–¡HARRY! –Bramó una voz en cada pasillo del castillo. –¡HAAAARRRYYYY!
–Oh-oh. –Dijo Draco Malfoy en voz baja.
Harry se levantó del cómodo sillón de terciopelo oliva donde estaba leyendo y miró enojado en dirección al baño en donde Draco se había escondido.
–¡Harry! – La imponente puerta de la recamara tallada con arabescos se abrió en dos dejando pasar a un anciano, al padre de Draco Malfoy y a dos sirvientes que hacían de escolta.
–Buenos días, señor. –Saludó Harry inclinando la cabeza.
–¿Es cierto, hijo mío?
–¿Qué cosa, padre? –preguntó suavizando la última palabra.
Sabía que el anciano no era su padre. Tenía más edad como para ser su abuelo, a decir verdad. Pero su aspecto de serpiente: sin cabello ni pelos en la cara, sin una nariz definida, y con ojos extremadamente rasgados como para ser considerados de una etnia oriental, confundía a los demás y nadie sabía con exactitud cuánto llevaba de vida. Tampoco podía considerarlo "padre" en términos legales, ya que jamás le había concedido su apellido. Aunque tampoco se sabía si "Voldemort" era un apellido real. A pesar de todo esto, cuando se refería a él como tal, como un padre, por alguna extraña razón, aumentaban las posibilidades de salir de los aprietos en los que se metía. Fue una de las lecciones más difíciles que aprendió en sus quince años.
–Me han reportado que has estado en el complejo sur.
–Bueno, pad…
–No me interrumpas, jovenzuelo, –vociferó. –Por lo que me explicaron tú fuiste el causante de un motín.
Harry miraba fijamente a su padre sin siquiera darse el lujo de pestañear. Había puesto su mente en blanco sólo en caso de que lo sometieran al hechizo que permitía que le leyeran los pensamientos. Aun que Voldemort nunca lo hacía con él.
–Has dejado escapar a un muggle…
Voldemort, sin necesidad de ningún hechizo, lo penetró con la mirada. El cuarto quedó congelado en el tiempo mientras ocurría ese intercambio. Algunos podían asegurar que sentían escalofríos en la espalda cada vez que esos dos se enfrentaban cara a cara.
–¿Qué es lo que pretendes?. ¿Arruinar al único ser que ha tenido compasión por tu vida?. ¡Eres un joven desagradecido!
Esta conversación ya la habían tenido antes. Harry sabía que era la táctica que usaba para hacerlo sentir culpable por lo que había cometido y para que finalmente rogara por perdón. Pero el castigo que siempre le impartían era tan fútil que jamás podía sentir culpabilidad, pedir perdón o pretender estar interesado en el discurso aquel.
–¡Traigan al futuro consejero!
Draco Malfoy apareció y se puso de rodillas frente a Lord Voldemort.
–Aquí estoy.
– Crucio, –gritó con la varita apuntada hacia el rubio quien se retorcía con espasmos de dolor en el suelo.
Harry contemplada con un estoicismo asombroso, quienquiera que lo viese juraría que se estaba aburriendo.
A Draco lo castigaban porque no lograba controlar a Harry. Y Draco estaba convencido que un huérfano consentido como Harry jamás escucharía a nadie si no era directo del Señor Oscuro, su supuesto padre adoptivo. Pero Voldemort nunca se había hecho cargo, siempre delegó la responsabilidad de cuidarlo a otros. Si no eran los Malfoys, eran los Lestrange… e incluso Snape de quien todos sabían cuanto se aborrecían entre ellos.
–¡Crucio! –volvió a gritar y en el pequeño intervalo en el que pudo tomar aire, Draco le echó una mirada a Harry con el odio más puro que jamás había sentido.
No era noticia nueva que Voldemort disfrutaba con el sufrimiento ajeno. Castigar a Draco era uno de sus placeres más secretos ya que su padre, Lucius Malfoy, también parecía retorcerse de dolor cuando veía a su niñito bajo el hechizo.
