me tiene jamás podrá manipular la perla.

Los ojos de Kikyo volvieron a abrirse mientras el aura violácea cubría por completo el cuerpo de Kagome.

La verdadera batalla había comenzado.


¡Parí éste capítulo!

No me alcansaría ni dos años para terminar de pedirles pendón por la demora. Nunca me había pasado en tardarme tanto en subir un nuevo cáp, pero como dicen, siempre hay una primera vez para todo. Les agradezco enormemente por el apoyo, las alertas, los reviews y sobre todo... por aguantar la espera. Se que algunos esperaban con ansias al capítulo, pero la inspiración no quería cooperar cuando se trataba de éste fic. Como una vez dije, costara lo que costara terminaría la historia, así me demorara meses.

Bueno, lamento decirles que Goodbye se termina en el próximo capítulo, por lo menos ese es mi pensamiento hoy (Si es que logro plasmar todo lo que quiero) si no es así les aviso que solo quedarían dos cáp. Creo definitivamente que el capítulo que viene voy a poder darle un cierre.

Gracias nuevamente, y disculpen por la tardanza.

Saludos.

Lis-Sama