Capitulo XV
El día era soleado, aunque por momento ventoso.
Los ligeros cambios que producía el clima eran fáciles de descubrir para él. No tenía que esperar a ver el cielo encapotado para saber que pronto se avecinaría una tormenta, o aguardar hasta el amanecer para afirmar que seria un caluroso día.
Sus sentidos desarrollados lo hacían un detector de clima viviente.
Llevando un caminar recto con las manos dentro de las mangas del haori contempló levemente los campos de cultivo, a esa hora, siendo trabajado por sus dueños.
Siguió su camino colina abajo sin molestarse por acelerar el paso.
Asintió levemente con la cabeza en respuesta a los saludos de bienvenida hechos por los aldeanos que, dejando por un momento su labor en la cosecha, se acercaban hasta él para brindarle su afecto en aquel gesto tan simple.
Era extraño ver que los humanos lo aceptaran a pesar de la mezcla que llevaba en su sangre. Los hombres y las mujeres no le temían, y los niños muchas veces habían querido acercarse a él para que les narrara las historias de sus batallas.
Para ellos era como un aldeano más en la aldea… Otro humano.
Aun, bastante lejos de donde se encontraba, la voz de una pareja discutiendo llego a sus oídos. Frunció el entrecejo extrañado de escuchar a la mujer hablándole en ese tono de voz a quien se suponía sería su futuro esposo.
Si bien, en el pasado ambos habían tenido fugaces peleas por el comportamiento nada caballeroso del hombre, jamás se había atrevido a levantar más de la cuenta la voz.
No comprendía esta vez el porqué de la reacción de ella.
Cuando a lo lejos pudo divisar la cabaña de donde prevenía las voces, el inconfundible sonido de una bofetada hizo que se detuviera un momento en medio del camino.
Clavó los ojos en la entrada de la misma justo cuando un femenino cuerpo cruzaba la puerta hacia el exterior con la cabeza en alto, los brazos pegados al lado del cuerpo y las manos cerradas en forma de puños.
Estaba furiosa, y no solo podía saberlo por el aroma que desprendía su cuerpo, sino también por el caminar raudo.
Segundos después, una nueva figura cruzó la puerta tratando de seguir a tropezones a la mujer. Cubría su mejilla izquierda con una de sus manos y mantenía estirado el brazo derecho tratando de sujetar el aire que había alrededor como si se tratara de su futura esposa.
El hombre la llamó dos veces con voz suplicante, pero ella nunca se detuvo ni siquiera a mirar hacia atrás.
Sonrío levemente al oír los siseos de la mujer en sus oídos, hasta que dejo de escucharlos completamente.
Vio como el hombre suspiraba cansadamente mientras bajaba los hombros.
—¡Miroku! —le gritó sin poder contenerse.
Éste se sobresaltó un poco y buscó rápidamente con la mirada el lugar de donde provenía la voz. Unos metros mas allá, y detrás de una pareja de mujeres que venían cargando a sus hijos en la espalda para poder llevar sin trabajo un cesto de mimbre en sus brazos donde diferentes tipos de frutas se dejaban ver, estaba parado su compañero de tantas batallas.
Pestañó varias veces pensando que tal vez su visión lo estaba engañando, o tal vez, algún demonio había decidido usurpar su lugar.
La postura arrogante y desafiante, aunque con la leve sonrisa en el rostro, era algo que ningún otro youkai podría copiar.
—¡Inuyasha! —respondió, alzando su brazo por sobre su cabeza y moviendo de lado a lado la mano.
Hacia un mes que el paradero del hanyou era desconocido, se había marchado sin dar más explicaciones que un adiós y la promesa de regresar. Su futura esposa sintió que la perdida de otra persona del grupo era demasiado para ella, a pesar de haberlo persuadido para que hablara con el semi-demonio fue inevitable que éste no se marchara.
La decisión estaba tomada y no iba a dar marcha atrás.
—Que alegría volver a verte, Inuyasha —expresó verdaderamente cuando el hanyou llego hasta donde él se encontraba—. La boda será en unas pocas semanas…
—Si es que Sango aún quiere casarse contigo —comentó con un tinte burlón, logrando inmediatamente que la alegría del monje se desvaneciera.