Sin embargo, esta vez, Voldemort no pudo evitar la mano que fue hacia su boca para ocultar el bostezo que luchaba por salir.
–Es suficiente, –les dijo con un ademán de su mano. –Déjenme a solas con mi hijo.
Todos tardaron en moverse. Era extraño que Voldemort y Harry Potter quedaran solos en un mismo cuarto.
Draco miró a su padre en confusión. Al contrario de Harry y Voldemort, Draco sabía que la relación con su padre era saludable y podían hablar a solas sin inconvenientes. Pero Harry Potter siempre había sido diferente.
Lucius asistió a su hijo a ponerse de pie y lo ayudó a caminar hasta el amplio pasillo que lindaba con la recamara.
–Padre... –susurró Draco cuando ya estaban a un radio donde no podían ser escuchados. –¿Qué quería Voldemort? ¿Lo va a castigar?
Para su propia sorpresa Lucius se rió.
–El Señor Oscuro es muy bueno para conquistar y gobernar, también es un líder excelente, pero cree que para ser padre debe tolerar siempre a su hijo. Así que no va a castigarlo, ya te castigó a ti.... y a mí.
La situación era interesante, concluyó Harry. Su padre caminó con tal gracia que parecía deslizarse hasta una de las ventanas. Allí se detuvo para reflexionar mientras Harry mantenía su postura firme en espera de un sermón.
–¿Qué has aprendido de los muggles, Harry?–Le preguntó finalmente sin voltearse.
Harry no supo si se trataba de una pregunta retórica.
–La historia de la magia es una historia de la lucha por el poder. Las diferentes criaturas con trazas de inteligencia siempre pelearon por estar por encima de las otras y manejar a las inferiores como mejor creían. Los duendes siempre se revelaron con esa intención y nuestra generosa raza les entregó el manejo de los bancos que en ese entonces estaba en manos de los magos y por lo tanto del poder económico. Desde entonces nunca más se registró en la historia una revolución de su parte. ¿Sabes en qué año ocurrió esto?
–1825, padre. La revolución estuvo en manos de siete duendes, tomaron el Ministerio de Magia donde se concentró toda la fuerza de los magos mientras que en sus espaldas tomaban el banco. Para que ocurriera eso, la economía mágica de Inglaterra corría peligro de colapsar y las familias más prominentes de Inglaterra estaban enojadas y a punto de transferir sus riquezas al banco más seguro del mundo, en Egipto, donde los duendes ya tenían control desde hacía más de tres mil años. Así que la revolución fue respaldada por las grandes familias y desde 1825 la economía se mantiene estable.
–Muy bien.
Harry se preguntaba hacia dónde estaría yendo con esa aburrida clase de historia.
–En la famosa época de la Inquisición en Europa, los magos les entregamos oficialmente el poder político y económico del mundo a los muggles. Por más de 500 años nos mantuvimos en la oscuridad total para que nuestra bondadosa naturaleza de ayudar a los más necesitados no sea abusada por la avaricia de los muggles. Y hace más de cien años se firmó el pacto de Discreción mágica donde los muggles quedaban totalmente protegidos. Los magos entramos en una etapa de descarada discriminación, subestimados y en una posición que ridiculizaba por completo nuestro estatus en el orden natural del universo. Por 500 años los muggles devastaron todo aquello que tenían a su alrededor. La tan llamada civilización que crearon solo logró deteriorar todo aquello que era nuestra responsabilidad proteger.
"A falta de magia utilizaban los recursos de los bosques y los destruyeron sin piedad. Miles de criaturas quedaron sin un medio donde vivir. El cielo era de un gris permanente por el humo que producían sus fábricas. Y las guerras sin sentido que estallaron fueron las masacres más grandes que atestiguó la humanidad.
"Teníamos que hacer algo. Teníamos que revertir el orden de las cosas. Y gracias a mí las cosas son ahora como siempre debieron de ser."
Voldemort se volteó y lo miró fijamente a su hijo que suprimía un bostezo. Historia jamás había sido su fuerte.
–Ven conmigo, te mostraré qué hacemos a los muggles y a los traidores para controlarlos.