Se rió de buena gana.
—Discúlpame sino le encuentro gracia a tus palabras —farfabulló juntando ambas cejas—. Que mi querida Sango no desee casarse conmigo es un tema muy serio.
—Feh, no lo dudo.
Se quedaron en silencio, sin saber nada más que decirse. En el último tiempo habían aprendido a valorar aquellas pausas y dejarlas de encontrar incomodas, mucho más ahora. Miroku tenía deseos de hablar, de indagar sobre la vida del hanyou lejos de la aldea por un mes.
Poco a poco estaban acostumbrándose a la nueva vida que ahora llevaban, lejos de aquella búsqueda sin fin a través de la basta región. Estaban superándose día a día, donde los dolores solo eran parte del pasado.
Aun así, había cosas que jamás ninguno lograría olvidar.
—Donde siempre… ¿No es así? —indagó con voz ronca el hanyou.
—Así es, ella esta donde siempre.
El monje no emitió otra palabra cuando lo vio voltear y dirigirse hacia aquel lugar. Solo esperaba que su amigo encontrara la paz que tanto buscaba.
Lamentablemente existía una solo persona capaz de devolvérsela… la misma que ya no se encontraba.
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Estrujó con ambas manos el último mechón de cabello, dejando luego que la naturaleza se hiciera cargo para terminar de secarlo por completo.
Prefirió dejarlo libre, suelto; como siempre lo había llevado.
—¡Miko-Sama!
Una pequeña de no mas de siete años de edad, con el cabello despeinado y las mejillas arrodaladas; corría hacia ella con la agilidad que le era permitida.
Se inclinó para estar a su altura, y la tomó por los hombros cuando la niña llegó por fin hacia ella.
—¿Qué sucede? —inquirió alarmada al comprobar el estado de la pequeña, gravemente deteriorado por la larga carrera que seguro había realizado.
—Rápido, rápido —la niña tiró de la manga del blanco kasode tratando de arrastrar a la sacerdotisa. Señaló el camino por el que había venido con una de sus manos—. No deje que nos atrape.
Alarmada tomó rápidamente el arco que había dejado casi a la orilla del lago y lo colocó sobre su hombro.
—Rápido, rápido —volvió a repetir la niña.
Sujetó la mano de la pequeña entre las suyas y ambas comenzaron a correr, ella adaptándose a la velocidad del infante, retrocediendo sobre sus propios pasos.
La aldea no quedaba a más de cinco minutos a pie del lugar donde hacia solo unos momentos se encontraba. El indicado para darse los baños de inmersión que le eran estrictamente necesarios una vez al día.
Los grandes pinos que marcaban la entrada del sendero que tomaba, en este caso la salida, fueron un alivio momentáneo.
—Ahí, ahí está —habló nuevamente la pequeña señalado con una de sus manos algo que aún no estaba dentro del campo de visión de la sacerdotisa.
Inmediatamente sus sentidos captaron en el ambiente la presencia de un youkai. Obligó, sin decir una palabra, a aumentar la velocidad de la niña.
La pequeña soltó su mano y ella aprovecho para tomar su arco con ambas manos mientras seguía el ruido de las voces de los pequeños, sobre todo una en particular.
Se posó a unos tres metros del atacante tensando su arco, pero cuando vio la escena que se desarrollaba frente a ella no supo verdaderamente como actuar.
Frunció fuertemente los labios tratando de contener la risa que querías escapársele sin permiso.
Era extraño y único que un youkai pidiera clemencia a un grupo de niños.
Un rápido movimiento por parte del atacante dejo nuevamente a los pequeños en el suelo fuera de combate. El youkai se reincorporó con astucia contemplándola fijamente.
Últimamente cada vez que observaba sus ojos y notaba aquella expresión de añoranza y felicidad mezclada, no podía evitar que un estremecimiento le recorriera la espalda dejándola por un segundo indefensa.
Reprimió fuertemente las ganas de correr hacia él y abrazarlo.
La ausencia del demonio en la aldea había sido la más larga de todas, él era su único contacto con el pasado y con los recuerdo que aún rondaban en su mente desde hacia dos años.
Hoy se cumplían exactamente dos años.
Tal vez porque ese día del año en particular la hacia conectarse con aquello que quería olvidar, pero por mas que lo intentara siempre estaría ligada de alguna forma, deseaba desesperadamente que él la estrechara en sus fuertes brazos y le diera la fortaleza que en su tiempo, y sin pedir nada a cambio, le brindo.
Solo ella podía notar las cicatrices como estigmas en el cuerpo del demonio frente a ella, aquellas marcas que gracias a su sangre, las curaciones, los meses y el sol del Sengoku habían logrado ocultar bastante.
—¿Era él quien quería atraparlos? —logró preguntar con voz calma a la niña que había ido en su busca.
Ésta se rió quedamente, formándose leves hoyuelos cerca de las comisuras de sus labios. Asintió con la cabeza algo tímida. El demonio que solía visitar la aldea siempre quería atraparlos, y ya en varias oportunidades comprobó que solo se detenía cuando veía a la sacerdotisa.
Él solo quería atraparlos porque aceptaba jugar con ellos.
La miko suspiró profundamente observando a los pequeños alrededor del youkai. Se volvió a colocar el arco sobre el hombro derecho.
La visión del demonio le resultaba irónica, en un principio lo había conocido como otro youkai sin escrúpulos que mataba a humanos y ahora, no solo estaba rodeado de ellos, sino que hasta algunas veces solía jugar con ellos.
—¿Estamos en problemas?
La chispa en los ojos de él le hizo levantar una ceja. Omitió el tamborileo de su corazón contra el pecho cuando volvió a escuchar la voz del hombre.
—No, pero tú sí —respondió rápidamente—. Es mejor que ustedes vayan con sus padres, pueden estar preocupados.
En los rostros de los niños noto la tristeza por la diversión interrumpida, pero era mejor así, además deseaba poder hablar a solas con él.
Cuando finalmente ambos quedaron solos el youkai se acerco a ella sin titubeos.
La joven sacerdotisa sintió el escozor de las lágrimas en sus ojos. Se mordió el labio inferior tratando de controlar la vorágine de emociones que la presencia masculina le producía.
—Te he extrañado demasiado, Kagome.
Y ella sintió que aquello fue el detonante.
Las lágrimas surcaban sus mejillas cuando se lanzo a sus brazos buscando la protección y calidez que él siempre había estado dispuesto a brindarle. Los masculinos brazos se cerraron con delicadeza extrema alrededor de su cintura, apretándola contra el duro pecho de él.
—Oh… —gimoteó—. Yo también te he extrañado tanto, Kouga.
Sus pequeñas manos intentaban aferrarse a la armadura que cubría el pecho del demonio lobo, volviéndolo imposible.
Volvió a llorar con fuerza. No sabría como reaccionar si se trababa de un espejismo creado por su imaginación. ¿Es que acaso la soledad había terminado por volverla loca? No se encontraba completamente sola, era la sacerdotisa protectora de la aldea; pero jamás había vuelto a ver a sus amigos.
Aunque también aquello no era del todo cierto.
Desde hacia dos años se había alejado de todos, de sus amigos, de la aldea de la anciana Kaede e incluso hasta de su propia familia. Los había vuelto a ver en pocas oportunidades, y pensaba que era lo mejor a final de cuentas.
Ahora, toda estaba en perfecto equilibrio.
Sonrió contra su pecho y se separó de él cuando pudo calmarse. Kouga la contempló con una cálida sonrisa, la misma que desde siempre le había regalado.
—Lo siento. De verdad —murmuró intentado excusarse por su comportamiento—. Me deje llevar.
Kouga soltó su cintura para poder tomar las manos de la mujer.
—Tengo pensado ausentarme más tiempo si cada vez que regreso a verte me recibes de ese modo.
Kagome lo fulminó con la mirada mientras rompía por completo su contacto físico con él. Se llevó una mano a la cadera.
—Eres libre de hacerlo, pero atente a las consecuencias.
El youkai se rió abiertamente, la joven frunció el ceño por un momento antes de plegarse ella también a la risa de su acompañante. ¿Hacia cuánto que no se reía con aquella libertad?
Volvió a abrazarse a él tomándolo por sorpresa. Su compañía le había hecho demasiada falta, tanto que hasta le dolía el alma.