Harry sonrió. Eso significaba que irían a las mazmorras del castillo. Allí mantenían a los criminales más peligrosos, gente de la resistencia sobretodo. Nunca había podido llegar hasta allí porque sabía que lo delatarían más fácilmente. Estaba demasiado cerca de Voldemort como para emprender una aventura allí mismo.
Bajaron varias escaleras. Voldemort dijo varias contraseñas en parsel y finalmente llegó a una pared donde con un movimiento de su varita apareció una puerta.
Las mazmorras eran un gran pasillo oscuro con celdas a los costados. Argus Filch, el verdugo, se presentó con una exagerada reverencia.
–Oh, Filch, qué bueno que estás aquí. –El verdugo con la cabeza gacha sonrió por el cumplido. –Traje a mi hijo para que le enseñares lo que hacemos con nuestros prisioneros.
–¿Señor?
–Sí, Filch. Quiero que le enseñes a él.
Filch se puso nervioso. Se veían sus manos temblorosas cuando se dirigió a Harry.
–Mis señores, síganme por aquí.
Avanzaron hasta llegar a una sala llena con asombrosos aparatos de tortura. En una esquina había un hombre atado y con los ojos vendados que gritaba.
–Ese, allí, es Frank Longbottom. Hace tres días que está bajo el poder de la gota. Uno de mis favoritos, –dijo mostrando sus dientes negros por las caries.
–¿Qué es el poder de la gota?– preguntó Harry.
–Dejamos que le caiga una gota de agua en la cabeza sin que se detenga ni un instante. Parece algo inocente, pero los vuelve locos. Verá, mi señor, –sus ojos se expandían con entusiasmo.
–La gotita, después de unos pocos minutos, se siente como si fuese a perforar el cráneo, y retumba en la cabeza con un ruido insoportable.
Harry se encogió de hombros y lo miró a su padre. A él también le pareció tonto.
–Muéstrale a Harry lo que sueles hacer.
Filch no se detuvo más. Tomó unas cadenas y lo miró a Voldemort con vacilación.
–Con estas cadenas podemos jugar con los prisioneros. Sacudió una en dirección a Frank Longbottom que no cesaba de gritar. Se rió y luego miró expectante a Voldemort.
–Harry, Filch necesita tu ayuda, ¿por qué no te pones ese extremo de las cadenas? De esa manera es más fácil controlar la dirección del castigo que vamos a propiciar.
Harry miró con curiosidad a Filch y esbozó una sonrisa de costado dirigiendo sus ojos al pobre desgraciado de Frank Longbottom. No quería imaginar lo que le irían a hacer con esas cadenas. Filch se acercó a él y le ajustó unos pesados grilletes en las muñecas y luego en los tobillos. Harry esperó que le explicaran qué tortura iban a aplicarle al prisionero.
Entonces Filch hizo girar una pesada rueda de madera que chirriaba por la falta de un lubricante en el eje de la misma. Harry empezó a elevarse.
–¿Qué sucede? –se agitó.
–Filch te está poniendo en posición.
–¿Posición…? –Y así como empezó a formular la pregunta cayó en la terrible cuenta de lo que Voldemort tenía en mente. Se agitó para tratar de zafarse provocando que su padre emitiera una risa entre dientes. –¿No íbamos a torturarlo a él? –masculló con demasiada rabia.
–Filch te azotará un poco, –carraspeó Voldemort mientras se acercaba a su hijo adoptivo. –La verdad es que me enorgulleció mucho cuando vi que por tu frente no corría ninguna gota de pena por el joven Malfoy. Me demuestra que serás un excelente heredero de mi causa. Sin mencionar que tus conocimientos sobrepasan a muchos de mis mejores súbditos… Pero hay algo que no pareces aprender y que no tolero en nadie. Eso, hijo mío, es la desobediencia. ¿Cuántas veces te dije que no te acercaras a los campos de concentración?. –Su voz era apenas un susurro entre los gritos agonizantes del otro prisionero y los repliques de las cadenas donde suspendía Harry Potter –¿Cuándo aprenderás que los muggles deben quedar en contención para que no estropeen todo el esfuerzo que hicimos por ellos- por este mundo?
Lord Voldemort caminó hacia una repisa desde donde colgaban diferentes clases de látigos.
Harry continuaba moviéndose frenéticamente, los gritos de Frank Longbottom replicaban en sus oídos. Su padre parecía tan feliz como un niño con un juguete nuevo.
–Toma este, Filch. –le entregó un azote normal, el verdugo se envaró y propició un latigazo a Harry.
–No seas gallina, dale con más ganas.
Filch asintió y buscó unas tijeras con el que cortó las ropas que cubrían su espalda.
–Perfecto, ahora muéstranos con ganas, por favor.
No perdió el tiempo, de inmediato Harry sintió los azotes sobre sus omoplatos. Al comienzo se aguantó la respiración como si eso ayudara a reducir el dolor. Se mordía el interior de la mejilla y lágrimas empezaron a brotar de sus ojos sin poderse controlar. Luego se dio cuenta que era más fácil entregarse, era preferible liberar el dolor que le provocaba el contacto del cuero abriendo su piel con gritos tan ensordecedores como el del otro prisionero. Cuando creyó que iban a parar, Filch sugirió utilizar otro azote, uno que en sus puntas tenían ganchos afilados de metal que se metían en la carne para desgarrar su espalda sin piedad… Voldemort, su padre, asintió…
Harry no supo nada más; el dolor se había convertido en algo tan irresistible que perdió el conocimiento.
-*-*-*-
¿Cómo había regresado a su cuarto? Todavía no estaba seguro. Tenía el presentimiento que Draco y Snape lo habían cargado hasta su habitación. Pero su mente deambulaba entre la inconciencia y la realidad y le estaba costando separar ambas cosas. Sintió por momentos la voz de Pansy y unos susurros de Draco. Supuso que estaban curando sus heridas. De lo único que sentía seguridad era de la luna llena que se asomaba entre las cortinas de su recamara, entre sus sueños en los que creía escuchar aullidos. Tal vez ya se estarían transformando los hombres lobo. Deseó poder ser uno para correr libremente esa noche y escaparse de aquel repentino infierno en el que se había visto envuelto. Envidiaba enormemente a los hombres lobo.
Sin embargo los hombres lobo no creían que tuviesen nada envidiable. Sobretodo aquel hombre lobo en el norte que estaba pasando por la agonizante transformación que le provocaba la luna llena. Y no era libre, nunca se había considerado libre como licántropo. Se mantenía encerrado en un cuarto para no hacer daño a quienes él quería y como consecuencia terminaba infringiéndose daño a sí mismo…
–¿Cuánto tiempo falta hasta que se vaya la luna? –preguntó Tonks ansiosa a Charlie Weasley quien se había puesto en la tarea de hacer ciertos cálculos con un ábaco.
–Cinco horas más. Trata de dormir un poco.
Tonks era una joven bruja con cabello que solía estar rosa o violeta. Esta vez lo tenía en su tono original, en castaño bien oscuro. Su cara redonda y normalmente risueña solo mostraba preocupación; era obvio que esa noche no conciliaría el sueño por más que lo intentara.
–Si no duermes, mañana le serás inútil a tu amante. –Le dijo Charlie Weasley haciendo que ella se ruborizara. Tonks le mostró la lengua y fingió hacerse la ofendida por el descaro de él.
–Tú estás celoso que quiera más a Remus. –Contestó ella en broma.
–Es verdad. –suspiró él en resignación. –Aun no logro entender qué le ves a él que yo no tenga.
Tonks quedó callada. Charlie Weasley era uno de los hombres más apuestos que había en el campamento de la resistencia. Era bien fornido y no muy alto. Tenía un tatuaje muggle en un brazo que la mayoría de las brujas lo veían como algo irresistiblemente rebelde. Tenía tantas pecas que parecía tener un bronceado permanente. Sus ojos verdes, casi marrones, solían brillar con alegría y sus cabellos rojizos permitía que se distinguiera entre la multitud.