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Con extremo cuidado coloco las flores sobre la tumba. Sonrío con melancolía contemplando el cielo limpio y claro.
Como cada mes, le había llevando un ramillete de flores de campanilla.
«Kikyo»
Rezó una silenciosa plegaria por su encarnación, pidiendo por su descanso eterno y el de su alma. Deseaba fervientemente que hubiera podido encontrar la paz que tanto ella ansiaba.
Se reincorporó con cuidado sintiendo la mirada de Kouga sobre ella. Jamás el youkai se había acercado a la tumba de Kikyo..
Los recuerdos a ella también la abrumaban, pero había sabido dejar las cosas en el pasado; que era su lugar correspondiente.
Contempló por última vez el lugar terrenal donde su encarnación descansaba con una tierna sonrisa de gratitud y comprensión. Sí, la comprendía; aunque a Kouga le costara entenderlo.
Se acercó hasta el demonio a paso lento y tomó una de sus manos entre las suyas sacándolo de sus pensamientos.
—Dilo —musitó con decisión observándolo claramente. Kouga contempló por un momento la tumba de Kikyo con áspera mirada antes de volver a verla a los ojos—. Solo, dilo.
El youkai apretó la mandíbula tratando de contener su tono.
—No va a gustarte.
—No tiene que gustarme, Kouga —le aclaró dándole un suave apretón en la mano—. Aun así te escuchare de todos modos.
El demonio suspiró y Kagome agradeció que las duras facciones de su rostro volvieran a ser las de siempre.
—No comprendo cómo puedes perdonarla —su mirada se ensombreció por un momento al evocar el recuerdo de la ultima batalla aún demasiado fresco en su memoria—. Jugo contigo desde un principio
Kagome le sonrió para tranquilizarlo. Cabizbaja, se pregunto aquello que Kouga le afirmaba. Volvió a mirar al hombre cuando encontró la respuesta.
—Me necesitaba. Ella me necesitaba.
Lo vio entrecerrar los ojos.
—¿Qué?
—Jamás hubiera podido vencer a Naraku en las condiciones en las que me encontraba. Cuando nos enfrentamos a él no era la misma.
—Expusiste tu vida —le recordó—. Ella no exponía la suya.
—Claro que lo hacia. Aquella vez nos volvimos una. Una sola alma.
El youkai siseó bajo, intentando entender las razonas que ella le explicaba. Su cerebro le decía que no las necesitaba, ver como la perla y Kagome se habían vuelto una para acabar con Naraku había sido necesario. Ver como ese despreciable ser intentaba absorber a la sacerdotisa mientras él e Inuyasha no podía hacer nada para defenderla, como si una fuerza superior los manejara.
Él sabía que Naraku deseaba a Kagome, mucho más de lo que deseaba a la perla. Sin Kagome le era inservible.
Ella era la clave de todo, desde un principio siempre lo había sido.
—Todo lo que paso aquellos últimos meses fue una prueba. ¿No lo comprendes verdad? —inquirió con un tinte levemente juguetón para distender la platica—. Todo lo que sucedió me fortaleció y preparo para aquel día. Kikyo no podía acabar con él, pero yo si. Estaba viva y mi alma intacta.
—Ella…
—Ella tomo en el último momento mi lugar —explicó pausadamente—. Kikyo fue quien se llevo el alma de Naraku al infierno y purifico la perla. Al volvernos una ella tomo el lugar que me correspondía.
La mujer soltó su mano con cuidado comenzando a caminar por el mismo sendero que minutos antes habían tomado. Solo deseaba que Kouga pudiera entender un poco más a su encarnación, tal vez no con la misma compresión que ella le tenía, pero si que llegara a comprenderla.
Kikyo la había llevado por meses por un camino de sinsabores sin ella saberlo, con experiencias que deseaba no volver a repetir y recuerdos que quería olvidar.
El youkai lobo la alcanzó sin problemas sujetándola del brazo y deteniendo abruptamente su andar. Kagome lo observó sin comprender.
—Viene por ti —musitó Kouga claramente. Sonrío cuando notó la cara de perplejidad de la sacerdotisa—. Ahora eres tu la que no comprende.
Una ola de nerviosismo recorrió a la mujer, como si su cuerpo entendiera lo que su mente no. Miró hacia el frente tratando de visualizar alguna figura o sombra. No tenía un buen presentimiento.
Kouga levantó la vista y la enfocó en lo alto de una de las copas de los árboles que los rodeaba. Sonrió de una manera burlona, aunque notaba una chispa de tristeza en sus ojos.
—¡No hay terceras oportunidades! —gritó a todo pulmón—, ¡¿Comprendes, chucho?
Kagome supo que si no fuera por la mano de Kouga en su brazo se hubiera desvanecido en aquel instante.
Contuvó el aire cuando una figura difusa de color rojo caiga grácilmente a unos metros de ella y de su acompañante.
—Inuyasha —jadeó con dificultad aquel nombre que durante dos años no había vuelto a mencionar cuando él se irguió completamente delante de ella.
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Se dejó caer abruptamente sobre una de las raíces del árbol. Contempló a la feliz pareja recientemente casada desde la distancia. Ver nuevamente a sus amigos, y en aquellas circunstancias, le había provocado toda una conmoción; sin decir que por primera vez podría afirmar ver al monje Miroku sufrir un colapso nervioso al Sango demorarse más de la cuenta en llegar junto a él porque no deseaba soltarla.
Habían pasado dos largos años.
Sonrió levemente al ver a la pareja saludar a algunos aldeanos, no mentía cuando decía que la mayoría había querido hacerse presente en aquella boda tan esperada.
Le era inevitable no pensar en todo lo acontecido en los últimos dos años, pero principalmente en la última semana... en Kouga e Inuyasha.
Desde que el hanyou se había hecho presente en la aldea que ella custodiaba estando Kouga presente, verlo había sido una clara señal de la realidad a la que nunca podría escapar y aquellos sentimientos que jamás podría olvidar.
Inevitable.
A pesar de todo, poco a poco volvía a recuperar a sus afectos… su alma.
Observó el cielo por un momento y la imagen sonriente del youkai invadió completamente su mente. Él se había ganado un lugar sumamente especial en su corazón, un lugar preciado que nunca nadie reemplazaría. Él había sido tanto para ella, incluso más que un amigo… un compañero.
Kouga era su fuerza en lo momentos mas difíciles, lo había sido dos años atrás y lo continuaba siendo hasta hace solo una semana. Sabía bien, que si nada de los pasados años hubiera sucedido, el youkai no tendría la importancia y relevancia de lo que hoy significaba en su vida.
Le había costado aceptarlo y comprenderlo pero, lo amaba. Una parte de ella siempre le perteneciera a él y lo amaría; pero… siempre en las historia que leía había un pero, y esta no era la acepción.
Por más que una parte de ella amara a Kouga, por más de lo que él significara para ella; jamás logaría amarlo con la intensidad con la que continuaba amando a Inuyasha. Intuía que Kouga lo sabia, desde siempre lo sabía.
En los últimos dos años demasiadas cosas había sucedido entre ella y el hanyou, situaciones que los habían distanciado por completo y los había llevado a cometer acciones imperdonables o absurdas.
Ese fue desde un principio el designio de su encarnación. A pesar de lo doloroso que representaba todos los meses previos a la última batalla, podía finalmente comprender que sin ello jamás hubiera estado preparada.
Había crecido espiritualmente y madurado en el proceso, y a lo largo de los dos posteriores años. Si bien, en un principio, luego de la batalla huyo del lado de sus amigos y sobre todo de Inuyasha, era porque aún necesitaba comprender todo.
Había lastimado a todos, y también a sí misma; pero no se arrepentía. Kouga y su mente fueron su única compañía para lograr poco a poco entender aquello que en un inicio no era así.
El youkai había permanecido siempre a su lado, siendo el único contacto directo con su pasado. Ahora también comprendía que él la estaba cuidando, para el día que finalmente Inuyasha se decidiera ir a buscarla.
Kouga sabía que tanto ella como él estaban destinados. También su corazón, desde la primera vez que sus ojos se encontraron con el hanyou, lo sabía.
En el fondo siempre lo supo.
Bajó la mirada despacio, sonriendo en el proceso al encontrarse con aquellos inquisidores ojos dorados. Lo había lastimado.