Ella echó una mirada a través de la ventana hacia la cabaña donde se encontraba Remus Lupin. Se escuchaban gruñidos y aullidos que emitía éste desde el interior. Se sacudían las paredes y parecía que se iba a romper todo.
–Deja de preocuparte, linda, la cabaña va a resistir.
–Eso no me concierne. No sé si Remus resistirá más tiempo allí. –Su cabello oscureció aun más. –No quiero que termine matándose él mismo.
A esto Charlie no respondió; sabía que era una posibilidad muy alta de que ocurriera.
–¿Han visto a McGonagall? –Entró un agitado pelirrojo a la cabaña donde estaban Tonks y Charlie.
–¿Te fijaste en la tienda de acampar de mamá y papá? – le cuestionó Charlie que indudablemente era un hermano.
–Gracias, –contestó el chico y corrió hasta dos cabañas más lejos antes de llegar a un espacio lleno de tiendas de acampar.
–¿Está McGon…? –Quedó paralizado y sin poder acabar su pregunta frente a la escena con la que se había encontrado; sus padres estaban en plena sesión de besos. Cerró rápidamente la tienda poniéndose más colorado que su propio cabello. Tembló con repentinos escalofríos y finalmente pudo sonreír. Era extraño imaginarse a sus padres de esa manera, pero a la vez era reconfortante saber que aun se amaban a pesar de todo por lo que habían tenido que pasar. Suspiró y volvió a la última cabaña donde sospechaba él que podría estar McGonagall esa noche.
–¿Señora McGonagall?
Había una mujer alta con el cabello sujeto firmemente en un moño y sus gafas perfectamente colocadas en su respingada nariz. Estaba leyendo unos pergaminos con una taza de té en su mano.
–¿George?. ¿Qué sucede? –le preguntó ella al pelirrojo que estaba agitado por haber corrido por casi todo el campamento en su búsqueda.
–Una mortífaga… encontramos una mortífaga.
McGonagall se puso rápidamente de pie y volcó la taza.
–Dice que era prisionera en un campo de concentración, pero su capa lleva la marca de la calavera y la serpiente.
Con un ademán de su varita, la vieja mujer recompuso la taza y se puso su capa.
–¿En dónde está?. ¿Cómo la encontraron?
–Estábamos haciendo guardia en el gran roble y la vimos corriendo hacia nosotros, llevaba puesta la capa de los mortífagos y la capturamos inmediatamente.
Ambos iban con un paso apurado, alejándose cada vez más del campamento.
–¿Estaba armada?
–Llevaba una varita… –George frunció las cejas. –No se defendió, ni siquiera tenía fuerzas para sacarla del bolsillo.
La señora McGonagall endureció la mirada.
–¿Cree que nos hayan descubierto? –preguntó tentativamente el pelirrojo.
–No sé.
Llegaron a un enorme roble. El diámetro del trono era tan grande que se hubiesen requerido tres o cuatro personas con los brazos extendidos para poder rodearlo. La señora McGonagall jaló una soga que colgaba de una rama y la soga se enroscó en su mano para poder subirla hasta una plataforma escondida. George hizo lo mismo.
La plataforma del árbol era más amplia de lo que parecía. Tenía una mesa con sillas. En un costado había unos gabinetes con comida. En el lado contrario había una pequeña puerta que daba hacia un baño. Una escalera caracol llevaba a un segundo piso donde había catres y donde se encontraba la mortífaga bien atada. Tenía ojeras y el blanco de sus ojos estaba rojo. Su cabello sucio era una maraña infernal que desprendía un espantoso hedor a putrefacción. Su manera de cabecear era una obvia muestra del esfuerzo que estaba haciendo para mantenerse despierta.
Minerva McGonagall la estudió por un momento antes de hablar a George.
–¿No debería estar Hagrid aquí?
–Tenía cosas que hacer. –Contestó un joven de piel oscura y con rastras en su pelo negro. –Nos pidió a George y a mí que lo cubriéramos por esta vez.
La señora asintió con la cabeza, su expresión en total desacuerdo con lo que había escuchado y se acercó a la prisionera.