Se reincorporó lentamente de donde se encontraba con fuerzas renovadas, como si su complejo razonamiento de hace un momento hubiera sido una noche esplendida de descanso para su cuerpo.
Aún había demasías cosas por aclarar entre ellos pero Kagome podía sentir en su alma y en su cuerpo que por fin estaba en casa.
Se acercó hasta él con pasos sinuosos, como en los viejos tiempos. Olvidando la barrera que ella misma se había impuesto para con él en la última semana y los pasados años.
No se podía escapar de lo inevitable.
Los ojos de Inuyasha se abrieron en sorpresa al sentir la cálida caricia que ella dejaba en su mejilla. Los ojos de ella brillaron con emoción contenida. El hanyou comprendió finalmente que había encontrado a su Kagome, a la mujer que él amaba ciegamente pese a todo.
La miko tomó una de sus manos entre las suyas volviéndole a sonreír antes de comenzar a caminar nuevamente hacia el grupo de personas que continuaba celebrando el acontecimiento resiente.
Las huellas del pasado jamás se borrarían y continuarían en sus recuerdos por siempre, pero ellos tendrían que aprender a superarla… juntos.
Era una promesa en silencio.
Apretó levemente la mano masculina con cariño. Su contacto le había hecho tanta falta. No pudo evitar pensar, mientras se dirigían a paso lento, en sus anhelos por olvidarlo. En cuanto había llorado y deseado arrancar el amor que sentía por Inuyasha y poder brindarse completamente a sus sentimientos por Kouga.
¿Se podía olvidar el amor? Sí, pero ella jamás podría; cuando un amor era destinado no importaba los obstáculos que se presentaran en el camino.
Y ellos estaban ligados, destinados a encontrarse y amarse sin importar las circunstancias por toda la eternidad.
Fin
Ok, después de mucho pero mucho tiempo, más de un año desde el primer cap que publique de este fic los primeros días de febrero del pasado año, y de las idas y venidas... éste es el final. Puede que algunos les guste, como puede que otros no. Tenía este final en la cabeza desde que escribí el primer cáp (Lo único que se mantuvo a lo largo del fic sin cambiar). Se que muchos, por los reviews, decían que querían que Kag y Kouga terminaran juntos (Sí, Inu no fue una persona brillante a lo largo del fic. Pero tenía su porque). Considero que es final que la historia se merecía, a pesar de lo mucho que ambos sufrieron Inuyasha y Kagome estaban destinados, y un amor así no puede separarse. Como la misma Kag dijo, hay cosas que aclarar entre ambos pero finalmente ahora pueden estar juntos; y si bien nuestro querido lobo se gano un preciado lugar en su corazón el amor que siente por Inu es incomparable.
Para los que tienen duda, este ultimo cáp esta situado dos años después del anterior; luego de la destrucción de Naraku. Iba a ser, en un principio, un flashback de la última batalla, pero considere que el dialogo de Kag y Kouga en el cap explicaba aquello en lo que quería centrarme. Kikyo no era tan mala después de todo. No siempre tiene que ser la destructora, aunque en un principio del fic aparentaba eso, pero vemos que todo formaba parte de trillado plan. Es una mujer complicada, humana o no XD
Bien, no creo que esto cuente con algún epilogo. Hasta aquí llego mi imaginación con este fic. Espero que el final les gustara, lamento si no es así y pueden decirlo con total libertad (Ustedes lo saben). Reconozco que fue el fic que mas me costo manejar hasta ahora, algunas veces sentía que se me iba de las manos y yo misma me hacia bola con la trama. Es que pienso que tenía tanto para dar, y se me ocurrían nuevas opciones para los personajes que en principio pensé que nunca podría volver a encausarlo para que terminara como quería.
Sí, es un final; aunque un final en el que uno se puede imaginar que pasara más allá XD
Besos y gracias enormemente por la espera (Que fue mucha), por alertas y favoritos a lo largo del año en relación a este fic, también a quienes leen y dejan su comentario por chiquito que puede ser. Agradezco también a todos aquellos que se interesan aun por las historias ya terminadas y publicadas.
Nos estamos leyendo, espero que cuando vuelva no sea algo tan complicado como esto de manejar para mi XD.
Saludos.
Lis