–¿Quién eres?
La mucha irguió la cabeza rápidamente, sus ojos hicieron un enorme esfuerzo para enfocar a la mujer que le hablaba.
–Hermione Granger, –su voz se sentía como papel lija en su garganta. –Me escapé de un campo de concentración…
–Lee, –dijo McGonagall dirigiéndose al de piel morena, –trae agua y un poco de sopa.
La mujer se detuvo un momento.
–¿Eres una mortífaga?
La chica pestañeó en confusión.
–¿Cómo llegaste hasta aquí?
Me dijeron que corriera hacia el norte, que aquí estaba la resistencia. A través del bosque… –tosió y sus pulmones se sintieron en brasas.
–¿Eres una bruja? –intervino George causando una cara de irritación en la señora mayor.
–No.
–¿Qué hacías con una varita entonces? Sin mencionar tu atuendo…
–Me las dieron… cuando me liberaron.
–Así que no te escapaste sola. Una muggle no podría haber escapado sin ayuda de algún mago ¿Quién te liberó?
–No lo sé…
En ese instante apareció Lee Jordan con una bandeja con agua y comida líquida. Los apoyó en una mesita justo enfrente a la prisionera. La chica tragó saliva. Su cuerpo no la dejaba mirar otra cosa que no fuese aquella comida.
–George, ayúdala a beber un poco de agua y luego ven conmigo abajo.
El pelirrojo obedeció y Hermione Granger bebió el agua tan velozmente que se volcó todo encima.
Él se rió levemente antes de producir agua mágicamente.
–Gracias… –dijo ella finalmente antes de cerrar los ojos y caer en un profundo sueño.
Lee Jordan preparaba té para McGonagall quien tamborileaba sus dedos en la mesa en profundo pensamiento.
George se sentó en una silla a su lado y carraspeó para llamar la atención de la señora.
–Creo que dice la verdad.
Ambos le miraron en silencio.
Minerva McGonagall suspiró y fijó sus ojos en la taza que le alcanzaba Lee Jordan.
–Es probable que esté mintiendo. No voy a arriesgarme. Esta extremadamente débil y tampoco quiero arriesgarme a leerle la mente en ese estado. La podría matar.
–Podríamos preguntarle a Tonks si tiene Veritaserum, –propuso Lee Jordan en tono grave, pero lo tuvieron que pasar por alto porque cada vez se les hacía más difícil reponer las pócimas. George se acercó a la abertura que se formaba entre los gabinetes de la comida y la tupida copa del árbol. Sostenía también una taza que le calentaban sus manos.
–Una muggle que se escapa de un campo de concentración… –dijo para sí mismo. –No escuché hada igual desde la vez que Fred… –su voz se ahogó y lo que iba a decir una brisa que sopló por la abertura se lo llevó.
–Ciertamente… –coincidió la señora. –Por eso me resulta demasiado sospechoso.
George volvió su mirada ausente a ellos.
–Es que su túnica es un harapo y si hubiesen visto la manera en que tomaba agua… Para mí no miente.
–Esperaremos hasta mañana a que ella reponga un pongo sus fuerzas.
–Un cuchillo de doble filo, –susurró Lee Jordan. Se refería que al esperar a que ella repusiera sus fuerzas crecerían las posibilidades de que mintiera y se resistiera más fácilmente a decir la verdad.
–Si tiene algo que ocultar, o si sabe cómo resistir, sabremos que nos mintió.
–Quizás sí.
McGonagall se puso de pie para marcharse.
–No despeguen un ojo de ella, verifiquen que los hechizos inmovilizadores no se gasten en la mañana… –los miró con el ceño fruncido –No olviden vigilar el perímetro tampoco por si alguien los siguió hasta aquí. –Se frotó la sien. –Recuerden alimentarla solo con líquidos, sopa bastará. En cuanto llegue Rubeus,… –suspiró, –tendré que hablar con él… irse de esta manera…
–esto lo balbuceó. –Eso es todo. Regresaré mañana para interrogarla.
